24 de diciembre de 2007

Algunos aspectos de la cultura incaica

El historiador y antropólogo peruano Luis Eduardo Valcárcel y Vizcarra (1891-1987) fue un ilustre investigador del Perú prehispánico y una de las figuras más sobresalientes de la corriente indigenista peruana. En su obra "Machu Picchu" de 1978 dice: "Cronológicamente, el Estado incaico se desen­vuelve entre los siglos XI y XVI de la Era cristiana. En los primeros doscientos años, los incas ensayan sus métodos en limitado espacio. Mas, consolidadas sus instituciones básicas, el desarrollo alcanzó su máxima celeridad entre 1400 y 1500. El apogeo del Cuzco coincide con el largo gobierno del noveno monarca, Pachacuti. Con él, la cultura peruana antigua deja marcadas huellas en el espíritu de la población aborigen y gran número de testimonios materiales, sobre todo en sus magnas construcciones de piedra". De entre éstas, la que ha cobrado más fama en todo el mundo es Machu Picchu, la prodigiosa "ciudad perdida", redescu­bierta el 24 de julio de 1911 por Hiram Bingham (1875-1956), un profesor oriundo de Hawaii, al frente de una expedición científica financiada por los Es­tados Unidos.
Sin embargo, desde hace unos diez mil años los cazadores de guanacos incursionaban por los Andes y más de siete mil que las colinas de la costa cubiertas de vegetación alojaban a otros hombres que solían ya aprovecharse de recursos de la tierra y el mar. Más de cuarenta siglos transcurrieron desde que un invento fundamental transformó a la sociedad y a los seres humanos que la componen: la agricultura. Los des­cubrimientos arqueológicos realizados en el Perú duran­te buena parte del siglo XX han alargado su historia en varios milenios: la alta cultura se remonta a una anti­güedad mucho mayor que la calculada por los investiga­dores clásicos como el arqueólogo alemán Friedrich Maximiliano Uhle Lorenz (1856-1944) o el peruano Julio César Tello Rojas (1880-1947).


Antes del imperio de los incas florecieron otras organizaciones po­derosas en la costa y en la sierra que trataron de incorporar en una gran sociedad a los miles de pequeños gru­pos que se habían acomodado en los valles y en la altiplanicie. Una vez, la cultura Chavin, otra la cultura Tiahuanaco, consiguieron extender por vastas áreas sus creencias re­ligiosas y sus estilos. Es posible que lograran cierta uni­dad espiritual reflejada en el arte ampliamente difun­dido, que persistió por centurias. Los objetos de ambas civilizaciones encontrados son innumerables y marcan con su presencia en determinados estratos su existencia ancestral en el actual territorio peruano.
No cabe duda de que los monumentos principales, que revelan su arquitectura, corresponden a centros o núcleos de carácter religioso, grandes centros o grandes núcleos que ejercían la función difusora de corrientes de pensamiento que alcanzaron los más lejanos límites. Función semejante tuvieron en la costa los llamados "santuarios" de Pacatnamu en el norte y Pachacamac en el centro. En tiempos posteriores, aparecieron concen­traciones de otro carácter, como Chan Chan y Cusco.
En el proceso general de la cultura antigua del Pe­rú se puede establecer con claridad un ritmo en la vida de relación entre los distintos grupos humanos. Es un ritmo de al­ternancia entre movimientos de separación, aislamiento y autonomía y movimientos de unificación. En la época preincaica, los elementos aglutinantes fueron de natu­raleza mágico-religiosa, que se expresó mediante las ar­tes como lenguaje de lo sobrenatural, como simbo­lismo puro.
En la época incaica, los medios empleados fueron múltiples y perfectamente coordinados. Se trataba ya de una verdadera planificación que tenía como objetivo último "integrar" al Perú en una vasta sociedad, par­tiendo del principio de que todas las pequeñas socieda­des no eran sino fragmentos de una sola gran cultura, cuyo proceso de desarrollo se remontaba a millares de años. Los incas no eran gente extraña que venía al Pe­rú en actitud hostil de conquistadores. Los incas eran hermanos, copartícipes del mismo estilo de vida, que ve­nían a cumplir una misión tradicional que se repetía en forma cíclica: primero Chavin, después Tiahuanaco, más tarde Cusco. Los animaba la mística del "pueblo esco­gido", al proclamarse Hijos del Sol, y fueron recorrien­do la vastedad del mundo andino, con el mensaje de unión y trabajo que encerraban las enseñanzas del mí­tico fundador: Manco Capac.
Los primeros jefes de esta empresa persuadieron a muchos grupos menores a que, conservando su propio gobierno, se adhirieran a la nueva organización unitaria. Lejos de ser "pueblos conquistados", resultaban sien­do aliados y asociados del Inca. Pero, en el amplio mosaico de poblaciones existentes, resaltaban ciertas agrupaciones mayores con suficiente poder como para disputar a los iniciadores la exclusividad de la idea. Ellos fue­ron los kollas y los chancas -en la región andina- y los chinchas y los chimus -en la costa- los que no sólo no acep­taron el mensaje cusqueño sino que provocaron sangrien­tas guerras. De todas estas contiendas salieron vencedores los incas, y así pudie­ron coronar su esfuerzo al consolidar, bajo su rey Pachacuti, el estado "imperial".
Solo por una lejana analogía puede llamarse imperio a una organización política que careció de los caracteres comu­nes a todos los imperios: imposición violenta de una mi­noría acaparadora del poder y la riqueza, explotación de pueblos de distinta cultura, opresión de grandes mayo­rías. Nada de eso nos ofrece el análisis del Estado incaico, en el cual el ejercicio de la autoridad estaba repartido entre el gobierno central y los gobiernos locales, en una estructura armónica que permitió el desenvolvimiento de un sistema económico que desembocaba en el bienestar universal, gracias a los adelantos técnicos aplicados a una agricultura de gran producción.
Los incas obtuvieron, en asombrosa proporción, el cumplimiento de sus planes. Fue desterrada la miseria por una política de previsión social y de justicia estric­ta. El orden establecido permitió equilibrar matemática­mente la producción y el consumo, constituyendo reser­vas para los casos de emergencia. Una red de caminos pu­so en estrecho contacto a los grupos más alejados entre si y la adopción de un idioma común perfeccionó el bá­sico sistema de comunicaciones. Las migraciones dirigi­das permitieron una racional distribución demográfica. Una religión oficial concilió las discrepancias. La cuida­dosa preparación de una élite aseguró el acierto político. Un ejército garantizaba la estabilidad de las institucio­nes sin abusar del militarismo, como tampoco el clero fue tan poderoso que pudiera hablarse de teocracia. Un ré­gimen atemperado hizo que la sociedad incaica discurrie­se sin temor y una exigente moral no hizo excepciones ni con el soberano, puesto que el corrompido perdía el tro­no y era borrado de la Historia. Están de acuerdo los investigadores antiguos y modernos sobre la excepcional orga­nización incaica, única que obtuvo el mayor de los éxi­tos: que todos los hombres gozaran de pleno bienestar, satisfechas sus necesidades primarias, y que no se levan­tara en sus dominios la trágica dicotomía de ricos y pobres.


Sin embargo, en la sociedad incaica imperaba un orden jerárquico muy estricto estructurado alrededor de una pirámide social compuesta por cuatro clases sociales muy diferenciadas entre sí, lo que implicaba necesariamente que, entre unos y otros, existiesen deberes y derechos desiguales. A la cabeza de la pirámide se encontraba la Realeza, conformada exclusivamente por el Sapa Inca (monarca), llamado Intipchurip (Hijo del Sol), seguido de su esposa legítima, la Colla o Pihuihuarmi y el Auki (heredero del Inca).
Luego le seguía la Nobleza, que podía ser de sangre (Panaka) o de favor (Orejones). La primera de ellas estaba constituída por la Pihui (esposa secundaria del Inca), la Cipacolla (concubina del Inca), el Inga (hijo casado), la Ñusta (hija soltera) y la Palla (hija casada). La segunda, incluía a los que se destacan en el desempeño de sus funciones: los Quipucamayoc (secretarios contables), los Amautas (maestros de la nobleza), los Willaqhuma Incaq (sumos sacerdotes), los Vilcas (obispos), los Inticamaccuna (dedicados al culto solar), las Quillamamacuna (sacerdotisas), los Illapacamac (adoradores del rayo), los Yana Vilcas (representantes de los obispos), los Huacacamayoc (encargados del templo), los Ayatapuc (ministros religiosos), los Hechecoc (adivinos), los Aucachic Ichuri (confesores), los Curacas (caciques locales), los Aqllas (altos jefes) y las Willac Umu (mujeres escogidas del Inca). Los sectores nobles no tenían la obligación ni la necesidad de trabajar la tierra.
En tercer lugar existía una Elite conformada por artesanos cualificados, los Chasquis (mensajeros), los Hatun Runa (habitantes del pueblo) y los Ayllu (campesinos), y en el último peldaño quedaban los Mitimaes (migrantes obligatorios) y los Yanacones (auténticos siervos).
La base de la economía fue la agricultura; las tierras eran comunales y cada familia tenía sus tierras para cultivarlas y alimentarse. La forma de trabajo de las tierras era la “minka”, esto es que se ayudaban en las tareas agrícolas en forma comunitaria, como por ejemplo cuando un individuo tenía tanto trabajo que no podía con él, o en el caso de los huérfanos, los enfermos y las viudas. Cuando no se podían cultivar ciertas especies necesarias (papas, maíz, camote), parte de la comunidad se asentaba en otras zonas. Esta forma de obtener recursos se conocía como "complementariedad ecológica".
Sin duda, la organización social y política del Imperio Inca fue su aspecto más original. El ejercicio de un poder absoluto controlado por el Sapa Inca a través de una compleja red burocrática que alcanzaba a todos los súbditos, apoyado en la religión que garantizaba la unidad del imperio y respaldado por un ejercito poderoso, dieron como resultado una administración eficaz que coordinaba en particular toda la economía del país. Existen interpretaciones diversas al respecto: el historiador francés Louis Baudin (1748-1799) caracterizó al Imperio Inca como socialista; el naturalista alemán Hermann Karsten (1817-1908) lo definió como totalitario y el antropólogo francés Maurice Godelier (1934) como "la existencia combinada de comunidades primitivas donde reina la posesión común del suelo y organizadas, parcialmente todavía, sobre la base de relaciones de parentesco y de un poder de Estado que expresa la unidad real o imaginaria de estas comunidades, controla el uso de los recursos económicos esenciales y se apropia directamente de una parte del trabajo y de la producción de las comunidades que él domina".
La coexistencia de las diversas interpretaciones acerca de la forma de gobierno del Imperio Inca constituye un ejercicio constante en la búsqueda de nuevas interpretaciones y sin duda, una necesidad de revisión constante de este período histórico. Nadie puede discutir la espectacular organización inca, no solo por el manejo del inmenso territorio, sino además por el éxito de la conducta paternalista de la nobleza inca. Pese a que la autoridad en el imperio era unipersonal, es decir, comparable a una monarquía europea de aquellas épocas, la población del imperio nunca pasó hambrunas ni privaciones. Este equilibrio social actualmente es conceptuado por los estudiosos básicamente como un entendimiento de clases o castas sociales que generó, a pesar de ello, un desarrollo desigual comparable al de las comunidades cazadoras-recolectoras y agroalfareras de esa misma época en otras sociedades precapitalistas. Este desarrollo desigual permitió a los españoles y portugueses imponer sus formas de colonización y, ulteriormente, al capitalismo europeo, especialmente el inglés, establecer las reglas del mercado internacional a las nacientes repúblicas latinoamericanas.
Cronológicamente el Estado incaico se desenvolvió entre los siglos XI y XVI de la era cristiana. En los pri­meros doscientos años, los incas ensayaron sus métodos en limitado espacio. Mas tarde, consolidadas sus instituciones bási­cas, el desarrollo alcanzó su máxima celeridad entre los años 1400 y 1500. El apogeo del Cusco coincide -como se dijo anteriormente- con el largo go­bierno del noveno monarca. La nómina oficial de los emperadores cusqueños es la siguiente: 1°- Manco Capac, 2°- Sinchi Roca, 3°- Lloque Yupanqui, 4°- Mayta Capac, 5°- Capac Yupanqui, 6°- Inca Roca, 7°- Yahuar Huacac, 8°- Huiracocha, 9°- Pachakuti, 10°- Inca Yupanqui, 11°- Tupac Inca Yupanqui, 12°- Huayna Capac, 13°- Huáscar y 14°- Atahuallpa. De todos modos, hay indicios de que han sido borrados de la lista algu­nos reyes, como Tarcohuaman, Orcon o Amaru Tupac In­ca. Por otro lado, Inca Yupanqui, que aparece en la obra "Comentarios reales de los Incas" (1609), del cronista mestizo Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), no figura en las de la mayoría de los otros cronistas.
Es posible que aparecieran las inevitables pasiones: rivalidades de estirpes, rencores, odios que seguramente estallaron arrolladoramente tras la muer­te sin sucesión de Huayna Capac entre sus hijos de dis­tintas madres, que culminaron en la guerra civil que tanto aprovechó Francis­co Pizarro y el grupo de aventureros que lo acompañaba para la conquista del Perú. El 15 de noviembre de 1532, era traidoramente aprisio­nado Atahuallpa en la plaza de Cajamarca y pocos meses después decapitado, bajo la acusación de supuestos de­litos.
La cultura peruana antigua, bajo la influencia incaica, ha dejado marcadas huellas en el espíritu de la población aborígen y numerosos testimonios materiales, sobre todo en sus magnas construcciones de piedra. La región del Cusco, cuna del Estado incaico y teatro de sus hazañas, ofrece las muestras más preciadas de tal arquitectura en las ruinas de sus ciudades, terrazas agrícolas, templos, pa­lacios y fortalezas. Se atribuye a que fueron razones ecológicas las que influyeron en la formación del grupo inca, pues se trata de la comarca más rica y variada del Perú, con todos los climas y producciones, los más impresionantes paisa­jes de valle, meseta, cordillera, páramo y bosque. Son tie­rras bañadas por grandes ríos como el Urubamba, el Apurimac y el Paucartambo desde donde emergen las más altas montañas coronadas de nieve perpetua.


De la constelación de monarcas cusqueños que reali­zó la proeza de integrar en una gran sociedad a los nu­merosos pueblos cordilleranos de la América del Sur -hoy repartidos en seis repúblicas, se destaca la excelsa fi­gura de Pachakuti, en cuyo reinado llegó el imperio a su máximo esplendor y bajo cuya dirección se edificaron los conjuntos ar­quitectónicos de más sorprendente perfección, como los que se pueden admirar en el valle del Urubamba, en Yucay, en Ollantaytambo y en Machu Picchu. Tanto político como ar­tista, fue el arquitecto del apogeo incaico y la más es­clarecida personalidad de la América antigua.