El escritor y filósofo
Albert Camus (1913-1960) nació en Argelia cuando el país africano estaba bajo
dominio francés. Su padre era un modesto agricultor galo que falleció durante
la Primera Guerra Mundial en la batalla del Marne a los pocos meses de su nacimiento,
y su madre era una mujer analfabeta de origen español. Su niñez transcurrió en
uno de los barrios más pobres de Argel con ausencia absoluta de libros y
revistas. Gracias a una beca que recibían los hijos de las víctimas de la
guerra, pudo comenzar a estudiar y a tener los primeros contactos con los
libros. En medio de dificultades económicas, cursó su primaria y culminó el
bachillerato. Muy aplicado en los estudios, una vez terminada la educación
secundaria -donde se interiorizó en la obra de filósofos como Arthur
Schopenhauer (1788-1860) y Friedrich Nietzsche (1844-1900)- consiguió una beca
para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Argel mientras trabajaba
en diversos oficios. Allí se graduó con una tesis sobre la relación entre el
pensamiento clásico griego y el cristianismo a partir de los escritos de Plotino
de Licópolis (204-270) y Agustín de Hipona (354-430).
Siendo muy joven contrajo
tuberculosis, lo que no le impidió comenzar a escribir y ligarse a movimientos
políticos de izquierda. Sus primeros textos fueron publicados en la revista “Sud”
en 1932. Dos años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, trabajó
como corresponsal en el periódico “Alger Républicain” -órgano de la coalición
de partidos políticos de izquierda franceses llamado Frente Popular- viajando por
diversos países de Europa. Las impresiones recogidas durante esos viajes las
plasmó en “L'envers at l'endroit” (El revés y el derecho) y “Noces” (Bodas).
Allí también publicó artículos en los que denunció los crímenes cometidos por
las tropas enviadas por el presidente francés Albert Lebrun (1871-1950) contra
los musulmanes en Cabilia, la región ubicada en el norte de Argelia en la costa
del Mar Mediterráneo, los cuales recogió en “Misére de la Kabylie” (La miseria
de la Cabilia). En 1939 se presentó al ejército como voluntario, pero no lo
aceptaron por su delicada salud. Al año siguiente, debido a las presiones
políticas que comenzó a sufrir cuando el gobierno argelino prohibió la
publicación del diario, viajó a París donde trabajó primero como redactor y
luego como secretario de redacción del diario “Paris Soir”. Gran amante del
teatro, creó, dirigió y actuó en una compañía llamada “Theatre du Travail”, la
que luego pasó a llamarse “Theatre de l'Equipe”, una entidad formada por
actores aficionados que representaba obras clásicas ante un auditorio integrado
por trabajadores.
Durante la Segunda Guerra
Mundial se unió a la Resistencia y dirigió el periódico “Combat”. Vinculado al
denominado movimiento libertario y miembro de la Fédération Anarchiste, comenzó
a escribir en publicaciones anarquistas como “Le Monde Libertaire” y “Le
Révolution Proletarienne”. Su obra literaria comenzó ligada al existencialismo,
como se aprecia en “L'étranger” (El extranjero), aunque luego fue alejándose
tanto del marxismo como del existencialismo y se opuso también al cristianismo
cultivando lo que llamó la “Filosofía del absurdo”. En los primeros años de la
década del '40 escribió el ensayo “Le mythe de Sisyphe” (El mito de
Sísifo)", y las obras teatrales “Le malentendu” (El malentendido) y “Caligula”
(Calígula). La novela “La peste” (La peste), una alegoría sobre la ocupación
nazi publicada en 1947, le valió el reconocimiento de la crítica y el público.
Más tarde examinó la ideología y las formas revolucionarias en el ensayo “L'homme
révolté” (El hombre rebelde).
En agosto de 1949, su
editor le propuso que visitara la Argentina. En Buenos Aires tenía una
admiradora que era también su traductora, Victoria Ocampo (1890-1979). La fundadora
y editora de la revista “Sur” había traducido y publicado en esa revista el
drama “Calígula” y lo invitó a dar algunas conferencias. Pero su salud,
afectada por la tuberculosis, le impidió realizarlas. Por esa razón pasó sólo
dos días en Buenos Aires, más precisamente en la residencial mansión que la familia
Ocampo tenía en la localidad de Beccar, en el partido de San Isidro situado en
la zona norte del Gran Buenos Aires. Allí, junto a su anfitriona escuchó óperas
del compositor británico Benjamin Britten (1913-1976) y leyó poemas del
escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867). Tiempo después escribió en su
diario de viaje: “Hay paz, provisional, en esta casa”. Fue su único comentario
sobre su experiencia en la Argentina.
Ya en plena década del
'50, mientras trabajaba como periodista en el periódico “L'Express” escribió “La
chute” (La caída), un largo monólogo en el que ejerció tanto la autocrítica
como la crítica de la sociedad de su tiempo, y “Réflexions sur la guillotine” (Reflexiones
sobre la guillotina), ensayo en el que denunció la pena de muerte. También
publicó sus crónicas periodísticas bajo el título “Chroniques alegeriennes”
(Crónicas argelinas) y tradujo al francés las obras teatrales “El caballero de
Olmedo” de Lope de Vega (1562-1635)
y “La devoción de la cruz” de Pedro Calderón de la Barca. Otras obras
importantes de Camus a partir de entonces fueron “L'été” (El verano) y “L'exil
et le royaume” (El exilio y el reino), dejando al momento de su prematura
muerte dos novelas inconclusas que serían publicadas póstumamente: “Le premier
homme” (El primer hombre) y “La mort heureuse” (Una muerte feliz).
A Albert Camus la Academia
Sueca le concedió en 1957 el máximo galardón de las letras, el Premio Nobel de
Literatura, “por el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que
se plantean en la conciencia de los hombres de la actualidad”. En su discurso
de aceptación del premio recalcó: “Indudablemente, cada generación se cree
destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo.
Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga.
Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan las revoluciones
fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías
extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no
saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio
del odio y de la opresión, esa generación ha debido, en sí misma y a su
alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que
constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de
desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes
inquisidores establezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que
debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las
naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el
trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la
Alianza”.
Esta condecoración se
produjo apenas tres años antes de que muriera en un accidente en la Route
Nationale 5 a la altura de la pequeña localidad de Villeblevin ubicada en Sens,
el distrito localizado en el departamento de Yonne de la región de Borgoña.
Camus había celebrado el año nuevo de 1960 en su casa de Lourmarin en la región
de Provenza en compañía de su editor y amigo Michel Gallimard (1917-1960). En
la mañana del 4 de enero ambos se dirigían a París y en el trayecto, cerca de
las 14 hs. poco después de atravesar la comuna de Pont-sur-Yonne, el coche conducido
por Gallimard chocó contra un árbol. Camus, que iba en el asiento del copiloto,
murió en el acto, mientras que el director de la casa editorial Éditions
Gallimard quedó gravemente herido y falleció cinco días después. Así,
prematuramente, el mundo se despidió del gran filósofo que alguna vez había
dicho que “juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder la
pregunta fundamental de la filosofía”. Para él, la vida debía ser transitada a
pesar o en convivencia con el absurdo existencial que impone.
En el ejemplar del día de
Navidad de 1951, el periódico francés “Le Progrés de Lyon” publicó la siguiente
entrevista a Camus en la que el escritor filosofó sobre el odio y la mentira,
dos sustantivos que hoy en día bien podrían aplicarse a una buena parte de las
sociedades que habitan el mundo globalizado. Viendo la situación actual de la
humanidad, es muy probable que el filósofo alemán Georg W. F. Hegel (1770-1831)
tuviese razón cuando, cien años atrás, decía en su “Vorlesungen über die
philosophie der geschichte” (Lecciones sobre la filosofía de la historia) que “Lo
único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”.
¿Cree usted lógico
relacionar las palabras “odio” y “mentira”?
El odio es en sí mismo una
mentira. Se calla instintivamente con relación a toda una parte del hombre.
Niega lo que "en cualquier hombre" merece compasión. Miente, pues,
esencialmente, sobre el orden de las cosas. La mentira es más sutil. Sucede
incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que
odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues, un
lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi
biológica entre el odio y la mentira.
En el mundo actual, presa
de las exasperaciones internacionales, ¿no toma el odio frecuentemente la
máscara de la mentira? ¿Y no es la mentira una de las mejores armas del odio,
quizá la más pérfida y la más peligrosa?
El odio no puede tomar
otra máscara, no puede privarse de esta arma. No se puede odiar sin mentir. E
inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la
compasión. De diez periódicos, en el mundo actual, nueve mienten más o menos
(que no tiene nada que ver con la neutralidad). Es que en grados diferentes son
portavoces del odio y de la ceguera. Cuanto mejor odian, más mienten. La prensa
mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de otra
cosa, mi simpatía va hacia esos, escasos, que mienten menos porque odian mal.
Rostros actuales del odio
en el mundo. ¿Los hay nuevos, propios de las doctrinas o de las circunstancias?
Por supuesto, el siglo XX
no ha inventado el odio. Pero cultiva una variante particular que se llama el
odio frío, en maridaje con las matemáticas y las grandes cifras. La diferencia
entre la matanza de los Inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una
diferencia de escala. ¿Sabe usted que, en veinticinco años, desde 1922 a 1947,
setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, han sido privados de
hogar, deportados o matados? He ahí en lo que se ha convertido la tierra del
humanismo, que, a pesar de todas las protestas, es como debemos seguir llamando
a esta vergonzosa Europa.
¿Importancia privilegiada
de la mentira?
Su importancia proviene de
que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la
mentira es que siempre vence al que pretende servirse de ella. Por ello los
servidores de Dios y amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre desde el
momento que consienten en la mentira por razones que creen superiores. No,
ninguna grandeza se ha establecido jamás sobre la mentira. La mentira, a veces,
hace vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no
consiste en primer lugar en batirse en duelo. Consiste, en primer lugar, en no
mentir. La justicia, por su parte, no consiste en abrir unas prisiones para
cerrar otras. Consiste, en primer lugar, en no llamar “mínimo vital” a lo que
apenas si basta para hacer que viva una familia de perros, ni emancipación del
proletariado a la supresión radical de todas las ventajas conquistadas por la
clase obrera desde hace cien años. La libertad no consiste en decir cualquier
cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura
en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no
mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa.
¿Asistimos a una regresión
del amor y de la verdad?
En apariencia, hoy todo el
mundo ama a la humanidad (del mismo modo que uno puede amar que le sirvan un
filete de ternera poco hecho) y todo el mundo posee una verdad. Pero es el
extremo de una decadencia. La verdad pulula sobre sus hijos asesinados.
¿Dónde están los “justos”
en el momento actual?
La mayor parte, en las
prisiones y en los campos de concentración. Pero también están allí los hombres
libres. Los verdaderos esclavos están en otra parte, dictando sus órdenes al
mundo.
¿En las circunstancias
actuales, no podría ser la fiesta de Navidad un motivo para reflexionar sobre
la idea de una tregua?
¿Y por qué esperar a
Navidad? La muerte y la resurrección son de todos los días. De todos los días
son también la injusticia y la verdadera rebelión.
¿Cree usted en la
posibilidad de una tregua? ¿De qué clase?
La que obtendremos al
término de una resistencia sin tregua.
Usted ha escrito en “El
mito de Sísifo”: “No hay más que una acción útil: la que rehiciese al hombre y
a la tierra. Yo no reharé jamás a los hombres. Pero hay que hacer ‘como si’”.
¿Cómo desarrollaría usted hoy esta idea en el marco de nuestra entrevista?
Yo era entonces mucho más
pesimista de lo que soy ahora. Es cierto que nosotros no reharemos a los
hombres. Pero no los rebajaremos. Por el contrario, los levantaremos un poco a
fuerza de obstinación, de lucha contra la injusticia, en nosotros mismos y en
los demás. No nos ha sido prometida el alba de la verdad; no hay contrato, como
dice Louis Guilloux. Pero está por construirse la verdad, como el amor, como la
inteligencia. En efecto: nada es dado ni prometido, pero todo es posible para
quien acepta empresa y riesgo. Es esta apuesta la que hay que mantener en esta
hora en que nos ahogamos bajo la mentira, en que estamos arrinconados contra la
pared. Hay que mantenerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las
puertas se abrirán.