20 de enero de 2026

Maristella Svampa: “El progresismo argentino hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. La cooperación, la solidaridad y la interdependencia son los puntos de partida para pensar la sostenibilidad social y ambiental” (2/2)

Maristella Svampa es impulsora del Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, una organización dedicada a la construcción de dinámicas sociales capaces de responder y contrarrestar las dinámicas de reacomodo capitalista, de la concentración de riqueza y de la destrucción de los ecosistemas. También es miembro del Colectivo de Acción por la Justicia Ecosocial (CAJE) y forma parte del Colectivo Mirá Socioambiental, una asociación cultural compuesta por escritoras, periodistas e investigadoras -entre ellas Claudia Aboaf (1959), Gabriela Cabezón Cámara (1968), Dolores Reyes (1978) y Soledad Barruti (1981)- con una perspectiva ecofeminista cuyo objetivo es contribuir a la instalación del debate sobre la emergencia climática y su relación con el modelo neoextractivista en la Argentina y la región latinoamericana. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Konex de Platino en Sociología otorgado por la Fundación Konex de Argentina, la Beca Guggenheim que otorga la John Simon Guggenheim Memorial Foundation de Estados Unidos, el Premio Georg Forster que entrega la Alexander von Humboldt Stiftung de Alemania, y el título de Profesora Visitante de la cátedra Simón Bolivar de la University of Cambridge de Inglaterra.
 

Entre los numerosos ensayos que ha publicado pueden mencionarse “El dilema argentino: civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista”, “Desde abajo. La transformación de las identidades sociales”, “La brecha urbana. Countries y barrios privados en Argentina”, “La sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo”, “Cambio de época. Movimientos sociales y poder político”, “Debates latinoamericanos: indianismo, desarrollo, dependencia, populismo”, “Del cambio de época al fin de ciclo”, “Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. Conflictos socioambientales, giro ecoterritorial y nuevas dependencias” y “Policrisis. Cómo enfrentar el vaciamiento de las izquierdas y la expansión de las derechas autoritarias”. Lo que sigue es la segunda parte del compilado de entrevistas publicadas en la revista digital “Límbica” el 20 de diciembre de 2025 y en la revista “Ñ” nº 1112 el 3 de enero de 2026.
 
Dentro de tu frondosa obra en la que te dedicaste a radiografiar la sociedad, a identificar nuevos actores sociales y a, en definitiva, interpretar la transformación permanente de la sociedad, ahora sacás conclusiones del panorama local, especialmente mutado con el afianzamiento del gobierno de Javier Milei.
 
Me parecía necesario marcar el momento actual porque, después de la pandemia, entramos en un escenario que ya no es sólo de crisis aisladas, sino de policrisis sistémica o civilizatoria. Durante la pandemia se hizo más visible la desigualdad, los orígenes zoonóticos y ambientales del virus, y surgieron múltiples propuestas de transición ecosocial. Sin embargo, no salimos mejores: salimos peores. Se acentuó la crisis climática, se enturbió la discusión sobre la transición energética, se aceleraron las desigualdades sociales y apareció algo relativamente inédito: el protagonismo político de los superricos, la expansión de las extremas derechas y la erosión de las democracias”.
 
¿Cómo se entrelazan todos estos condimentos tan dañinos?
 
Todos estos procesos no son fenómenos separados, sino dimensiones entrelazadas de una misma crisis. Pueden escalar -y de hecho están escalando- y generan un escenario de incertidumbre permanente, una suerte de “tormenta perfecta” en la que no está claro por dónde empezar ni cómo enfrentarla. A esto se suman otros elementos, como el desarrollo incontrolado de la inteligencia artificial, todavía poco comprendido socialmente, y la amenaza de nuevas pandemias, que nunca puede descartarse y que también forma parte de esta crisis sistémica donde todo está conectado.
 
Muchos comparan este momento con el menemismo. Hay intelectuales y militantes que dicen: “contra el menemismo estábamos mejor”. ¿Ves paralelismos?
 
Hay algunos puntos de contacto, pero también diferencias muy importantes. En los inicios del menemismo tampoco hubo una respuesta creíble e inmediata por parte de la oposición, que tuvo que reconstruirse. Incluso mantuvo puntos ciegos, como la imposibilidad de cuestionar el plan de convertibilidad. Sin embargo, en los ‘90 hubo dimensiones que no entraron en juego y que hoy son centrales. Una de ellas es la llamada “batalla cultural”, que es muy propia de las extremas derechas contemporáneas. Una cosa fue el neoliberalismo clásico, en el marco de la globalización triunfante que afirmaba que no había alternativa; otra muy distinta es esta narrativa pancapitalista del fin, que le da una vuelta de tuerca al neoliberalismo y lo refuerza. Hoy vemos supresión de derechos, expansión del extractivismo fósil, una presión creciente sobre los territorios y, al mismo tiempo, una ofensiva sistemática contra todo tipo de derechos. Eso no estaba tan claramente presente en los años noventa. Lo nuevo es que las extremas derechas se han convertido en una alternativa política global. Antes eran marginales o rápidamente descartadas; hoy asistimos a su desmarginalización y naturalización. Esto incluye la crítica a toda demanda de derechos, descalificada bajo el rótulo de “cultura woke”. En parte, estas derechas reaccionan frente a la crisis ecológica, que pone límites al progreso y al crecimiento indefinido. Como ya chocamos contra las fronteras planetarias, se vuelve inevitable cambiar el modelo de desarrollo. Frente a eso, la extrema derecha propone una utopía reaccionaria: volver a un pasado que ya no existe y negar la crisis del progreso.
 
¿Qué lugar ocupan hoy en la sociedad temas como la ecología, el fracking o el cambio climático?
 
Estamos en un momento muy sombrío. Por un lado, hay una aceleración de las políticas extractivistas; por otro, un negacionismo climático que no es solo discursivo, sino que se expresa en políticas concretas de desmantelamiento. Se atacan normas ambientales, organismos públicos, instituciones vinculadas a la protección de los bienes comunes, a la prevención de incendios, a la adaptación al cambio climático. El caso de la Ley Nacional de Glaciares es muy ilustrativo: hoy está directamente en la mira del gobierno. Desde abajo, la situación es más compleja. Hay una mayor sensibilidad social frente a temas como la defensa del agua o del territorio, pero las urgencias cotidianas -la supresión de derechos sociales, el acceso a la salud, la asistencia a personas con discapacidad- absorben la agenda y vuelven menos visibles estas problemáticas, que sin embargo también son centrales porque tienen que ver con la defensa de la vida.
 
Escribiste con Enrique Viale el libro “El colapso ecológico ya llegó”. ¿En qué punto del colapso estamos hoy?
 
Hay un consenso extractivista muy fuerte en la sociedad, que se basa en no discutir ciertos temas: la expansión hidrocarburífera, el fracking, la explotación offshore. La minería genera más resistencias, pero aun así el consenso existe y hoy está exacerbado por la política del gobierno. El colapso es parte del antropoceno y se manifiesta en puntos de inflexión. Lo que observamos es la multiplicación de colapsos climáticos localizados, asociados a eventos extremos: incendios, inundaciones, sequías, olas de calor, tornados. En pocas horas, una ciudad puede convertirse en zona de desastre, como ocurrió en Bahía Blanca. Allí confluyeron la crisis climática y las deficiencias estructurales, agravadas por la ausencia de políticas públicas: días antes de la inundación se había disuelto la Dirección Nacional de Emergencias. Estos eventos no son excepcionales, sino cada vez más frecuentes. Sin embargo, no están incorporados en la planificación económica ni política. En Argentina se celebra Vaca Muerta como si los combustibles fósiles no fueran la causa principal de la crisis climática.
 
En el libro hablás de metabolismo social. ¿Qué es y porqué es clave para pensar la transición?
 
El metabolismo social refiere a la cantidad de materia y energía que una sociedad necesita extraer, producir, consumir y desechar para sostener su forma de vida. El metabolismo social del capitalismo es insostenible porque requiere cada vez más recursos y energía de manera exponencial. No se trata solo del consumo, sino de todo el proceso: extracción, producción, circulación y residuos. Hoy la pregunta central es cómo construir un metabolismo social sostenible, que no atente contra la regeneración de la vida. Sin cambiar el modelo de consumo y producción, no hay transición posible.
 
¿Hay casos de falsas soluciones a esta crisis como parte de la transición energética como, por ejemplo, el caso de los autos eléctricos que no serían tan ecológicos como se sostiene?
 
La transición energética corporativa tiene muchos problemas. No cuestiona el sistema social ni el modelo de consumo, y reproduce las desigualdades del régimen fósil. Pensar la transición como el reemplazo de un auto a combustión por uno eléctrico para cada familia es una trampa. Eso no replantea el sistema de transporte ni reduce el consumo; al contrario, lo exacerba. Esta transición implica una enorme expansión de la minería, que genera nuevas zonas de sacrificio, como en las Salinas Grandes o en Jujuy, consume agua, destruye ecosistemas frágiles y desplaza comunidades. A esto se suma que no hablamos solo de una transición energética, sino también digital y militar. En un mundo con crecientes tensiones geopolíticas, hay una carrera por el control de las materias primas críticas: litio, cobalto, tierras raras, muchas de ellas altamente contaminantes. El problema de fondo es que, sin cambiar este modelo de consumo, no hay litio ni mineral que alcance.
 
¿Cómo ves el panorama argentino en esto que estás señalando?
 
En Argentina se da una convergencia especialmente perversa. Por un lado, avanza una transición verde corporativa que impulsa minería y extractivismo en nombre de lo “sustentable”; por otro, hay un negacionismo climático que desmantela toda la normativa ambiental. El resultado es devastador. Hay empresas que vienen del petróleo y se diversifican hacia el litio y otros minerales, avanzando sobre territorios que las comunidades defienden desde hace años.
 
Y desde esta visión, en este contexto: ¿Qué estado necesitamos?
 
Para empezar, te digo que no necesitamos menos estado, sino más estado. Pero no cualquier estado, porque este que existe es deficiente, tiene graves problemas, necesitamos construir un estado ecosocial, que reorganice la sociedad desde otro eje, que implique incorporar las demandas de justicia social con las de justicia ambiental, que no pueden ser separadas, además, este es el gran desafío en el marco de la policrisis. Con Rubén Lovuolo pensamos en un estado ecosocial no implica la acentuación de una matriz estadocéntrica, si no el reconocimiento de la comunidad a la que debe obligar y, sobre todo, debe cuestionar la idea de que el mercado lo organiza todo. Todo lo contrario, una transición ecosocial bajo el mercado que lleva a la destrucción y al acentuamiento de las desigualdades, en una palabra, al capitalismo del caos, sin duda un estado ecosocial implica varios estímulos o promover varias herramientas, entre ellas una reforma tributaria, que implica una redistribución económico-social que hoy no está siendo pensada. Una reforma tributaria fundamental, así como un ingreso universal ciudadano, se concibe como la base desde la que actuar. También estamos pensando en un sistema nacional e integral de cuidado. Los cuidados tienen que ser la clave de la construcción del estado ecosocial y no solo entendidos como el cuidado del otro, de los más vulnerables, sino también los cuidados en relación al trabajo, la salud, los cuidados en relación a la crisis climática. Los cuidados se van a multiplicar en términos de fuentes de trabajo en ese contexto. Creo que hay que apostar a la creación de un nuevo estado que debe articular la dimensión social con la ambiental.
 
¿Vos pensás que en la Argentina rompimos la relación con la naturaleza? ¿Es posible la reparación?
 
Nosotros tenemos un vínculo con la naturaleza que es muy perverso, que implica desarrollar una visión muy instrumental de ella como lugar de conquista y de utilización como si fuera ilimitada en términos de bienes y recursos. Tenemos que incorporar una visión, primero relacional de la naturaleza y, segundo, promover una valoración de ella porque el cuidado de ella significa la preservación de la vida. En Argentina, hay una multiplicidad de experiencias que plantean otro vínculo con la naturaleza, que buscan producir con energía renovable, cuidar el territorio, el agua, producir alimentos sanos. Tenemos todo tipo de extractivismo: expansión de la frontera hidrocarburífera con el fracking, con proyectos offshore, todo energía extrema. Hay expansión de la megaminería en todos sus formatos: metálica a cielo abierto, de litio, de tierras raras. Tenemos impacto de los agroquímicos, que es otro punto ciego. Nadie quiere hablar de ello. También se están destruyendo los humedales y ni siquiera pudimos sancionar la ley que quedó ahí varada en su tercer intento en 2020. Todo eso requiere repensar el modelo productivo argentino de un modo tal que implique respeto de la naturaleza en todo el desarrollo de actividades económicas, que no atenten contra ella, sino que aseguren al menos la continuidad y regeneración del tejido de la vida.
 
¿Qué pasa con el progresismo en este escenario? ¿Cómo se conectan o desconectan del descontento?
 
El progresismo argentino atraviesa una crisis profunda. El problema central es que hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. El progresismo peronista aparece absorbido por disputas internas y consignas que interpelan a pocos, sin una verdadera disputa de agenda con el gobierno ni una autocrítica sobre los errores que condujeron a este escenario. No venimos del “mundo feliz peronista”. Se crearon las condiciones para que Milei capitalizara un descontento social profundo, visible durante la pandemia en protestas muy heterogéneas: desde antivacunas hasta trabajadores que no podían dejar de salir a ganarse la vida. Allí hubo una desconexión del progresismo con la ira y la frustración de los sectores populares, que encontraron proyección en lo desconocido. Reconectar con esa “estructura de sentimiento” es uno de los grandes desafíos. Problemas como la inseguridad –que golpea sobre todo a los sectores más pobres–, la corrupción o el extractivismo fueron puntos ciegos. ¿Cómo articular todo eso en una nueva narrativa esperanzadora? Hoy no lo sabemos. Desde arriba, claramente, no está ocurriendo. Desde abajo, la Argentina sigue mostrando una gran capacidad de movilización y de construcción de lazo colectivo. Pero hay una parte de la sociedad profundamente rota, que el progresismo no ha sabido comprender ni interpelar. Milei tampoco les ofrece una reconstrucción real: su proyecto favorece a los sectores más ricos. Aun así, el golpe político fue muy duro, especialmente para las organizaciones sociales movilizadas -trabajadores de la salud, jubilados, familias de personas con discapacidad- que recibieron un mensaje muy desalentador tras las elecciones.
 
¿Hay alternativa a este modelo, se la está pensando?
 
Las sociedades contemporáneas se caracterizan por la aceleración y la volatilidad. Puede haber cambios, pero exigen una narrativa política integradora que hoy no existe. Milei recibió un voto de confianza acotado, no una carta blanca. Resta ver si ese amplio sector social que hoy no encuentra representación logra reconocerse en una alternativa futura.

19 de enero de 2026

Maristella Svampa: “El progresismo argentino hoy no tiene una narrativa prometedora ni una visión clara de país. La cooperación, la solidaridad y la interdependencia son los puntos de partida para pensar la sostenibilidad social y ambiental” (1/2)

Maristella Svampa (1961) es una socióloga, investigadora y escritora argentina reconocida por su trayectoria en el abordaje de temáticas como la crisis socioecológica, la intersección entre salud, género y medio ambiente, los movimientos sociales y la acción colectiva para abrir debates teóricos y políticos desde una perspectiva crítica. En 1984 obtuvo su licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba. Luego, en 1988, obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía en la Université Paris I Panthéon-Sorbonne (Universidad París 1 Panteón-Sorbona) y el Diploma de Estudios Avanzados en Historia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales). En esta última también obtuvo en 1992 el doctorado en Sociología. Se ha desempeñado como coordinadora del Instituto de Ciencias de la Universidad Nacional de General Sarmiento -ubicada en la ciudad de Los Polvorines al noroeste del Gran Buenos Aires- y del Observatorio Social de América Latina (OSAL), una asociación civil sin fines de lucro integrante del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Trabaja como Investigadora Superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierda (CeDInCI), y es Profesora Titular de Teoría Social Latinoamericana en la Universidad Nacional de La Plata. Ha publicado numerosos artículos tanto en medios periodísticos tradicionales como digitales entre los que se pueden mencionar “Voces en el fénix”, “Nueva Sociedad”, “Cuestiones de Sociología”, “Ensambles”, “Acción”, “Anfibia” y 
“Topía” de Argentina; “Encartes” de México; “Utopía y praxis latinoamericana” de Venezuela; “América Latina en Movimiento” de Uruguay; “Journal für Entwicklungspolitik” de Austria, e internacionales como “Le Monde Diplomatique” y “OneWorld Perspectives”.


Por ejemplo, en la revista “Nueva Sociedad” nº 319 de septiembre/octubre de 2025 publicó uno titulado “Extremas derechas: entre el negacionismo y el ecofascismo”, en el cual, entre otros conceptos expresó: “Las extremas derechas han sido un elemento fundamental del crecimiento del negacionismo climático. Con la llegada al poder de Donald Trump en 2017 arrancó una segunda ola negacionista, que ya no se limita a ‘think tanks’ sino que se sostiene en los gobiernos. Pero en las derechas radicales se encuentran también estrategias ‘retardistas’ -que no niegan el cambio climático pero buscan frenar las acciones en su contra-, e incluso diversas expresiones de ‘ecofascismo’. Estas manifestaciones ecofascistas retoman la teoría complotista del reemplazo poblacional, tan en boga en Europa, y suponen una adaptación de la problemática ambiental en términos de nacionalización, negando sus rasgos globales y su conexión con la dinámica capitalista”. Lo que sigue a continuación es la primera parte del compilado de entrevistas publicadas en la revista digital “Límbica” el 20 de diciembre de 2025 y en la revista “Ñ” nº 1112 el 3 de enero de 2026.
 
Para empezar, ¿cómo querés presentarte?
 
Soy patagónica, argentina y latinoamericana. Estudié filosofía, sociología, trabajo interdisciplinariamente y con distintos tipos de escritura. Escribí muchos libros de investigación, pero también novelas que mayormente se sitúan en la Patagonia. Tengo una vocación anfibia, es decir, creo que la academia debe potenciarse y articularse con otros saberes, otras realidades, otros mundos. Trabajo colectivamente en diferentes instancias como el Pacto Ecosocial del Sur a nivel latinoamericano, el Equipo Transiciones a nivel nacional, también con abogados ambientalistas y con el colectivo Mira Socioambiental. Mi último libro es “Policrisis, Cómo afrontar o cómo enfrentar el vaciamiento de las izquierdas y el avance de las extremas derechas”.
 
Referís en distintos textos y entrevistas, que estamos ante un escenario de crisis múltiple, o “policrisis civilizatoria”. ¿Cuáles serían los aspectos que la caracterizan?
 
Desde mi perspectiva, hemos pasado de la extraordinaria crisis marcada por el COVID-19 en 2020 a una policrisis civilizatoria que abarca numerosas crisis entrelazadas. Hablamos así de la aceleración de la crisis climática y la crisis energética, el incremento de las desigualdades sociales -que aumentaron aún más después de la pandemia, mostrando hasta qué punto este es un mundo de superricos-. También el incremento de los conflictos bélicos e inclusive el peligro de una guerra nuclear, el peligro de nuevas pandemias en el marco de una globalización descontrolada, también el peligro de otra de las peores distopías que es el avance descontrolado de la inteligencia artificial, y por supuesto, la expansión de las extremas derechas y la erosión de los marcos democráticos. Entonces, no es que estas crisis se den de manera aislada, y esta articulación o entrelazamiento explica o puede conducir a una escalada que genere realmente escenarios de mucha incertidumbre. Ese es el concepto de policrisis civilizatoria que yo tomo en un sentido más radical y que le da el título a mi último libro publicado recientemente por siglo XXI. En este marco, es importante subrayar que uno puede hacer un abordaje de la policrisis siempre y cuando tenga en cuenta también que lo social y lo ambiental no pueden ser considerados de manera separada. Y que ante este escenario de colapso generalizado es necesario pensar en términos de régimen socioecológico, de cambio de régimen socioecológico en un marco de transición.
 
En particular en Argentina, ¿cuáles son los conflictos más urgentes que enfrentamos a nivel ambiental ante el avance de la derecha radical?
 
La Argentina es claramente un laboratorio en este escenario de policrisis civilizatoria, donde las extremas derechas avanzan con una política de desregulación, de supresión de derechos y de colonización de los territorios. El impacto del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) supone una mayor explotación y desprotección de nuestros bienes públicos naturales. No es que no hubiera extractivismo en la Argentina, todos sabemos que sí. Hay una suerte de consenso extractivo exportador. Pero el RIGI ha venido a acelerar y multiplicar a gran escala los proyectos de minería, las inversiones en Vaca Muerta -cuando hablo de minería, hablo no sólo de la minería metálica a cielo abierto, sino también de la minería de litio-, además de proyectos de privatización de grandes represas como la concesión, aunque fallida por el momento, del río Paraná como hidrovía. La verdad es que son muchos los conflictos que se abren en la Argentina, e insisto, el RIGI es la llave mayor de este gobierno. Realizamos un informe analizando el primer año y medio del gobierno de Milei con la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas y el Colectivo de Acción por la Justicia Ecosocial (CAJE). Y realmente el detalle de esta regresión, de este retroceso, implica el desmantelamiento, la modificación, la derogación de normativas ligadas al cambio climático, la protección ambiental, la reducción de las desigualdades y la participación democrática. Todo eso se ve muy afectado, sobre todo en las provincias. Los gobernadores se han subido al discurso libertario, se han envalentonado y muchos de ellos que se sentían impedidos -como en Mendoza o en Río Negro debido a la solidez y potencia de las resistencias ambientales- hoy avanzan en los territorios, criminalizan a las organizaciones y activistas socioambientales. Porque además de contar con el RIGI, cuentan con un dispositivo represivo que conlleva una militarización de los territorios y una criminalización mayor de la protesta. Entonces, es un conjunto; no podría decir que hay una dimensión u otra más amenazada. El informe que hemos realizado tiene más de sesenta páginas, es absolutamente contundente, muestra con seriedad cómo lo que está en juego es la democracia y la sostenibilidad socioambiental del país.
 
¿Cuál sería el impacto en la salud de las personas?
 
Tengamos en cuenta que, como producto de la aceleración del cambio climático, se producen cada vez más eventos extremos como pueden ser olas de calor, incendios, tornados, inundaciones. Yo los llamo colapsos climáticos localizados, para los cuales una sociedad tiene que prepararse en términos de adaptación porque impactan no sólo en los territorios, convirtiéndolos en una zona de desastre como ocurrió en Bahía Blanca -en un par de horas- sino también sobre la salud de las personas humanas y no humanas. En ese sentido, el gobierno de Milei ha estado desmantelando organismos públicos que apuntaban a la protección ambiental y a la intervención en el marco de estas emergencias, como la Dirección Nacional de Emergencia, donde sus cuatrocientos ochenta y cinco empleados fueron cesanteados tres días antes de que ocurriera la inundación ahí en Bahía Blanca. Al mismo tiempo, el gobierno vetó la ley de ayuda a Bahía Blanca a raíz de lo que sucedió con las inundaciones. Entonces, efectivamente todo lo que tiene que ver con el desmantelamiento de normativas, leyes, vaciamiento de organismos públicos direccionados a mitigar o adaptarse al cambio climático y sus derivaciones todo eso impacta fuertemente en la salud. Ni que hablar de que efectivamente la salud pública está siendo desmantelada a través de la reforma ultra neoliberal que se propone el gobierno.
 
Desde tu mirada, ¿Cómo impacta este contexto en los movimientos sociales feministas y eco territoriales del Sur?
 
La Ley de Bases, que otorgó Facultades Extraordinarias a Milei hasta julio de este año, viene acompañada por un protocolo antiprotesta que aplica el Ministerio de Seguridad de la mano de Patricia Bullrich, que apunta al disciplinamiento de la sociedad, a generar miedo y a disuadir a potenciales manifestantes. No sólo por la fuerte represión sobre ellos, sino por los procesos de criminalización que se generan. De hecho, en el marco del protocolo antiprotesta ha habido en las provincias, con el avance del extractivismo en todos sus formatos, numerosos casos de criminalización. Hubo una detención arbitraria de defensores ambientales que protestaban contra la explotación hidrocarburífera en el mar, alejado de la costa, en Camet Norte en la Provincia de Buenos Aires. Hubo detenciones y allanamientos en Mendoza, continúa la persecución al pueblo Mapuche Tehuelche en Chubut, también encontramos la criminalización en El Bolsón, en Río Negro, en el marco de los grandes incendios, o juicios a ambientalistas en Chubut que fueron condenados. No olvidemos que hay un plan de inteligencia al cual accedió la revista “Crisis”, que ha sido difundido y denunciado. El plan de inteligencia nacional 2025, describe como objetivo de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE) al movimiento socioambiental. El objetivo del plan alcanza incluso a aquellos que propicien un cambio de matriz energética, algo que en realidad es una obligación nacional e internacional establecida por el Acuerdo de París. Por supuesto, tiene como objeto de inteligencia las comunidades indígenas e incluye a la totalidad del espacio socioambiental en donde hay organizaciones, colectivos, activistas, referentes académicos, periodistas, científicos, que son el blanco del servicio de inteligencia sólo por promover mínimas acciones que se realizan pacíficamente en el marco de la defensa de nuestros bienes comunes. Entonces, realmente es muy peligroso el dispositivo de espionaje puesto en marcha, lo que pone de manifiesto la importancia de la continuidad del modelo extractivo exportador que busca violentar cualquier proceso de organización ciudadana que cuestione la viabilidad social y ambiental de esos megaproyectos.
 
Desde el Pacto Ecosocial Intercultural del Sur hablan de Estado ecosocial, ¿podrías explicar un poco esta idea?
 
Bueno, a ver, desde el Pacto Ecosocial Intercultural del Sur nos proponemos elaborar una hoja de ruta integral en términos de transición ecosocial. Esto quiere decir que esto abarca no sólo la transición energética sino también una transición productiva, cultural, una transición urbana. En esa línea consideramos que la base misma de una transición ecosocial tiene que ser el reconocimiento de la interdependencia, de la complementariedad, podríamos decir, la consolidación de una sociedad del cuidado, que viene asociada también a un Estado ecosocial. Proponemos la idea de que en el marco de la policrisis civilizatoria no necesitamos menos Estado sino más Estado. Pero no cualquier Estado, sino un Estado ecosocial que incorpore los riesgos sociales y ambientales que atraviesan nuestras sociedades y el planeta todo. En esa línea hemos venido trabajando desde el equipo Transiciones de Argentina la noción de Estado ecosocial que viene propuesta sobre todo por Rubén Novol, que es uno de los economistas que forma parte de este equipo. Para decirlo de manera más sencilla, consideramos que la creación de un Estado ecosocial es fundamental para asumir los grandes desafíos que plantea una transición ecosocial. El mercado no va a hacerla, evidentemente todo lo que vemos en función del mercado apunta a una mayor mercantilización y destrucción de nuestros bienes comunes, pero tampoco la sociedad autoorganizada puede llevarla a cabo por sí sola. Entonces es en ese espacio de articulación entre un Estado ecosocial y lo público no estatal, a través de la sociedad autoorganizada que se gestan nuevos horizontes de transición ecosocial. Al hablar de Estado ecosocial estamos hablando de darle un lugar fundamental a los cuidados, y por supuesto de llevar a cabo una reforma tributaria integral que resuelva los problemas de las desigualdades que viene arrastrando nuestro continente, el sur global y nuestro país en particular. Las asimetrías, también cuando hablamos de cuestiones ambientales, son también de índole social, no solamente geopolítica. Lo que vemos es que son los sectores súper ricos de las sociedades, sea del norte, sea del sur, los que efectivamente consumen más y destruyen el planeta. Entonces, claramente una reforma tributaria que apunte a la redistribución de la riqueza y que, por otro lado, desde un Estado ecosocial, apunte a la reducción de los consumos de los sectores más ricos, nos parece absolutamente fundamental. No hay posibilidad de pensar la transición ecosocial si no articulamos justicia social con justicia ambiental, y sin duda el rol del Estado ecosocial es fundamental para ello.
 
Quienes hacemos “Límbica” creemos que es posible una praxis del cuidado que desafíe las lógicas del capital. ¿Cómo sostenemos la apuesta por la igualdad en un mundo donde parece legitimarse la desigualdad y la ausencia del Estado como garante de derechos? ¿Emergen en estos momentos nuevas prácticas de cuidado?
 
Por supuesto que hay numerosas expresiones desde abajo que apuntan a otras narrativas, narrativas relacionales contrahegemónicas que expresan otras formas de habitar el territorio, otros lenguajes de valoración que dan cuenta además de otros vínculos de interdependencia, de complementariedad en el marco de una acción colectiva. Y en esa línea uno podría destacar, por un lado, los movimientos ecofeministas que se están expandiendo en todo el sur global y muy particularmente en América Latina. Lo que yo llamo los feminismos ecoterritoriales del sur, que se expresan no solamente en la lucha contra los neoextractivismos sino también desarrollando experiencias de agroecología. Por ejemplo, pienso en el caso de La Verdecita en Santa Fe, también están aquellas que desarrollan viejos oficios en el marco de la crisis ecológica, como las mujeres que se convierten en brigadistas forestales. En Córdoba existe un colectivo de mujeres en las Sierras Chicas, Las Fuegas, que son mujeres que combaten los incendios, que entran y salen del fuego construyendo comunidad. No es solamente el combate contra el fuego en sí mismo, sino que también recogen semillas, cuentan historias, hacen un trabajo con la comunidad luego de los incendios. Han elaborado, por ejemplo, un nuevo protocolo de intervención que apunta a despatriarcalizar el lenguaje de los brigadistas forestales. Hay numerosas experiencias ligadas a la transición energética. En Colombia, de hecho, el gobierno impulsa los proyectos comunitarios ligados a la transición energética que, desde abajo y con un carácter muy local, implican una mayor autonomía y participación de la comunidad. Bueno, esto para dar cuenta de que efectivamente existen muchas experiencias faro en América Latina. Pero por supuesto también somos conscientes de la dificultad de escalar estos ejemplos que son absolutamente necesarios para pensar una transición, podríamos decir, a gran escala. Desde mi punto de vista es fundamental tener en cuenta, y esto lo desarrollo bastante en mi nuevo libro “Policrisis”, que estas experiencias desde abajo muestran también que es posible construir un régimen de afectividad diferente al que está planteando la extrema derecha. Un régimen que está basado no sólo en la indiferencia, sino en la crueldad, en el sufrimiento de los más vulnerables, y que plantea además un distanciamiento mayor entre los seres humanos y, por supuesto, entre humanos y no humanos. Entonces claramente ese régimen de afectividad que plantea la extrema derecha es un régimen de destrucción y de separación, mientras que los nuevos lenguajes de valoración y las prácticas que ponen en movimiento los movimientos sociales, los feminismos ecoterritoriales y también los pueblos originarios, incluyen otra afectividad, una afectividad ambiental que apunta a la cooperación, a la solidaridad y la interdependencia. Estos son los puntos de partida para pensar la sostenibilidad social y ambiental.