“De los diversos
instrumentos del hombre -dijo en alguna oportunidad Jorge Luis Borges
(1899-1986)- el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones
del cuerpo: el microscopio o el telescopio, de la vista; el teléfono, de la
voz; el arado o la espada, del brazo. Pero el libro es otra cosa: es una
extensión de la memoria y de la imaginación”. Dos intelectuales, el escritor y
semiólogo italiano Umberto Eco (1932-2016) y el dramaturgo y guionista
cinematográfico francés Jean Claude Carriére (1931-2021), quienes compartían
una profunda pasión por los libros, se reunieron durante varias jornadas para
dialogar acerca de un tema que preocupa a los lectores, escritores y a la
industria editorial en general: el futuro del libro impreso ante el surgimiento
de las nuevas tecnologías que difunden cada vez más el libro electrónico. El
fruto de esas conversaciones fue recogido en un libro aparecido en 2009 y bajo
el título “Non sperate di liberarvi dei libri” (Nadie acabará con los libros),
uno de los mejores ensayos sobre el porvenir del libro publicados hasta el
momento. Eco, autor de “Il nome della rosa” (El nombre de la rosa) e “Il
cimitero di Praga” (El cementerio de Praga) entre muchísimos otros libros, y
Carriére, guionista de “Cet obscur objet du désir” (Ese oscuro objeto del
deseo) y “Le charme discret de la bourgeoisie” (El discreto encanto de la
burguesía) entre muchísimos otros filmes, participaron en una brillante
discusión a lo largo de los quince capítulos que componen el libro. Lo que sigue
es la primera parte de esa larga charla en la que se conversó acerca del futuro
del libro impreso y los nuevos soportes de edición.
J.C.C.: Durante la cumbre de
Davos, en 2008, se le preguntó a un futurólogo sobre los fenómenos que
alterarían a la humanidad en los próximos quince años y éste propuso que se
consideraran esencialmente cuatro, que le parecían seguros. El primero, que un
barril de petróleo costaría 500 dólares. El segundo concernía al agua,
destinada a convertirse en un producto comercial de intercambio exactamente
como el petróleo; en fin, que veremos las cotizaciones del agua en la Bolsa. La
tercera previsión atañía a África que, en las próximas décadas, según el
futurólogo, se convertiría con toda seguridad en una potencia económica, un hecho
que todos esperamos. El cuarto fenómeno, según este profeta profesional, era la
desaparición del libro. A estas alturas, por lo tanto, se trata de saber si la
desaparición definitiva del libro, si de verdad llegara a producirse, podría
entrañar para la humanidad las mismas consecuencias que la penuria programada
del agua, por ejemplo, o que la inaccesibilidad del petróleo.
U.E.: ¿El libro desaparecerá a
causa de la aparición de internet? Escribí sobre este tema hace tiempo, es
decir, cuando la pregunta parecía pertinente. A estas alturas, cada vez que
alguien me pide que me pronuncie al respecto, no puedo sino repetir el mismo
texto. En cualquier caso, nadie se da cuenta de que me repito, porque no hay
nada más inédito que lo que ya se ha publicado y, además, porque la opinión
pública (o por lo menos los periodistas) tienen siempre la idea fija de que el
libro desaparecerá (o quizá los periodistas piensan que son los lectores los
que tienen esa idea fija) y todos formulan incansablemente la misma pregunta.
En realidad, hay poco que decir al respecto. Con internet hemos vuelto a la era
alfabética. Si alguna vez pensamos que habíamos entrado en la civilización de
las imágenes, pues bien, la computadora nos ha vuelto a introducir en la
galaxia Gutenberg y todos se ven de nuevo obligados a leer. Para leer es
necesario un soporte. Este soporte no puede ser únicamente la computadora.
¡Pasémonos dos horas leyendo una novela en la computadora y nuestros ojos se
convertirán en dos pelotas de tenis! En casa, tengo unas gafas Polaroid que me
permiten proteger los ojos de las molestias de una lectura constante en
pantalla, pero no es una solución suficiente. Además, la computadora depende de
la electricidad y no te permite leer en la bañera, ni tumbado de costado en la cama.
El libro es, a fin de cuentas, un instrumento más flexible. Ante la disyuntiva,
hay una sola opción: o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se
inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejado de ser,
incluso antes de la invención de la imprenta. Las variaciones en torno al
objeto libro no han modificado su función ni su sintaxis desde hace más de
quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las
tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. No se
puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara. Hay diseñadores que
intentan mejorar, por ejemplo, el sacacorchos, con resultados muy modestos: la
mayoría de ellos no funciona. Philippe Starck intentó mejorar el exprimidor,
pero su modelo (para salvaguardar una determinada pureza estética) deja pasar
las semillas. El libro ha superado sus pruebas y no se ve cómo podríamos hacer
nada mejor para desempeñar esa misma función. Quizá evolucionen sus
componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo
que es.
J.C.C.: Parece que el libro
electrónico, en sus últimas versiones, le hace la competencia directa al libro
escrito. El modelo “Reader” contiene ya ciento sesenta títulos.
U.E.: Es evidente que un juez
se llevará a casa con mayor facilidad las veinticinco mil páginas de escritos
de un proceso en curso si las guarda en un libro electrónico. En muchos campos,
el libro electrónico será cómodo, pero en circunstancias de uso no corrientes.
Yo simplemente sigo preguntándome si, incluso con la tecnología más adecuada a
las exigencias de la lectura, será de verdad mejor leer “Guerra y paz” en un
libro electrónico. Ya veremos. En cualquier caso, no podremos seguir leyendo a
Tolstoi y todos los libros impresos en pasta de papel porque éstos ya han
empezado a descomponerse en nuestras bibliotecas. Los Gallimard y los Vrin de
los años ‘50 en su mayoría ya han desaparecido. La “Filosofía de la Edad Media”
de Wilson, que me resultó útil en la época en que preparaba mi tesis, hoy ni
siquiera puedo agarrarla. Las páginas se disgregan, literalmente. Podría
comprar otra edición, desde luego, pero le tengo mucho apego a la mía antigua,
con todas mis anotaciones de distintos colores que configuran la historia de
mis diversas consultas.
J.C.C.: Con la aparición de
nuevos soportes, cada vez más adecuados empíricamente a las exigencias y al
confort de la lectura, ya se trate de enciclopedias o de novelas on-line, uno
podría imaginar una lenta desafección hacia el objeto libro en su forma
tradicional.
U.E.: Todo puede pasar, desde
luego. Cabe que los libros mañana interesen sólo a una minoría de indómitos que
podrían ir a satisfacer su curiosidad nostálgica en los museos, en las
bibliotecas…
J.C.C.: De seguir existiendo.
U.E.: Pero también podemos
imaginar que esa formidable invención que es Internet desaparezca en un futuro.
Exactamente como los dirigibles desaparecieron de nuestros cielos. Cuando el
Hindenburg se incendió en Nueva York, poco antes de la guerra, el dirigible ya
no tenía futuro. Lo mismo sucedió con el Concorde: el accidente de Gonesse en
el año 2000 resultó mortal. En cualquier caso, ésa es una historia
extraordinaria: se inventa un avión que, en lugar de tardar ocho horas en
atravesar el Atlántico, tarda tres. ¿Quién podría rebatir semejante progreso?
Pues bien, se renuncia al Concorde tras la catástrofe Gonesse, estimando que
ese avión resulta demasiado caro. ¿Es una razón seria? ¡También la bomba
atómica sale carísima!
J.C.C.: Hermann Hesse hizo
algunas observaciones a propósito de una probable “relegitimación” del libro
que, según su opinión, sería consecuencia de los progresos técnicos. En los
años ‘30, Hesse afirmaba: “Cuanto más se satisfagan con el tiempo ciertas
necesidades populares de entretenimiento y enseñanza a través de otros
inventos, más recuperará el libro su dignidad y autoridad... No hemos alcanzado
todavía el punto en el que los nuevos inventos rivales, como la radio, el cine,
etcétera, descarguen al libro de esa parte de sus funciones que no merecen la
pena”. En este sentido no se equivocaba. El cine y la radio, así como la
televisión, no le han quitado nada al libro, nada que no pudiera perder “sin
daños”.
U.E.: En un momento determinado
los hombres inventan la escritura. Podemos considerar la escritura como la
prolongación de la mano, y en este sentido tiene algo casi biológico. Se trata
de una tecnología de comunicación inmediatamente vinculada al cuerpo. Una vez
inventada, ya no puedes renunciar a ella. Una vez más, es como haber inventado
la rueda. Las ruedas de hoy siguen siendo las de la prehistoria. Al contrario,
nuestras invenciones, cine, radio, internet, no son biológicas.
J.C.C.: Tienes razón en
subrayarlo: nunca hemos tenido más necesidad de leer y escribir que en nuestros
días. No podemos siquiera usar una computadora si no sabemos leer y escribir.
Y, además, de una forma más compleja que antaño, porque hemos integrado nuevos
signos, nuevas claves. Nuestro alfabeto se ha ampliado. Resulta cada vez más
difícil aprender a leer. Si nuestras computadoras pudieran transcribir
directamente lo que decimos, se produciría un regreso a la oralidad. Claro que
esto plantea una nueva cuestión: ¿es posible expresarse sin saber leer ni
escribir?
U.E.: Homero respondería sin
ningún género de duda que sí.
J.C.C.: Pero Homero pertenece a
una tradición oral. Sus conocimientos los adquirió a través de esa tradición,
en una época en que todavía nada se había escrito en Grecia. ¿Se puede imaginar
hoy a un escritor que dicte su novela sin la mediación de la escritura y que no
conozca nada de la literatura que lo ha precedido? Quizá su obra tendría la
fascinación de la ingenuidad, del descubrimiento de lo inaudito. Pero, en todo
caso, parece que carecería de lo que nosotros, a falta de un término mejor, llamamos
“cultura”. Rimbaud era un joven dotadísimo, autor de versos inimitables. Pero
no era lo que llamamos un autodidacta. A sus dieciséis años, su cultura ya era
clásica, sólida. Sabía componer versos latinos.
U.E.: Nos interrogamos sobre la
caducidad de los libros, en una época en que la cultura parece elegir otros
instrumentos, quizá más eficientes. Ahora bien, ¿qué pensar de esos soportes
diseñados para almacenar la información y nuestras memorias personales
(disquetes, cintas, CD-ROM) que ya hemos dejado atrás?
J.C.C.: En 1985, el entonces
ministro de Cultura, Jack Lang, me pidió que creara y asumiera la
responsabilidad de una nueva escuela de cine y televisión, la Fémis. Bajo la
dirección de Jack Gajos, reuní a algunos técnicos excelentes y me ocupé del
destino de esa escuela durante diez años, desde 1986 hasta 1996. Durante esos
diez años tuve que estar al corriente, como es natural, de todas las novedades
relativas a los campos que nos incumbían. Uno de los verdaderos problemas que
tuvimos que resolver era, sencillamente, cómo enseñarles las películas a los
estudiantes. Cuando vemos una película para estudiarla, analizarla, hay que
interrumpir la proyección, ir hacia atrás, ir hacia delante, a veces fotograma
a fotograma. Exploración imposible en una copia clásica. En aquella época
teníamos cintas de video, pero se deterioraban muy rápidamente. Al cabo de tres
o cuatro años de uso, resultaban inutilizables. En ese mismo período nació
también la Videoteca de París, que se proponía conservar todos los documentos
fotográficos y fílmicos sobre la capital. Podíamos elegir si archivar las
imágenes en cintas electrónicas o en CD, que por aquel entonces denominábamos “soportes
duraderos”. La Videoteca de París eligió las cintas electrónicas e invirtió en
ellas. En otros lugares, se experimentaba también con los discos flexibles, de
los que sus promotores contaban maravillas. Dos o tres años después, en
California, apareció el CD-ROM. Por fin teníamos la solución. Un poco por
doquier se sucedían demostraciones prodigiosas. Aún me acuerdo del primer
CD-ROM que vimos: hablaba de Egipto. Estábamos admirados, seducidos. Todos se
inclinaban ante esa invención que parecía resolver las dificultades con las que
nosotros, profesionales de la imagen y del archivo, nos topábamos desde hacía
mucho tiempo. Hoy en día, las empresas norteamericanas que entonces producían
esas maravillas han cerrado, desde hace por lo menos siete años. Sin contar con
que nuestros móviles y los varios iPod son capaces de hacer muchas más cosas. Los
japoneses, nos dicen, los usan para escribir, y a través del iPod proponen sus
novelas. Internet, una vez que está a disposición a través del móvil, atraviesa
el espacio. Se nos promete también el triunfo individual del VOD, de pantallas
plegables y muchos otros prodigios. ¿Quién puede saberlo? Parece que estoy
hablando de un período muy largo, que ha durado siglos. Pero se trata de unos
veinte años a lo sumo. El olvido corre deprisa, cada vez más, quizá. Estas son
consideraciones triviales, es verdad, pero lo trivial es un equipaje necesario.
Por lo menos al principio de un viaje.
U.E.: No hace muchos años,
ofrecían la “Patrología latina” de Jacques Paul Migne (¡doscientos once
volúmenes!) en CD-ROM a un precio, si recuerdo bien, de 50 dólares. A ese precio,
la “Patrología...” resultaba accesible sólo a las grandes bibliotecas y no a
los pobres investigadores (aunque está claro que los medievalistas se pusieron
a piratear alegremente los discos). Ahora, en cambio, con un simple abono,
puedes acceder a la “Patrología...” on-line. Lo mismo pasa con la “Enciclopedia”
de Diderot, que hace poco Le Robert propuso en CD-ROM. Hoy la encuentro on-line
por una miseria.
J.C.C.: Cuando apareció el DVD,
pensamos que por fin teníamos la solución ideal que resolvería para siempre
nuestros problemas de archivo y de visión segmentada. Hasta ese momento yo
nunca me había hecho una videoteca personal. Con el DVD, me dije que disponía,
ya era hora, de mi “soporte duradero”. Pero no era así en absoluto. Hoy nos
hablan de discos con un formato mucho más pequeño, que requieren que te compres
nuevos aparatos de lectura, y que podrían contener, como el libro electrónico,
un número considerable de películas. Nuestros buenos, viejos DVD se irán
también ellos al traste, a menos que conservemos los antiguos lectores que hoy
nos permiten verlos. Y ésta es, por otra parte, una de las tendencias de
nuestro tiempo: coleccionar lo que la tecnología se esfuerza por hacer pasar de
moda. Un amigo mío, un cineasta belga, conserva en su trastero dieciocho
computadoras simplemente para poder ver trabajos antiguos. Lo que quiero decir
es que no hay nada más efímero que los soportes duraderos. Estas
consideraciones habituales sobre la fragilidad de los soportes contemporáneos,
que se han vuelto casi un estribillo, pueden llevar a los apasionados por los
incunables, como somos nosotros, a sonreír con benevolencia, ¿no? Este librito
de mi biblioteca, impreso en latín a finales del siglo XV, en París. Mira, si
abrimos este incunable, podemos leer en la última página: “Las presentes horas,
según el uso de Roma, fueron cumplidas el día veintisiete del año mil
cuatrocientos noventa y ocho por Jean Poitevin, librero residente en París, en
la rue Neuve Notre Dame”. El sistema de indicación del año ha sido abandonado,
pero todavía podemos descifrarlo con bastante facilidad. Por lo tanto, aún
podemos leer un texto impreso hace seis siglos. Pero ya no podemos ver una
cinta de video o un CD-ROM de hace apenas algunos años. A menos que conservemos
nuestras computadoras en el trastero.