En relación al tema que
preocupaba a ambos intelectuales, el español Román Gubern (1934), escritor e
historiador de los medios de comunicación de masas, sostuvo en su ensayo
“Metamorfosis de la lectura” que la historia de la escritura es “todo agitación
y desplazamiento. Cambian los materiales en que se escribe: tablillas de
arcilla, papiro, pergamino, papel. Cambian las maneras en que se despliegan
estos materiales: en rollos o atados a uno de los bordes laterales. Cambian las
técnicas de impresión: la tinta de los manuscritos, los tipos móviles
inventados en China, la imprenta de Gutenberg, la mecanización de la imprenta
durante la revolución industrial. Cambia el libro impreso: de pastas duras o
rústico, regular o de bolsillo”. Y agregó: “La irrupción de las tecnologías
digitales es otro capítulo de esta historia”, guardando cierta concordancia con
lo expuesto por el filósofo francés Jacques Derrida (1930-2004) en una
conferencia dictada en 1997: “La cuestión del libro, y de la historia del
libro, no se confunde con la de la escritura, del modo de escritura o de las
técnicas de inscripción. Hay libros, cosas que se denominan legítimamente
libros. Sin embargo, éstos han sido y son todavía escritos según unos sistemas
de escritura radicalmente heterogéneos. El libro no está pues ligado a una
escritura. La cuestión del libro tampoco se confunde adecuadamente con la de
las técnicas de impresión y de reproducción: había libros antes y después de la
invención de la imprenta, por ejemplo. La cuestión del libro no se confunde,
finalmente, con la de los soportes. De forma estrictamente literal, o de forma
metonímica, se puede hablar de libros portados por los soportes más distintos.
No es seguro que la unidad y la identidad de la cosa denominada ‘libro’ sean
incompatibles con estas nuevas tecnologías... Los medios digitales a veces
contradicen al libro, a veces lo continúan y hasta lo extreman”. Lo que sigue
es la tercera parte de los diálogos contenidos en “Nadie acabará con los
libros”.
J.C.C.: Vuelvo, si me lo permites,
al cine y a su extraordinaria fidelidad hacia sí mismo. ¿Piensas que con
internet volvemos a la era alfabética? Yo diría que el cine es un triángulo
proyectado sobre una superficie plana desde hace más de cien años. Es una
linterna mágica perfeccionada. El lenguaje ha evolucionado pero la forma
continúa siendo la misma. Las salas se están equipando progresivamente para
acoger el cine tridimensional y la “visión global”. Esperemos que no se trate
de simples hallazgos aparentes. ¿Podremos ir más allá algún día, por lo menos
en el plano formal? ¿El cine es joven o viejo? No tengo la respuesta. Sé que la
literatura es antigua. Es lo que me dicen. Pero quizá no es tan antigua, en
resumidas cuentas. Quizá deberíamos evitar hacer el papel de Nostradamus; si no,
corremos el riesgo de ver desmentidas nuestras profecías.
U.E.: A propósito de profecías
desmentidas, he recibido una gran lección en mi vida. En aquella época, me
refiero a los años ‘60, trabajaba en una editorial. Nos llegó la obra de un
sociólogo norteamericano que hacía un análisis muy interesante de las nuevas
generaciones y anunciaba la irrupción de una nueva generación de cuello blanco
y cabellos rapados, tipo militar, completamente desinteresada por la política,
etcétera, etcétera. Decidimos encargar la traducción, pero resultó que no era
buena y me pasé más de seis meses corrigiéndola. Pues bien, durante esos meses
-pasamos de principios de 1967 a las manifestaciones de Berkeley y
sucesivamente al Mayo del ‘68- el análisis del sociólogo se había vuelto
completamente obsoleto. Por lo cual tomé el manuscrito mecanografiado y lo tiré
a la basura.
J.C.C.: Hemos hablado de soportes
duraderos bromeando sobre nosotros mismos, sobre nuestras sociedades que no
saben cómo archivar de forma duradera nuestra memoria. Pero creo que
necesitaríamos también profetas duraderos. Ese futurólogo de Davos que, ciego y
sordo ante la crisis financiera que se acercaba, anunciaba un barril de
petróleo a 500 dólares, ¿por qué debería tener razón? ¿Tiene un diploma de profeta?
El precio del petróleo subió a
150 dólares el barril,
luego lo vimos bajar de nuevo a 50 sin ninguna explicación razonable. Subirá
quizá, o bajará aún más. No sabemos nada. El futuro no es una profesión. La
característica de los profetas, de los verdaderos y de los falsos, es que se
equivocan siempre. Ya no recuerdo quién decía: “Si el porvenir es el porvenir,
siempre es inesperado”. La gran cualidad del porvenir es que es incansablemente
sorprendente. Siempre me ha llamado la atención que, en la gran literatura de
ciencia ficción que va desde principios del siglo XX hasta los años ‘50, ningún
autor se imaginara el plástico, que tanto espacio ha ganado en nuestra vida. No
proyectamos siempre en la ficción o en el porvenir, sólo a partir de lo que
conocemos. Pero el porvenir no procede de lo que ya conocemos. Se podrían citar
mil ejemplos. Cuando en los años ‘60 fui a México con Buñuel para trabajar en
un guion a un lugar auténticamente remoto, llevaba conmigo una pequeña máquina
de escribir portátil con una cinta roja y negra. Si por desgracia la cinta se
hubiera estropeado, no habría tenido ninguna posibilidad de encontrar otra en
Zitácuaro, la ciudad cercana. Me imagino la comodidad que habría supuesto para
nosotros una computadora... Pero entonces estábamos muy lejos de imaginarlo.
U.E.: En algunos casos, quizá
debamos relativizar el progreso que se atribuye a estas tecnologías. Pienso en
concreto en el ejemplo que ponías, de un Restif de la Bretonne imprimiendo al
alba aquello de lo que había sido testigo durante la noche.
J.C.C.: Es una hazaña innegable.
El gran coleccionista brasileño José Mindlin me enseñó una edición de “Los
miserables” publicada e impresa en Río en portugués en 1862; es decir, el mismo
año de su publicación en Francia. ¡Sólo dos meses después de París! Mientras
Victor Hugo escribía, Hetzel, su editor, enviaba el libro, capítulo tras
capítulo, a los editores extranjeros. Dicho de otro modo, la difusión de la
obra era más o menos como la de esos “best sellers” que hoy en día se proponen
en más de un país y en más de una lengua simultáneamente. Algunas veces es útil
relativizar nuestras pretendidas proezas tecnológicas. En el caso de Victor
Hugo, las cosas fueron más deprisa que hoy en día.
U.E.: Le pasó también a
Alessandro Manzoni. La primera edición de “Los novios” en 1827, tuvo unas
treinta ediciones “pirata” en todo el mundo que no le reportaron ni una lira.
Para la edición revisada de 1840 quiso hacer una publicación en fascículos
semanales con el editor Radaelli de Milán, con muchas y bellísimas
ilustraciones (y siguió personalmente el trabajo del dibujante Goñi): pensaba
que era imposible piratear un fascículo en una semana. Se equivocaba. Un editor
napolitano lo pirateó semana tras semana y Manzoni perdió su dinero en esa empresa.
Es otra demostración de la relatividad de nuestras proezas tecnológicas. Pero
habría más ejemplos. En el siglo XVI, Robert Fludd publicaba en un año tres o
cuatro libros. Vivía en Inglaterra, los libros se publicaban en Ámsterdam.
Recibía galeradas, las corregía, controlaba las imágenes, mandaba todo otra vez
a Ámsterdam... ¿Cómo lo hacía? ¡Se trata de libros ilustrados de seiscientas
páginas! Debemos pensar que el correo funcionaba mejor que hoy. Galileo
mantenía correspondencia con Kepler y todos los sabios de su época. Estaba
informado inmediatamente de cualquier nuevo descubrimiento. Quizá podamos
añadir una nota a esta comparación que parece aventajar al pasado. En los años ‘60,
como editor, hice que tradujeran el libro de Derek de Solla Price, “Pequeña
ciencia, gran ciencia”. Apoyándose en estadísticas, el autor demostraba que el
número de publicaciones científicas del siglo XVII era tal que un buen
científico podía mantenerse al corriente de todo lo que se publicaba, mientras
que hoy a ese mismo científico le resultaba imposible incluso echarles una
ojeada a todos los resúmenes de los artículos publicados en su ámbito de
investigación.
J.C.C.: Considera nuestros
pendrives y otros métodos para archivar información y llevarla con nosotros.
También en este nivel no hemos inventado nada. A finales del siglo XVIII, los
aristócratas llevaban consigo durante sus desplazamientos, en pequeñas maletas,
bibliotecas de viaje. Treinta o cuarenta volúmenes en formato de bolsillo; no
se separaban de ninguna manera de lo que un hombre de bien tenía que saber.
Esas bibliotecas, obviamente, no estaban computadas en gigas, pero el principio
estaba ya establecido. Esto me recuerda otra forma de “atajo” que resulta más
problemática. En los años ‘60 yo vivía en Nueva York en un apartamento que
había puesto a mi disposición un productor cinematográfico. No había libros en
ese apartamento, salvo una biblioteca que contenía obras maestras de la
literatura mundial “extractadas”. He ahí algo que es propiamente irreal: “Guerra
y paz” en cincuenta páginas, Balzac en un volumen. ¡Un trabajo inmenso para
algo totalmente absurdo!
U.E.: Claro que hay resúmenes y
resúmenes. En Italia, en los años ‘30 y ‘40 se publicaba una colección
estupenda llamada “La Scala d'Oro”. Se trataba de una serie de libros
subdivididos por edades. Estaba la serie de siete a ocho años, la de ocho a
nueve y la que llegaba hasta los catorce, todo ello ilustrado de forma
maravillosa por los mejores artistas de la época. Estaban todas las grandes
obras maestras de la literatura. Cada obra era contada por un buen escritor que
tenía en cuenta la edad del lector. Entendámonos, era un poco “accesible a
todos los públicos”. Por ejemplo, Javert no se suicidaba, dimitía. Debo decir
que solamente cuando, ya mayorcito, leí “Los miserables” en versión original,
supe por fin toda la verdad sobre Javert. Pero debo reconocer que lo esencial
me había sido transmitido.
J.C.C.: Las nuevas tecnologías
tienen un vertiginoso ritmo de innovación y, por eso mismo, una rápida
obsolescencia. No hay nada más efímero que los “soportes duraderos” que obligan
a coleccionar lo que la tecnología desplaza: para leerlos deben conservarse los
antiguos lectores. Aún podemos leer un texto impreso hace seis siglos, pero ya
no podemos ver una cinta de video o un CD-ROM de hace apenas algunos años.
U.E.: Hubo sucesivos planes
políticos, culturales y religiosos que buscaron la destrucción de los libros.
Incluso hubo quienes pretendían esgrimir un libro como símbolo, como por
ejemplo el “Libro rojo” de Mao, que se presentaba como un símbolo no violento.
Naturalmente, no se decía que la glorificación de ese pequeño libro implicaba
la desaparición de todos los demás. Hubo también libros cuya existencia se
conoce, pero que nadie ha leído; obras maestras desconocidas, otras de autoría
sospechosa. Una vez escribí en broma que si todas las obras de Shakespeare
hubieran sido escritas por Bacon, éste nunca habría tenido tiempo para escribir
las suyas, que, por lo tanto, fueron escritas por Shakespeare. Nuestro
conocimiento del pasado se debe a cretinos, imbéciles o adversarios.
J.C.C.: Nada hay más poderoso que
la interpretación para producir consideraciones insensatas...
U.E.: Lo mismo sucede en
filosofía. La filosofía de Bertrand Russell no ha generado tantas
interpretaciones como la de Heidegger. ¿Por qué? Porque Russell es
especialmente claro e inteligible, mientras que Heidegger es oscuro. No digo
que uno tenga razón y el otro no. Por lo que me concierne, no tomo partido por
ninguno de los dos. Pero cuando Russell dice una estupidez, la dice de forma
clara, mientras que con Heidegger, aunque diga un truismo, nos cuesta un gran
esfuerzo darnos cuenta. Para pasar a la historia, para durar, hay que ser
oscuros. Heráclito ya lo sabía... En su ensayo sobre “Hamlet”, por ejemplo,
T.S. Eliot dice que no es una obra maestra: es una tragedia desordenada que no
consigue armonizar fuentes distintas. Por esta razón se ha vuelto enigmática y
todos siguen interrogándose al respecto. No es una obra maestra por sus
cualidades literarias, sino porque se resiste a nuestras interpretaciones.
U.E.: Es posible que el libro
electrónico desplace para siempre al libro de papel. Una minoría de indómitos
podría ir a satisfacer sus necesidades a un museo. Pero, también podemos
imaginar que esa formidable invención que es internet desaparezca en un futuro.
Exactamente como el dirigible Hindenburg desapareció de nuestros cielos. O el
Concorde. El libro, a pesar de los desgastes provocados por los filtros, al
final supera todas las emboscadas.
J.C.C.: Nunca hemos tenido más
necesidad de leer y escribir que en nuestros días. No podemos siquiera usar una
computadora si no sabemos leer y escribir. Y además de una forma más compleja
que antaño, porque hemos integrado nuevos signos, nuevas claves. Nuestro
alfabeto se ha ampliado. Resulta cada vez más difícil aprender a leer.
U.E.: Las modas que antes
duraban treinta años hoy duran treinta días. El presente desaparece entre
teclados que almacenan pasado y presencian futuros. La velocidad con la que la
tecnología se renueva nos obliga a un ritmo insostenible de reorganización
permanente de nuestras costumbres mentales. Y allí aparece la cuestión del
tiempo.
J.C.C.: En efecto, el presente se
encoge y se niega. Cuando tengamos un criado electrónico capaz de responder
todas nuestras preguntas y lo sepa todo, absolutamente todo, ¿qué nos quedará
por conocer?, ¿qué deberemos aprender aún?
U.E.: El arte de la síntesis.
J.C.C.: ¿Qué es un libro? ¿Un
objeto que se lee? Inexacto. También un periódico se lee, y aun así no es un
libro, como tampoco lo son una carta, una esquela funeraria, una pancarta en
una manifestación, una etiqueta o la pantalla de mi computadora. Existe una
diferencia entre una biblioteca de volúmenes y una biblioteca virtual. La
biblioteca de volúmenes se asocia al refugio y la seguridad: un espacio que
recoge los libros que podemos leer, o que podríamos leer, aunque luego no los
leamos nunca.