6 de noviembre de 2010

Conversaciones (XXXIX). Umberto Eco - Jean Claude Carriére. Sobre el futuro del libro y la estupidez humana (3/4)

En relación al tema que preocupaba a ambos intelectuales, el español Román Gubern (1934), escritor e historiador de los medios de comunicación de masas, sostuvo en su ensayo “Metamorfosis de la lectura” que la historia de la escritura es “todo agitación y desplazamiento. Cambian los materiales en que se escribe: tablillas de arcilla, papiro, pergamino, papel. Cambian las maneras en que se despliegan estos materiales: en rollos o atados a uno de los bordes laterales. Cambian las técnicas de impresión: la tinta de los manuscritos, los tipos móviles inventados en China, la imprenta de Gutenberg, la mecanización de la imprenta durante la revolución industrial. Cambia el libro impreso: de pastas duras o rústico, regular o de bolsillo”. Y agregó: “La irrupción de las tecnologías digitales es otro capítulo de esta historia”, guardando cierta concordancia con lo expuesto por el filósofo francés Jacques Derrida (1930-2004) en una conferencia dictada en 1997: “La cuestión del libro, y de la historia del libro, no se confunde con la de la escritura, del modo de escritura o de las técnicas de inscripción. Hay libros, cosas que se denominan legítimamente libros. Sin embargo, éstos han sido y son todavía escritos según unos sistemas de escritura radicalmente heterogéneos. El libro no está pues ligado a una escritura. La cuestión del libro tampoco se confunde adecuadamente con la de las técnicas de impresión y de reproducción: había libros antes y después de la invención de la imprenta, por ejemplo. La cuestión del libro no se confunde, finalmente, con la de los soportes. De forma estrictamente literal, o de forma metonímica, se puede hablar de libros portados por los soportes más distintos. No es seguro que la unidad y la identidad de la cosa denominada ‘libro’ sean incompatibles con estas nuevas tecnologías... Los medios digitales a veces contradicen al libro, a veces lo continúan y hasta lo extreman”. Lo que sigue es la tercera parte de los diálogos contenidos en “Nadie acabará con los libros”.


J.C.C.: Vuelvo, si me lo permites, al cine y a su extraordinaria fidelidad hacia sí mismo. ¿Piensas que con internet volvemos a la era alfabética? Yo diría que el cine es un triángulo proyectado sobre una superficie plana desde hace más de cien años. Es una linterna mágica perfeccionada. El lenguaje ha evolucionado pero la forma continúa siendo la misma. Las salas se están equipando progresivamente para acoger el cine tridimensional y la “visión global”. Esperemos que no se trate de simples hallazgos aparentes. ¿Podremos ir más allá algún día, por lo menos en el plano formal? ¿El cine es joven o viejo? No tengo la respuesta. Sé que la literatura es antigua. Es lo que me dicen. Pero quizá no es tan antigua, en resumidas cuentas. Quizá deberíamos evitar hacer el papel de Nostradamus; si no, corremos el riesgo de ver desmentidas nuestras profecías.
 
U.E.: A propósito de profecías desmentidas, he recibido una gran lección en mi vida. En aquella época, me refiero a los años ‘60, trabajaba en una editorial. Nos llegó la obra de un sociólogo norteamericano que hacía un análisis muy interesante de las nuevas generaciones y anunciaba la irrupción de una nueva generación de cuello blanco y cabellos rapados, tipo militar, completamente desinteresada por la política, etcétera, etcétera. Decidimos encargar la traducción, pero resultó que no era buena y me pasé más de seis meses corrigiéndola. Pues bien, durante esos meses -pasamos de principios de 1967 a las manifestaciones de Berkeley y sucesivamente al Mayo del ‘68- el análisis del sociólogo se había vuelto completamente obsoleto. Por lo cual tomé el manuscrito mecanografiado y lo tiré a la basura.
 
J.C.C.: Hemos hablado de soportes duraderos bromeando sobre nosotros mismos, sobre nuestras sociedades que no saben cómo archivar de forma duradera nuestra memoria. Pero creo que necesitaríamos también profetas duraderos. Ese futurólogo de Davos que, ciego y sordo ante la crisis financiera que se acercaba, anunciaba un barril de petróleo a 500 dólares, ¿por qué debería tener razón? ¿Tiene un diploma de profeta? El precio del petróleo subió a
150 dólares el barril, luego lo vimos bajar de nuevo a 50 sin ninguna explicación razonable. Subirá quizá, o bajará aún más. No sabemos nada. El futuro no es una profesión. La característica de los profetas, de los verdaderos y de los falsos, es que se equivocan siempre. Ya no recuerdo quién decía: “Si el porvenir es el porvenir, siempre es inesperado”. La gran cualidad del porvenir es que es incansablemente sorprendente. Siempre me ha llamado la atención que, en la gran literatura de ciencia ficción que va desde principios del siglo XX hasta los años ‘50, ningún autor se imaginara el plástico, que tanto espacio ha ganado en nuestra vida. No proyectamos siempre en la ficción o en el porvenir, sólo a partir de lo que conocemos. Pero el porvenir no procede de lo que ya conocemos. Se podrían citar mil ejemplos. Cuando en los años ‘60 fui a México con Buñuel para trabajar en un guion a un lugar auténticamente remoto, llevaba conmigo una pequeña máquina de escribir portátil con una cinta roja y negra. Si por desgracia la cinta se hubiera estropeado, no habría tenido ninguna posibilidad de encontrar otra en Zitácuaro, la ciudad cercana. Me imagino la comodidad que habría supuesto para nosotros una computadora... Pero entonces estábamos muy lejos de imaginarlo.
 
U.E.: En algunos casos, quizá debamos relativizar el progreso que se atribuye a estas tecnologías. Pienso en concreto en el ejemplo que ponías, de un Restif de la Bretonne imprimiendo al alba aquello de lo que había sido testigo durante la noche.
 
J.C.C.: Es una hazaña innegable. El gran coleccionista brasileño José Mindlin me enseñó una edición de “Los miserables” publicada e impresa en Río en portugués en 1862; es decir, el mismo año de su publicación en Francia. ¡Sólo dos meses después de París! Mientras Victor Hugo escribía, Hetzel, su editor, enviaba el libro, capítulo tras capítulo, a los editores extranjeros. Dicho de otro modo, la difusión de la obra era más o menos como la de esos “best sellers” que hoy en día se proponen en más de un país y en más de una lengua simultáneamente. Algunas veces es útil relativizar nuestras pretendidas proezas tecnológicas. En el caso de Victor Hugo, las cosas fueron más deprisa que hoy en día.
 
U.E.: Le pasó también a Alessandro Manzoni. La primera edición de “Los novios” en 1827, tuvo unas treinta ediciones “pirata” en todo el mundo que no le reportaron ni una lira. Para la edición revisada de 1840 quiso hacer una publicación en fascículos semanales con el editor Radaelli de Milán, con muchas y bellísimas ilustraciones (y siguió personalmente el trabajo del dibujante Goñi): pensaba que era imposible piratear un fascículo en una semana. Se equivocaba. Un editor napolitano lo pirateó semana tras semana y Manzoni perdió su dinero en esa empresa. Es otra demostración de la relatividad de nuestras proezas tecnológicas. Pero habría más ejemplos. En el siglo XVI, Robert Fludd publicaba en un año tres o cuatro libros. Vivía en Inglaterra, los libros se publicaban en Ámsterdam. Recibía galeradas, las corregía, controlaba las imágenes, mandaba todo otra vez a Ámsterdam... ¿Cómo lo hacía? ¡Se trata de libros ilustrados de seiscientas páginas! Debemos pensar que el correo funcionaba mejor que hoy. Galileo mantenía correspondencia con Kepler y todos los sabios de su época. Estaba informado inmediatamente de cualquier nuevo descubrimiento. Quizá podamos añadir una nota a esta comparación que parece aventajar al pasado. En los años ‘60, como editor, hice que tradujeran el libro de Derek de Solla Price, “Pequeña ciencia, gran ciencia”. Apoyándose en estadísticas, el autor demostraba que el número de publicaciones científicas del siglo XVII era tal que un buen científico podía mantenerse al corriente de todo lo que se publicaba, mientras que hoy a ese mismo científico le resultaba imposible incluso echarles una ojeada a todos los resúmenes de los artículos publicados en su ámbito de investigación.
 
J.C.C.: Considera nuestros pendrives y otros métodos para archivar información y llevarla con nosotros. También en este nivel no hemos inventado nada. A finales del siglo XVIII, los aristócratas llevaban consigo durante sus desplazamientos, en pequeñas maletas, bibliotecas de viaje. Treinta o cuarenta volúmenes en formato de bolsillo; no se separaban de ninguna manera de lo que un hombre de bien tenía que saber. Esas bibliotecas, obviamente, no estaban computadas en gigas, pero el principio estaba ya establecido. Esto me recuerda otra forma de “atajo” que resulta más problemática. En los años ‘60 yo vivía en Nueva York en un apartamento que había puesto a mi disposición un productor cinematográfico. No había libros en ese apartamento, salvo una biblioteca que contenía obras maestras de la literatura mundial “extractadas”. He ahí algo que es propiamente irreal: “Guerra y paz” en cincuenta páginas, Balzac en un volumen. ¡Un trabajo inmenso para algo totalmente absurdo!
 
U.E.: Claro que hay resúmenes y resúmenes. En Italia, en los años ‘30 y ‘40 se publicaba una colección estupenda llamada “La Scala d'Oro”. Se trataba de una serie de libros subdivididos por edades. Estaba la serie de siete a ocho años, la de ocho a nueve y la que llegaba hasta los catorce, todo ello ilustrado de forma maravillosa por los mejores artistas de la época. Estaban todas las grandes obras maestras de la literatura. Cada obra era contada por un buen escritor que tenía en cuenta la edad del lector. Entendámonos, era un poco “accesible a todos los públicos”. Por ejemplo, Javert no se suicidaba, dimitía. Debo decir que solamente cuando, ya mayorcito, leí “Los miserables” en versión original, supe por fin toda la verdad sobre Javert. Pero debo reconocer que lo esencial me había sido transmitido.
 
J.C.C.: Las nuevas tecnologías tienen un vertiginoso ritmo de innovación y, por eso mismo, una rápida obsolescencia. No hay nada más efímero que los “soportes duraderos” que obligan a coleccionar lo que la tecnología desplaza: para leerlos deben conservarse los antiguos lectores. Aún podemos leer un texto impreso hace seis siglos, pero ya no podemos ver una cinta de video o un CD-ROM de hace apenas algunos años.
 
U.E.: Hubo sucesivos planes políticos, culturales y religiosos que buscaron la destrucción de los libros. Incluso hubo quienes pretendían esgrimir un libro como símbolo, como por ejemplo el “Libro rojo” de Mao, que se presentaba como un símbolo no violento. Naturalmente, no se decía que la glorificación de ese pequeño libro implicaba la desaparición de todos los demás. Hubo también libros cuya existencia se conoce, pero que nadie ha leído; obras maestras desconocidas, otras de autoría sospechosa. Una vez escribí en broma que si todas las obras de Shakespeare hubieran sido escritas por Bacon, éste nunca habría tenido tiempo para escribir las suyas, que, por lo tanto, fueron escritas por Shakespeare. Nuestro conocimiento del pasado se debe a cretinos, imbéciles o adversarios.
 
J.C.C.: Nada hay más poderoso que la interpretación para producir consideraciones insensatas...
 
U.E.: Lo mismo sucede en filosofía. La filosofía de Bertrand Russell no ha generado tantas interpretaciones como la de Heidegger. ¿Por qué? Porque Russell es especialmente claro e inteligible, mientras que Heidegger es oscuro. No digo que uno tenga razón y el otro no. Por lo que me concierne, no tomo partido por ninguno de los dos. Pero cuando Russell dice una estupidez, la dice de forma clara, mientras que con Heidegger, aunque diga un truismo, nos cuesta un gran esfuerzo darnos cuenta. Para pasar a la historia, para durar, hay que ser oscuros. Heráclito ya lo sabía... En su ensayo sobre “Hamlet”, por ejemplo, T.S. Eliot dice que no es una obra maestra: es una tragedia desordenada que no consigue armonizar fuentes distintas. Por esta razón se ha vuelto enigmática y todos siguen interrogándose al respecto. No es una obra maestra por sus cualidades literarias, sino porque se resiste a nuestras interpretaciones.
 
U.E.: Es posible que el libro electrónico desplace para siempre al libro de papel. Una minoría de indómitos podría ir a satisfacer sus necesidades a un museo. Pero, también podemos imaginar que esa formidable invención que es internet desaparezca en un futuro. Exactamente como el dirigible Hindenburg desapareció de nuestros cielos. O el Concorde. El libro, a pesar de los desgastes provocados por los filtros, al final supera todas las emboscadas.
 
J.C.C.: Nunca hemos tenido más necesidad de leer y escribir que en nuestros días. No podemos siquiera usar una computadora si no sabemos leer y escribir. Y además de una forma más compleja que antaño, porque hemos integrado nuevos signos, nuevas claves. Nuestro alfabeto se ha ampliado. Resulta cada vez más difícil aprender a leer.
 
U.E.: Las modas que antes duraban treinta años hoy duran treinta días. El presente desaparece entre teclados que almacenan pasado y presencian futuros. La velocidad con la que la tecnología se renueva nos obliga a un ritmo insostenible de reorganización permanente de nuestras costumbres mentales. Y allí aparece la cuestión del tiempo.
 
J.C.C.: En efecto, el presente se encoge y se niega. Cuando tengamos un criado electrónico capaz de responder todas nuestras preguntas y lo sepa todo, absolutamente todo, ¿qué nos quedará por conocer?, ¿qué deberemos aprender aún?
 
U.E.: El arte de la síntesis.
 
J.C.C.: ¿Qué es un libro? ¿Un objeto que se lee? Inexacto. También un periódico se lee, y aun así no es un libro, como tampoco lo son una carta, una esquela funeraria, una pancarta en una manifestación, una etiqueta o la pantalla de mi computadora. Existe una diferencia entre una biblioteca de volúmenes y una biblioteca virtual. La biblioteca de volúmenes se asocia al refugio y la seguridad: un espacio que recoge los libros que podemos leer, o que podríamos leer, aunque luego no los leamos nunca.