Desde aquel 25 de junio de
1973 cuando se publicó la última tira, “Mafalda” no hizo más que acrecentar su
condición de mito. Para el periodista e historiador argentino Rogelio García
Lupo (1931-2016) esto podía explicarse porque el personaje de Quino estaba
respaldado “por un discurso ético de sugestiva actualidad. El dedito admonitorio
de Mafalda, señalando sin piedad a la sociedad argentina, al cabo de las
décadas ha resultado la mejor acusación, en tiempo real, de un país inmóvil en
sus errores y sus angustias”. “Quino -agregó García Lupo- ha resultado el más
filosófico de nuestros humoristas, tan alejado de la banalidad del humor
corriente como del pesimismo, siempre inclinado a la ternura y a esperar contra
toda esperanza”. Durante algo más de una década, Mafalda y sus amigos (Felipe,
Manolito y Susanita aparecieron a lo largo de 1965; Miguelito en 1966; Guille
-el hermanito- en 1968, y Libertad en 1970) establecieron -dijo el periodista,
guionista de historietas y escritor argentino Juan Sasturain (1945)- “una
complicidad inédita con lectores avisados, cómplices en un juego con código
propio: la historieta con chicos que no es para chicos porque habla (también)
de otra cosa”. Las tiras de “Mafalda” son -señaló Sasturain-, “además de una
dilatada muestra de humor de rarísima perfección, una obra maestra fechada, una
enciclopedia: el pensamiento vivo, temores, ilusiones, conflictos y opiniones
de la clase media urbana en vísperas de la tragedia argentina que la diezmaría
primero y la desclasaría después”. A partir de 1973, Quino publicó varios
libros de historietas humorísticas, entre ellos “A mí no me grite”, “Bien,
gracias, ¿y usted?”, “Déjenme inventar”, “Quinoterapia”, “Gente en su sitio”, “Potentes,
prepotentes e impotentes”, “Humano se nace” y “¡Qué presente impresentable!”,
libros en los que, al decir de Rep, “el Maestro destila su mirada definitiva
sobre el mundo, filosóficamente, técnicamente, y autoralmente”. Miguel Rep,
gran humorista gráfico argentino, creador de los populares personajes Lukas,
Auxilio y el Culpo, y autor entre otros de los libros “La grandeza y la
chiqueza”, “Crash, bang, Rep...”, “Gaspar el revolú”, “El sexo después de la
muerte (y otros placeres)”, “El Zebra”, “Auxilio, vamos a nacer” y “Platinum
Plus (dibujos sobre esa gente)”, considera que “Quino ha creado un clásico, muy
a su pesar, y se llama Mafalda. Si bien lo ha generado para lectores de su
tiempo, su vigencia indica que estamos ante una obra de la envergadura, de lo
mejor del boom latinoamericano de su tiempo. Perdura, perdurará como Borges, como
García Márquez, como los Beatles y Bach”. Lo que sigue es la segunda y última
parte de la conversación que el diario “Página/12” publicó en su edición del 29
de julio de 2012 a los pocos días del octogésimo cumpleaños de Quino.
R: ¿”Mafalda” significó la
tranquilidad del trabajo fijo?
Q: No, porque el trabajo
fijo ya lo tenía antes con las páginas de humor. Antes de “Mafalda” llevaba
unos once años publicando, así que estaba tranquilo con eso...
R: Y continuó con esas
páginas mientras hacía “Mafalda”...
Q: Sí, era una locura. Nunca
sabía cuándo podía salir de vacaciones. Yo siempre viví obsesionado con la
entrega. Hasta el sexo conocí muy tarde por la puta obsesión de ser dibujante y
publicar...
R: Ser dibujante es una
renuncia a vivir. Aunque ahora debe ser más fácil.
Q: Bueno, ahora los chicos
hacen sus blogs. Publican ahí sus ideas y no los jode nadie. Bah, tampoco les
paga nadie.
R: Antes dependías de que
una revista te aceptara, y no era que te salvabas. Todas las semanas rendías
examen.
Q: Con las primeras páginas
que publiqué metí la pata. Dibujé un torero que había matado a un toro y estaba
con la montera puesta. Un lector mandó una carta tratándome de bruto, cómo no
sabía que el torero dedica el toro a alguien antes de matarlo y le arroja la
montera. Eso me marcó. Por eso después me transformé en un obsesivo de la
documentación.
R: Es que el lector cuando
se ensaña puede ser tremendo. Te está diciendo: “sos un bruto, te voy a seguir
con la lupa”.
Q: Yo creo que Oski era el
más documentado de todos...
R: Pero no hacía chistes
para el gran público...
Q: Tenía “Amarroto”...
R: Pero no necesitaba
documentación para eso, eran cuatro personajes, un delirio. En cambio, usted es
un dibujante casi realista. No hay otro caso. Después vino la escuela de Crist
y Fontanarrosa, que se cagaron en todo. No se documentan nada, no les importa
si el arma que dibujan puede funcionar o no...
Q: Pero Crist de armas algo
conoce...
R: Yo no sé si funcionan sus
armas, eh. En Oski funcionan, en Mordillo también, en Quino funciona todo. Pero
en Fontanarrosa no funciona nada..., ¡ni un vaso funciona!
Q: Recuerdo que para dibujar
una máquina de cortar fiambres me iba a verla al almacén. No me salía, y Crist
me decía que la inventara. Pero le intentaba explicar que no tengo imaginación
para inventar eso.
R: Los que tenían la manía
de la documentación eran los dibujantes de historieta realista. Por ejemplo,
Pratt se documentaba...
Q: Pratt tenía una mina que
le dibujaba las locomotoras.
R: Se llamaba Gisela Dexter.
Q: Era una minifaldera.
R: ¿Conoció a Pratt y sus
legendarias borracheras?
Q: A Pratt lo conocí, pero
esa clase de noches las tuve con Jaime Dávalos por el lado del folklore.
Después de que hacía mi entrega en “Democracia”, que estaba en el edificio
Atlas, al lado del Bajo, terminábamos en un bar que había en Córdoba y
Reconquista.
R: ¿Por qué Dávalos? ¿Venía
por el lado de Brascó, que era amigo de Ariel Ramírez?
Q: Claro, vivía en una casa
donde había varios dibujantes, como uno que se llamaba Benicio Núñez. Era un
tipazo, un indio con una edad incalculable, que una vez lo despertó a Juan
Fresán mintiendo: “¡Se murió Picasso, ya podemos estar tranquilos!”.
R: ¿Qué hacían con Dávalos?
¿Chupar y mirar minas? ¿Escuchar folklore?
Q: Claro. Y también
aparecían estos poetas salteños...
R: ¿El Cuchi Leguizamón no
aparecía?
Q: No, pero me hubiese
gustado, porque me gustaba mucho lo que hacía. El que aparecía era Tejada
Gómez, esa gente.
R: ¿Lo que sería el folklore
de proyección?
Q: No, ésos vinieron
después. Son los que asfaltaron el Camino del Indio, como dijo Atahualpa
Yupanqui.
R: ¿Y a Yupanqui no lo
conoció?
Q: Lo conocí, pero en París.
Como el chiste de Crist, el de un gaucho con una guitarra que anuncia: “Voy a
hacer una cosa de don Atahualpa, irme de la Argentina”.
R.: En algún momento dejó las
revistas de humor y pasó a publicar sus chistes en revistas de actualidad.
Q.: Sí, lo elegí porque mi
humor siempre tuvo poco que ver con lo que se estaba haciendo en la Argentina.
Se hacían chistes sobre las suegras y la oficina, cosas que en Mendoza no
había. Bueno, gente que trabajaba en oficinas siempre hubo, pero yo no
frecuentaba ese mundo. Mi padre trabajaba en una tienda que se llamaba “A la
Ciudad de Buenos Aires”. Cada piso tenía un rubro, y mi papá era el jefe del
bazar.
R.: Usted es un renovador del
humor argentino. Mientras dibujantes como Calé miraban sólo hacia adentro,
usted miraba hacia afuera.
Q: Calé siempre me decía
eso: “Pibe, vos siempre estás en la vereda de enfrente. ¿Qué tiene que ver lo
que vos hacés con la Argentina?”.
R: Le hubiese dicho lo mismo
a Copi.
Q: Copi era más joven, pero
era mucho más culto que yo. Yo lo veía como un revolucionario estético. Era un
distinto. Ser homosexual, además, en esa época...
R: ¿Como llevaba esa
homosexualidad? ¿Hablaban abiertamente de eso o lo ocultaban?
Q: ¿Vos sabés que no me
acuerdo? Uno sabía que Copi era homosexual, pero nadie hablaba de eso. Era como
ser judío entonces, nadie se hacía esos planteos, no importaba demasiado.
R: ¿No importaba ser
homosexual?
Q: Copi nunca se preocupó
por serlo, y además no era un tabú.
R: ¿Y usted qué pensaba?
Q: Qué sé yo, viniendo de
familia andaluza no era para escandalizarse o andar descubriendo la pólvora.
Todos sabíamos de García Lorca y Manuel de Molina. Mi padre amaba a Manuel de
Molina.
R: ¿Cuándo se conocen con
Copi?
Q: En “Tía Vicenta”, donde
también publicaba otro distinto como Kalondi, que era un petardista del carajo.
Una vez me preguntó qué me había parecido la exposición de Fulanito, y yo le
dije que me había gustado mucho. “¿No le vas a encontrar ningún defecto?”, se
quejó.
R: Era demasiado sincero.
Q: Sí, y además vivía con la
culpa de que su viejo tenía guita...
R: Mientras usted peleaba el
mango.
Q: Sí, yo publicaba entonces
en seis revistas al mismo tiempo. La locura de siempre.
R: Siempre dijo que tenía
miedo de que alguna vez no se le ocurriese nada...
Q: Es un terror que uno
siempre tiene. Lo más angustioso que me acuerdo fue una vez que me fui de
vacaciones al Uruguay, a La Paloma. Tenía que mandar “Mafalda” a “Siete Días” y
no se me ocurría nada. Pasé una angustia espantosa esos días ahí.
R: ¿Cómo lo solucionó?
Q: Hice una tira que no me
gustaba nada, que después mirándola no te das cuenta si es mejor o peor que
otras. Pero en el momento la entregué con mucha vergüenza. Porque uno a veces
entrega con vergüenza. Y otras veces uno tiene una idea con la que se entusiasma,
y está esperando que salga para ver qué te dicen los amigos, y nadie te dice
nada de nada.
R: ¿Cuál fue esa “Mafalda”
que entregó con vergüenza?
Q: Una en que Manolito
descubre que los ratones le están comiendo un queso.
R.: Sufrió la censura desde
el comienzo de su carrera, ¿no? La misma de todos sus colegas: ni religión, ni
política, ni sexo. Al menos en las revistas de humor.
Q.: Yo hice una página contra
Franco en “Tía Vicenta” que me alegré mucho cuando salió. Eran cinco dibujos,
de la época en que el eslogan de Franco era “Caudillo de España por la gracia
de Dios”. Y en uno de los dibujos aparecía un hombre mirando el afiche en la
calle y decía: “Señor, ¿no te parece que, como gracia, ya está bueno?”. Landrú
me lo publicó, pero eso era una rareza.
R.: Sin embargo, pasar de las
revistas de humor hacia las de actualidad no significó que desaparecieran todas
las barreras.
Q.: No. Recuerdo a Jorge
Urbano, un director interino de “Panorama” al que lo inquietó una página en la
que pasaba desfilando una banda militar, y después pasaba silbando un caballo
de los de la banda. Me dijo que esa página no se podía publicar, porque los
militares no sé qué. También sufrí la censura en “Siete Días”, cuando mandaba
mis dibujos desde Italia. Cuando tocaba temas de sexo, yo veía que no salían.
El problema con la censura era que no estaba claro qué se podía hacer y qué no.
En Brasil por lo menos había censores. Ziraldo me mostró una vez cómo le
devolvían los chistes que mandaba, con una cruz roja encima prohibiéndolos.
Pero acá nadie te decía nada. Así que uno se autocensuraba, porque si no te lo
van a publicar, para qué lo vas a dibujar.
R.: ¿Qué fue lo peor de todo
que alguna vez sucedió con sus dibujos?
Q.: Lo peor llegó después de
que hubiese abandonado Argentina, huyendo de la violencia de los años '70. Yo
me fui en marzo del '76. En junio mataron a cinco curas palotinos y dejaron
encima de sus cuerpos el poster del palito de abollar ideologías. Cuando vi por
primera vez esas fotos publicadas mucho después de que se hubiesen ido los
militares, creo que en “Página/12”, fue algo que me impresionó muchísimo.
R: Es horrible que sus
dibujos estén asociados a una muerte de ese tipo.
Q: No fue la única vez.
También sucedió luego del asalto de un banco por parte de las Fuerzas Armadas
de Liberación, en el que murió un policía. Tiraron como volante una página mía
que había salido en “Primera Plana” en la que aparecía un tablero de ajedrez en
el que las piezas eran personajes humanos. De un lado había obreros y del otro
los ricos, y aunque los obreros eran más el texto decía: “Juegan las negras y
hacen mate cuando les da la gana”.
R.: Contó una vez que, cuando
dibujaba regularmente sus chistes, podía llegar a cargar con una idea durante
años.
Q.: Sí. La guardaba sabiendo
que servía, pero que no le había encontrado final. Muchas de esas ideas
quedaron sin terminar.
R: ¿No tiene la fantasía de
dibujarlas alguna vez?
Q: ¿Ahora? Es que, como
estoy viendo tan mal, pensar en eso me jode mucho. No veo bien lo que dibujo.
Antes para dibujar un ojo, que es un puntito de mierda, borraba diez mil veces.
Qué cosa eso de los ojos, en el dibujo es nada más que un puntito, pero uno se
da cuenta cuándo funciona y cuándo no...
R: ¿Cómo es ahora dibujar?
¿Qué se ve?
Q: Se ve como el culo, así
se ve. No veo los límites del papel, tengo que poner en la mesa de dibujo un
paño oscuro y pongo el papel arriba, porque si no, no puedo ver los límites.
R: ¿Dibuja de memoria?
Q: Escribir de memoria
puedo, pero dibujar no.
R: ¿Así que existe la
posibilidad de que nunca más pueda dibujar?
Q: No lo sé. Cada tanto me
pongo a dibujar, no quiero dejar de hacerlo. Pero le rajo al tema. Soy como un tenor
que tiene problemas en las cuerdas vocales. Se pone a cantar y escucha que le
está saliendo como el culo.
R: ¿Y la cabeza sigue
imaginando chistes?
Q: No, me he autocensurado.
R: ¿Ya no tiene ese cuaderno
al lado de la cama, para anotar las ideas que se le ocurren cuando sueña?
Q: Las ideas que soñé
siempre fueron muy malas, nunca me sirvieron para nada. El cuaderno era para
anotar esas ideas que uno se pone a pensar antes de irse a dormir, como le
sucede a todo el mundo. Ya no las anoto. Ahora me las quedo para mí.
