26 de junio de 2026

Raúl Montenegro: “No recuerdo un presidente que tenga tanto odio a los ambientalistas. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia”

Raúl Montenegro (1949) es un biólogo, ambientalista y activista argentino que trabaja en la protección del medio ambiente en estrecha colaboración con sus habitantes. Conectando el activismo, la academia, el derecho y los medios de comunicación, ha participado en una amplia gama de temas ambientales urgentes en su país y en el extranjero. La minería, la energía nuclear, la deforestación, la agricultura, los derechos territoriales indígenas y la gestión de residuos son algunos de los temas de los que se ocupa la Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM), una organización no gubernamental ecologista sin fines de lucro con sede en la ciudad de Córdoba, fundada por él en 1982.
Ha trabajado como profesor de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba y en diversas instituciones educativas. Entre 1986 y 1988 fue vicepresidente de Greenpeace Argentina, la primera oficina de la organización internacional en el Tercer Mundo. En 1998 fue galardonado en Salzburgo, Austria, con el Nuclear Free Future Award (Premio Futuro Libre de Energía Nuclear), y en 2004 recibió en Estocolmo, Suecia, el premio Right Livelihood Award (Premio Sustento Justo), conocido como el Nobel Alternativo por su trabajo con comunidades locales e indígenas de la región, con el propósito de ayudarlas a desarrollar herramientas e instrumentos que les permitiesen proteger sus territorios, defender el ambiente y promover la sostenibilidad.
Junto a otros investigadores ambientalistas y ecologistas ha participado en las antologías “Biología humana”, “Medio ambiente y urbanización” y “Biología evolutiva humana”, libros en los que se analizó la incidencia de las ciencias biológicas en la estructura y el funcionamiento del organismo humano. Montenegro contribuyó a la redacción de varias leyes ambientales y ha presentado más de cuarenta demandas judiciales contra entidades públicas y privadas por su implicancia en la destrucción ecológica.
En un artículo publicado en el diario “Perfil” el 17 de marzo de 2026, criticó los insultos del presidente argentino a los ambientalistas durante su discurso dado el día anterior en la Bolsa de Comercio de Córdoba al sostener que “no recuerda un presidente que tenga tanto odio. Me llama la atención que, en lugar de acudir a argumentos, simplemente prefiera la agresión, la torpeza y tal vez lo más peligroso de todo, la ignorancia. Si alguien quiere saber por qué Milei se ve tan interesado en los glaciares, es porque le dijeron que iban a invertir miles de millones de dólares. Esa es la verdadera explicación de lo que hay detrás”. Más adelante expresó: “Los glaciares no son cubitos de hielo, sino que es todo un sistema que tiene que ver con el clima. Son cajas de ahorro milenarias en donde con esa agua se alimentan todos los ciclos productivos donde son millones de personas las que dependen del buen funcionamiento de los glaciares para su vida cotidiana”. Y agregó: “Lo más terrible creo, y no sé si ha quedado claro en su discurso, es que al presidente no le importan las generaciones que vienen”. Con respecto a la nueva ley de glaciares instaurada por el gobierno, opinó que era una ley que iba hacia atrás, y sentenció que la próxima víctima era la ley de bosques nativos.


Lo que sigue a continuación es un compendio resumido de las entrevistas publicadas en los medios digitales de la revista de análisis de la actualidad y exploración de las ideas, artes y libros que influyen en el ámbito iberoamericano “Coolt” (el 30 de agosto de 2021), y de la agencia de noticias tecnológicas y políticas científicas “Tecnología Sur-Sur” (el 12 de marzo de 2026) a cargo de Rodolfo Chisleanschi y Vanina Lombardi respectivamente.
 
¿Por qué es tan crítico con el estilo de vida de buena parte de la humanidad?
 
Porque no se plantea que la pobreza extrema es tan mala como la riqueza extrema. Las sociedades toleran que haya pobreza, la tienen asimilada casi como una molestia, pero la mayoría asume la riqueza como objetivo a alcanzar, aspira a ser Bill Gates. Los estilos de vida, igual que el modelo demográfico, no están dentro de los cuestionamientos cuando son los pilares esenciales del suicidio colectivo. Están fuera de la agenda, nadie los cuestiona, nadie los discute. Desmontar el modelo cultural es imposible y peligroso. Uno busca atenuarlo, pero no se puede hacer mucho más. Las cartas parecen echadas.
 
Eso suena muy terminante, como si ya hubiéramos traspasado el famoso “punto de no retorno”.
 
En cierto sentido es así. La curva predominante que define nuestro funcionamiento socioambiental es exponencial: 2...4…8...16…32, cuando para que exista cierta armonía entre la biodiversidad, el ambiente y la cultura esa curva debería ser sigmoide, una S, tener un límite: crezco hasta donde el sistema me permite crecer sin afectarme a mí mismo ni a mis descendientes. El problema es que todos los países de la Tierra son exponencialistas, sin excepción. Por eso el lenguaje es cuánto creció la economía; se privilegia el crecimiento a la distribución. Si hay pobres, lo que se busca es aumentar la exponencial para darles algo en lugar de distribuir lo mucho que tienen los ricos. Nadie apuesta a la sigmoide ni a los límites, sino al crecimiento. En los ecosistemas ocurre lo contrario. La biodiversidad no se pregunta cuánto crecimos sino cómo logro mantenerme, pero ninguno de nuestros modelos de convivencia con el ambiente, ni siquiera los más benignos, siguen ese camino.
 
Y según su punto de vista es imposible recuperar esa curva sigmoide...
 
No hay forma de vivir sin producir impacto ambiental. Aun la más delicada agricultura orgánica termina quitando nutrientes del suelo, y mientras la producción fue al mismo ritmo que el resto de la biodiversidad la cosa funcionó. Cuando se puso en marcha la agricultura a gran escala el sistema se hizo insustentable, y hoy estamos metidos en una trampa. Volver a la sigmoide implicaría cambios tan dramáticos que, en principio, quien lo intente acabará en una zanja. Se van a pelear para pegarle un tiro. La lucha actual pasa por atenuar la curva, no por cambiarla, y eso ya es una tarea inmensa.
 
Sigo sin entender bien dónde está la trampa.
 
Llegamos a tal tamaño de la población mundial que su subsistencia depende de un sistema agrícola que ya definimos como insostenible y condena a muerte a mucha gente. Ahora vamos a suponer que ese sistema se transforma íntegramente en uno más blando, orgánico, sin fertilizantes ni plaguicidas. Debe enfrentarse con una población inmensa que quiere comer todos los días, por lo que necesitará más superficie y que los suelos se mantengan en condiciones. Inexorablemente habrá menos alimentos y también morirá más gente. Ahí está la trampa: el sistema que adoptamos no tiene probabilidades de supervivencia, pero es muy difícil salir de él.
 
El eje de su visión está en la biodiversidad, en que la humanidad va dejando que desaparezca por pura aprensión o ignorancia.
 
En términos de proyección, la única herramienta que el ser humano tiene para sobrevivir es la biodiversidad. No hay sustituto. El cambio climático, que es la cuestión ambiental que con más éxito ha logrado penetrar en la vida cotidiana de la gente, se puede solucionar con tecnología. La biodiversidad, no. Cada cosa que se pierde no se recupera. Nosotros podemos volver a plantar árboles en un lugar determinado, pero no se pueden plantar ecosistemas. Esto solo puede hacerlo la propia biodiversidad remanente, lo que quedó de lo que había originalmente, y eso demora muchísimo tiempo, cada vez más. Si el mismo asteroide que hizo desaparecer a los dinosaurios hace millones de años volviera a golpear la Tierra la recuperación sería espantosamente más larga porque hay menos biodiversidad disponible para producir la regeneración.
 
¿Es negligencia? ¿O quizás no sepamos del todo bien de qué estamos hablando?
 
Sabemos poco. Se ve lo más grueso, los árboles de un bosque, pero no los virus, los hongos y las bacterias que lo habitan. Por ejemplo, en los océanos hay organismos predadores de virus que ejercen un control natural y ejercen de “vacuna ecosistémica”. Al simplificar la ecología vamos eliminando esas especies raras que se encuentran en la base del sistema y son claves para cambiar líneas evolutivas y dar respuesta a nuevas situaciones ambientales. Y le aseguro que no hay especie más simplificadora que nosotros: más que “homo sapiens” somos “homo simplificans”. Ni siquiera hemos aprendido a coexistir con la biodiversidad.
 
¿Hay alguna solución a mano para empezar a hacer mejor las cosas?
 
El tema demanda inteligencia, colectiva y gubernamental. La caza, la pesca, los cultivos, las explosiones nucleares, los incendios, las deforestaciones, son factores de reducción de la biodiversidad. Ahora mismo habría que conservar todo lo que se pueda de la mejor manera posible. No se debería tocar ni una hectárea más de ambiente nativo, ni en las áreas protegidas ni en las que no lo están. Ya no alcanza solo con tener parques nacionales.
 
Europa decretó que 2035 es el año límite para los vehículos que utilizan combustibles fósiles y varios países punteros están cerrando sus centrales nucleares, ¿no le parece buena noticia?
 
Está bien que crezcan las fuentes no convencionales y más sustentables, pero donde realmente habría que apuntar es hacia la inequidad y el despilfarro. La megaminería consume energía a niveles absurdos y en las casas el que tiene dinero puede mantener encendidos todos sus dispositivos y sus luces durante las 24 horas que nadie le pondrá un límite. Así, sólo ahorran los sectores que deben hacer malabarismos para poder pagar la poca electricidad que consumen. Buscar más energía limpia es apenas una parte de la realidad, pero mientras las decisiones se tomen solo en función de compartimentos estancos, separados e incompletos va a seguir siendo un ensayo de prueba y error disfrazado de capacidad experta, y continuaremos fallando. No hay miradas integrales y no creo que sea casual, porque es un sistema que termina conviniendo a los gobiernos o a los intereses que representa.
 
¿Qué debería abarcar una mirada integral?
 
Al plantearse una obra o una infraestructura no habría que tener en cuenta solo la obra en sí misma sino también su relación con el resto. Para hacer una central hidroeléctrica hay que mirar cómo funcionan las fuentes hídricas, si se propone usar lámparas LED se tendrá que estudiar qué pasa con los metales usados en su fabricación, y lo mismo en cada caso. Pero los gobiernos, en general, tienden a eludir estos mecanismos.
 
¿Qué es lo más preocupante de las modificaciones que incorpora la Ley de Glaciares?
 
Las modificaciones rompen el espíritu muy solvente de la ley anterior, así como con el criterio de glaciares como ecosistemas y de su conjunto como un gran sistema nacional. No se puede entender lo que está pasando ahora si no se entiende cuál fue la filosofía subyacente en la aprobación original de la ley en 2010, que asume que todas las masas glaciares del país asociadas a la Cordillera de los Andes arman un sistema que no se puede particionar en los glaciares de San Juan, los de Mendoza o los de Neuquén, por ejemplo. Además, se basa en un relevamiento con muy buena ciencia, hecho por el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales. Y no solo eso: esta Ley, que fue modelo para América Latina, se aprobó con un consenso muy fuerte, ya que en su elaboración participaron universidades, centro de investigación, ONGs y asambleas. Y hay que tener en cuenta que, en esa época, el gobierno también era pro megaminería y pro agricultura industrial.
 
¿Cuál es el riesgo ecosistémico de flexibilizar esa protección y delegarla en las provincias?
 
Es que los glaciares no son solamente hielo. Son ecosistemas muy complejos, con su propia biodiversidad, que se formaron a lo largo del tiempo y que vienen teniendo ciclos en los que la nieve los hace crecer y renovarse, mientras que el derretimiento los hace bajar de volumen. Son como cajas de ahorro milenarias de recursos hídricos, que tienen un efecto geomorfológico muy importante, ya que terminan modificando los ambientes donde funcionan, en las zonas altoandinas de toda la zona cordillerana, en las que hay sistemas climáticos diferentes. Por ejemplo, no es lo mismo un glaciar ubicado en el norte del país que uno ubicado en la zona patagónica. Y la lista podría ser mucho más amplia, pero lo que quiero decir que este sistema glacial no puede dividirse en trozos.
 
¿En qué sentido se refiere a los glaciares como cajas de ahorro milenarias?
 
Pensemos en cómo se forman: los glaciares “comen” nieve, es decir, que reciben la nieve que los va alimentando, y a su vez, tienen movimiento, particularmente los glaciares descubiertos. Eso quiere decir que hay una especie de mezcla dentro de los glaciares, con partes de hielo que han sido fabricadas con nieve más antigua y partes mucho más recientes alimentadas con la nieve más actual. Por lo tanto, un glaciar también es tiempo, no hay glaciares instantáneos. Por eso decía que son cajas de ahorro milenarias, lo que no quiere decir que la nieve más profunda tenga miles de años necesariamente, sino que ese ciclo de formación y derretimiento, que en general ha sido de aumento, o por lo menos de mantenimiento, y que ya está siendo afectado por el cambio climático global, ahora se ve amenazado por lo que representan las modificaciones que introduce el proyecto de La Libertad Avanza, que reduce los glaciares a meros proveedores de agua y deja que las provincias sean las que decidan si vale la pena o no mantenerlos.
 
¿Uno de los temores es que con la nueva ley se genere una flexibilización en los permisos para el desarrollo de actividades megamineras?
 
Claro. Y el problema es que las provincias que tienen glaciares importantes tienen antecedentes vinculados a la megaminería, como Mendoza y San Juan, y estas modificaciones le abren las puertas a la megaminería en lugares adonde hoy no está permitida. Más alarmante aún es que estas modificaciones han sido propuestas por empresas cuyas casas matrices están en otros países. Particularmente, la clave de esto es el denominado Proyecto Vicuña, que surge tras la alianza de dos empresas, la canadiense Lundin Mining y la australiana BHP, que en enero de 2025 formaron Vicuña Corp para la extracción de cobre, oro y plata de los yacimientos en el norte de San Juan. Se dice que las empresas mineras en su conjunto habrían asegurado que invertirían cuarenta mil millones de dólares en la Argentina, siempre en el marco del RIGI.
 
Esto se suma a otros proyectos megamineros que desde hace años generan controversias en el país. Incluso, existen antecedentes de accidentes ambientales vinculados a empresas extranjeras, como la canadiense Barrick Gold, también en San juan.
 
Sí. Es muy interesante ver el comportamiento de Barrick Gold en Veladero, en la mina de oro que en este momento opera en San Juan y tiene un récord impresionante de desmanejos ambientales, de contaminación, de escapes de cianuro. Esto es ejemplo de que cuando se le abren las puertas a las megamineras, sobre todo las que tienen sus casas centrales fuera del país, no solamente se está haciendo una geopolítica de la dependencia, sino también algo mucho más peligroso, que es desarticular los mecanismos de regulación de una cantidad de funciones estatales que protegen a los ciudadanos. Los controles internos que deberían tener esas empresas megamineras, que ya en los gobiernos anteriores eran muy endebles, lo van a ser todavía más y con menor capacidad de proteger a los ciudadanos.
 
¿Qué riesgos implica esto para la población?
 
Al no haber una suerte de salvaguarda en base al manejo de los glaciares, los riesgos sobre la población serán mucho mayores porque el funcionamiento de los glaciares no solamente tiene que ver con el lugar en el que se encuentran los recursos, sino que muchas veces incide en otras provincias, ya que el funcionamiento del sistema de cuencas hídricas pasa fuera de los límites provinciales. Además, también incide en términos climáticos, en todo lo que tiene que ser un adecuado funcionamiento de los distintos ecosistemas.
 
¿Por qué es importante conocer el funcionamiento de los glaciares?
 
Para que sea compatible con nuestra propia supervivencia. Asumamos que esas actividades de megaminería hacen desaparecer los glaciares. No solamente puede desaparecer una reserva de agua para distintas generaciones, sino que también hay una cantidad de otras funciones muy importantes que cumplen los glaciares y que van a dejar de estar si se avanza con esto. Necesitamos glaciares en buen funcionamiento, aunque de ellos no saquemos el cobre o el oro que pueda haber debajo porque, en última instancia, la contribución de estos minerales a la supervivencia de nuestra especie será irrelevante.