Antonio de Nebrija
(1444-1522), uno de los grandes humanistas del Renacimiento y ciertamente el
más grande de España, conquistó un sitial de honor en la historia de la lengua
española como autor de la primera gramática española en 1492 y el primer diccionario
de esa lengua en 1495. Precisamente en ese diccionario figuró por primera vez
la palabra “bigote”, cuyo origen germánico parece indudable. A pesar de ello,
la versión más difundida vincula el origen del término a los episodios
acontecidos en España dos décadas más tarde cuando Carlos V (1500-1558),
llamado el “César”, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se convirtió
en rey de España tras la muerte de su abuelo Fernando de Aragón el “Católico” (1452-1516).
En 1518, conociendo el idioma español sólo de manera superficial, arribó a España para asumir el trono real como Carlos I. Apareció acompañado por una corte de caballeros flamencos y alemanes que llegaron a la península Ibérica con grandes ínfulas, como si entraran a un país conquistado. El bigote era una de sus características, pues empezaba a estar de moda en la sociedad alemana por influjo de los lansquenetes o soldados mercenarios, muchos de ellos de origen bajo alemán o suizo. Su aire de superioridad y su fácil blasfemia herían la sensibilidad de los españoles, los que oían continuamente la expresión “¡bey Gott!”, equivalente al españolísimo “¡Vive Dios!” o al inglés “¡Por Dios!”, al tiempo que se llevaban la mano a la zona facial comprendida entre el labio superior y el corte de la nariz. De allí la palabra “bigote”.
El bigote, normalmente es mucho más fino que el mostacho, que se define como un bigote grueso, y que deriva del francés “moustache”, que según el lingüista francés Albert Dauzat (1877-1955) en su “Dictionnaire étymologique de la langue française” (Diccionario etimológico de la lengua francesa), tiene su origen a finales del siglo XV del vocablo italiano “mostaccio”. Este llegó a Venecia con la moda del bigote proveniente de la plebe griega “mustaki”, que en griego clásico se dice “mustak” y significa labio superior. La figura más antigua que se conoce con bigote es la del mayordomo Keti, quien vivió algún tiempo durante la Sexta Dinastía de Egipto que transcurrió aproximadamente entre los años 2345 y 2171 a.C. y cuya estatua original se conserva en el Museo del Louvre en París, Francia.
En 1518, conociendo el idioma español sólo de manera superficial, arribó a España para asumir el trono real como Carlos I. Apareció acompañado por una corte de caballeros flamencos y alemanes que llegaron a la península Ibérica con grandes ínfulas, como si entraran a un país conquistado. El bigote era una de sus características, pues empezaba a estar de moda en la sociedad alemana por influjo de los lansquenetes o soldados mercenarios, muchos de ellos de origen bajo alemán o suizo. Su aire de superioridad y su fácil blasfemia herían la sensibilidad de los españoles, los que oían continuamente la expresión “¡bey Gott!”, equivalente al españolísimo “¡Vive Dios!” o al inglés “¡Por Dios!”, al tiempo que se llevaban la mano a la zona facial comprendida entre el labio superior y el corte de la nariz. De allí la palabra “bigote”.
El bigote, normalmente es mucho más fino que el mostacho, que se define como un bigote grueso, y que deriva del francés “moustache”, que según el lingüista francés Albert Dauzat (1877-1955) en su “Dictionnaire étymologique de la langue française” (Diccionario etimológico de la lengua francesa), tiene su origen a finales del siglo XV del vocablo italiano “mostaccio”. Este llegó a Venecia con la moda del bigote proveniente de la plebe griega “mustaki”, que en griego clásico se dice “mustak” y significa labio superior. La figura más antigua que se conoce con bigote es la del mayordomo Keti, quien vivió algún tiempo durante la Sexta Dinastía de Egipto que transcurrió aproximadamente entre los años 2345 y 2171 a.C. y cuya estatua original se conserva en el Museo del Louvre en París, Francia.
El uso del bigote estuvo
de moda con gran variedad de estilos durante siglos en los ejércitos de
numerosas naciones. En general, los soldados de grados inferiores los llevaban
pequeños, y los oficiales de alta graduación y los veteranos los portaban
espesos. En algunos países fue obligatorio para los soldados dejar crecer el
bigote. Por ejemplo en la Argentina (por entonces un conjunto de provincias
autónomas unidas bajo el nombre de Provincias Unidas del Río de la Plata), se
vivió una guerra civil que durante los años ’30 del siglo XIX enfrentó a un
grupo diverso que incluía caudillos, terratenientes y la población rural de las
provincias quienes bajo el nombre de federales, proponía las autonomías
provinciales, el control de sus recursos y la defensa de sus tradiciones y de
sus sectores dirigentes. Contra ellos, los unitarios conformados principalmente
por la élite intelectual, comercial y militar de Buenos Aires, proponían la
organización de un gobierno nacional radicado en Buenos Aires y la
subordinación de las provincias a la autoridad central.
En medio de esa
conflagración que enfrentó a los llamados federales y unitarios por definir la
estructura del país en un conflicto alimentado por intereses económicos y
visiones culturales opuestas, el Brigadier General Juan Manuel de Rosas
(1793-1877), quien gobernaba desde Buenos Aires con facultades extraordinarias,
impartió en 1830 la orden de “que todos los milicianos usen bigotes y los
conserven mientras dure la guerra contra los pérfidos salvajes unitarios”. En
ese contexto, afeitarse el bigote era considerado un acto de rebeldía o simpatía
hacia el bando enemigo, lo cual podía traer serias consecuencias o castigos. Esa
etapa del conflicto terminó con un triunfo federal y permitió la consolidación
en el poder del que era llamado el Restaurador de las Leyes, quien gobernó la
desde entonces llamada Confederación Argentina hasta su derrocamiento en 1852.
Otro ejemplo es el ocurrido en Gran Bretaña, donde era forzoso su uso en todos los grados desde el siglo XIX. Fue en 1860, durante la monarquía de la reina Alexandrina Victoria (1819-1901), cuando se emitió la orden reglamentaria nº 1695 que establecía: “Se afeitará la barbilla y el labio inferior, pero no el labio superior”. El uso del labio superior sin afeitar se convirtió en una insignia, un emblema que denotaba autoridad, y entre las personalidades que sobresalieron en el ejército británico pueden mencionarse al capitán de la Compañía de las Indias Orientales Richard Francis Burton (1821-1890), quien consiguió la fama por sus exploraciones en Asia y África; al general Frederic Thesiger (1827-1905), quien tuvo una destacada actuación durante la guerra anglo-zulú que enfrentó en 1879 a los británicos y a los zulúes en los territorios de la actual Sudáfrica; y al mariscal de campo Frederick Sleigh Roberts (1832-1914), el estratega de la victoria en la guerra anglo-bóer que se desarrolló entre 1899 y 1902 cuando el Imperio británico enfrentó en Sudáfrica a los colonos de origen neerlandés llamados bóeres que luchaban por conseguir su liberación.
El uso obligatorio del
bigote en el ejército británico se extendió hasta que el reglamento fue abolido
mediante una directiva dictada al Ejército Británico por el general Cecil
Frederick Nevil Macready (1862-1946) el 6 de octubre de 1916 durante la Primera
Guerra Mundial. La orden se basó específicamente en que, en la guerra de
trincheras, el espeso bigote impedía que las máscaras de gas se ajustaran estrechamente,
lo que ponía a los soldados en grave riesgo de inhalar gases tóxicos.
Otro ejemplo es el ocurrido en Gran Bretaña, donde era forzoso su uso en todos los grados desde el siglo XIX. Fue en 1860, durante la monarquía de la reina Alexandrina Victoria (1819-1901), cuando se emitió la orden reglamentaria nº 1695 que establecía: “Se afeitará la barbilla y el labio inferior, pero no el labio superior”. El uso del labio superior sin afeitar se convirtió en una insignia, un emblema que denotaba autoridad, y entre las personalidades que sobresalieron en el ejército británico pueden mencionarse al capitán de la Compañía de las Indias Orientales Richard Francis Burton (1821-1890), quien consiguió la fama por sus exploraciones en Asia y África; al general Frederic Thesiger (1827-1905), quien tuvo una destacada actuación durante la guerra anglo-zulú que enfrentó en 1879 a los británicos y a los zulúes en los territorios de la actual Sudáfrica; y al mariscal de campo Frederick Sleigh Roberts (1832-1914), el estratega de la victoria en la guerra anglo-bóer que se desarrolló entre 1899 y 1902 cuando el Imperio británico enfrentó en Sudáfrica a los colonos de origen neerlandés llamados bóeres que luchaban por conseguir su liberación.
Más allá del origen de la
palabra bigote y de su uso obligatorio en los casos citados, entre las
personalidades notorias de la historia que llevaron célebres bigotes se pueden mencionar
al pintor español Diego Velázquez (1599-1660), al primer ministro y jefe de
gobierno francés Georges Clemenceau (1841-1929), al filósofo alemán Friedrich
Nietzsche (1844-1900),
al rey de Italia Humberto I de Saboya (1844-1900), al presidente estadounidense
William Howard Taft (1857-1930), a los compositores operísticos italianos
Ruggero Leoncavallo (1857-1919) y Giacomo Puccini (1858-1924), al presidente
estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919), al dictador soviético Joseph
Stalin (1878-1953), al dirigente socialista argentino Alfredo Palacios
(1878-1965), al revolucionario mexicano Pancho Villa, al físico y matemático
alemán Albert Einstein (1879-1955), al dictador alemán Adolf Hitler (1889-1945), al dictador
español Francisco Franco (1892-1975), al dibujante estadounidense Walt Disney
(1901-1966), al dictador chileno Augusto Pinochet (1915-2006) y al activista
estadounidense por los derechos humanos Martin Luther King (1929-1968).
También fueron muchos los
actores famosos que usaron bigotes, entre ellos los estadounidenses Groucho
Marx (1890-1977), Clark Gable (1901-1960), Charles Bronson (1921-2003), Paul
Newman (1925-2008) y Burt Reynolds (1936-2018). Algo que también sucedió con notables
músicos que se destacaron en el rock, el blues, el jazz o el folk como son los
casos de los pianistas estadounidenses Edward “Duke” Ellington (1899-1974) y Count
Basie (1904-1984), los guitarristas y cantantes estadounidenses Frank Zappa (1940-1993)
y David Crosby (1941-2023) y el británico George Harrison (1943-2001), o el
también británico cantante y tecladista Freddie Mercury (1946-1991).
Entre los escritores renombrados cabe mencionar a los británicos William Shakespeare (1564-1616), Rudyard Kipling (1865-1936), Herbert G. Wells (1866-1946) y George Orwell (1903-1950), al escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), a los irlandeses Arthur Conan Doyle (1859-1930) y James Joyce (1882-1941), a los franceses Guy de Maupassant (1850-1893) y Marcel Proust (1871-1922), a los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849), Mark Twain (1835-1910) y William Faulkner (1897-1962), al colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014), al alemán Günter Grass (1927-2015) y a los argentinos Leopoldo Lugones (1874-1938), Ricardo Güiraldes (1886-1927), Ernesto Sábato (1911-2011), Juan Gelman (1930-2014) y Alberto Laiseca (1941-2016).
En el caso específico de los argentinos, también es numerosa la lista de presidentes, tanto constitucionales como de facto, que usaron bigotes durante sus mandatos. Tal es el caso de Victorino de la Plaza (1840-1919), Carlos Pellegrini (1846-1906), Roque Sáenz Peña (1851-1914), José Figueroa Alcorta (1860-1931), José Félix Uriburu (1868-1932), Marcelo T. de Alvear (1868-1942), Ramón Castillo (1873-1944), Agustín Pedro Justo (1876-1943), Héctor Cámpora (1909-1980), Juan Carlos Onganía (1914-1995), Jorge Rafael Videla (1925-2013) y Raúl Alfonsín (1927-2009). En fin, la lista de bigotudos es interminable.
Pero sin dudas los bigotes más emblemáticos o extravagantes fueron los usados por el general del Ejército de la Unión Ambrose Burnside (1824-1881) durante la Guerra de Secesión estadounidense, quien se peinaba el bigote de forma que se extendía a lo largo de cada mejilla y se unía a las patillas; los del revolucionario mexicano Emiliano Zapata (1879-1919), el que con su bigote de color negro, sumamente espeso, tupido y largo que se extendía hacia los lados de las mejillas, fue uno de los ídolos de la Revolución Mexicana; los del actor británico Charles Chaplin (1889-1977), quien con su minúsculo pero espeso bigote “cepillo de dientes” sumado a su sombrero bombín y su bastón se convirtió en un ícono del cine mudo; los del pintor español Salvador Dalí (1904-1989) a los que llamaba “antenas místicas” y que, dada su forma y tamaño, se convirtieron en uno de los rasgos más icónicos del surrealismo; los que usaba la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954), ya que llamó la atención que por el hecho de ser mujer adoptase su uso para, tal como ella misma aseguró, “desafiar los rígidos cánones de belleza” de su época; y los que usaba el comediante mexicano Mario Moreno “Cantinflas” (1911-1993), afeitado por el medio y dejando sólo los extremos, algo que él mismo definió diciendo que el suyo no era “bigote sino bozo”, que era una “discreta sombra” y que era “algo de familia”.
Hacia comienzos del siglo
pasado solía vincularse el uso del bigote con el crimen. En Estados Unidos, por
ejemplo, famosos delincuentes como el asesino serial apodado Dr. Holmes Herman
Webster Mudgett (1861-1896), el asaltante de bancos y trenes conocido como
Butch Cassidy Robert LeRoy Parker (1866-1908), o el ladrón de ganado John
Dillinger (1903-1934) lo usaban. Tal vez por esa razón en la década de los años
‘20 el bigote en el cine era un recurso estético clave para identificar a los
maleantes.
Entre los escritores renombrados cabe mencionar a los británicos William Shakespeare (1564-1616), Rudyard Kipling (1865-1936), Herbert G. Wells (1866-1946) y George Orwell (1903-1950), al escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), a los irlandeses Arthur Conan Doyle (1859-1930) y James Joyce (1882-1941), a los franceses Guy de Maupassant (1850-1893) y Marcel Proust (1871-1922), a los estadounidenses Edgar Allan Poe (1809-1849), Mark Twain (1835-1910) y William Faulkner (1897-1962), al colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014), al alemán Günter Grass (1927-2015) y a los argentinos Leopoldo Lugones (1874-1938), Ricardo Güiraldes (1886-1927), Ernesto Sábato (1911-2011), Juan Gelman (1930-2014) y Alberto Laiseca (1941-2016).
En el caso específico de los argentinos, también es numerosa la lista de presidentes, tanto constitucionales como de facto, que usaron bigotes durante sus mandatos. Tal es el caso de Victorino de la Plaza (1840-1919), Carlos Pellegrini (1846-1906), Roque Sáenz Peña (1851-1914), José Figueroa Alcorta (1860-1931), José Félix Uriburu (1868-1932), Marcelo T. de Alvear (1868-1942), Ramón Castillo (1873-1944), Agustín Pedro Justo (1876-1943), Héctor Cámpora (1909-1980), Juan Carlos Onganía (1914-1995), Jorge Rafael Videla (1925-2013) y Raúl Alfonsín (1927-2009). En fin, la lista de bigotudos es interminable.
Pero sin dudas los bigotes más emblemáticos o extravagantes fueron los usados por el general del Ejército de la Unión Ambrose Burnside (1824-1881) durante la Guerra de Secesión estadounidense, quien se peinaba el bigote de forma que se extendía a lo largo de cada mejilla y se unía a las patillas; los del revolucionario mexicano Emiliano Zapata (1879-1919), el que con su bigote de color negro, sumamente espeso, tupido y largo que se extendía hacia los lados de las mejillas, fue uno de los ídolos de la Revolución Mexicana; los del actor británico Charles Chaplin (1889-1977), quien con su minúsculo pero espeso bigote “cepillo de dientes” sumado a su sombrero bombín y su bastón se convirtió en un ícono del cine mudo; los del pintor español Salvador Dalí (1904-1989) a los que llamaba “antenas místicas” y que, dada su forma y tamaño, se convirtieron en uno de los rasgos más icónicos del surrealismo; los que usaba la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954), ya que llamó la atención que por el hecho de ser mujer adoptase su uso para, tal como ella misma aseguró, “desafiar los rígidos cánones de belleza” de su época; y los que usaba el comediante mexicano Mario Moreno “Cantinflas” (1911-1993), afeitado por el medio y dejando sólo los extremos, algo que él mismo definió diciendo que el suyo no era “bigote sino bozo”, que era una “discreta sombra” y que era “algo de familia”.
Hace sesenta años el director cinematográfico británico Alfred
Hitchcock (1899-1980), recordado por películas como “The 39 steps” (Los 39
escalones), “I confess” (Mi secreto me condena) y “Rear window” (La ventana
indiscreta), por citar sólo algunas, le decía a su colega francés François Truffaut
(1932-1984) durante un largo reportaje reunido en el libro “Le cinéma selon
Alfred Hitchcock” (El cine según Hitchcock) que “en el cine mudo los malos
usaban bigote. Ese era el modo de identificarlos”, y que a él le resultaba muy
infantil que para no ser un asesino bastase con una afeitada. Por eso en películas
como “Psycho” (Psicosis), “Strangers on a train” (Extraños en un tren) o
“Shadow of a doubt” (La
sombra de una duda), decidió que era tiempo de vulnerar la regla del bigote y
los protagonistas que cubrieron el papel de criminales lucieron una apariencia
completamente inofensiva con sus rostros lampiños.
En lo que va del siglo XXI,
no son pocas las figuras reconocidas en sus respectivas actividades que
hicieron del uso del bigote una práctica habitual. Por nombrar sólo a varias de
ellas que fallecieron en los últimos años se puede mencionar al cantante y
bajista británico Lemmy Kilmister (1945-2015), fundador de la banda de heavy
metal Motörhead; al futbolista argentino Leopoldo Luque (1949-2021), quien fue
campeón con River Plate en 1975, 1977, 1979 y 1980, y con la Selección
argentina se consagró campeón en la Copa Mundial de Fútbol de 1978; y al diseñador
de moda y empresario franco-español Paco Rabanne (1934-2023), conocido mundialmente
no sólo por sus creaciones textiles y por la utilización de colores y texturas innovadoras,
sino también por sus perfumes y cosméticos de aromas audaces y envases
vanguardistas, quien de joven usaba bigotes pero abandonó esa costumbre en su
adultez.
También se puede recordar al actor estadounidense Dabney Coleman (1932-2024), protagonista de renombradas películas como “The man with one red shoe” (El hombre del zapato rojo), “War games” (Juegos de guerra) y “Never forget” (Nunca olvides); al actor también estadounidense Gene Hackman (1930-2025), quien ganó fama por su interpretación de Lex Luthor en tres de las películas de Superman, además de su desempeño en “Bonnie and Clyde” (Bonnie y Clyde) y “The Poseidon adventure” (La aventura del Poseidón); y al presidente de la República Oriental del Uruguay entre 2010 y 2015 José “Pepe” Mujica (1935-2025), quien durante su paso por el poder y su militancia posterior rompió moldes, al punto de que hoy es recordado como un referente ético y político de una izquierda austera, honesta y profundamente democrática.
En fin, los años pasan
pero el uso del bigote sigue siendo, con altibajos, una costumbre, un símbolo
de auténtica masculinidad. Para muchos analistas del tema, hoy en día es una moda
que está disfrutando de uno de sus renacimientos periódicos. Es más, el 27 de
noviembre de 2004 se fundó en la localidad de Höfen an der Enz de Alemania la
Asociación Mundial de Barbas y Bigotes (World Beard and Moustache Association),
la cual cada dos años organiza el Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes (World
Beard and Moustache Championship), una competencia que premia la creatividad y
la maestría en el cuidado del vello facial.
También se puede recordar al actor estadounidense Dabney Coleman (1932-2024), protagonista de renombradas películas como “The man with one red shoe” (El hombre del zapato rojo), “War games” (Juegos de guerra) y “Never forget” (Nunca olvides); al actor también estadounidense Gene Hackman (1930-2025), quien ganó fama por su interpretación de Lex Luthor en tres de las películas de Superman, además de su desempeño en “Bonnie and Clyde” (Bonnie y Clyde) y “The Poseidon adventure” (La aventura del Poseidón); y al presidente de la República Oriental del Uruguay entre 2010 y 2015 José “Pepe” Mujica (1935-2025), quien durante su paso por el poder y su militancia posterior rompió moldes, al punto de que hoy es recordado como un referente ético y político de una izquierda austera, honesta y profundamente democrática.






