1 de septiembre de 2010

Conversaciones (XXXVII). Roque Dalton - Mario Benedetti. Sobre la poesía políticamente comprometida (1/3)

Roque Dalton (1935-1975) nació en la popular barriada de San José de la capital de El Salvador. Al concluir con la etapa escolar, su padre -un empresario estadounidense- lo envió a estudiar Derecho en la Universidad Católica de Chile. Pero en 1953, Dalton prefirió dejar el catolicismo de lado y estudiar en la entonces reformista Universidad de Chile, donde estudió Antropología. Luego regresó a su país natal y estudió Derecho en la Universidad de El Salvador. Desde muy joven manifestó una gran conciencia social que lo llevó a militar en los movimientos revolucionarios que luchaban por las mejoras sociales en Centroamérica. En 1957 se desplazó hasta Moscú como delegado salvadoreño en el Sexto Festival de la Juventud y los Estudiantes por la Paz y la Amistad. Como dirigente estudiantil y periodista, participó activamente en la política de su país y estuvo preso en varias oportunidades por su actividad revolucionaria hasta que, en 1961, fue expulsado por el gobierno militar. A partir de entonces vivió exiliado en Guatemala, México, Cuba, Checoslovaquia, Corea y Vietnam del Norte, aunque regresó a su país varias veces en forma clandestina. Miembro fundador de la “Generación comprometida” de la poesía salvadoreña, publicó sus primeros poemas en la revista “Hoja” y en el “Diario Latino”, ambos de San Salvador, en 1956. Sus poemarios circularon en forma clandestina en su país durante muchos años: “Mía junto a los pájaros”, “La ventana en el rostro”, “El mar”, “El turno del ofendido”, “Los testimonios”, “Los hongos”, “Poemas clandestinos”, “Los pequeños infiernos”, “El amor me cae más mal que la primavera” y “Un libro levemente odioso”.
En 1968, la Editorial Universitaria de la Universidad de El Salvador imprimió la antología “Poemas”, la cual es considerada como la primera consagración de su obra en su país natal. Al año siguiente, estando en Cuba escribió “Un libro rojo para Lenin” y “Las historias prohibidas del pulgarcito”, obra esta última en la ironizó en su título con el apodo popularizado por el escritor salvadoreño Julio Enrique Ávila (1892-1968) en su artículo de 1946 “El Salvador, Pulgarcito de América”, haciendo referencia a la pequeña extensión territorial de El Salvador en comparación con los demás países de Centroamérica. En su obra, Dalton acometió contra “los escritores de la burguesía que han acuñado para El Salvador el ridículo término de ‘pulgarcito de América’ con fines propagandísticos y de encubrimiento de la realidad. Observemos que Ávila no fue un escritor de la burguesía sino un burgués escritor, un poeta rico, un miembro de la élite económica que escribía”.


En 1969 ganó el premio Casa de las Américas por su libro “La taberna y otros poemas”, en el que conjugó su compromiso político con el rigor artístico. Reconocido unánimemente por el jurado como uno de los poetas más vitales y renovadores de América Latina, al momento de la premiación fue entrevistado por el gran poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009). La charla fue reproducida por el semanario “Marcha” en sus ediciones del 28 de febrero y del 7 de marzo de 1969. Lo que sigue es la primera parte de esa conversación.
 
M.B.: ¿Cómo caracterizarías la trayectoria de tu poesía?
 
R.D.: Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer la loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Era la poesía-canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su mitología. Y luego, cierta visión del problema político, para la cual no era suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba un análisis más profundo. Esto me obligó a ir cargando mi poesía de anécdotas, de personajes cada vez más individualizados. De ahí provienen ciertos aspectos narrativos de mi poesía, aunque, llegado a determinada altura, tampoco resultaron suficientes y debieron ser sustituidos por una suerte de racionalización de los acontecimientos. Viene entonces mi poesía más ideológica, más cargada de ideas.
 
M.B.: En esta etapa precisa, ¿usas también la poesía de personajes?
 
R.D.: Sí, la sigo usando. Por ejemplo, el libro premiado está cargado de personajes. A veces se da el caso de que los personajes opinen en contra de lo que yo pienso. Eso lo hago para establecer una contradicción dialéctica, en el seno de la expresión poética. El lector es quien puede resolverla.
 
M.B.: ¿Y la zona subjetiva?
 
R.D.: También existe, por supuesto. Incluso para enfrentar la historia hay expresiones de ese tipo: simplemente opiniones que surgen de una apreciación subjetiva de la realidad.
 
M.B.: ¿Cómo calificarías “La taberna y otros poemas” con respecto a tu obra anterior? ¿Continuidad o ruptura?
 
R.D.: Yo diría que ambas cosas. Desde el punto de vista del desarrollo de la expresión, es continuidad. Ahí están presentes la poesía de personajes, la índole narrativa, la utilización de la anécdota, etcétera. Pero es también ruptura en la medida en que plantea, y acentúa de una manera nueva, la expresión política, llevando así el conflicto a lo ideológico y rompiendo con una serie de estructuras caducas del movimiento revolucionario en el que de algún modo estoy inmerso.
 
M.B.: Tengo entendido que el primer título fue “Poemas problemas”.
 
R.D.: Exactamente. Ese título tenía para mí dos significados: por una parte, yo estaba entonces influido por el movimiento de poesía concreta y quería jugar un poco con la tipografía (ahora la poesía concreta ha dejado de interesarme como juego tipográfico): fíjate que la palabra problemas sólo tiene tres letras más que la palabra poemas. Aparte de eso, reflejaba, desde el punto de vista del contenido, la esencia de lo que yo quería expresar en este libro, es decir, poemas que, al sumergirse en la lucha ideológica, se convertían ellos mismos en problemas.
 
M.B.: ¿Y por qué le cambiaste el título?
 
R.D.: La situación planteada en el libro es verdaderamente problemática: acentuarla más aún desde el título, hubiera sido repetitivo, tautológico.
 
M.B.: Creo que el gran poema del libro es el titulado “Taberna”. También fue el que más impresionó a los jurados, a pesar de su inusual extensión. ¿Cuál fue su génesis?
 
R.D.: “Taberna” es virtualmente una crónica de los esquemas mentales de un sector importante de la juventud checa en los años 1966 y 1967. El método de trabajo fue el siguiente: hay en Praga una taberna muy famosa, una cervecería que data del siglo XIII llamada Ufleku, donde se reúne la juventud checa a beber cerveza y a conversar; también concurren muchos extranjeros residentes en Praga. En varias oportunidades, escuché allí trozos de conversaciones; eran de tal interés (sobre todo si se considera el marco en que se daban: un país socialista, a veinte años de revolución) que me impulsaron a tomar apuntes. De pronto me di cuenta de que eso era un material sociológico y que yo estaba efectuando una suerte de furtiva encuesta acerca de toda una ideología. Confieso que empecé sin propósitos demasiado definidos, simplemente ordenando lo que recogía; luego pensé que el posible mérito era la propia existencia de ese material y que el trato más adecuado debía ser una rigurosa objetividad. Me decidí entonces a construir un poema, debido a que las expresiones recogidas tenían suficiente calidad literaria; un poema en el que fuera posible introducir aquellas expresiones, dejando que por sí mismas construyeran sus posibilidades de conflicto. Las yuxtapuse y les di algún tipo de montaje, pero sin intención de jerarquizarlas entre sí; algo así como un poema-objeto. Sin embargo, la carga política era tal, que dejó de ser un poema-objeto para convertirse en algo eminentemente político.
 
M.B.: Desde un punto de vista formal, ¿qué diferencia hay entre el procedimiento que utilizaste y el corrientemente usado por etnólogos o antropólogos? Pienso en Oscar Lewis o, para mencionar un ejemplo cubano, en Miguel Barnet.
 
R.D.: En el caso de Barnet había un propósito original. No hay que olvidar que Miguel tiene formación científica y trabajó con la intención de reconstruir un período de la historia cubana. En cambio, mi punto de partida fue mucho más ingenuo. Yo partí del asombro político que, como comunista extranjero en Praga, experimenté al enfrentarme con un panorama ideológico que no esperaba encontrar en un país que llevaba veinte años de socialismo. Además, la experiencia del socialismo que yo tenía era la cubana, donde el sentido de lo heroico, el fervor de la revolución, el orgullo de ser comunista y revolucionario, eran desde luego el pan de cada día para la juventud; en cambio, la problemática planteada por los jóvenes praguenses, era una mescolanza de misticismo, religiosidad, anticomunismo, esnobismo, nihilismo; o sea una cantidad de formas ideológicas que el imperialismo exporta para el consumo de los pueblos que él mismo se encarga de oprimir.
 
M.B.: Ya sé que hay inevitables distorsiones de la memoria, y no me refiero a ellas cuando te hago la pregunta: ¿nunca pusiste en boca de los jóvenes alguna expresión inventada?
 
R.D.: Prácticamente no inventé nada. Claro que en la labor de montaje hubo algunos giros complementarios. Y eso daba la continuidad de un pensamiento a otro. A veces, ante la perspectiva de que un pensamiento pudiera ser mejor entendido con el agregado de una metáfora, hice anotaciones en ese sentido. Por ejemplo, hay un momento en que hablan de África en una forma un poco despectiva. Entonces construyo una metáfora de ese contenido de menosprecio, y pongo en boca de uno de los muchachos estas palabras: “África, ese mercado negro”. Nadie las dijo nunca en la taberna, pero son un afinamiento de lo que querían decir.
 
M.B.: La sección checa del libro, ¿fue escrita antes o después de los acontecimientos de agosto de 1968?
 
R.D.: Fue escrita en los años 1966 y 1967, o sea cuando viví en Praga.
 
M.B.: Me parece importante destacarlo, porque los sucesos de 1968 pueden cargar tus poemas de un sentido muy particular.
 
R.D.: Desde luego. Mis poemas representan la visión de un latinoamericano en esos aros, o sea cuando se estaban gestando muchos de los conflictos de hoy. La parte checa es la sección final del libro. La parte intermedia es una visión de mi país a partir de una mirada extranjera. Otra vez una poesía de personajes. Pongo a hablar a los integrantes de una familia inglesa, muy decadente y aristocrática, que llega a El Salvador con el objeto de rehacer su fortuna, perdida en Inglaterra, y que se enfrenta a las condiciones de un país subdesarrollado con la actitud de la aristocracia inglesa venida a menos. Tuve noticias de esa familia por expresiones que le oí a mi padre (quien, como sabes, era norteamericano), refiriéndose a la total incomprensión con que esos ingleses miraban el país. Esbocé esos personajes melancólicos y construí una serie de poemas que son una manera de reírnos los latinoamericanos de la visión que de nosotros tienen los europeos. Por último, y ya que seguimos un orden inverso, la parte introductoria del libro está compuesta por una colección de poemas sin mayor unidad, acerca de temas varios.
 
M.B.: Y la línea amorosa, que ha sido bastante importante en tu poesía, ¿prosigue en este libro?
 
R.D.: Sí. Prosigue en todos los niveles; tanto en los poemas sueltos, donde hay problemas amorosos personales, como en los referentes a la familia inglesa, donde se tiene en cuenta el conflicto amoroso decadente. Por último, están presentes algunos aspectos del amor en el seno de una sociedad socialista, cuando el amor y la sociedad se enfrentan desde el punto de vista de una conciencia deformada. Es el caso de la decantación del amor sobre la base de una vida común cimentada en falsos valores. Hay un poema que se titula “Historia de un amor” y que está integrado por una serie de documentos sobre el destino trágico de una pareja formada por un extranjero y una muchacha checa que se casan en Praga y empiezan a vivir falsamente el socialismo; finalmente, el matrimonio se destruye de la manera más burguesa posible.
 
M.B.: Por los fragmentos que conozco de tu libro, y por lo que ahora me cuentas, veo que podría ser considerado como poesía comprometida. Ahora bien, ¿qué sentido le das al compromiso?
 
R.D.: Me parece que para nosotros los latinoamericanos, ha llegado el momento de estructurar lo mejor posible el problema del compromiso. En mi caso particular, considero que todo lo que escribo está comprometido con una manera de ver la literatura y la vida a partir de nuestra más importante labor como hombres: la lucha por la liberación de nuestros pueblos. Sin embargo, no debemos dejar que este concepto se convierta en algo abstracto. Yo creo que está ligado con una vía concreta de la revolución y que esa vía es la lucha armada. A este nivel, entiendo que nuestro compromiso es irreductible, y que todos los otros niveles del compromiso teórico y metodológico de la literatura con el marxismo, con el humanismo, con el futuro, con la dignidad del hombre, etcétera, deben discutirse y ampliarse a fin de aclararlos para quienes van a realizar prácticamente ese compromiso en su obra y en su vida; pero en nosotros, escritores latinoamericanos que pretendemos ser revolucionarios, el problema del compromiso de nuestra literatura debe concretarse hacia una determinada forma de lucha.
 
M.B.: Dentro de esa acepción, ¿qué lugar dejas a aquellos autores que escriben cuentos fantásticos, o cuentos realistas no referidos a una concreta realidad política, y que en su actitud personal tienen en cambio una militancia?
 
R.D.: No creo que este problema se resuelva a nivel de géneros. Un combatiente revolucionario puede hacer magnífica literatura inmediatista, e incluso panfletaria si le viene en gana o si las necesidades de la lucha cotidiana así se lo exigen; pero también sirve a la revolución si es un excelente escritor de ciencia-ficción, ya que la literatura, entre otras funciones, cumple la de ampliar los horizontes del hombre. En la medida en que el pueblo puede captar los significados últimos o inmediatos de una gran literatura de ficción, estará más cerca de nuestra lucha, y más todavía si es capaz de analizar la enajenación que el enemigo le impone. Por eso no vemos razones para plantear la obligación de que el escritor militante se reduzca genérica o temáticamente a una línea muy estrecha. Partamos mejor del otro extremo, o sea de su actitud ante la lucha revolucionaria. Una vez que este problema está resuelto, el asunto de los géneros y del rumbo literario servirán para enriquecer la línea revolucionaria que ha escogido en su vida. Por otra parte, y tal como lo cita la última declaración del comité de colaboración de la revista “Casa de las Américas”, en la lucha de clases se cumple también el papel de arrebatarle a la burguesía el privilegio de la belleza, como lo sostiene Regis Debray. En el terreno literario, las relaciones entre la militancia y la literatura como resultado de la creación de un revolucionario sólo pueden ser positivas. Hay otro terreno en el que sí podría haber conflicto y es a nivel ideológico. En la medida en que, a través de la literatura, se plantearan ideológicamente posiciones que estuvieran en contradicción con la militancia revolucionaria, se originaría un conflicto del cual no tiene culpa la literatura como tal; se trataría más bien de un problema ideológico del escritor. Ahí es donde cabe situar el problema de las famosas “desgarraduras” entre el poeta y el militante político, cuando ambos son la misma persona. “Desgarradura” es un término que se ha acuitado para ocultar que se trata de un problema ideológico; si se le quiere seguir llamando así, habrá que decir que se trata de una desgarradura ideológica, y que por tanto debe solucionarse a nivel ideológico.