En mayo de 2017 se
reprodujo en el diario digital salvadoreño “ContraPunto” un artículo que Mario
Benedetti había escrito en mayo de 1994. Allí expresó que la obra de Dalton era
de las más originales, removedoras y comunicativas que se habían producido en
América Latina, y agregó: “Roque fue un ser humano tan espléndido, tan dedicado
a consolidar la alegría del prójimo, que pronunciar su nombre es una forma más
de perpetuar ese temple vital que él mismo dio en llamar su júbilo matutino y
palpable”. Benedetti fue integrante de la llamada Generación del ’45, uno de
los más reconocidos escritores en lengua española y su prolífica producción
literaria de más de ochenta libros incluyó cuentos, novelas, poesías, ensayos,
canciones, dramas y críticas cinematográficas. Colaboró en varios medios
periodísticos, entre ellos el semanario “Marcha” y las revistas literarias
“Marginalia”, “Número” y “Al pie de las letras”. Siendo director del
Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y
Ciencias de la Universidad de la República, tras el Golpe de Estado del 27 de junio
de 1973 renunció a su cargo y, por sus posiciones políticas, debió abandonar
Uruguay, partiendo a un largo exilio de casi doce años que lo llevó a residir
en Argentina, Perú, Cuba y España. Entre sus obras más destacadas pueden
mencionarse los libros de cuentos “Montevideanos”, “La muerte y otras
sorpresas”, “Despistes y franquezas” y “El porvenir de mi pasado”; las novelas
“La tregua”, “Gracias por el fuego”, “El cumpleaños de Juan Ángel” y “La borra
del café”; los poemarios “Quemar las naves”, “Letras de emergencia”, “Viento
del exilio” y “El olvido está lleno de memoria”; los dramas teatrales “Pedro y
el capitán”, “El reportaje”, “Ida y vuelta” y “El apuntador”; y los ensayos
“Literatura uruguaya siglo XX”, “Letras del continente mestizo”, “El escritor
latinoamericano y la revolución posible” y “La cultura, ese blanco móvil”.
Varios de sus libros fueron traducidos a más de veinte idiomas y algunas de sus
novelas fueron adaptadas al cine bajo la dirección de prestigiosos directores
como Osías Wilenski (1933-2021) y Sergio Renán (1933-2015).
Roque Dalton fue
considerado por Mario Benedetti como “no sólo uno de los poetas más vitales y
removedores de América Latina, sino también uno de los que mejor han sabido
conjugar el compromiso político con el rigor artístico”. A continuación, la
segunda parte de la larga conversación que mantuvieron ambos en 1969 tras la
entrega al poeta salvadoreño del premio Casa de las Américas por su libro “La
taberna y otros poemas”.
M.B.: En tu caso personal,
¿ha habido conflicto entre tu militancia política y tu calidad de escritor?
R.D.: En alguna ocasión me
han preguntado eso y muy a la ligera he dicho que no. Lo que he querido decir
es que para mí ha sido posible estructurar mi obra poética en el seno de una
vida de militancia política, o sea que me acostumbré a escribir en la
clandestinidad, en condiciones difíciles. Pero evidentemente existe otro nivel,
he tenido conflicto cuando he tenido problemas ideológicos. Cada vez que he
experimentado una desgarradura, ha sido porque se me planteaba una
contradicción entre una posición política y una posición ideológica expresada
en mi literatura. En la medida en que pude superar mis debilidades en este
terreno, di pasos hacia adelante; en la medida en que no los pude superar,
tengo aún conflictos. Hay una serie de aspectos de la revolución, muchos de
ellos planteados a escala mundial, frente a los cuales yo posiblemente no tengo
conceptos muy claros y por lo tanto siento que me afectan; pero, como te decía
antes, son cuestiones absolutamente resolubles en el plano ideológico.
M.B.: Como sabes, hace
tiempo que me vienen preocupando los problemas derivados de las relaciones
entre el intelectual y el socialismo, entre el escritor y la revolución. Muchas
veces juzgamos esa relación en base a prejuicios pequeñoburgueses y a un
concepto liberal de ciertas palabras claves; también en otras épocas fueron
propuestos como soluciones ciertos métodos relacionados con el estalinismo.
Personalmente creo que la verdadera solución no está en ninguno de esos
planteos. Quizá debamos crear una nueva relación entre el escritor y la
revolución. O acaso inventarla. Me gustaría conocer tu opinión sobre esto.
R.D.: Bueno, tú partes de
realidades concretas que nos ahorran definiciones. Por un lado, prejuicios
pequeñoburgueses que se interponen entre el escritor y las instituciones del
socialismo, entre el artista y la revolución en el poder; y, por otra parte,
las metodologías destinadas a resolver este tipo de relaciones que otorgara el
estalinismo en el pasado. Creo también que usaste una palabra justa para hacer
la proposición: hablaste de inventar nuevos métodos y nuevos contenidos en la
relación del escritor con el socialismo institucionalizado. Desde luego, se
trata de una labor muy amplia, que debe ser de invención común, en la cual
participen los creadores, los hombres de cultura, el Estado, las instituciones
del socialismo; pero todos en relación con el pueblo, que en definitiva es el
destinatario último y el productor primario de toda la materia cultural, en
cuya elaboración no somos sino intermediarios. En las grandes perspectivas de
esta invención no deben por lo tanto interponerse proposiciones según las
cuales los creadores seamos simples dictadores de viejas opiniones, ni tampoco
que se introduzcan por algún resquicio los métodos estalinistas que sentaron
jurisprudencia para resolver determinados problemas en este terreno. La
cuestión es verdaderamente profunda y tiene que ver con los fines últimos de la
revolución. En la actualidad hay que darle particular importancia a este
problema; todos estamos obligados a participar en su solución, así como a
iniciar la discusión con un nuevo estilo, dispuestos a llamar a los problemas
por su nombre y a no perder jamás la objetividad. Debemos hacerlo con un
criterio revolucionario, marxista, científico, apegado a la experiencia
histórica y a las perspectivas concretas del futuro, tal como se trabaja cuando
se planifica una zafra, la apertura de una nueva rama industrial o las
relaciones internacionales de un Estado. Entiendo que podemos ver estas
posibilidades con optimismo. En nuestros países, sobre todo en el lugar donde
el socialismo se ha encarnado realmente en nuestro hemisferio (me refiero a
Cuba), se abren reales posibilidades de una instauración de nuevas relaciones y
de inventarlas con audacia (precisamente la audacia ha sido una característica
de esta revolución), con la mirada puesta en América Latina, ya que Cuba es el
inicio de la revolución latinoamericana.
M.B.: Mencionaste la
dimensión histórica, y también la audacia de la experiencia cubana. Me parece
que, si a esa audacia agregamos una modestia verdadera por parte del creador,
tal vez encontremos los elementos para resistir a dos de las más riesgosas
tentaciones que padece hoy el intelectual: ser fiscal de la historia o ser
víctima de ella.
R.D.: Tocas un problema
importante. Los intelectuales tendríamos que concurrir a la elaboración del
nuevo tipo de relaciones entre el artista y la revolución, con absoluta
conciencia de ese tipo de peligros. La última experiencia histórica nos
demuestra que, precisamente por nuestras debilidades ideológicas, por nuestros
prejuicios pequeñoburgueses, por el tipo de sociedad en la que hemos estado
inmersos y que tanto nos ha deformado, tratamos de preservar nuestra
individualidad hasta territorios que contradicen las raíces mismas de nuestros
ideales humanistas. ¿Qué les ha pasado a los grandes poetas que han tratado de
convertirse en fiscales intocables de la vida pública, o a los escritores que,
en nombre de una supuesta libertad intocable, tratan de convertirse en víctimas
de la historia? A pesar de lo conmovedores que puedan parecernos sus avatares,
debemos reconocer que uno a uno ha ido cayendo y han terminado por
incorporarse, muchas veces a pesar suyo, a la gran industria del espectáculo
editorial, del gran “show” editorial que, detrás de su apariencia luminosa,
tiene intereses concretos que pueden responder al enemigo. Cuando una
personalidad que maneja los problemas de la conciencia, de la historia, de la
cultura, y que muchas veces ha sido portavoz de grandes inquietudes de nuestras
masas, cuando un poeta a quien el pueblo le ha dado su calor, cae la industria
del espectáculo a que aludo, se convierte de inmediato en un elemento más de la
enajenación de nuestras masas populares y por lo tanto pasa a cumplir una labor
histórica francamente negativa, reaccionaria. Ninguno de nosotros está libre de
caer en ese riesgo, y por eso la vigilancia sobre nosotros mismos y sobre
nuestros compañeros debe mantenerse, en un sentido revolucionario, a pesar de
que los evidentes errores cometidos en el pasado por parte de instituciones de
estados socialistas, nos pongan muchas veces en guardia contra ciertas
palabras. Estamos entre revolucionarios y dejaríamos de serlo en el momento en
que entregásemos las armas de la crítica; pero no simplemente como escritores,
sino también como ciudadanos de un país, como revolucionarios de fila. Además,
como escritores, tenemos derecho a la crítica y a plantear los problemas en el
nivel que sea y con la profundidad que nos imponga nuestra conciencia. Sin
embargo, debemos estar vigilantes con respecto a la otra situación: seamos
responsables ante nosotros mismos de esos peligros que tú has señalado, en la
medida en que estemos dispuestos a no ofendernos por llamarnos servidores de
nuestros pueblos. Si hay escritores a quienes les parece denigrante servir al
pueblo, francamente no vale la pena que hablemos de ellos.
M.B.: Así como decíamos
que conviene estudiar la relación entre el escritor y el socialismo dentro de
un estado socialista, creo que también deberíamos estudiar los problemas
derivados de la presencia de un escritor revolucionario dentro de una sociedad
de impronta capitalista, o sea dentro de un mercado de consumo.
R.D.: Cuando apuntábamos
que un escritor inserto en un país socialista puede caer en la tentación de la
industria mundial del espectáculo editorial, o sea la industria que persigue la
enajenación de las masas populares, estábamos señalando un peligro real pero también
excepcional. En cambio, el escritor que trabaja en el mundo capitalista, vive
inmerso en una situación presidida por un gran aparato que por lo general está
al servicio de la ideología del enemigo, y por lo tanto corre el riesgo de
convertirse en su víctima inmediata. Aun el escritor que se rebela, aun el
escritor que es digno de su papel y lucha contra la enajenación, puede ser una
víctima de ese aparataje y ser aludido desde diferentes niveles.
M.B.: Algo así como una “operación
seducción”.
R.D.: O una “operación
soborno”, que incluye maniobras destinadas a dotarlo de una buena conciencia a
pesar de las concesiones que poco a poco se le puedan arrancar. Todo está
destinado a un fin último: asimilarlo al gran aparato de enajenación montado en
contra de nuestras masas populares.
M.B.: El mero hecho de
neutralizarlo, ¿no es acaso un buen dividendo para el enemigo?
R.D.: Desde luego, en este
aspecto el enemigo ejerce una acción cotidiana, costosísima, que se manifiesta
en todos los órdenes de la vida cultural: ediciones lujosas, excelente
promoción del libro, gloria efímera, la posibilidad de convertirse en una
suerte de prostituta intelectual muy bien pagada, o un payaso simpático al
servicio de los intereses más inconfesables, aunque a veces, en los mejores y
más inocentes de los casos, no se tenga conciencia de ello. Lo que me produce
preocupación es que tales maniobras de seducción alcancen a muchos de nuestros
compañeros y que éstos no adviertan que, al caer en la falta de seriedad, en la
payasada, o en las concesiones directas al enemigo, están contribuyendo a crear
en los pueblos la imagen de que al intelectual promedio sólo le interesa la
frivolidad, la publicidad, la tontería.
M.B.: Por eso mencionaba
la modestia. Dentro de la operación seducción, uno de los elementos que mejor
maneja el enemigo es un fino tratamiento de la vanidad. Frente a la modestia
verdadera, una modestia que es también orgullo, el imperialismo se siente
desarmado. Ahora, volviendo a tu poesía, ¿cómo crees que este libro que acaba
de ser premiado, y tu poesía en general, se insertan en la literatura
salvadoreña?
R.D.: Los orígenes
culturales de mi producción y el hecho de tratar, por medio de la literatura,
de volver a mi país con una visión tal vez enriquecida por la experiencia del
exilio, son en realidad contribuciones de mi país a lo que yo hago. Hay además
ciertos esquemas mentales, ciertas estructuras de lenguaje, que desde luego son
absolutamente salvadoreñas. Pero en lo que se refiere a mi obra poética, no creo
que sea continuación, o que haya recibido influencia decisiva, de quienes han
escrito poesía en El Salvador. Por el contrario, en un porcentaje bastante alto
he partido de un rechazo con respecto a la poesía que anteriormente se había
escrito en mi país, poesía muchas veces inofensiva, que rara vez ha ido al
fondo. Y esto no es sólo una apreciación personal, sino que es también lo que
dice la crítica salvadoreña respecto de lo que allí se conoce de mi poesía.
Precisamente se ha señalado su carácter de ruptura.