Roque Dalton formó parte
de lo que se conoció en su país como la “Generación comprometida”, un grupo de
jóvenes poetas e intelectuales salvadoreños que impulsaron un giro
importantísimo en la literatura centroamericana marcando profundos cambios
tanto a nivel estético como a nivel político. Hacia finales de los años ‘50, ya
se había convertido en un activo propagandista político y consideraba que la
poesía estaba llamada a cumplir un papel importante en una organización
revolucionaria. Fue así que se incorporó a una organización armada político
militar con la idea de no sólo entregar su poesía a la revolución escribiendo
panfletos ni sólo su cuerpo abandonando la poesía al integrarse a la guerrilla,
sino integrar tanto su cuerpo como su poesía participando en los debates sobre
las posibilidades de la lucha armada en América Latina. Su intensa actividad
revolucionaria provocó que cayera preso y fuera expulsado de El Salvador, por
lo que inició su exilio primero en México y después en Cuba, donde recibió
instrucción militar formando parte de la milicia revolucionaria cubana. Julio
Cortázar (1914-1984) estando de visita en la isla, recordaría tiempo después
que una noche había presenciado una animada discusión entre Dalton y Fidel
Castro (1926-2016) sobre las armas de guerra: “Una metralleta invisible pasaba
de las manos del uno a las del otro… Las diferencias entre el corpachón de
Fidel y la figura esmirriada y flexible de Roque, me causó un regocijo
infinito”. Estando en Cuba escribió en coautoría con Roberto Fernández Retamar
(1930-2019), Edmundo Desnoes (1930-2023) y Ambrosio Fornet (1932-2022), entre
otros escritores cubanos, “El intelectual y la sociedad”, una obra en la cual
analizaron las necesidades específicamente culturales de Latinoamérica ante la
ofensiva del imperialismo en la cultura a nivel mundial. En la víspera de la
Navidad de 1973, Dalton aprovechó el relajamiento de la vigilancia policíaca y
con un pasaporte falso pasó sin sobresaltos los trámites de migración en el
aeropuerto internacional de su país. No fue necesario que pasase mucho tiempo
para que su visión crítica sobre las actividades de la organización en la cual
participaba, fuera sumando militantes a su idea de desarrollar una línea menos
militarista que la propuesta por el líder de la organización de quien cuestionó
su autoridad. Esto provocó la ira de éste, quien lo acusó de ser un traidor, de
tener debilidades ideológicas pequeño burguesas, y de ser un peligroso enemigo
que actuaba como agente encubierto de la CIA. Fue así que, paradójicamente,
quien tantas veces había estado a punto de morir a manos de la derecha
ultraconservadora fue enjuiciado y fusilado por integrantes de la fracción
ultraizquierdista de la organización a la que pertenecía.
Póstumamente se publicó en Costa Rica la novela “Pobrecito poeta que era yo...” con un texto del citado Julio Cortázar titulado “Una muerte monstruosa”. En él, el autor de “Rayuela” expresó: “Roque es para mí el ejemplo muy poco frecuente de un hombre en quien la capacidad literaria, la capacidad poética se dan desde muy joven mezcladas o conjuntamente con un profundo sentimiento de connaturalidad con su propio pueblo, con su historia y su destino”. Años después, en 1976, el mismo Cortázar en su cuento “Apocalipsis de Solentiname”, relató que al proyectar una noche en París las diapositivas de las fotos que había tomado durante su viaje a Centroamérica, en lugar de los cuadros inocentes de colores encendidos de los pintores primitivistas de la comunidad de Ernesto Cardenal (1925-2020) en el archipiélago nicaragüense de Solentiname, cada vez que oprimía el botón aparecían escenas imprevistas de la brutal represión que entonces reinaba en América Latina, atestada de dictaduras militares. Y más imprevisto aún le resultó descubrir entre esas imágenes de horror la figura de Roque Dalton, “un muchacho flaco mirando hacia la izquierda donde un grupo confuso, cinco o seis muy juntos le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba, una mano alzada a medias, la otra a lo mejor en el bolsillo del pantalón, era como si les estuviera diciendo algo sin apuro, casi displicentemente, y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte”. El antes mencionado Fernández Retamar contaría tiempo después que en una carta fechada en Saignon el 6 de octubre de 1975, Julio Cortázar, a propósito del monstruoso crimen que arrancó la vida a Roque Dalton, le escribió: “Inútil decirte que la imagen de Roque significa para mí Cuba, la Casa de las Américas donde lo conocí, la mesa redonda de nuestras charlas y discusiones en torno a la revista”.
Para concluir, la tercera y última parte de la charla entre Mario Benedetti y Roque Dalton que fuera publicada en las ediciones del 28 de febrero y del 7 de marzo de 1969 del semanario “Marcha”.
M.B.: ¿De cuál de los
nuevos poetas salvadoreños te sientes más cerca?
R.D.: Fundamentalmente de
Manlio Argueta. Es un poeta de mi edad que por cierto se ha convertido
últimamente en un novelista muy valioso. La poesía de Argueta está dentro de
una línea muy renovadora: es desenfadada, de gran amplitud temática. Hay
también un muchacho nuevo, muy joven: Alfonso Quijada. No ha publicado ningún
libro, pero conozco poemas sueltos que revelan un auténtico talento. También un
poeta católico, David Escobar Galindo, muy joven también pero con grandes
posibilidades de desarrollo. Y desde luego, Roberto Armijo, de mi promoción: no
sólo como poeta, también como ensayista nos ha ayudado mucho a todos en el
planteo de problemas sobre nuestra cultura nacional.
M.B.: Está asimismo tu
inserción en la poesía latinoamericana actual. Alguna vez escribí que había dos
familias de poetas latinoamericanos, la familia Neruda y la familia Vallejo. ¿A
cuál de ellas sientes que perteneces?
R.D.: Mira, yo quisiera
ser uno de los nietos de Vallejo. Con la familia Neruda no tengo nada que ver.
Hemos roto nuestras relaciones hace tiempo. De todos aquellos que surgimos
impulsados por el clima de Vallejo (aunque a esta altura no sé si quedará algún
rastro en nuestra expresión formal) descarnado y humano, me siento cerca de
poetas latinoamericanos como Juan Gelman, Enrique Lihn, Fernández Retamar,
Ernesto Cardenal.
M.B.: Y aparte de los
latinoamericanos, ¿cuáles son tus poetas mayores?
R.D.: Tal vez un grupo de
poetas franceses, muy disímiles entre sí. De cada uno he tomado algo. Pienso en
Henri Michaux, Jacques Prevert y, a pesar de que nadie me crea, Pierce St.
John. Los leí casi simultáneamente y ejercieron una notable influencia sobre
mí. También algunos poetas de lengua inglesa como Eliot o Pound. Sin embargo,
creo que mi poesía, sobre todo a partir de “El turno del ofendido”, se nutrió
de otros géneros en mayor grado que de la poesía. Por ejemplo, la novela, el
cuento y hasta el cine. Conscientemente traté de propiciarme climas generadores
de una actividad poética.
M.B.: ¿Y cuáles serían
esos novelistas?
R.D.: En el caso de “El
turno del ofendido” hay conexión, testimoniada a veces por epígrafes, con la
novelística de Faulkner, e incluso con la de Hemingway a pesar de que por su
sequedad no parece el más indicado para darle a uno aliento poético. Quizá ello
se haya debido a que ya por ese entonces me estaba orientando hacia una poesía
de ideas y lo que encontraba en los novelistas eran precisamente ideas. Creo
que ésa fue la mecánica de la influencia. Y luego la novela latinoamericana,
con la que me he sentido especialmente a gusto en los últimos tiempos. Aquellos
escritores que hicieron novela en tanto poetas, como es el caso de mi ex amigo
Miguel Ángel Asturias, nunca ejercieron influencia sobre mí. Yo leía las
novelas de Asturias como grandes poemas surrealistas. Distinta es la relación
con los novelistas actuales. Para mí ha sido muy estimulante la novelística de
Julio Cortázar, con la cual siempre me entendí muy bien. Sobre todo porque
Cortázar tiene una literatura de infancia que de algún modo se unía con mis
vivencias. A pesar de haber nacido en El Salvador yo crecí en la órbita del
fútbol, de “El Gráfico”, Borocotó, “Rico Tipo”, César Bruto, etcétera; así que
pude comprender muy bien esa zona del mundo Cortázar.
M.B.: ¿Qué importancia han
tenido, para tu vida y para tu obra, tus prolongadas residencias en Cuba?
R.D.: La experiencia
cubana ha sido para mí decisiva en muchos aspectos. Creo que ha sido la
experiencia más importante de mi vida. Al principio porque fue la primera
ocasión que tuve de vivir la construcción del socialismo. En las temporadas
inolvidables de 1962 y 1963, tuve el privilegio de compartir con el pueblo
cubano el dramatismo y la grandeza de aquel momento, y aprendí alborozado que
nuestros pueblos pequeños pueden ser capaces de un destino mundial
extraordinario. Como poeta, fue en Cuba donde adquirí conciencia de lo que
significa escribir en serio, de ser, para emplear una palabra ya vieja, un
escritor profesional, alguien que escoge la literatura como oficio. No sé si
ello aconteció porque era simplemente un nivel de desarrollo o porque aquí se
dieron las condiciones de libertad -material y espiritual- imprescindibles para
poder expresar toda una gama de problemas que nunca hubiera podido encarar en
mi país. Cuba sigue siendo una experiencia definitiva y definitoria para mí, ya
que luego me fue posible vivir en otros sectores del socialismo y por
consiguiente comparar, sacar mis conclusiones, y en ese sentido Cuba ha servido
para que yo organizara mejor mis propósitos acerca de la revolución en América
Latina y concretamente en mi país. Ha sido la vivencia cubana la que me ha dado
los elementos fundamentales para tomar una perspectiva, un distanciamiento,
para decirlo a la manera brechtiana, por cierto muy útil para apreciar el
problema concreto de la revolución en mi país.
M.B.: El premio Casa ha
tenido este año un colorido especial que lo diferencia de años anteriores. Por
otra parte, fue mucho mayor la concurrencia de obras precedentes de América
Latina ¿Crees que tales detalles tienen algo que ver con una nueva actitud del
escritor latinoamericano o con nuevos aspectos de la realidad continental?
R.D.: En primer lugar,
este nuevo colorido, este nuevo nivel de calidad revolucionaria del premio
Casa, está espléndidamente sintetizado en el premio de ensayo que le fuera
otorgado a Héctor Bejar, preso en las cárceles peruanas. Quiero decirte también
que yo asocié muy curiosamente el premio a dos nombres: el de Regis Debray (fue
en la Casa de las Américas donde nos encontramos varias veces) y el de mi
querido e inolvidable hermano, Otto René Castillo, guerrillero guatemalteco,
asesinado por el gobierno de su país después de haber sido capturado herido en
la montaña. Los poemas de Castillo me llegaron precisamente el día siguiente a
la otorgación de los premios. Por eso uno al nombre de Béjar, al de Regis
Debray y al recuerdo de Otto René Castillo, el significado del premio Casa.
Cuando me dices que en este año han participado más obras latinoamericanas que
en años anteriores, interpreto ese hecho como una señalable radicalización de
los escritores revolucionarios de América Latina, que subrayan su adhesión a
Cuba debido a que ven en ella la encarnación de sus esperanzas y del futuro de
sus pueblos. También es un modo indirecto de apoyar una línea política de la
revolución latinoamericana: la lucha armada. Por eso me parece importante el
significado del ensayo de Béjar. Según los extractos de su libro, aparecidos
después del premio, Béjar (no se trata de una cita textual sino de su sentido
esencial) desde la cárcel trata de expresar que nos encontramos en un momento
crucial del proceso revolucionario, y al enviar su ensayo a la Casa de las
Américas intenta subrayar la posibilidad, la urgencia, la importancia
definitiva y la verdadera necesidad histórica de impulsar y desarrollar la
línea de lucha guerrillera en América Latina.
M.B.: ¿Y qué estás
preparando ahora?
R.D.: Trabajo en un largo
poema, “Los hongos”, que de alguna manera enfoca la pugna que existió en mi
juventud entre la conciencia revolucionaria y la conciencia cristiana, resuelta
-con una manera hasta un poco joyceana- en el centro de un colegio jesuita.
Trata de ser una larga carta a mi profesor de Filosofía en ese colegio. En otro
terreno, he terminado un ensayo sobre las tesis enunciadas por Regis Debray en “¿Revolución
en la revolución?”. Ese ensayo pretende en gran parte ser una defensa y una
actualización de tales tesis frente a las posiciones de ciertas organizaciones
de izquierda latinoamericanas, como por ejemplo los PC argentino y venezolano.
Luego hago un balance objetivo de lo que ha significado el libro de Debray para
la teoría revolucionaria en América Latina, y también algunas apreciaciones
críticas sobre ciertos aspectos del texto de Debray.
M.B.: No sé si conoces el
reciente libro de Jorge Abelardo Ramos, que concluye con un largo ataque a la
teoría del foco y otros planteos de Debray.
R.D.: Sí, lo conozco. Me
parece un libro interesante, brillante y muy ágil. Es claro que estoy en
completo desacuerdo en cuanto a sus conclusiones sobre la lucha revolucionaria
y sobre la metodología de la actividad revolucionaria, no sólo porque parece
evidente que el autor desconoce las realidades actuales de esa lucha a nivel
continental, sino también porque hace demasiadas concesiones a su propia
brillantez y a su propia ironía, olvidándose del análisis concreto de las
posibilidades y de la relación entre las teorías propuestas y las realidades de
nuestros países. Muchas veces se limita a dejar constancia de sus chistes. Con
esa actitud no me parece que lleguemos a ninguna parte. Atacar por ejemplo el
foco guerrillero, reduciéndolo a un grupo de atletas que aprenden a sobrevivir
en la selva a la manera de Tarzán, me parece una reducción al absurdo de las
posibilidades de una polémica seria sobre materia tan compleja. En mi libro
sobre Debray tomo una posición contraria a las conclusiones de Ramos. Es
curioso anotar cómo, en los hechos, hay una coincidencia casi absoluta entre
las posiciones de Jorge Abelardo Ramos y las que, frente al libro de Debray, ha
expresado el PC argentino. También sobre éstas me permito discrepar. Por otra
parte, la enajenación de Ramos al problema del anti estalinismo le impide
alcanzar conclusiones valederas con respecto a la polémica sobre la lucha
armada. Uno de los exabruptos más típicos de los planteamientos de Ramos es su
conclusión de que el foco guerrillero vendría a ser la revitalización del
estalinismo en América Latina.
M.B.: Una última pregunta.
Es frecuente que en entrevistas como ésta se concluya por preguntarle al
entrevistado qué consejos daría a los escritores jóvenes. Pero yo quiero salir
de esa rutina, y más bien me gustaría saber qué consejos les darías a los
escritores viejos.
R.D.: No soy amigo de dar
consejos. Pero ya que me lo preguntas, me permitiría aconsejar a los escritores
viejos sólo dos cosas. A los que puedan, que rejuvenezcan lo antes posible; a
los que sean honestos, que sigan siéndolo ya que de ese modo nos seguirán
enseñando. Pienso en un escritor a quien conocí cuando era relativamente
honesto, aunque ya bastante viejo: Miguel Ángel Asturias. Ya que a esta altura
no podría conseguir ni la juventud ni la absoluta honestidad, quisiera
aconsejarle que renuncie a la embajada de Guatemala en París. Quizá así podría
conservar por lo menos un poquito del decoro que Sartre otorgó al premio más
municipal de la tierra.
Póstumamente se publicó en Costa Rica la novela “Pobrecito poeta que era yo...” con un texto del citado Julio Cortázar titulado “Una muerte monstruosa”. En él, el autor de “Rayuela” expresó: “Roque es para mí el ejemplo muy poco frecuente de un hombre en quien la capacidad literaria, la capacidad poética se dan desde muy joven mezcladas o conjuntamente con un profundo sentimiento de connaturalidad con su propio pueblo, con su historia y su destino”. Años después, en 1976, el mismo Cortázar en su cuento “Apocalipsis de Solentiname”, relató que al proyectar una noche en París las diapositivas de las fotos que había tomado durante su viaje a Centroamérica, en lugar de los cuadros inocentes de colores encendidos de los pintores primitivistas de la comunidad de Ernesto Cardenal (1925-2020) en el archipiélago nicaragüense de Solentiname, cada vez que oprimía el botón aparecían escenas imprevistas de la brutal represión que entonces reinaba en América Latina, atestada de dictaduras militares. Y más imprevisto aún le resultó descubrir entre esas imágenes de horror la figura de Roque Dalton, “un muchacho flaco mirando hacia la izquierda donde un grupo confuso, cinco o seis muy juntos le apuntaban con fusiles y pistolas; el muchacho de cara larga y un mechón cayéndole en la frente morena los miraba, una mano alzada a medias, la otra a lo mejor en el bolsillo del pantalón, era como si les estuviera diciendo algo sin apuro, casi displicentemente, y aunque la foto era borrosa yo sentí y supe y vi que el muchacho era Roque Dalton, y entonces sí apreté el botón como si con eso pudiera salvarlo de la infamia de esa muerte”. El antes mencionado Fernández Retamar contaría tiempo después que en una carta fechada en Saignon el 6 de octubre de 1975, Julio Cortázar, a propósito del monstruoso crimen que arrancó la vida a Roque Dalton, le escribió: “Inútil decirte que la imagen de Roque significa para mí Cuba, la Casa de las Américas donde lo conocí, la mesa redonda de nuestras charlas y discusiones en torno a la revista”.
Para concluir, la tercera y última parte de la charla entre Mario Benedetti y Roque Dalton que fuera publicada en las ediciones del 28 de febrero y del 7 de marzo de 1969 del semanario “Marcha”.
