Es notable la existencia de eventuales similitudes
entre Arreola y Borges. Para muchos críticos literarios existe una similitud temática
en los textos de ambos narradores: el azar, el destino, la moral, la muerte, el
tiempo... y la ironía con que se los trata. Rafael Olea Franco (1975),
investigador del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de
México y especializado en la obra del escritor argentino, por ejemplo, sostuvo
en uno de sus trabajos que “más allá de clasificaciones o genealogías, lo
cierto es que, en su propia escritura, ambos (Borges y Arreola) tienden a
buscar la perfección formal dentro de una práctica textual tan exitosa que se
convirtió en modelo de sus respectivas culturas nacionales. Desde veredas
distintas pero paralelas, ejercitan un estilo austero, depurado y despojado de
todo elemento verbal innecesario; de ahí la brevedad de sus composiciones. Este
logro sólo ha sido posible a partir de una aguzada conciencia de la escritura”.
Precedidos por el respeto y el elogio mutuos (“Arreola deja fluir su
imaginación, para deleite suyo y para deleite de todos”, dijo una vez Borges; “Es
inconcebible la imaginación y la frescura de Borges” dijo una vez Arreola), el
autor de “Varia invención” y “Palíndroma” recibió al de “Historia universal de
la infamia” y “El informe de Brodie” en el hotel Camino Real el 9 de febrero de
1978, previo a la entrevista que se le iba a efectuar al escritor argentino
para la televisión mexicana. El propio Arreola grabó en un casete la
conversación durante su encuentro con Borges. La misma
fue reproducida en el suplemento semanal del diario mexicano “La jornada” en su
edición nº 428 del 18 de mayo de 2003. Lo que sigue es la segunda y última
parte de dicha charla.
J.L.B.: Macedonio Fernández dijo una cosa que yo voy a
citar mañana; dijo que morirse era lo más sencillo y grande que podía pasarle a
un hombre. Está tan seguro de la inmortalidad.
J.J.A.: Es precioso.
J.L.B.: Morirse es lo menos importante que puede
pasarnos.
J.J.A.: Oiga, ¿y los “Papeles de Recienvenido”? ¿De dónde
le vendría la idea del recién venido a Macedonio? Recién venido; en quién
pensaría...
J.L.B.: Seguro pensaba en él mismo y en la idea de que
todos seríamos como forasteros en un mundo que no comprendemos, supongo que la
idea sería esa, ¿o no? Creo que después fue una idea más interesante... Bueno,
esto es una frase de mi hermana, que a lo mejor cito mañana...
J.J.A.: De Norah.
J.L.B.: Sí, de Norah. Los chicos, dice, estos turistas.
Es muy lindo. Además, la palabra “turista” siempre se usa despectivamente y ahí
no, al contrario.
J.J.A.: Le voy a decir, de todo corazón, la práctica
personal es no preparar nada porque cuando dos personas tienen muchos
intereses, tienen muchas cosas que saber...
J.L.B.: Yo creo que si preparamos algo, mañana vamos a
ser como ecos mecánicos y un poco frustrados y falsos, y vamos a abundar sobre
todo en erratas y en olvidos...
J.J.A.: Abundar en erratas... Me acuerdo muchísimo de
Carlos Argentino, que tenía esa frase, ¿cómo es? Pero también abundaba en...
¿cómo dice?, en ociosas exactitudes, en ociosas referencias y toda la cosa esa
de Paul Ford y demás. Pero la idea es exacta, tanto, que ni siquiera le
adelanto la idea que me ha inquietado mucho en los últimos días y que yo creo
que usted la tiene muy bien desarrollada en sí mismo y en muchos pasajes de los
libros. Pero como es una idea de las últimas cuarenta y ocho horas la quiero
manifestar, pero mañana mejor, para que usted no tenga tiempo de pensar, porque
a mí me importa mucho lo que es la improvisación, que la palabra sea simultánea
al pensamiento, el pensamiento debe ser simultáneo a la palabra...
J.L.B.: Sí, yo creo que eso decía Schopenhauer, que hay
escritores que escriben sin pensar, hay escritores que piensan para escribir,
escritores que piensan y por eso escriben y que eso es lo mejor. Yo creo que
no, lo mejor es que sea un proceso paralelo. Creo que sí, es decir, cuando uno
esté pensando, uno esté hallando las palabras.
J.J.A.: Ahora, hay una cosa importante también, cuando
uno empieza a hablar y tiene que hablar, naturalmente se pone a pensar porque
si no se cae... se cae del alambre. Yo pertenezco al género de los que hablan
para pensar. En cuanto empiezo a manejar términos del lenguaje, el pensamiento
acude. Oiga, ¿se acuerda de aquella “boutade” de André Gide? “Crea una forma
bella, porque una idea más bella todavía vendrá a habitarla”. Pero, ¿sabe?,
André Gide ahí un poco hace verdaderamente una “boutade”. La forma bella se
crea, Borges, como una nostalgia. Ya existe interiormente la posibilidad de ser
una forma bella...
J.L.B.: Muy bien, seamos platónicos...
J.J.A.: Ah, pero le voy a contar mañana o pasado... en la
próxima o en la siguiente conversación, el soneto que escribí a propósito de su
soneto “La calavera, el corazón secreto”, el verso que dice “soy un hombre que
escribe en un cuarto de una casa”. Hice un ejercicio retórico, puramente
retórico a partir de Borges y Quevedo. Cómo puedo decirle...
J.L.B.: Lo había olvidado ese poema... es la primera
persona que me lo recuerda...
J.J.A.: Ahora no le voy a decir cómo va porque se lo voy
a decir mañana, esto es sólo un pasaje...
J.L.B.: ¿Cómo es? “La calavera, el corazón secreto...”.
J.J.A.: Pero no me acuerdo. “El golpe de la sangre que no
veo...”.
J.L.B.: Claro, sí, del esqueleto que no veo... Y luego yo
me refiero a la espada del coronel Borges, de mi abuelo, y digo: “soy también
la memoria de una espada”.
J.J.A.: “Soy también la memoria de una espada”. Y otra
cosa, mire, a propósito de dos o tres sonetos vamos a platicar porque también
en cierta calle hay una casa, se acuerda usted, con su timbre y su número trece
y un aroma, un olor a perdido paraíso. La nostalgia de una vida más bella. Creo
que usted se acuerda de “El otoño de la Edad Media”, donde se habla de la
nostalgia de una vida más bella. ¿Por qué el hombre ha podido o querido suponer
que puede haber un paraíso perdido, que puede haber una vida mejor?
J.L.B.: Bueno, qué raro que usted me hable de eso. Estaba
pensando en un diálogo bastante difícil donde Adán está pensando y reconoce que
verdaderamente el paraíso no era para tanto, pero a él le gusta pensar que era
muy divino porque lo ha perdido. Lo que realmente no importa y que es exagerado
por los poetas después. Me recuerda un poco a Milton, pero era el paraíso o era
con cualquier otra cosa.
J.J.A.: No se imagina, Jorge Luis, cómo he estado de
cerca en estas tres últimas semanas. Nada más le voy a decir unas líneas del
soneto que escribí por usted, que dice: “Cómo puedo decirme a mí quién soy / si
de Quevedo y Borges el atuendo verbal dice burlando, / ¿estás yaciendo? / Lugar
de tiempo en el espacio estoy, / estoy aquí conmigo el día de hoy / en
monótonas líneas describiendo esta nada. / Palabras sin estruendo / avisan en
silencio a dónde voy”. Viene de Borges y de Quevedo. Ya en el programa se lo
voy a decir completo...
J.L.B.: Entonces no he escrito yo en vano mis sonetos...
J.J.A.: ¡Por dios santo!
J.L.B.: Si fue un estímulo...
J.J.A.: Bueno, usted sabe que fueron desde 1942 los
libros, pero el primer encuentro con Jorge Luis Borges ocurrió en la “Revista
de Occidente” en 1924.
J.L.B.: Ah, claro.
J.J.A.: El artículo aquel.
J.L.B.: Sobre Quevedo.
J.J.A.: Se lo publicó Alfonso Reyes. Yo creo que él lo
dio a la revista, o la revista directamente.
J.L.B.: Vamos a resolver hoy que lo publicó Alfonso
Reyes. No cuesta nada modificar el pasado.
J.J.A.: Acaba de decir usted una cosa que me importa
mucho: la modificación del pasado.
J.L.B.: Claro, es la materia más plástica que hay.
J.J.A.: Hay un psicólogo teólogo, Viktor Frankl, que ha
dicho una cosa que me parece muy bella, no sólo dentro del ámbito
cristiano-católico sino más allá de él, que dice: “El arrepentimiento modifica
el pasado”.
J.L.B.: No, el que dijo eso fue Oscar Wilde.
J.J.A.: ¿Me lo dice mañana eso? Es precioso.
J.L.B.: Oscar Wilde, Oscar Wilde. Es lindísimo.
J.J.A.: Sí porque Oscar Wilde era un hombre muy profundo.
Pero usted ya lo dijo una vez.
J.L.B.: Oscar Wilde era un hombre... Uno se encuentra con
ideas asombrosas. Todo está dicho con tal elegancia, con tal diligencia que...
Pero claro, fue un hombre extraordinario Wilde, y lo que él dijo que había
puesto su genio en su vida y su talento en su obra, o mi talento en la obra de
mi genio y mi vida. Pero uno siente ese genio en él, es más allá de los
argumentos de las comedias o de las páginas así, un poco decorativas de “Dorian
Grey”; se siente que era un hombre extraordinario...
J.J.A.: ¿Se acuerda del original de su ensayo cuando dice
por qué Chesterton, que era un hombre tan hecho, tan fuerte, tan católico, tan
todo, nos lleva al mundo de la pesadilla? Y a pesar de los hábitos de la
desdicha y del mal, la obra de Wilde respira una felicidad.
J.L.B.: Una inocencia.
J.J.A.: Ese es uno de los misterios que también debemos
rozar un poco.
J.L.B.: Es que Wilde es tan bueno. Lo que yo
publiqué fue una traducción de “El príncipe feliz”.
J.J.A.: Increíble lo de “El príncipe feliz”, “El gigante
egoísta”, “El ruiseñor y la rosa”... Bueno, yo creo, Jorge Luis Borges, que ya
no vale la pena que le quite más tiempo y que estemos más tranquilos para
mañana, porque lo único que quiero es que a pesar de que esto sea una cosa que
nos reúne, un canal de la televisión, quiero que todo aparezca, y ya me doy
cuenta de que usted así lo quiere también. Que sea una conversación pura entre
nosotros dos.
J.L.B.: Va a ser un placer, podemos olvidarnos de la
televisión incluso.
J.J.A.: Nos olvidamos totalmente. Pues ya siento desde
ahora la alegría de mañana y de pasado y la alegría de saber que está usted
aquí en México.
J.L.B.: Y yo estoy sintiéndolo.
J.J.A.: Porque imagínese usted, cuando comencé a leerlo y
a conocerlo, cuándo iba a imaginarme que la vida y los azares de la literatura
y de la lectura me iban a llevar...
J.L.B.: Todo está hecho, todo está previsto. La armonía
preestablecida de Leibnitz...
J.J.A.: Todo debe obedecer finalmente a un orden.
J.L.B.: Todo corresponde a un dibujo, no hay ningún
secreto.
J.J.A.: Y todo se condensará finalmente en la unidad.
Bueno, ya platicaremos mañana...
J.L.B.: Caramba, es un tema infinito. Al principio es un
caos, aunque un dibujo...
J.J.A.: “Les obscurs designs de la providence”. Los
obscuros dibujos de la providencia.
J.L.B.: Es cierto, sí.
J.J.A.: Creo que eso era de Cocteau. No me podía acordar
anoche del lugar, que Papini tiene una frase semejante cuando un emperador
romano o un cónsul dice: “Yo reclamo para mí ese infame privilegio”.
J.L.B.: Qué linda. Son frases latinas.
J.J.A.: Dice: “Reclamo para mí este infame privilegio”.
J.L.B.: Qué raro, ¿por qué el idioma cuando una frase
sale bien parece traducida del latín, eh?
J.J.A.: Ahí lo tiene usted.
J.L.B.: Sí, yo no sé, hay algo, tiene algo el latín.
J.J.A.: Sí algo de mágico. Pero usted, cuando escribió
sobre Quevedo, ¿cómo dice en sus páginas lapidarias? “El español parece volver
al arduo latín de Séneca y Lucano”.
J.L.B.: Que eran españoles.
J.J.A.: Eso, al enérgico latín de la Edad de Plata.
J.L.B.: La Edad de Plata fue mucho más sentenciosa,
porque es de Plinio también.
J.J.A.: “Razonaba oro y no metal bajo, tantos quilates
subía su lenguaje”. Ahí el español es lo que usted dice, llega a ese nivel
tremendo, sin partículas, ¿verdad? La piedra seca. “Fatigó con felicidad la
literatura griega”. También lo dice Quevedo en el “Marco Bruto”. Yo me dediqué
a buscar, cuando más me había impresionado a mí. Quería recordar... ¿Cuál fue
la frase que le impresiono más a usted? Porque Bécquer en un cuento habla de
los monteros que fatigan el eco de los montes.
J.L.B.: “Fatigar las selvas”, es Virgilio.
J.J.A.: Y de ahí lo tomó Góngora.
J.L.B.: Claro, sólo que Góngora puso “a peinar el viento”,
que es horrible.
J.J.A.: Y “fatigar la selva”.
J.L.B.: “Peinar el viento” es imperdonable.
J.J.A.: No se puede. Pero inmediatamente viene...
J.L.B.: Pero inmediatamente viene Virgilio y lo salva.
J.J.A.: Pero él dice: “peinar el viento, fatigar la
selva, en vano pula en la maestra mano el generoso pájaro su pluma”. Ahí sí
está en eso; eso podemos dejar para mañana, Quevedo y Góngora, porque ahora me
gustaría estar todavía más sencillos. Pocas veces...
J.L.B.: Dígame algo del significado de la palabra “mero”
en México, “en la mera puerta”, precisamente en la puerta.
J.J.A.: También cuando alguien le pega a otro dicen: “le
dio en la mera madre”. Por ejemplo, cuando se da el balazo “en la mera madre”. “Ya
mero” es ya casi.
J.L.B.: Ah, “mero” es “casi”.
J.J.A.: Porque...
J.L.B.: Tengo un empleo muy raro de “very” en inglés, de
Kipling, donde habla de Roma, dice que al fin hemos llegado a Roma, que es “la
mera Roma”.
J.J.A.: La traducción sería: “Estamos en la mera Roma”.
J.L.B.: Eso se entiende en México. En Buenos Aires podemos
decir “en la mera Roma”, pero sería despectivo, peyorativo.
J.J.A.: Sería peyorativo.
J.L.B.: Sí, pero “the very Rome” está bien. En latín
sería “Roma excisima”...
J.J.A.: Yo desgraciadamente el inglés no lo he podido
frecuentar y sólo leo fichas de enciclopedia, porque no he podido nunca
entender el inglés, ni estudiarlo, y eso que he estado meses en Estados Unidos.
En cambio el francés sí se me dio, nunca tomé un libro de francés...
J.L.B.: A mí me ocurrió lo contrario, que en casa
hablamos inglés y español y luego yo tuve que estudiar francés.
J.J.A.: Lo tuvo que estudiar.
J.L.B.: Y yo me enseñé alemán y luego me enseñé por medio
de un programa anglosajón, hemos hecho la “Antología anglosajona”.
J.J.A.: Y eso ya va a salir.
J.L.B.: Eso se publica en diciembre en Chile. Me gusta
que sea Chile por aquello de la decadencia actual de argentinos y chilenos.
J.J.A.: ¿Y también habló usted de una biografía de Snorri
Sturluson?
J.L.B.: Esa la dejamos haciendo.
J.J.A.: Oiga, le quiero preguntar esto...
J.L.B.: Qué lindo nombre, Snorri Sturluson.
J.J.A.: Yo lo repito maniáticamente, pero quiero saber si
es suya la frase o está tomada de un texto antiguo, que es una de las frases
más tremendas para mi vida personal, le ruego que me consuele. Dice: “Snorri
Sturluson no fue un traidor sino un hombre desgarrado hasta el fondo de sí
mismo por sucesivas y contradictorias lealtades”.
J.L.B.: Desgraciadamente es mía esa frase.
J.J.A.: ¡Borges!
J.L.B.: Qué le vamos a hacer.