21 de marzo de 2026

La Argentina entre las contradicciones, las incoherencias y las mentiras de un presidente cipayo

Según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), una contradicción es un “conjunto de proposiciones que al oponerse recíprocamente se invalidan”, y pone como sinónimos los sustantivos “incoherencia” y “necedad”. Al primero lo define como “cosa que carece de la debida relación lógica con otra”, y al segundo como un “dicho o hecho necio”. Se refiere a incongruencias, absurdos, desatinos, locuras, barbaridades y tonterías como sinónimos de incoherencia, y a estupideces, imbecilidades, idioteces y tonterías como sinónimos de necedad. Psicológicamente, la incoherencia implica una falta total de relación lógica entre varias ideas, acciones o cosas. Es un fenómeno complejo que se manifiesta en múltiples dimensiones de la vida humana, desde el pensamiento individual hasta las interacciones sociales. Y en cuanto a su sinónimo “contradicción”, se dice que simboliza la coexistencia de pensamientos, creencias, deseos o comportamientos lógicamente incompatibles entre sí. Decir una cosa hoy y lo contrario mañana, conlleva la idea tanto de incoherencia como de contradicción. Supone una falta de fiabilidad o una falsedad que, forzosamente, refleja la ausencia de principios sólidos, la inmadurez emocional o incluso un intento deliberado de manipular a otros para obtener un beneficio personal.
Allá por 1781, el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) decía en “Kritik der reinen vernunft” (Crítica de la razón pura), un ensayo en el que exploró los límites y las capacidades de la razón humana, que no era posible que se afirmara y se negara algo de un mismo sujeto, lo cual constituía una contradicción irresoluble. Años después, en 1886, otro filósofo alemán, en este caso Friedrich Nietzsche (1844-1900), afirmaba en “Jenseits von gut und böse” (Más allá del bien y del mal) que las contradicciones no eran errores, sino que formaban parte de la esencia misma de los seres humanos.
¿Será así? Pareciera que hoy en día se da por sentado que las contradicciones son tomadas como algo natural y ante ellas predomina la indiferencia y no causan ningún escándalo. En “Philosophiske smuler eller en smule philosophi” (Migajas filosóficas o un poco de filosofía), el filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855) aducía que los escándalos se producían a partir del choque entre las contradicciones y la inteligencia. Entonces, ante la situación actual de una Argentina atravesada por un complejo entramado de inestabilidad política, económica y social, ¿es justo preguntarse si lo que predomina en buena parte de su población es la falta de concientización? ¿O será que tenía razón el escritor francés André Breton (1896-1966) cuando le dijo poco antes de morir a su amigo el director de cine hispano-mexicano Luis Buñuel (1900-1983) que “es triste tener que reconocerlo, pero ya nadie se escandaliza”, tal como este último recordó en su libro de memorias “Mi último suspiro”?
Porque basta con hacer un repaso sobre las contradictorias declaraciones del actual presidente para preguntarse si no son escandalosas y merecen el repudio de los argentinos. Si cualquier ciudadano se respaldara en el viejo refrán “para muestra basta un botón”, podría encontrar decenas de contradicciones en las aserciones del libertario y anarco-capitalista Javier Milei (1970), el “Javo”, el “León”, el “enviado de Dios”, tal como lo llaman sus seguidores. Polémicas declaraciones que incluso internacionalmente son calificadas como “sin fundamento y cargadas de contradicciones”, y en general -salvo en aquellos espacios privilegiados por sus políticas económicas- se resalta que su extravagancia grotesca, entre violenta y desequilibrada, llama la atención como una caricatura de la ultraderecha.


Como muestra de sus incesantes declaraciones contradictorias podría mencionarse la que hizo sobre el Papa Francisco en 2023 cuando aseveró que 
“el papa Francisco es un imbécil, es el representante del maligno en la Tierra. Siempre está parado del lado del mal porque apoya los impuestos. Tiene afinidad por los comunistas asesinos y viola los Diez Mandamientos al defender la justicia social”, para dos años más tarde declarar que “con profundo dolor me entero esta triste mañana que el Papa Francisco, Jorge Bergoglio, falleció hoy y ya se encuentra descansando en paz. A pesar de diferencias que hoy resultan menores, haber podido conocerlo en su bondad y sabiduría fue un verdadero honor para mí. Como presidente, como argentino y, fundamentalmente, como un hombre de fe, despido al Santo Padre y acompaño a todos los que hoy nos encontramos con esta triste noticia. Fue incansable su lucha para proteger la vida desde la concepción, promover el diálogo interreligioso y acercar la vida espiritual y virtuosa a los más jóvenes. Concédele, oh Señor, el descanso eterno y que la luz perpetua le brille. Que descanse en paz”.
En una entrevista televisiva en el año 2021 se refirió elogiosamente hacia quien fuera ministro de Economía entre marzo de 1991 y julio de 1996, y entre marzo y diciembre de 2001: Domingo Cavallo. “Cavallo hizo la Convertibilidad y Argentina tuvo un incremento de la producción como nunca en la historia. Yo hablo con Cavallo, mantengo frecuentes diálogos con él. Discutimos de economía, hablamos de economía, recibo sus consejos. Para mí es un honor hablar con Cavallo. Fue el mejor ministro de Economía de toda la historia”. Pero en 2025, cuando Cavallo cuestionó el sostenimiento del atraso cambiario como política anti inflacionaria, Milei lo calificó como un “impresentable”. “No vamos a devaluar de ninguna manera” -declaró-, y recordó que “cuando él era ministro de Economía insultaba a todo el mundo cuando hablaban de devaluación y defendía el tipo de cambio de la convertibilidad. Nosotros tenemos equilibrio fiscal, él no tenía. Este programa económico es mucho más exitoso que la convertibilidad porque no tuvimos que tener una hiperinflación para hacerlo”.
Otro ejemplo es lo que dijo sobre Luis Caputo en 2017 cuando era ministro de Finanzas de la Nación en el gobierno de Propuesta Republicana (PRO): “Caputo se fumó más de US$ 15.000 millones de reservas irresponsablemente, ineficientemente. Lo que quería hacer era utilizar las reservas para tener más grado de libertad en hacer la política monetaria. Se terminó en el Fondo Monetario Internacional, y qué le dijo el FMI: ‘No te voy a poner guita adentro del Banco Central para patinarte una aventura electoral’”. En 2025, siendo su ministro de Economía, aseguró que “Caputo, por lejos, es el mejor ministro de Economía de toda la historia argentina. Había sólo una forma de cortar el nudo gordiano que significaba el desastre heredado y era estabilizando la economía, el aspecto más urgente era el descalabro inflacionario que nos tenía a las puertas de una hiperinflación, y la raíz de la inflación era una emisión monetaria que derivaba del déficit fiscal. Lo hizo Caputo, el mejor ministro de Economía del mundo”.
Durante la campaña electoral en 2024, aseguró que la candidata a presidenta Patricia Bullrich “en los ‘70 participó en una organización terrorista. Fue una montonera tira bombas que tiene las manos manchadas de sangre. Puso un artefacto explosivo en el jardín de una casa del intendente de San Isidro que provocó heridas a la esposa y a una criatura”. Pero a pesar de ello, al ganar las elecciones, la designó como ministra de Seguridad Nacional y en 2025 declaró que “cuando nosotros asumimos había cerca de ocho mil piquetes por año, y decían que era imposible terminar con los piquetes. Nosotros terminamos con los piquetes de la mano del trabajo enorme de la doctora Bullrich. Hay que elogiar el accionar implacable de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, la formidable y maravillosa ministra Patricia Bullrich”.
También se refirió a la ex presidenta y por entonces vicepresidenta Cristina Kirchner en 2022: “En términos históricos, Cristina Fernández de Kirchner es la mujer más importante de la historia argentina en la política. Fue dos veces presidente y ahora es vicepresidente. Si es corrupta que lo determine la Justicia, yo no voy a caer en esa trampa”; para luego, en 2024, bramar: “Cristina es una chorra, una delincuente. No hay mayor estafadora en la historia argentina que ella. Me encantaría meterle el último clavo al cajón del kirchnerismo con Cristina adentro”. Un cambio de opinión similar al que se produjo con su actual vicepresidenta y presidenta del Senado de la Nación Victoria Villarruel, cuando en 2023, durante la campaña electoral, aseguró: “La mujer brillante que me acompaña en la fórmula es la señora Victoria Villarruel porque es una persona íntegra, brillante, honesta, y trabajamos de manera en que nos complementamos muy bien”; para pasar a opinar en 2025, cuando ella propuso una actualización de las partidas presupuestarias para el Senado, que era “una bruta traidora que dijo que lo iba a financiar con treinta millones. Sugiero que antes de hacer chicanas aprenda a sumar dos más dos”.
También se contradijo en su opinión sobre el expresidente Mauricio Macri, sobre el que, durante la campaña electoral de 2023, dijo: “La gente subestima el rol patriótico de Macri. No fue candidato por una cuestión patriótica. Él tuvo un gesto de grandeza, porque al correrse sacó de la cancha a Cristina Kirchner. Al hacerlo, terminó con la grieta entre el macrismo y el kirchnerismo. Se corrió y dejó sin sentido a Cristina, que tuvo que salir a buscar un heredero. Durante su mandato tenía las ideas y la dirección correctas, sólo hubo un problema con la velocidad. Él también quiere una Argentina mejor, yo lo que pondero mucho de Mauricio Macri”. Pero, dos años después, en 2025, declaró: “Yo entiendo que para algunas cosas está grande y no las entiende y su espacio parece que tampoco las entiende. Macri no entiende nada de economía, quizás deba entender que su momento pasó. Es un llorón y parece un chico de cristal”.
Asimismo, fueron contradictorias sus opiniones sobre los miembros de la Asamblea Legislativa, a los que ya despreció cuando dirigió su mensaje de asunción de espaldas al Congreso Nacional en diciembre de 2023. Poco después diría que “el Congreso es un nido de ratas y ladrones. Sus integrantes son cucarachas, delincuentes, traidores, corruptos, símbolos de casta. Se aumentan el sueldo y no pierden nunca. Tienen que decidir si están del lado de la libertad o de los privilegios. No necesito del Congreso para salvar la economía”. Sin embargo, recientemente, durante la inauguración de las sesiones ordinarias, después de que tanto los diputados como los senadores le aprobaran la retrógrada ley de “modernización” laboral, declaró que: “tenemos el Congreso más reformista de la historia y la fuerza suficiente para hacerle frente a cualquier golpe político que quieran llevar adelante. Nunca el Congreso tuvo una composición tan reformista como esta. Le pusieron un freno a los degenerados fiscales que intentaron destruir el superávit fiscal que los argentinos con tanto esfuerzo logramos construir”, e invitó a los diputados y senadores a un asado en la Quinta Presidencial de Olivos para “agradecerles el trabajo realizado”.
En cuanto a las relaciones con China, conocida como el “gigante asiático” por su liderazgo comercial que supera incluso a los Estados Unidos en el volumen de exportaciones, y por su enorme innovación y desarrollo tecnológico llevado adelante por medio de una planificación estatal centralizada, en 2024 quien se autodefinió como un “topo” infiltrado para destruir el Estado desde adentro ya que el mismo es una “organización criminal”, opinó que “el comunismo chino es una amenaza para Occidente. No voy a hacer negocios con China, no voy a hacer negocios con ningún comunista. Yo soy un defensor de la libertad, de la paz y de la democracia. Los chinos no entran ahí”. Aun así, apenas un año y medio después flexibilizó significativamente las importaciones desde China ya que, según declaró: “China me ha sorprendido gratamente. El gigante asiático es un socio comercial muy interesante porque ellos no exigen nada. China es un gran socio comercial de la Argentina lo que implica un montón de oportunidades para expandir mercados”.


Vistos todos estos ejemplos cabe preguntarse ¿qué son estos testimonios? ¿Son contradicciones? ¿son incoherencias? ¿son necedades? ¿O simplemente son afirmaciones egocéntricas e interesadas, según el momento en que fueron dichas, para obtener algún beneficio? Dada la situación caótica que vive la Argentina hoy en día, con el cierre de más de veinte mil empresas, con la pérdida de más de trescientos mil puestos de trabajo registrados, con un nivel de empleo informal sin seguridad social ni aportes jubilatorios que alcanza al 43% de la fuerza laboral, con una pobreza que afecta al 40% de la población, con jubilaciones y pensiones que apenas cubren el 25% de la canasta básica, con el profundo desfinanciamiento de la ciencia, la salud, la educación y el arte, con los escandalosos casos de corrupción, etc. etc., no queda más que pensar que fueron expresiones de un sociópata que, en tan sólo dos años de gobierno, rodeado de un grupo de funcionarios “afortunados” y apoyado por una docena de empresarios “ilustres”, no hizo más que gobernar para favorecer a los sectores más ricos en desmedro de los trabajadores y los sectores más vulnerables.
Quien desde hace años critica a la “casta” política, es decir a aquellos que, según sus propias palabras, son los grupos políticos poderosos que promulgan políticas que causan perjuicio a la población y que, para mantener sus propios privilegios, alegan que no existen alternativas viables, parece olvidar que siete de cada diez personas que ocupan puestos de alto nivel en su gobierno tienen antecedentes en gestiones anteriores en las que han mantenido sus prebendas y usado las políticas económicas a su favor. Para defenderse ante quienes lo acusan de pertenecer a la “casta”, en una entrevista declaró: “No soy un político ‘casta’. Sólo fui asesor económico del diputado Bussi en 1994, quien llegó al Congreso mediante el voto popular. Había unos temas que afectaban a la provincia de Tucumán y necesitaban un economista que hiciera el análisis de las leyes que se querían sancionar. Tuve dos contratos con la gente de Bussi por un proyecto que tenía que ver con los cítricos y otro que tenía que ver con la caña de azúcar. Yo hice mi trabajo, se terminó y me fui”. Y recientemente manifestó que “el mandato que se me dio es por cuatro años, con opción a cuatro adicionales dentro de esa regla de juego. Yo juego dentro de esa regla. Para mí, en el 2031 -supongamos que fuera reelecto- me voy a vivir a un campo y voy a estar con mis hijitos de cuatro patas, leyendo, escribiendo y dando conferencias”. Es muy probable que eso ocurra con quien, según su declaración jurada, durante el primer año de su mandato aumentó casi un 500% su patrimonio.
Y a todo esto, ¿qué hacen los ciudadanos argentinos? La actitud de la mayoría de ellos se asemeja a la mujer que la escritora Poldy Bird (1941-2018) describía en uno de sus cuentos: “Una mujer casi nunca está entera. Fue haciéndose de a poquititos y también se morirá de a poquititos. No es una fruta que se desprende de pronto del árbol, es una flor que se va deshojando pétalo a pétalo, avergonzándose de su sufrimiento pero aceptándolo como un rito, como una obligación ineludible o una maldición ancestral”. Parece que así aceptan los argentinos su actual situación. O tal vez relacionan al presidente con el hombre que la misma escritora retrató en otro de sus cuentos: “Lo que un hombre quiere es que volemos cuando él mismo ha cortado nuestras alas. Y quiere que tengamos los colores del arco iris cuando se ha encargado de borrarlos y dejarnos en blanco y negro, como una vieja fotografía de la desolación. Y odia nuestra felicidad, porque la felicidad de los demás no lo hace feliz, como él pregona. Le provoca malestar”. En fin, la historia tendrá la última palabra.

17 de marzo de 2026

Selva Almada: “Por lo general cuando nos hablan del campo escuchamos hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco nos cuentan de la explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón”

La escritora argentina Selva Almada (1973) nació en Villa Elisa, provincia de Entre Ríos. Estudió el Profesorado de Literatura en el Instituto de Enseñanza Superior de Paraná, y comenzó su carrera como escritora en 2003 con la publicación del poemario “Mal de muñecas”. Posteriormente publicó los libros de cuentos “Niños”, “Una chica de provincia” y “El desapego es una manera de querernos”; el libro de crónicas “Chicas muertas” y las novelas “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “No es un río”. 
Sus creaciones literarias han sido traducidas a numerosos idiomas entre los que se encuentran el alemán, el francés, el inglés, el italiano y el portugués, entre otros. 
“Me llevó bastante tiempo sentirme cómoda con la idea de decir ‘soy escritora’ -declaró en una oportunidad- No lo sentía como un oficio. Mi relación con la escritura es extraña. Soy muy errática, no tengo una disciplina de trabajo. Si no hay un proyecto en vista puedo no escribir y no pasa nada, no siento que dejé de ser escritora o que nunca más voy a escribir, pero cuando eso sucede, que sucede de vez en cuando, pienso ‘si lo paso tan bien, si me divierte tanto hacer esto, ¿porqué no lo hago más seguido?’”.
Considerada una autora singular en la Argentina actual por situar el entorno del litoral como eje central de sus relatos, acaba de publicar “Una casa sola”, una novela en la que se aleja del agua para centrar la atención en una parcela de monte en una historia que se despliega entre las cuatro paredes de una casa deshabitada.


Lo que sigue son fragmentos de la entrevista a cargo de Agustina Larrea que fue publicada en el medio de comunicación digital “elDiarioAR” el 15 de marzo de 2026.
 
¿Qué fue primero, la casa, el tono, el paisaje, el espacio? ¿Qué te acordás de los comienzos de este libro?
 
Sin dudas fue la casa. Fue la casa en el sentido de preguntarme qué le pasa a un espacio, a un espacio tan fuerte simbólicamente como es una casa, cuando se vacía. Porque en ese lugar vivía una familia que ya no está. Por supuesto que está también abierta la pregunta de si se fueron, si hay algo siniestro en esa gente, si es una desaparición forzada o qué. Pero bueno, en vez de seguir el rastro de una especie de investigación sobre qué es lo que pasó con esa familia, me quedé pensando en qué le pasa a la casa y qué le pasa a ese lugar que sigue esperando. Un espacio quieto en esa espera y a la vez que empieza a volverse del lugar de donde vino, que es el monte. Que la casa fuera una casa narradora, de todas formas, no estuvo desde el comienzo. Yo había pensado en un narrador omnisciente, muy pegado a la casa. Pero, cuando empecé a escribir, empezó a aparecer cada vez más una voz que podía ser la de la casa. Empezó a confundirse un poco la voz del narrador en tercera con la subjetiva de la casa. Y ahí dije “a ver cómo sonaría si realmente es la casa la que cuenta”.
 
Es un gesto audaz.
 
Sí, para mí fue audaz porque, qué sé yo, nunca lo había hecho. Cuando tiré de la idea de que la casa narrara también pensé “ay, esto puede salir muy mal”. Puede ser o sonar un poco ridículo. Pero sentí que ya había un tono con el que me daban ganas de seguir. Quizás si me hubiese planteado de entrada “va a hablar una casa” tal vez hubiera fracasado. Después, ya pensando que la casa era la que narraba, quise evitar los lugares comunes, o no pensar a la casa como piensa una persona. Fue pensar alrededor de la pregunta de cómo puede contar un espacio físico y cómo puede contar alguien que se siente parte de un territorio y parte de una historia que la excede. Porque esta casa particular sale del monte, es parte de esa tierra. Como mis novelas por lo general suelen ser breves también en algún momento llegué a plantearme “¿no será muy pesado solamente estar escuchando el runrún de la casa durante todo el trayecto?”. Así también apareció esto de que el monte estuviera tan presente con esa segunda voz que es la del monte, o la de un narrador muy ligado al monte.
 
De hecho, en tus libros el espacio de la naturaleza o del monte siempre está, pero acá queda la impresión de que hubo de tu parte una suerte de torsión muy fuerte, de mucha investigación. Desde la gran cantidad de nombres de árboles que aparece hasta esas voces gauchescas, digamos, que son como de espectros.
 
Sí, lo de traer estos personajes que viven en el monte sale de algo que había quedado fuera de un guion que escribimos con Maximiliano Schonfeld para la película “Jesús López”. Ahí habíamos armado este grupo de gauchos medio zombis y medio espectrales. Después eso quedó afuera de la película y vino la idea de traerlos y ponerlos en este monte de la novela. Son personajes que se mueven en el monte como en una especie de limbo, de lugar suspendido, sin tiempo, donde conviven con otros espectros de distintas épocas. De hecho. los traigo a la primera escena de la novela, con ellos arranca el libro. Después van apareciendo en distintos capítulos casi como un coro de voces, ellos hablan pero no sabés bien quién es quién. Ahí aparece el episodio de la muerte de Urquiza porque un sector de su ejército era de gauchos. En ese caso, sí, me puse a leer bastante porque la verdad es que no me acordaba mucho de la historia de Entre Ríos que me enseñaron en la escuela ni del día que asesinaron a Urquiza. Buscando en internet llegué a un “paper” de la Facultad de Agronomía donde hablaban de todos los árboles, de las plantas exóticas que él había traído. Contaban ahí que Urquiza era aficionado a la botánica, un enamorado de las plantas, cosa que yo no sabía. La parte de los árboles, toda esa enumeración que hay de cuando lo matan y cuando se describe un poco el palacio está sacado de ahí. Por supuesto que también hay mucho que conozco de la zona porque viví buena parte de mi vida por ahí. Pero después me puse a buscar cómo combinan, cómo suenan los nombres de los árboles cuando aparecen estas enumeraciones, cómo rebotan los nombres entre sí, para que armen algún tipo de música. La sonoridad es una cosa a la que siempre me gusta darle mucha importancia en la escritura. 
 
Aparecen combates de otro siglo, de la época de la Confederación, aparece también un personaje vinculado con Malvinas. ¿Por qué te interesaba indagar en estos episodios históricos concretos, en esos combates?
 
Creo que empezó dándole vueltas a esos gauchos matreros. Hay una cosa ahí de tipos que ponen el lomo para la guerra o que ponen el lomo para el trabajo, en el caso de los personajes de la novela que trabajan en el campo. Todos son, en el fondo, cuerpos subvalorados para la autoridad o para el poder. Así como están los de estas guerras del siglo XIX, también tuvimos la del siglo XX, que fue la guerra de Malvinas. Yo iba a la escuela primaria en ese momento, fui de la generación que escribió cartas para los soldados. Y siempre percibí que, sobre todo lo de los veteranos, fue un tema bastante silenciado. Como si nos avergonzaran los veteranos, tenemos muy negado el rol de aquellos que fueron y que sobrevivieron. Incluso sabemos de la enorme cantidad de suicidios que hubo entre los que pudieron volver, un número que no sé si no fue superior a la cantidad de personas que murieron en la guerra en el campo de batalla. Hay una cosa rara alrededor de Malvinas en este sentido. Por un lado, está la afirmación de que sí, claro que son argentinas. Pero, por otro lado, se le da la espalda a aquellos que fueron a la guerra y se convirtieron en carne de cañón. Además, la mayoría de los chicos que fueron, porque encima eran pibitos, venían de la zona de Corrientes, del Chaco, de Formosa. O sea, gente por la que nadie iba a reclamar. Así que, bueno, un poco esa fue la idea también a la hora de traer a uno de los personajes, que en la novela es El Cortito y estuvo en Malvinas.
 
Hablabas de “carne de cañón” y en esta novela está muy presente tu mirada sobre el mundo laboral, que ya aparecía, por ejemplo, en tu novela “Ladrilleros”. Están las escenas del campo, con personas que empiezan a trabajar siendo niñas, por ejemplo. ¿Por qué te pareció importante volver a poner la mirada ahí?
 
Cuando empecé a pensar por dónde iba a ir la trama de la novela, rápidamente ubiqué que esta casa no es una casa de ricos en el campo, es la casa de unos puesteros, la casa que el patrón le presta a los que trabajan en su campo. Esta gente que desaparece es una familia de peones. Ahí estaba un poco trazado el horizonte que iba a seguir el relato, con estos personajes que se mueven en el mundo del trabajo físico, en un tipo de trabajo muy mal pago también. Por lo general cuando nos hablan del campo, estamos escuchando hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco sabemos o poco nos cuentan, en cambio, de las condiciones de vida, de explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón. Mi abuelo fue peón de campo y desde chica en la familia escuché relatos de la dureza de la vida en estos lugares y en este tipo de tareas. Me interesaba contar ese lado de la historia: el de quienes no poseen la tierra pero la trabajan. En el camino se me aparecían muchas cosas del cancionero folclórico, con Zitarrosa, Viglietti y un montón de cantautores de los ‘60 y los ‘70, donde el tema laboral estaba un poco más presente. Diría que desde el inicio sentí que este relato iba a estar atravesado por una clase social y que era esa clase social generalmente olvidada o silenciada en los grandes relatos.
 
Resulta por lo menos curioso que estas inquietudes que te movían cuando escribías salen a la luz ahora con este libro, con la aprobación de la Reforma Laboral, incluso con el reciente estreno de “Nuestra tierra” de Lucrecia Martel, donde la pregunta sobre la propiedad de las tierras y de las cosas está también en primer plano.
 
Sí, lamentablemente lo de la Reforma Laboral es un tema que parece que siempre está volviendo. Y con “Nuestra tierra” me pasó que la vi en estos días. No la había visto antes, aunque sí sabía más o menos que era sobre el asesinato de Chocobar. Y, claro, dije “wow”, hay muchas preguntas en común que tienen que ver con la propiedad de la tierra. ¿De quién es? ¿del que la habita? ¿del que la trabaja? ¿del que la cuida? Pasa lo mismo con la casa, ¿no? A mí me gustan estas coincidencias, que salgan películas, libros o discos que ronden los mismos universos. Porque a nadie se le ocurren las cosas en soledad. No es que una diga “ay qué genia que estoy pensando en esto”, para nada. Al contrario, me parece que hay un runrún de época que está ahí sobrevolando. Y después cada una lo agarra como puede y lo exprime como puede o lo lleva a cabo como puede. En cualquier caso, no me resulta para nada casual que salga Nuestra tierra y cerca salga este libro. Y seguramente vamos a ir viendo otras cosas que vayan saliendo con estas preguntas rondando.
 
Sobre todo en estos tiempos de crisis habitacional, de imposibilidad de llegar a tener una casa.
 
A mí eso es algo que me horroriza. Empezamos a naturalizar que la gente viva en la calle y se convierta en parte del paisaje cotidiano. Me parece un horror. O sea, que lo naturalice el Estado, pero que también las personas empecemos a naturalizarlo. Que sea normal pasar al lado de alguien que armó su cama ahí, por donde caminamos todos.
 
Más allá de los vaivenes en el tiempo, la novela está traccionada por la desaparición de una familia. No decidiste ir por el lado del policial clásico, pero sí están los investigadores que no investigan y un personaje como el de la Tata, que es una mujer que pese a todo los sigue buscando. Sobre todo para los lectores y lectoras de Argentina, esas mujeres que buscan a sus familiares resuenan de manera particular.
 
Sí, es que creo que toda esa parte de la trama dialoga decididamente con la historia del país. Por otra parte, quería que esta desaparición ocurriera en democracia. Realmente me asombra cuando empezás a mirar la gran cantidad de gente que ha desaparecido después del ‘83 y de los que no se sabe nada. Desde niños y mujeres, que podemos suponer que son víctimas de redes de trata de personas, hasta hombres grandes. Los vemos todo el tiempo, por ejemplo, en las pantallas que hay en los aeropuertos. ¿Dónde está esta gente? ¿Qué pasa? ¿Por qué no los encuentran? La pregunta que me surgía es por qué a esa gente nadie la busca excepto su familia y sus amigos. Y creo que la mayoría de las veces es porque se trata de gente con muy pocos recursos económicos. En ese contexto me interesaba la voz de la Tata, como la madre que se sobrepone a todo y sale a exigir respuestas. En nuestra historia reciente tenemos a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las madres de la trata, las mujeres detrás de muchísimas búsquedas. Mujeres que aun no teniendo recursos ni teniendo herramientas se las inventan y se las ingenian para reclamar por los suyos. Yo no tengo hijos, pero me imagino que para una mujer que sí los tiene lo peor que le puede pasar es que le desaparezcan o que maten a su hijo. Entonces me imagino que si te sucede lo más extremo que le puede suceder a una madre, en un punto no te importa nada, no te importa el poder, no te importa cuán poderoso sea el otro que está enfrente. Al menos en el personaje de la Tata está reflejado esto: ella empieza a volverse gigante con sus pocos recursos y aunque tampoco llega a encontrar respuestas nunca deja de buscar.
 
Escribís escenas muy vívidas sobre esos espacios de tu infancia en Entre Ríos, pero para hacerlo te viniste a vivir a Buenos Aires. ¿Cómo funciona para vos ese ir y venir en la memoria?
 
Creo que tiene que ver más que nada con la evocación. Que muchas veces también son ficciones de esos paisajes que una arma. Son construcciones literarias, quiero decir. Quizás alguien que vive en el monte lee el libro y no se siente muy identificado con ese mundo. Aunque voy frecuentemente porque mi familia sigue viviendo en Entre Ríos, lo que escribo tiene mucho de memoria, de los primeros años de vida, de la infancia. La mía fue una infancia muy cercana a la naturaleza, la casa de mis abuelos estaba en las afueras del pueblo, casi donde el pueblo ya había terminado. Además eran los años ‘80, y todavía había espacios con esa naturaleza un poco así agreste o salvaje. Entonces sí, yo siento que cada vez que me pongo a escribir todo el tiempo estoy como volviendo a esos primeros años de vida, a esos calores y a esos veranos.

14 de marzo de 2026

Entretelones de la amistad entre Osvaldo Soriano y Osvaldo Bayer

Osvaldo Soriano (1943-1997) no sólo brilló como creador de ficciones sino que también lo hizo como periodista. Primero, en sus crónicas "de cabotaje" como él mismo las definía, las de los tiempos de la revista "Panorama" y el diario "La Opinión", cuando a los demás periodistas los mandaban a lugares remotos del extranjero y a él se lo enviaba al interior del país, el patio de atrás lleno de anónimos antihéroes que rescató del olvido. Después, durante su exilio, en "Il Manifesto" de Italia, "Le Canard Enchainé" de Francia y en los artículos que la emblemática revista "Humor" se atrevió a publicar en la Argentina. Y, luego de su retorno al país, en "Página/12", diario que no sólo contribuyó a fundar y moldear sino que convirtió en su tribuna para develar, desde sus contratapas dominicales, todo aquello que se les iba quitando a los argentinos, desde la dignidad a la alegría, culpando a los sátrapas del gobierno, de la City financiera o del negocio del fútbol, la prensa o las editoriales.
Fue trabajando para la revista "Semana Gráfica" cuando tuvo la oportunidad de conocer a Osvaldo Bayer (1927-2018), el escritor y guionista cinematográfico autor, entre otros, de "Los anarquistas expropiadores y otros ensayos", "Rebeldía y esperanza", "La Patagonia rebelde" y "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia". En el prólogo a "En camino al paraíso", la obra que Bayer publicó en 1999, el propio Soriano lo cuanta así: "La primera vez que hablé con Osvaldo Bayer fue en 1970, por teléfono, y no fue una conversación simpática. Yo era redactor de 'Semana Gráfica', me habían pedido que escribiera un breve aniversario del fusilamiento del anarquista Severino Di Giovanni ocurrido en 1930. No encontré nada más natural que comprar el libro histórico de Bayer y tomar de allí todos los datos. Comodidad u osadía, la pagué cara: Bayer me llamó, se presentó y me dijo de todo. Al colgar me quedó de él una falsa imagen: la de un tipo intransigente y de pocas pulgas. Nada de eso: con el tiempo supe que con sus amigos y adversarios leales es uno de los hombres más tiernos y de mejor humor que tiene este país. En 1976 me lo encontré en la Feria del Libro de Frankfurt mientras Vargas Llosa hacía sus discursos en inglés. Había otros argentinos y muchos latinoamericanos exiliados. Le recordé el sofocón que me había hecho pasar, se echó a reír y fuimos a tomar un café para hablar de lo que pasaba en la Argentina y de qué se podía hacer desde afuera para dificultar el plan criminal de los militares. Hablamos también de nuestras carencias de expatriados y Bayer me preguntó si tenía plata como para ir tirando mientras conseguía algún trabajo. Le dije que no se preocupara, que ya saldría algo. Nos despedimos muy tarde y al día siguiente volví a Bruselas. Una semana después del encuentro con Osvaldo Bayer recibí una carta de Alemania. La abrí en seguida en busca de nuevas noticias, de algún plan de operaciones lejanas. En lugar de eso había un giro por una extraña suma: 1.527 marcos con cincuenta, o algo así. Con una esquela breve: 'Osvaldo: cobré un trabajo que me debían. Te mando la mitad. Un abrazo'. Y la firma de Bayer. No me mandaba un préstamo de amigo sino el auxilio de un anarquista fiel a su ideal: exactamente la mitad de lo que había cobrado. Sin explicaciones ni fecha de reintegro. Había encontrado a un tipo en apuros y compartía lo que tenía. Le escribí para agradecerle, pero me contestó hablando de otra cosa. Nunca, desde entonces, pude tocar el tema con él; se molestó la vez que intenté hacerlo y de algún modo me sugirió que de esas cosas no se habla".


Osvaldo Bayer rememoró aquella anécdota en el libro "Osvaldo Soriano. Un retrato", que el escritor y cineasta Eduardo Montes Bradley (1960) publicó en 2000: "Como toda buena amistad, a veces empieza con una gran pelea, con un gran altercado. Mi primer contacto con Osvaldo fue cuando leí una nota allá por el año '72. Creo que fue en 'Vea y Lea' donde apareció una nota sobre Severino Di Giovanni que me indignó. Entonces, llamé al periódico, pedí hablar con el director y el director puso pies en polvorosa -como se decía antes-, y me dijo: 'Te voy a dar con el redactor que escribió eso y aclarálo con él'. Apareció Osvaldo y le dije: '¿Usted es el redactor del artículo? Usted no sabe nada de nada, usted es un burro, usted es un ignorante. ¿Cómo va a escribir sobre alguien del cual no ha estudiado nada ni leído nada? Además está dando la versión policial'. 'Bueno, pero escúcheme', me dijo. 'No lo escucho nada -interrumpí-; además, usted es poco hombre'. La cosa fue subiendo de tono, yo fui subiendo de tono. Osvaldo trataba de explicarse en forma bastante educada. Pero, finalmente, lo mandé al diablo y colgué. Ese fue el inicio de una gran amistad que tuve con Osvaldo Soriano. La segunda vez que nos vimos fue en la Feria del libro de Frankfurt del año '75. Él se me presentó y me dijo: 'Yo soy Osvaldo Soriano, al que usted le gritó tanto por un artículo sobre Di Giovanni'. Lo dijo con una gran humildad. Para entonces, yo Osvaldo Bayer, ya me había olvidado del incidente, y a partir de ese momento realmente compartimos muchos momentos lindos de la vida".
Hay un par de nimias diferencias entre ambas versiones: el encuentro fue en 1976 para uno, en 1975 para el otro; la revista era "Semana Gráfica" para uno, "Vea y Lea" para el otro. Son sólo detalles insignificantes que no menoscaban el valor de la anécdota. La amistad entre ambos duró hasta la prematura muerte de Soriano, quien había definido a Bayer como "un hueso duro de roer". "Sin él -dijo Soriano de Bayer- sería más fácil olvidar".
Ambos escritores tuvieron que exiliarse entre 1975 y 1983 tras ser amenazados primero por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) durante el último gobierno peronista y después por la dictadura militar del llamado Proceso de Reorganización Nacional. Soriano se exilió un tiempo en Bruselas, Bélgica, y luego en París, Francia. Bayer hizo lo propio en Linz am Rhein, Essen y principalmente en Berlín, Alemania. Durante los años que pasaron en el exilio ambos compartieron la angustia, la incertidumbre, la falta de noticias, los problemas de residencia, la dificultad para arreglárselas en los primeros tiempos. Se visitaron y se vieron infinidad de veces, pero sobre todo mantuvieron una correspondencia en la que compartían las vicisitudes cotidianas de vivir solos con una máquina de escribir en un país lejano.


El 16 de junio del ‘77, Soriano le avisó que lo visitaría en Essen: “Además de verte -le escribió-, de lo que tengo unas ganas bárbaras es de llevarme la máquina de escribir para darle a la tecla, porque tengo, ya te lo dije, una historia en marcha y los últimos días no he hecho un carajo. Como sé que vos sos un buen laburante, creo que eso me alentará al trabajo. En general es que tengo el sueño tan cambiado que casi me paso las noches en vela y apoliyo de mañana, lo que es en realidad un problema para los demás, porque la noche es mi mejor hora de trabajo”.
Cuando llegó, después de saludarse con afecto, Bayer le dijo jocosamente: “No me digas. ¿Así que sos contador de patos en Bruselas?”. “Fui a la municipalidad a pedir trabajo -le contestó Soriano- y me ofrecieron ser contador de patos y cisnes en los lagos de Bruselas. Es un laburo muy lindo. Son estas cosas de los europeos”, y le amplió el hecho con detalles socarrones mientras Bayer lo escuchaba con afecto. Para los dos, las bromas eran una manera de sobrellevar el dolor del exilio. Bayer lo contaría años después en “Las cartas del exilio”, un artículo que apareció en la edición del 28 de enero de 2007 de “Radar”, el suplemento literario del diario “Página/12”. “En las cartas de Soriano se puede medir el vivir diario, los problemas diarios. Todo en lenguaje argentino. El me escribe desde Bruselas, yo le contesto desde Essen, en la cuenca del Ruhr alemán. Luego me escribió desde París y yo le contesté desde Berlín”. A lo largo de la nota Bayer contó detalles de las cartas que se enviaron mutuamente después de sus encuentros en la Biblioteca Iberoamericana de Berlín en 1979, en un acto por los desaparecidos en la Argentina realizado en Sitges, España, en 1982, en el Festival de cine de Berlín en 1983, etc.
Entre otras anécdotas Bayer contó: “El 22 de marzo del ‘77, me escribe Soriano desde Bruselas: ‘Miro tu carta del 23 de diciembre y me parece penoso haber dejado pasar tres meses sin contestarte. Sí, parezco Perón, aunque ahora me agarra la duda de si te mandé el libro (aquí Soriano se refiere a ‘Triste, solitario y final’). Aunque creo que no. Me alegro que tus cosas vayan bien en lo que a trabajo se refiere. Yo, por mi parte, todavía estoy en pelotas y lo que me viene salvando hasta ahora son los pagos de anticipo por el libro; la editorial Fayard me tiró cinco mil francos (en realidad, cuatro, porque el fisco se quedó con mil), y con eso voy tirando; ahora estoy a punto de firmar con la editorial alemana Suhrkamp que, miserables, anticipan apenas mil marcos. De todas maneras, me será útil que el libro aparezca y no estoy en condiciones de negarme'. Después me describe cómo es su primera casa del exilio: ‘Me vine a vivir a una antigua casa burguesa del siglo pasado, llena de vitrales increíbles, en la que no pagamos nada, porque es de la iglesia y con un buen verso nos la dieron por lo menos para un año y medio si fuera necesario. Yo tengo la planta baja, que son dos piezas, una para el apoliyo y otra para escritorio, en una esquina, que las puse muy habitables: enfrente hay un parque con lago y la vista no es mala. Uno se olvida de vez en cuando que es Bruselas’”.
“Más adelante describe más el mal momento: ‘En verdad no sé cómo carajo voy a sobrevivir dentro de tres meses, pero supongo que dios proveerá como lo viene haciendo hasta ahora. La segunda novela (‘No habrá más penas ni olvido’) me la rechazaron en España con un procedimiento muy jodido, evidentemente con quilombos políticos, porque les había gustado y ya estaba aceptada y a último momento se echaron atrás. Te dejo por ahora -termina su carta Soriano-, haceme saber de vos y los tuyos, cómo anda el trabajo y cómo sobrellevás el trago amargo. Yo empecé a escribir una novela, aquella con Gardel de personaje; el primer capítulo creo que es de lo mejor que escribí, después no sé, porque no releí nada y además sale algo que no esperaba: especie de monólogo, sin diálogos y sin acción, pero bastante fuerte. Lo peor es que no tiene continuidad, como si cada capítulo fueran cuentos separados sobre el mismo tema. A lo mejor es así la cosa. Ya veremos; de todas maneras no es cosa de terminar de un día para el otro. Para peor no me dan papeles de residencia en Bélgica, con lo cual estoy siempre de eterno turista y con el culo a dos manos con la cana. Me dicen que pida refugio político. Pero vos sabés bien, no es fácil entregar el pasaporte y quedar en manos de un país del que te importa un carajo. Quizá sean pruritos, pero voy a agotar las posibilidades de trámites. Los belgas son más duros que la mierda para eso. Si en Alemania se hablara francés sería bárbaro. Pero los alemanes hablan esa cosa terrible. ¿Cómo es posible aprender a chamuyar en esa lengua?”.


Agregó Bayer más adelante: “Soriano pasará días muy tristes. Me escribirá en ese septiembre del ‘77: ‘He estado más deprimido que la mierda con este asunto de vivir en este agujero belga y trato de ver cómo voy a ir preparando una honrosa salida hacia cualquier parte más honorable que esto. De la Argentina no tengo noticias más que lo poco que da ‘Le Monde’, así que contame algo de lo que vas leyendo en los diarios’. Pero luego, la alegría del escritor: ‘Como verás, me compré una cinta para la máquina de escribir nueva. Estoy orgullosísimo’. Pero enseguida: ‘Escuchá esto: por la nota de Cortázar (17 carillas) los mexicanos me pagaron 26 dólares. Sí: VEINTISEIS. Casi se me cae la camiseta. Me dicen que México es buena plaza para laburar, pero está lleno de mexicanos, ése es el problema. De todas maneras, creo que al fin dentro de quizás un año aterrizaré en Barcelona’”.
“Ya en París, a Soriano le irá mejor. Me lo escribe con alegría: ‘No te hagas mala sangre, mi situación no es mala de ninguna manera en estos momentos: no tengo deudas y hasta traje un gato que morfa como un león. El tiempo de los lujos y pretensiones ya pasó. Me gustaría mucho verte. Lástima que estamos más lejos ahora. Pero alguna vez cuando tengas una semanita desocupada te iré a visitar’. El 6 de diciembre del ‘78 me anuncia con alegría que acaba de terminar ‘Cuarteles de invierno’. ‘Me falta el laburo de corrección -me escribe-, para mí el problema mayor es pasar en limpio la novela. Lo hice una vez y me dejó de catrera, no sirvo para leerme a mí mismo. Cuando tenga fotocopias te las haré llegar para saber qué pensás’. Lo leí y me gustó mucho. Para mí, ‘Cuarteles de invierno’ y ‘Triste, solitario y final’ son sus mejores libros”.
Hacia fines de 1983 ambos escritores pudieron regresar a la Argentina. Se reunieron en el tradicional bar de Buenos Aires “Los 36 Billares” y, si bien estaban contentos, también recordaron con dolor a sus amigos, los escritores y periodistas Haroldo Conti (1925-1976), Rodolfo Walsh (1927-1977) y Francisco “Paco” Urondo (1930-1976), todos secuestrados y desaparecidos durante la dictadura militar. “Lo que principalmente nos unía a quienes vivimos exiliados durante la época de la dictadura -contó años después Bayer- era la lucha por los desaparecidos. Cuando nosotros recibíamos la información la difundíamos con todos los medios que teníamos a nuestro alcance para que al menos donde nosotros estábamos se supiera la verdad. El paso del tiempo me convenció de que nosotros contribuimos mucho a esclarecer lo que aquí estaba ocurriendo”.
Soriano y Bayer compartieron una profunda tristeza por el exilio al que habían sido condenados. Eran amigos entrañables y no ahorraron elogios hacia el otro en declaraciones públicas. Bayer definió a Soriano como “un escritor del pueblo que siempre entendió a los de abajo”, y Soriano consideró a Bayer “un modelo de investigador serio y periodista valiente”.

12 de marzo de 2026

Concomitancias entre Leopoldo Marechal y Julio Cortázar

Leopoldo Marechal (1900-1970), fue un poeta, dramaturgo y novelista argentino de profundas convicciones estéticas y políticas. De su obra poética se destacan "Los aguiluchos" (1922), "Días como flechas" (1926), "Odas para el hombre y la mujer" (1929), "Laberinto de amor" (1936), "Cinco poemas australes" (1937), "Descenso y ascenso del alma por la belleza" (1939), "El centauro" (1940), "Autopsia de Creso" (1965) y "Heptámeron" (1966). También escribió obras de teatro donde trató mitos clásicos en clave moderna: "Antígona Vélez" (1951) y "Las tres caras de Venus" (1966). En cuanto a su novelística, ésta se compone de "Adán Buenosayres" (1948), "El banquete de Severo Arcángelo" (1965) y "Megafón o la guerra" (1970). Además, publicó varios libros de cuentos, entre ellos “El rey Vinagre”, “Narración con espía obligado” y “Autobiografía de Sátiro”.
Sin duda alguna, su obra más singular es la extensa novela "Adán Buenosayres", cuya trama transcurre durante tres días en una Buenos Aires cotidiana que se convierte en un infierno, donde se encuentran influencias de Dante Alighieri (1265-1321) y James Joyce (1882-1941). El uso combinado del habla callejera, las figuras clásicas y la poética de vanguardia le dieron a la novela un perfil muy particular. En 1948, cuando publicó "Adán Buenosayres" -novela que Marechal elaboró durante diecisiete años-, la crítica literaria, en general, guardó silencio. Eduardo González Lanuza (1900-1984), un químico industrial español radicado en la Argentina, a quien la revista "Sur" y el diario "La Nación" le otorgaron categoría de poeta y crítico literario, peyorativamente calificó al autor de "funcionario del régimen" (haciendo referencia a las simpatías del autor por el peronismo), y el ensayista argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000), en su "Historia de la literatura hispanoamericana" publicada en 1954, sentenció que la novela era un "bodrio con fealdades y aun obscenidades". El mismo ensayista fue quien -en su momento- pronosticó un "oscuro futuro" para la obra de Jorge Luis Borges (1899-1986)...


Pero, entre el mutismo de algunos y el desdén de otros, se escuchó la voz de un casi desconocido escritor de treinta y cuatro años, que apenas había publicado un librito de sonetos y una obra de teatro: se llamaba Julio Cortázar (1914-1984) y no era peronista, sino más bien, todo lo contrario. Cortázar escribió en la revista "Realidad" (nº 14, marzo/abril de 1949): "La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa. Se tiene constantemente la impresión de que el autor, apoyando un compás en la página en blanco, lo hace girar de manera tan desacompasada que el resultado es un dibujo de paranoico, una guarda griega o un ocho de tango canyengue". Y finalizó el comentario: "Tal como lo veo, ‘Adán Buenosayres’ constituye un momento importante en nuestras desconcertadas letras. Para Marechal quizá sea un arribo y una suma; a los más jóvenes toca ver si actúa como fuerza viva, como enérgico empujón hacia lo de veras nuestro. Estoy entre los que creen esto último, y se obligan a no desconocerlo".
Marechal le escribió a Cortázar en 1965 y le agradeció aquel gesto de antaño. “Mi estimado amigo -escribió- le envío estas líneas, que confieso extrañamente ‘demoradas’, ya que debí escribírselas hace mucho, cuando usted, mostrando una generosidad intelectual y un coraje viril que no abundan en estas latitudes, publicó las primeras palabras bondadosas que recibió ‘Adán Buensoayres’. Pero no le escribo para manifestarle mi gratitud retrospectiva sino para referirme a ‘Rayuela’. Esta obra suya viene a exteriorizar lo que ya estaba como ‘presentido’ en sus anteriores trabajos. A mi entender, ‘Rayuela’ y ‘Sobre héroes y tumbas’ de Ernesto Sabato son los dos monumentos de nuestra narrativa que se yerguen, insólitos y ariscos entre las pequeñeces que dejó ese género literario en nuestra última década. No hace mucho, le decía yo a Sabato cómo nuestros fundadores (Sarmiento, Hernández, Mansilla o Mitre) iniciaron una literatura ‘seria’ con toda la voz que tenían y sin complejo alguno de inferioridad, y cómo esa literatura declinó más tarde en la ‘literaturita’ que hoy se nos da como expresión del ser argentino. Usted, amigo Cortázar, ha reanudado con su obra esa línea de espontaneidad en lo grande. Y conste que no pretendo una grande Argentina levantada frente a una pequeña Argentina que se dé como segundo término de un binomio en oposición, sino una Argentina de ‘tamaño natural’, que responda siempre a las virtualidades de nuestra raza, sin omisiones ni retaceos. Estimado amigo, retirado como estoy de la vida literaria local, tengo informaciones muy vagas de la acogida que su libro tuvo en nuestros medios. Pero la experiencia me hace adivinar y definir así las proporciones de su crítica: un tercio la de los justos, un tercio la de los despistados, y un tercio la de los malignos. ¿Y qué importa? Yo sé decirle, amigo Cortázar, que hoy día sólo me visitan los jóvenes (en su mayoría universitarios de todo el país) y que todos ellos lo han leído a usted, lo admiran y lo quieren. ¡Qué recompensa! Créame. Su afectísimo, viejo y lejano amigo (lo de lejano lo digo por la geografía, pues en el orden intelectual el
Espacio no existe)”.
Desde París, el autor de "Rayuela" -que ya era famoso y seguía siendo antiperonista- le reiteró su admiración: "Perdóneme el que le escriba a máquina, pero la verdad es que pierdo toda espontaneidad tan pronto como tengo la pluma entre los dedos. Como mis cartas son siempre 'en borrador', me siento mucho más cómodo escribiendo a toda velocidad lo que me pasa por la cabeza. Perdóneme también que le conteste con retraso, pero he andado viajando y sólo ahora tengo un poco de tranquilidad para pensar en los amigos. Gracias por su mensaje tan cordial. Creo que tiene razón, porque lamenta haber tardado tantos años en enviarme unas líneas; yo lo lamenté profundamente en la época en que usted publicó ‘Adán Buenosayres’, pero también pensé que usted tendría sus razones para no decirme lo que me dice ahora. Por otra parte, ¿qué importa el tiempo? Lo único bueno es recibir en cualquier momento de la vida una carta como la suya, y pensar que valía la pena haber roto una lanza en su día por una obra admirable. Me alegra de verdad que ‘Rayuela’ signifique algo para usted, porque para mí, es la prueba de que esa tentativa ha cuajado, por lo menos parcialmente. Poco o nada me importa el juicio crítico a dos o tres columnas, sea favorable o negativo; algunas cartas de gente joven, algunos testimonios inesperados y conmovedores, y ahora esta carta suya, me pagan con creces un trabajo de años. Pienso que usted lo comprenderá muy bien, porque nos marcó un gran rumbo con su ‘Adán...’ y porque sin duda pasó por experiencias análogas. Me divierte pensar que Horacio Oliveira se ha juntado alguna noche con el grupo de porteños que vagan por los suburbios, y que lo han recibido como a un amigo. Me divierte y me conmueve imaginármelo junto a ellos asistiendo al glorioso encuentro del taita Flores con el malevo Di Pasquo, saboreando hasta las lágrimas el zapatillazo del pesado Rivera en la cabeza de Samuel Tesler. No cualquiera, creo, tiene entrada al velorio del pisador de barro. Yo agradezco por Horacio, y miro por sobre su hombro. Hasta siempre, Marechal, con un gran abrazo de su amigo, Julio Cortázar".


Javier de Navascués (1964), catedrático de Literatura Hispanoamericana y director del Departamento de Filología de la Universidad de Navarra, es autor de ensayos como “El esperpento controlado. La narrativa de Adolfo Bioy Casares”, “Alpargatas contra libros. El escritor y las masas en el peronismo clásico”, “Sobre novela argentina: ‘Rayuela’ y ‘Adán Buenosayres’” y “‘Adán Buenosayres’: una novela total”. En este último opinó que “una obra como ‘Adán Buenosayres’ presenta cantidad de referencias filosóficas, literarias y bíblicas, tantas claves referidas al contexto de época y tanto espesor simbólico. Tanto ‘Rayuela’ como ‘Adán Buenosayres’ se construyen a partir de la búsqueda de un paraíso, de modo que sus protagonistas deambulan por las calles de Buenos Aires o París tanteando una salida existencial a su desconcierto”.
Para la ensayista argentina Beatriz Sarlo (1942-2024)), existían vínculos notorios entre las obras de Cortázar y Marechal. En 1985, en una de las clases sobre literatura argentina que impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, expresó: "‘Rayuela’ es una novela experimental que se conecta con las vanguardias europeas especialmente. Con ‘Adán Buenosayres’, esa obra gigantesca de Marechal, donde hay un poco de todo, desde la ‘Vida nueva’ de Dante Alighieri hasta la parodia de las vanguardias de 1920 de las que había formado parte Borges, ‘Rayuela’ tiene parentescos evidentes. Como Marechal, Cortázar está comprometido en dos búsquedas: la primera, que en Marechal es religiosa, en Cortázar es metafísica; la segunda es, en ambos, una hipótesis sobre el agotamiento de la forma novela y las salidas de una encrucijada dominada por las convenciones de la representación realista”.
En junio de 2006, la periodista cultural y crítica literaria Verónica Abdala (1973) publicó en el suplemento “Radar” del diario “Página/12” el artículo “El hombre al que mataron en vida” donde, entre otras anécdotas, contó: “Para Abelardo Castillo, Marechal es un grande sin discusiones porque ‘hay en su obra rasgos de una sensibilidad típicamente argentina, que alcanza en Adán Buenosayres sus momentos verbales más altos. Por ejemplo, la constante alternancia entre lo patético y lo cómico, el viraje de uno a otro tono, y su destreza para colar en la cotidianidad pedestre los grandes mitos. Para Sabato, Marechal ‘pasará a la historia de la lengua castellana como insigne hito de la poética y la narrativa. A ese monumento que le tiene reservado el tiempo no se le pueden arrojar bombas de alquitrán, y será invulnerable al insulto, la ironía, la envidia y el silencio: esos premios que con harta frecuencia los hombres de letras de nuestro país confieren a los que deberían honrar’. Hoy nadie se atreve a cuestionar la importancia para las letras argentinas de este poeta, narrador, dramaturgo y ensayista. Sin embargo, eso no estaba tan claro en el momento de la publicación de su obra cumbre, ‘Adán Buenosayres’, ni durante las dos décadas posteriores. Cuando, en 1948, Marechal publicó ésa, su primera novela, Julio Cortázar escribió: ‘La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas y su diversa desmesura, un signo merecedor de atención y expectativa’. El colombiano y Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez escribiría tiempo después que se trata de ‘una de las obras esenciales de la novelística moderna de habla hispana’. La novela, de claro tono metafísico, gira en torno de las desopilantes peripecias que protagonizan Adán y sus amigos en un Buenos Aires siempre sorprendente. Marechal decía que había intentado ‘construir una historia a partir de los cánones de la epopeya tradicional’, intentando que ‘bajo las apariencias de sus conflictos, se manifestase una realización espiritual o una experiencia metafísica de sus héroes’. Sin embargo, la actitud de Cortázar y García Márquez no es del todo representativa de la postura de numerosos colegas y críticos, que ningunearon o ignoraron a Marechal porque no le perdonaban su militancia política”.
Por su parte el historiador argentino Felipe Pigna (1959) publicó el 25 de octubre de 2021 en “Viva”, el suplemento dominical del diario “Clarín”, el artículo “La mágica narrativa de Marechal que cautivó a Julio Cortázar”, en el cual contó algunas vicisitudes de la vida del autor de “Adán Buenosayres”. “Su primera inclinación fue la poesía y nos regaló allá por 1926 su notable ‘Días como flechas’. Tiempo después viajaría a París donde tendría ocasión de frecuentar ambientes intelectuales y bohemios, conectar con las vanguardias culturales y conocer, entre otras personalidades, a Picasso y trabar amistad con Héctor Basaldúa, Antonio Berni y Raquel Forner. A fines de 1929, mientras en Wall Street se desataba una crisis que sumiría al mundo en la miseria y la desesperanza, en alguna mesa de aquellos célebres cafés parisinos, comenzó a escribir ‘Adán Buenosayres’, que recién publicaría en 1948. El ‘Adán’ es una obra cumbre de la literatura argentina muy poco reconocida por los ‘académicos’ y valorado en soledad en su momento por el joven Julio Cortázar quien, además, años más tarde reconocería la enorme influencia de la mágica narrativa de Marechal en su ‘Rayuela’. Su temprana adhesión al peronismo le granjeó la enemistad de Borges y no pocos intelectuales, y el ser excluido de los círculos áulicos y de los suplementos literarios. Su militancia lo llevó a ocupar la dirección General de Cultura y luego la de Enseñanza Artística. Allí promovió el acceso de los sectores populares a todas las manifestaciones artísticas, sin dejar de producir obras como ‘Antígona Vélez’, estrenada en 1951. Al producirse en 1955 el derrocamiento de Perón, fue desplazado de sus cargos y perseguido. Vuelve a la carga a mediados de los ‘60 con ‘El banquete de Severo Arcángelo’, una novela extraordinaria, cargada de humor surrealista, símbolos bíblicos y críticas al capitalismo inhumano. En su obra póstuma ‘Megafón o la guerra’, de imprescindible lectura, elige llamarse como muchos aún lo recuerdan, como “el poeta depuesto”.


Pero la sintonía entre “Adán Buenosayres” y “Rayuela” no fue la única. Hubo más correlaciones entre Cortázar y Marechal. Enfrentados -sólo en apariencias- políticamente, ambos autores sin embargo tuvieron otras afinidades. En "Los premios" de 1960, la primera novela de Cortázar y "El banquete de Severo Arcángelo” de 1965, la segunda novela de Marechal, se dio el cruce de las coincidencias con las divergencias entre ellos. El lazo que unió la trayectoria de estos dos escritores, en muchos aspectos disímiles, pasó por un elemento que ambos tenían en común: el humor. Si bien el humor apareció identificado con una particular manera de trabajar el lenguaje, también actuó como vía para hacer entrar la política en el texto literario.
En 2016, el nº 1 del vol. 4 de la revista “Creación Artística e Investigación Literaria” que edita la Universidad Complutense de Madrid, Ana Davis (1986), Doctora por la Universidad de Sevilla con la tesis “La nación refundada a través de la vanguardia. ‘Adán Buenosayres’ en el campo literario argentino”, publicó un artículo titulado “Dos novelas elípticas: ‘Los premios’ de J. Cortázar y ‘El banquete de Severo Arcángelo’ de L. Marechal”. Allí manifestó: “Ambas obras despliegan una trama similar: un grupo de personajes es convocado para asistir a un viaje (en ‘Los premios’) y a un banquete (en ‘El banquete de Severo Arcángelo’), acontecimientos rodeados de misteriosas situaciones afines. Su mensaje final es también comparable, ya que ninguno de los dos sucesos se lleva a cabo, dando como resultado una postura antitemática y una conclusión nihilista, cuyas connotaciones metafóricas hacen referencia a la vida del hombre moderno, perdido en un mundo ilógico y absurdo”.
Como quiera que sea, vale recordar el texto que Cortázar publicó en la revista “Realidad” de marzo/abril de 1949: “Hacer buena prosa de un buen relato es empresa no infrecuente entre nosotros; hacer ciertos relatos con la prosa de Marechal era prueba mayor. Lo que Marechal ha logrado es la aportación idiomática más importante que conozcan nuestras letras”.

7 de marzo de 2026

Mario Levrero: “Entre los subgéneros, la novela policial me parece más honesta, menos artificial. La ciencia ficción es el invento de un editor”

Mario
Levrero (1940-2004) fue uno de los escritores uruguayos más destacados de los últimos años del siglo XX. Vivió la mayor parte de su vida en Montevideo, lugar donde nació, con estancias cortas en diferentes ciudades de Uruguay (Piriápolis y Colonia), de Argentina (Buenos Aires y Rosario) y de Francia (Burdeos). En los años ’60 trabajó como librero en una librería de viejo y como fotógrafo amateur. Luego se adentró en el mundo periodístico colaborando en diarios y revistas como “Posdata” y “El Popular” de Uruguay, y en “Juegos de Mente”, “Hum®” y “Fierro” de Argentina. También fue guionista de cómics y creador de crucigramas y juegos de ingenio.
En 1970 publicó la novela “La ciudad” y el libro de cuentos “La máquina de pensar en Gladys”, pero sería recién en los años ’80 cuando comenzó a desarrollar una carrera que lo llevaría a ocupar la centralidad de la literatura de su país utilizando una prosa sencilla pero profunda en una obra que llegó a convertirse en una lectura obligada de la literatura hispanoamericana durante los últimos años del siglo pasado. De su extensa obra se destacan las novelas “Diario de un canalla”, “Dejen todo en mis manos”, “La banda del ciempiés”, “Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo” y “El alma de Gardel”; y los tomos de cuentos “Todo el tiempo”, “Aguas salobres”, “Los muertos”, “El portero y el otro” y “Los carros de fuego”. En 1976, en una carta que le envió a su amigo el poeta y editor argentino Francisco Gandolfo (1921-2008), reflexionó sobre el oficio de escribir: “El escritor, en especial, es un jodido solitario o no es escritor. El talentoso queda siempre afuera justamente por ser un fuera de línea y de serie. Que no es innecesariamente un mérito, lo anoto como fenómeno real".


Según opinó el escritor y periodista uruguayo Pablo Silva Olazábal (1964) en “Conversaciones con Mario Levrero”, éste “no se veía a sí mismo, como tantos escritores, en un pedestal; no se sentía obligado a saberlo todo y a cantar la justa de cada asunto. La idea tan extendida de que un escritor debe ser alguien lleno de definiciones y certezas, que siempre sabe más que el común de la gente y se toma muy en serio a sí mismo no parecía ajustarse a él".
El escritor, a quien muchos críticos literarios suelen ubicarlo como un heredero de “los raros”, una corriente uruguaya de autores marcados por el descontrol onírico, el humor y la angustia existencial, pasó los últimos años de su vida dirigiendo un taller literario hasta fallecer en su ciudad natal por causa de un aneurisma de aorta abdominal. Lo que sigue es la entrevista que le realizó la periodista argentina Cristina Siscar (1947) publicada en el nº 15 de la revista “El Péndulo” en mayo de 1987.
 
Hay quien te inscribe dentro de la corriente de la literatura uruguaya que Ángel Rama denominó “los raros”.
 
Yo no figuro entre los autores reunidos por Rama en esa antología, porque cuando apareció yo empezaba a escribir y no había publicado nada todavía. Pero algunos críticos posteriores me ubican en esa corriente,
 
¿Y vos te considerás un raro dentro de la literatura rioplatense?
 
Me consideraba un raro cuando escribí el primer texto. Yo no tenía muchas lecturas, y menos autóctonas, y me parecía que lo que yo había escrito no tenía nada que ver con la literatura uruguaya, lo veía completamente descolgado. Entonces un amigo me dijo: “No seas pretencioso, leé a Felisberto Hernández”. Leí a Felisberto y encontré parentescos. Después seguí buscando ese tipo de literatura y me di cuenta de que lo que yo escribía no era tan raro como pensaba.
 
¿Qué fue lo primero que escribiste?
 
“La ciudad”. En todo caso, fue lo primero que conservé,
 
Varias veces declaraste que tu literatura es realista. Si la compararas con lo que la crítica llama realismo, ¿seguirías sosteniendo lo mismo?
 
Lo que pasa es que no tengo muy leídos a los críticos, ni tengo mucho interés en leerlos tampoco. Lo que recibo de la crítica es, en general, una sensación de tangencialidad.
 
Pero, ¿qué diferencia establecés entre Kafka y Benedetti, por ejemplo?
 
Y… Yo a Kafka lo considero un realista y a Benedetti un best-seller
 
Me parece saludable que amplíes el concepto corriente de realismo, abarcando zonas de la realidad que van más allá de lo aparente y convencional.
 
Claro, yo trabajo con procesos interiores. Cuando empecé mi primer libro, mi amigo Tola Invernizzi me decía: “¡Seguílo!”. Y yo miraba hacia adentro para ver qué había. Si había algo, podía seguir escribiendo. Siempre hay un material preexistente que podemos encontrar dentro de nosotros si lo buscamos. Considero que este mundo subjetivo no debe excluirse del concepto de realidad.
 
Se trataría de una literatura de introspección.
 
Por supuesto.
 
Pero en muchos cuentos se subjetiviza la realidad exterior, la interioridad la invade.
 
Es difícil de diferenciar. Interviene un yo literario que no es el yo habitual, con el que no podría escribir. Tengo que llegar a un estado casi de trance para que aflore esa otra persona que escribe, aunque también hay invasiones autobiográficas y de lo exterior... Del mismo modo, hay objetos exteriores que simbolizan objetos o procesos interiores. Yo nunca sé bien cuándo un objeto es un objeto de afuera o cuándo expresa algo que no tiene ningún otro lenguaje que lo exprese.
 
La obsesión de la vida cotidiana dentro de un ámbito cerrado (generalmente una casa que a veces toma proporciones de ciudad o casa interminable), su descripción minuciosa, se traduce en lenguajes que parten de la acumulación lógica de imágenes de objetos y sensaciones, pasan por la asociación libre, y alcanzan, en algunos casos, el collage más desenfrenado, como en el cuento “La toma de la Bastilla o Cántico por los mares de la luna”. ¿Cómo escribiste ese cuento?
 
Por lo que puedo recordar, sufría una sensación muy opresiva con relación a la luna. Algo me hacía salir a la calle y cada vez que salía y veía la luna llena, inmensa, era como si hubiera encontrado lo estaba buscando. Me obligaba a vagar por la ciudad, amparado por esa presencia, pero muy angustiado. Siempre me quedaba la impresión de que alguna cosa debía hacer con eso. Después de no sé cuántas lunas, empecé a dibujar algo. Necesité salir a la calle y ver la luna, y cuando volví, me puse a escribir el cuento de un tirón. Está escrito la noche de un 13 de julio y la mañana del 14, que era para mí un aniversario afectivo, aparte de ser el día en que se celebra la Revolución Francesa. Cuando reparé en la fecha puse la frase final y el título que, ahora se me ocurre, imprimen otra dimensión a lo narrado, aunque parezcan estar fuera de texto.
 
¿Qué sería para vos la literatura fantástica?
 
Bueno, tendría que cumplir con algunas leyes: por ejemplo, la existencia de un personaje sobrenatural.
 
Creo que en los cuentos fantásticos de Borges no hay ningún ser sobrenatural.
 
¿Cuáles son los cuentos fantásticos de Borges?
 
Dame algún ejemplo de literatura fantástica.
 
Es un género que me gusta muy poco. No sé, ciertos cuentos de Hoffmann…
 
Bueno, desde el clásico modelo anglosajón del siglo XIX el relato fantástico ha experimentado una evolución, se ha abierto a otras posibilidades. Afortunadamente, los límites entre realidad y fantasía son ahora más imprecisos. Entre nosotros Cortázar y otros autores han contribuido a liberar a nuestra literatura de esa vieja dicotomía.
 
Me hacés pensar en la novela “La luz argentina” de César Aira, de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Todo lo que sucede es cotidiano, pero contado de una manera que podría decirse fantástico. El título hace referencia a los cortes de luz que hay todos los días. Cada vez que ocurren, la mujer del protagonista -que está embarazada- se queda rígida, entra en una especie de trance. Así diariamente. Y la novela es eso: no avanza.
 
¿Te interesa la ciencia ficción?
 
He leído algunas obras excepcionales: todo Cordwainer Smith, “El hombre demolido” de Alfred Bester, “Hacedor de estrellas” de Olaf Stapledon, “Ciudad” de Clifford Simak. Pero, en general, la ciencia ficción no me interesa. Pienso que es un género comercial que se justifica en Estados Unidos. Entre los subgéneros, la novela policial me parece más honesta, menos artificial. La ciencia ficción es el invento de un editor.
 
Alguien puso un rótulo a algo que se venía haciendo desde hace mucho. Cuando Poe escribió el primer relato policial, no imaginaba la plata que ganaría más tarde el Séptimo Círculo. Con respecto a la ciencia ficción decías, en las respuestas a un cuestionario, que “enseña a aceptar con facilidad los cambios de nuestro tiempo”.
 
Sí, a mí me sirvió. Hay una visión del hombre, de la humanidad, que puede parecer terrible, pero en el fondo es bondadosa. Te saca de la problemática individual y te conecta con el universo. Y dentro de ese universo hay una tendencia positiva, aunque quepa el desastre. Con la anticipación del futuro, la introducción de la tecnología y de otros espacios, moviliza la imaginación para facilitarte la adaptación a lo que ya nos toca vivir.
 
Vos escribiste un “Manual de parapsicología”: ¿Es un material que empléas en la producción literaria?
 
No. Me sirvió para liberarme del interés por la parapsicología. Al ponerle punto final, empecé a experimentar con menos frecuencia los fenómenos y me interesé mucho menos en su explicación.
 
¿Leés literatura escrita en español?
 
Poca. Casi todo lo que leo son traducciones: Dostoievski, Chejov, Graham Greene... Ahora estoy preparándome para una tercera lectura del “Ulises” de Joyce; la segunda fue muy placentera. Y acabo de descubrir a Beckett. Pero desde que vivo en Buenos Aires dispongo de muy poco tiempo. Casi no escribo porque no tengo una clara conciencia de la identidad ni del tiempo transcurrido. En realidad, no necesito tanto tiempo para escribir como para llegar a escribir. Me hace falta cultivar mucho el ocio, mirar por la ventana (y aquí ni siquiera hay ventana). Así que leo novelas policiales, que es lo que me descansa. Hasta hace poco el promedio era de una por día. Yo me formé con las novelas del Séptimo Círculo.
 
Creo que eso se nota en tus textos: un español de traducción. En última instancia, no son las palabras lo que te interesa, ¿no?
 
No. Precisamente, yo le decía a Marcial Souto el otro día que en mis textos se pueden cambiar todas las palabras por otras equivalentes, sin riesgo de alterarlos. Porque la narración funciona a base de imágenes.
 
Si tenemos en cuenta tu formación, los géneros menores que alimentan tu literatura (folletín, historieta, canción popular) y que además cultivás, las ediciones y la circulación de tus libros, ¿podríamos decir que representás al escritor marginal?
 
Claro. Lo que corre parejo con la dificultad para asumirme como escritor. Durante quince años lo negué ferozmente.
 
¿Por qué?
 
Una terapeuta me dio una explicación; me dijo que escribir es matar al padre. Parece que hay una culpa que a uno no le permite aceptarse como escritor.
 
¿Qué hacía tu padre?
 
Era profesor de inglés, y durante mucho tiempo fue también empleado de tienda. Leía poco. No le interesaba el arte, aunque decía que lo respetaba.
 
La creación artística, al inventar sus propias leyes, puede atentar contra la ley. ¿Te parece que la condición del artista es la marginalidad?
 
No sé. A mí, por ejemplo, Kafka me permitió, me dio permiso para reconocer que yo veía la realidad como él la veía. Yo tenía esa visión del mundo, pero no me animaba a comunicarla, ni siquiera a mí mismo. Hay literatura de evasión, de escape (yo la consumo y la evasión me parece lícita) y literatura de integración, de liberación de zonas reprimidas. Disto mucho de tener conocimientos sociológicos para responder de otro modo a tu pregunta. En mi caso digamos que se trata también de una automarginación. Yo no hice nada por
promover mis libros ni por editarlos. Fue principalmente Marcial quien se interesó en que aparecieran.
 
De acuerdo, pero hay ciertos rasgos socioeconómicos y culturales de nuestro medio que exceden la voluntad del escritor y marcan el carácter de la actividad literaria. Pensaba en “El matadero”, considerado el primer cuento argentino, que fue publicado por primera vez en la revista “Río de la Plata” en 1871, veinte años después de la muerte de Echeverría en el exilio y más de treinta años después de haber sido escrito.
 
Sí, ese ejemplo es válido. A mí se me conoció un poco en Uruguay por la publicación de mi novela “El lugar” en un número de “El Péndulo”. Y luego me favoreció la tercera edición de “La ciudad”, publicada por Banda Oriental, que se
distribuyó en un círculo de cinco mil lectores asegurados.
 
¿Qué son las “Confusiones cotidianas”?
 
Ese texto lleva un agradecimiento a un poeta argentino, Federico Raúl Urman, con quien me carteaba cuando yo estaba en Uruguay. En un cuento suyo encontré una sutil torsión de una situación cotidiana que crea una especie de zona de terror. Eso me estimuló para idear esta serie de relatos. Por otro lado,
el título se debe al texto de Kafka “Una confusión cotidiana”; allí también encontramos situaciones que sufren una torsión, como si lo cotidiano se rebelara y atacara a quien lo vive y padece.
 
Próximamente aparecerán dos novelas tuyas en De la Flor. ¿Podrías describir cómo están escritas?
 
“Fauna” tiene estructura de novela policial, pero integra elementos parapsicológicos y psicológicos también. En la otra, “Desplazamientos”, enfrento el conflicto con la figura paterna. Tenía un título provisorio: “La sombra”, debido a que el protagonista, al ir por un corredor, ve el perfil del padre en la sombra que de su perfil proyecta una lamparita. Lleva
una cita de Jung a propósito de la sombra como representación de la parte
del ser opuesta al yo, más que mala, avara y mezquina. Cuando estuvo terminada no me gustó; la juzgué, precisamente, mezquina y con poco peso. Sin
embargo, en todo ese material desentrañado a partir de la imagen muy breve de un sueño, había algo que ejercía una cierta fascinación. Entonces traté de ver en que residía el fracaso. Por lo general, cuando llego a una situación que yo llamo “nudo”, donde el protagonista termina de vivir una peripecia y se abre otra, intuyo que hay varios caminos para empezar la nueva; y todos los caminos tienen el mismo valor, Recordé que, mientras escribía la novela, al llegar al nudo no había elegido siempre con total sinceridad el camino a seguir. Entonces volví a escribirla, agregando nuevas soluciones posibles. Iba a ponerlas como un apéndice, pero finalmente las integré en la novela. O sea que uno viene leyendo y en determinado momento se repite un fragmento que toma por otro camino que se trunca o se continúa más adelante. Es una obra ramificada. Ahora me siento satisfecho.