17 de marzo de 2026

Selva Almada: “Por lo general cuando nos hablan del campo escuchamos hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco nos cuentan de la explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón”

La escritora argentina Selva Almada (1973) nació en Villa Elisa, provincia de Entre Ríos. Estudió el Profesorado de Literatura en el Instituto de Enseñanza Superior de Paraná, y comenzó su carrera como escritora en 2003 con la publicación del poemario “Mal de muñecas”. Posteriormente publicó los libros de cuentos “Niños”, “Una chica de provincia” y “El desapego es una manera de querernos”; el libro de crónicas “Chicas muertas” y las novelas “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “No es un río”. 
Sus creaciones literarias han sido traducidas a numerosos idiomas entre los que se encuentran el alemán, el francés, el inglés, el italiano y el portugués, entre otros. 
“Me llevó bastante tiempo sentirme cómoda con la idea de decir ‘soy escritora’ -declaró en una oportunidad- No lo sentía como un oficio. Mi relación con la escritura es extraña. Soy muy errática, no tengo una disciplina de trabajo. Si no hay un proyecto en vista puedo no escribir y no pasa nada, no siento que dejé de ser escritora o que nunca más voy a escribir, pero cuando eso sucede, que sucede de vez en cuando, pienso ‘si lo paso tan bien, si me divierte tanto hacer esto, ¿porqué no lo hago más seguido?’”.
Considerada una autora singular en la Argentina actual por situar el entorno del litoral como eje central de sus relatos, acaba de publicar “Una casa sola”, una novela en la que se aleja del agua para centrar la atención en una parcela de monte en una historia que se despliega entre las cuatro paredes de una casa deshabitada.


Lo que sigue son fragmentos de la entrevista a cargo de Agustina Larrea que fue publicada en el medio de comunicación digital “elDiarioAR” el 15 de marzo de 2026.
 
¿Qué fue primero, la casa, el tono, el paisaje, el espacio? ¿Qué te acordás de los comienzos de este libro?
 
Sin dudas fue la casa. Fue la casa en el sentido de preguntarme qué le pasa a un espacio, a un espacio tan fuerte simbólicamente como es una casa, cuando se vacía. Porque en ese lugar vivía una familia que ya no está. Por supuesto que está también abierta la pregunta de si se fueron, si hay algo siniestro en esa gente, si es una desaparición forzada o qué. Pero bueno, en vez de seguir el rastro de una especie de investigación sobre qué es lo que pasó con esa familia, me quedé pensando en qué le pasa a la casa y qué le pasa a ese lugar que sigue esperando. Un espacio quieto en esa espera y a la vez que empieza a volverse del lugar de donde vino, que es el monte. Que la casa fuera una casa narradora, de todas formas, no estuvo desde el comienzo. Yo había pensado en un narrador omnisciente, muy pegado a la casa. Pero, cuando empecé a escribir, empezó a aparecer cada vez más una voz que podía ser la de la casa. Empezó a confundirse un poco la voz del narrador en tercera con la subjetiva de la casa. Y ahí dije “a ver cómo sonaría si realmente es la casa la que cuenta”.
 
Es un gesto audaz.
 
Sí, para mí fue audaz porque, qué sé yo, nunca lo había hecho. Cuando tiré de la idea de que la casa narrara también pensé “ay, esto puede salir muy mal”. Puede ser o sonar un poco ridículo. Pero sentí que ya había un tono con el que me daban ganas de seguir. Quizás si me hubiese planteado de entrada “va a hablar una casa” tal vez hubiera fracasado. Después, ya pensando que la casa era la que narraba, quise evitar los lugares comunes, o no pensar a la casa como piensa una persona. Fue pensar alrededor de la pregunta de cómo puede contar un espacio físico y cómo puede contar alguien que se siente parte de un territorio y parte de una historia que la excede. Porque esta casa particular sale del monte, es parte de esa tierra. Como mis novelas por lo general suelen ser breves también en algún momento llegué a plantearme “¿no será muy pesado solamente estar escuchando el runrún de la casa durante todo el trayecto?”. Así también apareció esto de que el monte estuviera tan presente con esa segunda voz que es la del monte, o la de un narrador muy ligado al monte.
 
De hecho, en tus libros el espacio de la naturaleza o del monte siempre está, pero acá queda la impresión de que hubo de tu parte una suerte de torsión muy fuerte, de mucha investigación. Desde la gran cantidad de nombres de árboles que aparece hasta esas voces gauchescas, digamos, que son como de espectros.
 
Sí, lo de traer estos personajes que viven en el monte sale de algo que había quedado fuera de un guion que escribimos con Maximiliano Schonfeld para la película “Jesús López”. Ahí habíamos armado este grupo de gauchos medio zombis y medio espectrales. Después eso quedó afuera de la película y vino la idea de traerlos y ponerlos en este monte de la novela. Son personajes que se mueven en el monte como en una especie de limbo, de lugar suspendido, sin tiempo, donde conviven con otros espectros de distintas épocas. De hecho. los traigo a la primera escena de la novela, con ellos arranca el libro. Después van apareciendo en distintos capítulos casi como un coro de voces, ellos hablan pero no sabés bien quién es quién. Ahí aparece el episodio de la muerte de Urquiza porque un sector de su ejército era de gauchos. En ese caso, sí, me puse a leer bastante porque la verdad es que no me acordaba mucho de la historia de Entre Ríos que me enseñaron en la escuela ni del día que asesinaron a Urquiza. Buscando en internet llegué a un “paper” de la Facultad de Agronomía donde hablaban de todos los árboles, de las plantas exóticas que él había traído. Contaban ahí que Urquiza era aficionado a la botánica, un enamorado de las plantas, cosa que yo no sabía. La parte de los árboles, toda esa enumeración que hay de cuando lo matan y cuando se describe un poco el palacio está sacado de ahí. Por supuesto que también hay mucho que conozco de la zona porque viví buena parte de mi vida por ahí. Pero después me puse a buscar cómo combinan, cómo suenan los nombres de los árboles cuando aparecen estas enumeraciones, cómo rebotan los nombres entre sí, para que armen algún tipo de música. La sonoridad es una cosa a la que siempre me gusta darle mucha importancia en la escritura. 
 
Aparecen combates de otro siglo, de la época de la Confederación, aparece también un personaje vinculado con Malvinas. ¿Por qué te interesaba indagar en estos episodios históricos concretos, en esos combates?
 
Creo que empezó dándole vueltas a esos gauchos matreros. Hay una cosa ahí de tipos que ponen el lomo para la guerra o que ponen el lomo para el trabajo, en el caso de los personajes de la novela que trabajan en el campo. Todos son, en el fondo, cuerpos subvalorados para la autoridad o para el poder. Así como están los de estas guerras del siglo XIX, también tuvimos la del siglo XX, que fue la guerra de Malvinas. Yo iba a la escuela primaria en ese momento, fui de la generación que escribió cartas para los soldados. Y siempre percibí que, sobre todo lo de los veteranos, fue un tema bastante silenciado. Como si nos avergonzaran los veteranos, tenemos muy negado el rol de aquellos que fueron y que sobrevivieron. Incluso sabemos de la enorme cantidad de suicidios que hubo entre los que pudieron volver, un número que no sé si no fue superior a la cantidad de personas que murieron en la guerra en el campo de batalla. Hay una cosa rara alrededor de Malvinas en este sentido. Por un lado, está la afirmación de que sí, claro que son argentinas. Pero, por otro lado, se le da la espalda a aquellos que fueron a la guerra y se convirtieron en carne de cañón. Además, la mayoría de los chicos que fueron, porque encima eran pibitos, venían de la zona de Corrientes, del Chaco, de Formosa. O sea, gente por la que nadie iba a reclamar. Así que, bueno, un poco esa fue la idea también a la hora de traer a uno de los personajes, que en la novela es El Cortito y estuvo en Malvinas.
 
Hablabas de “carne de cañón” y en esta novela está muy presente tu mirada sobre el mundo laboral, que ya aparecía, por ejemplo, en tu novela “Ladrilleros”. Están las escenas del campo, con personas que empiezan a trabajar siendo niñas, por ejemplo. ¿Por qué te pareció importante volver a poner la mirada ahí?
 
Cuando empecé a pensar por dónde iba a ir la trama de la novela, rápidamente ubiqué que esta casa no es una casa de ricos en el campo, es la casa de unos puesteros, la casa que el patrón le presta a los que trabajan en su campo. Esta gente que desaparece es una familia de peones. Ahí estaba un poco trazado el horizonte que iba a seguir el relato, con estos personajes que se mueven en el mundo del trabajo físico, en un tipo de trabajo muy mal pago también. Por lo general cuando nos hablan del campo, estamos escuchando hablar a los patrones, a los socios de la Sociedad Rural. Poco sabemos o poco nos cuentan, en cambio, de las condiciones de vida, de explotación de la gente que trabaja la tierra para el patrón. Mi abuelo fue peón de campo y desde chica en la familia escuché relatos de la dureza de la vida en estos lugares y en este tipo de tareas. Me interesaba contar ese lado de la historia: el de quienes no poseen la tierra pero la trabajan. En el camino se me aparecían muchas cosas del cancionero folclórico, con Zitarrosa, Viglietti y un montón de cantautores de los ‘60 y los ‘70, donde el tema laboral estaba un poco más presente. Diría que desde el inicio sentí que este relato iba a estar atravesado por una clase social y que era esa clase social generalmente olvidada o silenciada en los grandes relatos.
 
Resulta por lo menos curioso que estas inquietudes que te movían cuando escribías salen a la luz ahora con este libro, con la aprobación de la Reforma Laboral, incluso con el reciente estreno de “Nuestra tierra” de Lucrecia Martel, donde la pregunta sobre la propiedad de las tierras y de las cosas está también en primer plano.
 
Sí, lamentablemente lo de la Reforma Laboral es un tema que parece que siempre está volviendo. Y con “Nuestra tierra” me pasó que la vi en estos días. No la había visto antes, aunque sí sabía más o menos que era sobre el asesinato de Chocobar. Y, claro, dije “wow”, hay muchas preguntas en común que tienen que ver con la propiedad de la tierra. ¿De quién es? ¿del que la habita? ¿del que la trabaja? ¿del que la cuida? Pasa lo mismo con la casa, ¿no? A mí me gustan estas coincidencias, que salgan películas, libros o discos que ronden los mismos universos. Porque a nadie se le ocurren las cosas en soledad. No es que una diga “ay qué genia que estoy pensando en esto”, para nada. Al contrario, me parece que hay un runrún de época que está ahí sobrevolando. Y después cada una lo agarra como puede y lo exprime como puede o lo lleva a cabo como puede. En cualquier caso, no me resulta para nada casual que salga Nuestra tierra y cerca salga este libro. Y seguramente vamos a ir viendo otras cosas que vayan saliendo con estas preguntas rondando.
 
Sobre todo en estos tiempos de crisis habitacional, de imposibilidad de llegar a tener una casa.
 
A mí eso es algo que me horroriza. Empezamos a naturalizar que la gente viva en la calle y se convierta en parte del paisaje cotidiano. Me parece un horror. O sea, que lo naturalice el Estado, pero que también las personas empecemos a naturalizarlo. Que sea normal pasar al lado de alguien que armó su cama ahí, por donde caminamos todos.
 
Más allá de los vaivenes en el tiempo, la novela está traccionada por la desaparición de una familia. No decidiste ir por el lado del policial clásico, pero sí están los investigadores que no investigan y un personaje como el de la Tata, que es una mujer que pese a todo los sigue buscando. Sobre todo para los lectores y lectoras de Argentina, esas mujeres que buscan a sus familiares resuenan de manera particular.
 
Sí, es que creo que toda esa parte de la trama dialoga decididamente con la historia del país. Por otra parte, quería que esta desaparición ocurriera en democracia. Realmente me asombra cuando empezás a mirar la gran cantidad de gente que ha desaparecido después del ‘83 y de los que no se sabe nada. Desde niños y mujeres, que podemos suponer que son víctimas de redes de trata de personas, hasta hombres grandes. Los vemos todo el tiempo, por ejemplo, en las pantallas que hay en los aeropuertos. ¿Dónde está esta gente? ¿Qué pasa? ¿Por qué no los encuentran? La pregunta que me surgía es por qué a esa gente nadie la busca excepto su familia y sus amigos. Y creo que la mayoría de las veces es porque se trata de gente con muy pocos recursos económicos. En ese contexto me interesaba la voz de la Tata, como la madre que se sobrepone a todo y sale a exigir respuestas. En nuestra historia reciente tenemos a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las madres de la trata, las mujeres detrás de muchísimas búsquedas. Mujeres que aun no teniendo recursos ni teniendo herramientas se las inventan y se las ingenian para reclamar por los suyos. Yo no tengo hijos, pero me imagino que para una mujer que sí los tiene lo peor que le puede pasar es que le desaparezcan o que maten a su hijo. Entonces me imagino que si te sucede lo más extremo que le puede suceder a una madre, en un punto no te importa nada, no te importa el poder, no te importa cuán poderoso sea el otro que está enfrente. Al menos en el personaje de la Tata está reflejado esto: ella empieza a volverse gigante con sus pocos recursos y aunque tampoco llega a encontrar respuestas nunca deja de buscar.
 
Escribís escenas muy vívidas sobre esos espacios de tu infancia en Entre Ríos, pero para hacerlo te viniste a vivir a Buenos Aires. ¿Cómo funciona para vos ese ir y venir en la memoria?
 
Creo que tiene que ver más que nada con la evocación. Que muchas veces también son ficciones de esos paisajes que una arma. Son construcciones literarias, quiero decir. Quizás alguien que vive en el monte lee el libro y no se siente muy identificado con ese mundo. Aunque voy frecuentemente porque mi familia sigue viviendo en Entre Ríos, lo que escribo tiene mucho de memoria, de los primeros años de vida, de la infancia. La mía fue una infancia muy cercana a la naturaleza, la casa de mis abuelos estaba en las afueras del pueblo, casi donde el pueblo ya había terminado. Además eran los años ‘80, y todavía había espacios con esa naturaleza un poco así agreste o salvaje. Entonces sí, yo siento que cada vez que me pongo a escribir todo el tiempo estoy como volviendo a esos primeros años de vida, a esos calores y a esos veranos.