El pasado 14 de diciembre
falleció Eva Giberti (1929-2025), la reconocida psicóloga y psicoanalista especializada
en estudios de género y la defensa de los derechos de mujeres, niños y
adolescentes. Fue profesora universitaria graduada en la Universidad de Buenos
Aires. Creadora en 1957 de la Escuela para Padres -una institución
internacional asesora de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y de la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura
(UNESCO), desarrolló a lo largo de su vida profesional innumerables actividades
institucionales y universitarias. Entre ellas, fue jefa del Servicio Social de
la Dirección Nacional de Maternidad e Infancia del Ministerio de Salud Pública;
profesora adjunta de Niñez y Adolescencia de la Cátedra de Psicología Evolutiva
de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Buenos Aires; docente
invitada de la Facultad de Medicina dictando cursos para alumnos de Pediatría y
seminarios para residentes sobre desarrollo psicosexual de la niñez; consultora
para el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) de Argentina; asesora
de la Dirección Nacional de Registro único de Aspirantes a Guarda con fines
adoptivos del Ministerio de Justicia de la Nación y creadora de la Oficina de
Rescate y Acompañamiento a las Víctimas de Trata. En 2006 fue nombrada Doctora Honoris
Causa por la Universidad Nacional de Rosario, y otro tanto ocurrió en 2010 por
la Universidad Autónoma de Entre Ríos.
Fue autora de numerosos ensayos
sobre su disciplina, entre los que se destacan “Adolescencia y educación sexual”,
“Adopción y silencios”, “Madres excluidas”, “Filiación e identidad”, “La mujer
y la violencia invisible”, “La familia a pesar de todo”, “Hijos del rock”, “El
divorcio y la familia” y “El complejo de Edipo en la literatura”. Lo que sigue
es una compilación de las entrevistas publicadas en el nº 162 de la revista “La
Maga” del 22 de febrero de 1995 a cargo de Liliana Cheren, y en el diario “La
Nación” el 4 de junio de 2020 a cargo de María Ayuso.
¿Los jóvenes coquetean con
la muerte?
La experiencia enseña que,
en general, los jóvenes fantasean con la muerte, pero la muerte como dato, como
hecho en sí, no forma parte de su paisaje mental ni lo piensan como algo que
les puede suceder. Los chicos no coquetean con la muerte porque no está
prevista en el imaginario de los jóvenes, no es una invitada en su mundo; es
una colada, una infiltrada.
Entonces, ¿son inducidos a
jugar con el peligro y ellos, ingenuamente, se prestan al juego?
Nuestra sociedad está
demostrando ser en extremo filicida. El filicidio es una práctica argentina: es
mandar a los chicos a Malvinas y es gestar una sociedad absolutamente incapaz,
de preservar la vida de sus jóvenes y de ayudarlos a pensar cómo sobrevivir.
Pero hay responsabilidades que los chicos pueden asumir y no lo hacen...
De hecho, muchos no asumen
la posibilidad de la muerte. El chico que estuvo en coma por tomar una cantidad
casi fatal de vodka para ganar un torneo preguntó, apenas recobró la
conciencia, si había ganado. Ni pensó en que pudo morir.
Ese es otro punto
interesante: esta es una sociedad de la imagen y los adolescentes aprendieron
que deben estar en el escenario de lo público, ser protagonistas, y para eso
tienen que hacer algún tipo de mérito. Saben que el reconocimiento se obtiene
apareciendo en los medios. Para lograrlo generaron una estética del hacer,
hacer cualquier cosa pero hacer. Ven que los que triunfan son los que ganan;
cualquiera sea el torneo, cualquiera sea la disputa. La heroicidad está dada
por protagonizar estupideces o situaciones de riesgo carentes de grandeza, de
trascendencia, como puede ser beber hasta quedar exhaustos.
O sea que el modelo que se
vende es en gran parte culpable...
Por supuesto. Esta es una
sociedad competitiva que promueve ganar. Y esto tiene que ver no sólo con los
medios sino también con las políticas familiares triunfalistas. Los hijos deben
competir en el mundo con proyectos triunfalistas a cualquier precio. Así, para
ser aceptados los jóvenes quedan entrampados.
Las autoridades, ¿no son
en parte responsables de que queden entrampados? Porque este no es el primer
caso en que se los incita a beber sin importar los riesgos.
Sí, son responsables y
vuelvo a mi afirmación de que esta sociedad es filicida. No hay autoridades con
capacidad de decisión que puedan discernir entre represión y sensatez. No se
puede autorizar la promoción simbólica del uso de drogas a través de equivalentes
en jeringazos de bebidas alcohólicas ni propiciar, bajo el absurdo rótulo de
competencia, la embriaguez como meta. Esto es inercia, ineptitud y falta de
decisión política. Es ridículo que las autoridades exijan que los padres pongan
límites cuando esa responsabilidad es netamente institucional. Yo tengo muy
poca estima y escasísimo respeto por la calidad personal de los que temen tomar
decisiones no represivas sino tutelares, y hacerse responsables por ellas.
¿Qué temen?
Temen que se hable mal de
ellos, rehuyen la posibilidad de toda crítica porque no tienen argumentos
válidos para replicar; también saben que muchos padres se opondrían a que se
les prohiba algo a sus hijos y no se animan a responderles que sus nenes son
ciudadanos. Es necesario instalar una discusión mayúscula entre la intervención
legal estatal y las funciones familiares. Hay que discutir qué tejido hay que
armar entre la responsabilidad de las autoridades respecto de los ciudadanos y
los derechos de los padres respecto de la filiación, porque un hijo es un
ciudadano que debe ser protegido y allí le corresponde al Estado ejercer su
responsabilidad tutelar. La característica de la democracia es la posibilidad
de crear poderes que permitan balancear lo que se le opone como destructivo sin
tener la ilusión ni la intención de hacerlo desaparecer, o sería peligrosísimo.
Hay que forjar una trama que limite a los que sólo buscan enriquecer su bolsa.
Traigamos a los jóvenes a este bando de la construcción del poder creativo y no
los dejemos quedar copados por lo peligroso y por la adhesión a los principios
de quienes lucran a costa de ellos. La “piolada” de los chicos radica en
apropiarse de la noche; son incitados a hacerlo y eso les da una sensación de
autonomía. Se equivocan ellos y quienes filicidamente los autorizan. No se
trata de plantear políticas represivas, pero sí ordenadoras. Los jóvenes quedan
a merced de una modalidad tilinga de vivir la noche, que no es creativa, y que
puede dañar el propio equilibrio psíquico y físico.
¿Cómo viven los adultos el
copamiento de la noche por los adolescentes?
Los adultos se sorprenden
porque parece que pensaban completar el esquema del mundo sin los jóvenes. Pero
la cultura adolescente ha decidido mostrar claramente que el mundo se completa
con su intervención. Los textos de los Redonditos de Ricota o de Charly García,
a quienes los chicos adoran, tendrían que haber advertido que la familia y la
educación iban por un lado y lo que los chicos tenían en la cabeza iba por
otro. El rock, en sus textos, siempre advirtió sobre los reclamos de estas
generaciones por la paz, contra la corrupción, por la búsqueda de amor. No los
tomamos en serio. Pero los padres no son los únicos que educan a sus hijos, ni
tampoco la escuela o la universidad. Los adolescentes están siendo informados,
educados y dirigidos por los medios, así como también por las multinacionales y
las transnacionales que -a través de los medios- les sugieren qué comer, qué
beber, cómo vestirse...
¿Son los adultos
responsables de estas conductas?
Los jóvenes comienzan a
ser púberes mucho antes, pero no por razones de madurez sino de precocidad: los
adultos no tienen tiempo para seguir los tiempos de infancia de los chicos y
entonces los “crecen” -los “malcrecen”- mucho antes de que transcurra la etapa
de disfrute de la niñez y de la adolescencia, como una necesidad de que se
pongan rápido a la par, que no demanden cosas. A partir de allí aparecen
mensajes como “tomen cerveza, compitan, sean modelos así se ganan unos mangos y
ya son otros grandes más: ya no tenemos que ocuparnos de ustedes”. Esta actitud
no es excluyente de los padres, sino que es compartida por todo el universo
adulto.
¿Cómo reaccionan los
jóvenes frente a la realidad que viven?
Por mi profesión yo los
escucho mucho, los veo muy desencantados, pero buscando dónde encontrar el
encanto. Saben que el encanto existe, lo que les cuesta es construirlo sin
destruir otra cosa.
¿A qué denomina encanto?
El encantamiento es una
forma de la fascinación inteligente porque uno no queda copado, subsumido o
entrampado. Es una vivencia en la que -a diferencia del enamoramiento que te
puede volver tonto- uno no pierde su lucidez. Los jóvenes se encantan en un
recital, son capaces de encantarse en un vínculo amoroso, que no es el
enamoramiento ni la excitación sexual, o sea que pueden llegar a encantarse si
se bancan amar, que es una dimensión compleja porque debe ser generosa. Se
encantan si forman una banda de música, si practican alguna actividad
artística, si tienen un trabajo productivo que dé cabida a su creatividad. El
encanto existe, está, sólo deben tener la posibilidad de llegar a él, armarlo,
construirlo, generarlo.
Desde hace mucho tiempo usted señala al Poder
Judicial, salvo lo que considera “honrosas excepciones”, como una de las
estructuras más machistas que subsisten en nuestra sociedad. ¿Por qué es tan
difícil modificarlo?
Es una estructura patriarcal, verticalista, machista, segregacionista y prejuiciosa. Tiene todas las idiosincrasias habidas y por haber que marcan a quienes tienen en sus manos la administración de la Justicia como personas peligrosas. Cuando caen en su órbita mujeres que son víctimas de delitos sexuales, corren serios peligros, porque son personas en las que se pueden mezclar el sadismo, el odio hacia la mujer y sus propios problemas personales en una especie de caduceo donde distintas perversiones los lleven a tener conclusiones que son a su vez perversas.
En los últimos años, ¿considera que hubo cambios? ¿Es optimista con respecto a que esas estructuras puedan transformarse?
Ha habido cambios en la Justicia con gente joven, fiscales, jueces y juezas que desde la perspectiva de género introdujeron nuevas miradas para la lectura de los delitos de integridad sexual. Soy optimista porque soy psicoterapeuta y tengo que serlo, porque creo en las posibilidades de reparación de la víctima y modificación de las conductas violentas. Pero al mismo tiempo tengo muy claro que a la gente perversa no se la puede modificar y goza haciendo perversidades, diciéndolas y comprometiéndose con ellas, porque forman parte de su vida. Todas esas perversidades han sido inoculadas a lo largo de los años en al cabeza de quienes administran Justicia. Lo doloroso es pensar en las víctimas y lo esperanzador en la lucha permanente que llevamos las mujeres adelante y en la que las jóvenes están tomando el partido con mucha energía y ganas. Hemos aprendido a denunciar, a no callarnos la boca y a empoderarnos.
Más allá de los avances, aún escasea la toma de conciencia en muchos sectores acerca del impacto y alcance del abuso sexual.
Nos falta más conciencia y más denuncia. Debemos recordar que, en la inmensa mayoría de los casos, en un 85% los abusos sexuales ocurren dentro de la familia y en general es el padre el abusador. Muchas veces, hay silencios cómplices de la familia que no quiere denunciar, por ejemplo, al padre o al abuelo. En el Programa Las víctimas contra las violencias, nos especializamos en abuso sexual porque tenemos infinidad de denuncias. Necesitamos tomar más conciencia y que los medios de comunicación nos llamen y se comprometan en difundir esta realidad. Tenemos que llevar este tema a las universidades, a todas las facultades, no solo de humanidades sino también, por ejemplo, de agronomía, porque el abuso sexual atraviesa universal y tangencialmente todas las formas de convivencia.
¿Cómo se explican esos silencios cómplices en muchas familias antes casos de abuso sexual?
Todavía los padres y las madres se sorprenden cuando aparece una situación de abuso intrafamiliar. Les cuesta darse cuenta que esto que es horroroso, es sin embargo posible. Admitir que el varón con el que se convive es el responsable del abuso es una de las situaciones más amargas y complejas, que determinan que haya una zona de silencio y distracción, y que se pasen por alto síntomas que sin embargo están advirtiendo que algo raro le pasa al chico o la chica.
Usted ha señalado en varias oportunidades prácticas aberrantes en la Justicia como el intento de revincular a los niños, niñas y adolescentes que sufren abuso sexual con sus agresores. ¿Cómo es posible que esas prácticas continúen?
Muchos jueces no quieren entender que la familia no es la institución sacrosanta que nos quieren hacer comprar, sino que es un lugar peligroso para muchos niños y niñas. He visto de forma patética intentos por revincular a chicos y chicas con sus agresores. Desde que yo tenía treinta años, cuando trabajaba en el Hospital de Niños (hoy Pedro Elizalde), nos peleábamos con los fiscales por estos temas. Recuerdo una época cuando se intentaba hacer estas revinculaciones en el Jardín Japonés y los chicos salían corriendo gritando: “no quiero estar con él”, “no quiero verlo”, mientras una asistente social intentaba sujetarlos.
Y aún persiste…
Así es. Es un padecimiento y una revictimización que aún hoy persiste. Y atrás está la idea de que la familia no se puede deshacer, que la madre le mete ideas al chico o la chica en la cabeza, cuando ningún niño o niña es un títere que va a repetir lo que dice la madre y basta mirar los dibujos que hacen o escuchar sus declaraciones para darse cuenta que no inventan. Los jueces tienen una cabeza atravesada por los prejuicios acerca de lo que es la vida sexual en la familia y no quieren aceptar que puede estar absolutamente corrompida y los chicos absolutamente dañados. El intento de revincular a los niños y niñas con sus victimarios es para que la familia siga entera: les interesa más que se mantenga de modo artificial que exponer a un padre violador, que no es un padre, es un monstruo.
No sólo se pone infinidad de veces en duda el testimonio de los chicos y las chicas, sino también de las mujeres. Eso hace que, muchas veces, elijan no denunciar o den marcha atrás, para no continuar siendo revictimizadas. ¿Por qué ocurre esto?

