“Un escritor es algo extraño -dijo Marguerite Duras
(1914-1996) en “Ecrire” (Escribir)-. Es una contradicción y también un
sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”.
Marguerite Donnadieu Legrand, quien a lo largo de su vida aullaría de esa
manera con vehemencia, nació en Gia Dinh, cerca de Saigón, en la Vietnam que
formaba parte de la colonia francesa de Indochina. El apellido Duras lo tomó de
un pueblo del suroeste de Francia de donde procedía su familia paterna.
Huérfana de padre desde pequeña, pasó su juventud en Camboya signada por el
carácter dominante y severo de su madre y por las dificultades económicas. En
1932 fue repatriada a Francia y allí estudió Ciencias Políticas y Derecho en la
Université de la Sorbonne, donde se graduó en 1935. En 1942 publicó su primera
novela, “Les impudents” (La impudicia) y, dos años después apareció “La vie
tranquille” (La vida tranquila). Durante la ocupación nazi participó
activamente en la Resistencia y se afilió al Partido Comunista, al que
abandonaría años después desencantada con las políticas seguidas en la Unión
Soviética. Diligente militante política, vendía clandestinamente “L'Humanité”
-órgano oficial del PC- y fundó la editorial La Cité Universelle. Más adelante
se opuso públicamente a la represión francesa en Argelia y participó en el
movimiento de Mayo del '68. Es a partir de 1970 cuando se aparta de la política
activa para refugiarse en la literatura y el cine. Su obra literaria, con
notorios trazos autobiográficos, comprende alrededor de cuarenta novelas. Entre
ellas se destacan “Un barrage contre le Pacifique” (Un dique contra el
pacífico), “Le marin de Gilbaltar” (El marino de Gibraltar), “Moderato cantábile”,
“Le vice-cónsul” (El vicecónsul), “L'amant” (El amante), “Hiroshima mon amor” (Hiroshima
mi amor) y “La douleur” (El dolor). Su carrera cinematográfica comenzó como
guionista colaborando con René Clément (1913-1996) y Alain Resnais (1922-2014).
En 1967 dirigió su primera película, “La música”, dando comienzo a una serie de
filmes enrolados en el vanguardismo y la experimentación, entre ellos “Le
camion” (El camión), “La femme du Gange” (La mujer del Ganges) y “Les enfants”
(Los niños). “La soledad de la escritura es una soledad sin la cual el escribir
no se produce -escribió Duras-, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir
escribiendo. Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una
separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del
escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Nunca
hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había
descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Queneau me lo había
confirmado. El único principio de Queneau era éste: ‘Escribe, no hagas nada más’.
Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba”. Ciertamente, su
primera novela también hechizó al escritor y matemático francés, al punto tal
que fue él quien consiguió que su siguiente novela se publicase en Gallimard,
la prestigiosa editorial que de allí en adelante editaría la mayor parte de su
obra. A mediados de la década del ‘20, Raymond Queneau (1903-1976) conoció a
André Breton (1896-1966) y a otros integrantes del Surrealismo, entre ellos
Jacques Prévert (1900-1977) e Yves Tanguy (1900-1955), quienes estimularon su
vocación literaria. Sus primeros textos, de hecho, aparecieron en “La
Révolution Surréaliste”, la revista del movimiento vanguardista que apareció
entre 1924 y 1929. En 1930, tras distanciarse de Breton, fue abandonando la
rebelión y el inconformismo de aquellos e inició una evolución más personal que
se caracterizó por la utilización del lenguaje como elemento de experimentación
formal, cuya máxima expresión sería su obra “Exercices de style” (Ejercicios de
estilo), en la que presentó noventa y nueve formas distintas de contar un
insignificante episodio ocurrido en un autobús. Su pasión por las matemáticas y
los enigmas se vio reflejada en obras como “Les temps mêlés” (El tiempo
mezclado) o “Saint Glinglin” (San Glinglin) en las que construyó mundos
imaginarios que denominó “patafísicos”, en una clara alusión a la “ciencia de
las excepciones” creada por el dramaturgo Alfred Jarry (1873-1907). Con grandes
dosis de humor inteligente e ironía, Queneau escribió varias novelas entre las
que sobresalen “Gueule de Pierre” (Boca de piedra), “Les derniers jours” (Los
últimos días), “On est toujours trop bon avec les femmes” (Siempre somos
demasiado bueno con las mujeres) y “Le dimanche de la vie” (El domingo de la
vida). Fundador del grupo literario Ovroir de Littérature Potentielle, también
incursionó en la poesía con títulos como “L'instant fatal” (El instante fatal),
“Petite cosmogonie portative” (Pequeña cosmogonía portátil) o “Morale
élémentaire” (Moral elemental). “Usted escriba, no haga otra cosa en la vida”
le había dicho Queneau a una bisoña Marguerite Duras allá por 1943. “Lo he
hecho. La escritura nunca me ha abandonado”, le respondería ella medio siglo
después, ya casi en el final de su vida. Hacia finales de la década del ‘50,
mientras Queneau publicaba la novela “Zazie dans le métro” (Zazie en el metro)
y Duras hacía lo propio con la obra teatral “Les viaducs de la Seine et Oise”
(Los viaductos del Sena y el Oise), ambos escritores mantuvieron una
conversación que fue reproducida por el semanario “L'Express” en su edición del
22 de enero de 1959. Algunos fragmentos de la misma se reproducen a renglón
seguido.
R.Q.: No creo que se pueda juzgar la calidad absoluta de un original. Se valora desde un punto de vista particular, el del editor.
M.D.: ¿Si es publicable o no?
R.Q.: Así es. Se plantean unas preguntas respecto al autor: ¿Se trata de un escritor? ¿De un futuro escritor? ¿O de alguien que está fuera de órbita? No se juzga mucho si un manuscrito es bueno o malo, siempre es muy subjetivo. Pero se puede ver si el autor de una obra pertenece a la categoría de los escritores, de los futuros escritores o si es sencillamente un aficionado. Creo que se distingue en seguida si es profesional, futuro profesional o aficionado. El profesional, cuando manda un manuscrito, no es todavía un profesional, por supuesto. Pero se intuye al leerlo que ya tiene conciencia de lo que es la escritura, el oficio, el trabajo del escritor, y de que lo que escribe tiene el destino de ser publicado. Mientras que el aficionado, cuyo manuscrito puede ser muy bueno o muy malo, no se da cuenta en absoluto de lo que son la literatura y la escritura, es alguien que sólo piensa en sí mismo, que escribe por propio placer, que escribe para aliviarse. No está muy lejos, por ejemplo, del diario de la muchacha que lo redacta para contarse a sí misma sus propios sentimientos. Y desde el primer manuscrito de un autor, se puede adivinar si se trata irremediablemente de un aficionado o de alguien que puede llegar a ser un escritor, incluso si ha de ser un mal escritor.
M.D.: Un acróbata, un jardinero, ¿pueden llegar a ser buenos escritores?
R.Q.: Sí. Hay gentes que son carpinteros o acróbatas. Son quizá malos acróbatas y mediocres carpinteros; pero, a pesar de todo, saben su oficio. No son los que con una varita mágica se imaginan que son carpinteros. Para darle un ejemplo, el escritor aficionado es el que toma la escritura como si hiciera bricolaje. Un escritor es quien se da cuenta de que no se escribe sólo por gusto propio, que tiene consciencia de no estar solo. El hombre, o la mujer, que está verdaderamente interesado por la escritura, sabe que pertenece a la comunidad de los demás escritores, que tiene contemporáneos que le juzgarán, que le criticarán, que escribirán paralelamente a él. El aficionado es alguien que se queda en sí mismo, que puede escribir cosas agradables, pero que no tiene la potencia suficiente para comunicar con los demás, con el público, ni siquiera con un público restringido. Lo que más me llamó la atención a lo largo de esos años de lectura de manuscritos, es que se ve con suma rapidez si un autor, incluso totalmente desconocido, pertenece ya, por vocación, para decirlo de alguna manera, al gremio de los escritores.
M.D.: ¿Ocurre muy poco?
R.Q.: Sí, muy poco. A veces, eso plantea problemas. Puede suceder que un manuscrito no sea bueno aunque el autor esté plenamente enterado de lo que es la escritura. Entonces da pena rechazarlo.
M.D.: ¿Hay algo que puede sustituir esta magia de la publicación, de la obra publicada?
R.Q.: No, nada. Entonces, a pesar de que su original no sea bueno, a veces nos da pena rechazarlo. Muchas veces podemos preguntarnos si no hubiese sido preferible publicar esa primera obra, transformarla en un libro impreso, incluso no muy bueno, incluso bastante malo, porque la vista de lo impreso, la vista de lo que uno escribe, impreso, transforma por completo al autor. Hay seguramente una reciprocidad que establece la impresión, la primera comunicación con... con los demás, en fin, con los lectores.
M.D.: Por una parte, es una fascinación, pero también una objetivación de la cosa. ¿Un libro impreso se ve mejor?
R.Q.: Sí. Pensemos: “he aquí un autor... lo que escribió no es muy bueno, pero, si lo ve editado, se dará cuenta de que no es muy bueno, sentirá las reacciones del público, de los lectores, aun en el caso de que estos lectores sean poco numerosos, incluso si nadie le escribe, si no tiene crítica”. El mero hecho de saber que hay aquí y allá, en el mundo, gente que podrá leer su obra, tendrá una influencia en él, lo transformará, le ayudará a comprender lo que es la escritura.
M.D.: ¿Las vocaciones literarias pueden ser tardías? ¿Qué piensa usted del notario que, en el último pueblo del departamento de la Dordogne, un buen día, con más de cincuenta años, empieza a escribir una novela?
R.Q.: Esto ocurre, efectivamente. Hay ejemplos de escritores tardíos. Pero la mayoría de las veces es un signo patológico. Casi siempre, un escritor escribe temprano, escribe joven.
M.D.: ¿A qué edad?
R.Q.: A los siete años... Muy joven, en fin... Que yo sepa, la mayoría de los escritores escriben desde la infancia. Empezaron a los siete, ocho, diez años, casi todos.
M.D.: ¿Cuándo empezó a escribir usted?
R.Q.: Nunca he dejado de escribir.
M.D.: Acaba de aparecer su última novela, “Zazie en el metro”. ¿Hacía mucho que no publicaba nada?
R.Q.: Unos seis o siete años, desde “El domingo de la vida” en 1952.
M.D.: ¿Y por qué ese silencio? ¿No tenía tiempo de escribir? ¿Lo abandonó el deseo?
R.Q.: Las dos cosas. En particular, no encontraba el tiempo necesario. Escribí las tres o cuatro primeras páginas en 1945 y no volví a retomar la historia hasta 1953. Hace cinco años. Empecé con el nombre, el título, el personaje… O mejor dicho, la concepción del personaje. Se me apareció todo junto.
M.D.: Su protagonista Zazie es una niña.
R.Q.: Sí, es una niña pequeña. En principio, ella debería estar por fuera de los deseos sexuales del mundo adulto, aun cuando se siente atraída por las jóvenes.
M.D.: Desde la primera vez que pensó en ella, ¿mantuvo siempre la misma edad a lo largo de esos cinco años de escritura?
R.Q.: Sí, aunque desde un punto de vista sociológico ha rejuvenecido. Primero la imaginé como una niña de catorce años, y luego, con el rejuvenecimiento del erotismo, ella permaneció igual, pero debe tener once o doce años como mínimo. Hacia el final, las últimas palabras que pronuncia Zazie son: “He envejecido”. En verdad, ella envejeció sólo cuarenta y ocho horas, pero, de hecho, quien ha envejecido he sido yo. Por el contrario, ella rejuveneció, al menos en mi mente. Yo tengo cinco años más y la idea que ahora me hago de Zazie es que sólo cuenta con once o doce años.
M.D.: Muy bien, pero ¿quién es en verdad Zazie? ¿Una salvaje de los tiempos modernos? ¿Una bravucona, una filósofa?
R.Q.: No. Para mí es alguien normal. En fin, una persona normal tal como lo entiende la gente normal. Hay otras personas normales en la novela, como Marcelina, la viuda Mouaque, la madre de Zazie… Pero bueno, el personaje central del libro es Trouscaillon.
M.D.: Todos sus personajes son indocumentados: la guía gay, el falso chofer ruso… ¿Por qué su interés particular por los marginales?
R.Q.: No me interesa más que cualquier otro ciudadano. Hablo de ellos porque, como dice la guía, toco mi tañido de flauta como lo hacen todos los artistas. Es mi pequeña historia. Y vuelvo a contarla una vez más porque me doy cuenta que es necesario repetir las cosas. O mejor dicho, no: lo hago porque de una vez por todas hice lo que se me dio la gana sin tomar en cuenta ciertas preocupaciones a las que un escritor parece obligado, como renovarse o, en particular, parecer más serio. Hice exactamente lo que deseaba y además me daba placer. Obviamente, soy consciente que en “Zazie en el metro” se repiten personajes o situaciones de mis otros libros, pero no es tan distinto a lo que ocurre en el mundo. Hay todo tipo de personas y muchas de ellas viven al margen de la sociedad. Y siempre en los mismos lugares: mercados de pulgas, fiestas populares, estaciones de metro o trenes. Lugares donde en todo momento pasa algo. Creo que puedo repetirme, y nunca nada será igual.
M.D.: ¿Cuál es la virtud que opera como común denominador y vincula a todos estos personajes entre sí?
R.Q.: Mi simpatía por todos ellos. Es algo puramente subjetivo.
M.D.: Recién afirmó que en “Zazie…” hizo lo que realmente le gustaba. ¿Eso significa que sintió más placer escribiendo este libro en relación a los anteriores?
R.Q.: Es bastante difícil de precisar. Hago grandes esfuerzos para escribir. Soy perezoso. Hay autores, estoy seguro de ello, que disfrutan escribiendo. Yo no. Es trabajo. Y si bien se trata de un trabajo que me gusta, de ningún modo es “soplar y hacer botellas”.
M.D.: ¿Cree que estos cinco años de espera resultaron útiles para la maduración de la novela?
R.Q.: No tengo idea. Obviamente, es algo con lo que he vivido durante cinco años. Al cabo de ese tiempo, durante esos cinco años, pensaba y trabajaba mentalmente en función de la novela. Incluso en los días en los que no trabajaba ni pensaba en ella.
M.D.: ¿Qué ocurre con los escritores que se ven ocupados por otras tareas, como aquellos que trabajan en una oficina por ejemplo?
R.Q.: Hay tiempo. Siempre hay tiempo para todo. En necesario hacer del tiempo algo precioso.
M.D.: Y usted, ¿cuándo escribe?
R.Q.: No importa demasiado cuándo. Para “Zazie…”, el comienzo y los primeros cinco o seis capítulos los escribí durante unas vacaciones, y luego el resto.
M.D.: ¿Y de no haber sido escritor?
R.Q.: ¿Qué hubiese hecho? Qué pregunta más curiosa. Un montón de cosas. Podría citar muchos oficios: modisto, cocinero, banquero.
M.D.: ¿Y por qué no filósofo? A fin de cuentas, se puede considerar como si lo fuese.
R.Q.: Creo que la filosofía no necesita ser escrita.
