19 de febrero de 2020

América Scarfó. Feminismo, amor libre y anarquía (3). Pasiones


Estas actividades lo llevaron a vivir gran parte de su estadía en Argentina como prófugo, debiendo cambiarse el nombre y mudarse continuamente de un lugar a otro del país con su familia para evitar ser apresado. Fue en un acto anarquista cuando conoció al joven militante Paulino Scarfó (1909-1931), quien le comentó que sus padres alquilaban una habitación en su casa de la calle Monte Egmont (actual Tres Arroyos) 3834 en el barrio de Floresta. Allí fue a vivir Di Giovanni con su esposa e hijos, y allí también comenzaría una historia que trascendería al tiempo y se inscribiría en la corriente de la revolución sexual que se produjo en el siglo XX. En definitiva, otra faceta de la historia de aquel hombre al que Bayer en su biografía calificara de “héroe con mala suerte, un hombre joven que tomó en serio todo lo que le decían los libros de su ideología. Ideología que, según se interprete, puede pasar de la bondad y el respeto por la condición humana en todos sus aspectos, a la más desesperada y violenta acción avasalladora justificada en el ideal de querer implantar la libertad absoluta para todo el mundo”.
Por aquel entonces, ya eran evidentes las disidencias internas que vivía el anarquismo argentino. Estaban los militantes que limitaban su accionar a la representación de los intereses concretos de los trabajadores en las organizaciones sindicales y, por otra parte, los que se negaban a impulsar cualquier tipo de organización y recomendaban a los trabajadores no confiar en las huelgas para conseguir mejores condiciones laborales y salarios, sino que había que emplear la violencia (como los atentados con explosivos) para recaudar fondos e imponer sus ideas. Conformaban pequeños grupos de afinidad que se reunían espontáneamente para llevar adelante una actividad y luego se disolvían. Este sector reivindicaba a Simón Radowitzky (1891-1956) y Kurt Wilkens (1886-1923), anarquistas que, en sendos atentados, acabaron con la vida del Coronel Ramón L. Falcón (1855-1909) y la del Teniente Coronel Héctor Benigno Varela (1875-1923). Las fuerzas policiales bajo el mando de Falcón habían asesinado a once manifestantes pacíficos que celebraban el 1º de mayo, lo que llevó al sindicalismo a una huelga general por tiempo indeterminado, un episodio que pasó a la historia como la “Semana Roja”; mientras que las tropas del ejército que comandaba Varela fusilaron a alrededor de mil quinientos peones rurales en la provincia de Santa Cruz que habían iniciado una huelga para quejarse por las magras y humillantes condiciones laborales en las que se encontraban, entre ellas las jornadas de 12 a 16 horas diarias de trabajo salvo los domingos y el pago de los salarios con vales, los que sólo podían utilizar para el pago de la escasa comida que les daban. Estos hechos luego se conocieron como la “Patagonia Rebelde”.


La familia Scarfó, de origen siciliano y católico, vivía en una casa típica de barrio, con galería, patio y macetas. El padre era un italiano trabajador que ya había pasado los 60 años, su esposa andaba por los 50 y tenían ocho hijos: seis varones y dos mujeres. De todos los hermanos era una de las muchachas la que sobresalía por su inteligencia: América Josefina, que había venido al mundo el 18 de noviembre de 1912 y que concurría al Liceo de la Escuela Normal Nº 4 Estanislao Zeballos en el barrio de Caballito. Los Scarfó poco sabían del prontuario de su nuevo vecino. Ignoraban que su inquilino era considerado por la prensa como un “audaz asaltante”, “el enemigo público número 1 de la policía argentina”, “el hombre más maligno que pisó tierra argentina”, “el idealista de la violencia” y un “asesino feroz e implacable”. Años después, la señora Scarfó describiría así la llegada de Di Giovanni a su casa: “Vino a casa un día para alquilar una pieza. Le pareció conveniente el precio del alquiler y cerramos trato. Al día siguiente llegó con su mujer, Teresina, y sus hijos. Era un hombre al parecer bueno, sencillo. Hablaba bien de los pobres y se pasaba las horas que tenía libres leyendo. Trabajaba de tipógrafo. Mis hijos tenían en aquel entonces menos de 20 años. Di Giovanni empezó a prestarles libros. Se hizo gran amigo. Con el poder enorme de atracción que tenía se acercó a ellos y empezó a influenciarlos con sus ideas”.
Fina, como la llamaban a América familiarmente, tenía por entonces poco menos de 15 años y era una alumna sobresaliente de 2º año en el Liceo. Su hermano Paulino era su compañero de paseos, su confidente, el primero en acercarle secretamente esos libros libertarios que les prestaba aquel misterioso sujeto de 25 años que alquilaba la vivienda del fondo. En la casa de los Scarfó había un jardín. Según le contó Fina a Maria Luisa Magagnoli (1948) muchos años después, cuando la escritora italiana estaba preparando su libro “Un caffè molto dolce” (Un café muy dulce) sobre la vida de ella, el primer diálogo que tuvo con Severino fue a propósito de las flores. “¿Cómo están las begonias?”, preguntó él. “Están tristes”, respondió ella. Osvaldo Bayer, en la obra citada, lo cuenta poéticamente: “Escucha sus pasos. El rumor de sus zapatos avanzando por el pasillo, hacia la puerta del frente. Adivina el perfil de su sombrero negro por encima de la tapia. Fina no duda: toma la escoba, como cada tarde, como cada vez que la sombra de ese extraño se acerca desde el patio del fondo, y sale a la vereda. Barre, disimula. Espía al enigmático personaje, que es su vecino, que es el nuevo inquilino de sus padres. Espera, afectando indiferencia, el saludo formal del sujeto. Ella responde, casi un susurro; le cuesta levantar la mirada. Él sigue su camino, pero antes de llegar a la esquina, se detiene. La mira desde lejos, duda, y saluda con la mano. Ahí están, otra vez, sus ojos celestes. Con el rostro pleno de rubores, Fina responde el gesto, sin soltar la escoba, sin reparar en que en la vereda no queda ya una sola hoja seca desde hace días”.


Por entonces, Paulino había comenzado a trabajar en la imprenta de “La Antorcha”, mientras que América sentía que el arribo de Di Giovanni era la encarnación del modelo que se había formado en las lecturas a hurtadillas de los libros que le prestaba su hermano. Pero en medio del ambiente en que vivía, conformado por una familia severa y una escuela autoritaria, con su presencia no sólo llegó el ideal con él. “Con Severino -cuenta Bayer en la obra citada- llegó el amor. La adolescente América, con su imaginación, su vivacidad, sus ganas de vivir y conocer, su inteligencia, se sentirá atraída por la naturaleza del extranjero, de ese hombre con un ángel especial, que era tan diferente a todos los otros que ella conocía, que hablaba de la liberación del ser humano, de la redención de los pobres; que escribía poesías sobre la belleza de vivir, que discutía de libros, de filósofos, de política y que incitaba a sus hermanos a luchar, a dar la cara y no a sumarse al rebaño de la sociedad burguesa. Lo que al principio comienza como admiración, se transformará en amor platónico para al fin desbordar en un novelesco y apasionado romance que se desarrollará con desesperación en ese periplo de violencia y persecución que protagonizará Di Giovanni pocos meses después”.
La madre de América, que conocía la militancia de su hijo Paulino, sospechaba algo del nuevo inquilino. Cuando una vez fue a pedirle un diccionario castellano a su hija le respondió: “Usted no tiene nada que pedirle a América, si quiere pídaselo a Paulino”. No obstante, pronto América y Severino comenzaron a intercambiar pasajeros diálogos, hasta que un allanamiento policial puso en alerta a los padres que descubrieron la verdad sobre Severino y le pidieron que abandonara la vivienda. Junto a él, partió también Paulino y otro de los hermanos Scarfó. Desde ese momento, la comunicación entre Severino y América se hizo muy difícil. Fueron meses de persecución continua por parte de la policía en los cuales Di Giovanni vivió cambiando de domicilio sin por ello dejar de participar en distintos atentados, asaltos y robos. No obstante, impulsado por su pasión hacia América, la esperaba a la salida del colegio para hacer largas caminatas por las calles aledañas, por la plaza Lezica (hoy parque Rivadavia) y por el parque Centenario. Pero todo quedaba allí: era un romance lento, platónico, como si los dos temieran romper el encanto de esa amistad. Para él, esos encuentros eran como un bálsamo en medio de la actividad que desarrollaba como militante anarquista.
“En esos meses -narra Bayer-, en su vida ha entrado un factor al cual se entregará con la misma vehemencia y pasión que a su idea: el amor. América, esa adolescente, representa algo nuevo que mucho tiene que ver con sus sueños y su poesía. Es un sentimiento hasta ahora desconocido para él. La relación con Teresina (su esposa) tiene algo de solidaria por las circunstancias en las que tuvieron que unirse; hay hasta cariño. Esa mujer campesina tiene cierta dulzura en su silencio. Y a los dos los une el amor por sus hijos. Pero a ella no le puede hablar de sus ideas, de sus sueños. Tiene necesidad de otro ser femenino para compartir todo eso que lo obsesiona. Teresina no le ha exigido ni pedido nunca nada, al contrario, toda su vida con él ha sido llena de dificultades, nunca ha habido tranquilidad desde que tuvieron que abandonar Italia. Últimamente se ha mostrado intranquila, teme por sus hijos. Nota que Severino se escapa de sus manos. Los allanamientos policiales y esta vida, ahora, de constante aparecer y desaparecer la ha puesto insegura. Él ya existe cada vez menos para ella”.


La separación fue inevitable. Entre ambos existía un sentimiento de mutuo respeto y no hubo reyertas o reproches entre ellos. Su esposa e hijos se fueron a vivir a una pequeña casa en Villa Santa Rita, mientras que él con los hermanos Scarfó alquiló dos habitaciones en Villa Sarmiento, entre Haedo y Ramos Mejía, en el Gran Buenos Aires. La madre de América la mandaba todas las semanas con ropas y alimentos, ignorando que allí también vivía Severino. Y fue en esas visitas cuando ella y Severino tuvieron la ocasión de encontrarse en soledad y conversar libremente. Hablaban de literatura en general y de poesía en particular, pero también de las teorías de la causa libertaria. Él le cuenta que sueña con instalar una imprenta propia para hacerla editorial de libros y opúsculos anarquistas. Ella le comenta los temas que la perturban: la sexualidad, el compañerismo, la superación de las contradicciones inherentes a las relaciones familiares y afectivas. Ambos intuían estar enamorados pero ninguno sabía cómo llegar al otro. América, por inexperiencia y por los prejuicios de la época; Severino, por un temor que lo paralizaba frente a ella.
Empero ese sentimiento mutuo alcanzó tal magnitud que el 17 de agosto de 1928, en una de esas reuniones, resolvieron aparearse. Dos días después de aquella crucial unión en el amor Severino le escribió: “Amiga mía: tengo fiebre en todo mi cuerpo. Tu contacto me ha atestado de todas las dulzuras. Te dije, en aquel abrazo expansivo cuánto te amaba, y ahora quiero decirte cuánto te amaré. Porque el pan de la mente que sabe materializar todas las idealidades elegidas de la existencia humana, nos será la guía más experta para resolver nuestros problemas; y debo decirte con toda la sinceridad de un amigo, de un amante y de un compañero, que nuestra unión será bella y prolongada, gozosa y plena de todos los sentimientos: grande e infinitamente eterna. Y cuando te hablo de eternidad (todo aquello que el corazón ha querido, gozado y amado, es eterno) quiero aludir a la eternidad del amor. El amor jamás muere. El amor que ha germinado lejos del vicio y del prejuicio es puro, y en su pureza no se puede contaminar. Y lo incontaminado pertenece a la eternidad. Serás el ángel celestial que me acompañe en todas las horas tristes y alegres de esta mi vida de insumiso y rebelde. Contigo, ahora y siempre”.
En aquel tiempo, Di Giovanni publicó en “Culmine” el texto de la conferencia sobre los derechos de la mujer que había dado el 25 de noviembre de 1900, en el antiguo Teatro Iris de Buenos Aires, el abogado anarquista italiano Pietro Gori (1865-1911). Bajo el título “La mujer y la familia”, aseveraba: “Así como los obreros sufren la tiranía económica de la clase capitalista, así las mujeres -en la costumbre y en la ley- son víctimas de la tiranía del sexo masculino. La liberación de aquéllos del yugo económico y de éstas del yugo sexual no podrá llegar a realizarse sino a través del esfuerzo colectivo de todos los explotados por la sociedad. Así como la liberación de los trabajadores no podrá ser sino a través de ellos mismos -de acuerdo al dictamen de la Internacional- así la liberación de la mujer será siempre una afirmación vacía si la mujer no la emprende por sí misma. Las reivindicaciones femeninas por miles de razones y motivos están ligadas a las reivindicaciones de los trabajadores; por otra parte, el derecho obrero no llegará a su victoria si la mujer se muestra negligente y no lucha. Por eso los trabajadores tienen interés y el deber de no abandonar el problema femenino que es parte integrante de la vasta cuestión social; y las mujeres deben tener la misión y el interés de preocuparse con todo amor por la cuestión social, porque el feminismo fuera de ella será sólo una vana academia de pocas comadres ambiciosas”.


Mientras tanto, debido a la intensa vigilancia policial sobre la casa de la familia Scarfó, ésta se había mudado a Villa del Parque. Desde allí América mantuvo un frondoso intercambio epistolar con Severino. Para que su madre no husmeara, las cartas que él le enviaba por medio de dos o tres mensajeros, con el pretexto de estudiar las leía tarde a la noche para luego guardarlas en una especie de carpeta de género de doble forro. “No puedo vivir, te deseo tanto, tanto en cada instante de mi vida. ¡Quisiera apretarte tan fuerte! Amarte como sólo yo puedo amarte -le escribió en una de ellas-. Embriagarme en ti todo entero y después... después volver a embriagarme una vez más y de nuevo, de nuevo hasta el agotamiento. Pero es sólo un sueño, sé que todo es para mí una quimera, toda una voluntad que propone un deseo imposible, pero que después, a falta de otra cosa, se contenta con volver a su reino del sueño y perderse en sus oscuros meandros”.
Su madre desconfiaba y le repetía continuamente que una chica de su edad no tenía que estudiar de noche. “Sospechaba algo -cuenta Bayer-. Hasta que su hermano Antonio revisó sus cosas y leyó las cartas. Cuando ella regresó una tarde del colegio, él la sorprendió con la pregunta: ‘¿Así que tenés novio?’. Ella atinó sólo a responder: ‘No, ¿por qué me le preguntás?’. ‘Porque escribe muy lindas cartas’, fue la respuesta. América no se anonadó al darse cuenta de que no habían descubierto que el autor de las cartas era Severino. Pero, según le contó la propia América a Osvaldo Bayer muchos años después, la madre la sometió a un interrogatorio más intenso: ‘¿Quién es tu novio? ¿Quién es él?’ América sólo podía responder: ‘un muchacho que ustedes no conocen’”. Pronto, sus reflexiones giraron en torno a la realidad que vivía, la sexualidad, el compañerismo, y la superación de las contradicciones inherentes a las relaciones familiares y afectivas entre los propios anarquistas. Comenzó a participar de discusiones teóricas y a afirmarse en la causa libertaria. Se definía como anarcofeminista de manera pública, expresando su apoyo a la unión libre y la autodeterminación, lo que hizo que sus padres desconfiasen cada vez más.