21 de febrero de 2020

América Scarfó. Feminismo, amor libre y anarquía (4). Correspondencia


En una carta, Severino le escribió: “El amor, el amor libre, exige aquello que otras formas de amor no pueden comprender. Y nosotros dos, rebeldes divinos (jamás nadie podrá llegar a nuestras cumbres), tenemos derecho a desagotar el pantano de la moral corriente y cultivar allí el inmenso jardín donde mariposas y abejas puedan satisfacer su sed de placer, de trabajo y de amor. ¡Oh, cómo es de hermoso ahora pasar las horas juntos...! Solos, solos, solos...! Un amigo me ha regalado una bellísima edición de la Comedia del Dante, ilustrada y comentado. ¡Cómo quisiera leerla junto a ti! Los pasajes sublimes de Francesca da Rimini abrazada a su Paolo mientras la tempestad infernal no tiene fuerza para separarlos, tanta es la posesión del amor de ellos, del amor en general. Que bello sería leer estas páginas junto a ti, juntos, juntos... Así, abrazados fuertemente y de cuando en cuando poder darte tantos besos. Cuando llegues leeremos, miraremos, elegiremos, no sólo las palabras de la Comedia, sino también aquellas, las más bellas, las más sublimes, las más comunes a nosotros -por eso, las más ardorosas- de nuestro inmenso amor”.
En otra, lamentaba lo que América tenía que sufrir por parte de sus progenitores. Ella le contestaba que sus padres no querían que siguiera estudiando, y que si eso se cumplía, dejaría el hogar. A lo que Severino le respondía diciéndole que conseguiría un trabajo y con lo que ganase podrían vivir juntos y ella seguir estudiando. Pero no sólo para eso necesitaba dinero, también para ayudar a su ex esposa y a sus hijos, quienes por entonces se mantenían con aportes que le hacían llegar los compañeros del Comité Pro Presos de los Sindicatos Autónomos.
En ese tiempo retomó su violento e implacable accionar: bombas en la fábrica de cigarrillos “Combinados”, cuyo dueño quería sacar a la venta un nuevo cigarrillo barato para obreros con el nombre de “Sacco y Vanzetti”, idea a la cual renunció tras el atentado; en las sedes centrales del First National Bank of Boston y el National City Bank of New York, y también el asalto a la empresa distribuidora de maquinaria industrial Kloeckner. Todos estos hechos hicieron profundizar la división que existía entre los anarquistas argentinos, sobre todo con los seguidores del antes mencionado Abad de Santillán, por entonces director del periódico “La Protesta”, del que lo separaban infranqueables diferencias en cuanto a tácticas, estrategias y cuestiones ideológicas y con quien mantenía virulentas controversias y discusiones.


Él esperaba ansiosamente las cartas de ella traídas por algún mensajero: “Tus cartas me impulsan tan alto, tanto, tanto, hasta hacerme doler de pura felicidad. Una carta tuya es el compendio de la primavera que me obliga al frenesí, que me empuja al regazo jovial del verde inmenso y me sofoca bajo una avalancha de flores”. Pero la persecución policial contra Di Giovanni se incrementó aún más, por lo que tuvo que refugiarse en distintos lugares. El Delta del Tigre y una chacra en Carlos Casares, ambos en la provincia de Buenos Aires, fueron algunos de los lugares en los que se ocultó. Así, los encuentros entre los dos enamorados pasaron a ser muy esporádicos. Fue por ello que ideó un plan para poder vivir junto a América: huir con ella a Francia. Quería que también viajaran Teresina y sus hijos para no perder contacto con ellos. Por entonces su ex esposa se había mudado a una pensión en Valentín Alsina donde vivían varios obreros a quienes les lavaba y les zurcía la ropa. En simultáneo, crecían las críticas de muchos compañeros anarquistas que no veían con buenos ojos aquella relación. Eso, sumado a su propia situación familiar, provocó una crisis en América que la llevó a hacerle una serie de reproches a Severino. Sin embargo, como típica reyerta de enamorados, cuando se reencontraron, la unión se selló con más fuerza. De ese reencuentro saldría la carta que América le escribió a Émile Armand el 3 de diciembre de 1928.
En aquel tiempo, el prestigio del antes aludido Armand sobre el tema del amor libre dentro del anarquismo internacional había cobrado una enorme notoriedad. El historiador francés Francis Ronsin (1943-2019), autor entre otras obras sobre el tema de “Le contrat sentimental. Débats sur le mariage, l'amour, le divorce de l'Ancien Régime à la Restauration” (El contrato sentimental. Debates sobre el matrimonio, el amor, el divorcio desde el Antiguo Régimen a la Restauración”, publicó en el año 2000 “Le sexualisme révolutionnaire et la lutte contre la jalousie” (Sexualismo revolucionario y la lucha contra los celos). En ese ensayo reprodujo un artículo que Armand había escrito en 1928: “Ce que nous entendons par liberté de l’amour” (Lo que entendemos por libertad de amor), en el cual manifestaba que “la camaradería amorosa implica un libre contrato de asociación (que puede ser anulado sin aviso, después de acuerdo mutuo), alcanzado entre anarquistas individualistas de diferentes géneros, respetando unas normas de higiene sexual, con el objetivo de proteger a la otra parte del contrato de ciertos riesgos de la experiencia amorosa, como el rechazo, la ruptura, el exclusivismo, la posesividad, la unicidad, la coquetería, los caprichos, la indiferencia, el no tomar en cuenta a otros, y la prostitución”.


Textos como éste, más otros escritos antes, motivaron a la joven anarquista América Scarfó a pedirle consejo de Armand sobre cómo enfrentarse a los problemas que surgían alrededor de su relación con Di Giovanni. La carta que le envió el 3 de diciembre de 1928 decía así: “Querido camarada. El motivo de la presente es, principalmente, consultarlo. Tenemos que actuar, en todos los momentos de la vida, de acuerdo a nuestro modo de ver y de pensar, de manera que los reproches o las críticas de otra gente encuentren a nuestra individualidad protegida por los más sanos conceptos de responsabilidad y libertad en una muralla sólida que haga fracasar a esos ataques. Por eso debemos ser consecuentes con nuestras ideas”.
“Mi caso, camarada, pertenece al orden amoroso. Soy una joven estudiante que cree en la vida nueva. Creo que, gracias a nuestra libre acción, individual o colectiva, podremos llegar a un futuro de amor, de fraternidad y de igualdad. Deseo para todos lo que deseo para mí: la libertad de actuar, de amar, de pensar. Es decir, deseo la anarquía para toda la humanidad. Creo que para alcanzarla debemos hacer la revolución social. Pero también soy de la opinión de que para llegar a esa revolución es necesario liberarse de toda clase de prejuicios, convencionalismos, falsedades morales y códigos absurdos. Y, en espera de que estalle la gran revolución, debemos cumplir esa obra en todas las acciones de nuestra existencia. Para que esa revolución llegue, por otra parte, no hay que contentarse con esperar sino que se hace necesaria nuestra acción cotidiana. Allí donde sea posible, debemos interpretar el punto de vista anarquista y, consecuentemente, humano.
En el amor, por ejemplo, no aguardaremos la revolución. Y nos uniremos libremente, despreciando los prejuicios, las barreras, las innumerables mentiras que se nos oponen como obstáculos. He conocido a un hombre, un camarada de ideas. Según las leyes burguesas, él está ‘casado’. Se ha unido a una mujer como consecuencia de una circunstancia pueril, sin amor. En ese momento no conocía nuestras ideas. Empero, él vivió con esa mujer varios años y nacieron hijos. Al vivir junto a ella, no experimentó la satisfacción que hubiera sentido con un ser amado. La vida se volvió fastidiosa, el único medio que unía a los dos seres eran los niños”.
“Todavía adolescente, ese hombre toma conocimiento con nuestras ideas y nace en él una conciencia. Se convierte en un valiente militante. Se consagra con ardor y con inteligencia a la propaganda. Todo su amor no dirigido a una persona lo ofrenda a su ideal. En el hogar, mientras tanto, la vida continúa con su monotonía, alterada solamente por la alegría de sus pequeños hijos. Ocurrió que las circunstancias nos hicieron encontrar al principio como compañeros de ideas. Nos hablamos, simpatizamos y aprendimos a conocernos. Así fue naciendo nuestro amor. Creímos, al principio, que sería imposible. Él, que había amado sólo en sueños, y yo, que hacía mi entrada a la vida. Cada uno continuó viviendo entre la duda y el amor. El destino -o más bien el amor- hizo lo demás. Abrimos nuestros corazones, y nuestro amor y nuestra felicidad comenzaron a entonar su canción en medio de la lucha y del ideal, que más impulso les dieron aún. Y nuestros ojos, nuestros labios, nuestros corazones se expresaron en la conjuración mágica de un primer beso. Nosotros idealizamos el amor pero llevándolo a la realidad. El amor libre que no conoce barreras ni obstáculos. Esa fuerza creadora que transporta a dos seres por un camino florido, tapizado de rosas -y algunas veces de espinas- pero donde se encuentra siempre la felicidad. ¿Es que acaso todo el universo no se convierte en un edén cuando dos seres se aman?”.


“También su mujer -a pesar de su relativo conocimiento- simpatiza con nuestras ideas. Últimamente ella dio pruebas de desprecio hacia los sicarios del orden burgués cuando la policía comenzó a perseguir a mi amigo. Fue así como la esposa de mi compañero y yo hemos llegado a ser amigas. Ella no ignora nada de lo que representa para mí el hombre que vivía a su lado. El sentimiento de afecto fraternal que existía entre ellos le permitió a él confiárselo a ella. Por otra parte, él le dio libertad de actuar como ella lo deseara, tal como corresponde a todo anarquista consciente. Hasta este momento, a decir verdad, hemos vivido una verdadera novela. Nuestro amor se intensificó cada vez más. No podemos vivir completamente en común dada la situación política de mi amigo y el hecho de que debo terminar con mis estudios. Nos encontramos muy seguido en diversos lugares. ¿No es acaso ésa la mejor manera de sublimar el amor alejándolo de las preocupaciones de la vida doméstica? Aunque estoy segura que cuando existe el verdadero amor, lo más bello es el vivir juntos”.
“Esto es lo que quería explicar. Pero he aquí que algunos se han erigido en jueces. Y éstos no se encuentran tanto en la gente común sino más bien entre los compañeros de ideas que se tienen a sí mismos como libres de prejuicios, pero que en el fondo son intolerantes. Uno de ellos sostiene que nuestro amor es una locura; otro señala que la esposa de mi amigo juega el papel de ‘mártir’, pese a que ella no ignora nada de lo que nos concierne, es dueña de su persona y goza de su libertad. Un tercero levanta el ridículo obstáculo económico. Yo soy independiente, como lo es mi amigo. Según todas las probabilidades, me crearé una situación económica personal que me liberará de todas las inquietudes en ese sentido. Además, la cuestión de los hijos. ¿Qué tienen que ver los hijos con los sentimientos del corazón? ¿Por qué un hombre que tiene hijos no puede amar? Es como si se dijera que un padre de familia no puede trabajar por la idea, hacer propaganda, etc. ¿Qué prueba puede hacer creer que esos pequeños seres serán olvidados porque su padre me ama? Si el padre olvidara a sus hijos merecería mi desprecio y no existiría más el amor entre nosotros. Aquí, en Buenos Aires, ciertos camaradas tienen del amor libre una idea verdaderamente exigua. Se imaginan que sólo consiste en cohabitar sin estar casados legalmente y, mientras tanto, en sus hogares siguen perdurando todas las ridiculeces y los prejuicios que son propios de los ignorantes. En la sociedad burguesa también existe esa clase de uniones que ignoran al registro civil y al cura. ¿Es acaso eso el amor libre?”.
“Por último, se critica nuestra diferencia de edad simplemente porque yo tengo 16 años y mi amigo 26. Unos me acusan de perseguir una operación comercial; otros me califican de inconsciente. ¡Ah, esos pontífices del anarquismo! ¡Hacer intervenir en el amor el problema de la edad! ¡Como si no fuera suficiente que el cerebro razone para que una persona sea responsable de sus actos! Por otra parte, es un problema mío y si la diferencia de edad no me importa nada a mí, ¿por qué tiene que importarles a los demás? Lo que quiero y amo es la juventud del espíritu, que es eterna. Hay también aquellos que nos tratan de degenerados, de enfermos y de otros calificativos de la misma especie. A todos ellos les contesto: ¿por qué? ¿Porque nosotros vivimos la vida en su verdadero sentido, porque rendimos un culto libre al amor? ¿Porque igual a los pájaros que alegran los paseos y los jardines nos amamos sin importarnos los códigos o las falsas morales? ¿Porque somos fieles a nuestros ideales? Yo desprecio a todos los que no pueden comprender lo que es saber amar. El amor verdadero es puro. Es un sol cuyos rayos enceguecen a aquellos que no pueden escalar las alturas. A la vida hay que vivirla libremente. Rindamos a la belleza, a los placeres del espíritu, al amor, el culto que ellos se merecen”.


Y concluía: “Esto es todo, camarada. Quisiera su opinión sobre mi caso. Sé bien lo que hago y no tengo necesidad de ser aprobada o aplazada. Sólo que al haber leído muchos de sus artículos y al estar de acuerdo con varios puntos de vista, me pondría contenta de conocer su opinión”. La carta, bajo el título “Une expérience” (Una experiencia), apareció publicada en “L'En Dehors” el 20 de enero de 1929 junto con la respuesta de Armand: “Compañera: mi opinión importa poco en la materia de lo que me transmites sobre lo que haces. ¿Estás de acuerdo íntimamente con tu concepción personal de la vida anarquista o no estás de acuerdo? Si estás de acuerdo, ignora los comentarios e insultos de los otros y continúa tu camino. Nadie tiene el derecho de poder juzgar vuestra forma de conducirte, aun en el caso que la esposa de tu amigo fuera hostil a esas relaciones. Toda mujer unida a un anarquista (o viceversa) sabe muy bien que no deberá ejercer sobre él o sufrir de parte de él una dominación de cualquier orden”. Por último le aconsejó que procediera como le dictase su conciencia y su sentir.
La contestación de Armand sirvió para amainar bastante la posición crítica que muchos compañeros de Severino tenían sobre su relación con América. No obstante, ese fin de año significó para él tristeza y depresión. El hecho de no poder ofrecerle a América un lugar para llevar una vida en común lo llenaba de impaciencia. Durante el año 1929 las divisiones en el anarquismo argentino se acentuaron intransigentemente. Desde “La Protesta”, el órgano de prensa de la corriente anarcosindicalista, el antes citado Diego Abad de Santillán y Emilio López Arango (1894-1929), un anarquista de origen español radicado en la Argentina, lanzaban críticas hacia el accionar de los anarquistas individualistas cada día más furibundas. Mientras tanto Di Giovanni, por entonces en el delta del Paraná, preparaba nuevos planes con su grupo. El contacto con América fue posible gracias a la mediación de un compañero que tenía un pequeño local de venta de café en Parque Centenario, en la calle Campichuelo. “La trastienda es lugar de encuentro y depósito de cartas y encomiendas que llegan y son buscadas -cuenta Bayer-. América -por su inexperiencia- pondrá en peligro toda la organización. Una vez que llega tarde a su casa y es conminada por sus padres a decir la verdad, responderá que ha visitado a amigos suyos en la calle Campichuelo. El hermano mayor de los Scarfó, Antonio, es quien deberá verificar si es o no cierto. El matrimonio González recibe la visita intempestiva y sabe salir del paso, pese a las preguntas incisivas del visitante. Todo esto traerá inseguridad y resquemores, ya que todos se estaban jugando la vida”.