27 de marzo de 2022

Liberalismo económico. Una historia de ambiciones, clasismos, guerras, revoluciones y otros percances

XIII. El Estado de Bienestar / El florecimiento del neoliberalismo

En “The plot of neoliberalism” (La trama del neoliberalismo), el historiador y ensayista político inglés Perry Anderson (1938) opina que “el blanco inmediato de Hayek, en aquel momento, era el Partido Laborista inglés en las vísperas de la elección general de 1945 en Inglaterra, que este partido finalmente ganaría. El mensaje de Hayek era drástico: ‘A pesar de sus buenas intenciones, la socialdemocracia moderada inglesa conduce al mismo desastre que el nazismo alemán: a una servidumbre moderna’. Tres años después, en 1947, cuando las bases del Estado de Bienestar en la Europa de posguerra efectivamente se constituían, no sólo en Inglaterra sino también en otros países, Hayek convocó a quienes compartían su orientación ideológica a una reunión en la pequeña estación de Mont Pélerin, en Suiza. Entre los célebres participantes estaban no solamente adversarios firmes del Estado de Bienestar europeo, sino también enemigos férreos del ‘New Deal’ norteamericano”.
En la reunión que menciona Anderson se encontraban, entre otros, el economista austríaco Ludwig von Mises (1881-1973), el alemán Walter Eucken (1891-1950), el húngaro Michael Polanyi (1891-1976), el británico Lionel Robbins (1898-1984) y el estadounidense Milton Friedman (1912-2006), además del filósofo estadounidense Walter Lippman (1889-1974) y el austríaco Karl Popper (1902-1994). Allí se fundó la Sociedad de Mont Pélerin, una suerte de “franco masonería neoliberal” -según Anderson- altamente dedicada y organizada, con reuniones internacionales cada dos años. Su propósito era combatir el keynesianismo y el solidarismo (el sistema de ordenamiento social contrapuesto al individualismo), y preparar las bases de otro tipo de capitalismo, duro y libre de reglas para el futuro. Para los allí presentes, los viejos principios liberales debían revisarse en su totalidad dado que en los últimos cien años la ciencia había sufrido una revolución completa, por lo que era preciso buscar otros fundamentos sociológicos y económicos a la doctrina liberal. Nacía así, en los hechos, el neoliberalismo.
Ya en 1919, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, von Mises había publicado “Nation, Staat und Wirtschaft” (Nación, Estado y Economía), obra en la que realizó un análisis sobre el materialismo y el cálculo económico en la sociedad socialista. También se explayó sobre el rol de las matemáticas en la economía, el “laissez-faire”, la educación, los empresarios y el nacionalismo a la vez que planteó lo perjudicial que era la intervención gubernamental en la economía lo que, según su teoría, por lo general llevaba a un resultado distinto al natural y, por esto, muchas veces perjudicial para la sociedad ya que generaba caos en el largo plazo. “El liberal clásico -escribió- defiende la propiedad privada y la economía de libre mercado precisamente porque es el único sistema de cooperación social que brinda una amplia laxitud para la libertad y de libre elección para todos los miembros de la sociedad, al tiempo que genera los medios institucionales para coordinar las acciones de miles de millones de personas, de la forma económicamente más racional”.
Tres años después, el mencionado sociólogo y filósofo austríaco Max Adler calificó a la obra de von Mises como “el neoliberalismo más nuevo y más celoso” en su ensayo “Die Staatsauffassung des marxismus” (El concepto de Estado del marxismo), a la vez que redactó un código de ética socialista en el cual introdujo el término “neuer mensch” (hombre nuevo), una propuesta que consideró incompatible con el Estado capitalista caracterizado como un Estado de clase. La tarea del socialismo era educar a la clase trabajadora con el fin de lograr la hegemonía cultural, para llegar así a convertirse en un “hombre nuevo”. Fue en esta obra que se acuñó por primera vez el término “neoliberalismo”.


Con la crisis del año 1929 en Estados Unidos, el encumbramiento del estalinismo en la Unión Soviética, el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania de por medio, el sociólogo y economista alemán Alexander Rüstow (1885-1963) escribió “Ortsbestimmung der gegenwart” (Libertad y dominación), obra en la que volvió a utilizar el término “neoliberalismo” no peyorativamente como lo había hecho Adler, sino como una estrategia que permitiese encontrar nuevas vías entre el liberalismo y la planificación económica por parte del Estado, ya que consideraba que el liberalismo clásico y la economía “laissez faire” habían fracasado. Para la renovación del liberalismo partió de la convicción de que los mercados no eran naturales ni se creaban y se mantenían por sí mismos, sino que necesitaban al Estado para formarlos, para garantizar su funcionamiento, pero sobre todo para protegerlos de los impulsos colectivistas de todo tipo. Además consolidó la idea de que la libertad económica debía tener prioridad sobre las libertades políticas para poner al mercado a salvo de las tentaciones totalitarias de la democracia, y que lo privado era siempre, técnica y moralmente, superior a lo público. Fue Rüstow quien propuso que este programa se llamase neoliberalismo.
Simultáneamente a que las ideas neoliberales comenzaran a expandirse con el aporte fundamental del citado economista estadounidense Milton Friedman con obras como “Capitalism and freedom” (Capitalismo y libertad) o “Essays in positive economics” (Ensayos sobre economía positiva), el sistema económico liberal era objeto de diversas críticas. Algunas de las más notables provinieron de miembros de la renombrada Escuela de Frankfurt, un centro de investigación que reunió a una serie de filósofos para analizar, desde un punto de vista crítico, los aspectos sociales, políticos, culturales y económicos de las sociedades industriales desarrolladas. Frente a la optimista visión neoliberal de la existencia de un mercado autónomo, el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas (1929), uno de los integrantes de la llamada Segunda Generación de la Escuela de Frankfurt, consideraba que, para sobrevivir después de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo necesitó introducir la regulación estatal. A este modelo lo llamó “capitalismo tardío”, un sistema que organiza el mercado utilizando al Estado como un mecanismo más. Así, los beneficios son adjudicados al mercado y las pérdidas son asumidas por el Estado, convirtiéndose éste de esa manera en un mecanismo de equilibrio económico y social. Para la antropóloga estadounidense Sherry Ortner (1941) no habría entonces una distinción contundente entre el capitalismo tardío y el neoliberalismo. En su ensayo “About neoliberalism” (Sobre el neoliberalismo) expresó que, en diversos sentidos “el neoliberalismo es simplemente el capitalismo tardío llevado a sus extremos”.


En “Legitimitätsprobleme im spätkapitalismus” (Problemas de legitimación en el capitalismo tardío), Habermas apunta que existen dos transformaciones centrales en el capitalismo tardío: el proceso de concentración de empresas, esto es, el  nacimiento de corporaciones nacionales y multinacionales que deviene en la formación de estructuras oligopólicas, y el incremento de la participación estatal en el ámbito de la economía a través de diversas formas de planificación general buscando atender la creciente necesidad de remediar las fallas funcionales del mercado y sus crisis recurrentes. “El Estado interviene -manifiesta- en el proceso de acumulación de capital, elevando la productividad del trabajo, mejorando infraestructuras, otorgando créditos y subvenciones, regulando precios, estabilizando la moneda, equilibrando el comercio exterior, invirtiendo en ciencia y en educación, transporte, salud, comunicación, planificación urbana, entre otros. En el cumplimiento de sus tareas, el Estado no sólo debe favorecer, regular y administrar el crecimiento económico, sino que también debe ser capaz de mantener un nivel adecuado de lealtad de las masas, de aprobación social, de legitimidad. Exigencia que se ve acrecentada por la politización de las relaciones de mercado que promueve el mismo Estado”.
Poco antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, en 1944, dos miembros de la Primera Generación de la Escuela de Frankfurt escribieron en coautoría “Dialektik der Aufklärung” (Dialéctica de la Ilustración). Se trata de los filósofos y sociólogos alemanes Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor Adorno (1903-1969), quienes en el prefacio del ensayo revelaron que “lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie”. Y en el capítulo titulado “Massengesellschaft” (Sociedad de masas) aseveran que “el aparato económico adjudica automáticamente a las mercancías valores que deciden el comportamiento de los hombres. A través de las innumerables agencias de la producción de masas y de su cultura, se inculcan al individuo los estilos obligados de conducta, presentándolos como los únicos naturales, decorosos y razonables. El individuo queda cada vez más determinado como cosa, como elemento estadístico, como ‘éxito o fracaso’. Su criterio es la autoconservación, el adecuamiento logrado o no a la objetividad de su función y a los módulos que le han sido fijados. La condena natural de los hombres es hoy inseparable del progreso social. El aumento de la producción económica que engendra por un lado las condiciones para un mundo más justo, procura por otro lado al aparato técnico y a los grupos sociales que disponen de él una inmensa superioridad sobre el resto de la población. El individuo se ve reducido a cero frente a las potencias económicas”.
A su vez, ese mismo año el antropólogo y economista austrohúngaro Karl Polanyi (1886-1964) publicó “The great transformation” (La gran transformación), obra en la que expresó sus conclusiones respecto al fracaso de lo que consideraba la utopía del liberalismo económico y su pretensión de edificar una sociedad a partir de un mercado autorregulado, y expuso sus ideas en torno al cooperativismo y la economía solidaria proponiendo un modelo de asociaciones entre productores y consumidores que determinaran conjunta y democráticamente la distribución de los recursos comunes. Polanyi consideraba que la teoría económica debía estudiar los sistemas económicos (producción, distribución y consumo) de las sociedades humanas y no sólo enfocarse en el mercado o el sistema de precios. “La economía liberal -escribió- orientó nuestros ideales en una falsa dirección. La idea de un mercado que se regula a sí mismo es una idea puramente utópica. Una institución como ésta no podría existir de forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad, sin destruir al hombre y sin transformar su ecosistema en un desierto”.


Y añadió: “Una economía de mercado debe comprender todos los elementos de la industria, incluidos la mano de obra, la tierra y el dinero. Pero la mano de obra y la tierra no son otra cosa que los seres humanos mismos, de los que se compone toda la sociedad, y el ambiente natural en el que existe tal sociedad. Cuando se incluyen tales elementos en el mecanismo de mercado, se subordina la sustancia misma de la sociedad a las leyes del mercado. El trabajo es sólo otro nombre para una actividad que va unida a la vida misma, la que a su vez no se produce para la venta sino por razones enteramente diferentes, ni puede separarse esa actividad del resto de la vida, almacenarse o movilizarse. La Tierra es otro nombre de la Naturaleza, que no ha sido producida por el hombre; por último, el dinero es sólo un símbolo del poder de compra que por regla general no se produce sino que surge a través del mecanismo de la banca o de las finanzas estatales. Ninguno de estos elementos se produce para la venta. La descripción de la mano de obra, la tierra y el dinero como mercancías -como lo requiere el sistema capitalista liberal a ultranza, que excluye por ello siempre la legitimidad de acción del Estado- es enteramente falsa”.
En una sociedad liberal, observó, el significado de la libertad se convierte en algo contradictorio y tenso. En su opinión, había dos tipos de libertad, una buena y otra mala. Dentro del primer grupo citaba “la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad para elegir el propio trabajo”. Y en el segundo grupo incluía “la libertad para explotar a los iguales, la libertad para obtener ganancias desmesuradas sin prestar un servicio conmensurable a la comunidad, la libertad de impedir que las innovaciones tecnológicas sean utilizadas con una finalidad pública, la libertad para beneficiarse de calamidades públicas tramadas secretamente para obtener una ventaja privada”. El utopismo neoliberal estaba destinado, en su opinión, a verse frustrado por el autoritarismo o incluso por el neofascismo. Las buenas libertades desaparecen y las malas toman el poder.
Como puede observarse, no fueron pocas las críticas -todas ellas bien fundamentadas- que recibió el liberalismo de posguerra que sentaría las bases para desarrollo del neoliberalismo, el sistema económico que se expandiría prácticamente a todo el mundo hacia fines del siglo XX privilegiando, ante todo, la preeminencia del principio de propiedad privada y la libertad individual, y dándole una importancia secundaria a cuestiones sociales como la pobreza y la desigualdad. Para sus ideólogos, la desigualdad social era una cuestión inherente al sistema económico. El mercado le garantiza a los individuos la libertad de aprovechar al máximo los recursos que están a su disposición, siempre que no interfieran con la libertad de los demás de hacer lo mismo, pero no garantiza que todos tendrán los mismos recursos, por lo que no puede evitarse una gran disparidad en la distribución de la riqueza y los ingresos.
A todo esto, unos 60 millones de personas -dos tercios de ellas civiles- habían muerto a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. A su término, Estados Unidos se colocó a la cabeza de la economía mundial; era el único país acreedor de cierta importancia y además, su territorio no había sufrido la devastación bélica de los otros países aliados. Sin embargo, en 1949 se produjo una recesión económica, la primera recesión grave desde el final de la guerra, la cual generó que 4 millones 500 mil personas quedaran desocupadas. Al respecto, el filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky (1928) señaló en “Deterring democracy” (El miedo a la democracia): “A fines de los años ‘40 se hizo patente que el país avanzaba hacia un declive económico. Los círculos empresarios fueron partidarios de apelar una vez más al poder del Estado para salvar la empresa privada. Prefirieron más que el gasto social la alternativa militar, por razones de poder y por los privilegios, y no por racionalidad económica”.


“En 1948 -continúa Chomsky-, cuando hubo los primeros síntomas de una recesión, el gasto de la Guerra Fría fue considerado la fórmula mágica para una buena época. Se quería un continuo aumento del gasto militar que obligara a un cambio en el gasto social para, de esa manera, mantener el estímulo económico. Este tipo de política industrial no tenía los indeseables defectos colaterales del gasto social dirigido a las necesidades humanas. El público se preocupaba por los hospitales, las carreteras, los vecindarios y cosas por el estilo, pero no tenía opinión sobre la elección de misiles y aviones bombarderos de alta tecnología”.
Un parecer semejante manifestó el economista estadounidense Paul Sweezy (1910-2004) en su obra “The present as history” (El presente como historia): “En los últimos veinte años (1929-1949) el capitalismo norteamericano no ha sido capaz de alcanzar un alto nivel de producción y empleo sin acudir a enormes gastos bélicos por parte del gobierno federal. Hay otras formas de gasto público para provocar expansión, sin embargo, en el capitalismo el poder económico y político está en manos de la clase capitalista, y la única forma de gasto público masivo para esta clase es aquel cuyo objetivo es la expansión imperialista y la preparación bélica. La reforma liberal estimula con obras públicas, empleo, mayor consumo, pero esto implica distribución de la renta que favorece a los más pobres, las inversiones bélicas, en cambio, no están sujetas a ninguno de estos inconvenientes. Los capitalistas confían en el imperialismo y en el militarismo para mantener el sistema de que se benefician”.
Una reducción de impuestos que favoreció a los grandes capitales y que, en parte auspició el consumo, contuvo parcialmente la recesión, pero el mayor factor de influencia fue el incremento del gasto estatal en armamentos al comienzo de la guerra de Corea, país que había sido dividido en dos partes en la Conferencia de Yalta llevada adelante en febrero de 1945 por los presidentes de Gran Bretaña, la Unión Soviética y Estados Unidos. Durante el encuentro, estos dos últimos establecieron en cada zona de ocupación un gobierno aliado los que, a su vez, demandaban autoridad total sobre el país. El Sur quedó bajo la influencia estadounidense mientras que el Norte quedó a cargo de los soviéticos hasta que, como era previsible, en el verano de 1950 estalló la guerra. El conflicto duró tres años e incluyó la intervención china para apoyar a los norcoreanos. Finalmente, Estados Unidos celebró un acuerdo con la Unión Soviética para que cada uno de los rivales volviera a las fronteras del Paralelo 38 establecidas en Yalta. China aceptó este acuerdo sin haber participado en la negociación. Las fuerzas estadounidenses habían utilizado en el combate armas biológicas (napalm) y empleado 5 millones 700 mil soldados entre hombres y mujeres, de los cuales murieron 34 mil.