22 de julio de 2026

Alejandro Horowicz: “Estamos en una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina” (1/2)

El sociólogo, ensayista y periodista argentino Alejandro Horowicz nació en Buenos Aires en 1949. Estudió Sociología en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el doctorado en Ciencias Sociales con una tesis sobre la dinámica de los golpes de Estado en la Argentina. En los años ‘70 fue un activo militante político e integró la Junta Ejecutiva de la Federación Universitaria Argentina (FUA) como secretario de relaciones internacionales. Por entonces se formó en el periodismo de la mano del prestigioso periodista y fundador de varios medios de prensa Jacobo Timerman (1923-1999) y, a lo largo de los años, publicó numerosas columnas en los diarios “Clarín”, “Infobae”, “La Opinión”, “Perfil” y “Tiempo Argentino”, y colaboró en importantes revistas de análisis político, cultural y económico entre las que se pueden mencionar “Anfibia”, “Competencia”, “Consignas”, “Contraeditorial”, “Convicción”, “Crisis”, “Jacobin”, “Primera Plana” y “Sur”.
En los años ‘90 ingresó en la docencia universitaria en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde fue profesor titular en la Carrera de Sociología. En esa época dirigió la colección “Espejo de la Argentina” de la editorial Planeta creada por el escritor, periodista y asesor literario Juan Forn (1959-2021), y también la colección “Historia Crítica de la Literatura Argentina” de la editorial Emecé a cargo del escritor, crítico literario y profesor universitario Noé Jitrik (1928-2022). Actualmente ejerce el mismo cargo en “Contracorrientes. Pensar la Historia” de Marea Editorial, una publicación que comprende una serie de títulos clave para abordar la política, la literatura y el pensamiento en el contexto de la Argentina actual.
Es autor de los ensayos “Los cuatro peronismos”, “El país que estalló. Antecedentes para una historia argentina (1806-1820)”, “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional”, “El huracán rojo. De Francia a Rusia. 1789-1917”, “El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo” y “Lenin y Trotsky. Los dragones de Marx”. También ha publicado, en coautoría con el filósofo italiano Toni Negri (1933-2023), “Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina”.


Lo que sigue a continuación es la primera parte de fragmentos de las entrevistas publicadas en los sitios web “4Palabras.com” y “Globalter.com” el 22 de marzo y el 21 de julio de 2026 a cargo de Manuel Barrientos y Cecilia Valdez respectivamente, y el texto completo de la publicada el 13 de julio de 2026 en el diario “Página/12” a cargo de Bárbara Schijman.
 
Una de las tesis centrales de “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional” plantea que el verdadero objetivo (y el resultado) de la última dictadura fue implantar un proceso de concentración económica muy fuerte. ¿Cómo podría ilustrar eso?
 
En 1986 salió un trabajo de Miguel Khavisse, Eduardo Basualdo y Daniel Aspiazu llamado “El nuevo poder económico en la Argentina de los años ‘80”, donde quedaba claro que treinta grupos transnacionalizados gobernaban el 70% del producto del país. Pero estamos ante un país que, no sólo con este nivel de concentración, sino que tiene además un sistema de exportación continua de capitales al que denominamos “fuga”. Cuando uno quiere entender por qué la Argentina tiene una sociedad empobrecida es porque el bloque de clases dominantes transfiere al sistema financiero internacional una parte muy importante del excedente que obtiene el país.
 
Uno de los personajes fundamentales que analiza es Martínez de Hoz. Incluso hay una cita suya que habla de que la dictadura, principalmente, impulsó un “cambio de mentalidad”. ¿Cuáles son las ideas que vino a erradicar?
 
Lo que a mí me resulta muy claro es qué se hizo con el ‘76 y qué no se hizo. Entre las muchas cosas que no se hicieron, en un país tan preocupado por la corrupción, es que el botín de guerra de aquellos que se beneficiaron con el saqueo militar directo no fue confiscado una sola vez. Jamás nadie se ocupó de semejante cosa. La noción de “botín de guerra” es la que transformó la sociedad argentina, porque las sociedades no son los valores que se proclaman de modo abstracto sino los valores que se practican. Eso representa que puedo chorear todo lo que puedo chorear y que no tengo ningún obstáculo en hacerlo. Esta es la noción central que se derramó desde el bloque de clases dominantes. Y se ve todo el tiempo en las cosas más pequeñas y en las más grandes también. El botín de guerra es tomar todo aquello que yo pueda quedarme, no importa el modo, ya sea a través de un método como $Libra o con un control monopólico de un negocio.
 
El 19 y 20 de diciembre de 2001 muchos pensaron que era el fin de la post dictadura. ¿Qué pasó con eso? ¿Seguimos en la post dictadura?
 
El 19 y 20 de diciembre la consigna fue “que se vayan todos”. No sólo no se fueron sino que hoy gobiernan los peores de la casta que en ese momento la explosión hizo irse a su casa por un rato. Y a quienes se les impedía caminar por la calle. Fue la comprensión -que la sociedad argentina tuvo durante un rato- que todo esto era un continuo que había comenzado ni más ni menos que con Martínez de Hoz y con el Rodrigazo un rato antes. Porque la dictadura burguesa terrorista de 1976 lo que hace es estabilizar las condiciones del Rodrigazo y modificar la estructura financiera argentina de manera definitiva a través de la nueva ley de entidades financieras que se dicta en 1977 y que sigue vigente. De modo que el hilo de continuidad es estructural. El problema es que la productividad social del trabajo en la Argentina es muchísimo más baja que en todas las ramas del mercado mundial salvo contadísimas excepciones. Es decir, como no podemos porque no invertimos; y no invertimos porque no tenemos la escala suficiente. El resultado está a la vista de todos y lo que se hace hoy no es más que una repetición con un discurso mucho más explícito y cruel de lo que antes se llamaba sencillamente “el ajuste”. Ahora bien, este ajuste gozó hasta este momento de consenso político, que empieza a diluirse. Pero hay que tener en cuenta que el resultado de esta democracia es Milei. En consecuencia, lo que se está viendo es cómo se produce una ampliación del espacio político de la derecha, simplemente porque la que se supone que no es la derecha no hace nada demasiado distinto que la que se supone que sí es la derecha. Cuando le decís “vienen por tus derechos” a un pibe que trabaja en un Rappi, te mira y te responde: “De qué estás hablando, cretino, yo no tengo derechos hace un rato muy largo”. Entonces, la nueva ley laboral blanquea la práctica realmente existente. Dicho de otro modo: hay una ruptura entre las palabras y las cosas. En estas condiciones, un mamerto como Milei es el que habla en serio; los otros hablan en serie para un auditorio cada vez más pequeño. Ya no se trata de lo que dicen, se trata de que nadie les cree, digan lo que digan.
 
¿Cómo se logran revertir esos legados de la dictadura, cómo se logra salir de esta etapa de post dictadura permanente?
 
Con el optimismo de la voluntad podemos decir que lo que no tenemos es un balance de la derrota. Y como no tenemos un balance de la derrota compartido, no tenemos de ninguna manera una respuesta posible. A cincuenta años de 1976, ninguna corriente de las denominadas “izquierdas” sostiene que esta fue una dictadura burguesa terrorista. Hablan del “golpe de 1976”, de la “dictadura del ‘76”, de la “dictadura cívico militar”. Es decir: los beneficiarios reales de esa dictadura desaparecen, nadie los nombra. Cuando ni siquiera ese balance tiene estatuto público, la posibilidad de hablar en serio no existe. Y un balance sobre lo que pasó incluye al arco de partidos políticos parlamentarios en su conjunto.
 
¿Cómo fue que alguien como Milei pudo hacerse con la presidencia de Argentina?
 
Cuando alguien tan particularmente mediocre, logra ganar la presidencia, lo que nos hace saber es lo que existe del otro lado. Es decir, cuál es la valoración que tiene la sociedad argentina de su dirigencia política. Milei derrotó al sistema político en su conjunto. Por un lado, tienes a un outsider, y por el otro, a los partidos políticos históricos de la Argentina -que tienen entre setenta años y más de un siglo de historia-, abatidos. Entonces, está muy claro que Milei es el resultado de cuarenta años de práctica parlamentaria y un balance compartido. Además, si miras los índices de pobreza de la historia argentina te das cuenta que eso tiene una razonabilidad absoluta.
 
El título de su libro “El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo”. ¿Por qué?
 
El término desarmado tiene que ver con un concepto de Clausewitz, que dice que el objetivo de la guerra es desarmar al enemigo. Eso puede entenderse de muchos modos, el más simple y obvio, consiste en quitarle el arma. Clausewitz es bastante más sutil y nos hace saber que, si un combatiente pierde el arma, no necesariamente está desarmado. Esto quiere decir que, si conserva la voluntad de seguir combatiendo, va a reponer el arma y, por lo tanto, no es un vencido. Vencer a alguien y desarmarlo, es quitarle su voluntad de acción política independiente. Esto tiene que ver, por cierto, con las condiciones del cuarto peronismo, porque mi trabajo: “El kirchnerismo desarmado” es, de algún modo, la continuación de un trabajo mío muy anterior en el que yo identifico al peronismo que arranca con Carlos Saúl Menem. Ese es el momento en el que el peronismo está completamente entregado y ya no es más que un partido sometido a la lógica general de la política nacional y, por lo tanto, no es más que un partido sin tarea histórica. El cuarto peronismo, del que el kirchnerismo no es más que una de sus manifestaciones, es eso, simplemente el modo de adecuación al orden global tal cual el orden global lo impone. Porque uno puede participar del orden global de muchos modos…
 
Pero el kirchnerismo arrastra características, o ciertos ingredientes, del peronismo, y no sólo del menemismo, ¿no?
 
Sin ninguna duda, arrastran los ingredientes del peronismo con varias particularidades, la primera, es que deja de contener al movimiento obrero, y la segunda, es que el movimiento obrero deja de ser un sujeto político. Esto es, existen ciudadanos obreros, que, en tanto ciudadanos, votan, pero no actúan como clase de ninguna manera y en ninguna dirección; cuando el peronismo, en sus versiones anteriores, significaba otra cosa. Entonces, el primer ingrediente, es la ausencia del movimiento obrero. En este momento, los dirigentes sindicales se reclaman ellos peronistas, pero los trabajadores no. Esa es la primera cuestión, y eso significa, sobre todo, una seña de pertenencia a un segmento diferenciado, porque la Argentina es un país con trabajadores pobres y dirigentes sindicales ricos. Entonces, ahí lo que estás viendo es el fenómeno de la descomposición política. Es decir, puesto que no vamos a cambiar ni el mundo ni la Argentina, cambiamos de automóvil. Lo que ves, es, básicamente, desinterés. Cuando miras la actividad de los políticos y ves no lo que tienen como patrimonio, sino lo que reconocen que tienen, te das cuenta que, en primer lugar, no hay pobres entre las dirigencias políticas, y segundo, que, justificar lo que sí admiten que tienen, en la mayor parte de los casos, resulta bastante problemático. En consecuencia, esto del argumento de la casta política que enuncia Milei, tiene una enorme eficacia simbólica porque no cabe la más mínima duda de que constituyen una casta política.
 
Leí una entrevista en la que decía que “la sociedad argentina tiene una opinión catastrófica de su dirección política y que, básicamente, hay un vaciamiento de las prácticas democráticas sustituidas por conceptos vacíos”. ¿A qué se refiere exactamente con eso?
 
A la idea de que la política es puro discurso. Foucault tiene una fórmula que a mí me gusta utilizar que dice más o menos así, cito de memoria: “Los revolucionarios creen que, cambiando la estructura, cambia el discurso, y los reformistas creen que, cambiando el discurso, cambia la estructura”. Nosotros sabemos que un discurso es una estructura, el punto aquí es el siguiente: la idea de que puedes utilizar un conjunto de fórmulas marketineras que, en determinadas circunstancias, construyen empáticamente una relación con un electorado sin resolver ninguno de los problemas de fondo que aquejan a una sociedad, y que eso se puede sostener indefinidamente, es una idea muy estúpida. El 2001 puso fin, con el estallido, a esa posibilidad, y la recomposición kirchnerista, no fue nada más que una recomposición de circunstancias. En fin, estamos hablando de una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina.
 
Hay quienes señalan que lo que sucede también tiene sus orígenes en una crisis de la democracia como forma de representación. ¿Coincide con esta apreciación?
 
Yo creo que las formas de representación están estrechamente vinculadas a la capacidad de resolver problemas reales. Cuando uno mira 1970, uno descubre la mejor distribución del ingreso que existía en el orden planetario. Entonces, si nosotros, con la productividad del trabajo de 1970, muy inferior a la actual, sin chips ni computadoras, podíamos tener una redistribución del ingreso muchísimo más equitativa, queda muy claro que se produjo una regresión, y que la última pandemia no fue ninguna otra cosa más que un instrumento utilizado para un ajuste global. Quiero decir, con la pandemia no sólo no salimos mejores, sino que hay un enorme aumento de la precarización del trabajo, una disminución del salario real y una redistribución regresiva del ingreso. En esas condiciones, el vaciamiento de la democracia en general, y la crisis de representación, van de suyo. Y esto muestra, entre otras cosas, la tensión formidable que tiene la Unión Europea, en la cual, Gran Bretaña no sólo se va, y produce una catástrofe, sino que amenaza sistémicamente a la Unión. Entonces, esto no es una característica sólo de Argentina, en la Argentina se da en términos patológicos y mucho más intensos, pero no es más que una tendencia general del mercado mundial respecto al orden político imperante. Tenemos un gobierno mundial que es el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y un conjunto de sistemas financieros como el Banco Central Europeo o la Reserva Federal de los Estados Unidos, que no vota nadie, pero que deciden, básicamente, lo que se hace en el mundo entero, simplemente con el artilugio de la emisión monetaria y la tasa de interés.
 
¿Qué salida le ve a toda esta situación?
 
La salida es muy catastrófica, porque no estamos discutiendo simplemente cuáles son las condiciones generales de existencia de tal o cual segmento de una sociedad, sino la viabilidad misma de la existencia. El capitalismo ha destruido el hábitat, y las condiciones de producción de alimentos son atroces. Este orden de existencia, tal cual está pensado, es inviable. La idea de que se puede seguir utilizando petróleo o carbón, como se lo utiliza, o de que se pueden no respetar los acuerdos más básicos y elementales, y que se retrocede y se vuelve a discutir si existe o no existe el calentamiento global, mientras en Europa las temperaturas arrasan, habla de una sociedad global suicida. Por eso, la distopía más terrible, ver a qué mundo nos vamos después de destruir este, empieza a sonar simplemente como naturalismo base.