Alejandro Horowicz: “Estamos en una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo homologables a la sociedad argentina” (1/2)
El sociólogo, ensayista y periodista
argentino Alejandro Horowicz nació en Buenos Aires en 1949. Estudió Sociología en
la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el doctorado en Ciencias Sociales
con una tesis sobre la dinámica de los golpes de Estado en la Argentina. En los
años ‘70 fue un activo militante político e integró la Junta Ejecutiva de la
Federación Universitaria Argentina (FUA) como secretario de relaciones
internacionales. Por entonces se formó en el periodismo de la mano del
prestigioso periodista y fundador de varios medios de prensa Jacobo Timerman (1923-1999)
y, a lo largo de los años, publicó numerosas columnas en los diarios “Clarín”, “Infobae”,
“La Opinión”, “Perfil” y “Tiempo Argentino”, y colaboró en importantes revistas
de análisis político, cultural y económico entre las que se pueden mencionar “Anfibia”,
“Competencia”, “Consignas”, “Contraeditorial”, “Convicción”, “Crisis”, “Jacobin”,
“Primera Plana” y “Sur”.
En los años ‘90 ingresó en
la docencia universitaria en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, donde
fue profesor titular en la Carrera de Sociología. En esa época dirigió la
colección “Espejo de la Argentina” de la editorial Planeta creada por el escritor,
periodista y asesor literario Juan Forn (1959-2021), y también la colección “Historia
Crítica de la Literatura Argentina” de la editorial Emecé a cargo del escritor,
crítico literario y profesor universitario Noé Jitrik (1928-2022). Actualmente
ejerce el mismo cargo en “Contracorrientes. Pensar la Historia” de Marea
Editorial, una publicación que comprende una serie de títulos clave para
abordar la política, la literatura y el pensamiento en el contexto de la
Argentina actual.
Es autor de los ensayos “Los
cuatro peronismos”, “El país que estalló. Antecedentes para una historia
argentina (1806-1820)”, “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración
nacional”, “El huracán rojo. De Francia a Rusia. 1789-1917”, “El kirchnerismo
desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo” y “Lenin y Trotsky. Los
dragones de Marx”. También ha publicado, en coautoría con el filósofo italiano
Toni Negri (1933-2023), “Diálogo sobre la globalización, la multitud y la
experiencia argentina”.
Lo que sigue a
continuación es la primera parte de fragmentos de las entrevistas publicadas en
los sitios web “4Palabras.com” y “Globalter.com” el 22 de marzo y el 21 de
julio de 2026 a cargo de Manuel Barrientos y Cecilia Valdez respectivamente, y
el texto completo de la publicada el 13 de julio de 2026 en el diario “Página/12”
a cargo de Bárbara Schijman.
Una de las tesis centrales
de “Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional” plantea
que el verdadero objetivo (y el resultado) de la última dictadura fue implantar
un proceso de concentración económica muy fuerte. ¿Cómo podría ilustrar eso?
En 1986 salió un trabajo
de Miguel Khavisse, Eduardo Basualdo y Daniel Aspiazu llamado “El nuevo poder
económico en la Argentina de los años ‘80”, donde quedaba claro que treinta
grupos transnacionalizados gobernaban el 70% del producto del país. Pero
estamos ante un país que, no sólo con este nivel de concentración, sino que
tiene además un sistema de exportación continua de capitales al que denominamos
“fuga”. Cuando uno quiere entender por qué la Argentina tiene una sociedad
empobrecida es porque el bloque de clases dominantes transfiere al sistema
financiero internacional una parte muy importante del excedente que obtiene el
país.
Uno de los personajes
fundamentales que analiza es Martínez de Hoz. Incluso hay una cita suya que
habla de que la dictadura, principalmente, impulsó un “cambio de mentalidad”.
¿Cuáles son las ideas que vino a erradicar?
Lo que a mí me resulta muy
claro es qué se hizo con el ‘76 y qué no se hizo. Entre las muchas cosas que no
se hicieron, en un país tan preocupado por la corrupción, es que el botín de
guerra de aquellos que se beneficiaron con el saqueo militar directo no fue
confiscado una sola vez. Jamás nadie se ocupó de semejante cosa. La noción de
“botín de guerra” es la que transformó la sociedad argentina, porque las
sociedades no son los valores que se proclaman de modo abstracto sino los
valores que se practican. Eso representa que puedo chorear todo lo que puedo
chorear y que no tengo ningún obstáculo en hacerlo. Esta es la noción central
que se derramó desde el bloque de clases dominantes. Y se ve todo el tiempo en
las cosas más pequeñas y en las más grandes también. El botín de guerra es
tomar todo aquello que yo pueda quedarme, no importa el modo, ya sea a través
de un método como $Libra o con un control monopólico de un negocio.
El 19 y 20 de diciembre de
2001 muchos pensaron que era el fin de la post dictadura. ¿Qué pasó con eso?
¿Seguimos en la post dictadura?
El 19 y 20 de diciembre la
consigna fue “que se vayan todos”. No sólo no se fueron sino que hoy gobiernan
los peores de la casta que en ese momento la explosión hizo irse a su casa por
un rato. Y a quienes se les impedía caminar por la calle. Fue la comprensión
-que la sociedad argentina tuvo durante un rato- que todo esto era un continuo
que había comenzado ni más ni menos que con Martínez de Hoz y con el Rodrigazo
un rato antes. Porque la dictadura burguesa terrorista de 1976 lo que hace es
estabilizar las condiciones del Rodrigazo y modificar la estructura financiera
argentina de manera definitiva a través de la nueva ley de entidades
financieras que se dicta en 1977 y que sigue vigente. De modo que el hilo de
continuidad es estructural. El problema es que la productividad social del
trabajo en la Argentina es muchísimo más baja que en todas las ramas del
mercado mundial salvo contadísimas excepciones. Es decir, como no podemos
porque no invertimos; y no invertimos porque no tenemos la escala suficiente.
El resultado está a la vista de todos y lo que se hace hoy no es más que una
repetición con un discurso mucho más explícito y cruel de lo que antes se
llamaba sencillamente “el ajuste”. Ahora bien, este ajuste gozó hasta este
momento de consenso político, que empieza a diluirse. Pero hay que tener en
cuenta que el resultado de esta democracia es Milei. En consecuencia, lo que se
está viendo es cómo se produce una ampliación del espacio político de la
derecha, simplemente porque la que se supone que no es la derecha no hace nada
demasiado distinto que la que se supone que sí es la derecha. Cuando le decís
“vienen por tus derechos” a un pibe que trabaja en un Rappi, te mira y te
responde: “De qué estás hablando, cretino, yo no tengo derechos hace un rato
muy largo”. Entonces, la nueva ley laboral blanquea la práctica realmente
existente. Dicho de otro modo: hay una ruptura entre las palabras y las cosas.
En estas condiciones, un mamerto como Milei es el que habla en serio; los otros
hablan en serie para un auditorio cada vez más pequeño. Ya no se trata de lo
que dicen, se trata de que nadie les cree, digan lo que digan.
¿Cómo se logran revertir
esos legados de la dictadura, cómo se logra salir de esta etapa de post
dictadura permanente?
Con el optimismo de la
voluntad podemos decir que lo que no tenemos es un balance de la derrota. Y
como no tenemos un balance de la derrota compartido, no tenemos de ninguna
manera una respuesta posible. A cincuenta años de 1976, ninguna corriente de
las denominadas “izquierdas” sostiene que esta fue una dictadura burguesa
terrorista. Hablan del “golpe de 1976”, de la “dictadura del ‘76”, de la
“dictadura cívico militar”. Es decir: los beneficiarios reales de esa dictadura
desaparecen, nadie los nombra. Cuando ni siquiera ese balance tiene estatuto
público, la posibilidad de hablar en serio no existe. Y un balance sobre lo que
pasó incluye al arco de partidos políticos parlamentarios en su conjunto.
¿Cómo fue que alguien como
Milei pudo hacerse con la presidencia de Argentina?
Cuando alguien tan
particularmente mediocre, logra ganar la presidencia, lo que nos hace saber es
lo que existe del otro lado. Es decir, cuál es la valoración que tiene la
sociedad argentina de su dirigencia política. Milei derrotó al sistema político
en su conjunto. Por un lado, tienes a un outsider, y por el otro, a los
partidos políticos históricos de la Argentina -que tienen entre setenta años y
más de un siglo de historia-, abatidos. Entonces, está muy claro que Milei es
el resultado de cuarenta años de práctica parlamentaria y un balance
compartido. Además, si miras los índices de pobreza de la historia argentina te
das cuenta que eso tiene una razonabilidad absoluta.
El título de su libro “El
kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo”. ¿Por qué?
El término desarmado tiene
que ver con un concepto de Clausewitz, que dice que el objetivo de la guerra es
desarmar al enemigo. Eso puede entenderse de muchos modos, el más simple y
obvio, consiste en quitarle el arma. Clausewitz es bastante más sutil y nos
hace saber que, si un combatiente pierde el arma, no necesariamente está
desarmado. Esto quiere decir que, si conserva la voluntad de seguir
combatiendo, va a reponer el arma y, por lo tanto, no es un vencido. Vencer a
alguien y desarmarlo, es quitarle su voluntad de acción política independiente.
Esto tiene que ver, por cierto, con las condiciones del cuarto peronismo,
porque mi trabajo: “El kirchnerismo desarmado” es, de algún modo, la
continuación de un trabajo mío muy anterior en el que yo identifico al
peronismo que arranca con Carlos Saúl Menem. Ese es el momento en el que el
peronismo está completamente entregado y ya no es más que un partido sometido a
la lógica general de la política nacional y, por lo tanto, no es más que un
partido sin tarea histórica. El cuarto peronismo, del que el kirchnerismo no es
más que una de sus manifestaciones, es eso, simplemente el modo de adecuación
al orden global tal cual el orden global lo impone. Porque uno puede participar
del orden global de muchos modos…
Pero el kirchnerismo
arrastra características, o ciertos ingredientes, del peronismo, y no sólo del menemismo,
¿no?
Sin ninguna duda,
arrastran los ingredientes del peronismo con varias particularidades, la
primera, es que deja de contener al movimiento obrero, y la segunda, es que el
movimiento obrero deja de ser un sujeto político. Esto es, existen ciudadanos
obreros, que, en tanto ciudadanos, votan, pero no actúan como clase de ninguna
manera y en ninguna dirección; cuando el peronismo, en sus versiones
anteriores, significaba otra cosa. Entonces, el primer ingrediente, es la
ausencia del movimiento obrero. En este momento, los dirigentes sindicales se
reclaman ellos peronistas, pero los trabajadores no. Esa es la primera
cuestión, y eso significa, sobre todo, una seña de pertenencia a un segmento
diferenciado, porque la Argentina es un país con trabajadores pobres y
dirigentes sindicales ricos. Entonces, ahí lo que estás viendo es el fenómeno
de la descomposición política. Es decir, puesto que no vamos a cambiar ni el
mundo ni la Argentina, cambiamos de automóvil. Lo que ves, es, básicamente,
desinterés. Cuando miras la actividad de los políticos y ves no lo que tienen
como patrimonio, sino lo que reconocen que tienen, te das cuenta que, en primer
lugar, no hay pobres entre las dirigencias políticas, y segundo, que,
justificar lo que sí admiten que tienen, en la mayor parte de los casos,
resulta bastante problemático. En consecuencia, esto del argumento de la casta
política que enuncia Milei, tiene una enorme eficacia simbólica porque no cabe
la más mínima duda de que constituyen una casta política.
Leí una entrevista en la
que decía que “la sociedad argentina tiene una opinión catastrófica de su
dirección política y que, básicamente, hay un vaciamiento de las prácticas
democráticas sustituidas por conceptos vacíos”. ¿A qué se refiere exactamente
con eso?
A la idea de que la
política es puro discurso. Foucault tiene una fórmula que a mí me gusta
utilizar que dice más o menos así, cito de memoria: “Los revolucionarios creen
que, cambiando la estructura, cambia el discurso, y los reformistas creen que,
cambiando el discurso, cambia la estructura”. Nosotros sabemos que un discurso
es una estructura, el punto aquí es el siguiente: la idea de que puedes
utilizar un conjunto de fórmulas marketineras que, en determinadas
circunstancias, construyen empáticamente una relación con un electorado sin
resolver ninguno de los problemas de fondo que aquejan a una sociedad, y que
eso se puede sostener indefinidamente, es una idea muy estúpida. El 2001 puso
fin, con el estallido, a esa posibilidad, y la recomposición kirchnerista, no
fue nada más que una recomposición de circunstancias. En fin, estamos hablando
de una sociedad en caída libre, no hay muchas sociedades en el mundo
homologables a la sociedad argentina.
Hay quienes señalan que lo
que sucede también tiene sus orígenes en una crisis de la democracia como forma
de representación. ¿Coincide con esta apreciación?
Yo creo que las formas de
representación están estrechamente vinculadas a la capacidad de resolver
problemas reales. Cuando uno mira 1970, uno descubre la mejor distribución del
ingreso que existía en el orden planetario. Entonces, si nosotros, con la
productividad del trabajo de 1970, muy inferior a la actual, sin chips ni
computadoras, podíamos tener una redistribución del ingreso muchísimo más
equitativa, queda muy claro que se produjo una regresión, y que la última
pandemia no fue ninguna otra cosa más que un instrumento utilizado para un
ajuste global. Quiero decir, con la pandemia no sólo no salimos mejores, sino
que hay un enorme aumento de la precarización del trabajo, una disminución del
salario real y una redistribución regresiva del ingreso. En esas condiciones,
el vaciamiento de la democracia en general, y la crisis de representación, van
de suyo. Y esto muestra, entre otras cosas, la tensión formidable que tiene la
Unión Europea, en la cual, Gran Bretaña no sólo se va, y produce una
catástrofe, sino que amenaza sistémicamente a la Unión. Entonces, esto no es
una característica sólo de Argentina, en la Argentina se da en términos
patológicos y mucho más intensos, pero no es más que una tendencia general del
mercado mundial respecto al orden político imperante. Tenemos un gobierno
mundial que es el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y un
conjunto de sistemas financieros como el Banco Central Europeo o la Reserva
Federal de los Estados Unidos, que no vota nadie, pero que deciden,
básicamente, lo que se hace en el mundo entero, simplemente con el artilugio de
la emisión monetaria y la tasa de interés.
¿Qué salida le ve a toda
esta situación?
La salida es muy
catastrófica, porque no estamos discutiendo simplemente cuáles son las
condiciones generales de existencia de tal o cual segmento de una sociedad,
sino la viabilidad misma de la existencia. El capitalismo ha destruido el
hábitat, y las condiciones de producción de alimentos son atroces. Este orden
de existencia, tal cual está pensado, es inviable. La idea de que se puede
seguir utilizando petróleo o carbón, como se lo utiliza, o de que se pueden no
respetar los acuerdos más básicos y elementales, y que se retrocede y se vuelve
a discutir si existe o no existe el calentamiento global, mientras en Europa
las temperaturas arrasan, habla de una sociedad global suicida. Por eso, la
distopía más terrible, ver a qué mundo nos vamos después de destruir este,
empieza a sonar simplemente como naturalismo base.