Alejandro Horowicz ha
participado en numerosas antologías tanto como autor en varias ocasiones, y
como editor y compilador en otras. Entre estas obras pueden mencionarse
“¡Libertad, muera el tirano!”, “Posjudaísmo. Debates sobre lo judío en el siglo
XXI”, “La batalla por la renta”, “Conversaciones ante la máquina. Para salir
del consenso desarrollista”, “Qué queda de los cuatro peronismos” y “Plaza
Tomada. ¿Qué tiene para decirnos hoy el mítico 17 de octubre?”, obras todas
ellas en las que participaron prestigiosos historiadores, sociólogos,
filósofos, escritores, antropólogos y críticos literarios. Entre ellos, por
citar sólo algunos de la extensa nómina, figuran León Rozitchner (1924-2011),
Norberto Galasso (1936), Daniel Muchnik (1941-2021), Silvia Bleichmar
(1944-2007), Horacio González (1944-2021), Tomás Abraham (1946), Eduardo Gruner
(1946), Gabriela Massuh (1951), Rita Segato (1951), Elsa Drucaroff (1957),
Ricardo Forster (1957), Luis Chitarroni (1958-2023), Felipe Pigna (1959), Dardo
Scavino (1964), María Pía López (1969) y Macarena Marey (1978).
Quien alguna vez expresó
que “las ganancias son privadas, las pérdidas son de todos, hay un socialismo
al revés”, recalca en la segunda parte del compendio de entrevistas la mutación
de la Argentina desde un país productivo y con mercado interno a una nación
signada por la reprimarización, el endeudamiento externo cíclico y la fuga de
capitales, un proceso de reorganización económica estructural que sigue
operando bajo la piel de la democracia actual.
¿Qué lectura hace de la Argentina
de hoy?
El gobierno de Milei tiene
una lógica manifiesta que ya era clara cuando era candidato. Lo que en un
candidato podía festejarse, en un presidente empieza a sufrirse. Y cuando se
vuelve evidente que el camino elegido conduce exactamente al lugar al que era
obvio que iba a conducir, empieza a aparecer el fenómeno de la desesperanza
entre quienes creyeron en ese camino y en ese presidente. Milei reúne a los
peores elementos de la casta. Su gobierno marcha hacia una catástrofe obvia y
anunciada. No hay ninguna sorpresa en el comportamiento de alguien que siempre
tuvo el mismo comportamiento. Hay una obviedad en cualquier análisis
histórico-político: nada de lo que sucede puede separarse de lo que sucedió.
Sin embargo, esta obviedad no es asumida políticamente por nadie.
¿Qué quiere decir con eso?
Milei es la puesta en
valor de toda la casta. Cuando uno dice lo que vale Milei, lo que está diciendo
es que la casta vale menos que eso. ¿Cómo explicar, si no, que alguien sin
trayectoria política, que hasta hace pocos años era un oscuro panelista, haya
derrotado a las fuerzas que gobernaron la Argentina durante décadas? Y no hablo
sólo de las limitaciones léxicas de un discurso que difícilmente supere las
quinientas palabras articuladas, sino de una manifiesta incapacidad para
comprender los problemas de la política internacional. Esa es, precisamente, la
dimensión del problema.
¿Por qué pone el foco en
la esfera internacional?
La proximidad de un
presidente argentino con Israel resulta llamativa, más allá del gobierno
israelí de turno. Esa no es la cuestión. Israel tiene importancia en Medio
Oriente, pero la Argentina no juega allí el eje de su política exterior. Eso no
significa que no deba mantener relaciones con los países de esa región, sino que,
difícilmente, Medio Oriente forme parte de las cinco prioridades de una
cancillería con un programa de política exterior.
¿Qué indica el gobierno
con ello?
Que no tiene ningún
programa. Cuando alguien disputa en esa cancha, queda claro en qué canchas no
disputa. Ese es el primer punto. Y es un punto del que la política argentina no
se termina de anoticiar. Una sociedad que hace cinco décadas no discute
absolutamente nada hace mucho tiempo que no vale gran cosa.
¿En qué momento la
sociedad dejó de discutir y por qué?
Cuando se observan los
debates de la sociedad argentina desde 1976 en adelante, uno advierte que
pueden dividirse en dos términos. El primero: la idea de que la dictadura
burguesa y terrorista iba a resolver las cuestiones del desorden de la sociedad
argentina. Eso no lo pensaban cuatro gatos locos: lo pensaba la mayoría de la
sociedad argentina y el conjunto de los partidos parlamentarios. Conviene
recordar cuando, en 1977, 1978, 1979, los dirigentes de esas fuerzas políticas
explicaban que no querían que los militares fracasaran. Pues bien, cuando
alguien quiere que una política semejante no fracase, está diciendo qué
política respalda. La continuidad del peronismo y del radicalismo desde 1975 en
adelante es absolutamente clara, y se ve en los candidatos de 1983.
¿Qué políticas marcan esa
continuidad?
Luder es el hombre que
firmó, en octubre de 1975, el decreto por el cual había que exterminar a la
subversión. Lo hizo como presidente provisional del Senado, a cargo del Poder Ejecutivo.
En 1983, en su condición de profesor de Derecho Constitucional, nos explicó
que, como los militares habían pergeñado una ley -que, por cierto, el Congreso
podía derogar-, desde el punto de vista del derecho, habiendo dos leyes en
conflicto, la que corresponde aplicar es la que beneficia al reo. Nos informó
en 1983 que iba a ser la impunidad absoluta. De modo que, cuando uno mira el
comportamiento del peronismo hasta el estallido de 2001, ve claramente una
línea que no es una opinión de un candidato, es una política en ejercicio.
Cuando uno mira a Alfonsín, ve exactamente lo mismo.
¿A qué se refiere,
puntualmente?
Alfonsín explicó que había
que distinguir entre los que impartieron las órdenes, los que las cumplieron y
los que se excedieron. ¿Cómo alguien se excede en una orden de destrucción “ad
nihilum”? Voy a dejarlo a cargo de la imaginación de cada uno. Esta
diferenciación requiere que la orden sea legal. Si la orden no es legal, la
responsabilidad de cada uno de los que ejecuta una orden ilegal -y, obviamente,
inconstitucional, por no decir anticonstitucional-, es completa. Cualquiera que
lea el Artículo 67 de la Constitución Nacional ve que no es atribución del
Poder Ejecutivo intervenir militarmente una provincia, y que es una atribución
específica del Congreso. Ahora bien, el Congreso funcionaba cuando funcionaba
la escuelita de Famaillá, y una delegación parlamentaria la visitó y dijo que
era magnífica la tarea que estaban realizando. De modo que la continuidad
resulta evidente. El estallido de 2001 no deja dudas.
¿Qué reveló ese momento
bisagra de 2001?
El estallido de 2001
demuestra la inviabilidad del modelo establecido. Ahora bien, ese estallido
estuvo precedido por dos hiperinflaciones y, entre 1975 y 1991, por un período
en el que la inflación nunca fue inferior al 100% anual durante dieciséis años
consecutivos. Esto nos lleva a un primer punto, de carácter contable. Cualquier
empresa que deba elaborar un balance sabe que, si acumula más de un 100% de
inflación en tres años, se encuentra en un proceso hiperinflacionario. En la
Argentina, ese nivel de inflación se registraba en apenas un año. Lo que
estamos diciendo, entonces, es que durante dieciséis años el experimento
económico consistió en una hiperinflación permanente, con una clara
intencionalidad.
¿Cuál?
Una hiperinflación sirve
para reasignar la distribución del ingreso. Si uno observa la participación de
los asalariados en el ingreso nacional entre mediados de la década de 1940 y el
Rodrigazo de 1975, durante aproximadamente treinta años representó entre el 42%
y el 48% del producto. A partir de entonces, el producto per cápita dejó de
crecer y comenzó a disminuir, mientras que la participación de los asalariados
se redujo prácticamente a la mitad. Esa es la operación que inaugura el
Rodrigazo y que José Alfredo Martínez de Hoz, terror mediante, consolida hasta
1991. Por eso sostengo que la continuidad es una evidencia manifiesta, no una
cuestión sujeta a debate ideológico. La política argentina no ha hecho más que
reproducir, y amplificar, esa misma crisis.
Sostiene que “la caída de
la calidad educativa va de la mano con la degradación del debate político” y
que esa degradación en buena medida explica la llegada de Milei a la
presidencia.
Cuando uno observa las
condiciones con las que un chico sale de la primaria o la secundaria, se queda
aterrado. Y entonces entiende por qué Milei tiene en esa masa de jóvenes una de
sus principales bases de sustentación. En su mayoría, sus votantes son jóvenes
y adultos jóvenes formados en un sistema educativo deteriorado desde hace
décadas. Lo que tenemos a la vista es la destrucción del proceso educativo. Y
sin una educación crítica no puede haber debate democrático. Esta situación no
comenzó la semana pasada.
¿Cuándo empezó?
La reforma educativa de
Menem marca el punto donde la catástrofe ya no tiene vuelta atrás. Pero digamos
que cuando Alfonsín intenta hacer un congreso pedagógico y la Iglesia Católica
vence en el congreso pedagógico, no nos está diciendo poco sobre el debate de
la calidad educativa. La Iglesia Católica se ha opuesto sistemáticamente a la
educación de las mujeres. Hay doscientos cincuenta capellanes militares
cómplices de todo el proceso. ¿A Von Wernich lo expulsaron de la Iglesia? No.
Esto es una política sistemática. Dicho con enorme sencillez, aquí lo que queda
en pie es muy poquito y hay que ser casi un arqueólogo del conocimiento para
ver qué sobrevive.
Si, como dice, queda muy
poco en pie, ¿desde dónde puede reconstruirse la política?
Cuando uno mira el 2001,
uno ve un estallido sistémico, no la resistencia popular. Esto no quiere decir
que no exista resistencia popular, pero no es una resistencia política. Para
que una resistencia sea política, tiene que saber que las palabras no se
defienden sólo con palabras. Y cuando detrás de las palabras sólo hay otro
montoncito de palabras, tenemos un abogado liberal con el código en la mano.
Aquí, en serio, habla muy poca gente; la mayor parte “blablea”. Y, a la hora de
la verdad, ¿cómo nos damos cuenta de que “blablean”? En que son
intercambiables. Vemos una profundización de la decadencia política; vemos que,
crecientemente, un sector mayoritario de la sociedad no sólo descree de las
posibilidades de la política, sino que la primera mayoría de la sociedad no
vota.
¿Entonces?
Si esperamos que de este
orden político salga un candidato, estamos entendiendo mal el problema. El
secreto es que este orden político produce estos candidatos. Nunca digo que son
iguales; digo que son intercambiables, que no es lo mismo. Intercambiables es
una función; igualdad es una consistencia interna. Yo no tengo ninguna duda de
que Kicillof no es Scioli. Y esto la sociedad argentina lo sabe perfectamente.
El tema es cuando uno mira las propuestas y ve que sólo se diferencian en cómo
ganar las elecciones. Cuando alguien dice que va a frenar a Milei en el
Congreso, uno se tiene que preguntar si lo están tomando por un idiota
genéticamente perfecto, porque cuando Milei tenía una minoría de la minoría
parlamentaria, ¿qué fue lo que le impidió ese Congreso? Nada. Entonces está muy
claro que la estructura electoral no corrige nada; simplemente premia a quienes
son integrantes conspicuos de la casta. ¿Y cuál es el concepto que organiza
todo esto desde el ‘76 hasta acá? Botín de guerra.
¿A qué se refiere con
“botín de guerra”?
Cuando llegaba una patota
a tu casa en el ‘76, en la puerta podía aparecer un camión de mudanza y se
llevaban todo. Era público que todo eso se vendía. Sin embargo, en los juicios
contra los responsables militares, este tema no fue parte de las causas: nadie
tuvo que devolver una moneda. Cuando uno mira el patrimonio que declaran
nuestros representantes, llega a una comprobación muy sencilla: o llegaron ahí
dejando de ser pobres gracias al botín de guerra, o gracias al botín de guerra
llegaron ahí. El botín de guerra es un trofeo que se exhibe. La descomposición
personal no es un fenómeno de Adorni. No tengo la más mínima duda de que Adorni
no puede explicar nada. Esto no es un caso; es un patrón.
Su último libro, “Plaza
tomada”,
reúne una serie de intervenciones que interrogan los episodios del ‘45 para
traerlo al presente y volverlo campo de análisis. ¿Qué tiene para decirnos hoy
el mítico 17 de octubre? ¿Cómo abordar el texto en clave contemporánea?
Sabemos que los desiertos
son una construcción. Miremos la Campaña del Desierto: no había ningún
desierto. Simplemente nos estaban informando qué iba a pasar cuando terminara
la Campaña. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Este es el desierto que hemos
sabido construir, y de este desierto sólo se sale de abajo para arriba.
Necesitamos una nueva invención popular. El peronismo fue una invención
popular. El 17 de octubre no lo inventa Perón; el 17 de octubre inventa a
Perón. Mientras la sociedad argentina siga buscando un salvador, lo único que
va a encontrar es una catástrofe. Tenemos una sociedad desarmada y
despolitizada. Lo que tenemos hoy es un orden político en el que una mayoría de
la sociedad obedece a rajatabla.
¿Qué revelan aquellos
episodios sobre la capacidad ciudadana para empujar cambios políticos?
Como eso está documentado,
es interesantísimo. “Plaza tomada” incluye las actas del Comité Central
Confederal del 16 de octubre de 1945. ¿Qué nos permiten mirar esas actas? Una
discusión política. Podemos ver entre los dirigentes obreros de ese momento una
comprensión de qué está sucediendo. Sin embargo, es muy interesante que esa
discusión se libra el 16 de octubre, es decir, los que discuten no deciden. El
movimiento ya está en marcha y decidió solo, no esperó que el Comité Central
Confederal determinara qué había que hacer. Le impuso al Comité Central sus
propios términos. Más plebeyo no puede ser. El 17 de octubre es el día del
estallido final. El asunto empezó el 14, el 13, depende en dónde. En Berisso
empezaron a moverse bastante antes, y esto fue construyendo un fenómeno de
contagio político, que era por abajo. Confiaban en sus propias posibilidades,
en su aptitud directa, en su capacidad de transformación política. Inventaron
otra cosa. Esa otra cosa que inventaron modificó el orden político, e hizo que
entre 1946 y 1975 en la Argentina la cosa fuera bastante distinta, que a
nosotros no nos satisfizo cómo era, sin duda.
Previamente se refirió al
deterioro educativo. ¿Qué relación encuentra entre esa crisis y la dificultad
para formar cuadros políticos?
Sin duda, hay relación. Un
liberal cree que un cuadro político es alguien que tiene una biblioteca
importante leída. No es que eso esté mal: esa persona está políticamente
educada, tiene una formación política. Pero eso no quiere decir que sea un
cuadro político. Un cuadro político es un cuadro de una política. Si vos no
tenés una política, no tenés cuadros políticos.
El problema entonces no es
sólo educativo sino también político…
Lo que vemos hoy, y por
eso son intercambiables, es que la política no está en discusión. La política
es un arte de ejecución; es decir, es básicamente la administración de lo dado.
Y cualquiera que sirve para administrar lo dado sirve y punto. Aquí no estamos
discutiendo la administración de lo dado. Aquí estamos discutiendo las
condiciones en que se constituye un orden social vivible para nosotros. Y está
muy claro a qué nos condena este orden social. El problema es el desarme de la
voluntad de transformación, la derrota no asumida. No digo que no haya pasado
nada ni que todo sea igual. Estoy diciendo que un montoncito de palabras no se
defiende con otro montoncito de palabras. Para que exista una ley que permite a
una mujer, en determinadas condiciones, abortar hubo que mover decenas de miles
en la calle para una ley que, en un sentido liberal básico, no merece ser
discutida.
¿Qué se necesita para
rearmar esa voluntad de transformación de la que habla?
Deseo. Si algo nos enseña
el psicoanálisis es que los seres humanos tenemos una relación muy complicada
con nuestro propio deseo. Cuando uno observa el comportamiento social colectivo
de la sociedad argentina, ve un derrumbe del deseo. Pero el deseo también es
una decisión política. No hay una decisión de vivir en serio. Cuando uno mira
las películas de los zombis, si tuviera que hacer una analogía, siempre se me
ocurre que un zombi se parece a un hombre políticamente desarmado: está vivo,
pero está muerto.