10 de julio de 2026

Alice Munro: “Nunca sé la extensión que tendrá un relato. No me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento u otra cosa. Es ficción y punto”

Un día como hoy, hace noventa y cinco años, venía al mundo la cuentista Alice Munro,
una de las escritoras contemporáneas en lengua inglesa más reconocidas por su maestría en el relato y su visión personal de la condición humana. Nacida como Alice Ann Laidlaw en Wingham, un pueblo de la provincia de Ontario, Canadá, en donde se asentaron sus antepasados migrantes de Escocia, sobrellevó una infancia y una adolescencia enrevesadas debido a una compleja relación con sus padres, una situación para la cual encontró en la lectura una vía de escape. Mientras recibía la educación primaria en la Lower Town School y la secundaria en la F.E. Madill Secondary School, ambas escuelas públicas de su ciudad natal, ya se había convertido en una ávida lectora de los cuentos de hadas del danés Hans Christian Andersen (1805-1875), de los relatos de misterio y suspenso para niños del inglés Charles Dickens (1812-1870), de los cuentos infantiles del estadounidense Thornton Burgess (1874-1965), de las leyendas mitológicas y medievales del inglés Alfred Tennyson (1809-1892), de los cuentos realistas del ruso Anton Chéjov (1860-1904) y de los relatos sutiles e irónicos de la canadiense Lucy Maud Montgomery (1874-1942). En 1949, gracias a obtener la calificación más alta en inglés de todos los estudiantes que la solicitaron, consiguió una beca de dos años en la University of Western Ontario ubicada en London, una ciudad ubicada en el suroeste de esa provincia. Inicialmente estudió periodismo, pero en su segundo año se cambió a Literatura Inglesa, aunque abandonó la carrera antes de graduarse para contraer matrimonio. Durante su período universitario ya dedicaba buena parte de su tiempo a escribir, y en la primavera de 1950 publicó sus primeros relatos en “Folio”, la revista literaria para estudiantes de esa universidad.
Ya casada, se instaló en Vancouver con su esposo. Mientras éste trabajaba en una de las tiendas de la empresa Eaton's, ella se ocupaba de las tareas de la casa al tiempo que leía y escribía. Durante los años siguientes publicó varios textos en periódicos canadienses como “Chatelaine”, “Mayfair”, “Montrealer”, “Queen's Quarterly”, “Tamarack Review” y “The Canadian Forum”. Recién en septiembre de 1968 apareció su primer libro: “Dance of the Happy Shades” (Danza de las sombras). En 1972 se divorció y regresó a su provincia natal donde se convirtió en una fecunda escritora como residente en su antigua universidad. Volvió a casarse en 1976 y a partir de entonces consolidó su carrera literaria.
En los años siguientes publicó “Who do you think you are?” (¿Quién te crees que eres?), “The moons of Jupiter” (Las lunas de Júpiter), “The love of a good woman” (El amor de una mujer generosa), “Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage” (Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio) y “Too much happiness” (Demasiada felicidad), por citar sólo algunas de sus obras. En simultáneo, muchos de sus relatos aparecieron en prestigiosas revistas como “The New Yorker”, “Toronto Life”, “Granta” y “Paris Review”, y varios de ellos fueron adaptados para el cine.
Alice Munro fue premiada en 1968 con el galardón literario más importante de su país, el Governor's General Award, y en 2009 con el International Booker Prize, un premio literario bienal otorgado en el Reino Unido a escritores con obras de ficción publicadas en inglés. Luego, en 2013, recibió el Premio Nobel de Literatura como “maestra del relato corto contemporáneo”, el cual no pudo recoger en persona ya que por entonces había comenzado a padecer una demencia senil, la enfermedad que la llevaría a la muerte en una residencia para ancianos en Port Hope, Ontario, la noche del 13 de mayo de 2024 a los noventa y dos años.
 

Lo que sigue es una compilación de fragmentos de la entrevista que le hizo la periodista estadounidense Lisa Dickler Awano pocos días después de que se anunciara que era la ganadora del Nobel y que fue publicada el 18 de octubre de 2013 en la revista literaria estadounidense “Virginia Quarterly Review”, y de la conversación en video que mantuvo con el periodista sueco Stefan Åsberg que sirvió como discurso de recepción del Nobel, la cual fue proyectada en la Academia Sueca el 7 de diciembre de 2013.
 
¿Cuál es su proceso de escritura?
 
Trabajo con lentitud. Siempre es difícil… Casi siempre es difícil. La realidad es que vengo trabajando sin parar desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno. Ahora mi rutina es así: me levanto a la mañana, me tomo un café y me siento a escribir. Y después, un poco más tarde, puede ser que haga una pausa y coma algo, para seguir escribiendo. La escritura de verdad sale a la mañana. Al principio de lo que sea que estoy escribiendo no puedo dedicarle mucho tiempo, apenas unas tres horas. Reescribo mucho, así que reescribo y cuando pienso que está listo, lo envío. Y después quiero reescribirlo un poco más. Lo que me pasa a veces es que hay una o dos palabras que me parecen tan importantes que pido que me manden el libro de vuelta para poder agregarlas. Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento -en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo- fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé -o al menos no suelo saber- la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento -algo clasificado como cuento- u otra cosa. Es ficción y punto.
 
Justamente me pregunto si esta podría ser una pista de por qué eligió la forma del relato breve… ¿O el relato breve la eligió a usted?
 
Podría ser. Me encanta trabajar con gente, con las conversaciones de la gente y también con las cosas inesperadas que le ocurren a la gente. Lo inesperado es muy importante para mí. En uno de mis cuentos (“Escapada”), una mujer que tiene un matrimonio complicado decide dejar a su marido, alentada por una mujer muy sensata mayor que ella. Y entonces, cuando intenta irse, advierte que no puede hacerlo. Lo más razonable es irse, sus motivos son muchos, pero no puede. ¿Cómo puede ser? Yo escribo ese tipo de cosas, porque soy yo la que no sabe “cómo puede ser”. Por eso tengo que prestarle atención: allí hay algo que merece mi atención.
 
En el relato “Mi vida querida”, usted conecta la idea de la remodelación de una casa con el trabajo de la memoria. ¿Puede contarnos lo que piensa sobre la naturaleza de la memoria?
 
Es interesante lo que sucede al envejecer, porque los recuerdos se vuelven más vívidos, en especial los recuerdos lejanos. Pero yo no hago ningún esfuerzo de memoria, simplemente está ahí todo el tiempo, y no sé si escribo más sobre eso de lo que solía hacerlo antes. Ciertamente, si una quiere escribir en serio sobre sus padres, su infancia, una tiene que ser tan honesta como pueda, pensar lo que realmente pasó, y no en la historia que te sirve en un plato tu memoria. Pero por supuesto que eso no es posible, así que al menos una puede decir: “Bueno, ésta es mi versión de la historia… Esto es lo que yo recuerdo”.
 
Usted me ha dicho algunas veces que nos pasamos repitiendo las cosas que son difíciles hasta que logramos superarlas.
 
Creo que eso es particularmente cierto respecto de los recuerdos de la primera infancia. Y siempre hay un trabajo sobre eso para intentar superarlo. ¿Pero qué significa “superarlo”? ¿Que ya no duela más? ¿Que lo hemos pensado hasta hacernos una idea más o menos clara de lo que realmente pasó? Pero nunca escribimos sobre eso. Tenemos hijos. Cuando ellos escriban la historia de su infancia, seguirá siendo sólo la historia de ellos, y el “tú” de esas historias será un “tú” en el que tal vez no nos reconozcamos. Y es por eso que hay que reconocer que incluso el relato que haga el esfuerzo más honesto seguirá sin contemplar la verdad de todos. Pero ese esfuerzo es valioso.
 
Cuando uno es escritor, de alguna manera se pasa la vida tratando de entender las cosas, y uno pone lo que ha entendido en papel y la gente lo lee. En realidad, es algo de lo más extraño.
 
Una se dedica toda su vida a esto, por más que sepa que fracasa. No se fracasa todo el tiempo, ni en todo, y yo pienso que vale la pena, al menos pienso que lo vale. Pero es como llegar a un acuerdo con cosas con las que una puede lidiar sólo parcialmente. Esto suena de lo más desesperanzado. Pero yo no me siento en absoluto desesperanzada.
 
¿Cómo aprendió a contar una historia y a escribirla?
 
Yo inventaba historias constantemente; el camino de casa a la escuela era largo, y por regla general durante ese trayecto inventaba historias. Conforme fui creciendo los cuentos versaban cada vez más sobre mí misma, era como una heroína en una u otra situación; no me molestaba que los cuentos no se publicaran enseguida y no sé si pensaba siquiera en que otras personas los conocieran o los leyeran. Lo importante era la propia historia, generalmente una historia muy satisfactoria desde mi punto de vista, teniendo en mente la valentía de la sirenita, que ella era inteligente, que era capaz de hacer un mundo mejor, porque actuaba y tenía poderes mágicos y habilidades por el estilo.
 
¿Era importante que la historia se contara desde la perspectiva de una mujer?
 
No creía que eso fuera importante, pero tampoco pensaba nunca en mí misma como en algo que no fuera una mujer, y hubo muchas buenas historias sobre niñas y mujeres. Quizá al llegar a la adolescencia el asunto tenía más que ver con ayudar al hombre a satisfacer sus necesidades, etcétera, pero de niña yo no tenía absolutamente ningún sentimiento de inferioridad por ser mujer. Y es posible que eso se debiera al hecho de haber vivido en una parte de Ontario donde eran sobre todo las mujeres las que leían, las que contaban la mayoría de las historias, mientras los hombres estaban fuera haciendo cosas importantes; ellos no se dedicaban a las historias. De modo que me sentía como en casa.
 
¿Qué es lo importante para usted cuando cuenta una historia?
 
Bueno, en aquellos primeros días lo importante era, sin duda, el final feliz, pues yo no toleraba finales infelices para mis heroínas. Más adelante empecé a leer obras como Cumbres borrascosas, y había finales muy, muy infelices, de modo que cambié mis ideas por completo y opté por lo trágico, y me gustó.
 
¿Qué puede haber tan interesante en la descripción de la vida provinciana canadiense?
 
Hay que estar allí. Pienso que cualquier vida puede ser interesante, cualquier entorno puede ser interesante. Creo que no habría sido tan osada si hubiera vivido en una ciudad, compitiendo con personas con lo que puede denominarse un nivel cultural, en general, más alto. Yo no tuve que enfrentarme a eso. Era la única persona que conocía que escribía cuentos, aunque no se los contara a nadie, y hasta donde sabía, al menos durante un tiempo, la única persona capaz de hacerlo en el mundo.
 
¿Siempre ha tenido esa seguridad en su escritura?
 
La tuve durante mucho tiempo, pero me volví muy insegura cuando crecí y conocí a otras personas que también escribían. Entonces me di cuenta de que el trabajo era un poco más difícil de lo que creía. Pero nunca me rendí, aquello era mi vida.
 
Cuando empieza un cuento, ¿tiene siempre desarrollado el argumento?
 
Sí, pero luego a menudo cambia. Empiezo con un argumento y trabajo en él, y luego veo que sigue otro camino y que pasan cosas mientras escribo, pero tengo que empezar con una idea bastante clara de por dónde va la historia.
 
¿Hasta qué punto le absorbe la historia cuando está escribiendo?
 
¡Ah, por completo! Pero siempre daba de comer yo a mis hijos, ¿eh? Yo era un ama de casa, de modo que aprendí a escribir en los ratos libres, y creo que nunca lo dejé, aunque hubo momentos en que me sentí muy desalentada, porque empecé a ver que los cuentos que escribía no eran muy buenos, que tenía mucho que aprender y que era un trabajo muchísimo más difícil de lo que yo esperaba. Pero no me detuve, no creo que lo haya hecho nunca.
 
¿Qué parte es la más difícil cuando quiere contar una historia?
 
Creo que probablemente cuando terminas la historia y te das cuenta de lo mala que es. Ya sabe: la primera parte, entusiasmo; la segunda, ¡bastante bueno!; pero luego te levantas una mañana y piensas “Qué disparate”, y es entonces cuando realmente tienes que ponerte a trabajar en ello. A mí siempre me parecía que eso era lo que tenía que hacer: si la historia no funcionaba era culpa mía, no de la historia.
 
Pero, ¿cómo le da la vuelta a la historia si no se siente satisfecha?
 
Trabajando duro. Intento pensar en un modo mejor de contarla. Tienes personajes a los que no has dado una oportunidad, y tienes que pensar en ellos o hacer algo completamente distinto con ellos. En mis primeros días era propensa a utilizar una prosa muy florida, y poco a poco aprendí a eliminar muchas cosas. Solo hay que seguir pensando en ello y averiguar cada vez más de qué iba la historia, al principio creías que la habías entendido, pero en realidad tenías mucho más que aprender de ella.
 
¿Alguna vez dudó, alguna vez pensó que no era lo suficientemente buena?
 
¡Todo el tiempo, todo el tiempo! Tiré más cosas de las que envié o terminé, y eso continuó durante mis veintitantos años. Pero todavía estaba aprendiendo a escribir como quería escribir. No, no fue algo fácil.
 
Leí en alguna parte que quiere que las cosas se expliquen de forma fácil.
 
Sí. Pero nunca pienso que quiero explicar las cosas más fácilmente, así es como escribo. Creo que escribo con naturalidad y de forma fácil, sin pensar que esto iba a ser más fácil.
 
¿Alguna vez se ha encontrado con períodos en los que no ha podido escribir?
 
Sí. Dejé de escribir, tal vez hace un año, pero eso fue una decisión que fue no querer escribir y no poder, una decisión porque quería comportarme como el resto del mundo. Porque cuando escribes estás haciendo algo que otras personas no saben que estás haciendo, y realmente no puedes hablar de ello. Siempre estás encontrando tu camino en este mundo secreto, y luego estás haciendo otra cosa en el mundo normal. Y ya me estoy cansando de eso, lo he hecho toda mi vida, absolutamente toda mi vida. Cuando me encontraba con escritores que eran, en cierto modo, más académicos, me ponía un poco nerviosa, porque sabía que no podía escribir de esa manera, que no tenía ese don.