22 de junio de 2021

Entremeses literarios (CCVII)

EL MUCHACHO INDEFENSO
Bertolt Brecht
Alemania (1898-1956)
 
Un transeúnte preguntó a un muchacho que lloraba amargamente cuál era la causa de su congoja.
- Había reunido dos monedas para ir al cine -dijo el interrogado-, pero se me ha acercado un chico y me quitó una -y señaló a un chiquillo que estaba a cierta distancia.
- ¿Y no pediste ayuda? -preguntó el hombre.
- Claro que sí -replicó el muchacho, sollozando con más fuerza.
- ¿Y nadie te oyó? -siguió preguntando el hombre, al tiempo que lo acariciaba tiernamente.
- No -gimió el niño.
- ¿Y no puedes gritar más fuerte? -preguntó el hombre.
- No -replicó el chico, mirándolo con ojos esperanzados, pues el hombre sonrió.
- Entonces, dame la que te queda -dijo el hombre, y quitándole la última moneda de la mano, prosiguió despreocupadamente su camino.


REY DE PIEDRA
Federico G. Rudolph
Argentina (1970)
 
La estatua de bronce del Caballero Arrodillado se levantó de su pedestal, despojose de su pesada armadura, cruzó los veinte pasos que lo separaban de la esfinge de su rey y cercenó de lleno su pétrea e insigne cabeza con formidable y precisa maestría, dejando atónita a la multitud que -por pura casualidad- se hallaba reunida en el lugar de los hechos. Enseguida, agolpáronse todos para apreciar, mejor, aquella incomprensible e irrepetible escena. Antes de volver a su lugar, y de adoptar la misma quietud y posición que le diera el artista -su creador-, la estatua, pronunció -con gravísima voz- lo que consideraba una explicación perfectamente razonable del porqué de su conducta:
- Desde hace al menos cuatro siglos que me miraba con incesante y soberano desprecio. No era menester el seguir soportando semejante maltrato.


CIENCIA SATÁNICA
Sir Helder Amos
Venezuela (1990)
 
- ¡Felicitaciones, querida, lo hiciste excelente! -anunció la bruja suprema, ayudándola a bajar del podio y dándole una humeante copa para celebrar-. Ya eres una de nosotras, ¿cómo te sientes?
- Bien, emocionada, aunque un poco asustada -respondió la joven, ruborizándose.
- No, no, no, no tienes por qué sentirte asustada, querida, si gracias a la ciencia estamos en la mejor época para ser brujas.
- Estoy de acuerdo, -dijo una brujita que estaba parada cerca de ellas-. A diferencia de hace quinientos años, ser bruja ahora es muy fácil, no te imaginas cuantas veces estuve a punto de ser quemada en la hoguera durante la inquisición, fueron tiempos difíciles, perdí muchas amigas.
- Así es, querida -añadió una anciana que se había acercado a felicitar a la nueva bruja-. Desde que la ciencia tomó las riendas del mundo, la humanidad se volvió tan escéptica que solo cree en lo que puede ver, tocar y probar; dejándonos el camino libre para hacer lo que queramos sin ser juzgadas ni cuestionadas.
- Es cierto, la ciencia ha sido el mejor regalo que nos ha dado Satanás -dijo la suprema-. Es más, propongo un brindis por la ciencia.
- ¡Por la ciencia! -gritaron todas, alzando y sonando sus copas en el aire.


LA PIEZA AUSENTE
Pablo de Santis
Argentina (1963)
 
Comencé a coleccionar rompecabezas cuando tenía quince años. Hoy no hay nadie en esta ciudad -dicen- más hábil que yo para armar esos juegos que exigen paciencia y obsesión. Cuando leí en el diario que habían asesinado a Nicolás Fabbri, adiviné que pronto sería llamado a declarar. Fabbri era Director del Museo del Rompecabezas. Tuve razón: a las doce de la noche la llamada de un policía me citó al amanecer en las puertas del museo.
Me recibió un detective alto, que me tendió la mano distraídamente mientras decía su nombre en voz baja -Lainez- como si pronunciara una mala palabra. Le pregunté por la causa de la muerte: “Veneno” dijo entre dientes. Me llevó hasta la sala central del Museo, donde está el rompecabezas que representa el plano de la ciudad, con dibujos de edificios y monumentos. Mil veces había visto ese rompecabezas: nunca dejaba de maravillarme. Era tan complicado que parecía siempre nuevo, como si, a medida que la ciudad cambiaba, manos secretas alteraran sus innumerables fragmentos. Noté que faltaba una pieza.
Lainez buscó en su bolsillo. Sacó un pañuelo, un cortaplumas, un dado, y al final apareció la pieza.
- Aquí la tiene. Encontramos a Fabbri muerto sobre el rompecabezas. Antes de morir arrancó esta pieza. Pensamos que quiso dejarnos una señal.
Miré la pieza. En ella se dibujaba el edificio de una biblioteca, sobre una calle angosta. Se leía, en letras diminutas, Pasaje La Piedad.
- Sabemos que Fabbri tenía enemigos -dijo Lainez-. Coleccionistas resentidos, como Santandrea, varios contrabandistas de rompecabezas, hasta un ingeniero loco, constructor de juguetes, con el que se peleó una vez.
- Troyes -dije-. Lo recuerdo bien.
- También está Montaldo, el vicedirector del Museo, que quería ascender a toda costa. ¿Relaciona a alguno de ellos con esa pieza? -Dije que no.
- ¿Ve la B mayúscula, de Biblioteca? Detuvimos a Benveniste, el anticuario, pero tenía una buena coartada. También combinamos las letras de La Piedad buscando anagramas. Fue inútil. Por eso pensé en usted.
Miré el tablero: muchas veces había sentido vértigo ante lo minucioso de esa pasión, pero por primera vez sentí el peso de todas las horas inútiles. El gigantesco rompecabezas era un monstruoso espejo en el que ahora me obligaban a reflejarme. Sólo los hombres incompletos podíamos entregarnos a aquella locura. Encontré (sin buscarla, sin interesarme) la solución.
- Llega un momento en el que los coleccionistas ya no vemos las piezas. Jugamos en realidad con huecos, con espacios vacíos. No se preocupe por las inscripciones en la pieza que Fabbri arrancó: mire mejor la forma del hueco.
Laínez miró el punto vacío en la ciudad parcelada: leyó entonces la forma de una M.
Montaldo fue arrestado de inmediato. Desde entonces, cada mes me envía por correo un pequeño rompecabezas que fabrica en la prisión con madera y cartones. Siempre descubro, al terminar de armarlos, la forma de una pieza ausente, y leo en el hueco la inicial de mi nombre.

 
CAUSAS
Beto Monte Ros
República Dominicana (1958)
 
Cristina nunca se casó; no es que fuera fea, complicada o anduviera perdida en consideraciones morales en que el alma está metida, más bien fue por culpa de un conductor que no se detuvo a tiempo o por la deforestación, que acabó hasta con los hombres.
Vivía a orilla de la carretera que se perdía en el bosque y sentada en el Balcón observaba a los camiones que bajaban de la montaña cargados de madera. Algunas veces uno paraba y se llevaba a una de sus nueve hermanas, pero cuando no hubo más árboles para talar y solo quedaba ella en la casa, cerraron el aserradero.

 
PEQUEÑO MÍO
Triunfo Arciniegas
Colombia (1957)
 
Al afeitarse esa mañana descubrió que tenía cara de gato: se erizó. La espantosa imagen lo persiguió durante el día, en cada pausa del trabajo: los ojos claros de dilatadas pupilas, los bigotes enhiestos, las orejas puntiagudas y su grito, su propio grito, que le descubrió un par de pequeños y finos colmillos. En la noche, sobre el cuerpo jadeante de la mujer, maulló: tuvo sueños horribles con ratas y perros y otras bestias. Al despertar se deslizó entre las sábanas, lamió los tobillos blancos y dulces y luego, perezoso, mientras los dedos de sangrientas uñas le recorrían el lomo, bebió la leche que la mujer le trajo en el platito.


ÚLTIMA ESCENA
Fernando Iwasaki
Perú (1961)
 
Al fin los de la aldea decidieron matar al monstruo. No quisieron creerme cuando las ovejas de la viuda del molinero amanecieron degolladas. Recuerdo sus cuerpos esponjosos, abiertos como granadas y barnizados de luna. Luego vino la matanza de los establos comunales, garañones abiertos en canal y una repugnante sensación de sangre y moscas en la boca. El alcalde insistía en organizar batidas contra los lobos, más yo sabía que ellos no habían sido. Pensaron que estaba ebrio, perturbado, enloquecido. Tampoco me hicieron caso cuando la bestia despedazó a los mendigos y pedigüeños de la villa, ni cuando hallaron en el arroyo los despojos del sacristán, un hombre innecesario. Con los niños fue distinto: cada muerte socavó la confianza en las autoridades y la necesidad de venganza les conminó a creerme. Por eso han venido trayendo antorchas y lazos, garrotes y hoces, para emboscar la aparición del monstruo. Les pido que aguarden la luna llena y escucho las maldiciones apagadas. Tal vez sigan dudando. Los veo tan asustados restregando sus armas, que no los imagino destrozando a la criatura. Cuando la luna esté en lo alto, me pregunto cuál de ellos me atacará primero.


AYYYY
Angélica Gorodischer
Argentina (1928)
 
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era su marido.
- ¡Ayyyy! -gritó ella- ¡pero si vos estás muerto!
Él sonrió, entró y cerró la puerta. Se la llevó al dormitorio mientras ella seguía gritando, la puso en la cama, le sacó la ropa e hicieron el amor. Una vez. Dos veces. Tres. Una semana entera, mañana, tarde y noche haciendo el amor divina, maravillosa, estupendamente.
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era la vecina.
- ¡Ayyyy! -gritó la vecina-, ¡pero si vos estás muerta! -y se desmayó.
Ella se dio cuenta de que hacía una semana que no se levantaba de la cama para nada, ni para comer ni para ir al baño. Se dio vuelta y ahí estaba su marido, en la puerta del dormitorio:
- ¿Vamos yendo, querida? -dijo y sonreía.

 
REVELACIÓN
Rubén Abella
España (1967)
 
Por casualidad ella entra en la cafetería Riofrío y ve a su amante en una mesa del fondo, charlando con unos amigos. Lo conoce desde hace dos meses y está muy ilusionada, pues intuye que por fin ha encontrado al hombre de su vida, alguien que la entiende y la respeta, que colma sus anhelos más íntimos, dentro y fuera del lecho. Pide un cortado en la barra. Saca del bolso el teléfono móvil y, con la piel sublevada, viéndolo sin que él la vea, lo llama para darle una sorpresa y, por qué no, proponer una cita rápida en el cercano hotel NH. En la cafetería empieza a sonar una insulsa melodía electrónica. Él mira la pantalla del teléfono, pero en vez de contestar se la muestra a sus amigos y, con un gesto burlón, corta la llamada. Ella, desconcertada, llama de nuevo. Vuelve a llenar el aire el soniquete machacón y sin matices. Él corta otra vez la llamada. A continuación teclea un mensaje y, antes de enviarlo, lo hace circular por la mesa para que todos lo lean. Ella lo recibe unos segundos más tarde: “Estoy reunido, amor. Luego te llamo”. En la mesa no paran de reírse. Llega el cortado. Presa de un temblor repentino, ella deja unas monedas sobre la barra y se va sin probarlo.


LA FELICIDAD
Andrés Neuman
Argentina (1977)
 
Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal. No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo: iba a decir el mejor, pero diré que el único. Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal. Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto. Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos. A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.

20 de junio de 2021

Panait Istrati, un vagabundo atormentado

En apenas doce años, entre 1923 y 1935, Panait Istrati consiguió una repentina y fulgurante celebridad, tanto como escritor autodidacta como sindicalista y activista político en favor de las clases proletarias. El vagabundo atormentado, el errante incansable, el rebelde que tomó el camino de los perdedores había nacido el 10 de agosto de 1884 en
Brăila, Rumania, y vivió su infancia como un muchachito educado, tímido, cuidadosamente vestido. Su aspecto contrastaba con el de los chicos con quienes se codeaba en los suburbios miserables de su pueblo a orillas del Danubio, donde vivía con su madre.
Prefería la lectura y el trato con los adultos a la compañía de esos muchachos; sin embargo se hizo amigo particularmente de uno de ellos: un corpulento brutal llamado Codine cuyos puños acudían siempre en ayuda de los más débiles. Él fue quien salvó a Panait y a su madre del cólera, llevándolos a una zona campestre y construyéndoles una choza de ramas y cañas. Tiempo después, Codine mató a un amigo que se había convertido en amante de su querida y luego murió de una manera espantosa: su madre le echó dos litros de aceite hirviente en la boca mientras dormía. En 1925, Istrati publicaría un libro que llevaría su nombre y el director francés Henri Colpi (1921-2006) realizaría una película del mismo nombre en 1963.
La madre de Istrati era lavandera y su padre, a quien jamás conoció, un griego contrabandista muerto por los guardias costeros. A los trece años, provisto del certificado de estudios primarios, dejó la escuela y por algunos centavos redactaba cartas para los enamorados despechados para ayudar a su madre. Después consiguió un empleo como mozo en la taberna de un griego en la que durante un año y medio observó con pasión a los clientes, una humanidad marginada. Luego se empleó un tiempo en una pastelería y más tarde aprendió el oficio de pintor de paredes, oficio que ejercería a menudo en el curso de sus viajes por Grecia, Turquía, Arabia, Siria y Palestina.
Un día conoció a un hombre joven vestido con harapos que, sentado en un banco, leía un libro del cuentista francés Alphonse Daudet (1840-1897). Fue un encuentro decisivo y pronto se hicieron amigos. Mikhail (a quien retrató en el libro que lleva ese título en 1927), era hijo de una rica y noble familia rusa y con él viajó a Bucarest, en donde vagabundeó hasta que el amigo partió hacia Manchuria.
Por entonces empezó a interesarse de manera activa por los problemas sociales, participando en huelgas en el marco de la lucha que sostenían los obreros de su ciudad natal y colaborando en el diario local, por lo que fue arrestado varias veces. Viajó nuevamente a Bucarest en donde se encontró con su amigo Mikhail que había vuelto de Manchuria y trabajó algún tiempo como gestor en una oficina de colocaciones bastante sospechosa, experiencia que utilizaría para su libro “Biroul de plasare” (La agencia de empleos) publicado en 1933.
En el transcurso de una manifestación socialista fue golpeado por la policía y al poco tiempo la junta de revisión lo declaró no apto para el servicio militar por causa de su miopía y del estado de sus pulmones. Viajó entonces con su amigo a Constanza, el puerto más importante de Rumania, en donde encontraron sendos puestos de trabajo como porteros en el hotel Regina. Después de ahorrar un poco, emprendieron viaje hacia Egipto en donde Mikhail trabajó como portero nuevamente mientras él lo hizo como vendedor ambulante y pintor. Tampoco se quedaron allí mucho tiempo: su amigo viajó a Grecia y él se embarcó clandestinamente en un barco francés que iba hacia Marsella. Rápidamente fue descubierto y desembarcado en Nápoles desde donde volvió a Bráila, pasando por Alejandría y Constanza.
Durante los siguientes seis años -entre 1906 y 1912-, viajó constantemente entre Rumania y Egipto. A veces solo, otras con Mikhail; a veces en condiciones financieras precarias, otras con relativa abundancia. Sin embargo, la salud de su amigo se alteró gravemente y antes de morir, quiso volver a Kazan con su familia. Dejó a Panait con la promesa de que si la travesía era demasiado penosa y sufría demasiado se arrojaría al mar, pero, si todo salía bien, le escribiría desde Odessa. Panait nunca recibió esa carta.
Fervoroso socialista, sus primeros escritos datan aproximadamente de 1907 cuando comenzó a enviarlos a periódicos socialistas rumanos. El primero que se publicó fue el artículo titulado “Hotel Regina”, que apareció en “România Muncitoare”, periódico donde también se editarán sus primeros cuentos: “Mântuitorul” (El redentor), “Calul lui Bălan” (El caballo de Bălan), “Familia noastră” (Nuestra familia) y “1 Mai” (Primero de Mayo). También colaboró con otros periódicos socialistas como “Adevărul”, “Dimineaţa” y “Viaţa Socială”.


En plena Guerra de los Balcanes, el director de un semanario socialista con quien había participado en las luchas políticas, le dio dinero y una carta de recomendación para uno de sus amigos instalado en París en donde tenía un negocio de zapatería. Allí fue albergado y trabajó durante algún tiempo. Cuando regresó a Rumania se enamoró de una militante socialista judía, Zoitra, con quien se casó. Comenzó a trabajar con regularidad, pero el oficio de pintor era nefasto para su salud. Entonces compró una casa bastante deteriorada de los alrededores de Brăila y se dedicó a la cría de cerdos. El criadero daba buenos resultados, pero su matrimonio comenzó a agrietarse: su mujer se aburría en el campo y las peleas -que incluían golpes- se hicieron frecuentes.
Agotado y con mala salud, vendió sus cuarenta cerdos, abandonó a su mujer y atravesó la frontera suiza el 30 de marzo de 1916. Allí, con la esperanza de sanar de su tuberculosis, debió internarse en un sanatorio de la comuna de Leysin, donde otro paciente, el periodista y militante sionista suizo de origen ruso Josué Jéhouda (1892-1966), le enseñó francés y le hizo leer las obras y los artículos en la prensa suiza de Romain Rolland (1866-1944). El pensamiento del autor francés entusiasmó a Istrati, quien decidió en ese momento convertirse en escritor, relatando sus experiencias. Como pensó hacerlo en lengua francesa, duplicó su atención para aprender el idioma y copió el diccionario francés-rumano en fichas con las que empapeló las paredes de su cuarto. Después le escribió una carta a Rolland contándole su proyecto, pero su envío le fue devuelto. A cambio, recibió una tarjeta que le anunciaba la muerte de su madre.
A comienzos de 1920 se instaló en una pequeña aldea suiza de habla francesa donde ejerció su oficio de pintor. Allí se enamoró de una mujer joven, Yvonne, que estaba casada. Esa relación provocó un escándalo y las autoridades administrativas lo expulsaron del cantón. Huyó con la mujer a París en donde alquiló dos piezas en Montmartre, pero la armonía de la pareja rápidamente se desvaneció. Entonces viajó a Niza, en donde trabajó como vendedor ambulante y empleado en una librería. Pronto se quedó sin recursos y sin techo, durmiendo a la intemperie. Deprimido, el 3 de enero de 1921 se cortó la garganta con una navaja. Enterado por un diario de Niza de esa tentativa de suicidio, su antiguo compañero de habitación en el sanatorio de Leysin fue a visitarlo al hospital y allí descubrió la carta destinada a Romain Rolland -devuelta por el correo- de la que Istrati no se separaba nunca y le prometió hacerla llegar a destino. Ni bien salió del hospital, trabajando en una mudanza, una piedra le aplastó los dedos, un accidente que derivó en la amputación de una falange.
Entre tantas desdichas, finalmente, recibió la respuesta de Rolland que lo alentaba para que escriba, “para que haga una obra densa”. Se estableció entonces una correspondencia entre ambos que duró un año, tiempo en el que para vivir, Istrati se convirtió en fotógrafo ambulante. Para comienzos de 1922 volvió a París, a casa de su amigo el zapatero. Este le propuso alojarlo y alimentarlo mientras escribía su obra. Así, se instaló en los alrededores de París, cerca de Thiel, en donde una joven costurera alsaciana, Ana, que conoció en el tren París-Niza, lo visitaba a menudo. De todas maneras, la relación fue tormentosa, atravesada por violentas peleas. Istrati trabajó con ardor luchando con el idioma francés pero el frío invernal lo echó de su habitación de Thiel.


Regresó a la zapatería parisina en donde le arreglaron el subsuelo del negocio para que pudiera trabajar y dormir. Allí terminó “Oncle Anghel”  (Tío Anghel) y empezó “Kyra Kyralina”. En enero de 1923 envió a Romain Rolland el manuscrito de “Kyra Kyralina” que había escrito en tres meses. Rolland se entusiasmó con la obra y le escribió: “Pocos escritores pueden igualarlo”. Sin embargo, el libro debió ser corregido y de hacerlo se encargó el escritor Jean Richard Bloch (1884-1947). Finalmente, el 15 de agosto de 1923 apareció en la revista “Europe” la primera parte de la novela y luego fue publicada íntegramente por la prestigiosa casa editorial Éditions Rieder. Años más tarde, durante la Guerra Civil Española, la renombrada activista anarquista española Lola Iturbe (1902-1990) firmaría los artículos que publicaba en la revista “Mujeres libres” bajo el seudónimo de Kyra Kyralina.
Rolland que lo había llamado “el nuevo Gorki de los países balcánicos”, lo invitó a pasar quince días en su casa de Villeneuve. Allí lo animó a escribir relatos para publicarlos en “Clarté”, la revista afín al comunismo de entonces que coeditaba junto a Henri Barbusse (1873-1935). Pronto publicó la novela “Codine” (El bruto) que contenía muchos aspectos de su desdichado pasado. Por entonces ya se había convertido en uno de los escritores más apreciado dentro del movimiento obrero.
En la primavera de 1924 ya era un escritor francés. Apenas le quedaban once años para escribir todo lo que tenía que decir. En lo sucesivo, se dedicó únicamente a su nuevo oficio, a su profunda vocación, lo que lo llevó a considerarse a sí mismo como un “obrero de la pluma”. Así aparecieron “Oncle Anghel” (El tío Angel, 1924), “Les haïdoucs” (Los bandidos, 1926), “Les récits d'Adrien Zograffi” (La vida de Adrián Zograffi, 1927), “Les chardons de Baragan” (Los cardos de Baragan, 1928), “Le pécheur d'eponges” (El pescador de esponjas, 1930) y “La maison Türinger” (La casa de Turingia, 1933). Las obras, escritas en el francés rústico que había aprendido de la mano de su amigo Jéhouda, estaban en general protagonizadas por personajes desilusionados, con sobrecogedoras vivencias pero anhelantes de vivir algún día en un mundo feliz. Todas ellas fueron acogidas calurosamente por la crítica literaria.
Mientras escribe sin parar, se casa con la costurera para vivir en París y luego en Niza, pero al poco tiempo ella lo abandonó. En 1927, Panait Istrati fue uno de los pocos escritores europeos invitados a la Unión Soviética para los festejos del décimo aniversario de la Revolución. La invitación provino del revolucionario búlgaro Christian Rakovsky (1873-1941), a la sazón diplomático, y considerado como la mano derecha de León Trotsky (1879-1940), el líder de la oposición de izquierda. Lleno de entusiasmo, viajó el 15 de octubre y se quedó durante dieciséis meses, visitando el Cáucaso, Georgia, Ucrania, Crimea y la República Moldava. En Moscú, conoció a Nikos Kazantzakis (1883-1957), y con él hizo una corta estancia en Atenas en donde, en una conferencia de prensa, denunció la situación política y social de Grecia, lo que provocó que lo expulsaran del país.


De regreso a la Unión Soviética extendió sus visitas a lugares más remotos del país, como la Moldavia, Nizhni Nóvgorod, Bakú y Batumi. Istrati se decepcionó con la dictadura de Stalin y fue uno de los primeros intelectuales en mostrar públicamente sus discrepancias y críticas denunciando la persecución de los viejos bolcheviques y las purgas en masa. De nuevo en Moscú, se enteró de que el historiador Victor Serge (1890-1947), de quien era amigo, estaba en la cárcel desde hacía un mes sin que se conociera el motivo. Obtuvo una audiencia del secretario de la policía secreta soviética y pidió por su liberación. Inclusive llegó a ser recibido por Mikhail Kalinin (1875-1946), presidente del Comité Central, pero la terrible maquinaria estalinista ya estaba en marcha y el proceso continuó. Años después, Serge diría en su memorias sobre Istrati: “Escribía sin tener la menor idea de la gramática y del estilo, pero como poeta nato, era un enamorado con toda su alma de varias cosas simples: la aventura, la amistad, la rebeldía, la carne, la sangre. ‘Yo no soy teórico, pero entiendo el socialismo de otra manera’ me dijo una vez. Se necesitaba un refractario de nacimiento como él para resistir a todas las tentativas de corrupción y para salir de la URSS diciendo: ‘Escribiré un libro entusiasta y doloroso donde diré toda la verdad’. La prensa comunista lo acusó inmediatamente de ser un agente de la Seguridad rumana”.
Por entonces el sanguinario dictador Iósif Stalin (1878-1953) ya ostentaba el poder absoluto en la Unión Soviética y había deportado a Trotsky, su principal opositor, a Kazajistán. Años más tarde, socialistas, anarquistas, opositores y hasta miembros del Partido Comunista Soviético como Grigori Zinóviev (1883-1936), Lev Kámenev (1883-1936) y Nikolái Bujarin (1888-1938), sus antiguos aliados, serían fusilados durante los Procesos de Moscú -la llamada Gran Purga-, aquel fraudulento proceso judicial que, bajo las órdenes de Stalin, fue llevado adelante entre 1936 y 1938 fiscalizado por Andréi Vyshinski (1883-1954).
Istrati fue un adelantado en la denuncia de la “revolución traicionada” y en su momento no fue comprendido. El 15 de febrero de 1929, salió de la Unión Soviética profundamente descorazonado. Nueve meses después publicó el relato de su viaje en tres volúmenes titulados “Vers l'autre flamme” (Hacia la otra llama). De hecho, sólo el primer volumen fue escrito por él, el segundo fue redactado por Serge y el tercero por Boris Suvarin (1893-1984) dos notables opositores de izquierda. Aceptó que los tres libros apareciesen con su nombre para asegurar su mejor difusión. Por supuesto, la aparición de este libro significó su ruptura con el comunismo oficial. Sus ideas se orientaban claramente en el esquema de la oposición trotskista: había que recuperar las conquistas de la revolución frente a los burócratas que la traicionaban. Su publicación hizo que la prensa comunista oficial lo convirtiera en uno de sus blancos favoritos. Panait fue tratado de renegado, resentido, mal escritor y traidor. Incluso el propio Rolland -ferviente estalinista- se separó definitivamente de él. La trilogía fue traducida al castellano por el periodista socialista Julián Gorkin (1901-1987) y fue gracias a su amistad con Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) que la editorial que éste dirigía comenzó a editar a Istrati en España.


En 1929 y 1930 fue varias veces a Rumania y en una de esas estadías conoció a una estudiante de química, Marguerite, y se casó por tercera vez. Su salud estaba cada vez peor. Volvió a Niza para pasar allí el invierno y comenzó a escribir la que sería su última obra “Mediterranée” (Mediterráneo), en la que contó su vida, desde el primer viaje a Egipto hasta su partida para Francia. A pesar de la estrecha vigilancia a la que era sometido por la policía secreta rumana, el 8 de abril de 1933 publicó un artículo en la revista francesa “Les Nouvelles Littéraires” titulado “L’homme qui n’adhère à rien” (El hombre que no se adhiere a nada). Tal vez por temor a represalias y a instancias del activista Mihai Stelescu (1907-1936) también escribió para el periódico rumano “Cruciada Românismului”, un medio vinculado al partido político fascista Garda de Fier (Guardia de Hierro). Sería una escuadra de ese partido la que, poco después, asesinaría a Stelescu y asaltaría y agredería varias veces al propio Istrati.
A principios de la primavera de 1935 volvió a Rumania con la intención de pasar algún tiempo en su casa de Brăila, debatiéndose entre la enfermedad y las dificultades financieras. A cambio del derecho de propiedad absoluta de su obra literaria, pidió ayuda a la Fundación Real Carol II, pero ya no quedaba más tiempo.
Aislado y desprotegido, Panait Istrati murió en el Sanatorio Filareto de Bucarest el 16 de abril de ese mismo año. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de Bellu y, a partir de entonces, sería olvidado incluso por la izquierda socialista y libertaria. Sólo tras la muerte de Stalin en 1953 fue rehabilitado en su tierra natal. En 1984, en el centenario de su nacimiento, su obra resurgió con nuevo empuje en Francia y Rumania produciendo así una suerte de rehabilitación, tanto de su persona como de su obra.