Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (2/3)
Muchos de los cuentos y
microrrelatos de Ana María Shua ha formado parte de varias antologías entre
ellas “Cabras, mujeres y mulas. Antología de la misoginia en la literatura
popular”, “Como agua del manantial. Antología de coplas populares”, “Antología del
amor apasionado”, “La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico”, “El
libro de los pecados, los vicios y las virtudes” y “El límite de la palabra.
Antología del microrrelato argentino contemporáneo”. Varias de estas antologías
fueron publicadas en Alemania, Canadá, Chile, España, Estados Unidos, Holanda,
Inglaterra, Italia, México, Serbia, Suecia y Suiza. Parte de su obra fue
traducida a más de quince idiomas y algunas de sus novelas fueron adaptadas a
la pantalla grande. También ha colaborado en diversos periódicos y revistas
como “Clarín”, “La Nación”, “Página/12”, “Gente”, “Mujer”, “Noticias” y
“Página/30”, entre otros.
En un artículo publicado
el pasado 6 de mayo en la revista “Niu”, la autora expresó que para ella la
brevedad de los relatos nunca fue una limitación sino una herencia natural de
la tradición argentina. En ese sentido mencionó a Jorge Luis Borges
(1899-1986), Silvina Ocampo (1903-1993), Julio Cortázar (1914-1984) y Adolfo
Bioy Casares (1914-1999) como grandes cultivadores de ese subgénero. Y como sus
referentes del relato breve citó a Franz Kafka (1883-1924), Italo Calvino
(1923-1985) y Henri Michaux (1899-1984), y observó que, a pesar de esa valiosa
tradición, los editores tardaron en reconocer la validez comercial y literaria
del subgénero, un obstáculo que, reconoció, ella tuvo que sortear al inicio de
su carrera. Y en cuanto a las dolencias y enfermedades del cuerpo humano, un
tema recurrente en su obra visto tanto desde el punto de vista del paciente,
del médico o del familiar como desde la experiencia personal, suele citar como
referentes a Francisco de Quevedo (1580-1645), Antón Chéjov (1860-1904), Mijaíl
Bulgákov (1891-1940), Marguerite Yourcenar (1903-1987), Albert Camus
(1913-1960) y Oliver Sacks (1933-2015).
Y sobre el acto de
escribir, en el mismo Shua argentina describió el proceso como una “guerra que
tenemos los escritores contra las palabras”, donde el resultado final es
siempre fruto de una negociación entre la mente y lo que el lenguaje permite
transmitir. Confesó que, a diferencia de otros autores, su literatura es “muy
volitiva”, pues no escribe por una necesidad desbordante o inspiración
romántica, sino por una decisión consciente de su voluntad. “Yo siempre tuve
que salir a la caza de las palabras. Jamás vinieron a mí”, admitió.
Lo que sigue es la primera
parte de la entrevista realizada por Emma Rodríguez que apareció publicada en
la página web “lecturassumergidas.com” el 24 de marzo del corriente año. En
ella, la autora habló con su entrevistadora sobre “El cuerpo roto”, su último
libro publicado. El mismo contiene doce cuentos: “Un canto a la vida”, “Rita y
el doctor”, “Casi una crónica”, “Técnicas modernas”, “Como el mar”, “Cuidar un
gato”, “Los Gaspáridos”, “Gaviotas en el bosque”, “Amim o la caída”, “Selva y el
diablo”, “Unos días en la playa” y “Después de la muerte”. En ellos abundan temas
como la enfermedad, la vejez, las pérdidas. “‘El cuerpo roto’ es un
compendio de cuentos que tienen que ver con mi historia personal -manifestó-,
he volcado en él todo lo que siento alrededor de algo que para mí es una
fascinación: el cuerpo y los avatares por los que pasa, el dolor, la
enfermedad, la decadencia, el nacimiento”.
Tras leer “El cuerpo roto”
me puse a pensar en la capacidad de estos relatos para cautivarnos, para
atraparnos, pese a su crudeza, a su dureza. Abordan asuntos que en el día a día
se prefieren ocultar, de los que normalmente se suele huir.
Quienes nos dedicamos a la
literatura siempre estamos intentando escribir el libro que nos gustaría leer.
Y a mí me han fascinado desde siempre los libros que tienen que ver con el tema
médico, desde todo lo que escribió Oliver Sack, siempre esperanzador, incluso
cuando describe casos atroces, hasta libros tan desesperanzados como “Danzando
con la muerte” de Bert Keizer, que trata sobre una clínica de enfermos
terminales en Holanda, donde está permitida la eutanasia. ¡Hay tantos libros
sobre el tema médico! Está en “La peste”, por dar un sólo ejemplo entre miles,
pero también en “El Decameron”, en Defoe, en Camus, en Poe, en Yourcenar… No
creo que la literatura huya de esos temas, ni los oculte. La literatura trata
siempre, de una manera o de otra, acerca de la fugacidad de la vida, del dolor,
de la conciencia de la muerte, que nos define como seres humanos. ¿Y por qué no
habría de atraparnos un tema que nos preocupa tanto, que conocemos, que forma
parte de nuestras vidas? Para mí lo que
podría cautivar no es la crudeza sino el reconocimiento. Todos sabemos -aunque
no queramos saberlo- que el cuerpo se rompe, que envejece, que enferma, que
muere. Cuando la literatura se anima a poner eso en palabras sin eufemismos,
algo se aquieta en el lector: alguien está diciendo lo que yo también sé. No se
trata de exhibir el dolor sino de atravesarlo con una mirada humana.
¿Reconoces algún impulso,
alguna necesidad, tal vez oculta, que te llevó a escribir estos relatos?
Quizás alguna forma de
vértigo… O mejor dicho, esa extraña atracción a la que se denomina “la llamada
del vacío”, esa especie de impulso extraño que se mezcla con el miedo cuando
nos asomamos al balcón de un piso alto. ¿Y qué pasaría si saltara? Para mí,
toda escritura tiene algo de un salto al vacío y más todavía si se trata de
temas que me conciernen, que me tocan en la mitad del plexo solar. Los temas
que toco en “El cuerpo roto” me parecen territorios intensísimos, llenos de
conciencia, de humor, de rabia, de lucidez. En buena parte, escribí estos cuentos
para entender algo que me obsesiona desde siempre.
¿Pero en quiénes pensabas
mientras escribías, a quiénes se dirigen las historias de este libro?
Mientras escribía pensaba
en los lectores, por supuesto. Y mi intención era captar precisamente a ese lector
que se da el lujo de evitar los recursos remanidos, simplones, de buena onda;
al que se atreve nadar en aguas profundas; al que está dispuesto a enfrentarse
con la verdad artística, que no es la verdad de los hechos, pero a veces da en
el blanco con mucha más precisión. Los escritores trabajamos con la certeza (o
la incerteza) de un tirador de cuchillos en el circo, que arroja su arma con
los ojos vendados y sin embargo, a veces, la clava justo donde se lo propone.
Lo bueno es que cuando se equivoca, no necesariamente corre sangre…
A mí personalmente este
libro me ha dolido, pero también me ha llevado a enfrentarme a temas -los ya
citados- ante los que no acostumbro a situarme. Te diré que me ha gustado
encontrarme con protagonistas de muy avanzada edad, transitando por un
territorio, el de la vejez, que desconocemos bastante, me atrevería a decir
atravesado de misterio. ¡Qué poco sabemos de esa etapa, de los sueños, de las
pérdidas que la recorren! ¿Qué has descubierto de ella en el proceso de escritura?
Quizás a mis setenta y
cuatro años el territorio de la vejez y la decadencia física ya no me resulta
tan misterioso. En el mejor de los casos, la vejez no es sólo pérdida: también
es despojamiento, claridad, a veces una feroz honestidad. Hay un territorio
desconocido ahí, sí, pero no es un misterio vacío: está lleno de sueños que
cambian de forma, de deseos que no desaparecen, de memorias que pesan o que se
deshilachan. Tal vez el verdadero misterio está en el terreno de la enfermedad
mental, de la demencia, en la vejez y a cualquier edad. ¿Qué se esconde en la
mente de alguien que ha perdido la palabra? ¿O que ya no sabe usarla para
comunicarse? Creo que si he llegado a descubrir algo no ha sido en el proceso
de la escritura, sino en ese durísimo proceso que es la vida, y quizás, en todo
caso, he podido, de algún modo (siempre dudoso, siempre injusto), transformar
mis descubrimientos en palabras.
Concretamente “Amim o la
caída” y “Unos días en la playa” abordan la etapa de la vejez. ¿Qué me puedes
decir de cada uno de ellos?
En “Amim o la caída” me
interesaba la fragilidad súbita: el momento en que el cuerpo traiciona y la
identidad se tambalea, pero sobre todo el efecto que eso produce en aquellos
que nos rodean, que nos cuidan, que nos quieren. Me interesaba explorar cómo la
aparente pérdida de la identidad puede ser la caída de una máscara y la
revelación de otra identidad íntima y secreta. ¿Qué saben los hijos de sus
padres? Es tan poco y tan sesgado como aquello que los padres saben de sus
hijos. En “Unos días en la playa” quise mostrar la ilusión de un pequeño
paréntesis luminoso, casi una tregua, en medio del deterioro. Los dos relatos
intentan apartarse de la mirada compasiva para situarse en la experiencia
misma. Unos días nació a partir de la internación de un pariente al que yo
quería mucho. Fueron unas pocas jornadas en un sitio para mí asombroso: ese
pasillo ancho con cuartos a los costados, casi como aulas escolares. Las
habitaciones compartidas, las personas paseando por el pasillo en una especie
de larguísimo y penoso recreo, apenas mitigado por unas pocas actividades como
clases de gimnasia o de artes plásticas… Pocas veces tuve tanta necesidad de
escribir un cuento, pocas veces me persiguió tanto un tema como después de esa
experiencia.
En otro de los cuentos,
“Casi una crónica”, impacta la manera en que, con absoluto realismo, sin
adornos ni metáforas, se narra lo que ocurre en urgencias de un hospital, el
modo en que se abordan, en sus aspectos más cotidianos, la enfermedad, los
diagnósticos médicos… ¿Cómo llegaste a encontrar ese estilo desnudo, esa voz,
ese tono?
Me propuse fingir una
crónica casi periodística. Digo “fingir” porque, aunque está escrito en primera
persona, yo jamás estuve veinticuatro horas en la guardia de un hospital. En
este caso tuve un excelente informante, que me contó muchas de sus experiencias
con todo detalle y yo me limité a organizarlas como si todas hubieran sucedido
el mismo día. Por otra parte, creo que el tono lo impone el material. Lo que me
proponía contar no admitía metáforas ni exceso de adjetivos. La precisión,
incluso la sequedad, eran necesarias para no falsear la experiencia. A veces el
lenguaje más simple es el más perturbador. No quise embellecer nada, pero
tampoco caer en el morbo. Ese equilibrio es siempre frágil.
Son duros estos relatos,
insisto, pero asoma la luz, la ternura, el humor en ocasiones… ¿Está ahí ese
punto de conexión entre quien escribe, Ana María Shua, y el nosotros en el que
entramos los lectores?
La luz está siempre ahí.
Es la engañosa esperanza que nos mantiene vivos, la misma que quedó encerrada
en la caja de Pandora, después de que escaparon todos los males. La ternura es
simplemente inevitable. Somos seres humanos, somos mamíferos, necesitamos el
afecto, sentir el calor de los demás, compartir a través de la piel la sangre
caliente que corre por sus venas. Y el humor… bueno, eso es parte de mi
personalidad. Solo cuando me lo propongo rígidamente logro escribir sin humor.
Y aunque no lo parezca, estos temas son terreno fértil para el humor, esa
puerta que se abre donde creíamos que solo había una pared. El humor es una forma de resistencia. La
ternura también. Aparecen incluso en situaciones extremas. Me interesa esa
mezcla porque es profundamente humana. La literatura que es solo oscuridad me
resulta incompleta y cuando solo es luminosa la siento falsa. Vivimos en esa
tensión.
En la nota de prensa
elaborada por la editorial Páginas de Espuma sobre “El cuerpo roto” se incluye
un interesante texto con tu firma en el que te refieres a tu obsesión desde
siempre por el tema de la enfermedad, de la curación, “un tema constante y
perturbador”, señalas. Ya has hablado un poco de ello al principio de este
diálogo… ¿Lo puedes desarrollar un poco más? ¿Hay algún detonante, algún
episodio biográfico que alentara ese interés?
No lo creo. Yo misma no
sabía que ese iba a ser uno de mis temas preferidos cuando escribí mi primera
novela, “Soy paciente”. Creí que había elegido ese tema por pura casualidad,
porque a un amigo le habían sucedido hechos tan disparatados durante su
internación en un hospital, que me daban la substancia necesaria para mi
primera novela. No sabía en ese momento que el tema se iba a repetir tantas
veces en otras novelas, en muchos cuentos. Cuando era chica me parecía muy
divertido enfermarme de vez en cuando, faltar a la escuela, ir a la cama grande
y recibir todos los beneficios secundarios de la enfermedad: las revistas de
historietas, los mimos, comer pollito hervido y puré con aceite (en lugar de
manteca), mucha jalea de membrillo y agua embotellada. Las gripes, las anginas,
la varicela, incluso el sarampión, tenían su encanto y nunca estuve seriamente
enferma. Mi padre murió de una embolia un par de días después de una operación
exitosa. Más que una enfermedad, fue casi un accidente. Y, sin embargo, mirando
hacia atrás, veo que siempre me interesó literariamente el cuerpo como
territorio incierto, vulnerable. Más allá de lo biográfico, creo que hay una
inquietud existencial: la conciencia de que somos materia frágil y, al mismo
tiempo, conciencia que piensa esa fragilidad. Alguna vez pensé en estudiar
medicina, hasta que por suerte me di cuenta a tiempo de que lo que realmente me
fascinaba de la medicina eran las palabras.
La temprana muerte de tu
padre, que citas, una experiencia que sin duda marca, da lugar al último relato
del volumen, “Después de la muerte”. ¿Hasta qué punto escribir esa historia
supuso una liberación?
No fue eso lo que sentí…
Aunque, pensándolo bien, quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda
a tomar distancia. Y un velorio es una situación tan extraordinaria para la
literatura. Esa mezcla de pena, de ridículo, de dolor y disparate que tiene
toda la ceremonia… Pero no diría que escribir ese cuento, que es totalmente
autobiográfico, me ayudara a paliar la pena y la sensación atroz de sentir que
el cielo se me había caído en la cabeza. Hasta que murió mi padre, yo
simplemente no sabía que la muerte era posible y que estaba ahí, acechándonos.
Nadie tan querido, tan esencial, tan cercano, se me había muerto. Mi papá tenía
cincuenta años y estaba perfectamente sano. Se cayó jugando al voleibol y murió
después de una operación de hernia de disco. Pero yo tenía veintitrés años, ya
era una persona formada. Creo que no lo llamaría liberación. Más bien, una
forma de ordenar el caos. Escribir no borra el dolor, pero le da una
estructura. Y tal vez, sólo tal vez, cuando algo tiene forma, deja de ser
solamente una amenaza.