22 de agosto de 2026

Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (3/3)

En una nota aparecida el 5 de enero de este año en el medio de comunicación digital español “elDiario.es” Ana María Shua, con respecto a “El cuerpo roto” (publicado en noviembre de 2025), explicó que su obsesión por la enfermedad venía de muy lejos: “Desde chica siempre me gustaron los libros de aventuras, y hay dos aventuras que son comunes a todos los seres humanos. No cualquiera puede organizar hoy una expedición al Amazonas, pero el amor y la enfermedad son aventuras que nos tocan a todos. Y yo me decanté por la enfermedad, vete a saber por qué. Estaba recordando ahora que una de mis primeras lecturas es el libro ‘Mujercitas’ de Louisa May Alcott, que han leído todas las niñas, por lo menos las de mi edad, y que ya tiene la historia de la enfermedad y la muerte de la menor de las cuatro hermanas. El tema de la enfermedad, del dolor, de la pena y del duelo es uno de los grandes temas de la literatura”.
“El cuerpo roto” comienza y termina con dos relatos basados en su propia experiencia, mientras que el resto es ficción. En especial el último cuento tiene una historia especial tal como ella lo explicó: “El último relato, que se llama ‘Después de la muerte’, es una crónica del velorio de mi padre y yo lo escribí no mucho después de que él hubiera muerto, quizás en el ‘76 o ‘77. En su momento me daba pudor publicarlo porque lo sentía como un relato muy íntimo, muy personal y además allí estaba mi madre, mi hermana... Por lo íntimo del cuento me daba pudor publicarlo, pero pasaron muchos años, el dolor se transformó en recuerdo y al cuento le llegó su hora de ser publicado”.
Y en relación al vínculo que se genera entre los médicos y los enfermos en cuanto al diagnóstico y el tratamiento de una enfermedad, apuntó: “A mí me parece una relación fascinante que tiene además muchos elementos sadomasoquistas, porque el cuerpo humano es reiteradamente violado por esos artistas que practican el arte de curar. Así que la relación entre el médico y el paciente es muy interesante, como también es muy interesante la relación entre el médico y la familia y los que acompañan. Los médicos suelen decir: ‘Ah, no, yo con el paciente todo bien, el problema es la familia’. Y es que suele ser así, porque el paciente se entrega y en cambio la familia desconfía, siempre piensan que puede haber un médico mejor o que quizás esa droga no es la más adecuada. Me parece un tipo de relación humana muy interesante”.
En cuanto a la condición de quien acompaña a un enfermo expresó: “Es un tema interesantísimo porque el cuidador, el que está cerca del enfermo, cerca del doliente, muchas veces sufre tanto como él. Sufre de otra manera, pero lo sufre. Hasta a mí me ha pasado, a veces uno dice: ‘Bueno, que deje de sufrir de una vez este hombre, que se muera para dejar de sufrir’. Es lo que puede llegar a pasarle a los cuidadores, porque a veces ver sufrir a alguien que uno quiere es tan doloroso como sentir el sufrimiento uno mismo. Cada enfermo es diferente y por algo dicen los médicos a veces que no hay enfermedades sino enfermos. Lo mismo pasa con los cuidadores, con la gente que está alrededor, con la gente que ama a esa persona o la odia, porque a veces ser cuidador no significa necesariamente que uno esté allí por amor sino a veces es por obligación. Todo ese juego de relaciones que se da entre las distintas personas que rodean al paciente también es interesantísimo”.
A lo largo de su trayectoria la multigenérica escritora Ana María Shua ha sido condecorada con numerosos galardones. A los antes mencionados otorgados por Fondo Nacional de las Artes y la Sociedad Argentina de Escritores por su libro de poemas “El sol y yo”, pueden agregarse -entre otros- el premio “Concurso Internacional de Narrativa” de la Editorial Losada por “Soy paciente” en 1980; los premios “Los mejores” por “La fábrica del terror” en 1991 y el “Destacado” por “Miedo en el sur” en 1996 y por “Los devoradores” en 2005 otorgados por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA), una sección de la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil (Board on Books for Young People - IBBY) con sede Suiza; el premio “White Ravens” por “La puerta para salir del mundo” en 1994 y por “Cuentos judíos con fantasmas y demonios” en 1995 dados por la Biblioteca Internacional Juvenil de Munich (Internationale Jugendbibliothek - JIB); el “Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires” por “Miedo en el sur” en 1995 y por “La muerte como efecto secundario” en 1997 concedidos por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires; el “Premio Nacional de Literatura” por “Fenómenos de circo” entregado por la Secretaría de Cultura de la Nación Argentina en 2014; y el “Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola” por “Hija” otorgado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México en 2016.


A ello hay que sumarle el premio “Konex de Platino” en la categoría Letras en 2014, el premio “Esteban Echeverría” a la trayectoria como narradora de la sociedad Gente de Letras también 2014, el premio “Trayectoria” de la Asociación de Artistas Premiados en 2015, el premio “Democracia” a la trayectoria en literatura del Centro Cultural Caras y Caretas en 2016, el premio “Mujeres Creativas” de la Universidad de Palermo en 2018 y el premio “Artista solidario” de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 2025. También se le otorgó el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo en 2025 y en 2026 fue reconocida por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires como Personalidad Destacada en la Cultura.
A continuación, la segunda y última parte de la entrevista realizada por Emma Rodríguez y publicada en la página web “lecturassumergidas.com” el pasado 24 de marzo.
 
“Un canto a la vida” es tal vez uno de los relatos más dolorosos, tan extremadamente real, auténtico, con esa mezcla de sufrimiento, incertidumbre, al abordar el tema de la enfermedad, del cáncer… Con tantos consejos, remedios mágicos, aportados por la gente cercana. Y al final la supervivencia. Tiene que ver contigo, con tu propia experiencia… Háblame de este relato. ¿Qué supone en tu camino?
 
El diagnóstico era metástasis. Me despertaba cada mañana con la palabra “metástasis” resonando dentro de mi cabeza. Traté de escribir en ese momento, como sabía que otros lo habían hecho, y pude lograrlo hasta que la quimio me barrió la personalidad y me convertí en un pedazo de carne sufriente. Me molestaba la retórica de la “lucha”, esa obligación de ser valiente. La enfermedad también incluye miedo, cobardía, agotamiento. Quise reivindicar esa verdad. Y también mostrar la avalancha de consejos, de soluciones mágicas, que rodean al enfermo, que es de verdad asombrosa. A una de mis hijas, que se enfermó unos años después, le trajeron una especie de formicario de vidrio lleno de gorgojos en un terreno de algodón. Se suponía que tragárselos vivos le aseguraba la curación. He visto desde consejos ridículos, pero bien intencionados, hasta los más asombrosos disparates organizados para sacarle plata a los enfermos desahuciados, a sus desesperados familiares. Al final, la supervivencia no es heroica: a veces es simplemente azarosa. Estás parada en la vereda, te atropella un tanque, te pasa por arriba y si, a pesar de todo lográs levantarte, la gente te dice: “¡qué valiente!”. Es terrible y también absolutamente cómico, una combinación que me gusta mucho. Veinte años después retomé ese texto, que había abandonado, y lo convertí en el eje de la historia de mi enfermedad.
 
“La enfermedad es una larga espera”, leemos. Y esto nos conduce a otra idea. Mientras se espera se sigue viviendo… Mucha gente se toma esa etapa como un paréntesis, una parada, pero el enfermo experimenta, conoce, se transforma en otro ser… ¿Cómo lo ves?
 
La espera es vida. El enfermo no está suspendido: ama, se enoja, se transforma. Pensar la enfermedad como pausa es una ilusión de los sanos. Pero sí la considero un paréntesis. Y en ese sentido la comparo con la guerra. Durante la guerra las personas se dicen: “cuando esto termine…”. Y se hacen planes y se imagina un futuro en que el maldito paréntesis ha terminado y vuelve la vida real, completa, con todas sus manifestaciones. La soledad es el más largo de los castigos y en esa espera que la enfermedad implica hay también soledad, por más que se esté acompañado.
 
La idea de la valentía en la lucha, como indicabas antes, molesta a la narradora de “Un canto a la vida”, que reivindica la aceptación de la cobardía (“fui tan cobarde como cualquiera…”).
 
Hay gente valiente de verdad, dispuesta a soportarlo todo sin quejarse. (Algunos, a veces, soportan demasiado y cuando llegan al médico ya es tarde). No es mi caso. La mayoría de nosotros se acobarda frente a la enfermedad, es natural y ni siquiera diría que es humano: es animal, es instintivo, huiríamos si pudiéramos. Y la lucha… La lucha es del cuerpo y no de la persona, como fantaseamos a veces. Cómo, si no, sobrevivirían esos ancianos demenciados que ya no son nadie y sin embargo son un cuerpo que sigue luchando por la vida. Estudios estadísticos de la Clínica Mayo han demostrado que el optimismo no influye en el desarrollo de la enfermedad. Los alegres optimistas y los pesimistas deprimidos se curan o no se curan sin que pese su estado de ánimo. La diferencia es que unos la pasan mejor que otros.
 
Te refieres a ‘los sobrevivientes’. Este es un libro, me atrevo a decir, sobre la supervivencia, sobre el afán de superar lo peor y también de asumir, desde el inevitable dolor, la pérdida en todos los aspectos.
 
Es, creo, quiero y espero, un canto a la vida. Algo que en mi primer relato comienza siendo irónico y termina siendo simplemente verdadero. Siempre digo que la literatura no sirve para nada, no espero que cumpla ninguna función útil, pero, sin embargo, hay una pequeña ilusión en alguna parte de mi cabeza de escritora de que quizás mis palabras le sirvan a algún lector para encontrarse a sí mismo, para quererse y perdonarse, que es la mejor forma de querer y perdonar a los demás.
 
Exploras en “El cuerpo roto” la incomodidad física, pero también emocional, ‘las zonas irritadas’ de la convivencia, a las que se alude en “Como el mar”, un cuento que me ha gustado especialmente, pues tiene que ver con la poca importancia que concedemos a la salud, a las relaciones permanentes, hasta que se ponen en peligro. Algo muy, muy humano.
 
Por supuesto, la convivencia, tal como las relaciones familiares, hacen que un gesto o una palabra que para alguien de afuera podría ser una tontería, desaten una tormenta. Porque tocan esa zona irritada que, en toda relación importante, (pareja, hermanos, padres, hijos) carga con una larga historia de roce constante que termina por dejar zonas en carne viva. En “Como el mar” todo está a punto de naufragar y tal vez naufraga. No lo voy a spoilear, pero sí, el peligro está allí y ante el peligro aquello que dábamos por sentado se carga de un valor infinito. 
 
La complejidad de las relaciones, que se intensifica en los momentos más duros de la vida, otorga profundidad a las diferentes historias. Personalmente creo que es otro de los motivos de que nos interesen tanto, de que nos atrapen.
 
Todo lo que puedo decir es… ¡muchas gracias! Eso es lo que me propuse y me alegro de haberlo logrado al menos contigo, que sos una lectora tan especial, que temo y admiro.
 
“Cuidar un gato” es otro relato que emociona, sobre todo en la explosión final del abrazo. Como en otros casos, la ternura se convierte en una gran cura. Los cuidados es otro de los temas importantes de esta entrega ante la que, respondiendo a lo que has dicho anteriormente, te digo que soy yo la que tengo que darte las gracias.
 
Cuidar es una de las experiencias más radicales. Implica vulnerabilidad compartida. Este relato no tiene nada de autobiográfico, pero sí tuve la experiencia de cuidar un gato y de cuidar y perder a gente querida. Y hay un personaje del que no diré nada más excepto que se parece mucho a una asistenta que trabajaba en la casa de mi madre.  En “Cuidar un gato” el abrazo final no resuelve nada, pero crea un instante de sentido. A veces eso es lo único que tenemos. Ese llanto que permite que salga por los ojos el trozo de cristal del maldito espejo del diablo, ese que, como en “La reina de las nieves”, Hans Christian Andersen había conseguido congelarnos el corazón.
 
“Rita y el doctor” es una historia verdaderamente cautivadora. Podría ser una novela corta. Tiene muchas capas, cuenta muchas cosas… El psicoanálisis, los deseos, el paso del tiempo, la memoria, la amistad, el proceso de la escritura… ‘Hay golpes en la vida tan fuertes…’, leemos en el mismo. Aporta diferencia al conjunto, es más abarcador… ¿Estás de acuerdo?
 
Sí, es un relato ‘cebolla’. Me interesaba el cruce entre psicoanálisis, memoria, deseo, escritura. El verso de Vallejo (“Hay golpes en la vida tan fuertes…”) atraviesa el cuento porque habla de esos impactos que nos cambian para siempre. Tal vez sea el relato más abarcador del libro.
 
La historia, la política (la dictadura argentina y sus métodos brutales, las desapariciones, la militancia) entra en cuentos como “Selva y el Diablo”. Supongo que no puede dejar de aparecer, es una herida profunda…
 
Sí. Y también en “Los Gaspáridos”. La historia argentina es una herida abierta. La violencia política dejó cuerpos rotos, memorias rotas. No podía no aparecer, al menos en una autora de mi generación, que vivió la dictadura. Es casi imposible para nosotros, los que pasamos por la ‘Época del Miedo’, como la llamo en mi cuento, ignorarla en lo que hacemos. Nunca escribí directamente sobre la represión, y, sin embargo, de un modo o de otro, está presente en todo lo que escribo, aunque sea como alusión, como telón de fondo, como clave. La crueldad siempre deja marcas, aunque no sean visibles. El clima social, el miedo, la desprotección, afectan a los cuerpos. No somos entidades separadas de la historia. La literatura no repara, pero nombra.
 
¿En qué momento de su carrera, de su vida, está Ana María Shua? ¿Cuáles son sus deseos ahora, sus sueños?
 
Se supone que estoy en un momento de mayor libertad. Ya no necesito demostrar nada. Eso es un privilegio. Mis deseos son sencillos y ambiciosos a la vez: seguir escribiendo mientras tenga curiosidad. No repetirme. Sorprenderme. Y, si es posible, que mis libros sigan encontrando lectores que se animen a mirar conmigo las zonas incómodas de la experiencia humana. Pero tengo mucho miedo de no poder. En el fondo, exactamente igual que cuando empecé…