1 de agosto de 2026

Contingencias de un país gobernado por un energúmeno soberbio intelectual ante la tenue concientización de los ciudadanos

Allá por 1973 el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas (1929-2026) publicaba “Legitimationsprobleme im spätkapitalismus” (Problemas de legitimación en el capitalismo tardío), ensayo en el cual afirmaba que, dentro de ese sistema económico caracterizado por la globalización financiera, la tecnología digital y la precarización del trabajo, los ciudadanos se habían quedado sin protección y sin autonomía. El giro hacia el neoliberalismo no sólo estimulaba el libre mercado, la privatización de las empresas públicas y la desregulación de la economía, sino que también provocaba la atomización de las sociedades mediante el uso de mensajes elaborados tendenciosamente en los medios de comunicación logrando así que la propaganda estorbase por completo la capacidad de reflexionar.
Por la misma época, la filósofa, socióloga e historiadora alemana-estadounidense Hannah Arendt (1906-1975) publicaba “On violence” (Sobre la violencia) un ensayo en el que advertía que el poder para gobernar correspondía a la habilidad de actuar en concierto. El poder nunca debía ser propiedad de un solo individuo, sino que debía pertenecer a los ciudadanos, y ese poder existía solamente mientras los representase. Lo que convertía al hombre en un ser político era la capacidad de acción que le permitiese unirse a la ciudadanía y actuar de acuerdo con ella. Cuando eso dejaba de ocurrir también desaparecía su poder. El punto clave de la verdadera gobernabilidad debía estar radicado en una política orientada a mejorar el bienestar, la justicia y el orden social y no en la violencia. Y en otro ensayo, en este caso “Crises of the Republic” (Crisis de la República), aseguraba que los gobiernos representativos se hallaban en crisis porque no permitían la participación efectiva de los ciudadanos y que el sistema de partidos políticos sufría una enorme burocratización y sus dirigentes sólo representaban y promovían sus propios intereses.
Medio siglo más tarde, es decir hoy en día, esas apreciaciones resultan más que evidentes en la Argentina, un país gobernado por un individuo que muestra cotidianamente rasgos narcisistas, un desequilibrio emocional y una incontinencia verborrágica sumamente agresiva, violenta y hostil colmada de improperios, mentiras, contradicciones, agravios y gritos, características todas ellas que son claramente manipuladas emocionalmente y usufructuadas impúdicamente por los grupos económicos más privilegiados y poderosos para incrementar sus beneficios personales en desmedro de una mayoría aplastante de la población.
En ese sentido, bajo el argumento de reducir el tamaño del Estado, atraer inversiones privadas y disminuir el déficit fiscal, el presidente libertario lleva adelante un proceso de brutal desinversión en áreas como la salud, la educación, la ciencia y la cultura, mientras avanza en la privatización de empresas estatales estratégicas que brindan servicios públicos vinculados a la infraestructura energética, la provisión de agua corriente y desagües cloacales, las redes de transporte tanto viales y férreas como fluviales, las telecomunicaciones, las áreas naturales protegidas, etc. etc.
Todo esto hace que, además de incrementar la consuetudinaria práctica de negociados entre funcionarios corruptos y ávidos sectores empresarios que lucraron con ellos, el proceso actual también implique una lesiva e incuestionable pérdida de la soberanía nacional a manos de empresas extranjeras que se enriquecerán mediante el usufructo de los recursos naturales del país. La entrega de la soberanía al capital financiero internacional y a las grandes corporaciones monopólicas se lleva adelante bajo la tutela de un presidente que defiende la ambición y el enriquecimiento de los grandes capitalistas y millonarios extranjeros dado que, para él, los monopolios no son malos, son maravillosos, ya que en el capitalismo todo es paz y prosperidad.
Cabe recordar que el presidente defiende la filosofía extrema dentro del liberalismo llamada anarcocapitalismo, un sistema que plantea que lo ideal es llegar a una sociedad capitalista sin la intervención del Estado. Entre los principales teóricos de esta filosofía pueden mencionarse al economista austríaco Friedrich von Hayek (1899-1992) y al estadounidense Murray Rothbard (1926-1995), quienes negaron la eficacia y la legitimidad de las instituciones democráticas. Y para el presidente, gran admirador de esta doctrina, la democracia no es un valor a defender, algo que se puede comprobar al escuchar sus discursos en los que la palabra “democracia” no está entre sus preferidas. En alguno de ellos habló sobre los peligros de la “democracia ilimitada” a la que calificó de “dictadura de las mayorías”.
Habría que recordarle a este maníaco que la democracia (del griego: dēmos, pueblo y kratos, poder) es una forma de organización social y política divulgada por los filósofos griegos Platón de Egina (427-347 a.C.) y Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) quienes le atribuyeron a ese sistema la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía la que, mediante herramientas de participación directa o indirecta, les conferían legitimidad a sus representantes. Platón advirtió en “Politeia” (La república) que una democracia sin frenos desembocaba en una tiranía cuando surgía un líder que, usando el descontento, se apoderaba del poder absoluto. Y Aristóteles sostenía en su “Politica” (La política) que la única forma de un Estado estable era aquella en la que todos los ciudadanos eran iguales ante la ley. Cuando las leyes beneficiaban solamente a un sector y dejaban de ser iguales para todos, las sociedades inevitablemente entraban en crisis.


Es evidente que estos análisis siguen vigentes más de dos mil años después cuando el presidente libertario está endeudando fraudulentamente al país y, a la vez, rematándolo en beneficio de las clases privilegiadas mientras deja a las personas de nivel socioeconómico medio y a los sectores humildes en condiciones paupérrimas, cuyas generaciones venideras se encontrarán sumidas en una situación imposible de predecir. La pregunta que cabe hacerse ante esta situación es si la gran mayoría de la población es consciente de que se está subastando la patria, una palabra que se ha utilizado con ampulosidad durante la reciente Copa Mundial de Fútbol. Entonces también cabe preguntarse si ese fervor patriótico expresado multitudinariamente no debería también manifestarse en las calles ya no en favor de la selección argentina de fútbol, sino en contra de las medidas económicas que se están tomando.
Hace unos veinte años, el geógrafo y teórico social británico David Harvey (1935) introdujo en su ensayo “The new imperialism” (El nuevo imperialismo) la noción de acumulación por desposesión para sostener al sistema capitalista, esto es la apropiación de los recursos naturales, las tierras y la fuerza de trabajo por parte de capitales nacionales y transnacionales, y consideró a ese proceso como una moderna colonización basada en el despojo de los bienes de los países menos desarrollados. De nuevo la pregunta: ¿son conscientes los argentinos de que esto está ocurriendo? Tal vez tenía razón el filósofo alemán Peter Sloterdijk (1947) cuando expuso en su ensayo “Kritik der zynischen vernunft” (Crítica de la razón cínica) que el neoliberalismo, de la mano de la progresión tecnológica
basada en los medios digitales y la inteligencia artificial, había logrado regular la intensidad emocional de los conflictos sociales. Y describió al sujeto moderno como alguien que ya no cree plenamente, aunque continúa actuando como si creyera. Esto es un cinismo funcional que configura un consenso sostenido por la ironía y el cansancio.
Tal vez sea el temor los que lleva a los argentinos a sostener a un presidente que demoniza a quienes no piensan igual que él con epítetos agraviantes como “ignorantes”, “traidores”, “cobardes”, “vagos”, “parásitos”, “idiotas”, “inmundos”, “estúpidos”, “miserables”, “basuras”, “mierdas”, “imbéciles”, “soretes” o “culos sucios”, por citar sólo algunos de los improperios que conforman su amplio catálogo de ramplonerías. Ante ese panorama desolador, el escritor y docente universitario Martín Kohan (1967) destacó en un artículo aparecido en el diario “Página/12” que “la crueldad está de moda en la Argentina. Luce bien, cae bien”, sentenció. Y advirtió que hay un disfrute y un permiso para manifestarse cruelmente contra el otro, algo que “lejos de ser condenado, es visto como algo aceptable e incluso admirado por algunos sectores. En un contexto donde la empatía y la solidaridad deberían prevalecer, se observa una preocupante tendencia hacia la humillación y la exposición de otros al ridículo”, sostuvo.


En una conferencia dada en la Universidad Torcuato Di Tella, la doctora en Sociología Liliana De Riz (1941) manifestó que detrás de esos agravios estaban la furia y la autopercepción de una superioridad moral: “La furia descontrolada convierte al furioso en alguien superior: como un Dios que castiga desde arriba a todos, que somos liliputienses en esa mirada”. Y reflexionó: “Milei se siente con derecho a degradar porque se coloca en un nivel superior”. Por su parte, en la misma conferencia, el ensayista Alejandro Katz (1962) detectó un fenómeno de fondo muy negativo: “Milei propone un universo donde se superponen la violencia verbal, la violencia gestual y la violencia gubernamental”. Aclaró: “No me refiero a la necesidad o legitimidad de una política sino a la satisfacción que produce causar dolor y celebrarlo, inclusive con puteadas”. Y concluyó: “Lo particular de La Libertad Avanza es que básicamente son oportunistas, gente que jamás pensó en lo público. El gobierno es, en parte, un grupo de fanáticos y dogmáticos, en parte cínicos que están ahí para hacer negocios o preservar negocios, y en parte oportunistas que vieron una puerta abierta al poder, a la riqueza, a la fama, a los privilegios”.
Vale la pena recordar que el voto de los jóvenes fue decisivo para el triunfo de esta sarta de delincuentes en 2023. Es llamativo (¿lo es?) que fueron los jóvenes quienes votaron al actual presidente en una proporción mucho mayor que la de cualquier otro grupo etario. Es factible que la gran mayoría de ellos quería quebrar el sistema político imperante, pero desconociese la ética política de los anarcocapitalistas y se sintiese atraída por un personaje que vociferaba en sus discursos utilizando un lenguaje colmado de palabrotasdirigidas contra la “casta” política. También el uso exorbitante de las redes sociales por parte del candidato presidencial fue algo con lo que se identificaron, porque ese lenguaje disruptivo rompía con lo tradicional y desafiaba las normas establecidas en la comunicación.
Pues bien, según revela un informe elaborado por investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA) titulado “Jóvenes vulnerables en la Argentina. Condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro”, hoy en día casi el 60% de los jóvenes argentinos vive en condiciones de vulnerabilidad social ya que han quedado fuera del sistema educativo y laboral. Sobreviven a duras penas a través del trabajo informal sin aportes jubilatorios, obra social ni vacaciones pagas. Y no sólo eso, también se han endeudado masivamente para comprar motos o bicicletas para acceder a un trabajo en las plataformas de servicios de reparto a domicilio y mensajería. Y dados los bajos ingresos que consiguen, son ellos los que hoy padecen los mayores niveles de morosidad y atrasos cuantiosos en los pagos de los créditos. Peor aún es la situación de los jóvenes que viven en los barrios carenciados, las llamadas “villas miseria”, en los que los muchachos caen en el narcotráfico y las chicas en la prostitución.
Pero dentro de un régimen caracterizado por una administración prolongada de la descomposición marcada por una democracia vaciada, un autoritarismo creciente, crisis recurrentes, fascistizaciones parciales y retrocesos sociales acumulativos, no sólo son los jóvenes quienes padecen el plan “motosierra” implementado por el gobierno. También lo sufren los jubilados, los discapacitados, los médicos, enfermeras y demás trabajadores de la salud pública, los maestros y profesores de la educación pública, los investigadores de la prestigiosa ciencia argentina, los miembros de instituciones culturales como los museos, las bibliotecas y los centros cívicos, las asociaciones civiles sin fines de lucro como los clubes de barrio y las cooperativas de trabajo, en fin, la lista es larga.
No hace falta ser un experto en economía ni en sociología para advertir que sin el crecimiento de la producción de bienes y servicios, sin el desarrollo de la industria, sin la expansión de la educación y la ciencia, es imposible que un país progrese. Hoy en día, de manera descomunal, la Argentina se ha convertido en un laboratorio de políticas dictadas por el sistema financiero internacional hallándose cada vez más sumido en una condición de colonia proveedora de recursos a bajo costo. La democracia se ha reducido a la administración de la miseria bajo la supervisión del Fondo Monetario Internacional (FMI), la entidad financiera que tiene el poder de vetar cada decisión económica relevante. Desde su ingreso al FMI en 1956, la Argentina firmó más de veinte programas de asistencia financiera. Ningún otro país recurrió con tanta frecuencia a este organismo. La relación atravesó gobiernos militares y democráticos, reformas económicas, incumplimiento de pagos de la deuda y sucesivas crisis cambiarias. En los setenta años que lleva esa ligazón, el FMI jugó un papel central en la economía argentina siempre con resultados funestos. Si bien la peor crisis de Argentina vinculada al FMI ocurrió en 2001 bajo el gobierno de Fernando de la Rúa (1937-2019), bien puede asegurarse que la actual es nefasta.


Hasta la directora gerente de esa entidad, Kristalina Georgieva (1953), en su primera visita a la Argentina, si bien respaldó -como era de esperarse- el programa económico del gobierno, admitió que mucha gente trabajaba en la economía informal y que era necesario impulsar el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas que son las que generan la mayoría de los empleos. Seguramente está enterada de que, desde que asumió el actual gobierno, más de veintiocho mil empresas cerraron sus puertas y se perdieron alrededor de trescientos mil puestos de trabajo formales registrados. Pues bien, esta es la situación actual de la argentina.
Y ante esta situación plagada de insensateces, ¿qué alternativa tienen los argentinos? ¿Es el llamado “progresismo” la solución o es solamente un atenuante? Porque esta corriente política y social si bien atiende las demandas populares, amplía derechos y redistribuye riqueza, no desafía los fundamentos del poder económico ni la lógica de la acumulación capitalista, una estrategia que permite cierto margen de redistribución y legitimidad política, pero no desplaza la hegemonía del capital ni establece un bloque histórico capaz de sostener transformaciones estructurales profundas. Como bien explica el dirigente de “Encuentro Patriótico” Nicolás Mayr (1984) en su ensayo “Interregno. Teoría política para la transición”, “el progresismo latinoamericano se desarrolló como respuesta política a crisis sociales profundas y a la acumulación de demandas históricas de las clases subalternas. Estos proyectos buscaban integrar al Estado como mediador de justicia social, redistribuir ingresos y expandir derechos. Sin embargo, la fuerza del capital transnacional, la centralidad del extractivismo y la dependencia tecnológica limitaron significativamente la capacidad transformadora de estos gobiernos”.
Autores latinoamericanos como Octavio Paz (1914-1998) en “El laberinto de la soledad”, Gabriel García Márquez (1927-2014) en “La soledad de América Latina” y Eduardo Galeano (1940-2015) en “Las venas abiertas de América Latina”, por ejemplo, subrayaron que la historia de la región ha estado marcada por ciclos de promesas incumplidas: desde la independencia hasta las experiencias de reforma agraria y los progresismos contemporáneos. La memoria histórica de desigualdad y dependencia condiciona la percepción social de los gobiernos y genera tensiones entre expectativas populares y límites estructurales. Comprender esta dimensión es clave para analizar por qué la población puede respaldar políticas redistributivas, pero al mismo tiempo frustrarse ante los límites de la transformación real. Y concluye Nicolás Mayr: “El progresismo adopta cambios que incorporan demandas populares, amplían derechos y redistribuyen riqueza sin desafiar los fundamentos del poder económico ni la lógica de la acumulación capitalista dependiente. Esta estrategia permite cierto margen de redistribución y legitimidad política, pero no desplaza la hegemonía del capital ni establece un bloque histórico capaz de sostener transformaciones estructurales profundas”.
Y así es nomás. Ante la incapacidad de los gobiernos progresistas de romper las cadenas impuestas por un capitalismo salvaje y la vergonzosa genuflexión del frenético presidente argentino y el séquito de secuaces que lo acompaña a las “recomendaciones” y “propuestas” que le hacen tanto el FMI como el perverso presidente estadounidense, ¿qué futuro le espera a la Argentina?