20 de agosto de 2026

Ana María Shua: “Quizás convertir un auténtico dolor en palabras ayuda a tomar distancia. Escribir no borra el dolor, pero le da una estructura” (1/3)

La prolífica escritora argentina Ana María Shua (1951) lleva publicados más de ciento cincuenta libros de diversos géneros y subgéneros como cuentos, novelas, ensayos, microrrelatos, poesías y literatura infanto-juvenil. Nacida en Buenos Aires como Ana María Schoua, tras completar la educación secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires donde en 1973 recibió una Maestría en Artes y Literatura y obtuvo el título de Profesora en Letras. Su pasión por la lectura comenzó siendo muy chica. Tal como relató en una nota autobiográfica publicada en diciembre de 1999 en “Benjamín”, el Boletín de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina (ALIJA), “a los seis años alguien me puso en las manos un libro con un caballo en la tapa. Esa misma noche yo fui ese caballo. Al día siguiente ninguna otra cosa me interesaba. 'Deja eso que te va a hacer mal', decía mi madre. 'No se lee en la mesa', decía mi padre”. En una charla dada la tarde del pasado 4 de mayo en la Huerta de San Vicente, la casa de veraneo (y hoy museo) del escritor español Federico García Lorca (1898-1936), recordó que la infancia jugó un papel crucial en su formación, no sólo como autora sino como lectora voraz, y que empezó a escribir poemas a los ocho años y que el apoyo de una maestra a los diez fue fundamental para su posterior desarrollo como escritora. Para ella, la lectura es una condición innegociable: “Ser puede evitar escribir, pero no se puede evitar leer”.
En 1967, con tan sólo dieciséis años, publicó el libro de poemas “El sol y yo”, por el que recibió un pequeño premio del Fondo Nacional de las Artes y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Exiliada en París durante la dictadura cívico-militar-clerical autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, allí trabajó como corresponsal para la revista española “Almanaque” de la editorial Cambio 16. A su regreso a su país natal publicó su primera novela “Soy paciente”, obra a la que le seguirían con el correr de los años las novelas “Los amores de Laurita”, “El libro de los recuerdos”, “La muerte como efecto secundario”, “El peso de la tentación” e “Hija”; los libros de cuentos “Los días de pesca”, “Viajando se conoce gente”, “Como una buena madre”, “Que tengas una vida interesante”, “Contra el tiempo”, “Historias verdaderas” y “Sirena de río”; los tomos de microrrelatos “La sueñera”, “Casa de geishas”, “Botánica del caos”, “Temporada de fantasmas”, “Fenómenos de circo”, “Todos los universos posibles. Microrrelatos reunidos”, “La guerra” y “Fenómenos de circo”; el poemario “No son haikus”; los volúmenes de ensayos “El marido argentino promedio”, “Risas y emociones de la cocina judía”, “Libros prohibidos” y “Cómo escribir un microrrelato”; y los de literatura infantil y juvenil “La batalla entre los elefantes y los cocodrilos”, “La carrera de los animales”, “Expedición al Amazonas”, “La fábrica del terror”, “La puerta para salir del mundo”, “Cuentos con fantasmas y demonios”, “Miedo en el sur”, “El tigre gente”, “La fábrica del terror”, “Yo soy una bruja”, “Mascotas inventadas”, “Tres hormigas valientes” y “Los monstruos del Riachuelo”, por citar sólo algunas obras de su vastísima producción como escritora.


Lo que sigue a continuación es una de las entrevistas que le hicieron en ocasión de la edición de “El cuerpo roto”, su último libro de cuentos. En este caso es la publicada en el diario “Tiempo Argentino” el 28 de junio del corriente año a cargo de Mónica López Ocón.
 
¿Cuál es la diferencia entre cuento largo y de un cuento corto o un microrrelato? Evidentemente, no es sólo un tema de extensión.
 
No, un microrrelato ya nace entero, nace con su forma puesta. Aunque uno puede retrabajarlo, retocarlo y perfeccionarlo, la idea ya surge armada, de algún modo, cerrada. Eso que a uno se le ocurrió va a ser el microrrelato. En cambio, en una narración más extensa, aunque sea un cuento, de todas maneras uno va descubriendo qué es lo que quiere escribir y cómo va a hacer ese cuento mientras lo escribe en esa especie de lucha que entabla contra las palabras, en ese bajar a la tierra del mundo de la música, de las esferas celestes que uno tiene en la cabeza. Cuando hay que bajar eso a las palabras, se logra, pero es un trabajo lento, complejo y se va modificando por el camino y generalmente lo que uno termina por escribir no es exactamente lo que pensaba cuando empezó. Pero con el microrrelato sí, porque el microrrelato ya nace de alguna manera enterito. Con su principio, su final y su tema. Ya uno lo tiene en la cabeza más o menos cómo va a ser y aunque después cambie en el sentido de que uno lo puede mejorar o cambiarle palabras, perfeccionarlo o pulirlo, ya nace más o menos como va a ser. El cuento no. Claro que esto depende del autor, pero cuando yo empiezo a escribir un cuento muchas veces no sé cómo va a terminar. Hay escritores tan distintos entre sí como Abelardo Castillo y Fontanarrosa, que decían que si ellos no tenían el final no podían empezar a escribir. Eso les pasaba a ellos, a mí no. Yo muchas veces voy encontrando el final a medida que trabajo.
 
Cuándo estás por escribir, ¿tenés idea de si vas a hacer un microrrelato o una obra de qué tamaño?
 
Sí, yo no escribo microcuento, al menos que me lo proponga. De hecho, entre un libro de microrrelatos y otro pasan muchos años en los que yo no escribo ni un sólo microrrelato. Sí escribo otras cosas, pero pueden pasar siete, ocho años en que yo no escribo ni un sólo microrrelato. Tengo que dar tiempo a que algo cambie en mí para que el siguiente libro sea un poco diferente.
 
¿El cuento, en cambio, obedece a siempre a una necesidad?
 
Bueno, mi escritura es muy volitiva, muy voluntariosa, o sea, yo escribo porque quiero y me propongo escribir. Nunca pude cumplir con lo que se le exige al joven poeta: que sólo escriba si siente que la necesidad de escribir lo desborda. Lamentablemente eso no me pasa, escribo porque quiero y me lo propongo. Me siento y me digo: de acá no te parás hasta que no escribís algo.
 
Vos manejás el cuento de una forma muy particular. Yo leo los microrrelatos “Fenómenos de circo” y leo “Un cuerpo roto” y no sé si espontáneamente identificaría a la misma escritora. Sin embargo, tienen mucho que ver. Lo que sucede, me parece, es que el microrrelato se acerca más a la poesía.
 
Sí, sí, se tocan según como uno lo trabaje. Pero en mi caso sí creo que cubren quizás mi necesidad de poesía Yo no soy buena lectora de poesía y no escribo casi poesía, pero mi necesidad de ella se expresa un poco a través del microrrelato. Claro. Sí, es verdad. Otros autores, por ejemplo, Galeano, trabajaba más con la anécdota. Hay autores que no se acercan a la poesía, pero yo creo que, no en todos, pero en muchos de mis textos sí, me acerco.
 
Es que la narración breve suele tener esa impronta poética. En cuanto se empieza a extender la cosa cambia.
 
Sí, pero a mí nunca me pasa que un microrrelato crezca y que se transforme en un cuento. Cuando yo estoy pensando en microrrelatos, lo que me sale son microrrelatos.
 
Por eso te preguntaba antes, si era un tema de voluntad o que era algo que salía de manera espontánea.
 
No, es un tema de voluntad. Lo que pasa es que también cuando estoy escribiendo microrrelatos hay un punto en que mis posibilidades se saturan. Un libro me lleva más o menos tres años y se termina sólo cuando siento que me estoy empezando a repetir. Y después tiene que pasar mucho tiempo para que yo pueda escribir algo distinto de eso.
 
¿Particularmente, cómo surgió “El cuerpo roto”?
 
Yo le había presentado otro libro a mi editor español de Páginas de Espuma.  Eran cuentos muy diferentes entre sí, unos fantásticos, otros realistas, no tenían nada que ver unos con los otros. Y él me dijo, “mira, a mí no me gusta publicar libros con cuentos. Yo publico libros de cuentos. A mí me gustaría que los cuentos tuvieran algún tipo de relación entre sí, o por el tono, por la escritura o el tema, lo que a vos te parezca”. Y yo pensé, bueno, el tema. Un tema con el que yo he trabajado mucho es el tema de la enfermedad y de la relación con el cuerpo y con la medicina. Entonces, me decanté por ese lado y de ahí salió este libro.
 
Sí, cuando lo leí pensé que este libro es un libro pensado en conjunto, que no reúne cuentos aislados.
 
Claro, exacto. No todos los cuentos son inéditos, sino que empecé a armar un rompecabezas a partir de los cuentos que ya tenía. Entonces, lo que ya tenía me fue marcando la forma de lo que faltaba. Y entonces ahí, de alguna manera, yo sabía qué era lo que tenía que escribir o por dónde tenía que ir con el siguiente.
 
Y si yo te hubiera preguntado en ese momento qué estabas escribiendo, ¿qué me hubieras contestado? ¿Qué era lo que estabas escribiendo para vos?
 
Estaba escribiendo cuentos que tenían que ver con temas médicos y con temas que tenían que ver con el cuerpo. Incluso había uno que tenía que ver con una pérdida de la virginidad que no es exactamente un tema médico, pero sí tiene que ver con el cuerpo roto. “El cuerpo roto” nació entonces de este pedido de mi editor y del interés que yo tuve toda la vida en la literatura que tiene que ver con temas médicos. Como todo lo que nos pasa a los escritores, todo nace leyendo. Y a mí siempre me interesó mucho leer ficción sobre temas médicos y soy también muy fan de las series médicas. ¿Te acordás de Ben Casey? Era un cirujano del que todas estábamos enamoradas en ese momento.
 
Por supuesto que me acuerdo, yo no era la excepción.
 
Además, era un neurocirujano al que nunca se le complicaba ni se le moría ningún paciente. Hoy las series son mucho más crueles, realmente uno no puede estar seguro de quién va a morir.
 
¿Qué particularidades crees que tiene este libro?
 
Es la primera vez que escribo un libro de cuentos tan coherente, digamos así. Porque mis otros libros de cuentos han tenido todos temas mezclados, tanto fantásticos como realistas. Este es un libro muy realista todo, no tiene ningún cuento fantástico. Es algo raro en mi literatura porque, en general, en todos mis libros hay algunos cuentos realistas y otros fantásticos. Aquí no. Aquí estoy tratando todo el tiempo con temas muy realistas, tratados de una manera realista y es como la apoteosis de una tendencia que he tenido desde que empecé, porque mi primera novela se llamó “Soy paciente” y era sobre alguien internado en un hospital. Otra de mis novelas es “La muerte como efecto secundario” y también tiene que ver con temas de medicina y de hospitales. Y tengo muchos cuentos, muchos cuentos que no están en ese libro y que también tienen que ver con el mismo tema. Incluso en uno de mis libros de microrrelatos, que es “Botánica del caos”, hay una sección que se llama “Enfermedades” y trata de enfermedades imaginarias.
 
Este placer que te dan los temas médicos, ¿tiene que ver con algo familiar o es algo que te ocurre a vos particularmente?
 
Es algo que tiene que ver conmigo, me gusta mucho ese tipo de literatura que tiene que ver con temas médicos. Desde Bulgákov, desde Quevedo hasta Oliver Sacks. Me gustan estos temas vistos desde el paciente y vistos desde el médico.  Siempre me gustó leer sobre ese tema y bueno, dime lo que lees y te diré lo que escribes.
 
¿Qué es lo que deslumbra de Oliver Sacks?
 
Que fue gran neurólogo y que es placentero leerlo porque fue un escritorazo. Describe sus casos neurológicos con una ternura y una pasión que uno piensa: “qué pena no haber sido un caso neurológico para haber sido descripto por él en un libro”. Luego uno reflexiona y dice: “qué deseo tan tonto”.
 
Sí, cuando yo lo descubrí me quedé muda porque la verdad es que es difícil entender cómo logra que un tema supuestamente árido se convierta en algo apasionante.
 
Totalmente, casi como si fuera literatura de ficción. Algo que es ensayístico y no lo es al mismo tiempo. Las historias son muy, muy hermosas Así que sí, lo admiro muchísimo. Pero, además, hay muchísimos grandes escritores que han escrito sobre estos temas como Chéjov por ejemplo, Marguerite Yourcenar en “Opus nigrum” o Camus en “La peste”. El tema médico se ha abordado de mil maneras en la literatura y a mí todas me fascinan no desde ahora sino desde que era joven sana y fuerte. No sé por qué. Porque digamos, ahora, bueno, ya soy una vieja cachusa y me ha pasado de todo, pero cuando empecé era joven y sana y fuerte, y me apasionó todo lo que tenía que ver con eso. Incluso estuve a punto de estudiar medicina. Por suerte en algún momento me di cuenta que lo que realmente me gustaba de la medicina eran las palabras.
 
¿Vos venís de una familia de médicos o de escritores?
 
No, mi mamá era dentista primero cuando yo era chiquita, y después estudió psicología y fue psicóloga hasta una semana antes de morir a los ochenta y dos años. Y mi papá era ingeniero agrónomo, pero después tuvo una fábrica de cables. Algo muy argentino. Llegó a tener colmenas cuando yo era muy chica, pero después se metió en la fábrica de cables y se dedicó a eso.
 
¿Había una biblioteca en tu casa?
 
Si, una biblioteca con muchos libros del secundario y de la universidad, muchos libros de odontología y de cría de conejos, pero también había algunos libros de ficción, sobre todo de mi mamá. A mi papá lo que le gustaba era leer sobre la Segunda Guerra mundial. Recuerdo cuando encontré “El Decamerón”. En realidad, estaba intonso, es decir, con las páginas aun sin cortar, estaba sin abrir. Abrí yo las páginas, empecé a leer y me sorprendí mucho. Me pareció un poco indignante a esa edad. Yo era muy chiquita, mira, pero es un libro que me fascina.