5 de junio de 2011

Conversaciones (XLIII). Susan Sontag - Elena Poniatowska. Sobre el seguir creciendo "después de una cierta edad"

Susan Sontag (1933-2004) fue, sin duda alguna, la más destacada vanguardista cultural estadounidense de su generación. Ensayista y novelista -y también directora cinematográfica-, unió la tradición liberal de izquierda y el modelo sartreano del intelectual comprometido, cuya hambre de verdad era absoluta. Lúcida, provocadora, desafiante de los valores establecidos, sus controvertidos vaivenes políticos representaron inequívocamente las ilusiones y desengaños de la izquierda cultural de su país. Fue autora de una veintena de libros, entre ellos los ensayos “Against interpretation” (Contra la interpretación), “Styles of radical will” (Estilos radicales) y “Regarding the pain of others” (Ante el dolor de los demás), y las novelas “The volcano lover” (El amante del volcán) e “In America” (En América). Susan Sontag aprendió a leer a los tres años y a los cinco ya era capaz de recitar relatos y poemas. A los siete escribía en unas hojas obras de teatro y poemas. Luego de leer la biografía de la física y química polaca Maria Skłodowska (1867-1934), quien sería conocida mundialmente como Madame Curie, quiso ser química y más tarde, médica, pero casi al término de su adolescencia, reconoció haberse dado cuenta de que la medicina era una actividad de tiempo completo. “Lo que recuerdo es haber empezado a leer libros de verdad cuando tenía unos seis años -comentó-. A partir de ahí, en caída libre, fui descubriendo a Poe, Shakespeare, Dickens, las hermanas Brontë, Victor Hugo, Schopenhauer. Mi infancia fue un permanente delirio de exaltaciones literarias”.
Con sólo quince años de edad completó sus primeros estudios en la North Hollywood High School y luego ingresó en la University of California de Berkeley por poco tiempo ya que, en 1949, se trasladó a la University of Chicago donde se licenció en Letras en 1951. Después, entre 1955 y 1957, cursó el doctorado en Filosofía en la Harvard University y luego viajó a París para continuar sus estudios en la Sorbonne. Tras su regreso a Nueva York, comenzó una carrera académica dictando clases en varias universidades. Sontag tuvo una relación importante con México, país al que visitó en diversas ocasiones para ofrecer conferencias. Allí se relacionó con la escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska (1932), quien escribió una crónica sobre el viaje de Sontag a México en 1972 para dar una serie de conferencias en la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre la liberación de la mujer. “La recuerdo muy alta, las uñas muy cortas -porque se las comía-, los dientes levemente manchados -de allí su boquilla en la que encaja cigarro tras cigarro porque no deja de fumar un solo instante-, muy delgada, muy fina. Susan Sontag se veía tan guapa como en los retratos de la contraportada de sus libros. Incluso se veía más joven, más frágil, dispuestísima a aprender, a escuchar a los jóvenes, a buscarlos, a crecer, como ella decía. Preguntaba, inquiría, quería ver. El ambiente universitario estaba que ni mandado hacer para ella y en él se movía como pez en el agua. En cambio, en las recepciones o conferencias de prensa su rostro se endurecía y trataba a los preguntones con cierta altanería. Al día siguiente de su primera conferencia regresó a la universidad a las 10 de la mañana como lo había ofrecido, se sentó en el pasto frente a la Facultad de Ciencias Políticas como con cien personas y respondió a cuanta pregunta se le hizo. El diálogo duró hasta las tres de la tarde”. En esos días, Sontag aprovechó su estancia en México para reunirse con el pedagogo y ensayista austríaco Iván Illich (1926-2002), en quien encontraba a un interlocutor apropiado por sus severas críticas a las estructuras educativas establecidas; con el cineasta francés Louis Malle (1932-1995), cuya obra en la que abordaba temas como la moralidad burguesa, la culpa, el deseo o el suicidio, a ella le apasionaba; y con el escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012), un autor que había generado controversias por sus críticas a los políticos y los intelectuales mexicanos, algo que ella compartía.
Años después, en un artículo publicado en el diario “Reforma”, Fuentes evocó el día en que conoció a Sontag, señalando que entonces había visto “el ancla profunda y poderosa de su enorme capacidad para llegar con entereza intelectual a los dominios compartidos: la comunidad, la sociedad, los otros. Parecía una heroína bíblica y tenía el cerebro más rápido e intransigente que me ha cabido, en vida, conocer. La inteligencia ciudadana de Susan Sontag hubiese bastado para acreditar su importancia moral”. Rememoró Poniatowska que el día de la conferencia en la UNAM, en el auditorio de la Facultad de Ciencias Políticas “no cabía un alfiler”. Susan Sontag fue con su traductor y en el estrado estaban también, entre otros, el teórico trotskista, economista e historiador belga Ernest Mandel (1923-1995) y el citado narrador y ensayista mexicano Carlos Fuentes. Como Mandel se dirigió a los estudiantes en español, Susan Sontag comenzó su conferencia diciendo: “No tengo las dotes linguísticas maravillosas de Mandel, sólo puedo leer y entender un poco el español. Fui profesora universitaria, enseñé filosofía, después escribí y ahora me dedico a hacer películas. Empecé a enseñar en 1964 cuando los estudiantes eran buenos, pasivos, no discutían ni hacían preguntas. Durante esos años quise establecer un diálogo e intercambio de ideas con ellos, pero me di cuenta de que los demás profesores no venían a discutir sino a asentar sus premisas. La situación académica era de dominio y sobre ella tengo reservas. Ayer, sentada entre ustedes en la sala, escuché a Mandel y debo decirles que lo admiro y creo que es uno de los pensadores más interesantes que puedan encontrarse, comparto sus ideas, pero me di cuenta de que su lenguaje está destinado más a la imprenta que a la alocución. Estoy en contra de este tipo de enseñanza porque es abstracta. Por eso me sentí incómoda y hoy me siento incómoda ante ustedes porque me parece que éste es un ejemplo, un símbolo de la actitud autoritaria. Quisiera que me entendieran, no estoy en contra de la teoría o del pensamiento abstracto, despersonalizado. Insisto, me opongo al pensamiento abstracto cuando se sustrae del contexto humano”. Elena Poniatowska, quien por entonces ya descollaba en el género de la entrevista y de la crónica, estaba entre los alumnos que escuchaban y era muy popular por su excepcional ensayo periodístico “La noche de Tlatelolco”, sobre la matanza estudiantil en la plaza de las Tres Culturas de México consumada por el Ejército y un batallón compuesto por hombres vestidos de civil el 2 de octubre de 1968; y por su novela “Hasta no verte Jesús mío” en la que narró las desventuras de una mujer muy pobre que había sufrido la violencia por parte de su marido militar, y que, tras enviudar, comenzó a creer en la reencarnación y en la espiritualidad.
El 30 de diciembre de 2004, dos días después de cumplirse el vigésimo aniversario del fallecimiento -a causa de una leucemia mieloide aguda- de “la mujer más inteligente de Estados Unidos”, tal como la había calificado el filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre (1905-1980), Elena Poniatowska escribió un artículo en el diario “La Jornada” de México en el que evocó a la brillante teórica y crítica norteamericana. “Susan Sontag -escribió- siempre estuvo en contra de la guerra de Vietnam; participó en manifestaciones y marchas, firmó manifiesto tras manifiesto, hizo discursos, y escribió su espléndido libro ‘Viaje a Hanoi’. En mayo de 1968, Susan Sontag fue invitada a Hanoi y el relato de su viaje no es un tratado político o un simple reportaje, sino la respuesta que puede dar un observador crítico e inteligente a un mundo por completo extraño a las concepciones occidentales. Pero este mundo está también hecho a la medida del hombre y Susan Sontag, dueña de una gran cultura, dijo entre otras cosas algo que me llamó poderosamente la atención: ‘Los vietnamitas operan con una idea de la educación diferente a la que nosotros estamos acostumbrados, y ello implica un cambio en el significado de la honradez y la sinceridad. La honradez entendida como tal por los vietnamitas se parece muy poco al sentido de honradez sublimado por la cultura secular occidental virtualmente por encima de todos los demás valores. En Vietnam la honradez y la sinceridad son funciones de la dignidad del individuo’”.
Sontag había ido a Vientam cuando los bombarderos estadounidenses arrojaban napalm para hacer arder la selva y aniquilar a sus enemigos. Después fue al frente de la guerra de Yom Kippur, el conflicto bélico librado por la coalición de países árabes abanderada por Egipto y Siria contra Israel, donde grabó el documental “Promised lands” (Tierras prometidas). Y luego fue a Bosnia no para escribir un ensayo o hacer un documental, sino simplemente en calidad de testigo, para “lamentarme, ofrecer un modelo de no complicidad y echar una mano; las obligaciones de un ser humano que cree en la necesidad de hacer lo correcto”. En medio del cruento conflicto armado acaecido tras la desaparición de Yugoslavia en el que se produjeron violaciones sistemáticas y matanzas indiscriminadas, Sontag arriesgó su vida yendo a la sitiada ciudad de Sarajevo donde se reunió con miembros de la sección bosnia del PEN Club Internacional para ayudarlos a afrontar la escasez de la guerra y luego representó con actores locales la obra del dramaturgo irlandés Samuel Beckett (1906-1989) “En attendant Godot” (Esperando a Godot). Para ella, más que un acto político fue un acto de toma de conciencia ante la realidad que vivían los habitantes ya que, al igual que los personajes centrales de la obra que aguardaban a un tal Godot que nunca llegaba, los sarajevenses aguardaron en vano que Occidente tomara medidas para evitar la matanza diaria en su ciudad. Tal como le comentó en una entrevista a la periodista mexicana Silvia Lemus (1945), un buen escritor “es alguien que presta atención a lo que ocurre en el mundo”.
En el mencionado artículo aparecido en el diario “La Jornada” en diciembre de 2004, Elena Poniatowska comentó que “a Sontag le interesaban los retos, hacerse la vida más difícil para seguir creciendo, para hacerse más sabia. Ella representó el máximo exponente de la intelectualidad comprometida, cuyo amor por los libros era fundamental para entender el mundo y combatir la superficialidad”.
En su artículo sobre Sontag, Poniatowska revivió el momento en que la conoció: “Un momentito -decía Susan Sontag a los que querían retratarla o hablarle- tengo que dar una entrevistita de cinco minutos. Yo era la de los cinco minutos. Nos sentamos en un sofá entre conversaciones y flashes. Luego entró el noticiero, con la parafernalia que arrastra tras de sí la televisión y una muchachita entrevistó a Susan sobre la liberación de la mujer. Carlos Fuentes, que durante todo ese tiempo había tratado de contener los ímpetus de mi hijo Felipe (entonces de tres años y medio), lo soltó exhausto, y Felipe cruzó frente a las cámaras pegando gritos como de indio sioux en batalla, y aullando al final: '¡Mamá!'. El camarógrafo me echó una mirada asesina. Total, así fue nuestro primer encuentro: el despiporre. Sin embargo, conservo algunas de las cosas que me dijo en medio del ajetreo, media hora antes de su conferencia en el auditorio de la facultad de Ciencias”. El breve diálogo entre Susan Sontag y la autora de “La piel del cielo” y “El tren pasa primero” fue el siguiente:


S.S.:
Yo sé mucho de Francia, sé mucho de Estados Unidos, pero sé muy poco de México. Por eso estoy aquí, para aprender, para que ustedes me enseñen. Sé algunas cosas sobre México, pero hay muchas más que desconozco. Creo que es interesante que los mexicanos sepan cómo se les ve fuera de México. Para los extranjeros, México es un país pintoresco con mucha gente floja, envuelta en sarapes; un país de violencia en el que permanece un gobierno curiosamente estable. Es un país de turismo, es un país de folclore y de violencia Esto es lo que mucha gente desde fuera piensa de México.

E.P.: ¿Y por qué vives en París, Susan?

S.S.: Porque estoy volviendo a pensar en todo aquello en lo que siempre pensé y es un lugar muy tranquilo para pensar.

E.P.: ¿Nada sucede en París?

S.S.: Sí, muy poco pasa allí; por eso vivo en París.

E.P.: ¿Y en Estados Unidos no podrías vivir?

S.S.: Sí, ¡cómo no! Podría vivir muy bien, pero quiero hacer las cosas difíciles para mí misma.

E.P.: ¿Y por qué quieres hacerte la vida difícil?

S.S.: Porque quiero seguir creciendo, quiero desarrollarme, quiero volverme más sabia. Creo que es demasiado fácil instalarse en una serie de ideas después de una cierta edad, y pasarse el resto de la vida con las mismas ideas. No quiero hacer eso.

E.P.: Pero ¿por qué dices “después de una cierta edad”?

S.S.: Porque eso es lo que le sucede a la mayoría de la gente, dejan de crecer después de una cierta edad. Cuando son jóvenes están abiertos y cuando llegan a una cierta edad se detienen y no hacen esfuerzos ni se ponen reto alguno.

E.P.: Eres muy abierta, pareces ser muy receptiva sobre todo con los jóvenes...

S.S.: Pues trabajo en ello, pero me cuesta mucho. Es mucho más fácil llegar hasta un cierto punto y conformarse con una valijita llena de ideas.

E.P.: Y, ¿qué piensas, Susan, de lo que dijo Sartre: que tú eres la mujer más inteligente de Estados Unidos?

S.S.: ¿Sartre?

E.P.: Sartre lo dijo, sí, y se publicó no sé cuántas veces.

S.S.: Es la primera vez que oigo esto. No lo sabía. Nunca lo leí. Yo sabía que alguna otra gente había dicho eso, pero no pensé que era Sartre; en realidad no sé ni quién lo dijo, alguien lo dijo, no sé. No lo recuerdo. Sabes, Elena, cada vez que a una la entrevistan corre una el riesgo en el sentido de que una se pone en las manos de alguien, porque incluso si después se corrige algún concepto, el impacto de lo dicho primero ya hizo efecto y la corrección hecha o la carta rectificadora ya no causan la impresión que hizo la entrevista original. Claro, hay algunas personas a quienes no les importa y dan entrevistas con tal de figurar, digan lo que digan, se distorsionen o no sus palabras, no importa cómo suenen las campanas con tal de que suenen, pero considero que en mi caso dar una entrevista es un acto de confianza en el entrevistador. Yo quiero que tú justifiques mi confianza. Hace dos o tres meses di en París una entrevista acerca de mi trabajo como cineasta y el periodista puso en mi boca una crítica que jamás hice sobre cierto director. Por eso casi nunca doy entrevistas. En ese caso particular me molestó mucho que me atribuyeran esa declaración porque incluso me gusta el trabajo de ese director.