Susan Sontag (1933-2004)
fue, sin duda alguna, la más destacada vanguardista cultural estadounidense de
su generación. Ensayista y novelista -y también directora cinematográfica-,
unió la tradición liberal de izquierda y el modelo sartreano del intelectual
comprometido, cuya hambre de verdad era absoluta. Lúcida, provocadora,
desafiante de los valores establecidos, sus controvertidos vaivenes políticos
representaron inequívocamente las ilusiones y desengaños de la izquierda
cultural de su país. Fue autora de una veintena de libros, entre ellos los
ensayos “Against interpretation” (Contra la interpretación), “Styles of radical
will” (Estilos radicales) y “Regarding the pain of others” (Ante el dolor de
los demás), y las novelas “The volcano lover” (El amante del volcán) e “In
America” (En América). Susan Sontag aprendió a leer a los tres años y a los
cinco ya era capaz de recitar relatos y poemas. A los siete escribía en unas
hojas obras de teatro y poemas. Luego de leer la biografía de la física y
química polaca Maria Skłodowska (1867-1934), quien sería conocida mundialmente
como Madame Curie, quiso ser química y más tarde, médica, pero casi al término
de su adolescencia, reconoció haberse dado cuenta de que la medicina era una
actividad de tiempo completo. “Lo que recuerdo es haber empezado a leer libros
de verdad cuando tenía unos seis años -comentó-. A partir de ahí, en caída
libre, fui descubriendo a Poe, Shakespeare, Dickens, las hermanas Brontë,
Victor Hugo, Schopenhauer. Mi infancia fue un permanente delirio de exaltaciones
literarias”.
Con sólo quince años de edad completó sus primeros estudios en la North Hollywood High School y luego ingresó en la University of California de Berkeley por poco tiempo ya que, en 1949, se trasladó a la University of Chicago donde se licenció en Letras en 1951. Después, entre 1955 y 1957, cursó el doctorado en Filosofía en la Harvard University y luego viajó a París para continuar sus estudios en la Sorbonne. Tras su regreso a Nueva York, comenzó una carrera académica dictando clases en varias universidades. Sontag tuvo una relación importante con México, país al que visitó en diversas ocasiones para ofrecer conferencias. Allí se relacionó con la escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska (1932), quien escribió una crónica sobre el viaje de Sontag a México en 1972 para dar una serie de conferencias en la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre la liberación de la mujer. “La recuerdo muy alta, las uñas muy cortas -porque se las comía-, los dientes levemente manchados -de allí su boquilla en la que encaja cigarro tras cigarro porque no deja de fumar un solo instante-, muy delgada, muy fina. Susan Sontag se veía tan guapa como en los retratos de la contraportada de sus libros. Incluso se veía más joven, más frágil, dispuestísima a aprender, a escuchar a los jóvenes, a buscarlos, a crecer, como ella decía. Preguntaba, inquiría, quería ver. El ambiente universitario estaba que ni mandado hacer para ella y en él se movía como pez en el agua. En cambio, en las recepciones o conferencias de prensa su rostro se endurecía y trataba a los preguntones con cierta altanería. Al día siguiente de su primera conferencia regresó a la universidad a las 10 de la mañana como lo había ofrecido, se sentó en el pasto frente a la Facultad de Ciencias Políticas como con cien personas y respondió a cuanta pregunta se le hizo. El diálogo duró hasta las tres de la tarde”. En esos días, Sontag aprovechó su estancia en México para reunirse con el pedagogo y ensayista austríaco Iván Illich (1926-2002), en quien encontraba a un interlocutor apropiado por sus severas críticas a las estructuras educativas establecidas; con el cineasta francés Louis Malle (1932-1995), cuya obra en la que abordaba temas como la moralidad burguesa, la culpa, el deseo o el suicidio, a ella le apasionaba; y con el escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012), un autor que había generado controversias por sus críticas a los políticos y los intelectuales mexicanos, algo que ella compartía.
Años después, en un
artículo publicado en el diario “Reforma”, Fuentes evocó el día en que conoció
a Sontag, señalando que entonces había visto “el ancla profunda y poderosa de
su enorme capacidad para llegar con entereza intelectual a los dominios
compartidos: la comunidad, la sociedad, los otros. Parecía una heroína bíblica
y tenía el cerebro más rápido e intransigente que me ha cabido, en vida,
conocer. La inteligencia ciudadana de Susan Sontag hubiese bastado para acreditar
su importancia moral”. Rememoró Poniatowska que el día de la conferencia en la
UNAM, en el auditorio de la Facultad de Ciencias Políticas “no cabía un alfiler”.
Susan Sontag fue con su traductor y en el estrado estaban también, entre otros,
el teórico trotskista, economista e historiador belga Ernest Mandel (1923-1995)
y el citado narrador y ensayista mexicano Carlos Fuentes. Como Mandel se
dirigió a los estudiantes en español, Susan Sontag comenzó su conferencia
diciendo: “No tengo las dotes linguísticas maravillosas de Mandel, sólo puedo
leer y entender un poco el español. Fui profesora universitaria, enseñé
filosofía, después escribí y ahora me dedico a hacer películas. Empecé a
enseñar en 1964 cuando los estudiantes eran buenos, pasivos, no discutían ni
hacían preguntas. Durante esos años quise establecer un diálogo e intercambio
de ideas con ellos, pero me di cuenta de que los demás profesores no venían a
discutir sino a asentar sus premisas. La situación académica era de dominio y
sobre ella tengo reservas. Ayer, sentada entre ustedes en la sala, escuché a
Mandel y debo decirles que lo admiro y creo que es uno de los pensadores más
interesantes que puedan encontrarse, comparto sus ideas, pero me di cuenta de
que su lenguaje está destinado más a la imprenta que a la alocución. Estoy en
contra de este tipo de enseñanza porque es abstracta. Por eso me sentí incómoda
y hoy me siento incómoda ante ustedes porque me parece que éste es un ejemplo,
un símbolo de la actitud autoritaria. Quisiera que me entendieran, no estoy en
contra de la teoría o del pensamiento abstracto, despersonalizado. Insisto, me
opongo al pensamiento abstracto cuando se sustrae del contexto humano”. Elena
Poniatowska, quien por entonces ya descollaba en el género de la entrevista y
de la crónica, estaba entre los alumnos que escuchaban y era muy popular por su
excepcional ensayo periodístico “La noche de Tlatelolco”, sobre la matanza
estudiantil en la plaza de las Tres Culturas de México consumada por el
Ejército y un batallón compuesto por hombres vestidos de civil el 2 de octubre
de 1968; y por su novela “Hasta no verte Jesús mío” en la que narró las
desventuras de una mujer muy pobre que había sufrido la violencia por parte de
su marido militar, y que, tras enviudar, comenzó a creer en la reencarnación y
en la espiritualidad.
El 30 de diciembre de 2004, dos días después de cumplirse el vigésimo aniversario del fallecimiento -a causa de una leucemia mieloide aguda- de “la mujer más inteligente de Estados Unidos”, tal como la había calificado el filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre (1905-1980), Elena Poniatowska escribió un artículo en el diario “La Jornada” de México en el que evocó a la brillante teórica y crítica norteamericana. “Susan Sontag -escribió- siempre estuvo en contra de la guerra de Vietnam; participó en manifestaciones y marchas, firmó manifiesto tras manifiesto, hizo discursos, y escribió su espléndido libro ‘Viaje a Hanoi’. En mayo de 1968, Susan Sontag fue invitada a Hanoi y el relato de su viaje no es un tratado político o un simple reportaje, sino la respuesta que puede dar un observador crítico e inteligente a un mundo por completo extraño a las concepciones occidentales. Pero este mundo está también hecho a la medida del hombre y Susan Sontag, dueña de una gran cultura, dijo entre otras cosas algo que me llamó poderosamente la atención: ‘Los vietnamitas operan con una idea de la educación diferente a la que nosotros estamos acostumbrados, y ello implica un cambio en el significado de la honradez y la sinceridad. La honradez entendida como tal por los vietnamitas se parece muy poco al sentido de honradez sublimado por la cultura secular occidental virtualmente por encima de todos los demás valores. En Vietnam la honradez y la sinceridad son funciones de la dignidad del individuo’”.
Sontag había ido a Vientam cuando los bombarderos estadounidenses arrojaban napalm para hacer arder la selva y aniquilar a sus enemigos. Después fue al frente de la guerra de Yom Kippur, el conflicto bélico librado por la coalición de países árabes abanderada por Egipto y Siria contra Israel, donde grabó el documental “Promised lands” (Tierras prometidas). Y luego fue a Bosnia no para escribir un ensayo o hacer un documental, sino simplemente en calidad de testigo, para “lamentarme, ofrecer un modelo de no complicidad y echar una mano; las obligaciones de un ser humano que cree en la necesidad de hacer lo correcto”. En medio del cruento conflicto armado acaecido tras la desaparición de Yugoslavia en el que se produjeron violaciones sistemáticas y matanzas indiscriminadas, Sontag arriesgó su vida yendo a la sitiada ciudad de Sarajevo donde se reunió con miembros de la sección bosnia del PEN Club Internacional para ayudarlos a afrontar la escasez de la guerra y luego representó con actores locales la obra del dramaturgo irlandés Samuel Beckett (1906-1989) “En attendant Godot” (Esperando a Godot). Para ella, más que un acto político fue un acto de toma de conciencia ante la realidad que vivían los habitantes ya que, al igual que los personajes centrales de la obra que aguardaban a un tal Godot que nunca llegaba, los sarajevenses aguardaron en vano que Occidente tomara medidas para evitar la matanza diaria en su ciudad. Tal como le comentó en una entrevista a la periodista mexicana Silvia Lemus (1945), un buen escritor “es alguien que presta atención a lo que ocurre en el mundo”.
En el mencionado artículo aparecido en el diario “La Jornada” en diciembre de 2004, Elena Poniatowska comentó que “a Sontag le interesaban los retos, hacerse la vida más difícil para seguir creciendo, para hacerse más sabia. Ella representó el máximo exponente de la intelectualidad comprometida, cuyo amor por los libros era fundamental para entender el mundo y combatir la superficialidad”.
En su artículo sobre Sontag, Poniatowska revivió el momento en que la conoció: “Un momentito -decía Susan Sontag a los que querían retratarla o hablarle- tengo que dar una entrevistita de cinco minutos. Yo era la de los cinco minutos. Nos sentamos en un sofá entre conversaciones y flashes. Luego entró el noticiero, con la parafernalia que arrastra tras de sí la televisión y una muchachita entrevistó a Susan sobre la liberación de la mujer. Carlos Fuentes, que durante todo ese tiempo había tratado de contener los ímpetus de mi hijo Felipe (entonces de tres años y medio), lo soltó exhausto, y Felipe cruzó frente a las cámaras pegando gritos como de indio sioux en batalla, y aullando al final: '¡Mamá!'. El camarógrafo me echó una mirada asesina. Total, así fue nuestro primer encuentro: el despiporre. Sin embargo, conservo algunas de las cosas que me dijo en medio del ajetreo, media hora antes de su conferencia en el auditorio de la facultad de Ciencias”. El breve diálogo entre Susan Sontag y la autora de “La piel del cielo” y “El tren pasa primero” fue el siguiente:
Con sólo quince años de edad completó sus primeros estudios en la North Hollywood High School y luego ingresó en la University of California de Berkeley por poco tiempo ya que, en 1949, se trasladó a la University of Chicago donde se licenció en Letras en 1951. Después, entre 1955 y 1957, cursó el doctorado en Filosofía en la Harvard University y luego viajó a París para continuar sus estudios en la Sorbonne. Tras su regreso a Nueva York, comenzó una carrera académica dictando clases en varias universidades. Sontag tuvo una relación importante con México, país al que visitó en diversas ocasiones para ofrecer conferencias. Allí se relacionó con la escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska (1932), quien escribió una crónica sobre el viaje de Sontag a México en 1972 para dar una serie de conferencias en la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre la liberación de la mujer. “La recuerdo muy alta, las uñas muy cortas -porque se las comía-, los dientes levemente manchados -de allí su boquilla en la que encaja cigarro tras cigarro porque no deja de fumar un solo instante-, muy delgada, muy fina. Susan Sontag se veía tan guapa como en los retratos de la contraportada de sus libros. Incluso se veía más joven, más frágil, dispuestísima a aprender, a escuchar a los jóvenes, a buscarlos, a crecer, como ella decía. Preguntaba, inquiría, quería ver. El ambiente universitario estaba que ni mandado hacer para ella y en él se movía como pez en el agua. En cambio, en las recepciones o conferencias de prensa su rostro se endurecía y trataba a los preguntones con cierta altanería. Al día siguiente de su primera conferencia regresó a la universidad a las 10 de la mañana como lo había ofrecido, se sentó en el pasto frente a la Facultad de Ciencias Políticas como con cien personas y respondió a cuanta pregunta se le hizo. El diálogo duró hasta las tres de la tarde”. En esos días, Sontag aprovechó su estancia en México para reunirse con el pedagogo y ensayista austríaco Iván Illich (1926-2002), en quien encontraba a un interlocutor apropiado por sus severas críticas a las estructuras educativas establecidas; con el cineasta francés Louis Malle (1932-1995), cuya obra en la que abordaba temas como la moralidad burguesa, la culpa, el deseo o el suicidio, a ella le apasionaba; y con el escritor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012), un autor que había generado controversias por sus críticas a los políticos y los intelectuales mexicanos, algo que ella compartía.
El 30 de diciembre de 2004, dos días después de cumplirse el vigésimo aniversario del fallecimiento -a causa de una leucemia mieloide aguda- de “la mujer más inteligente de Estados Unidos”, tal como la había calificado el filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre (1905-1980), Elena Poniatowska escribió un artículo en el diario “La Jornada” de México en el que evocó a la brillante teórica y crítica norteamericana. “Susan Sontag -escribió- siempre estuvo en contra de la guerra de Vietnam; participó en manifestaciones y marchas, firmó manifiesto tras manifiesto, hizo discursos, y escribió su espléndido libro ‘Viaje a Hanoi’. En mayo de 1968, Susan Sontag fue invitada a Hanoi y el relato de su viaje no es un tratado político o un simple reportaje, sino la respuesta que puede dar un observador crítico e inteligente a un mundo por completo extraño a las concepciones occidentales. Pero este mundo está también hecho a la medida del hombre y Susan Sontag, dueña de una gran cultura, dijo entre otras cosas algo que me llamó poderosamente la atención: ‘Los vietnamitas operan con una idea de la educación diferente a la que nosotros estamos acostumbrados, y ello implica un cambio en el significado de la honradez y la sinceridad. La honradez entendida como tal por los vietnamitas se parece muy poco al sentido de honradez sublimado por la cultura secular occidental virtualmente por encima de todos los demás valores. En Vietnam la honradez y la sinceridad son funciones de la dignidad del individuo’”.
Sontag había ido a Vientam cuando los bombarderos estadounidenses arrojaban napalm para hacer arder la selva y aniquilar a sus enemigos. Después fue al frente de la guerra de Yom Kippur, el conflicto bélico librado por la coalición de países árabes abanderada por Egipto y Siria contra Israel, donde grabó el documental “Promised lands” (Tierras prometidas). Y luego fue a Bosnia no para escribir un ensayo o hacer un documental, sino simplemente en calidad de testigo, para “lamentarme, ofrecer un modelo de no complicidad y echar una mano; las obligaciones de un ser humano que cree en la necesidad de hacer lo correcto”. En medio del cruento conflicto armado acaecido tras la desaparición de Yugoslavia en el que se produjeron violaciones sistemáticas y matanzas indiscriminadas, Sontag arriesgó su vida yendo a la sitiada ciudad de Sarajevo donde se reunió con miembros de la sección bosnia del PEN Club Internacional para ayudarlos a afrontar la escasez de la guerra y luego representó con actores locales la obra del dramaturgo irlandés Samuel Beckett (1906-1989) “En attendant Godot” (Esperando a Godot). Para ella, más que un acto político fue un acto de toma de conciencia ante la realidad que vivían los habitantes ya que, al igual que los personajes centrales de la obra que aguardaban a un tal Godot que nunca llegaba, los sarajevenses aguardaron en vano que Occidente tomara medidas para evitar la matanza diaria en su ciudad. Tal como le comentó en una entrevista a la periodista mexicana Silvia Lemus (1945), un buen escritor “es alguien que presta atención a lo que ocurre en el mundo”.
En el mencionado artículo aparecido en el diario “La Jornada” en diciembre de 2004, Elena Poniatowska comentó que “a Sontag le interesaban los retos, hacerse la vida más difícil para seguir creciendo, para hacerse más sabia. Ella representó el máximo exponente de la intelectualidad comprometida, cuyo amor por los libros era fundamental para entender el mundo y combatir la superficialidad”.
En su artículo sobre Sontag, Poniatowska revivió el momento en que la conoció: “Un momentito -decía Susan Sontag a los que querían retratarla o hablarle- tengo que dar una entrevistita de cinco minutos. Yo era la de los cinco minutos. Nos sentamos en un sofá entre conversaciones y flashes. Luego entró el noticiero, con la parafernalia que arrastra tras de sí la televisión y una muchachita entrevistó a Susan sobre la liberación de la mujer. Carlos Fuentes, que durante todo ese tiempo había tratado de contener los ímpetus de mi hijo Felipe (entonces de tres años y medio), lo soltó exhausto, y Felipe cruzó frente a las cámaras pegando gritos como de indio sioux en batalla, y aullando al final: '¡Mamá!'. El camarógrafo me echó una mirada asesina. Total, así fue nuestro primer encuentro: el despiporre. Sin embargo, conservo algunas de las cosas que me dijo en medio del ajetreo, media hora antes de su conferencia en el auditorio de la facultad de Ciencias”. El breve diálogo entre Susan Sontag y la autora de “La piel del cielo” y “El tren pasa primero” fue el siguiente:
