La conversación que Wells
mantuvo con Stalin generó inmediatamente una gran polémica entre los
intelectuales de izquierda. George Bernard Shaw (1856-1950) y Ernest Toller
(1893-1939) publicaron sus comentarios al respecto en el número siguiente de la
revista, y en el número posterior, el economista John Maynard Keynes
(1883-1946) -a la sazón presidente del directorio de la revista- respondió a
las burlas del primero sobre el “acartonamiento” de la conversación,
defendiendo la fidelidad del texto de Wells: “la reproducción es excelente, la
grabación impecable, palabra por palabra”. A continuación, la segunda y última
parte de esa conversación.
I.S.: Cuando digo que los
capitalistas persiguen exclusivamente su provecho, que aspiran sólo a hacerse
ricos, no quiero decir con ello que se trate de gente sin valor alguno,
despreciable e incapaz de nada más. Indudablemente, algunos poseen un gran talento
como organizadores que no les niego ni por un momento. Los ciudadanos
soviéticos hemos aprendido mucho de los capitalistas. Morgan, al que tan
desfavorablemente ha retratado usted, fue sin duda un organizador magnífico,
muy competente. Pero si de lo que estamos hablando es de gente dispuesta a
reconstruir el mundo, por supuesto no podrá encontrarla usted entre las filas
de quienes sirven a la causa del propio enriquecimiento. Nosotros y ellos
constituimos polos opuestos. Ha mencionado usted a Ford. Es, claro está, un
competente organizador de la producción, pero ¿está usted informado de cuál es
su actitud hacia los trabajadores? ¿Sabe a cuantos obreros ha echado a la
calle? El capitalista está indudablemente unido a sus beneficios y no hay poder
en la tierra capaz de arrancárselos. El capitalismo no será abolido por los
organizadores de la producción ni por los técnicos e intelectuales, sino por la
clase obrera, porque los mencionados estratos no juegan un papel independiente.
Los ingenieros, o los responsables de la organización productiva, trabajan, no
como les gustaría hacerlo, sino con arreglo a las órdenes que reciben que, a su
vez, están al servicio de los intereses de sus empleadores. Por supuesto,
existen excepciones. Hay gente que ha reaccionado ante la intoxicación
capitalista. La intelectualidad puede, bajo determinadas condiciones, conseguir
milagros y beneficiar enormemente a la humanidad, pero también puede ocasionar
grandes daños. Nosotros, los soviéticos, tenemos una experiencia nada despreciable
en ese terreno. Tras la Revolución de Octubre, un determinado sector de la
intelectualidad técnica se negó a participar en la tarea de construcción de la
nueva sociedad. Y no sólo se opusieron; también sabotearon el trabajo de los
demás. Hicimos todo lo posible para atraerlos hacia la gran tarea común. Lo
intentamos de todas las maneras posibles. Hubo que esperar bastante tiempo para
que la intelectualidad aceptara trabajar activamente a favor del nuevo sistema.
Hoy en día los mejores intelectuales y técnicos están en las primeras filas de
los constructores del socialismo. Después de la experiencia vivida, no somos
propensos a subestimar las ventajas e inconvenientes de la intelectualidad. Por
un lado, sabemos que puede hacer mucho daño y, por otro, es capaz de realizar “milagros”.
Por supuesto las cosas serían distintas si, de golpe, fuese posible separar
espiritualmente del mundo capitalista al conjunto de sus intelectuales y
técnicos. Pero eso no es más que una utopía. ¿Existen muchos miembros de ese
grupo que sean capaces de romper con el mundo burgués para ponerse a trabajar
en la reconstrucción de la sociedad? ¿Cree usted que hay mucha gente así en,
digamos, Inglaterra o Francia? No, muy pocos estarían dispuestos a librarse de
sus patrones para comenzar una reconstrucción del mundo. ¿Podemos, además,
perder de vista el hecho de que para transformar el mundo es necesario disponer
de poder político? Me parece, señor Wells, que subestima gravemente la cuestión
del poder político, que ni siquiera la tiene en cuenta. ¿Qué pueden hacer,
incluso con las mejores intenciones del mundo, quienes ni siquiera pueden
plantearse la toma del poder ni disponen de él? Como mucho, ayudar a la clase
que toma el poder, pero no cambiar el mundo por ellos mismos. Esto sólo puede
hacerlo una gran clase que ocupe el lugar de la clase capitalista y se
convierta en dueña y soberana como lo fue aquella. Esa clase es la clase
trabajadora. La colaboración de la intelectualidad debe ser aceptada, por
supuesto, y ésta, a su vez, ha de ser respaldada. Pero no debemos dar crédito a
la impresión de que los intelectuales y los técnicos puedan desempeñar un papel
histórico independiente. La transformación del mundo es un proceso enorme,
complicado y doloroso. Para tan grande tarea se precisa una clase. Sólo los
grandes barcos realizan los largos viajes.
H.G.W.: Si, pero para un largo
viaje se requieren un capitán y un navegante.
I.S.: Muy cierto, pero ante
todo hay que disponer de un gran barco. ¿Qué es un navegante sin un barco? Un
hombre inútil.
H.G.W.: El barco es la humanidad,
no una clase.
I.S.: Evidentemente, señor
Wells, usted parte del supuesto de que todos los hombres son buenos. Yo, por el
contrario, no olvido que existen muchos hombres malvados. No creo en la bondad
de la burguesía.
H.G.W.: Si hay alguien que sabe
algo sobre revoluciones desde el punto de vista práctico, ese es usted, señor
Stalin. ¿Se alzan realmente las masas? ¿No es una verdad universalmente
aceptada que todas las revoluciones son obra de una minoría?
I.S.: Para llevar adelante una
revolución se requiere una minoría revolucionaria que la lidere, pero incluso
la minoría más entregada, enérgica y capaz no conseguiría nada sin contar con
el apoyo, al menos pasivo, de millones de personas.
H.G.W.: ¿Al menos pasivo?
¿Subconsciente, quizá?
I.S.: En parte también
semi-instintivo y semi-inconsciente, pero sin el apoyo de millones, incluso la
mejor minoría se vería impotente.
H.G.W.: Cuando veo la propaganda
comunista en Occidente me da la impresión de que, en las presentes
circunstancias, resulta muy anticuada, al tratarse de propaganda a favor de la
insurrección. Derribar por la violencia el sistema social estaba muy bien
cuando éste se trataba de una tiranía, pero en las actuales circunstancias,
ahora que el sistema se hunde de todos modos, deberíamos poner el énfasis en la
eficacia, en la competencia, en la productividad y no en la insurrección. La
propaganda comunista en Occidente es una molestia para las personas de
mentalidad constructiva.
I.S.: El viejo mundo se viene
abajo, pero se equivoca al pensar que lo hace espontáneamente. No, la
sustitución de un sistema social por otro es un proceso revolucionario
complicado y largo. No es un simple proceso espontáneo, sino una lucha, un
proceso vinculado al choque entre las clases. El capitalismo degenera, pero no
puede comparársele con un árbol podrido que cae al suelo por sí mismo. No, la
revolución, la sustitución de un sistema por otro, siempre ha sido una lucha,
una cruel y dolorosa batalla a vida o muerte. Cada vez que la gente con nuevas
ideas llegó al poder, tuvo que defenderse contra los intentos del viejo mundo
para restaurar el viejo orden por la fuerza; estas personas del nuevo mundo
siempre tenían que estar en alerta, siempre tenían que estar dispuestos a
repeler los ataques del viejo mundo al nuevo sistema. Sí, tiene usted razón al
decir que el antiguo sistema social se rompe, pero no es una ruptura por su
propia voluntad. Tome por ejemplo al fascismo. El fascismo es una fuerza
reaccionaria que está tratando de preservar el viejo mundo por medio de la
violencia. ¿Qué haría con los fascistas? ¿Discutir con ellos? ¿Tratar de
convencerlos? No conseguiría ningún efecto sobre ellos en absoluto. El
comunismo no idealiza en absoluto la violencia, pero tampoco quiere que lo
tomen por sorpresa, no puede contar con que el viejo mundo renuncie y abandone
voluntariamente la escena. Por el contrario, ve cómo se defiende con uñas y
dientes, y por ese motivo le dice a la clase trabajadora que responda a la violencia
con violencia, que haga todo lo que esté en su mano para impedir que el viejo
orden agonizante la aplaste, que no permita que le esposen las manos con las
que ha de derribar ese sistema.
H.G.W.: Viendo lo que pasa ahora
en el mundo capitalista, el colapso no es sencillo. Es un estallido de
violencia reaccionaria que está degenerando en gangsterismo. Y me parece que,
cuando se trata de un conflicto de esta naturaleza, los socialistas deben apelar
a la ley. Creo que es inútil que operen con los métodos del viejo socialismo
rígido insurreccional.
I.S.: Los comunistas se basan
en una rica experiencia histórica, que nos enseña que las clases obsoletas no
abandonan de buen grado el escenario de la historia. Recuerde la Inglaterra del
siglo XVII. ¿No fueron muchos los que proclamaron que el viejo sistema había
muerto? ¿No fue necesario, aun así, un Cromwell para aplastarlo por la fuerza?
H.G.W.: Cromwell se basaba en la
Constitución y actuaba en nombre del orden constitucional.
I.S.: ¡En nombre de la
Constitución recurrió a la violencia, decapitó al rey, disolvió al Parlamento,
arrestó a unos y ejecutó a otros! ¿Y la Revolución de Octubre? ¿Acaso no eran
muchos los que creían que sólo nosotros, los bolcheviques, mostrábamos el
camino correcto? ¿No estaba claro que el capitalismo ruso se había
descompuesto? A pesar de todo, usted sabe perfectamente lo enconada que fue la
resistencia, cuánta sangre costó defender la Revolución de Octubre de todos sus
enemigos, tanto de dentro como de fuera del país. O piense en la Francia de
finales del siglo XVIII. Ya antes de 1789 mucha gente era consciente de que el
poder de la realeza, el sistema feudal, estaba corrompido. Aun así, no pudo
evitarse, no había modo de hacerlo, una insurrección popular, un enfrentamiento
entre las clases. ¿Por qué? Porque las clases a las que les toca retirarse de
la escena histórica son las últimas en convencerse de que su intervención ha
terminado. Piensan que es posible reparar las grietas, que aún se puede salvar
el tambaleante edificio del viejo orden. Por eso, las clases que se extinguen
toman las armas y recurren a cualquier medio con tal de conservar su posición
como clase dominante.
H.G.W.: ¿No hubo unos cuantos
hombres de leyes al frente de la Revolución Francesa?
I.S.: No pretendo negar el
papel de los intelectuales en los movimientos revolucionarios. ¿Fue la
Revolución Francesa una revolución de abogados o una revolución popular? ¿No se
alcanzó la victoria movilizando grandes masas contra el feudalismo y a favor de
los intereses del Tercer Estado? ¿Actuaron de acuerdo con las leyes del viejo
orden esos abogados que se encontraron entre los líderes de la gran Revolución
Francesa? ¿Acaso no introdujeron otras nuevas de signo revolucionario-burgués?
La experiencia histórica nos enseña que, hasta nuestros días, ni una sola clase
ha cedido voluntariamente su sitio a otro. No hay precedente alguno de tal
fenómeno. Los comunistas han aprendido esa lección de la historia. Por
supuesto, les encantaría que la burguesía se marchara por su propia voluntad,
pero la experiencia enseña que es imposible un giro semejante en los
acontecimientos. Por eso los comunistas tienen que estar preparados para lo
peor y piden a la clase trabajadora que se mantenga vigilante y lista para la
batalla. ¿A quién le interesa un capitán que no mantiene alerta a su ejército,
que no comprende que el enemigo no cejará, que será necesario aplastarlo? Un
capitán semejante decepcionaría y traicionaría a la clase trabajadora. Por ese
motivo opino que lo que a usted le resulta anticuado es, de hecho, una medida
de importancia revolucionaria para la clase trabajadora.
H.G.W.: No niego que la fuerza
tiene que ser usada, pero creo que las formas de lucha deben encajar lo mejor
posible en las oportunidades que presentan las leyes vigentes, las que deben
ser defendidas contra los ataques reaccionarios. No es necesario desorganizar
el sistema antiguo porque suficientemente desorganizado está. Es por eso que me
parece que la insurrección contra el viejo orden, contra la ley, es obsoleto,
anticuado. Por cierto, exagero deliberadamente con el fin de llevar la verdad
de la forma más clara. Puedo formular mi punto de vista de la siguiente manera:
primero, estoy a favor del orden; segundo, ataco al sistema existente en tanto
que no puede garantizar el orden; tercero, temo que la propaganda a favor de la
guerra de clases vaya a alejar del socialismo justamente a aquellas personas
cultas, que el socialismo necesita.
I.S.: Con el fin de lograr un
gran objetivo, un importante objetivo social, debe haber una fuerza principal,
un baluarte, una clase revolucionaria. A continuación, es necesario organizar
la asistencia de una fuerza auxiliar de esta fuerza principal: en este caso la
fuerza auxiliar es el Partido, al que pertenezcan las mejores fuerzas de la
intelectualidad. Usted acaba de hablar de personas cultas. Pero, ¿en qué
personas cultas pensaba? En Inglaterra durante el siglo XVII, en Francia a
fines del siglo XVIII, y en Rusia durante la época de la Revolución de Octubre,
¿no estaban muchas personas del lado del viejo orden?
El viejo orden tenía a su
servicio a muchas personas sumamente cultas, que defendían el viejo orden, que
combatían el nuevo orden. La cultura es un arma, cuyo efecto depende de qué
mano la haya forjado, qué mano la dirija. Por supuesto, el proletariado
necesita personas sumamente cultas. Ciertamente; los ingenuos no pueden ser de
ninguna ayuda para el proletariado en su lucha por el socialismo, en la
edificación de una nueva sociedad. No subestimo el rol de los intelectuales; al
contrario, lo subrayo. Pero la pregunta es la siguiente: ¿de qué inteligencia
estamos hablando? Porque hay diferentes tipos de inteligencia.
H.G.W.: No puede haber revolución
sin cambios radicales en la instrucción pública. Basta citar dos ejemplos: el
ejemplo de la República alemana, que no tocó el viejo sistema educacional, y
que por eso nunca se convirtió en República; y el ejemplo del Partido Laborista
inglés, que no tiene la intención de insistir en una transformación radical de
la instrucción pública.
I.S.: Es cierto. Permítame
ahora responder a sus tres puntos. Primero: lo más importante para la
revolución es la existencia de un baluarte social. Tal baluarte social es la
clase obrera. Segundo: se precisa de una fuerza auxiliar, aquello, que los
comunistas llaman Partido. Al Partido está afiliada la inteligencia obrera, y
aquellos elementos de la inteligencia técnica que están estrechamente ligados a
la clase obrera. La inteligencia es fuerte solamente, si se une con la clase
obrera. Si se contrapone a la clase obrera, se convierte en una simple cifra.
El nuevo poder político crea las nuevas leyes, el nuevo orden, el cual es un
orden revolucionario. Yo no estoy a favor del orden sin más ni más. Yo estoy a
favor de un orden que corresponda a los intereses de la clase obrera. Por
supuesto, si algunas leyes del viejo orden pueden ser utilizadas en interés de
la lucha por un orden nuevo, esto debería de hacerse. No tengo objeciones
contra su postulación de que el sistema actual debería ser atacado, en tanto
que no puede garantizar el orden necesario para el pueblo. Por último, está en
un error si cree que los comunistas adoran la violencia. Estarían encantados de
olvidar tales métodos si la clase dirigente accediese a ceder su puesto a la
clase trabajadora. Pero la experiencia histórica presta poca verosimilitud a
semejante supuesto.
H.G.W.: Sin embargo, la historia
de Inglaterra conoce un caso en que una clase le dejó el poder a otra clase
voluntariamente. En el periodo entre 1830 a 1870, la aristocracia, que en las
postrimerías del siglo XVIII tuvo aún una influencia considerable,
voluntariamente, sin lucha seria, le cedió el poder a la burguesía, lo cual fue
una de las causas para el sentimental mantenimiento de la monarquía. En lo
sucesivo, esta transferencia del poder condujo a que erigiera su dominio la
oligarquía financiera.
I.S.: Pero usted ha pasado
imperceptiblemente de cuestiones de la revolución a cuestiones de la reforma.
Eso no es lo mismo.
H.G.W.: ¿No es una reforma una
pequeña revolución?
I.S.: Debido a la presión
ejercida desde abajo, a la presión de las masas, la burguesía puede en
ocasiones conceder reformas parciales siempre y cuando no rebasen los límites
del sistema socioeconómico en vigor. Al proceder de ese modo lo hace porque
estima que dichas concesiones son necesarias para preservar el predominio de su
clase. Esa es la esencia de la reforma. Sin embargo, la revolución implica la
transferencia del poder de una clase a otra. Por eso es imposible considerar
revolucionaria ninguna reforma. Por eso no podemos considerar con que el cambio
de sistema social adopte la forma de una transición imperceptible de un sistema
a otro mediante reformas y concesiones otorgadas por la clase dirigente.