31 de julio de 2008

Conversaciones (II). H.G. Wells - Iósif Stalin. Sobre la economía planificada y la revolución

La conversación que Wells mantuvo con Stalin generó inmediatamente una gran polémica entre los intelectuales de izquierda. George Bernard Shaw (1856-1950) y Ernest Toller (1893-1939) publicaron sus comentarios al respecto en el número siguiente de la revista, y en el número posterior, el economista John Maynard Keynes (1883-1946) -a la sazón presidente del directorio de la revista- respondió a las burlas del primero sobre el “acartonamiento” de la conversación, defendiendo la fidelidad del texto de Wells: “la reproducción es excelente, la grabación impecable, palabra por palabra”. A continuación, la segunda y última parte de esa conversación.


I.S.: Cuando digo que los capitalistas persiguen exclusivamente su provecho, que aspiran sólo a hacerse ricos, no quiero decir con ello que se trate de gente sin valor alguno, despreciable e incapaz de nada más. Indudablemente, algunos poseen un gran talento como organizadores que no les niego ni por un momento. Los ciudadanos soviéticos hemos aprendido mucho de los capitalistas. Morgan, al que tan desfavorablemente ha retratado usted, fue sin duda un organizador magnífico, muy competente. Pero si de lo que estamos hablando es de gente dispuesta a reconstruir el mundo, por supuesto no podrá encontrarla usted entre las filas de quienes sirven a la causa del propio enriquecimiento. Nosotros y ellos constituimos polos opuestos. Ha mencionado usted a Ford. Es, claro está, un competente organizador de la producción, pero ¿está usted informado de cuál es su actitud hacia los trabajadores? ¿Sabe a cuantos obreros ha echado a la calle? El capitalista está indudablemente unido a sus beneficios y no hay poder en la tierra capaz de arrancárselos. El capitalismo no será abolido por los organizadores de la producción ni por los técnicos e intelectuales, sino por la clase obrera, porque los mencionados estratos no juegan un papel independiente. Los ingenieros, o los responsables de la organización productiva, trabajan, no como les gustaría hacerlo, sino con arreglo a las órdenes que reciben que, a su vez, están al servicio de los intereses de sus empleadores. Por supuesto, existen excepciones. Hay gente que ha reaccionado ante la intoxicación capitalista. La intelectualidad puede, bajo determinadas condiciones, conseguir milagros y beneficiar enormemente a la humanidad, pero también puede ocasionar grandes daños. Nosotros, los soviéticos, tenemos una experiencia nada despreciable en ese terreno. Tras la Revolución de Octubre, un determinado sector de la intelectualidad técnica se negó a participar en la tarea de construcción de la nueva sociedad. Y no sólo se opusieron; también sabotearon el trabajo de los demás. Hicimos todo lo posible para atraerlos hacia la gran tarea común. Lo intentamos de todas las maneras posibles. Hubo que esperar bastante tiempo para que la intelectualidad aceptara trabajar activamente a favor del nuevo sistema. Hoy en día los mejores intelectuales y técnicos están en las primeras filas de los constructores del socialismo. Después de la experiencia vivida, no somos propensos a subestimar las ventajas e inconvenientes de la intelectualidad. Por un lado, sabemos que puede hacer mucho daño y, por otro, es capaz de realizar “milagros”. Por supuesto las cosas serían distintas si, de golpe, fuese posible separar espiritualmente del mundo capitalista al conjunto de sus intelectuales y técnicos. Pero eso no es más que una utopía. ¿Existen muchos miembros de ese grupo que sean capaces de romper con el mundo burgués para ponerse a trabajar en la reconstrucción de la sociedad? ¿Cree usted que hay mucha gente así en, digamos, Inglaterra o Francia? No, muy pocos estarían dispuestos a librarse de sus patrones para comenzar una reconstrucción del mundo. ¿Podemos, además, perder de vista el hecho de que para transformar el mundo es necesario disponer de poder político? Me parece, señor Wells, que subestima gravemente la cuestión del poder político, que ni siquiera la tiene en cuenta. ¿Qué pueden hacer, incluso con las mejores intenciones del mundo, quienes ni siquiera pueden plantearse la toma del poder ni disponen de él? Como mucho, ayudar a la clase que toma el poder, pero no cambiar el mundo por ellos mismos. Esto sólo puede hacerlo una gran clase que ocupe el lugar de la clase capitalista y se convierta en dueña y soberana como lo fue aquella. Esa clase es la clase trabajadora. La colaboración de la intelectualidad debe ser aceptada, por supuesto, y ésta, a su vez, ha de ser respaldada. Pero no debemos dar crédito a la impresión de que los intelectuales y los técnicos puedan desempeñar un papel histórico independiente. La transformación del mundo es un proceso enorme, complicado y doloroso. Para tan grande tarea se precisa una clase. Sólo los grandes barcos realizan los largos viajes.
 
H.G.W.: Si, pero para un largo viaje se requieren un capitán y un navegante.
 
I.S.: Muy cierto, pero ante todo hay que disponer de un gran barco. ¿Qué es un navegante sin un barco? Un hombre inútil.
 
H.G.W.: El barco es la humanidad, no una clase.
 
I.S.: Evidentemente, señor Wells, usted parte del supuesto de que todos los hombres son buenos. Yo, por el contrario, no olvido que existen muchos hombres malvados. No creo en la bondad de la burguesía.
 
H.G.W.: Si hay alguien que sabe algo sobre revoluciones desde el punto de vista práctico, ese es usted, señor Stalin. ¿Se alzan realmente las masas? ¿No es una verdad universalmente aceptada que todas las revoluciones son obra de una minoría?
 
I.S.: Para llevar adelante una revolución se requiere una minoría revolucionaria que la lidere, pero incluso la minoría más entregada, enérgica y capaz no conseguiría nada sin contar con el apoyo, al menos pasivo, de millones de personas.
 
H.G.W.: ¿Al menos pasivo? ¿Subconsciente, quizá?
 
I.S.: En parte también semi-instintivo y semi-inconsciente, pero sin el apoyo de millones, incluso la mejor minoría se vería impotente.
 
H.G.W.: Cuando veo la propaganda comunista en Occidente me da la impresión de que, en las presentes circunstancias, resulta muy anticuada, al tratarse de propaganda a favor de la insurrección. Derribar por la violencia el sistema social estaba muy bien cuando éste se trataba de una tiranía, pero en las actuales circunstancias, ahora que el sistema se hunde de todos modos, deberíamos poner el énfasis en la eficacia, en la competencia, en la productividad y no en la insurrección. La propaganda comunista en Occidente es una molestia para las personas de mentalidad constructiva.
 
I.S.: El viejo mundo se viene abajo, pero se equivoca al pensar que lo hace espontáneamente. No, la sustitución de un sistema social por otro es un proceso revolucionario complicado y largo. No es un simple proceso espontáneo, sino una lucha, un proceso vinculado al choque entre las clases. El capitalismo degenera, pero no puede comparársele con un árbol podrido que cae al suelo por sí mismo. No, la revolución, la sustitución de un sistema por otro, siempre ha sido una lucha, una cruel y dolorosa batalla a vida o muerte. Cada vez que la gente con nuevas ideas llegó al poder, tuvo que defenderse contra los intentos del viejo mundo para restaurar el viejo orden por la fuerza; estas personas del nuevo mundo siempre tenían que estar en alerta, siempre tenían que estar dispuestos a repeler los ataques del viejo mundo al nuevo sistema. Sí, tiene usted razón al decir que el antiguo sistema social se rompe, pero no es una ruptura por su propia voluntad. Tome por ejemplo al fascismo. El fascismo es una fuerza reaccionaria que está tratando de preservar el viejo mundo por medio de la violencia. ¿Qué haría con los fascistas? ¿Discutir con ellos? ¿Tratar de convencerlos? No conseguiría ningún efecto sobre ellos en absoluto. El comunismo no idealiza en absoluto la violencia, pero tampoco quiere que lo tomen por sorpresa, no puede contar con que el viejo mundo renuncie y abandone voluntariamente la escena. Por el contrario, ve cómo se defiende con uñas y dientes, y por ese motivo le dice a la clase trabajadora que responda a la violencia con violencia, que haga todo lo que esté en su mano para impedir que el viejo orden agonizante la aplaste, que no permita que le esposen las manos con las que ha de derribar ese sistema.
 
H.G.W.: Viendo lo que pasa ahora en el mundo capitalista, el colapso no es sencillo. Es un estallido de violencia reaccionaria que está degenerando en gangsterismo. Y me parece que, cuando se trata de un conflicto de esta naturaleza, los socialistas deben apelar a la ley. Creo que es inútil que operen con los métodos del viejo socialismo rígido insurreccional.
 
I.S.: Los comunistas se basan en una rica experiencia histórica, que nos enseña que las clases obsoletas no abandonan de buen grado el escenario de la historia. Recuerde la Inglaterra del siglo XVII. ¿No fueron muchos los que proclamaron que el viejo sistema había muerto? ¿No fue necesario, aun así, un Cromwell para aplastarlo por la fuerza?
 
H.G.W.: Cromwell se basaba en la Constitución y actuaba en nombre del orden constitucional.
 
I.S.: ¡En nombre de la Constitución recurrió a la violencia, decapitó al rey, disolvió al Parlamento, arrestó a unos y ejecutó a otros! ¿Y la Revolución de Octubre? ¿Acaso no eran muchos los que creían que sólo nosotros, los bolcheviques, mostrábamos el camino correcto? ¿No estaba claro que el capitalismo ruso se había descompuesto? A pesar de todo, usted sabe perfectamente lo enconada que fue la resistencia, cuánta sangre costó defender la Revolución de Octubre de todos sus enemigos, tanto de dentro como de fuera del país. O piense en la Francia de finales del siglo XVIII. Ya antes de 1789 mucha gente era consciente de que el poder de la realeza, el sistema feudal, estaba corrompido. Aun así, no pudo evitarse, no había modo de hacerlo, una insurrección popular, un enfrentamiento entre las clases. ¿Por qué? Porque las clases a las que les toca retirarse de la escena histórica son las últimas en convencerse de que su intervención ha terminado. Piensan que es posible reparar las grietas, que aún se puede salvar el tambaleante edificio del viejo orden. Por eso, las clases que se extinguen toman las armas y recurren a cualquier medio con tal de conservar su posición como clase dominante.
 
H.G.W.: ¿No hubo unos cuantos hombres de leyes al frente de la Revolución Francesa?
 
I.S.: No pretendo negar el papel de los intelectuales en los movimientos revolucionarios. ¿Fue la Revolución Francesa una revolución de abogados o una revolución popular? ¿No se alcanzó la victoria movilizando grandes masas contra el feudalismo y a favor de los intereses del Tercer Estado? ¿Actuaron de acuerdo con las leyes del viejo orden esos abogados que se encontraron entre los líderes de la gran Revolución Francesa? ¿Acaso no introdujeron otras nuevas de signo revolucionario-burgués? La experiencia histórica nos enseña que, hasta nuestros días, ni una sola clase ha cedido voluntariamente su sitio a otro. No hay precedente alguno de tal fenómeno. Los comunistas han aprendido esa lección de la historia. Por supuesto, les encantaría que la burguesía se marchara por su propia voluntad, pero la experiencia enseña que es imposible un giro semejante en los acontecimientos. Por eso los comunistas tienen que estar preparados para lo peor y piden a la clase trabajadora que se mantenga vigilante y lista para la batalla. ¿A quién le interesa un capitán que no mantiene alerta a su ejército, que no comprende que el enemigo no cejará, que será necesario aplastarlo? Un capitán semejante decepcionaría y traicionaría a la clase trabajadora. Por ese motivo opino que lo que a usted le resulta anticuado es, de hecho, una medida de importancia revolucionaria para la clase trabajadora.
 
H.G.W.: No niego que la fuerza tiene que ser usada, pero creo que las formas de lucha deben encajar lo mejor posible en las oportunidades que presentan las leyes vigentes, las que deben ser defendidas contra los ataques reaccionarios. No es necesario desorganizar el sistema antiguo porque suficientemente desorganizado está. Es por eso que me parece que la insurrección contra el viejo orden, contra la ley, es obsoleto, anticuado. Por cierto, exagero deliberadamente con el fin de llevar la verdad de la forma más clara. Puedo formular mi punto de vista de la siguiente manera: primero, estoy a favor del orden; segundo, ataco al sistema existente en tanto que no puede garantizar el orden; tercero, temo que la propaganda a favor de la guerra de clases vaya a alejar del socialismo justamente a aquellas personas cultas, que el socialismo necesita.
 
I.S.: Con el fin de lograr un gran objetivo, un importante objetivo social, debe haber una fuerza principal, un baluarte, una clase revolucionaria. A continuación, es necesario organizar la asistencia de una fuerza auxiliar de esta fuerza principal: en este caso la fuerza auxiliar es el Partido, al que pertenezcan las mejores fuerzas de la intelectualidad. Usted acaba de hablar de personas cultas. Pero, ¿en qué personas cultas pensaba? En Inglaterra durante el siglo XVII, en Francia a fines del siglo XVIII, y en Rusia durante la época de la Revolución de Octubre, ¿no estaban muchas personas del lado del viejo orden?
El viejo orden tenía a su servicio a muchas personas sumamente cultas, que defendían el viejo orden, que combatían el nuevo orden. La cultura es un arma, cuyo efecto depende de qué mano la haya forjado, qué mano la dirija. Por supuesto, el proletariado necesita personas sumamente cultas. Ciertamente; los ingenuos no pueden ser de ninguna ayuda para el proletariado en su lucha por el socialismo, en la edificación de una nueva sociedad. No subestimo el rol de los intelectuales; al contrario, lo subrayo. Pero la pregunta es la siguiente: ¿de qué inteligencia estamos hablando? Porque hay diferentes tipos de inteligencia.
 
H.G.W.: No puede haber revolución sin cambios radicales en la instrucción pública. Basta citar dos ejemplos: el ejemplo de la República alemana, que no tocó el viejo sistema educacional, y que por eso nunca se convirtió en República; y el ejemplo del Partido Laborista inglés, que no tiene la intención de insistir en una transformación radical de la instrucción pública.
 
I.S.: Es cierto. Permítame ahora responder a sus tres puntos. Primero: lo más importante para la revolución es la existencia de un baluarte social. Tal baluarte social es la clase obrera. Segundo: se precisa de una fuerza auxiliar, aquello, que los comunistas llaman Partido. Al Partido está afiliada la inteligencia obrera, y aquellos elementos de la inteligencia técnica que están estrechamente ligados a la clase obrera. La inteligencia es fuerte solamente, si se une con la clase obrera. Si se contrapone a la clase obrera, se convierte en una simple cifra. El nuevo poder político crea las nuevas leyes, el nuevo orden, el cual es un orden revolucionario. Yo no estoy a favor del orden sin más ni más. Yo estoy a favor de un orden que corresponda a los intereses de la clase obrera. Por supuesto, si algunas leyes del viejo orden pueden ser utilizadas en interés de la lucha por un orden nuevo, esto debería de hacerse. No tengo objeciones contra su postulación de que el sistema actual debería ser atacado, en tanto que no puede garantizar el orden necesario para el pueblo. Por último, está en un error si cree que los comunistas adoran la violencia. Estarían encantados de olvidar tales métodos si la clase dirigente accediese a ceder su puesto a la clase trabajadora. Pero la experiencia histórica presta poca verosimilitud a semejante supuesto.
 
H.G.W.: Sin embargo, la historia de Inglaterra conoce un caso en que una clase le dejó el poder a otra clase voluntariamente. En el periodo entre 1830 a 1870, la aristocracia, que en las postrimerías del siglo XVIII tuvo aún una influencia considerable, voluntariamente, sin lucha seria, le cedió el poder a la burguesía, lo cual fue una de las causas para el sentimental mantenimiento de la monarquía. En lo sucesivo, esta transferencia del poder condujo a que erigiera su dominio la oligarquía financiera.
 
I.S.: Pero usted ha pasado imperceptiblemente de cuestiones de la revolución a cuestiones de la reforma. Eso no es lo mismo.
 
H.G.W.: ¿No es una reforma una pequeña revolución?
 
I.S.: Debido a la presión ejercida desde abajo, a la presión de las masas, la burguesía puede en ocasiones conceder reformas parciales siempre y cuando no rebasen los límites del sistema socioeconómico en vigor. Al proceder de ese modo lo hace porque estima que dichas concesiones son necesarias para preservar el predominio de su clase. Esa es la esencia de la reforma. Sin embargo, la revolución implica la transferencia del poder de una clase a otra. Por eso es imposible considerar revolucionaria ninguna reforma. Por eso no podemos considerar con que el cambio de sistema social adopte la forma de una transición imperceptible de un sistema a otro mediante reformas y concesiones otorgadas por la clase dirigente.