En 1934, en el transcurso
de su segundo viaje a la Unión Soviética, el escritor y periodista inglés
Herbert George Wells (1866-1946) se entrevistó con el Secretario General del
Partido Comunista, el controvertido Iósif Stalin (1878-1953), quien por
entonces comandaba con mano férrea un Estado que lejos había quedado de ser
socialista, para convertirse en un Estado de trabajadores burocratizado y
degenerado; un Estado en el que la economía estaba controlada por una casta
dirigente que, aunque no era propietaria de los medios de producción y no era
una clase social, acumulaba beneficios y privilegios a costa de la clase
trabajadora. La entrevista fue publicada en la revista semanal londinense “The
New Statesman and Nation” el 27 de octubre de 1934 bajo el título “Stalin-Wells
talk” (Conversación entre Stalin y Wells). Lo que sigue es la primera parte de
esa conversación.
H.G.W.: Estuve en los Estados Unidos recientemente. La vida económica del país se está reorganizando sobre nuevas líneas. Me parece que lo que está ocurriendo en los Estados Unidos es una profunda reorganización de la economía. Tuve una larga conversación con el presidente Roosevelt y traté de averiguar cuáles son sus principales ideas. Usted y Roosevelt tienen diferentes puntos de partida pero, ¿no existe acaso cierta relación en lo que se refiere a las concepciones, cierta proximidad en las ideas y necesidades entre Washington y Moscú?
I.S.: Estados Unidos persigue un objetivo diferente al de la Unión Soviética. El que persiguen los norteamericanos deriva de sus problemas económicos, de la crisis económica. Los americanos pretenden superarla por medio de la iniciativa capitalista privada, sin cambiar para nada sus bases económicas. Intentan reducir al mínimo la ruina y las pérdidas causadas por el actual sistema. Aquí, por el contrario, para sustituir a la vieja y destruida economía se ha creado, como ya sabe, una base económica completamente diferente, totalmente nueva. Incluso aunque, como usted mencionaba, los norteamericanos alcanzaran parcialmente su objetivo, es decir, aunque consiguieran reducir sus pérdidas al mínimo, no destruirían con ello las raíces de la anarquía inherente al actual sistema capitalista. Están preservando un sistema económico que los llevará inevitablemente, como no puede ser de otro modo, a la anarquía productiva. En el mejor de los casos será, pues, un problema, no de reorganizar la sociedad ni de abolir el viejo sistema social que da lugar a la anarquía y las crisis, sino de restringir la manifestación de algunos de sus peores rasgos, de sus excesos.
H.G.W.: ¿Qué es una economía planificada? ¿Cuáles son algunos de sus atributos?
I.S.: La economía planificada lucha por eliminar el desempleo. Supongamos que fuera posible preservar el sistema capitalista reduciendo al mismo tiempo el desempleo hasta un nivel mínimo determinado. Ningún capitalista aceptaría jamás una erradicación completa del desempleo, una total abolición del ejército de reserva de los desempleados, cuyo fin es ejercer presión sobre el mercado de trabajo para garantizar la disponibilidad de mano de obra barata. Ahí tiene usted una de las contradicciones de la economía en las sociedades burguesas. Además, la planificación de la economía presupone un incremento en la producción de aquellas ramas de la industria que generan bienes que las masas necesitan. Pero, como usted bien sabe, el incremento de la producción bajo el capitalismo obedece a motivos muy distintos. El capital fluye hacia aquellos sectores de la economía en los que las tasas de beneficios son mayores. Nunca conseguirá que un capitalista acepte incurrir en una pérdida de beneficios para sí mismo en aras de satisfacer las necesidades del pueblo. Sin librarnos antes de los capitalistas, sin abolir el principio de la propiedad privada de los medios de producción, es imposible crear una economía planificada.
H.G.W.: Estoy de acuerdo con mucho de lo que usted ha dicho, pero quisiera destacar que, si un país en su conjunto adopta el principio de economía planificada, si el gobierno, poco a poco, paso a paso, comienza a aplicar este principio, la oligarquía financiera se suprimirá y el socialismo, en el sentido anglosajón de la palabra, será instaurado. El efecto de las ideas de Roosevelt -el “New Deal”- es muy poderoso y, en mi opinión, son ideas socialistas. Me parece que, en lugar de hacer hincapié en el antagonismo entre los dos mundos, deberíamos, en las circunstancias actuales, esforzarnos por establecer una lengua común para todas las fuerzas constructivas.
I.S.: Al hablar de la imposibilidad de hacer realidad los principios de la economía planificada, preservando al mismo tiempo la base económica del capitalismo, no estoy en lo más mínimo restando importancia a las excelentes cualidades personales de Roosevelt, su iniciativa, valor y determinación. Roosevelt, sin duda, se destaca como una de las figuras más fuertes entre todos los dirigentes del mundo capitalista contemporáneo. Es por ello que quisiera, una vez más, poner de relieve que mi convicción de que la economía planificada es imposible bajo las condiciones del capitalismo, no significa que tengo dudas sobre la capacidad personal, talento y valentía del presidente Roosevelt. Pero si las circunstancias son desfavorables, los más talentosos dirigentes no pueden alcanzar el objetivo al que usted hace referencia. Teóricamente, por supuesto, la posibilidad de marchar poco a poco, paso a paso, con arreglo a las condiciones del capitalismo, hacia el objetivo que usted llama “socialismo a la anglosajona” no queda excluida. Pero ¿qué es este “socialismo”? En el mejor de los casos, controlar en cierta medida el desenfrenado beneficio de los capitalistas y lograr cierto aumento en la aplicación del principio de la regulación en la economía nacional. Todo esto está muy bien. Pero tan pronto como Roosevelt, o cualquier otro dirigente en el mundo contemporáneo burgués, proceda a realizar algo serio contra la base del capitalismo, inevitablemente sufrirá una absoluta derrota. Los bancos, las industrias, las grandes empresas, las grandes explotaciones agrícolas no están en las manos de Roosevelt. Todos son propiedad privada. Los ferrocarriles, la flota mercantil, todos pertenecen a propietarios privados. Y, por último, el ejército de trabajadores cualificados, los ingenieros, los técnicos, no están bajo el mando de Roosevelt, sino que están bajo el mando de empresarios privados, trabajando para empresarios privados. No debemos olvidar las funciones del Estado burgués en el mundo. El Estado es una institución que organiza la defensa del país, organiza el mantenimiento del orden, es un aparato para la recaudación de impuestos. El Estado capitalista no trata mucho con la economía en el sentido estricto de la palabra, ya que ésta no está en manos del Estado. Por el contrario, el Estado está en manos de la economía capitalista. Es por eso que me temo que, a pesar de toda su energía y habilidad, Roosevelt no va a alcanzar el objetivo que usted menciona, si es verdad que ese es su objetivo. Tal vez, en el curso de varias generaciones, será posible acercarse un poco a este objetivo, pero yo personalmente creo que incluso esto no es muy probable.
H.G.W.: Tal vez crea más firmemente en la interpretación económica de la política que usted. Enormes fuerzas que impulsan hacia una mejor organización, para el mejor funcionamiento de la comunidad, es decir, por el socialismo, se han puesto en acción por la invención y la ciencia modernas. La organización y regulación de la acción individual se han convertido en necesidades mecánicas, con independencia de las teorías sociales. Si comenzamos con el control estatal de los bancos y luego seguimos, por ejemplo, con el control del transporte, de las industrias pesadas, de la industria en general y del comercio, un control global sería equivalente a la propiedad estatal de todas las ramas de la economía nacional. Este sería el proceso de socialización. El socialismo y el individualismo no son contrarios como el blanco y el negro. Hay muchas etapas intermedias entre ellos. No el individualismo que linda con el bandidaje; debe haber disciplina y organización, que son valores del socialismo. La introducción de la economía planificada depende, en gran medida, de los organizadores de la economía, de los técnicos calificados, de los intelectuales que, paso a paso, se pueden convertir a los principios socialistas de organización. Y esto es lo más importante, ya que la organización precede al socialismo. Es el hecho más importante. Sin organización socialista, la idea es una mera idea.
I.S.: No hay o no debería haber, un enfrentamiento irreconciliable entre lo individual y lo colectivo, entre el interés personal y el social. No debería existir confrontación alguna, digo, porque el colectivismo, el socialismo, no niega, sino que combina, los intereses del individuo con los de la colectividad. El socialismo no puede hacer abstracción de los intereses individuales. Sólo la sociedad socialista puede satisfacer por completo esos intereses personales. Lo que es más, únicamente la sociedad socialista puede llegar a satisfacer los intereses del individuo. En este sentido no hay diferencias irreconciliables entre individualismo y socialismo. Y, no obstante, ¿podemos acaso negar las diferencias existentes entre las clases, entre la clase de los propietarios, la capitalista, y la clase trabajadora, la proletaria? Por un lado, tenemos a una clase que posee bancos, fábricas, minas, transportes, plantaciones en las colonias. Para esas gentes no existe otra cosa que su propio interés, su lucha por obtener beneficios. No se someten a la voluntad del colectivo, sino que luchan por subordinar a sus deseos a todas las colectividades. Por otro lado, tenemos la clase de los desposeídos, los explotados, que no poseen ni fábricas ni máquinas, ni bancos, los que se ven empujados a sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo a los capitalistas y no tienen medios para satisfacer sus necesidades más elementales. ¿Cómo es posible conciliar intereses tan encontrados? Por lo que yo sé, Roosevelt no parece haber tenido éxito en su búsqueda de un camino para lograrlo. Como la experiencia demuestra, es sencillamente imposible. Incidentalmente, usted conoce la situación en Estados Unidos mejor que yo, ya que nunca he estado allí. Mi perspectiva sobre los asuntos norteamericanos procede fundamentalmente de la literatura. Sin embargo, tengo cierta experiencia en la lucha por el socialismo y esa experiencia me dice que si Roosevelt hace un intento real de satisfacer los intereses del proletariado a expensas de la clase capitalista, ésta le sustituirá por otro presidente. Los capitalistas dirán: los presidentes van y vienen, pero nosotros permanecemos. Si este presidente no protege nuestros intereses, busquemos otro que le sustituya. ¿Qué puede hacer el presidente para oponerse a la voluntad de la clase capitalista?
H.G.W.: No estoy de acuerdo con esa clasificación simplista de la humanidad entre pobres y ricos. Por supuesto, hay una categoría de gente que se esfuerza únicamente con fines de lucro. Pero, ¿no existe acaso un gran número de artífices y constructores de la economía, capaces y entregados, que tienen como estímulo para sus actividades algo muy distinto al beneficio? En mi opinión, hay una numerosa cantidad de gente capaz que admitir que el actual sistema no es satisfactorio y están destinados a jugar un gran papel en la futura sociedad socialista. Durante los últimos años me he dedicado en gran parte a realizar propaganda a favor del socialismo y el cosmopolitismo entre amplios círculos de ingenieros, aviadores, militares, técnicos, etc. Es inútil intentar aproximarse a estos círculos empleando la típica propaganda maniquea sobre la lucha de clases...
I.S.: Veamos, rechaza usted como simplista la división de la humanidad en pobres y ricos. Por supuesto, existe un estrato intermedio; está esa intelectualidad que mencionaba usted, y en su seno hay gente buena y honrada. Pero también hay personas malvadas y deshonestas. Hay gente de todas clases. Ante todo, los hombres se dividen en ricos y pobres, en propietarios y explotados. Ignorar esta división fundamental y el antagonismo existente entre ricos y pobres, es pasar por alto el hecho determinante. No niego la existencia de capas intermedias, que participan en el conflicto de clases tomando partido por uno u otro de los contendientes, o bien mantienen una posición neutral o semineutral en la lucha. Pero, repito, pasar por alto esta división fundamental en la sociedad y la lucha entre las dos clases principales significa negar lo evidente. La batalla ha comenzado y seguirá adelante. Su resultado vendrá determinado por la clase trabajadora, por el proletariado.
H.G.W.: Pero, ¿no existe mucha gente que no es pobre y sin embargo trabaja, trabaja productivamente?
I.S.: Por supuesto, hay pequeños propietarios, artesanos, pequeños comerciantes; pero no son estas personas las que deciden el destino de un país, sino los que trabajan en masa, los que producen todas las cosas que la sociedad requiere.
H.G.W.: Pero hay muy diferentes tipos de capitalistas. Hay capitalistas que sólo piensan en los beneficios, en cómo hacerse ricos; pero también están aquellos que están dispuestos a hacer sacrificios. Piense en Morgan, por ejemplo. El sólo pensaba en los beneficios, era un parásito en la sociedad; simplemente se limitaba a acumular riqueza. Pero piense en Rockefeller. Él es un brillante organizador que ha dado un ejemplo de cómo organizar la entrega de petróleo que es digno de emulación. O piense en Ford. Por supuesto, Ford es egoísta, pero, ¿él no es un organizador apasionado de la racionalización de la producción de la cual usted toma lecciones? Me gustaría hacer hincapié en el hecho de que, recientemente, un importante cambio de opinión hacia la Unión Soviética ha tenido lugar en países de habla inglesa. La razón de ello, en primer lugar, es la posición de Japón y los acontecimientos en Alemania. Pero hay otras razones además de las derivadas de la política internacional. Hay una razón más profunda, a saber, el reconocimiento por parte de muchas personas del hecho de que el sistema basado en el beneficio privado se está desmoronando. En estas circunstancias, me parece, no debemos poner en primer plano el antagonismo entre los dos mundos, sino que debemos tratar de combinar todos los movimientos constructivos, todas las fuerzas constructivas aunadas lo más posible. Me parece que estoy más a la izquierda que usted, señor Stalin; creo que el antiguo sistema está más cerca de su fin de lo que usted piensa.
