El escritor argentino
Osvaldo Soriano (1943-1997), autor entre otros de “Una sombra ya pronto serás”
y “Artistas, locos y criminales”, trabajó como periodista en diversos medios
del país tales como las revistas “Primera Plana”, “Panorama” y “Confirmado”, y
los diarios “La Opinión”, “Noticias” y “Página/12”. En 1983, aun viviendo su
exilio en Francia, conversó en París con Julio Cortázar (1914-1984), tras el
anuncio del autor de “Rayuela” de viajar a la Argentina cuando asumiese el
gobierno constitucional. La charla entre ambos escritores fue publicada en el
nº 113 de la revista “Humor” de septiembre de 1983, cuya primera parte se
reproduce a continuación.
O.S.: En el relato “Diario de
un cuento” de tu último libro, “Deshoras”, hay un conmovedor homenaje a Adolfo
Bioy Casares. ¿Cuál ha sido tu relación con él?
J.C.: Yo me había encontrado
fugazmente con él en Buenos Aires, pero en aquella época, en 1947, yo no había
publicado todavía “Bestiario”. Años más tarde él vino a París, y como era amigo
de Aurora Bernárdez, la llamó y le dijo que tenía ganas de vernos. En ese
momento ya me había leído, claro. Entonces vino a casa y me hizo unas fotos,
porque Bioy es muy buen fotógrafo. Después, cuando yo fui a Buenos Aires,
Marcelo Pichon Rivière, que es amigo suyo, me dijo que Bioy quería verme.
Fuimos a su casa y pasamos una hermosa noche en la que hablamos de vampiros
todo el tiempo.
O.S.: Curiosamente, Bioy es un
escritor del que no se habla mucho en la Argentina.
J.C.: Sí, y eso es lo que yo
admiro en él. Se ha negado a toda promoción de tipo publicitario. Incluso
cuando aquí en Francia se elogia mucho “La invención de Morel”, porque lo ven
como una especie de modelo de relato fantástico, sé que Bioy no se entusiasma,
no le gusta que hablen de él. Es un hombre muy secreto.
O.S.: “Diario para un cuento”
es, me parece, absolutamente autobiográfico. ¿Cuál es la parte de ficción en
ese texto?
J.C.: Yo diría que lo
autobiográfico se injerta en un texto que luego es pura invención.
O.S.: Pero vos, ¿no fuiste
traductor público?
J.C.: Sí, yo fui traductor
público nacional y lo más interesante del cuento es la parte autobiográfica
porque tal como lo cuento en “Diario...”, entre la clientela que me dejó mi
socio cuando se marchó de la oficina que teníamos en San Martín y Corrientes,
me encontré con cuatro o cinco clientas que eran prostitutas del puerto a
quienes él les traducía y escribía cartas en inglés y en francés. Entonces yo
me encontré con ese problema. Recuerdo que él les cobraba cinco pesos, más por
la forma que por el trabajo. Entonces, cuando yo heredé eso, me pareció que era
cruel decirles que porque yo era el nuevo traductor no iba a hacer ese trabajo.
Por otra parte, era una experiencia psicológica interesante, y durante un año
les traduje cartas de los marineros que les escribían desde otros puertos. Fue
entonces cuando me enteré de un crimen. Por supuesto que no sucedió como yo lo
cuento en “Diario...”, pero en un cambio de cartas había referencias a un
veneno y a la eliminación de una mujer que molestaba a alguien.
O.S.: Pero el cuento tardó más
de treinta años en tomar cuerpo y eso me llama la atención, porque parece un
tema cantado para vos. ¿Por qué tardaste tanto en escribirlo?
J.C.: Tal vez la explicación
está en el mismo cuento. Habría que analizarlo más profundamente, porque vos
ves que mi problema ahí es que yo no consigo nunca atrapar el personaje de
Anabel como hubiera querido y a lo largo del cuento es ella la que me va
atrapando a mí. Se me ve más a mí, y con una visión muy negativa... Yo pensé
mucho tiempo en aquel episodio: en esas noches en las que uno hace el recuento
de su vida y surge la asociación de ideas, he pensado mucho en eso; sin
embargo, nunca fue una incitación para escribir un cuento. Creo que yo estaba
bloqueado desde el comienzo con ese tema.
O.S.: Es decir que cuando
empezaste a escribir no tenías todavía el cuento armado.
J.C.: No. Allí no hay ningún
montaje, la primera palabra fue escrita antes de la última, sin ningún tipo de
artificio. Reflexionando me decía: “Me gustaría contar esto, pero ¿cómo
hacerlo?”, y tenía un problema técnico de esos que a veces se me plantean y
entonces, de golpe, me dije: “A lo mejor lo que conviene hacer es empezar
escribiendo sobre cómo no puedo escribir el cuento..., un tipo que lleva un
diario”. De allí la apelación a Bioy y todas las referencias marginales que van
saliendo. En esos días yo estaba leyendo un libro de Derrida que iluminaba mi
estado de ánimo en el momento de hablar de mi relación con Anabel. Pero cuando
llegué a la mitad del diario más o menos, ahí me di cuenta -y ésa es la pequeña
trampa del escritor-, que ya estaba escribiendo el cuento, que éste estaba
contenido en el diario. Saltaba, iba y venía, me salía del cuento y volvía a
hablar de mí en París, del tipo que escribe su diario, que ya está viejo.
Entonces el cuento siguió sin problemas hasta el final.
O.S.: La historia ocurre el
último año de tu estadía en Buenos Aires.
J.C.: No, un poquito antes.
Esperá: yo me fui en el ‘51 y empecé a trabajar desde el ‘48 en la oficina
ésa... Sí, debe haber sucedido en el ‘49 o ‘50 y ya pensaba en irme. Vos sabés
que yo hice un primer viaje exploratorio a Europa en el ‘49; me vine por tres
meses como turista. Estuve en París, en Italia y en Londres y volví a Buenos
Aires con una decisión prácticamente tomada, es decir, quemar las naves, ver si
el gobierno francés me daba una beca, que en ese tiempo se podían conseguir en
la Argentina, y venirme para aquí. Gané una beca de Literatura que daba la
Sorbona, o el Ministerio de Educación, que era muy pobre y no alcanzaba para
vivir, pero me permitía instalarme en la ciudad universitaria. Así estuve
viviendo cinco meses en el pabellón argentino hasta que ya no pude más de estar
rodeado de compatriotas que no hacían ningún esfuerzo por aprender una palabra
de francés y se pasaban el día llorando y tomando mate. Yo no sabía si me iba a
quedar del todo o no, pero decidí que ésa no era una manera de vivir en París y
con la poca plata que tenía me conseguí una piecita en la Rue d'Alessia y me
instalé ahí.
O.S.: Lo que me emocionó
profundamente en ese cuento es la visión crítica, feroz a veces, para con el
Cortázar de aquella época, incapaz de entender lo que ocurría en la Argentina,
sobre todo el fenómeno peronista.
J.C.: Tenés mucha razón. Por
eso estoy contento de haber escrito este cuento, ya tan tarde en mi vida,
porque eso me ha dado un espacio de autocrítica con la lucidez con que creo
verme en ese cuento, digamos como me ve Anabel y yo era incapaz de verme en esa
época, ni yo ni mi clase, todo el medio que yo frecuentaba, y allí hay muchas
referencias a eso. Aparece, por ejemplo, ese amigo mío, ese abogado, el doctor
Hardy, que es el mismo de “Las puertas del cielo”; un tipo al que le gusta
acercarse a los bajos fondos, a las milongas y los bailes pero como un
antropólogo, un burgués que después vuelve a su casa a pegarse un baño y vivir
su vida del otro lado. Bueno, éramos todos un poco así, y lo éramos en el plano
político también. Es decir, mi incapacidad de captar a Anabel en ese cuento yo
la extrapolaría ahora y te diría que era mi incapacidad para captar el panorama
político argentino. Esa es la conclusión final que hay que sacar del cuento.
Dicho esto, hay que agregar una cosa importante: mientras yo escribía este
cuento jamás se me cruzó por la cabeza el asunto, es decir, nunca traté de
simbolizar una cosa con la otra.
O.S.: Tampoco es una reivindicación
de lo que estaba pasando en el país, del peronismo, con el que vos seguís
siendo muy crítico.
J.C.: En absoluto. Además,
buena parte de las críticas que yo hacía al peronismo de ese momento las sigo
haciendo hoy en 1983. Pero en cambio hay muchas otras cosas sobre las que he
cambiado de opinión.
O.S.: Vos me dijiste una vez
que ibas al Luna Park a ver boxeo con un libro de Victor Hugo bajo el brazo.
J.C.: No sé si sería Victor
Hugo, porque en ese entonces Hugo ya se me había quedado un poco atrás, pero
habré estado llevando en la mano uno de los autores que leíamos en la época,
que podía ser por ejemplo Rilke o Hölderlin, porque leíamos mucho a los poetas
alemanes. Es decir, era el joven esteta y estetizante que termina de leer Rilke
y va a ver boxeo como otro espectáculo estético.
O.S.: Recuerdo que en “Casa
tomada” lo que más lamenta el personaje es que “del otro lado” se hayan quedado
sus libros franceses. Eso le importa más que los quince mil pesos que perdió.
J.C.: Tenés razón, son esas
frases que uno escribe y son hasta proféticas. Después, retrospectivamente te
das cuenta de lo que contenían esas frasecitas. Y es verdad; alguien me
preguntó una vez cómo era mi biblioteca de joven, la que yo dejé en Buenos
Aires cuando me vine a París. Esa biblioteca se componía, creo, de un sesenta
por ciento de literatura francesa en lengua original, un veinte o treinta por
ciento de literatura anglosajona, autores ingleses más que norteamericanos y el
resto España y Argentina, algo de Italia... Pero no lo lamento: creo que esa
especie de cosmopolitismo cultural que tuve desde el comienzo me ha sido
infinitamente útil. Una parte de aquel famoso diálogo con José María Arguedas
(y que no era una polémica entre él y yo ni mucho menos) venía de eso, de que yo
no podía aceptar el punto de vista exclusivamente telúrico y localista que
valía para Arguedas pero no para Julio Cortázar.
O.S.: Voy a hacer una digresión
porque tengo ganas de saber, si no te molesta, quién era Paco, “que gustaba de
mis cuentos”. A él le dedicaste “Bestiario” y luego aparece en uno de tus
relatos posteriores.
J.C.: Está bien que me hagas la
pregunta porque puede haber una confusión; hay dos Pacos. Uno, a quien yo le
dediqué “Las armas secretas”, es Paco Porrúa; el otro murió en el año ‘42 y fue
mi compañero de estudios. Hicimos los tres años de profesorado juntos. Era un
muchacho al que yo quise muy profundamente y con el que me entendía muy bien.
Formábamos un grupo de amigos muy pequeño y entre ellos había uno que sigue
siendo muy conocido en la Argentina, que es Jorge D’Urbano. Paco fue mi mejor
amigo y murió de manera muy cruel, de una enfermedad renal. Hay un cuento mío
que se llama “Ahí pero dónde, cómo”, y en él está Paco. Porque yo tengo eso,
que a veces sueño con Paco, que está en un plano dado en el que lo veo como en
esa época... Es lo que trato de decir en ese cuento, que es un balbuceo porque
eso no se puede decir con palabras. Es una experiencia demasiado vertiginosa.
O.S.: ¿Qué fue de esos cuentos
que le gustaban a Paco? ¿Publicaste alguno?
J.C.: Hubo un cuento de toda
esa serie que sobrevivió, los demás los destruí. Porque yo fui muy crítico en
ese sentido, y me negué a publicar hasta muy tarde. Mi primer libro sale en el
año ‘51, cuando me vengo a Europa y yo tenía en ese momento treinta y seis años.
Pero un cuento quedó, que se llama “Bruja”. Sobrevivió porque le había gustado
mucho a Arturo Cuadrado, que era un español exiliado en la Argentina, muy
simpático, que tenía una editorial que se llamaba Nova y dirigía la revista “Cabalgata”,
donde yo hacía críticas de libros. Arturo vio ese cuento y me lo pidió. Yo lo
releí y pensé que podía salvarse. Es un cuentito que está afuera de mis libros,
pero yo lo reivindico de toda esa serie que le gustaba a Paco. Y ahora sé por
qué le gustaban a Paco: tal vez fui un poco injusto en destruirlos, aunque no
hubieran podido salvarse, pero yo ya estaba en pleno terreno fantástico y
algunos -todavía me acuerdo del tema de los cuentos- eran muy fuertes en
materia fantástica y eso lo fascinaba a él.
O.S.: ¿Tus primeros cuentos ya
eran fantásticos?
J.C.: Sí, desde el comienzo.
Hubo una novela, que también destruí, que no tenía nada de fantástica. Eran
como seiscientas páginas y la escribí para hacerme la mano. Unos años más tarde
decidí que no me gustaba y fue al fuego. Ahora me gustaría saber cómo escribía
en esa época...
O.S.: Vos te cobrás unas
cuantas deudas, incluso de tu infancia, en “Deshoras”. Basta leer “La escuela
de noche”.
J.C.: Ese es un cuento que le
va a hacer mal a muchos ex alumnos de esa escuela, que fueron moldeados por
ella y conservan un sentimiento romántico de aquellos años. Afortunadamente los
argentinos tenemos un lado sentimental que hay que mantener mientras no se
vuelva histeria, como a veces ocurre incluso en la política. A muchos les va a
doler, porque esa escuela normal es una escuela prócer de alguna manera. Pero
yo la aguanté siete años en los que tuve más o menos cien profesores y sólo me
acuerdo de dos. ¡Dos sobre cien! Es espantoso como ejemplo de la educación que
se daba en esa escuela. Por cierto me gusta citar a los dos que recuerdo con
cariño. Uno fue don Arturo Marasso, que era profesor de literatura griega y
española y me situó en el mundo de la mitología griega. Marasso me enseñó
montones de cosas y se dio cuenta de mi vocación literaria. En ese tiempo yo no
tenía ni un centavo, entonces él me hacía ir a su casa y me prestaba sus
libros. Me hizo leer a Sófocles, me hizo leer bien a Homero, a Píndaro, me
metió en el mundo griego y latino. El otro profesor, del cual guardo un recuerdo
conmovido, fue Vicente Fatone, que daba Filosofía. Fue profesor de teoría del
conocimiento y de lógica. Nos exigía a fondo y nos hicimos muy amigos de él.
Esa clase de profesores con los que un buen día podés ir a su casa y se creó una
relación que duró muchos años. Fatone me metió en un mundo que me interesaba
pero que manejaba muy mal: el de la filosofía. Porque yo, de joven, pensé en
seguir Filosofía. Tenía la vocación. Con Marasso me había leído todos los
diálogos de Platón y con Fatone me metí en Aristóteles. Entonces hice toda mi
formación filosófica griega y luego pasé a la Edad Media. Trabajé mucho la
filosofía.
O.S.: ¿Ya escribías en ese
tiempo?
J.C.: Sí, escribía poesías y
cuentitos, relatos, cosas así. Me di cuenta con bastante autocrítica de que no
tenía una mentalidad filosófica. Me fascinaba porque la filosofía te mete en lo
fantástico, en lo metafísico, pero no tenía un temperamento para avanzar o
sistematizar en el campo filosófico y la abandoné como también dejé el ajedrez
por las mismas razones.