La Biblioteca Nacional
(originalmente Biblioteca Pública de Buenos Aires) fue creada por decreto de la
Junta de Gobierno de la Revolución de Mayo el 7 de septiembre de 1810. Su
primera sede estuvo en la Manzana de las Luces, sobre la actual calle Moreno,
siendo sus primeros bibliotecarios el doctor Saturnino Segurola (1776-1854) y
fray Cayetano Rodríguez (1761-1823). En 1853, tras la batalla de Caseros, fue
designado director Marcos Sastre (1809-1887) a quien le sucedió cinco años
después José Mármol (1818-1871), el autor de la primera novela argentina,
“Amalia”. En 1884 la biblioteca pasó a pertenecer al Gobierno Nacional y fue su
primer director el doctor José Antonio Wilde (1813-1887) quien implantó el
servicio nocturno y estableció un nuevo reglamento. A comienzos de 1885 fue
designado el historiador francés Paul Groussac (1848-1929), uno de sus
directores más destacados. Él fue quien consiguió el traslado al edificio de la
calle México 564, donde la biblioteca funcionó hasta 1993. Gustavo Martínez
Zuviría (1883-1962), conocido como escritor con el seudónimo de Hugo Wast,
ejerció la dirección entre 1931 y 1955 y, en octubre de ese año, el gobierno de
la llamada Revolución Libertadora designó a Jorge Luis Borges (1899-1986),
convirtiéndose en su tercer director ciego después de los ya mencionados
Groussac y Mármol. Borges había sido auxiliar tercero en la Biblioteca
Municipal Miguel Cané, en el barrio de Boedo, entre 1938 y 1946. Fue una
experiencia que, según él mismo contó en su “Autobiografía” (publicada en
1970), no fue muy alegre ya que, estando trabajando allí, se enteró de la
muerte de su padre. “Fueron nueve años de profunda infelicidad”, narró en la
obra citada, en la cual también expresó la molestia que le provocaban sus
compañeros de trabajo por estar siempre interesados en “las carreras de
caballos, los partidos de fútbol y los chistes obscenos”.
En 1946, con la llegada del peronismo al poder, fue removido de su puesto de bibliotecario y ascendido -con aumento salarial incluido- a Inspector de Aves y Huevos del municipio. Obviamente renunció. Según narró la fundadora de la revista “Sur” Victoria Ocampo (1890-1979) en el artículo titulado “Visión de Jorge Luis Borges" publicado en el nº 55 de la revista “Cuadernos” de diciembre de 1961, “Sorprendido por el nombramiento de inspector de aves de corral, Borges preguntó a un alto funcionario municipal por qué había sido elegido para el puesto, habiendo tantos empleados capaces de ocuparlo. ‘¿Fue usted partidario de los aliados?’, le interrogó el funcionario. ‘Sí’, dijo Borges. ‘Entonces, ¡qué quiere!’”. “Esa afirmación era irrefutable y al día siguiente presenté mi renuncia -contó Borges en su autobiografía-. Los amigos me apoyaron y organizaron una cena de desagravio. Preparé un discurso para la ocasión”. En él manifestó: “Hace un día o un mes o un año platónico (tan invasor es el olvido, tan insignificante el episodio que voy a referir) yo desempeñaba, aunque indigno, el cargo de auxiliar tercero en una biblioteca municipal de los arrabales del Sur. Nueve años concurrí a esa biblioteca, nueve años que serán en el recuerdo una sola tarde, una tarde monstruosa. En algún resquicio de esa tarde única, yo temerariamente firmé alguna declaración democrática; hace un día o un mes o un año platónico, me ordenaron que prestara servicios en la policía municipal. Maravillado por ese brusco avatar administrativo, fui a la Intendencia. Me confiaron, ahí, que esa metamorfosis era un castigo por haber firmado aquellas declaraciones. Tendré que renunciar, repetí, al bajar las escaleras de la Intendencia”.
“No sé hasta dónde el episodio que he referido es una parábola -agregó más adelante-. Sospecho, sin embargo, que la memoria y el olvido son dioses que saben bien lo que hacen. Si han extraviado lo demás y si retienen esa absurda leyenda, alguna justificación los asiste. La formulo así: las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a lectores del Martín Fierro y de Don Segundo que el individualismo es una vieja virtud argentina?”. Este discurso fue publicado el 8 de agosto de 1946 en el nº 142 de la revista “Sur”. Por entonces ya había publicado varias de las obras que lo harían entrar en la posteridad, entre ellas los poemarios “Fervor de Buenos Aires” y “Luna de enfrente”; los libros de cuentos “Historia universal de la infamia” y “Ficciones”; y los tomos de ensayos “Inquisiciones”, “El tamaño de mi esperanza”, “El idioma de los argentinos” e “Historia de la eternidad”.
Hacia fines de 1970, llegó al viejo edificio de la calle México Herbert Alexander Simon (1916-2001), un científico norteamericano experto en problemas del pensamiento humano aplicados al diseño de modelos de la, por entonces, incipiente computación. Tiempo después ampliaría sus aportaciones científicas a un amplio abanico de campos como la psicología, las matemáticas, la epistemología, la economía y la inteligencia artificial, y sería laureado en 1978 por la Academia Sueca con el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre los procesos de elección y la teoría de la decisión, entre ellos “Reason in human affairs” (La razón en los asuntos humanos) y “Administrative behavior. A study of decisión making processes in administrative organizations” (Comportamiento administrativo. Un estudio de los procesos de toma de decisiones en las organizaciones administrativas).
El científico norteamericano gozó de un enorme prestigio y fue considerado uno de los pilares del conductismo, una disciplina también conocida como behaviorismo, que estudia las situaciones de elección que se le plantean a un individuo en cualquier circunstancia y pretende, a la vez, conocer los procesos psicológicos que llevan a elegir determinada alternativa frente a un problema. Simon, que llegaba a la Argentina invitado por la Sociedad Argentina de Organización Industrial para dictar un ciclo de conferencias sobre “La dirección de empresas en una era tecnológica”, le envió unos días antes de su viaje una carta a Borges diciéndole: “Mi profesión es la de un científico social y busco comprender el comportamiento humano a través de modelos matemáticos (o, más recientemente, con modelos de simulación programados por computadoras)”. Aparentemente, la distancia entre el escritor y el economista era enorme. Sin embargo, el estadounidense creía haber encontrado un notorio paralelo entre los laberintos borgeanos y su propia línea de pensamiento. Para constatar ese paralelismo, esa convergencia o esa identidad, fue que solicitó una audiencia al Director de la Biblioteca Nacional. A su llegada al país, supo que la iniciativa había sido acogida con entusiasmo por el autor de “La muerte y la brújula”. No era para menos. Basta repasar algunas líneas de la carta de Simon a Borges: “En 1956 publiqué un artículo que describe a la vida como una búsqueda por los pasadizos de un laberinto muy ramificado y poblado por una gran cantidad de metas a alcanzar. Unos pocos años más tarde tropecé con ‘Ficciones’, en particular con el cuento ‘La Biblioteca de Babel’, para descubrir que usted también concibe a la vida como una búsqueda a través del laberinto. Me pregunto si alguna vez habrá ocurrido una transmigración comparable, desde el cuerpo inerte de un modelo matemático a la carne viva de la literatura”. El encuentro entre Simon y Borges se dio en el despacho de éste en la Biblioteca Nacional y fue presenciado por un periodista y traductor de la revista “Primera Plana”, en cuyo nº 414 del 5 de enero de 1971 fue reproducido. Lo que sigue es la primera parte de esa conversación.
En 1946, con la llegada del peronismo al poder, fue removido de su puesto de bibliotecario y ascendido -con aumento salarial incluido- a Inspector de Aves y Huevos del municipio. Obviamente renunció. Según narró la fundadora de la revista “Sur” Victoria Ocampo (1890-1979) en el artículo titulado “Visión de Jorge Luis Borges" publicado en el nº 55 de la revista “Cuadernos” de diciembre de 1961, “Sorprendido por el nombramiento de inspector de aves de corral, Borges preguntó a un alto funcionario municipal por qué había sido elegido para el puesto, habiendo tantos empleados capaces de ocuparlo. ‘¿Fue usted partidario de los aliados?’, le interrogó el funcionario. ‘Sí’, dijo Borges. ‘Entonces, ¡qué quiere!’”. “Esa afirmación era irrefutable y al día siguiente presenté mi renuncia -contó Borges en su autobiografía-. Los amigos me apoyaron y organizaron una cena de desagravio. Preparé un discurso para la ocasión”. En él manifestó: “Hace un día o un mes o un año platónico (tan invasor es el olvido, tan insignificante el episodio que voy a referir) yo desempeñaba, aunque indigno, el cargo de auxiliar tercero en una biblioteca municipal de los arrabales del Sur. Nueve años concurrí a esa biblioteca, nueve años que serán en el recuerdo una sola tarde, una tarde monstruosa. En algún resquicio de esa tarde única, yo temerariamente firmé alguna declaración democrática; hace un día o un mes o un año platónico, me ordenaron que prestara servicios en la policía municipal. Maravillado por ese brusco avatar administrativo, fui a la Intendencia. Me confiaron, ahí, que esa metamorfosis era un castigo por haber firmado aquellas declaraciones. Tendré que renunciar, repetí, al bajar las escaleras de la Intendencia”.
“No sé hasta dónde el episodio que he referido es una parábola -agregó más adelante-. Sospecho, sin embargo, que la memoria y el olvido son dioses que saben bien lo que hacen. Si han extraviado lo demás y si retienen esa absurda leyenda, alguna justificación los asiste. La formulo así: las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a lectores del Martín Fierro y de Don Segundo que el individualismo es una vieja virtud argentina?”. Este discurso fue publicado el 8 de agosto de 1946 en el nº 142 de la revista “Sur”. Por entonces ya había publicado varias de las obras que lo harían entrar en la posteridad, entre ellas los poemarios “Fervor de Buenos Aires” y “Luna de enfrente”; los libros de cuentos “Historia universal de la infamia” y “Ficciones”; y los tomos de ensayos “Inquisiciones”, “El tamaño de mi esperanza”, “El idioma de los argentinos” e “Historia de la eternidad”.
Hacia fines de 1970, llegó al viejo edificio de la calle México Herbert Alexander Simon (1916-2001), un científico norteamericano experto en problemas del pensamiento humano aplicados al diseño de modelos de la, por entonces, incipiente computación. Tiempo después ampliaría sus aportaciones científicas a un amplio abanico de campos como la psicología, las matemáticas, la epistemología, la economía y la inteligencia artificial, y sería laureado en 1978 por la Academia Sueca con el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre los procesos de elección y la teoría de la decisión, entre ellos “Reason in human affairs” (La razón en los asuntos humanos) y “Administrative behavior. A study of decisión making processes in administrative organizations” (Comportamiento administrativo. Un estudio de los procesos de toma de decisiones en las organizaciones administrativas).
El científico norteamericano gozó de un enorme prestigio y fue considerado uno de los pilares del conductismo, una disciplina también conocida como behaviorismo, que estudia las situaciones de elección que se le plantean a un individuo en cualquier circunstancia y pretende, a la vez, conocer los procesos psicológicos que llevan a elegir determinada alternativa frente a un problema. Simon, que llegaba a la Argentina invitado por la Sociedad Argentina de Organización Industrial para dictar un ciclo de conferencias sobre “La dirección de empresas en una era tecnológica”, le envió unos días antes de su viaje una carta a Borges diciéndole: “Mi profesión es la de un científico social y busco comprender el comportamiento humano a través de modelos matemáticos (o, más recientemente, con modelos de simulación programados por computadoras)”. Aparentemente, la distancia entre el escritor y el economista era enorme. Sin embargo, el estadounidense creía haber encontrado un notorio paralelo entre los laberintos borgeanos y su propia línea de pensamiento. Para constatar ese paralelismo, esa convergencia o esa identidad, fue que solicitó una audiencia al Director de la Biblioteca Nacional. A su llegada al país, supo que la iniciativa había sido acogida con entusiasmo por el autor de “La muerte y la brújula”. No era para menos. Basta repasar algunas líneas de la carta de Simon a Borges: “En 1956 publiqué un artículo que describe a la vida como una búsqueda por los pasadizos de un laberinto muy ramificado y poblado por una gran cantidad de metas a alcanzar. Unos pocos años más tarde tropecé con ‘Ficciones’, en particular con el cuento ‘La Biblioteca de Babel’, para descubrir que usted también concibe a la vida como una búsqueda a través del laberinto. Me pregunto si alguna vez habrá ocurrido una transmigración comparable, desde el cuerpo inerte de un modelo matemático a la carne viva de la literatura”. El encuentro entre Simon y Borges se dio en el despacho de éste en la Biblioteca Nacional y fue presenciado por un periodista y traductor de la revista “Primera Plana”, en cuyo nº 414 del 5 de enero de 1971 fue reproducido. Lo que sigue es la primera parte de esa conversación.
J.L.B.: Me encuentra en plenos preparativos para un próximo viaje. Voy a Estados Unidos y luego a Escocia, Irlanda e Inglaterra, pero lo que puede resultar más extraño de este viaje es una escala que voy a hacer entre el primero y el segundo de los lugares que mencioné. La escala es Islandia. Lo que ocurre es que hace quince años que me dedico al estudio de lenguas germánicas antiguas y medievales.
