El cantante y compositor
uruguayo Alfredo Zitarrosa (1936-1989) nació en Montevideo, aunque vivió en una
zona rural hasta su adolescencia, lo que influiría notoriamente en su
repertorio, esencialmente de raíz campesina. Se inició como cantor profesional
en 1963 cuando se presentó en un programa televisivo en Lima, Perú, a lo que
siguió una actuación en un programa radial de La Paz, Bolivia. Hasta entonces
se había desempeñado como periodista y locutor radial trabajando en varias
emisoras de Montevideo para, más adelante, trabajar como cronista del célebre semanario
“Marcha”. Su debut como cantor profesional en Montevideo tuvo lugar en el
auditorio del Servicio Oficial de Difusión Radioeléctrica en 1964. Su primer
disco publicado se llamó “Canta Zitarrosa”, al que siguieron aproximadamente
cuarenta discos grabados en diferentes países, fundamentalmente en Uruguay y
Argentina. Debido a su militancia política fue prohibido en su país a partir
del establecimiento de la dictadura cívico-militar en 1973, por lo que partió
al exilio: primero a la Argentina, hasta el comienzo de la dictadura militar en
1976, luego a España donde estuvo hasta 1979 y finalmente a México, donde
además de cantar, desarrolló actividades periodísticas en el diario “Excelsior”
y en Radio Educación. Tras una breve estancia en Argentina en 1983, al año
siguiente pudo retornar a su país, donde fue recibido por una multitud. En 1988
editó el libro de cuentos “Por si el recuerdo”, en el que recopiló historias
escritas durante sus últimos treinta años. Póstumamente se publicó también “Fábulas
materialistas” del mismo tono que el anterior.
En 1993 la editorial Lumen publicó en Uruguay “Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti”, una biografía redactada por el escritor, editor y periodista argentino radicado en Montevideo Carlos María Domínguez (1955), en el cual se incluyeron varias entrevistas que le hiciera la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio (1922-2011) al autor de “Cuando ya no importe” y “Tan triste como ella”. En una de ellas, Onetti expresó que Gardel no llegaba a santo, pero sí llegaba a ser un artista, un hombre que sufría por su arte. Y narró lo que el monseñor del Arzobispado de Buenos Aires Gustavo Franceschi (1881-1957) había escrito en la revista “Máscaras” el día del entierro del cantante: “Gardel empleó toda su inteligencia, que jamás había sido cultivada, que era perseverante pero corrompida, para mejorar sus medios de expresión. No concebía cosa más alta que la que hizo. Nadie ha de recriminarle su escala de valores perennes; pero es insultar a la Argentina el presentarlo como símbolo acabado de su ideal artístico. Todo ello preparó la serie de espectáculos que tuvieron lugar con motivo de su sepelio, y que constituyeron una página bochornosa en la historia porteña. Eran de ver los alrededores del Luna Park, a las diez de la noche. Gandules de pañuelito al cuello dirigiendo piropos apestosos a las mujeres; féminas que se habían embadurnado la cara con harina y los labios con almagre; compadres de cintura quebrada y sonrisa ‘cachadora’; buenas madres, persuadidas de la grandeza del héroe, que llevaban (pude comprobarlo por fotografías) a sus hijos a besar el ataúd. Y según se me afirmó, diversas individuas llenas de compunción pretenden ocupar lugares especiales porque fueron ‘amigas’, ‘compañeras’ de él, a quien convierten de este modo en Tenorio de conventillo, en Pachá de arrabal. El amoralismo simbolizado por Gardel es anarquía en el sentido más estricto de la palabra. Téngase en cuenta que el desprecio al trabajo normal, al hogar honesto, a la vida pura, el himno a la mujer perdida, al juego, a la borrachera, a la pereza, a la puñalada, es destrucción del edificio social entero”. Después, ante la pregunta que le hiciera Gilio sobre si reconocía la influencia de Gardel en su obra, Onetti respondió: “Pero, sí, claro. El intento existe. Y ya lo dije por Faulkner: ‘Toda mi obra no es más que un largo e inexplicable plagio. Pero esa es otra de las formas del amor’. Gardel... Si vino a preguntarme por Gardel, no pregunte, lea. Está en ‘Juntacadáveres’, es el Pibe del que cuenta Junta”. Y cuando le preguntó por qué le gustaba tanto Gardel, le contestó: “Gardel fue lo más importante que ocurrió artísticamente en el Río de la Plata”.
Diez años después, en 2003, en el diario “Página/12” apareció un artículo en el cual se afirmaba que Zitarrosa “arrastraba su figura desgarbada a contramano de las urgencias de su época. Su peinado gardeliano enfatizaba el anacronismo, y entonces tenían que salir las canciones, afirmadas en esa voz grave y perentoria, para salvar el desfasaje temporal”. Y anunciaba el lanzamiento de tres discos compactos del músico uruguayo: “Guitarra negra”, “La ley es tela de araña” / “Melodía larga” (dos CD en uno) y “Zitarrosa en Argentina”. Sobre ellos se especificó que reflejaban las fluctuaciones estilísticas y retrataban distintas épocas del polifacético músico uruguayo, las que estuvieron influenciadas por la realidad política y social que le tocó vivir.
El 3 de febrero de 2008 el escritor, traductor y periodista argentino Elvio Gandolfo (1947) publicó en el suplemento “Radar” del diario “Página/12” un artículo titulado “Dice una voz popular”. Allí proclamó: “Gardel era francés, Zitarrosa es uruguayo, pintó una mano anónima en un muro frente al Cementerio Central, el 17 de enero de 1989, cuando una multitud acompañó los restos del cantor. La referencia no es caprichosa. Si Gardel expresó como nadie un modo de ser rioplatense, Zitarrosa fue el primero en ‘cantar en uruguayo’, en abrir un ancho cauce para la música popular de este país, diferente del ‘folklore’ argentino por entonces de moda. ‘Toda la música es milonga’, solía decir y nadie como él experimentó con ese ritmo y ese lenguaje musical”.
Por su parte, el escritor y periodista uruguayo Enrique Estrázulas (1942-2016) definió en su momento la personalidad de Zitarrosa diciendo que había estado “a medio camino entre el gaucho y el orillero, el estudiante rebelde, el puntero izquierdo y el pobre poeta del tímido cuaderno inédito”. En 1978 publicó un ensayo biográfico bajo el título “El cantor de la flor en la boca”, la cual fue reeditada y ampliada en 1990 con el título “Cantar en uruguayo”. Y otro tanto hizo en 2009 el escritor y periodista también uruguayo Guillermo Pellegrino (1968) cuando publicó “Alfredo Zitarrosa, la biografía”, libro en el que dijo que el sueño de Zitarrosa “era ser poeta, escritor. Pero todos sabemos las dificultades que por estos lares entrañan esas tareas, con las que se hace casi imposible vivir. Entiendo también que, con el canto y al crear sus propios textos (varios de buen nivel poético que se sostienen por sí solos, sin la apoyatura de la música), se metió en ese interesante mundo que es el de la conjunción de la poesía y la música que, contra lo que afirman muchos puristas, robusteció a ambas disciplinas, y por ejemplo sus textos, musicalizados, pudieron tomar contacto con un público masivo que, sólo con la poesía, le hubiese sido muy difícil”.
Quizás la mejor definición de su personalidad fue la que él mismo hizo en su milonga “Diez décimas de autocrítica”, en la cual, entre otros versos escribió: “Hoy siento que soy muy poco como cantor y poeta. Si nunca apliqué recetas a mis canciones tampoco, ni más cuerdo ni más loco que cualquier hombre prudente. Más de una vez fui inconsciente, al ver que se me aplaudía, de que en cada aplauso ardían las manos de mucha gente. Es riesgo del que realiza su vida en un escenario, sentir que es extraordinario el horizonte que divisa. Pero aquel que catequiza apoyado en las bordonas, si cantando no razona como cualquier proletario, deja de ser necesario cuando el pueblo lo abandona. Yo no canté para ustedes la canción que más quisiera, si por un milagro fuera capaz de inventarla ahora, sepan que, sin más demora que la de extender la mano, hablaría de mis hermanos, los muertos, los torturados, los presos, los explotados, de milico y de paisano. Hoy siento que soy muy poco como cantor y poeta. Si nunca apliqué recetas a mis canciones tampoco, ni más cuerdo ni más loco que cualquier hombre prudente, más de una vez fui inconsciente, al ver que se me aplaudía. Si algo soy, soy oriental y ese es mi mayor orgullo; más que flor quiero ser yuyo de mi tierra bien prendido. Del pueblo, sólo un latido, de su andar, sólo el murmullo”.
Como ya se dijo, Zitarrosa fue periodista en “Marcha”. Una de sus intervenciones más recordadas en ese medio fue la vez en que le tocó entrevistar a Juan Carlos Onetti (1909-1994), el afamado autor de “El pozo”, “La vida breve”, “El astillero”, “El infierno tan temido”, “Dejemos hablar al viento” y “Juntacadáveres”, entre tantos otros. Cuenta Zitarrosa, en la nota publicada en “Marcha” nº 1.260 del 25 de junio de 1965, que entrevistar a Onetti supuso una “menuda tarea”. “Escribir sobre tamaña cosa -dijo el autor de ‘Doña Soledad’-, ahora sí que estoy frito”. Le encomendaron que el reportaje versara sobre Carlos Gardel (1890-1935), el célebre cantor de tangos rioplatense. “¿Quién no le teme a Onetti? -continuó Zitarrosa-. ¿Quién le conversa de algo a este triste apasionado, aunque se trate de conversar sobre Gardel?”. Cuenta que cuando llegó a la casa del escritor estaba oscuro, por lo que encendió un fósforo y tocó el timbre de la primera portería preguntando si ahí vivía Onetti. Era en el sexto piso. “Cuando después de varios minutos se abrió la puerta, apareció un individuo alto, idéntico al retrato de Sábat, ése donde parece un pez martillo. Me miró como a un germen con leve fastidio y con curiosidad implícita”. “¿El señor Juan Carlos Onetti?”, le preguntó Zitarrosa. Tal vez para emplear una frase amenazadora, hizo una pausa y simplemente le contestó: “Onetti”. Para Zitarrosa, la mítica impermeabilidad del escritor, su “aspereza”, viéndolo a él y hablándole “parecen sólo unos signos y unos gestos más manejados a conciencia, una parte significativa de su lenguaje, que apenas alcanzan a encubrir el poco enigmático estrabismo, la ternura y la hombría dulce de este hombre con lentes que es Onetti”.
En 1993 la editorial Lumen publicó en Uruguay “Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti”, una biografía redactada por el escritor, editor y periodista argentino radicado en Montevideo Carlos María Domínguez (1955), en el cual se incluyeron varias entrevistas que le hiciera la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio (1922-2011) al autor de “Cuando ya no importe” y “Tan triste como ella”. En una de ellas, Onetti expresó que Gardel no llegaba a santo, pero sí llegaba a ser un artista, un hombre que sufría por su arte. Y narró lo que el monseñor del Arzobispado de Buenos Aires Gustavo Franceschi (1881-1957) había escrito en la revista “Máscaras” el día del entierro del cantante: “Gardel empleó toda su inteligencia, que jamás había sido cultivada, que era perseverante pero corrompida, para mejorar sus medios de expresión. No concebía cosa más alta que la que hizo. Nadie ha de recriminarle su escala de valores perennes; pero es insultar a la Argentina el presentarlo como símbolo acabado de su ideal artístico. Todo ello preparó la serie de espectáculos que tuvieron lugar con motivo de su sepelio, y que constituyeron una página bochornosa en la historia porteña. Eran de ver los alrededores del Luna Park, a las diez de la noche. Gandules de pañuelito al cuello dirigiendo piropos apestosos a las mujeres; féminas que se habían embadurnado la cara con harina y los labios con almagre; compadres de cintura quebrada y sonrisa ‘cachadora’; buenas madres, persuadidas de la grandeza del héroe, que llevaban (pude comprobarlo por fotografías) a sus hijos a besar el ataúd. Y según se me afirmó, diversas individuas llenas de compunción pretenden ocupar lugares especiales porque fueron ‘amigas’, ‘compañeras’ de él, a quien convierten de este modo en Tenorio de conventillo, en Pachá de arrabal. El amoralismo simbolizado por Gardel es anarquía en el sentido más estricto de la palabra. Téngase en cuenta que el desprecio al trabajo normal, al hogar honesto, a la vida pura, el himno a la mujer perdida, al juego, a la borrachera, a la pereza, a la puñalada, es destrucción del edificio social entero”. Después, ante la pregunta que le hiciera Gilio sobre si reconocía la influencia de Gardel en su obra, Onetti respondió: “Pero, sí, claro. El intento existe. Y ya lo dije por Faulkner: ‘Toda mi obra no es más que un largo e inexplicable plagio. Pero esa es otra de las formas del amor’. Gardel... Si vino a preguntarme por Gardel, no pregunte, lea. Está en ‘Juntacadáveres’, es el Pibe del que cuenta Junta”. Y cuando le preguntó por qué le gustaba tanto Gardel, le contestó: “Gardel fue lo más importante que ocurrió artísticamente en el Río de la Plata”.
Diez años después, en 2003, en el diario “Página/12” apareció un artículo en el cual se afirmaba que Zitarrosa “arrastraba su figura desgarbada a contramano de las urgencias de su época. Su peinado gardeliano enfatizaba el anacronismo, y entonces tenían que salir las canciones, afirmadas en esa voz grave y perentoria, para salvar el desfasaje temporal”. Y anunciaba el lanzamiento de tres discos compactos del músico uruguayo: “Guitarra negra”, “La ley es tela de araña” / “Melodía larga” (dos CD en uno) y “Zitarrosa en Argentina”. Sobre ellos se especificó que reflejaban las fluctuaciones estilísticas y retrataban distintas épocas del polifacético músico uruguayo, las que estuvieron influenciadas por la realidad política y social que le tocó vivir.
El 3 de febrero de 2008 el escritor, traductor y periodista argentino Elvio Gandolfo (1947) publicó en el suplemento “Radar” del diario “Página/12” un artículo titulado “Dice una voz popular”. Allí proclamó: “Gardel era francés, Zitarrosa es uruguayo, pintó una mano anónima en un muro frente al Cementerio Central, el 17 de enero de 1989, cuando una multitud acompañó los restos del cantor. La referencia no es caprichosa. Si Gardel expresó como nadie un modo de ser rioplatense, Zitarrosa fue el primero en ‘cantar en uruguayo’, en abrir un ancho cauce para la música popular de este país, diferente del ‘folklore’ argentino por entonces de moda. ‘Toda la música es milonga’, solía decir y nadie como él experimentó con ese ritmo y ese lenguaje musical”.
Por su parte, el escritor y periodista uruguayo Enrique Estrázulas (1942-2016) definió en su momento la personalidad de Zitarrosa diciendo que había estado “a medio camino entre el gaucho y el orillero, el estudiante rebelde, el puntero izquierdo y el pobre poeta del tímido cuaderno inédito”. En 1978 publicó un ensayo biográfico bajo el título “El cantor de la flor en la boca”, la cual fue reeditada y ampliada en 1990 con el título “Cantar en uruguayo”. Y otro tanto hizo en 2009 el escritor y periodista también uruguayo Guillermo Pellegrino (1968) cuando publicó “Alfredo Zitarrosa, la biografía”, libro en el que dijo que el sueño de Zitarrosa “era ser poeta, escritor. Pero todos sabemos las dificultades que por estos lares entrañan esas tareas, con las que se hace casi imposible vivir. Entiendo también que, con el canto y al crear sus propios textos (varios de buen nivel poético que se sostienen por sí solos, sin la apoyatura de la música), se metió en ese interesante mundo que es el de la conjunción de la poesía y la música que, contra lo que afirman muchos puristas, robusteció a ambas disciplinas, y por ejemplo sus textos, musicalizados, pudieron tomar contacto con un público masivo que, sólo con la poesía, le hubiese sido muy difícil”.
Quizás la mejor definición de su personalidad fue la que él mismo hizo en su milonga “Diez décimas de autocrítica”, en la cual, entre otros versos escribió: “Hoy siento que soy muy poco como cantor y poeta. Si nunca apliqué recetas a mis canciones tampoco, ni más cuerdo ni más loco que cualquier hombre prudente. Más de una vez fui inconsciente, al ver que se me aplaudía, de que en cada aplauso ardían las manos de mucha gente. Es riesgo del que realiza su vida en un escenario, sentir que es extraordinario el horizonte que divisa. Pero aquel que catequiza apoyado en las bordonas, si cantando no razona como cualquier proletario, deja de ser necesario cuando el pueblo lo abandona. Yo no canté para ustedes la canción que más quisiera, si por un milagro fuera capaz de inventarla ahora, sepan que, sin más demora que la de extender la mano, hablaría de mis hermanos, los muertos, los torturados, los presos, los explotados, de milico y de paisano. Hoy siento que soy muy poco como cantor y poeta. Si nunca apliqué recetas a mis canciones tampoco, ni más cuerdo ni más loco que cualquier hombre prudente, más de una vez fui inconsciente, al ver que se me aplaudía. Si algo soy, soy oriental y ese es mi mayor orgullo; más que flor quiero ser yuyo de mi tierra bien prendido. Del pueblo, sólo un latido, de su andar, sólo el murmullo”.
Como ya se dijo, Zitarrosa fue periodista en “Marcha”. Una de sus intervenciones más recordadas en ese medio fue la vez en que le tocó entrevistar a Juan Carlos Onetti (1909-1994), el afamado autor de “El pozo”, “La vida breve”, “El astillero”, “El infierno tan temido”, “Dejemos hablar al viento” y “Juntacadáveres”, entre tantos otros. Cuenta Zitarrosa, en la nota publicada en “Marcha” nº 1.260 del 25 de junio de 1965, que entrevistar a Onetti supuso una “menuda tarea”. “Escribir sobre tamaña cosa -dijo el autor de ‘Doña Soledad’-, ahora sí que estoy frito”. Le encomendaron que el reportaje versara sobre Carlos Gardel (1890-1935), el célebre cantor de tangos rioplatense. “¿Quién no le teme a Onetti? -continuó Zitarrosa-. ¿Quién le conversa de algo a este triste apasionado, aunque se trate de conversar sobre Gardel?”. Cuenta que cuando llegó a la casa del escritor estaba oscuro, por lo que encendió un fósforo y tocó el timbre de la primera portería preguntando si ahí vivía Onetti. Era en el sexto piso. “Cuando después de varios minutos se abrió la puerta, apareció un individuo alto, idéntico al retrato de Sábat, ése donde parece un pez martillo. Me miró como a un germen con leve fastidio y con curiosidad implícita”. “¿El señor Juan Carlos Onetti?”, le preguntó Zitarrosa. Tal vez para emplear una frase amenazadora, hizo una pausa y simplemente le contestó: “Onetti”. Para Zitarrosa, la mítica impermeabilidad del escritor, su “aspereza”, viéndolo a él y hablándole “parecen sólo unos signos y unos gestos más manejados a conciencia, una parte significativa de su lenguaje, que apenas alcanzan a encubrir el poco enigmático estrabismo, la ternura y la hombría dulce de este hombre con lentes que es Onetti”.
A.Z.: Vengo a molestarlo para hacerle unas preguntas sobre Gardel.
