Bertrand Russell nació en
Trelleck, Gales. Huérfano a los tres años, fue educado por sus abuelos y por
tutores en un ambiente victoriano. Cursó estudios en el Trinity College de
Cambridge, graduándose en 1894. Especializado en cuestiones de Lógica y
Matemáticas, materias sobre las que brindó conferencias en muchas instituciones
de todo el mundo, Russell alcanzó el éxito en 1902 con su primera gran obra,
“The principles of Mathematics” (Principios de Matemáticas), en la que intentó
trasladar las matemáticas al área de la filosofía lógica y dotarlas de un marco
científico preciso. Luego trabajó durante ocho años con el filósofo y
matemático británico Alfred North Whitehead (1861-1947) con el fin de elaborar
la monumental obra “Principia mathematica” (Principios matemáticos). Su
siguiente gran obra fue “The problems of Philosophy” (Los problemas de la
Filosofía) de 1912, en la que recurrió a las matemáticas, la sociología, la
psicología y la física para refutar las doctrinas del idealismo, la escuela
filosófica dominante en ese tiempo, que mantenía que todos los objetos y
experiencias eran fruto del intelecto. Durante la Primera Guerra Mundial fue
encarcelado por sus duros ataques contra el belicismo, una actitud pacifista
que mantuvo, salvo algunas excepciones, durante toda su vida. Durante su permanencia
en prisión escribió “Introduction to mathematical philosophy” (Introducción a
la filosofía matemática), en la que combinó las dos áreas del saber que
consideraba inseparables. Cuando finalizó la guerra visitó la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas, y en su libro “The practice and theory of
bolshevism” (Práctica y teoría del bolchevismo) mostró su desacuerdo con la
forma en que allí se llevaba a cabo el socialismo. Entre 1921 y 1922 trabajó
como profesor en la Universidad de Pekín, China, y, de regreso en su país,
publicó algunos libros que cimentaron su celebridad -“Analysis of mind”
(Análisis de la mente), “Analysis of matter” (Análisis de la materia) y “Why I
am not a Christian” (Por qué no soy cristiano)- y dirigió la Beacon Hill
School, una progresista escuela privada donde se aplicaban innovadores métodos
de enseñanza para niños. Entre 1938 y 1944 impartió clases en varias
instituciones de los Estados Unidos. Allí escribió “History of western
philosophy” (Historia de la filosofía occidental). En 1940 la Corte Suprema de
Nueva York le prohibió dar clases en el City College de esa ciudad por
considerar que sus ensayos “What I believe” (Lo que creo) y “Marriage and
morals” (Matrimonio y moral) contenían ataques a la religión y defendían la libertad
sexual. En 1944 volvió a Inglaterra para dar clases el Trinity College.

A continuación se
reproduce la segunda parte del debate radiofónico que mantuvo con el sacerdote
jesuita Frederick Copleston al que, desde su condición de agnóstico, le endilga
que sus argumentos no están lo suficientemente bien construidos como para
demostrar racionalmente la existencia de Dios.
F.C.: ¿Pero me va a decir que
no podemos o que no deberíamos siquiera plantear la cuestión de la existencia
de esta lamentable serie de cosas... de todo el universo?
B.R.: Sí. No creo que tenga
ningún sentido. Creo que la palabra “universo” es una palabra útil con relación
a algo, pero no creo que represente algo que tenga un significado.
F.C.: Si la palabra carece de
significado, no puede ser tan útil. De todas maneras, no digo que el universo
sea algo distinto de los objetos que lo componen (ya lo indiqué en mi breve
resumen de la prueba); lo que hago es buscar la razón, en este caso la causa,
de los objetos, cuya totalidad real o imaginada constituye lo que llamamos
universo. ¿Usted dice yo creo que el universo -o mi existencia si lo prefiere,
o cualquier otra existencia- es ininteligible?
B.R.: Primero voy a rebatir el
punto de que si una palabra carece de sentido no puede ser útil. Eso suena
bien, pero no es verdad. Tomemos, por ejemplo, la palabra “el” o “que”. Usted
no puede indicarme ningún objeto con esos significados, pero son muy útiles; yo
diría lo mismo de “universo”. Pero dejando eso aparte, usted pregunta si creo
que el universo es ininteligible. Yo no diría ininteligible; creo que no tiene
explicación. Inteligible para mí es una cosa diferente. Se refiere a la cosa en
sí, intrínsecamente, y no a sus relaciones.
F.C.: Bien, mi criterio es que
lo que denominamos mundo es intrínsecamente ininteligible, aparte de la
existencia de Dios. Verá, yo no creo que el carácter infinito de una serie de
acontecimientos -me refiero a una serie horizontal, por así decirlo-, si ese
carácter infinito pudiera ser probado, tenga alguna relevancia. Si usted suma
chocolates, obtendrá chocolates y no una oveja. Si suma chocolates hasta el
infinito, es presumible que obtendrá un número infinito de chocolates. Así, si
suma seres contingentes hasta el infinito, seguirá obteniendo seres contingentes,
no un ser necesario. Una serie infinita de seres contingentes será, de acuerdo
con mi modo de pensar, igualmente incapaz de ser su causa, como un solo ser
contingente. Sin embargo, usted dice, según creo, que no se puede plantear la
cuestión de lo que explicaría la existencia de cualquier objeto particular, ¿no
es así?
B.R.: Sí, si entiende que
explicarla es simplemente hallar su causa.
F.C.: Bien, ¿por qué detenernos
en un objeto particular? ¿Por qué no presentar la cuestión de la causa de la
existencia de todos los objetos particulares?
B.R.: Porque no encuentro la
razón para pensar que la hay. Todo concepto de causa está derivado de nuestra
observación de cosas particulares; no encuentro ninguna razón para suponer que
el total tenga una causa, cualquiera que sea.
F.C.: Bien, el decir que no hay
causa no es lo mismo que decir que no debemos buscar una causa. La afirmación
de que no hay causa debería venir, si viene, al final de la indagación, no al
principio. En cualquier caso, si el total carece de causa, entonces, a mi
manera de ver, tiene que ser su propia causa, lo que me parece imposible.
Además, la afirmación de que el mundo existe, aunque sólo sea como respuesta a
una pregunta, presupone que la pregunta tiene sentido.
B.R.: No, no necesita ser su
propia causa; lo que digo es que el concepto de causa no es aplicable al total.
F.C.: Entonces, ¿está de
acuerdo con Sartre en que el universo es lo que él llama “gratuito”?
B.R.: Bien, la palabra
“gratuito” sugiere que podría haber algo más; yo digo que el universo
simplemente existe, eso es todo.
F.C.: Bien, no comprendo cómo
suprime la legitimidad de preguntar cómo el total, o cualquiera de las partes,
han adquirido existencia. ¿Por qué algo, mejor que nada? El hecho de que
sostengamos nuestra noción de casualidad empíricamente de causas particulares
no excluye la posibilidad de preguntar cuál es la causa de la serie. Si la
palabra “causa” careciera de sentido, o si pudiera demostrarse que el criterio
de Kant sobre la materia era el verdadero, la pregunta sería ilegítima; pero
usted no parece sostener que la palabra “causa” carezca de sentido, ni creo que
sea kantiano.
B.R.: Puedo ilustrar lo que me
parece su falacia por excelencia. Todo hombre existente tiene una madre y me
parece que su argumento es que, por lo tanto, la raza humana tiene una madre,
pero evidentemente la raza humana no tiene una madre: ésa es una esfera lógica
diferente.
F.C.: Bien, realmente no veo
ninguna similitud. Si dijera “todo objeto tiene una causa fenoménica; por lo
tanto, toda la serie tiene una causa fenoménica”, habría una similitud; pero no
digo eso; digo: todo objeto tiene una causa fenoménica si insiste en la
infinidad de la serie, pero la serie de causas fenoménicas es una explicación
insuficiente de la serie. Por lo tanto, la serie tiene, no una causa
fenoménica, sino una causa trascendente.
B.R.: Eso, presuponiendo
siempre que no sólo cada cosa particular del mundo sino el mundo globalmente
tiene que tener una causa. No encuentro la razón para esa suposición. Si usted
me la da, le escucharé.
F.C.: Bien, la serie de
acontecimientos tiene causa o no tiene causa. Si la tiene, debe haber,
evidentemente, una causa fuera de la serie. Si no tiene causa, entonces es
suficiente por sí misma, y si lo es, es lo que yo llamo necesaria. Pero no
puede ser necesaria ya que cada miembro es contingente, y hemos convenido en
que el total no tiene realidad aparte de sus miembros, y por lo tanto no puede
ser necesario. Por lo tanto, no puede carecer de causa, y tiene que tener una
causa. Y me gustaría anotar, de pasada, que la afirmación “el mundo existe
sencillamente y es inexplicable” no puede ser producto del análisis lógico.
B.R.: No quiero parecer
arrogante, pero me parece que puedo concebir cosas que usted dice que la mente
humana no puede concebir. En cuanto a que las cosas no tengan causa, los
físicos nos aseguran que la transición del cuántum individual de los átomos
carece de causa.
F.C.: Bien, yo me pregunto si
eso no es simplemente una inferencia transitoria.
B.R.: Puede ser, pero demuestra
que las mentes de los físicos pueden concebirlo.
F.C.: Sí, convengo en que
algunos científicos -los físicos- están dispuestos a permitir la
indeterminación dentro de un campo restringido. Pero hay muchos científicos que
no están tan dispuestos. Creo que el profesor Dingle, de la Universidad de
Londres, sostiene que el principio de la incertidumbre de Heisenberg nos dice
algo sobre el éxito (o la falta de él) de la presente teoría atómica basada en
observaciones correlativas, pero no sobre la naturaleza en sí, y muchos físicos
comparten este criterio. Sea como sea, no comprendo cómo los físicos pueden no
aceptar la teoría en la práctica, aunque no la acepten en teoría. No comprendo
cómo puede hacerse ciencia, si no es basándose en la suposición del orden y la
inteligibilidad de la naturaleza. El físico presupone, al menos tácitamente,
que tiene cierto sentido investigar la naturaleza y buscar las causas de los
acontecimientos, como el detective presupone que tiene un sentido el buscar la
causa de un asesinato. El metafísico supone que tiene sentido buscar la razón o
la causa de los fenómenos y, como no soy kantiano, considero que el metafísico
está tan justificado en su suposición como el físico. Cuando Sartre, por
ejemplo, dice que el mundo es gratuito, creo que no ha considerado
suficientemente lo que implica “gratuito”.
B.R.: Creo... me parece que de
eso no podemos hablar por extensión. Un físico busca causas; eso no significa
necesariamente que haya causas por todas partes. Un hombre puede buscar oro sin
suponer que haya oro en todas partes; si encuentra oro, enhorabuena; si no lo
encuentra mala suerte. Lo mismo ocurre cuando los físicos buscan causas. En
cuanto a Sartre, no sé exactamente lo que quiere decir, y no querría que
pensasen que lo interpreto, pero, por mi parte, creo que la noción de que el
mundo tiene una explicación es un error. No veo por qué uno debe esperar que la
tenga, y creo que lo que dice sobre la justificación de la suposición del
científico es una afirmación excesiva.
F.C.: Bien, me parece que el
científico hace ciertas suposiciones. Cuando experimenta para averiguar alguna
verdad particular, detrás del experimento se esconde la suposición de que el
universo no es simplemente discontinuo. Existe la posibilidad de averiguar una
verdad mediante el experimento. El experimento puede ser malo, puede no tener
resultado, o no el resultado deseado, pero de todas maneras existe la
posibilidad de hallar la verdad que supone mediante el experimento. Y esto me
parece que presupone un universo ordenado e inteligible.
B.R.: Creo que está
generalizando más de lo necesario. Sin duda el científico supone que
probablemente la hallará y con frecuencia es así. No da por supuesto que la
hallará seguro y ése es un asunto muy importante en la física moderna.
F.C.: Bien, creo que lo da por
supuesto, o está obligado a darlo tácitamente, en la práctica. Puede ocurrir,
citando al profesor Haldane que “cuando encienda un gas bajo la marmita, parte
de las moléculas de agua se evaporarán, y no habrá modo de averiguar cuáles
serán”, pero no hay que pensar necesariamente que la idea de la casualidad
tenga que ser introducida excepto en relación con nuestros propios
conocimientos.
B.R.: No, no es así, al menos
si puedo creer en lo que él mismo dice. Descubre muchas cosas el científico;
descubre muchas cosas que están sucediendo en el mundo, que son, al principio,
comienzos de cadenas causales, primeras causas que no tienen causa en sí
mismas. No supone que todo tiene una causa.
F.C.: Seguramente hay una
primera causa dentro de un cierto campo elegido. Es una primera causa relativa.
B.R.: No creo que diga eso. Si
existe un mundo en el cual la mayoría de los acontecimientos, pero no todos,
tienen causas, el científico podrá describir las probabilidades e
incertidumbres suponiendo que este acontecimiento particular en que uno está
interesado, probablemente tiene una causa. Y como, en cualquier caso, no se
tiene más que la probabilidad, con eso basta.
F.C.: Puede ocurrir que el científico
no espere obtener más que la probabilidad, pero, al plantear la cuestión,
supone que la cuestión de la explicación tiene un significado. Pero su criterio
general es, entonces, Lord Russell, que no es siquiera legítimo plantear la
cuestión de la causa del mundo, ¿no es así?
B.R.: Sí, ésa es mi postura.
F.C.: Si esa cuestión carece
para usted de significado, es, claro está, muy difícil discutirla, ¿no es
cierto?
B.R.: Sí, es muy difícil. ¿Qué
le parece si pasamos a otros problemas?
F.C.: Muy bien. Voy a decir
unas palabras sobre la experiencia religiosa, y luego pasaremos a la
experiencia moral. Yo no considero la experiencia religiosa como una prueba
estricta de la existencia de Dios, por lo que el carácter de la discusión
cambia un poco, pero creo que puede decirse que su mejor aplicación es la
existencia de Dios. Por experiencia religiosa no entiendo simplemente sentirse
a gusto. Entiendo una apasionada, aunque oscura, conciencia de un objeto que
irresistiblemente parece al sujeto de la experiencia algo que le trasciende,
algo que trasciende todos los objetos normales de experiencia, algo que no
puede ser imaginado, ni conceptualizado, pero cuya realidad es indudable, al
menos durante la experiencia. Yo afirmaría que no puede explicarse adecuadamente
y sin dejarse cosas en el tintero; sólo subjetivamente. La experiencia básica
real, de todos modos, se explica fácilmente mediante la hipótesis de que existe
realmente alguna causa objetiva de esa experiencia.
B.R.: Yo respondería a esa
argumentación que todo el argumento que se derive de nuestros estados de
conciencia con respecto a algo fuera de nosotros es un asunto muy peligroso.
Aun cuando todos admitimos su validez, sólo nos sentimos justificados al
hacerlo, me parece a mí, en virtud del consenso de la humanidad. Si hay una
multitud en una habitación y en la habitación hay un reloj, todos pueden ver el
reloj. El hecho de que todos puedan verlo tiende a hacerles pensar que no se
trata de una alucinación: mientras que esas experiencias religiosas tienden a
ser muy particulares.
F.C.: Sí, así es. Hablo
estrictamente de la experiencia mística pura, y ciertamente no incluyo lo que
se llaman visiones. Me refiero sencillamente a la experiencia, y admito
plenamente que es inefable, del objeto trascendente o de lo que parece ser un
objeto trascendente. Recuerdo que Julian Huxley dijo en una conferencia que la
experiencia religiosa, o la experiencia mística, es una experiencia tan real
como el enamorarse o el apreciar la poesía y el arte. Bien, yo creo que cuando
apreciamos la poesía y el arte apreciamos poemas concretos o una obra de arte
en concreto. Si nos enamoramos, nos enamoramos de alguien, no de nadie.