En lo referido a la
religión, Jitrik, en un artículo titulado “Vida, muerte y resurrección del
signo”, escribió que “desde el fondo del tiempo y en lo más profundo y extenso
del espacio, eso que llamamos Dios es una ausencia y su lugar está ocupado por
inquisición, dictadura, desaparición, exterminio, nuevos dioses que se
disfrazan de aquél”. “Una conclusión que se podría sacar -agregó- es el poder
del libro, porque al hablar de estos mitos también hablamos de la Biblia. Uno
lo toma como un conjunto de leyendas, pero eso formó religiones que atravesaron
miles de años. Ese libro, que es un conjunto de fantasías, es de una radiación
impresionante”. Pero hizo un distingo entre religiosidad y religión: “Religión
comporta una organización determinada. La gente se guía por las instituciones
religiosas. La religiosidad es una relación que uno puede tener con el misterio
de alguna manera. Digamos, la ciencia resuelve misterios objetivos, pero no
resuelve problemas subjetivos, necesariamente. El psicoanálisis ha intentado
reconocer todos esos misterios, todo lo no resuelto en el individuo, y ha
tratado de darle una solución racional por otro lado. Es decir, ha tratado de
ligar ambos campos sin los cuales, esa religiosidad y la posibilidad de un
pensamiento, la cultura no podría proseguir”. Algo con lo que coincidió
Saramago en esta sexta y penúltima parte de la conversación con el crítico
literario argentino: “La relación con Dios se da en términos de culpa. Es cosa
de neuróticos. Pero gracias a Freud y al psicoanálisis, todo esto se está
resolviendo”.
En síntesis, a lo largo de
las conversaciones, Saramago y Jitrik fueron expresando cada una de las ideas
que los indujeron a escribir de tal o cual manera, el papel que tenía esa
intuición literaria que buscaba evadir de antemano toda polémica o transgresión
de normas explícitas o tácitas. Para concluir, se reproduce la séptima y última
parte de la larga conversación que mantuvieron José Saramago y Noé Jitrik.
J.S.: Las alegrías normalmente
vienen en cosas muy sencillas. Lo que me ha pasado a mí, por las circunstancias
mismas del momento y el lugar donde yo tuve conocimiento de que había ganado el
premio... la verdad es que yo no he sentido ninguna alegría. Las alegrías
normalmente, por lo menos para mí, vienen siempre en cosas muy sencillas. Y si
te digo cómo todo ocurrió, vas a entender que el momento no ha sido de alegría.
Ha sido de otra cosa que yo no podré definir. Yo estaba embarcando en el avión
de Lufthansa que me llevaría a Madrid, en el día 8 de octubre. Estaba embarcando
en la hora precisa: el avión salía a las 12.55. Claro, no, todos los aviones
salen con retraso ahora. Y a las 13.00 hs., puntualmente, el Secretario de la
Academia Sueca anuncia el premio. Eran las 13.05. Estaban llamando y la fila ya
se estaba formando para entrar en al avión. Pensé: “Yo no voy a entrar en el
avión sin saber qué es lo que ha pasado”. Llamé a la Feria de Frankfurt, donde
estaba mi editor portugués. Cuando estaba llamando, me llaman dentro de la sala
de embarco: “el señor Fulano”. Yo tenía un teléfono para hablar con el editor y
estaba una azafata de Lufthansa con otro teléfono preguntando: “¿Es usted
Fulano?”. Y yo, “sí, sí, lo soy”. “Es que usted ha ganado el Premio Nobel”. En
este momento hablo con el editor y me lo confirma. Tuve que volver a la Feria
porque mi editor dice: “No, tú tienes que volver porque aquí todo el mundo está
loco y tú no puedes ahora ir en avión para casa”. Y para salir de allí, yo
tenía que andar por un pasillo de cuarenta o cincuenta metros donde no había nadie.
Yo, en ese momento, mientras iba por el pasillo -con una maletita, porque sólo
había estado en Frankfurt un día, y con la gabardina en el otro brazo-, me he
sentido la persona más sola, la soledad total, absoluta. En esos cinco o seis
minutos para llegar a la puerta, para salir afuera, yo me he sentido la persona
más sola del mundo. No tenía a nadie conmigo. Y recuerdo haber pensado: “Es una
gran cosa, pero bueno, las cosas grandes son pequeñas cosas, son siempre
pequeñas cosas”. Entonces, alegría, ninguna: soledad, soledad total.
N.J.: Hay otras cosas que
siento que tengo que decir. Las primeras cosas tuyas que leí las leí en
castellano, en traducción. Me habías anunciado que estabas escribiendo algo, un
problema, “la ceguera”, sin darme mayores precisiones. De pronto me mandaste el
libro en portugués. Hacía años que no leía en portugués. Yo sentí que estaba
empezando a leer de nuevo porque había pasado por un período de sequedad, de
tedio de la lectura. Uno no lee todo el tiempo y siempre está receptivo. Hay
períodos en que uno no puede leer. Empecé la lectura en portugués, con muchos
huecos, con muchas fallas, sin querer consultar el diccionario porque no iba a
aprovechar eso para aprender el idioma. Quería entrar en una determinada
atmósfera. Esa atmósfera fue verdaderamente envolvente. Fue una cosa mágica,
extraordinaria. Pensando en eso es que digo cuál es la diferencia. En esto que
estás diciendo, improvisando, yo le encuentro el mismo ritmo, la misma tensión,
algo poco frecuente que a uno lo toma. Hay experiencias de lectura que yo ahora
recupero en la experiencia del relato oral. No sé si eso me lo daría, por más
que defienda la pobreza, un economista progresista. No, él me va a informar de
cosas. Me parece que hay algo diferente, algo particular. Quizás no sea el todo
de la vida, pero es algo que no es para dejar de lado de ninguna manera. Esto
nos lleva a otra cosa más comprometida todavía. Dijiste, también en televisión,
algo en relación con el comunismo. Creo que sería la ocasión para que explicaras
un poco qué es eso hoy para ti.
J.S.: Si no te importa, yo
vuelvo un poquito atrás, al 9 de octubre de 1998. O quizás al día mismo en que
se anunció el premio, el 8. Como siempre ocurre, los periodistas buscan
opinión. Una de las personas a quien han pedido opinión sobre el hecho de que
al señor Fulano le dieran el Premio Nobel ha sido el Presidente de la República
de Portugal. Es un socialista, un hombre inteligente, honesto, serio. Lo estimo
y admiro muchísimo desde hace muchísimos años. Cuando le preguntaron qué le
parecía, el Presidente contestó más o menos con estas palabras: “No obstante
las diferencias políticas e ideológicas entre nosotros, ninguna duda hay de que
José Saramago etcétera, etcétera, etcétera”. Curiosamente, si alguien me preguntara
qué pienso del Presidente de la República de Portugal, yo no diría: “A pesar de
las diferencias políticas e ideológicas que nos separan, es un hombre serio y
lo admiro muchísimo”. ¿Sólo para nosotros, los que siguen teniendo la valentía
o la estupidez de seguir diciendo lo que eran antes, se notan las diferencias?
¿Es necesario acautelarse un poco a la hora de alabar, poniendo un pero? Esto
parece no tener nada que ver con la pregunta, pero sí tiene. Así es la mirada
de la sociedad, y ahora muchísimo más con la desideologización sistemática, o
con la sustitución de una ideología por otra. Todo el mundo sabe que el mercado
es una ideología. Parece un poco extraño que alguien siga diciendo lo que es.
Pero ya se acepta perfectamente que alguien diga que es un católico sin que le
echen en cara los miles de torturados y muertos en la hoguera. Miles y miles y
millones de personas renunciaron a la vida para entrar en el monasterio y se
quedaron. Ahora el Papa viene a decir que no hay un lugar físico para el Cielo
ni para el Infierno. Entonces, ¿dónde están los santos ahora, por favor? ¿Dónde
está la Virgen, por favor? Claro que el Papa tiene razón, pero debería haberlo
dicho antes. Habría ahorrado millones de víctimas. En nombre de la religión,
cuántas conversiones. Todo eso no tiene nada que ver con ese señor crucificado.
Los judíos, los negros, los indios y otros tuvieron que adoptar una religión
que no era la suya para no perder la vida. La idea de Dios, todos lo sabemos,
está en nuestra cabeza, no afuera de ella. Por lo tanto, el Cielo, que es lo
que el Papa ahora dice, es estar bien con Dios y el Infierno es estar mal con
Dios. Sencillo: dos y dos son cuatro, ya lo eran antes y ahora lo son
definitivamente. ¿Qué tiene que ver con el comunismo? Pues todo. Yo quiero
poder seguir diciendo que soy comunista a pesar del Gulag, a pesar de las
depuraciones y a pesar de las colectivizaciones forzadas. Tengo el mismo
derecho que un católico, que a pesar de la Inquisición puede seguir diciendo
que es un católico. Y más. Este mundo sirve. Es cierto que el socialismo real o
el comunismo, en un momento terminal, asume un discurso completamente imbécil
para decir “hoy empezó la era del comunismo”, cuando la Unión Soviética se
estaba derrumbando sola. Lo que yo tengo claro, comunista que soy, es que, en
primer lugar, no se puede hacer la felicidad de los otros sin la participación
de ellos. Yo puedo, si fuera un político, proponer ideas, soluciones,
hipótesis. Quiero hablar sobre eso, a ver si podemos llevarlo a alguna parte que
valga la pena. No decir: “yo soy el partido, tengo la razón, soy la conciencia,
usted no se preocupe, será feliz dentro de cincuenta años o diez días, de eso
yo me encargo”. No, eso no. Yo no quiero hablar de felicidad porque es un
concepto muy difuso, pero al menos de algo que sea digno para vivir. Hay que
llegar a eso por la conciencia, por la razón, y no por decir: “aquí estoy yo,
mando y usted cumpla”. No, eso no. Hay muchísimos motivos para explicar por qué
la Unión Soviética se derrumbó. Yo puedo añadir algunos de mi propio análisis.
No necesito la lista de las causas hecha por los enemigos del socialismo. Yo
hago mi propia lista para decir dónde están los errores, dónde los crímenes,
dónde las equivocaciones. Se acabó, pero nada se acaba en el mundo. Yo tengo
una filosofía de vida que es absolutamente recomendable: hay algo en que las
victorias se parecen a las derrotas y es que ni unas ni otras son definitivas.
Que no crean los que están ganando que han ganado y que eso es para siempre. Al
contrario de lo que ha dicho el señor Fukuyama, la historia no se acabó. Las
derrotas no son definitivas. Ya volveremos. Pero, ojo, no vale la pena volver
si es para hacer lo mismo.
N.J.: Esta manera de pensar
tiene traducción en los propios libros. Me gustaría que hablaras de algo que
dijiste al pasar, “ese señor crucificado”, o sea “El Evangelio según
Jesucristo”. Es un libro muy particular que tiene que ver con todo esto.
J.S.: Me gustaría repetir aquí
la historia de “El Evangelio…”. Teniendo en cuenta las circunstancias en que la
idea se me ocurrió, si yo fuera más inclinado a creer en manifestaciones de lo
sobrenatural, diría que Dios había querido este libro. Yo estaba en Sevilla.
Cruzaba la calle en dirección a un kiosco de periódicos, mirando a un lado y a
otro por los coches. En la cantidad enorme de periódicos y revistas que estaban
allí, en esa confusión de titulares, yo he leído en portugués “O Evangelho
segundo Jesus Cristo”. No es una historia interesante, pero es la total verdad
de lo que ocurrió. Terminé de cruzar la calle, di unos cuantos pasos y volví
atrás para mirar. Por supuesto, ya no estaba ni “Evangelho” ni “Cristo” ni
nada. Normalmente, mis novelas nacen todas ellas en circunstancias un poco así:
en general es el título. Yo tengo pena de mis colegas que van escribiendo y, al
final, sufren mucho más para poner un título que para todo lo anterior. Lo
primero que yo pongo en el primer folio es el título. En el fondo, se me ocurre
sólo eso y después tengo que inventar la novela. No hay que dejarse engañar:
“El Evangelio según Jesucristo” no es según Jesucristo. Pero hay un antecedente
ya que los tres mosqueteros eran cuatro. Cuando comencé la novela tenía cierta
confusión. No sabía bien para qué me preocupaba en escribir un libro sobre
Jesucristo. Leyendo y volviendo a leer el “Evangelio según San Mateo”, me
encuentro con algo que, pasado todo este tiempo, sigo sin entender. Ahora ya lo
entiendo un poquito mejor porque me parece mucho más absurdo que antes. Es “La
matanza de los inocentes”. Aunque se trataba de un texto, sentí algo parecido a
lo que a veces ocurre con la pintura. La mirada superficializa la pintura y la
iluminación soluciona ese aplastamiento de la mirada. Hablo de pintura al óleo;
con los acrílicos ya no es así, es todo igual, todo liso. Pero la espesitud y
transparencia de la pintura al óleo provocan un relieve. En mi caso, ha sido
como si una luz rasante me iluminara la matanza de los inocentes ¿Por qué José
no avisa a los vecinos de lo que los soldados de Herodes iban a hacer? José
tiene un sueño con un ángel del Señor, que seguramente no ha venido del Cielo
porque el Cielo no existe. El ángel le dice: “Lleva al niño y a su madre porque
Herodes quiere matar al niño”. José lleva a la Virgen y al niño para que nada
les ocurra. Él no pensó que, si los soldados no sabían quién era el Rey de
Israel, iban a matar a todos los niños. Podría haberlo pensado, pero no lo
hizo. Claro, es una leyenda. Lo más seguro es que nada de esto haya ocurrido.
Pero está escrito y ha sido leído y ha entrado en la concepción del mundo y de
las creencias. Por estadística, los expertos en estas cosas llegaron a la
conclusión de que, en la aldea, había unos veinticuatro niños de hasta dos años
que han sido asesinados, degollados. Mártires de una religión que todavía tenía
que esperar treinta años para empezar, pues la vida pública de Jesús comenzó al
final de su vida, cuando él anuncia por qué nació. Por esto nace “El Evangelio
según Jesucristo”. Hay una culpa, nosotros que estábamos hablando de culpa.
José es culpable por omisión. No ha hecho nada. Al igual que nosotros, que no
hacemos nada y, por lo tanto, estamos inocentes. Pero no. Se puede decir de
José, como se dice en otra circunstancia, “criminal por omisión”, “responsable
por omisión”. Todo se vuelve mucho más absurdo cuando llegamos a la conclusión,
en una reflexión posterior, que Jesús no podía morir. No podía morir. No tiene
ningún sentido que Dios enviara a su propio hijo a la Tierra para redimir a la
humanidad y ese hijo fuera asesinado con la edad de dos años. Por lo tanto,
esto demuestra el absurdo en el que se cae al pretender adornar la idea de Dios
de algo que ella no necesita. Yo no creo en Dios, pero si la persona con que
hablo cree en Dios, Dios existe para mí en ella. El respeto lo llevo a este
punto. Yo no creo. Entonces, si se habla de Dios, dejemos a un lado la
parafernalia de las religiones que excede a la idea absolutamente humana, a la
creencia. Yo tengo una obra de teatro que se ha convertido en el libreto de una
ópera. Se llama “En nombre de Dios” y describe un conflicto tremendo entre
católicos y anabaptistas en el siglo XVI, en Münster, una pequeña ciudad
alemana de unos catorce mil habitantes. Los anabaptistas son protestantes.
Entre otras diferencias con los católicos, decían que el bautismo es una
decisión consciente. No hay por qué bautizar a los niños que no tienen ninguna
culpa, ni siquiera la del pecado original. Entonces, se plantea allí una lucha,
que además tenía motivos comerciales. Todo estaba más o menos contaminado. Las cosas
no son nunca en el plano del puro espíritu. Después de un asedio de catorce o
dieciséis meses, todo acabó en una carnicería, como siempre, una cosa
horrorosa. Aquí la creencia era la misma. No se trata de dos dioses
enfrentados. Se trata de uno solamente. El libro de unos era el libro de otros.
Es hora de aceptar que las religiones, todas ellas, no van a servir jamás para
acercar a los hombres unos a los otros. Al contrario. Hoy he leído en un
periódico que dos facciones de un partido se empezaron a disparar. No sé bien
quiénes son porque no estoy enterado. El partido allí era el mismo, como con el
cristianismo. Esta obra le plantea a Dios un problema muy serio. Si todavía
hubiera Cielo e Infierno, en el día del Juicio Final se presentarían los anabaptistas
y los católicos. Dios los miraría y preguntaría: “¿Ustedes qué han hecho?”. Los
católicos: “Nosotros somos católicos y hemos matado a los anabaptistas”. Los
anabaptistas: “Nosotros somos anabaptistas y hemos matado a los católicos”.
¿Qué hace Dios? Si es un poquito para los católicos, como yo sospecho, diría:
“Vosotros, los católicos, al Paraíso, y vosotros, los anabaptistas, al
Infierno”. Los anabaptistas dirían: “No puedes, nosotros hemos muerto por ti y
creemos en ti. Tienes que aceptarnos”. Entonces, Dios pensaría: “Es cierto,
tengo que recibirlos a todos y llevarlos a todos al Paraíso”. Sólo basta
ponernos delante de lo que llamamos “guerra de religión” para decir hasta qué
punto se puede ser estúpido. Dios está sólo en nuestra cabeza. No es eso lo que
creen los creyentes. Ellos creen que está en otro lado. Para mí, si hay Dios,
sólo hay un Dios. Si me gusta decir que mi Dios es el sol, la luna, una
montaña, un río o un animal, ¿qué importancia tiene? Cuando los portugueses y
los españoles llegaron a esta parte del mundo, en las carabelas venían los
soldados y el fraile. El fraile bajaba y la primera cosa que decía era:
“Vuestros dioses son falsos. Yo traigo conmigo al verdadero Dios”. Si hay algún
pecado de orgullo que no tiene perdón es que alguien ose decir tener consigo al
verdadero Dios. Este es el proceso interno de la sociedad humana, el proceso de
exclusión. “Tú no eres de los míos. O te conviertes o te elimino”. Esto es lo
que ha pasado siempre. Está pasando ahora mismo. ¿Por esto se escribió “El
Evangelio según Jesucristo”? No lo sé, pero por allí anda. Me gustaría añadir
algo. Cuando oigo hablar de “El Evangelio…”, normalmente lo que ha impresionado
más del libro es el diálogo en la barca entre Dios, el Diablo y Jesús. Para mí,
el núcleo duro de la novela está cuando Jesús, a los catorce años, va al templo
de Jerusalén para hablar de la culpa y de la responsabilidad. No encuentra a
ningún doctor, sino a un escriba. Jesús, en el libro, hereda la culpa de su
padre, que no ha sabido salvar a los niños. Cuando le pregunta al escriba cómo
es eso de la culpa, el escriba le dice: “La culpa es un lobo que devora al
padre como devorará al hijo”. Es decir, la creencia implica que los hijos
heredaron la culpa de sus padres. A partir de un momento, ya no se sabía qué
culpa concreta era. El sentimiento de culpa, que no sabemos por qué y cómo
nació, cómo se incrustó en nosotros, es muchísimo peor que la culpa concreta.
Entonces, Jesús le pregunta: “¿Tú también has sido devorado?”. Y el escriba le
contesta: “No sólo devorado, sino vomitado”. La relación con Dios se da en
términos de culpa, como en el fondo ocurre en todo el cristianismo y el
judaísmo. Es cosa de neuróticos. Pero gracias a Freud y al psicoanálisis, todo
esto se está resolviendo.