9 de septiembre de 2026

Estados Unidos y Cuba. Crónica de una relación depravada y fatídica (5/6)

Retomando el tema de la campaña terrorista ejercida por Estados Unidos contra Cuba, cabe mencionar que los atentados citados anteriormente no fueron los únicos que se cometieron por entonces. También se pueden citar los intentos de asesinato de Fidel Castro perpetrados por el activista y agente de la CIA de origen cubano, el antes mencionado Luis Posada Carriles quien, acompañado por sus cómplices, en noviembre de 1994 intentó hacerlo en Cartagena, Colombia, durante la celebración de la IV Cumbre Iberoamericana, y en noviembre de 2000 durante la celebración de la X Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado en Panamá. En ambos casos fue detenido y luego, con la presión ejercida desde la Casa Blanca, fue indultado y volvió a refugiarse en Miami. Además, fueron varias las veces que embarcaciones tripuladas por agitadores opositores cargadas de ametralladoras pesadas fueron detenidas cuando se dirigían hacia las costas cubanas. En todos los casos fueron puestos en libertad por el FBI, la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, lo que demuestra que todas estas ofensivas terroristas tuvieron el aval de las autoridades del gobierno y la inteligencia de Estados Unidos.
A Clinton lo sucedió George Walker Bush (1946), hijo de quien había gobernado Estados Unidos entre 1989 y 1993. Durante su mandato endureció aún más el embargo comercial y en octubre de 2003 creó la ‘Commission for Assistance to a Free Cuba’ (Comisión de Asistencia a una Cuba Libre), la que elaboró un plan para lograr ciertos objetivos en Cuba entre los que se indicaban “lograr una solución pacífica y en el corto plazo para el fin de la dictadura”, “restablecer las instituciones democráticas, el respeto hacia los derechos humanos y el imperio de la ley”, “sentar las bases y las instituciones elementales para una economía libre”, “modernizar la infraestructura” y “satisfacer con calidad las necesidades básicas en las áreas de salud, educación, vivienda y servicios humanos”.
Sin embargo, durante su gobierno se aprobaron restricciones severas a las remesas familiares que los cubanoamericanos enviaban a la isla, se limitaron drásticamente los viajes de familiares y de intercambio educativo, se aumentaron los fondos destinados a grupos opositores dentro de Cuba y se mantuvieron activas las transmisiones de Radio Martí, el medio de información guiado por el Congreso de los Estados Unidos al cual se había agregado TV Martí en marzo de 1990. En ambos medios aparecían frecuentemente políticos opositores, activistas exiliados y antiguos presos políticos declarando constantemente que, a pesar de que la constitución cubana reconocía la libertad de prensa, estaba prohibida la propiedad privada de los medios de comunicación. Frente a esto, los defensores del gobierno cubano arguyeron que ambos medios eran tan sólo una herramienta de propaganda de los intereses estadounidenses sobre la isla. Tal vez por esa razón, las seis emisoras ​​de radiodifusión (una de ellas internacional) y las cuatro cadenas de televisión son nacionales.
Tras los atentados suicidas cometidos por la organización paramilitar de origen árabe Al Qaeda la mañana del 11 de septiembre de 2001, los que produjeron el derrumbe de dos de las torres del complejo World Trade Center en Nueva York y el de la sede del Departamento de Defensa en el condado de Arlington, Virginia, George W. Bush incluyó a Corea del Norte, Irak, Irán como integrantes de un “axis of evil” (eje del mal) en un discurso dado ante el Senado y la Cámara de Representantes el 29 de enero de 2002. El poco apoyo internacional no impidió que, unos meses más tarde, el Subsecretario de Estado John Bolton (1948) incluyera en el “eje del mal” a Cuba, Libia y Siria. Esta acusación generó en el gobierno cubano una fuerte condena y un rechazo categórico, calificándola como una mentira destinada a justificar la política de hostilidad y el embargo económico contra la isla. Y, desde los medios oficiales, señalaron que el verdadero promotor de la inestabilidad y la violencia global era el gobierno estadounidense.
Por entonces el gobierno de G. W. Bush emprendió la ‘Global War on Terrorism’ (Guerra Global contra el Terrorismo) contra Afganistán e Irak, guerras que recibieron el apoyo mundial de otros gobiernos, pero también hubo críticos y estados como Alemania que no participaron activamente en esos conflictos armados. Pese al incremento significativo del gasto militar y el déficit nacional, logró ser reelegido en las elecciones presidenciales de 2004 y gobernó al país hasta 2009. Durante su segundo mandato, Estados Unidos atravesó la peor crisis financiera desde la Gran Depresión de 1929. Aumentó la inflación, el desempleo, la pobreza, la deuda pública, cayeron los salarios y se devaluó el dólar.


A todo esto, tras el largo período de crisis económica que atravesó Cuba como resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991 y por el recrudecimiento del embargo estadounidense desde 1992, durante esos años registró altas tasas de crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) tal como informó la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), una de las cinco comisiones regionales de las Naciones Unidas. Dicho crecimiento se debió a la recuperación parcial de la producción de níquel y de tabaco, y a la extracción de petróleo nacional, mientras que el turismo desplazó a la industria azucarera como la principal fuente de ingresos en divisas del país. En ese entorno, tras una maratónica sesión del Congreso cubano, el 24 de febrero de 2008 asumía la presidencia del Consejo de Estado Raúl Castro, hermano de quien había gobernado la isla entre 1959 y 1976 como Primer Ministro, y entre 1976 y 2008 como Presidente del Consejo de Estado.
Mientras tanto, cruzando el Mar Caribe por el Golfo de México, la desaprobación al gobierno de Bush había aumentado drásticamente tanto a nivel nacional como internacional. En las elecciones presidenciales del 4 de noviembre de 2008 fue elegido Barack Obama (1961), el primer afroamericano que ejerció el cargo presidencial. En 2012 fue reelegido y gobernó hasta 2017. Durante su mandato hubo varios acercamientos con el gobierno cubano. En diciembre de 2014, por ejemplo, junto a Raúl Castro informó el inicio de negociaciones para normalizar los vínculos bilaterales. Luego, en mayo de 2015, retiró a Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, y en julio de ese mismo año se reabrieron oficialmente las embajadas en Washington y La Habana. Al año siguiente, entre el 20 y el 22 de marzo de 2016, Obama se convirtió en el segundo presidente estadounidense en funciones en visitar la isla, algo que no se había hecho desde 1928 cuando Calvin Coolidge (1872-1933) llegó a La Habana para participar en la VI Conferencia Panamericana invitado por el antes citado Gerardo Machado. Durante la administración de Obama se redujeron las restricciones a los viajes y al envío de remesas para fomentar el intercambio comercial y el sector privado.
Ocho meses después de la visita de Obama, el 25 de noviembre de 2016 falleció Fidel Castro a los 90 años de edad. En una nota titulada “Fidel Castro, el monarca heroico” publicada el 3 de diciembre de 2016 en la revista “Noticias”, el periodista, politólogo y analista internacional Claudio Fantini (1961) entre otras cosas expresó: “Se lo ame o se lo odie, Fidel Castro fue admirable. Un dictador, sí, pero no un dictador más. No es la razón sino la aversión lo que hace que muchos lo coloquen en el mismo estante de otros tiranos. La victoria de Fidel es la del hombre que se planta ante el poder, se atreve a desafiarlo y termina imponiéndose. Empezó a plantarse cuando era el joven abogado que escribía columnas denunciando la corrupción de un régimen miserable y entreguista. Siguió haciéndolo al organizar el asalto al Cuartel Moncada, la fortaleza militar de Santiago de Cuba”.
Agregó luego: “Todo lo que vino después mostró al hombre que no cede, que lucha y que vence. El exilio en México; el regreso a la isla navegando en el Granma; la lucha en la Sierra Maestra y la entrada triunfal en La Habana. La siguiente titánica rebelión fue contra el dictado norteamericano. Encabezar el contraataque a los invasores en Playa Girón y sobrevivir a más de seiscientos intentos de asesinato organizados por la CIA, sin que lograran domesticarlo ni neutralizarlo. El monumental funeral que lo despidió no revela lo que las masas verdaderamente sienten. Las multitudes pueden no significar mucho. Movilizarlas es una especialidad de la casa. Pero haber muerto con la isla aún en manos del régimen que creó, fue su última gran victoria”. El propio Obama lo despidió emitiendo un comunicado oficial en el que señaló: “La historia registrará y juzgará el enorme impacto de esta singular figura sobre la gente y el mundo a su alrededor. En los próximos días el pueblo cubano recordará el pasado y mirará al futuro. Mientras lo hace, debe saber que tiene un amigo y un socio en Estados Unidos. Durante mi presidencia, trabajamos duro para dejar el pasado detrás de nosotros, persiguiendo un futuro en el que la relación entre nuestros dos países está definida no por nuestras diferencias, sino por todas las cosas que compartimos como vecinos y amigos”.


En una vereda completamente opuesta, su sucesor, el citado Trump, manifestó en un comunicado: “¡Fidel Castro ha muerto!” y lo calificó de “brutal dictador”, al tiempo que prometió hacer “todo lo posible” por la libertad del pueblo cubano. Y agregó: “Fidel oprimió a su propio pueblo y con su fallecimiento deja un legado de fusilamientos, robos, sufrimiento inimaginable, pobreza y negación de derechos humanos fundamentales. Si bien Cuba sigue siendo una isla totalitaria, mi esperanza es que hoy marque un alejamiento de los horrores soportados durante demasiado tiempo y hacia un futuro en el que el maravilloso pueblo cubano finalmente viva en la libertad que tanto merece y pueda iniciar finalmente su camino hacia la prosperidad”.
Durante su primer mandato (2017-2021), el gobierno de Donald Trump revirtió el proceso de normalización de relaciones conocido como el “deshielo” impulsado por la administración de Barack Obama. En junio de 2017 anunció desde Miami un endurecimiento de la política hacia Cuba, limitando los viajes de ciudadanos estadounidenses a la isla y prohibiendo transacciones financieras con empresas vinculadas a las fuerzas armadas cubanas. Retiró a la mayor parte del personal de la embajada en La Habana y expulsó a diplomáticos cubanos de Washington. También impuso límites estrictos al envío de remesas familiares a Cuba y sancionó a entidades financieras y de transporte para asfixiar las fuentes de ingresos del gobierno cubano que, desde octubre de 2019 era ejercido por Miguel Díaz Canel (1960). Éste, en su primer discurso como presidente declaró que “la política exterior cubana se mantendrá inalterable y Cuba no hará concesiones ni aceptará condicionamientos”.
El siguiente presidente, Joseph Biden (1942), quien gobernó a Estados Unidos entre 2021 y 2025, mantuvo la mayoría de las políticas de Trump intactas, alejándose también del apaciguamiento que existió durante el gobierno de Obama. Mantuvo a Cuba bajo sanciones económicas y financieras, y admitió legalmente a más de cien mil ciudadanos cubanos a través del programa de libertad condicional humanitaria conocido como “CHNV”, mediante el cual se permitió a personas no sólo de Cuba sino también de Haití, Nicaragua y Venezuela ingresar a Estados Unidos, permanecer durante dos años y solicitar la autorización para trabajar. Por otro lado, decidió retirar a Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, argumentando que la isla no apoyaba actos terroristas internacionales, una medida que coincidió con el anuncio del gobierno cubano de liberar a más de quinientos presos políticos y que dejó de tener vigencia en marzo de 2025 dos meses después de la reelección de Trump cuando el United States Department of Homeland Security (Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos) anunció la terminación del Programa.


Ese año Trump llegó con mayor experiencia y conocimiento de la contextura del poder en Washington. Asumió con un músculo político más sólido que en su primer mandato apoyado por los multimillonarios de los gigantes tecnológicos y por los grandes conglomerados financieros mundiales. Desde su regreso a la Casa Blanca volvió a colocar a Cuba entre las prioridades de su política exterior hacia América Latina. En lo que va de su segundo mandato ha combinado sanciones económicas y financieras, restricciones migratorias y de viaje, imposición de aranceles adicionales a productos procedentes de países que suministren petróleo a Cuba directa o indirectamente, sanciones a personas y entidades vinculadas con sectores cubanos como energía, defensa, minería, servicios financieros y seguridad, fuertes medidas contra fuentes de financiación utilizadas por el gobierno cubano y una gran presión sobre el sector energético.
Tal como afirmó en una entrevista el Secretario de Guerra Pete Hegseth (1980), “todas las opciones de una intervención estadounidense en Cuba, incluida la militar, están sobre la mesa. El gobierno cubano debe prestar atención a la voluntad de Trump de hacer valer las prerrogativas estratégicas de Estados Unidos en el hemisferio”. Por su parte el Secretario del Tesoro Scott Bessent (1962) aseguró que la estrategia de presión económica de Washington contra el régimen cubano “está funcionando ahora mismo. Tenemos el bloqueo y vamos a tener las sanciones más duras de la historia” y predijo un “cambio de régimen a cámara lenta en Cuba”. Lo concreto es que el bloqueo ha limitado enormemente el desarrollo de la isla ya que le impide acceder a los organismos internacionales de crédito, genera desabastecimiento y escasez de productos e impide la adquisición de insumos básicos para la producción, algo que ha provocado para la isla la pérdida de miles de millones de dólares.
A todo esto, la Office of the High Commissioner for Human Rights (Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos) de la ONU, cuya sede principal se encuentra en Ginebra, Suiza, y también cuenta con una oficina en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, acusó a Estados Unidos de provocar una grave crisis humanitaria en Cuba mediante su campaña de presión económica que incluye apagones persistentes, inseguridad alimentaria y una grave escasez de medicamentos. “La energía, el transporte, el riego y los servicios básicos están fallando simultáneamente, afectando de manera desproporcionada a las mujeres, los niños, las personas mayores y otros grupos vulnerables, incluidos los campesinos de la economía rural”, dijeron los expertos de dicha oficina en un comunicado emitido a principios del mes de agosto del corriente año. El embargo comercial hacia Cuba es el más prolongado que se conoce en la historia moderna. Ha sido condenado desde 1992 por la Asamblea General de Naciones Unidas con los únicos votos negativos de Estados Unidos e Israel en todas las ocasiones a los que se sumaron algunas veces otros tres o cuatro países, y también por la organización internacional no gubernamental Human Rights Watch que investiga e informa sobre abusos contra los derechos humanos.

7 de septiembre de 2026

Estados Unidos y Cuba. Crónica de una relación depravada y fatídica (4/6)

Aquí vale la pena hacer un paréntesis sobre la historia de la conflictiva vecindad de Cuba con la principal potencia imperialista del mundo. Fueron varias de esas notorias personalidades que concurrían a “La Bodeguita del Medio” las que, en algún momento, se expresaron sobre la revolución y su líder. En febrero de 1960, por ejemplo, a poco más de un año de la entrada en La Habana de los guerrilleros del Movimiento 26 de Julio que había sido creado en 1955 para combatir la dictadura de Fulgencio Batista, Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre llegaron a la isla caribeña y permanecieron allí hasta mediados del mes de marzo. Poco después de su estadía, el autor de sonadas obras como “La nausée” (La náusea) y “L'être et le néant” (El ser y la nada) comenzó a publicar en el periódico “France Soir” una serie de artículos en torno a la visita efectuada, los cuales fueron reunidos a fin de ese año en el libro “Ouragan sur le sucre” (Huracán sobre el azúcar). En ellos examinó la relación del proceso revolucionario con los trabajadores, los campesinos, los funcionarios y los intelectuales, destacó la férrea contracción al trabajo de los revolucionarios, admiró la austeridad irreprochable de esos luchadores que cuidaban al dinero público con mucho más celo que al suyo propio, planteó la necesidad de la superación del cultivo excluyente de la caña de azúcar, resaltó la indispensable necesidad de terminar con la escasez de la producción alimenticia ya que por lo menos la mitad de los alimentos que se consumían provenían del extranjero, y destacó la energía y la capacidad de trabajo del Che Guevara por su acompañamiento a los propósitos de los funcionarios-militantes que trabajaban para poner término a la miseria y al analfabetismo.
Otro ejemplo es el del escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien comenzó su relación con Castro unos años antes del triunfo de la Revolución. Fue cuando conoció a Nicolás Guillén (1902-1989) en París donde el poeta cubano le habló de un joven estudiante de Derecho, Fidel Castro, que podía ser la persona capaz de derrocar el régimen de Fulgencio Batista. El autor de las novelas “El coronel no tiene quien le escriba”, “Cien años de soledad” y “El otoño del patriarca” lo conoció personalmente en 1959, tras el triunfo de la revolución, cuando el líder cubano invitó a periodistas de todo el mundo a cubrir la “Operación Verdad”, su plan para procesar a los antiguos colaboradores de Batista. En esa oportunidad, el encuentro entre ambos fue muy breve y recién en 1977, después de leer varios artículos escritos por García Márquez sobre Cuba, Castro decidió acercarse personalmente al escritor colombiano. 
En aquellos años García Márquez hacía visitas regulares a La Habana y se alojaba en el Hotel Nacional de Cuba. Allí se presentó Castro y mantuvieron una extensa conversación, un encuentro que con el paso de los años se convirtió en una verdadera amistad. Fue un apego basado, según el escritor colombiano, en el interés común que tenían por la literatura. Una vez contó que mientras comentaban su libro “Relato de un náufrago”, Castro le señaló un error de cálculo en la velocidad de un barco. Esa meticulosidad lo llevó a pedirle que leyera sus manuscritos antes de publicarlos, y hubo varias ocasiones en que esas observaciones dieron lugar a correcciones de datos en sus libros. Incluso declaró que no volvería a publicar un libro sin que Fidel lo hubiera revisado. Cuando falleció en la ciudad de México, Castro envió una corona de flores con la dedicatoria “a mi entrañable amigo Gabo”.


Unos años antes, el 28 de julio de 1981, García Márquez había publicado un artículo en el diario español “El País” en el cual contó que una vez “en el automóvil de Fidel Castro -que es un empecinado lector de literatura- vi en el asiento un pequeño libro empastado en cuero rojo. Cuando le pregunté de quién era, me respondió: ‘Es del maestro Hemingway’”. Se refería, claro está, al escritor estadounidense Ernest Hemingway, otro asiduo concurrente a “La Bodeguita del Medio”. El autor de grandes novelas como “A farewell to arms” (Adiós a las armas), “To have and have not” (Tener y no tener) y “The old man and the sea” (El viejo y el mar) a fines de 1940 había comprado una propiedad en una colina del barrio de San Francisco de Paula, al sureste de La Habana, llamada Finca Vigía. Antes de establecerse definitivamente en la isla frecuentaba La Habana y se hospedaba en el hotel Ambos Mundos, lugar en donde escribió la novela “For whom the bell tolls” (Por quién doblan las campanas).
El 4 de noviembre de 1959, al regresar de un viaje desde Ketchum en el estado de Idaho (ciudad en la había comprado una casa), fue entrevistado por el periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh (1927-1977), por entonces corresponsal de “Prensa Latina”. Al día siguiente se publicó la entrevista en el periódico “Revolución” en la que Hemingway dijo: “Me siento muy feliz de estar nuevamente aquí porque me considero un cubano más. No he creído ninguna de las informaciones que se publican contra Cuba en el exterior. Simpatizo con el gobierno cubano y con todas nuestras dificultades, y digo nuestras porque no quiero que me consideren un yanki, vamos a ganar, nosotros los cubanos vamos a ganar”.
El 15 de mayo de 1960 conoció a Castro durante el torneo de pesca llamado “Concurso Internacional de la Pesca de la Aguja”, el cual fue ganado por el líder cubano. Hemingway presidió la ceremonia de premiación y le entregó el trofeo de vencedor. Luego intercambiaron opiniones a lo largo de varias horas. En otra charla que mantuvieron, Hemingway le comentó que había conocido los crímenes y desmanes de las tiranías de Gerardo Machado y Fulgencio Batista lo que, de algún modo, fueron experiencias que plasmó en sus novelas. Por su parte Castro le aseguró que había leído “Por quién doblan las campanas” más de tres veces y que le había servido de inspiración para comandar la Revolución Cubana. También le confesó que sentía fascinación por “El viejo y el mar” a la que consideraba una obra maestra que, cuanto más la leía, más la admiraba.
Hemingway expresó su apoyo a la revolución cubana en declaraciones a la prensa estadounidense en 1959 y al diario soviético “Pravda” en 1960, en las cuales manifestó que el proceso cubano era “fabuloso e indestructible”, aseveraciones que le cayeron muy mal al Gobierno de Estados Unidos. En ese contexto, presionado por el embajador Philip W. Bonsal (1903-1995) bajo la amenaza de declararlo traidor por su simpatía con el régimen cubano, Hemingway tuvo que abandonar la isla el 25 de julio de 1960. Menos de un año después, el 2 de julio de 1961, se suicidó disparándose con una escopeta en su casa de Ketchum en Estados Unidos.
En cuanto al sociólogo estadounidense Charles W. Mills puede decirse que visitó Cuba en el verano de 1960 con la intención de conocer de primera mano la Revolución Cubana. No sólo recorrió los campos de la isla junto a Fidel Castro, sino que también se sumergió en la vida cultural y bohemia de La Habana cuando visitó “La Bodeguita del Medio”, un lugar que para él no era un mero lugar para el ocio sino un espacio fundamental para la cultura. Allí conversó con cubanos de a pie, periodistas y comandantes de la revolución, charlas que dieron origen a su polémico libro “Listen yankee: the revolution in Cuba (Escucha yanqui: la revolución en Cuba), una obra que escribió para intentar explicarle al público estadounidense las verdaderas razones del nacionalismo revolucionario del Caribe.
En su prólogo expresó: “Mi objetivo central en este libro es presentar la voz del revolucionario cubano con la mayor claridad y fuerza posibles. Me he fijado este objetivo porque esa voz está absurdamente ausente en las noticias de Cuba que se difunden en Estados Unidos. No encontrarán ustedes aquí ‘toda la verdad sobre Cuba’ ni tampoco ‘una apreciación objetiva de la Revolución Cubana’. No creo que nadie pueda hacer en este momento semejante apreciación. Esta revolución que tiene lugar en Cuba es un enorme impulso popular. La voz de Cuba es hoy la voz de la euforia revolucionaria. Mi intención es expresar un poco de todo esto al mismo tiempo que las razones que explican por qué se sienten así los cubanos. Porque sus razones no son sólo suyas: son las razones de todo el mundo hambriento”.


Por último, se puede citar al escritor, historiador y crítico literario estadounidense Waldo Frank, conocido principalmente por sus estudios sobre la literatura y la cultura española y latinoamericana. Autor de notables ensayos como “South of us” (Al sur de nosotros), “Birth of a world. Bolivar in terms of his peoples” (El nacimiento de un mundo. Bolívar dentro del marco de sus pueblos) y “The rediscovery of man” (El redescubrimiento del hombre) sufrió fuertes críticas por parte de los sectores más conservadores de Estados Unidos tras la publicación en 1961 de “Cuba: prophetic island” (Cuba: isla profética) en el que defendió con entusiasmo el proceso revolucionario inicial. Retrató vívidamente el reparto de la tierra, las campañas de alfabetización, el combate a las enfermedades y la mortandad infantil, la desecación de pantanos, la introducción de nuevos plantíos, la apertura de playas al pueblo, la construcción de hoteles, granjas, industrias y viviendas, y resaltó el vínculo carismático de Fidel Castro con la población de la isla, aunque también criticó algunos aspectos de su actuación. Para Frank, “el renacimiento de Cuba, impulsado por el proceso revolucionario, debe inscribirse en una maduración cultural dentro de la tradición proveniente de Simón Bolívar y José Martí”.
Obviamente no todas las figuras relacionadas con la literatura loaron el proceso que se vivía en Cuba. En algunos casos sin ser concurrentes a “La Bodeguita del Medio” pero habiendo visitado en alguna oportunidad la isla, varios de ellos se irritaron a raíz de la encarcelación en abril de 1971 del poeta Heberto Padilla (1932-2000) tras la publicación de su libro de poemas “Fuera del juego” en el que incluyó “El abedul de hierro” e “Instrucciones para ingresar en una nueva sociedad”, a los que se consideraron como un ataque a la Revolución Cubana. Además, junto a diversos críticos, calificó a la revolución como una “supraburocracia militarizada”. Pero no fue sólo ese el motivo de su encarcelación. Unos meses antes, el poeta le había comentado al escritor chileno Jorge Edwards (1931-2023), quien se había instalado en La Habana a fines del año anterior como encargado del gobierno chileno para restablecer las relaciones diplomáticas entre Cuba y Chile, que la situación por la que atravesaba la isla en esos momentos era “la más crítica que había conocido la Revolución Cubana”.
A pesar de ello, el citado poeta Nicolás Guillén, por entonces presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), lo invitó el 20 de marzo a leer sus poemas en la sede de la institución. Allí Padilla no sólo leyó los del polémico libro sino también otros de su nuevo poemario “Provocaciones” en el que asumió el rol de “provocador” defendiendo que el arte era una provocación y un cuestionamiento de la realidad, y defendió la libertad creadora frente a la censura del régimen cubano. Tras considerar que sus poemas eran “actividades subversivas” e “ideológicamente contrarios” a la Revolución Cubana, fue encarcelado durante poco más de un mes no sin antes entregar una declaración de autocrítica, al parecer forzada y acordada previamente con los carceleros, en una reunión de la UNEAC. En ella declaró haber “conspirado contra la Revolución” y acusó a otros escritores cubanos comprometiendo inclusive su esposa la poetisa Belkis Cuza Malé (1942). Fue una autocrítica que llevó al propio García Márquez, un fiel y férreo defensor de la Revolución Cubana, a declarar que “el tono de su autocrítica es tan exagerado, tan abyecto, que parece obtenido por métodos ignominiosos”. Y también el escritor argentino Julio Cortázar, entusiasmado por la revolución desde sus comienzos, la consideró una “penosa mascarada propia de los métodos estalinistas”. Recién en 1980 el gobierno cubano le permitió a Padilla salir del país y entonces se radicó en Alabama, Estados Unidos, donde fallecería en el año 2000.
Efectivamente, este proceso puso fin al idilio de muchos escritores y artistas con los ideales revolucionarios. Ocurrió por ejemplo con Jean Paul Sartre quien, en 1971, rompió con el gobierno cubano a raíz de la censura y el arresto de Padilla por sus críticas a la interferencia del gobierno en los asuntos culturales. Esto motivó que, junto a la autora de obras consagradas como “Le deuxième sexe” (El segundo sexo), “La femme rompue” (La mujer rota) y “Tous les hommes sont mortels” (Todos los hombres son mortales), firmara dos cartas de protesta en las que se valoró el suceso como “una amenaza al desarrollo del arte y la literatura cubanas”. Lo hicieron acompañados por muchos otros escritores entre los que se pueden mencionar Marguerite Duras (1914-1996), Juan Rulfo (1917-1986), Italo Calvino (1923-1985) y la citada Susan Sontag, y por los directores cinematográficos Pier Paolo Pasolini (1922-1975) y Alain Resnais (1922-2014). Este episodio implicó un serio cimbronazo para el consenso tanto latinoamericano como europeo en torno a la revolución.


Un caso similar ocurrió con el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz quien en una carta que le envió el 21 de diciembre de 1967 desde Nueva Delhi, capital de la India, al escritor cubano Roberto Fernández Retamar (1930-2019) que por entonces dirigía Casa de las Américas, la institución cultural fundada en La Habana en abril de 1959, había manifestado su apoyo a la revolución expresando: “Esta revuelta no se ajusta a las nociones clásicas que teníamos sobre lo que es una revolución pero, apenas es necesario decirlo, mis discrepancias no son ni tan profundas ni decisivas como para impedir repetir que, para mí, la independencia de Cuba es una causa sagrada. Creo que la mayoría de los escritores y artistas latinoamericanos piensan y sienten como yo. No sé, nadie lo sabe, cuál será la forma que adoptará la revuelta latinoamericana. Nadie tiene las llaves de la historia. Ningún partido, ninguna filosofía, ningún Estado (ni siquiera los que tienen el monopolio del arma atómica) es dueño del porvenir. En cambio, sé con una certidumbre que es a un tiempo racional y pasional, que Cuba es un comienzo: el principio de algo que cambiará decisivamente a nuestros pueblos. Por esto, defender a Cuba no es tanto defender la ideología política que ustedes representan, con admirable honradez y lealtad, como defender el derecho de nuestros pueblos a vivir libres al fin de la opresión interior y del imperialismo”.
Pero el caso Padilla también influyó en él. En 1979 publicó un libro de artículos y ensayos bajo el título “El ogro filantrópico” en el cual comparó las acusaciones contra Padilla con las acusaciones de crímenes que hacía Stalin a sus antiguos compañeros y se preguntó si las charlas en cafés podían dañar a la Revolución cubana. Agregó que el régimen cubano, para limpiar su reputación al parecer manchada, obligó a Padilla a declararse culpable de enredos político-literarios, por lo que la Revolución cubana se estaba volviendo una casta burocrática.
A los citados casos de Jean P. Sartre y Octavio Paz, puede agregarse al escritor español Juan Goytosolo (1931-2017), quien pasó del fervor inicial a una profunda desilusión crítica ante el giro autoritario del régimen cubano. En 1961 viajó a Cuba invitado por el director del diario “Revolución”, el escritor Carlos Franqui (1921-2010) y al año siguiente publicó “Pueblo en marcha. Tierras de Manzanillo. Instantáneas de un viaje a Cuba”, obra en la que elogió las reformas iniciales y la vida rural, y vio a la Revolución como un modelo esperanzador. Años después, en 1986, en su ensayo “En los reinos de taifa”, relató varios acontecimientos relacionados con Cuba y habló de su creciente distanciamiento al remarcar que “la radicalización de la revolución cubana y el recrudecimiento de los conflictos sociales y políticos” habían tendido a instaurar “una atmósfera de guerra fría en el campo de las letras hispánicas y a recluir a los escritores de la isla en una mentalidad de fortaleza asediada”.
Otro ejemplo es el de Alberto Moravia (1907-1990), quien visitó Cuba en la segunda mitad de la década del ’60. El escritor italiano mantuvo una postura de inicial simpatía hacia la revolución cubana en la que vio, en sus inicios, un proyecto emancipador alejado del rígido dogmatismo de la Unión Soviética. Para él Cuba representaba un “sueño de socialismo humanista”, valorando fuertemente los avances en educación y salud gratuita implementados en la isla. Sin embargo, a medida que el gobierno cubano comenzó a institucionalizar el control estatal sobre la creación artística y, sobre todo, tras el “Caso Padilla”, se transformó en un abierto crítico a raíz de la censura del autor de “Fuera del juego”, un tema sobre el que publicó varias notas en medios italianos como “Corriere della Sera” y “L'Espresso”. Fue así que, en contraposición a la explosión creativa de los años ’60 conocida como “década prodigiosa”, la década de los años ‘70 pasó a conocerse como los “años grises”.

5 de septiembre de 2026

Estados Unidos y Cuba. Crónica de una relación depravada y fatídica (3/6)

Tres meses antes de la “Proclamación 3447”, Kennedy había autorizado a la CIA a realizar operaciones encubiertas en contra del gobierno de Castro, un proyecto conocido como “Operación Mangosta” que planeó una guerra económica en forma más estructurada que incluyó acciones para encarecer y dificultar el transporte marítimo desde y hacia Cuba. La operación incluyó cientos de sabotajes de envergadura contra objetivos económicos y la planificación junto a organizaciones clandestinas anticastristas de un operativo para tomar La Habana y otros puntos de la isla y derrocar al castrismo. Pero las fuerzas de seguridad del Estado cubano, alertados por los servicios de inteligencia de la Unión Soviética, lograron detener a varios de los dirigentes cubanos del movimiento insurreccional y consiguieron desarticularlo.
El descubrimiento del plan llevó a la detención, enjuiciamiento y fusilamiento de centenares de implicados, mientras que los sobrevivientes de la conspiración negaron que había sido una operación planificada por la CIA. Tras estos hechos, el gobierno de Castro accedió a la sugerencia del líder soviético Nikita Jrushchov (1894-1971) de emplazar cohetes atómicos en su territorio, lo que condujo a la llamada Crisis de los Misiles en octubre de 1962, una confrontación que duró trece días y fue el momento de mayor tensión durante la Guerra Fría, el período de rivalidad geopolítica que se inició tras el fin de la Segunda Guerra Mundial que dividió al mundo en el bloque occidental liderado por Estados Unidos y el oriental encabezado por la Unión Soviética. Para los soviéticos, la instalación de misiles en el Caribe que alcanzarían ciudades como Houston, Atlanta, Washington y Nueva York era la respuesta a los que los estadounidenses habían instalado en Italia y Turquía apuntando a Moscú y San Petersburgo entre otras ciudades soviéticas.
Según narró el citado filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky en la presentación del libro “Objetivo: voltear a Cuba. Una historia del terrorismo contra el gobierno de Fidel Castro”, ese episodio fue una “obsesión absurda” del gobierno estadounidense ya que fue “irracional a la vista de las supuestas amenazas provenientes de Cuba, con la excepción de la ocurrida en octubre de 1962, que en gran medida fue consecuencia de la guerra terrorista, planificada para culminar ese mismo mes con ‘una rebelión manifiesta y el derrocamiento del régimen comunista’ que sólo podrían alcanzar la ‘victoria definitiva’ con una ‘intervención militar decisiva por parte de Estados Unidos’. Y, según concluyó el historiador estadounidense Thomas Paterson (1941) en su ensayo “Contesting Castro. The United States and the triumph of the Cuban Revolution” (Contestando a Castro. Estados Unidos y el triunfo de la Revolución Cubana), era muy probable que “de no haber existido el desembarco de exiliados en Bahía de los Cochinos, las actividades destructivas encubiertas, las conspiraciones de asesinato, las maniobras y estrategias militares ni las medidas económicas y diplomáticas para acosar, aislar y derribar al gobierno de Castro en La Habana, no habría existido tampoco la crisis de los misiles. Los orígenes de la crisis de octubre de 1962 se remontan en gran medida a la campaña orquestada por Estados Unidos para aplastar la revolución cubana”.
El conflicto que puso a ambos países al borde de una guerra nuclear terminó tras un acuerdo para desmantelarlo al que llegaron Kennedy y Jrushchov el 28 de octubre de 1962, lo que llevó también al presidente norteamericano a suspender formalmente la “Operación Mangosta”. Pero de todas maneras, las actividades destructivas encubiertas, las conspiraciones de asesinato, las maniobras y estrategias militares y las medidas económicas y diplomáticas para acosar, aislar y derribar al gobierno cubano continuaron durante los gobiernos posteriores. Lyndon B. Johnson (1908-1973), quien asumió como presidente tras el asesinato de Kennedy, continuó con las hostilidades, el mantenimiento del embargo y fomentó el aislamiento diplomático de Cuba en la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero también abrió formalmente las puertas de Estados Unidos a los emigrantes de la isla, a los que les permitió solicitar la residencia permanente tras un año de estancia. Durante su gobierno y el de sus dos predecesores, la CIA realizó ocho intentos de asesinato del líder cubano.


Por entonces, en el simposio organizado en 1966 en Nueva York por la revista “Partisan Review”, la escritora y filósofa estadounidense Susan Sontag (1933-2004) presentó el ensayo “What's happening in North America?” (¿Qué está pasando en Norteamérica?). Allí, entre otras cosas expresó: “Norteamérica se fundó sobre un genocidio, sobre la creencia indiscutida del derecho de los europeos blancos de exterminar a la población original, atrasada en lo tecnológico, para adueñarse del continente. Norteamérica dispuso no sólo del sistema de esclavitud más brutal de los tiempos modernos, sino también de un sistema jurídico único (comparado con otras instituciones esclavistas como las de Latinoamérica y las colonias británicas) de jamás reconocer a los esclavos como personas. Hay algo fundamentalmente erróneo con un sistema de facto que le permite al presidente Johnson una capacidad virtualmente ilimitada para imponer una política exterior imprudente e inmoral. Este es un país apasionadamente racista, y seguirá siéndolo en el futuro previsible”.
El sucesor de Johnson, Richard Nixon (1913-1994), mantuvo la política de aislamiento económico y diplomático hacia el régimen cubano, y continuó con la vigilancia estricta sobre la isla en busca de evitar la influencia soviética sobre ella. El Consejo de Seguridad a cargo de Henry Kissinger (1923-2023) durante su gobierno le advirtió que, de no controlar sus propios terrenos aledaños en América, no podrían tampoco “alcanzar un orden exitoso en otras partes del mundo”, es decir, imponer su dominio a nivel mundial. Durante su administración se mantuvo bajo vigilancia y supervisión las actividades de los grupos anticastristas en Florida.
Pero a mediados de 1972, Nixon se vio involucrado en el “Caso Watergate”, un escándalo que estalló cuando cinco hombres fueron sorprendidos y detenidos en el Comité Nacional del Partido Demócrata, ubicado en el complejo Watergate de Washington. Se supo después que los detenidos no eran simples ladrones sino agentes al servicio del Partido Republicano que tenían como misión robar documentos, colocar micrófonos e intervenir los teléfonos de sus rivales demócratas. Con el tiempo se supo ese grupo, que fue conocido como “The plumbers” (Los plomeros), estaba conformado por ex miembros de la CIA, entre ellos James McCord (1924-2017), quien manejaba la campaña para la reelección de Nixon en las elecciones que se iban a celebrar el 7 de noviembre de ese año, y por un par de cubanos vinculados a esa misma agencia. Todos ellos habían participado en operativos contrarrevolucionarios en Cuba como la invasión de Bahía de Cochinos en 1961.
La noticia de este episodio apenas se difundió en los medios de prensa y fue vista como un delito menor por la opinión pública. Ante esa indiferencia Nixon ganó las elecciones. Sin embargo, las audiencias del Senado en 1973 mostraron sus abusos de poder en la trama de espionaje. En marzo de 1974, tras una larga investigación, el Gran Jurado federal consideró al presidente copartícipe del escándalo Watergate, y en la tarde del 8 de agosto de ese año, tras reconocer su participación en el encubrimiento de los hechos relacionados con la entrada en la oficina demócrata, presentó su renuncia y al día siguiente Gerald Ford (1913-2006) prestó juramento al cargo.
El nuevo presidente prosiguió con una política exterior de fuerte hostilidad y junto al Secretario de Estado, el citado Henry Kissinger, calificó públicamente de forma agresiva a Cuba de “bandido internacional”. Fue la CIA junto a un grupo de cubanos disidentes capitaneados por Luis Posada Carriles (1928-2018) quien se encargó de materializar esa agresividad en el campo de los sabotajes y las actividades terroristas como la voladura en pleno vuelo, en octubre de 1976, de un avión de la aerolínea Cubana de Aviación frente a las costas de Barbados, un atentado que provocó la muerte de las setenta y tres personas que iban a bordo. El citado Posada Carriles ya había participado en 1971 en un operativo para asesinar a Castro cuando este se encontraba en Santiago de Chile invitado por el presidente Salvador Allende (1908-1973). En esa oportunidad, acompañado por dos venezolanos -también pertenecientes a la CIA- que se habían acreditado como periodistas como miembros de la cadena televisiva Venevisión, armó un plan que consistía en ocultar un revolver en una cámara y dispararle a Castro cuando estuviese dando una conferencia de prensa. Pero ese día, ante el fuerte operativo de seguridad que había en la sala, los terroristas se acobardaron, no se atrevieron a accionar el arma oculta y abortaron el plan por su cuenta.


El siguiente presidente James Carter (1924-2024) a pesar de las tensiones con Cuba, al comienzo de su presidencia entabló conversaciones directas con Castro con la intención de normalizar parcialmente las relaciones diplomáticas bilaterales y abrir una Oficina de Intereses de Estados Unidos que pudiera funcionar como misión diplomática en La Habana. Buscó reducir la hostilidad y levantar el embargo estadounidense para mejorar las condiciones socioeconómicas en la nación caribeña y eliminó restricciones para que los ciudadanos estadounidenses pudieran viajar al territorio cubano. Pero el diálogo entre ambos mandatarios para lograr un avance diplomático se frenó cuando, en abril de 1980, cientos de cubanos anticastristas ocuparon la embajada de Perú en La Habana en busca de asilo. Esto motivó que Castro, tras detenerlos, les permitiera embarcarse en botes en el puerto Mariel y viajasen hasta Estados Unidos. Se calcula que fueron alrededor de ciento veinticinco mil cubanos los que llegaron a las costas de Florida en pocas semanas. Carter intentó negociar de forma secreta con Castro para frenar el flujo de embarcaciones, ofreciendo a cambio revisar puntos del embargo y excepciones comerciales y médicas. Sin embargo, la migración masiva no se detuvo y le generó a Carter varios problemas internos ya que se convirtió en un tema de política nacional y avivó los sentimientos antiinmigrantes de muchos estadounidenses. No son pocos los analistas que consideraron ese suceso como uno de los que lo llevaron a la derrota ante Ronald Reagan (1911-2004) en las siguientes elecciones.
El nuevo presidente endureció la política hacia Cuba designándola como “patrocinadora del terrorismo” por brindar apoyo a grupos revolucionarios como el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) en Angola, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador, el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre (MR-13) en Guatemala y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua. También prohibió la mayoría de los viajes turísticos de ciudadanos estadounidenses a la isla mediante regulaciones estrictas sobre el uso de divisas, limitando el flujo de dinero hacia el gobierno cubano, y creó la Radio Martí en la cual se transmitían programas de noticias y propagandas anticubanas. Como respuesta, Castro suspendió un acuerdo migratorio que habría permitido la inmigración de hasta veinte mil cubanos al año a Estados Unidos y preveía la repatriación de unos tres mil cubanos con antecedentes penales o que padecían enfermedades mentales, y también suspendió las visitas de cubanos residentes en Estados Unidos.
En las elecciones presidenciales de 1988 George Herbert Bush (1924-2018), quien había sido director de la CIA durante la presidencia de Ford y vicepresidente de Reagan, obtuvo la presidencia. Durante su gobierno las relaciones con Cuba fueron de máxima tensión y se caracterizaron por el endurecimiento del bloqueo económico tras la caída de la Unión Soviética en 1991. Con el fin de la ayuda brindada por el último presidente de la URSS Mijaíl Gorbachov (1931-2022), Washington apostó por asfixiar la economía cubana bajo la premisa de que el régimen colapsaría rápidamente. Fue entonces cuando los senadores Robert Torricelli (1951) y Bob Graham (1936-2024) presentaron una propuesta legislativa llamadaCuban Democracy Act” (Ley de Democracia Cubana), un proyecto de ley que tenía como objetivo endurecer el embargo estadounidense contra Cuba. Bush, aduciendo que “el gobierno de Fidel Castro ha demostrado un desprecio constante por las normas internacionalmente aceptadas de derechos humanos y por los valores democráticos”, aprobó la ley que dificultó la capacidad de los buques atracados en puertos cubanos para viajar a puertos estadounidenses y reimplantó la prohibición a las subsidiarias de empresas estadounidenses en terceros países a comerciar con la isla, afectando principalmente la provisión de alimentos y medicinas. El propio Torricelli sin reparos declaró que la ley tenía como objetivo “causar estragos en esa isla”, algo que efectivamente sucedió.


Luego, Bill Clinton (1946), sucesor de Bush, el 12 de marzo de 1996 firmó y puso en vigor la llamada “Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act” (Ley de Libertad Cubana y Solidaridad Democrática), una ley promovida por los senadores conservadores Jesse Helms (1921-2008) y Dan Burton (1938) que propuso la internacionalización del bloqueo, reforzó las sanciones económicas intimidando a los empresarios extranjeros a evitar las inversiones y el comercio internacional con Cuba, y estableció que el embargo se mantendría vigente hasta que Cuba instaurase un gobierno “democráticamente electo” que garantizase las libertades fundamentales. Cinco meses después de la entrada en vigencia de esta ley, como resultado de las protestas y críticas hechas por los principales aliados de Estados Unidos en el mundo, entre ellos la Organización Mundial del Comercio (OMC), Clinton se vio obligado a suspender temporalmente algunos artículos de la ley y, el 28 de enero del 1997, publicó con un gran despliegue publicitario el documento “Support for a Democratic Transition in Cuba” (Apoyo para una Transición Democrática en Cuba) en el que, cargado de una fuerte retórica anticubana, prometió no sancionar a las compañías europeas que invertían en Cuba.
Durante la década de los años ’90, tras el derrumbe de la URSS muchos funcionarios y asesores del gobierno de Estados Unidos que defendían la política exterior intervencionista y de mano dura, los llamados “halcones”, pensaron que era el momento de darle un golpe letal a la economía cubana para provocar la caída del gobierno. Para ello, acompañados por la CIA decidieron atacar una de las principales fuentes de ingresos de ese país: el turismo. Con ese propósito contrataron mercenarios que realizaron numerosos atentados en distintos lugares de la isla entre los que se pueden mencionar el ataque armado contra el Hotel Meliá de Varadero en octubre de 1992, los tiroteos contra el Hotel Guitart de Cayo Coco en marzo y octubre de 1994 y en mayo de 1995, y la detonación de bombas en los hoteles Cohíba, Capri, Nacional, Tritón, Chateau Miramar y Copacabana de La Habana en mayo y agosto de 1995 y julio de 1997.
También lo hicieron en el restaurante “La Bodeguita del Medio” en septiembre de 1997, un emblemático lugar turístico de la capital cubana que había sido visitado por escritores y poetas como Gabriela Mistral (1889-1957), Waldo Frank (1889-1967), Ernest Hemingway (1899-1961), Nicolás Guillén (1902-1989), Pablo Neruda (1904-1973), Alejo Carpentier (1904-1980), Julio Cortázar (1914-1984), Octavio Paz (1914-1998), Mario Benedetti (1920-2009) y Gabriel García Márquez (1927-2014); por filósofos y sociólogos como Charles Wright Mills (1916-1962), Jean Paul Sartre (1905-1980) y Simone de Beauvoir (1908-1986); y por estrellas del cine y de la música como Errol Flynn (1909-1959), Mario Moreno ‘Cantinflas’ (1911-1993), Nat King Cole (1919-1965) y Brigitte Bardot (1934-2025), por mencionar sólo algunas de las figuras famosas que pasaron por allí y dejaron sus firmas, frases y dedicatorias en sus paredes.

3 de septiembre de 2026

Estados Unidos y Cuba. Crónica de una relación depravada y fatídica (2/6)

Desde su inicio, la dictadura de Batista se volcó a favorecer el desarrollo del capital privado y promover el aumento de las inversiones estadounidenses en la industria, en los bancos y en el sector de servicios. Pero el país entró en una situación económica complicada al afrontar la caída de los precios del azúcar a nivel mundial y la consiguiente disminución de divisas por exportaciones. Entre 1954 y 1958 el proceso de concentración del sector financiero en manos estadounidenses implicó primero la extranjerización de ese sector y luego un vuelco especulativo de las inversiones estadounidenses que pasaron del azúcar al sistema bancario. Hacia 1956, los principales bancos que intervinieron en ese proceso fueron los estadounidenses First National Bank, Chase Manhattan Bank y First National Bank of Boston, el canadiense Royal Bank of Canada y el escocés Bank of Nova Scotia, instituciones todas ellas que no tuvieron inconvenientes en cortarles la línea de crédito a instituciones bancarias cubanas como el Banco Agrícola Industrial, el Banco de los Colonos o el Banco de Fomento Comercial cuando intentaron invertir en el sector azucarero. Durante ese año, el 90% de la producción de electricidad y de redes telefónicas, el 30% de las refinerías de petróleo, el 100% de la minería del níquel y el 25% de los hoteles, casas comerciales e industrias alimenticias eran de propiedad estadounidense.
Durante esa década, la de los años ‘50, varios países latinoamericanos también fueron gobernados por dictaduras militares. Sucedió en República Dominicana, Nicaragua, Venezuela, Colombia, Paraguay, Guatemala y Argentina presididos por los dictadores Rafael Trujillo (1891-1961), Anastasio Somoza (1896-1956), Marcos Pérez (1914-2001), Gustavo Rojas Pinilla (1900-1975), Alfredo Stroessner (1912-2006), Carlos Castillo Armas (1914-1957) y Pedro E. Aramburu (1903-1970) respectivamente. Por supuesto, la intervención de Estados Unidos fue un factor determinante en el establecimiento de esas dictaduras. A través de la CIA y otras agencias gubernamentales, promovió y respaldó la instalación de esos regímenes autoritarios mediante la asistencia militar y financiera para garantizar la alineación con sus intereses económicos y estratégicos.
En el año 2011 se publicó “Objetivo: voltear a Cuba. Una historia del terrorismo contra el gobierno de Fidel Castro”, un libro del periodista y escritor canadiense Keith Bolender (1963). En el prólogo de dicho ensayo, el filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky (1928) señala que “el desenfreno tal vez sea el rasgo más destacado de la guerra que ha librado Washington contra Cuba desde que, por fin, este país se atrevió a liberarse en 1959”. Agrega más adelante: “El terrorismo no es el arma de los pobres. Es, en primer lugar y por lejos, el arma de los ricos”, y luego hace una descripción pormenorizada de las numerosas intervenciones violentas de los sucesivos presidentes estadounidenses desde aquel año en adelante en contra de Fidel Castro (1926-2016), el líder de la Revolución Cubana que implantó en el país un sistema unipartidista donde la única fuerza política legal era el Partido Comunista.


Según se publicó en el suplemento “Cultura & Espectáculos” del diario “Página/12” el 30 de julio de 2011 en ocasión de la aparición de esta obra, la misma fue el resultado de años de investigación y cientos de entrevistas a sobrevivientes y familiares de las víctimas de los atentados. “Apoyado en datos y fuentes -dice el artículo-, el libro es una crónica apasionada de la estrategia de Washington y un contundente alegato contra la idea de que, en materia de política internacional, todas las herramientas son válidas para destruir al enemigo. Bolender reconoce que el gobierno cubano, por razones de defensa nacional, ha restringido libertades. Pero agrega que, sin una mirada dialéctica que desenmascara el papel de opositor mortal jugado por Estados Unidos, el complejo y contradictorio presente cubano se torna incomprensible”.
En su ensayo, Bolender afirma que “el contexto histórico que permitió a Estados Unidos desatar toda su furia militar, política y económica contra Cuba, sin impedir que se lanzaran miles de atentados terroristas desde su propio territorio, se remonta a una época muy anterior a la aparición de Fidel Castro. Hace casi 200 años que el gobierno estadounidense concibe a Cuba como parte de su esfera natural de influencia y ejecuta implacablemente medidas destinadas a mantener esta percepción. Las elites políticas y mediáticas presentaron esta perspectiva y la transformaron en un dato histórico aceptado, que así se arraigó en el consciente colectivo de esa nación. En consecuencia, el diálogo de Estados Unidos con Cuba se limita de modo inexorable a ciertas convicciones restringidas. La idea que más ha penetrado la psiquis de los estadounidenses en este sentido tiene que ver con el derecho de posesión. Estados Unidos se ha autoconvencido de que la posesión de Cuba es un derecho natural, predestinado y fundamental para cumplir las expectativas nacionales”.
Según cuenta el historiador argentino Felipe Pigna (1959) en uno de los artículos publicados en su página web “elhistoriador.com.ar”, “Cuba, protectorado de los Estados Unidos desde su independencia en 1898, fue gobernada por distintos regímenes dictatoriales y su economía manejada por los intereses azucareros estadounidenses. Desde entonces, como siempre se ha recordado, Cuba se transformó en el ‘patio de juegos y placeres’ para los ricos norteamericanos, al mismo tiempo que los grandes monopolios, como la United Fruit, devastaban el trabajo y riqueza que generaban los ‘guajiros’. La mafia controlaba el juego, la prostitución y las drogas en la isla. La corrupción alcanzaba límites escandalosos durante la dictadura del ex sargento Fulgencio Batista, quién en 1952 accedió a la presidencia luego de un golpe de Estado realizado a cuatro meses de que los cubanos votasen. Durante su mandato fueron violentamente reprimidos movimientos de oposición encabezados por grupos de estudiantes y partidos democráticos. El organizado por el abogado Fidel Castro, su hermano Raúl y el médico argentino Ernesto Guevara de la Serna, conocido como el Che, logró en 1959, tras tres largos años de lucha, el objetivo buscado”.
En otro artículo expresó: “A fines de los años ‘50, Latinoamérica continuó siendo un continente marcado por altas desigualdades sociales. Los procesos populistas, en muchos casos interrumpidos por golpes de Estado, no alcanzaron a superar los problemas de analfabetismo, desnutrición, vivienda y trabajo. El 1º de enero de 1959 triunfaba en Cuba la revolución liderada por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista. Desde su independencia en 1898, Cuba había sido un protectorado de los Estados Unidos, gobernada por distintos regímenes dictatoriales y su economía manejada por los intereses azucareros estadounidenses. Tras largos años de lucha contra el gobierno de Fulgencio Batista, el 1º de enero de 1959 la revolución se haría realidad. El nuevo gobierno realizará transformaciones radicales: expropiación de monopolios locales y norteamericanos, reforma agraria, extensión de servicios sanitarios y campañas de alfabetización masiva”.


Efectivamente, la política económica aplicada por el gobierno revolucionario durante 1959 y 1960 introdujo importantes cambios en las relaciones de propiedad mediante la nacionalización de los principales medios de producción del país. A fines de 1960 el Estado ya tenía una elevada participación en el 37% de la agricultura, en el 85% de la industria, en el 80% de la construcción, en el 92% del transporte y en el 50% del comercio minorista. Además, asimiló la totalidad de los servicios bancarios y del comercio exterior, asestando un severo golpe a las especulaciones financieras extranjerizadas. Estas medidas, sumadas a la Ley de Reforma Urbana mediante la cual se reconoció el derecho de todas las personas a poseer su vivienda para lo que se crearon planes de pago de entre cinco y veinte años según la capacidad económica que tuvieran, se eliminaron las viviendas precarias y se comenzó la construcción estatal de viviendas para quienes no pudieran pagarlas, más la reducción de las tarifas eléctricas y telefónicas, de los precios de los medicamentos y los alquileres, el aumento de salarios y pensiones y la confiscación de los bienes privados de Batista y sus aliados, aceleraron los cambios económicos y sociales.
Luego, entre 1960 y 1961, el gobierno nacionalizó los principales bancos del país y las refinerías de petróleo, las compañías de gas, electricidad y telefonía pertenecientes a empresas extranjeras y encaminó la estrategia de desarrollo económico hacia la industrialización por sustitución de importaciones y el acercamiento económico-político con los países del bloque socialista. Todas estas medidas, al mismo tiempo que ampliaron la base del apoyo popular al gobierno, lo volvieron un enemigo declarado de la Casa Blanca y de la prensa estadounidense.
La Revolución Cubana había comenzado encabezada por el Movimiento 26 de Julio, una organización política y militar liderada por el citado Fidel Castro acompañado por, entre otros, su hermano Raúl Castro (1931), la y los combatientes Celia Sánchez (1920-1980), Juan Almeida Bosque (1927-2009) y Camilo Cienfuegos (1932-1959), el dirigente estudiantil Frank País (1934-1957) y el médico argentino Ernesto “Che” Guevara (19281967). Desde su primer intento insurreccional, cuando asaltaron el Cuartel Militar Moncada en 1953, hasta el ingreso triunfante en La Habana y Santiago de Cuba el 1º de enero de 1959, pasaron más de seis años, a través de los cuales los diferentes sectores del pueblo cubano fueron aceptando la idea de que sólo por la fuerza se terminaría con el “régimen colonial”. Durante esos años estuvieron en la Sierra Maestra tratando no sólo de hacerse conocer, sobrevivir, ganar territorios y sumar combatientes, sino también de desarrollar una estrategia de unidad con otros sectores, urbanos principalmente, algo que no resultó nada sencillo. Hacia fines de diciembre de 1958, las columnas guerrilleras se habían desplegado alrededor de vastos sectores del país y encabezaban duras batallas, entre ellas la que comandó el “Che” Guevara en la ciudad de Santa Clara en la provincia de Las Villas, cuyo éxito selló la caída de Batista, el dictador que tras la derrota huyó hacia Santo Domingo en un tren blindado.
Este acontecimiento sucedió durante el gobierno de Dwight Eisenhower (1890-1969) en Estados Unidos, quien de inmediato la percibió como un “problema básico”. El Secretario de Estado John Foster Dulles (1888-1959) manifestó que Castro rechazaba “el concepto de que es necesaria la defensa del hemisferio bajo el liderazgo estadounidense” y advirtió que el líder de la revolución impulsaba “un papel más protagónico para América Latina en los asuntos internacionales, de ser posible bajo el liderazgo de Cuba”.
No fue necesario que pasase mucho tiempo para que Eisenhower firmara un decreto para la creación de una operación secreta a cargo de la CIA llamada “Operation 40” (Operación 40) con el objetivo de organizar, entrenar y equipar refugiados cubanos junto a oficiales de la Agencia Central de Inteligencia para derrocar al gobierno cubano. En abril de 1960, el Subsecretario Adjunto del Departamento de Estado Lester Mallory (1904-1994) sugirió que para derribar ese “régimen insolente” era necesario que la vida económica de Cuba debía ser debilitada a la brevedad “por todos los medios posibles para que surjan el hambre, la desesperación y la destitución del gobierno gracias a la decepción y la hostilidad generadas por la insatisfacción y las penurias económicas”. Fue así que, junto con las operaciones encubiertas, Estados Unidos también comenzó su embargo contra Cuba, lo cual llevó a Castro a establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, quien le proporcionó una ayuda económica y militar sustancial para mantener su gobierno.
En simultáneo, Washington lanzó una campaña de mentiras y desinformación sobre las acciones del gobierno revolucionario y, con la complicidad de la Iglesia Católica, organizó lo que se conoció como “Operation Peter Pan” (Operación Peter Pan). En diciembre de 1960 hizo circular un documento que planteaba que el gobierno cubano les quitaría a todos los padres la patria potestad sobre sus hijos y le permitió al director de Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Miami, Monseñor Bryan Walsh (1930-2001), facilitar mediante contactos privados en La Habana miles de salvoconductos diplomáticos para que niños cubanos de todas las edades fueran enviados, sin sus familias, en los vuelos comerciales que todavía operaban hacia Estados Unidos. Fue así que, a lo largo de casi dos años, recibió a alrededor de catorce mil niños en Miami y los tuvo a su cargo hasta que pudieron reunirse con sus familias. Sin embargo, la mayoría de esos niños nunca volvieron a reencontrarse con sus padres.


El evento de mayor importancia en el que participó la “Operación 40” fue la invasión a la Bahía de Cochinos ubicada en la costa suroeste de la isla en la cual participó junto a bombarderos, tanques y armas de artillería de las fuerzas armadas estadounidenses. La misma fue propulsada por el presidente John F. Kennedy (1917-1963) tres meses después de asumir el cargo cuando el director de la CIA Allen W. Dulles (1893-1969) le informó que derrocar el régimen castrista era una medida “clave para toda América Latina; si Cuba triunfa se puede esperar que caiga casi toda América Latina”. En tan sólo tres días la fuerza invasora fue derrotada en la Playa Girón por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. En la primera reunión de gabinete tras el fracaso de la invasión, la atmósfera en el gobierno era “casi salvaje”, como señaló el Subsecretario de Estado Chester Bowles (1901-1986), quien describió una “reacción casi frenética para un simple plan de acción”. Hasta el propio presidente reconoció que, para sus aliados, “estamos un tanto dementes” en cuanto al tema de Cuba. Esto no impidió que su hermano Robert Kennedy (1925-1968), por entonces Fiscal General de la Nación, coordinase una campaña de terrorismo de Estado ya que, según manifestó, derrocar al gobierno cubano era “la prioridad número uno del gobierno estadounidense más importante que todo lo demás, sin reparar en gastos de tiempo, dinero, esfuerzos o recursos humanos”.
Muchos años después, en declaraciones ante el Senado en 1978, el ex director de la CIA Richard Helms (1913-2002) -quien había organizado el golpe militar llevado a cabo en Chile por Augusto Pinochet (1915-2006) el 11 de septiembre de 1973- confirmó la estrategia estadounidense al revelar que “teníamos grupos de tareas que atacaban a Cuba constantemente. Intentábamos volar las centrales eléctricas, intentábamos arruinar los ingenios azucareros, intentábamos hacer todo tipo de cosas en esa época. Era una cuestión de política gubernamental a nivel nacional”. Pero al mes siguiente de la fallida invasión, el oficial de la CIA William Harvey (1915-1976) intentó mitigar la derrota en un documento en el cual expresó que “la meta es planificar, implementar y sostener un programa de acciones encubiertas diseñadas para explotar las vulnerabilidades económicas, políticas y psicológicas de su régimen”. Y reconoció que “no se espera ni se afirma que la ejecución exitosa de este programa confidencial vaya a derivar directamente en el derrocamiento de Castro. Lo que se pretende es acelerar el desgaste moral y físico de su gobierno”.
Justamente para acelerar el desgaste del gobierno castrista, el presidente Kennedy intensificó profundamente el embargo que había establecido Eisenhower, lo que, según declaró el miembro del Comité Ejecutivo del Consejo de Seguridad Nacional Douglas Dillon (1909-2003), era legitimo porque “los cubanos son responsables del régimen y, por lo tanto, deben padecer hambre y privaciones para lavar sus pecados”. Dicho embargo comercial de una severidad sin precedentes, prohibió todas las operaciones con bienes “de origen cubano que han sido almacenados en Cuba o transportados desde allí, o fabricados en todo o en parte con artículos cultivados, producidos o elaborados en Cuba”, según reza la “Proclamación 3447” firmada por Kennedy el 3 de febrero de 1962 como respuesta a las expropiaciones de las grandes propiedades agrícolas y compañías estadounidenses que estaba realizando el régimen cubano.

1 de septiembre de 2026

Estados Unidos y Cuba. Crónica de una relación depravada y fatídica (1/6)

La República de Cuba está atravesando una situación sumamente aciaga y escabrosa. Tras el endurecimiento del embargo histórico y el bloqueo al suministro de combustible impuesto por Estados Unidos que dejó al país al borde del colapso económico y social, sus ciudadanos están sufriendo una profunda crisis energética, la escasez de alimentos, la baja de medicamentos básicos, el aumento de la mortalidad infantil, la caída de la producción agrícola, una creciente inflación, calles repletas de basura sin recolectar, carretas tiradas por caballos para el transporte público y para los servicios fúnebres, el derrumbe del turismo, una emigración masiva, etc. La magnitud de la crisis producto del bloqueo estadounidense constituye una restricción estructural para una economía dependiente de las importaciones y limita su acceso al financiamiento, el comercio y la inversión. Es un bloqueo con antecedentes de más de sesenta años que tiene como finalidad asfixiar al pueblo de la isla para generar caos y así provocar un cambio de gobierno y del sistema político. Según las propias palabras del presidente Donald Trump (1946), él tendrá “el honor de tomar Cuba y hacer lo que quiera con ella”. Por su parte el Secretario de Estado Marco Rubio (1971), advirtió que Cuba no tendrá “válvula de escape” a la presión de Washington. Y el director de la Agencia Central de Inteligencia John Ratcliffe (1965) declaró: “Estados Unidos está dispuesto a comprometerse seriamente en temas económicos y de seguridad, pero sólo si Cuba realiza cambios fundamentales”.
Pero Trump no es el primer presidente con esas ansias. Según narró en una entrevista Michael Zeuske (1952), historiador y profesor alemán del Zentrum für Abhängigkeits und Sklavereistudien (Centro de Estudios sobre la Dependencia y la Esclavitud) de la universidad Rheinische Friedrich Wilhelms de Bonn, “Ya a mediados del siglo XIX Estados Unidos puso sus ojos en la isla”. En 1820, cuando Cuba era aún una colonia de España, el presidente Thomas Jefferson (1743-1826) “declaró que había que aprovechar la primera oportunidad para anexionar Cuba a Estados Unidos”. Y en 1848 Washington intentó comprar la isla. Según contó Zeuske, James K. Polk (1795-1849) “el undécimo presidente de Estados Unidos, ofrece a los españoles 100 millones de dólares por Cuba, pero, según se dice, la potencia colonial contestó que prefería hundir la isla en el mar. España quería aferrarse a una de sus pocas colonias que le quedaban en ultramar. Solo seis años después, los diplomáticos estadounidenses redactaron un documento secreto: tenían derecho a tomar Cuba por la fuerza si España seguía negándose a vender la isla. Pero nada de eso sucedió”.
Puede decirse que la historia cubana tiene una larga data de procesos independentistas desde que, a fines de 1492, llegaron a sus costas las naves comandadas por Cristóbal Colón (1451-1506) y unos años después, en 1511, lo hizo Diego Velázquez de Cuéllar (1465-1524) dando comienzo a la colonización española de un territorio que se encontraba habitado por diversos pueblos indígenas que fueron diezmados aunque no se llegó a exterminados ya que, según estudios recientes, alrededor de un 30% logró sobrevivir. El conquistador español comenzó el asentamiento permanente fundando Baracoa en la costa noreste, con trescientos españoles y sus esclavos africanos, y en los cuatro años siguientes fundó los asentamientos de Bayamo, Santiago de Cuba y La Habana, y se convirtió en el primer gobernador español de la isla.


Según narra la historiadora estadounidense Sandra H. Levinson (1937), cofundadora y directora ejecutiva del “Center for Cuban Studies” (Centro de Estudios Cubanos) con sede en Nueva York en un artículo publicado en la página web de la Enciclopedia Británica, “hacia 1570, la mayoría de los habitantes de las ciudades españolas en Cuba eran una mezcla de herencias españolas, africanas e indígenas, debido principalmente a la escasez de mujeres españolas entre los inmigrantes y al carácter militar de la conquista. La sociedad colonial reflejaba la estratificación de la metrópoli, aunque aún no se habían desarrollado divisiones marcadas entre los ciudadanos nacidos en España y los nacidos en América, como ocurriría más adelante. Hasta finales del siglo XVI, los esclavos africanos parecían gozar de una posición social más elevada que la población indígena, probablemente debido a su afinidad cultural con los conquistadores”.
Durante el siglo XIX, entre 1868 y 1878 se produjo la primera guerra de independencia impulsada por el hacendado Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874) acompañado por el militar dominicano Máximo Gómez Báez (1836-1905). Tras su fracaso, en 1895 el poeta, ensayista, filósofo y fundador del Partido Revolucionario Cubano José Martí (1853-1895) promovió un alzamiento junto al general Antonio Maceo (1845-1896) para conseguir la independencia, pero ambos murieron en combates tras la entrada directa de Estados Unidos en el conflicto durante abril y agosto de 1898 con el pretexto de conseguir la “libertad” del pueblo cubano.
En realidad, lo que buscaba Estados Unidos era su antónimo: “dependencia”, una idea que no nació ese año sino algo más de medio siglo antes cuando el presidente John Quincy Adams (1767-1848) declaraba: “Hay leyes de gravitación política, como las hay de gravitación física. Y así como una manzana, separada de su árbol por la fuerza del viento, no puede más que caer en el suelo, así Cuba, separada de España y roto el lazo artificial que la liga con ese país, e incapaz de sostenerse por sí sola, debe gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana”. Y unos años después el senador Milton Latham (1827-1882) manifestaba que “debido a su proximidad a nuestras costas, Cuba reviste una gran importancia para la paz y la seguridad de este país. No se trata aquí de ambiciones ni deseos de extender nuestro dominio, sino de entender que esa isla es indispensable para la seguridad de Estados Unidos”.
Lo concreto es que, tras su derrota, España tuvo que renunciar al dominio colonial. El 13 de agosto de 1898, la bandera española fue arriada de la isla, pero no fue izada la bandera cubana sino la de los Estados Unidos. Parece que tenía razón José Martí cuando unos meses antes de ser alcanzado por tres disparos efectuados por un grupo de españoles que le provocaron heridas mortales en el combate de Dos Ríos, en la región oriental de Cuba, había sentenciado: “Es un deber mío evitar, mediante la independencia de Cuba, que los Estados Unidos se extiendan por las Indias Occidentales y caigan con mayor fuerza sobre otras tierras de nuestra América. Conozco al monstruo porque he vivido en sus entrañas”. Este país estableció una administración militar ejercida primero por John R. Brooke (1838-1926) entre diciembre de 1898 y diciembre de 1899, y luego por Leonard Wood (1860-1927) hasta mayo de 1902, quien declaró claramente que “la isla se norteamericanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo”.
Durante este último gobierno, una Asamblea Constituyente redactó la constitución de la nueva república. La misma contenía una cláusula redactada por el senador Orville Platt (1827-1905) que decretó la prohibición al futuro gobierno cubano de establecer tratados o convenios con gobiernos extranjeros que implicaran la cesión de parte de su territorio, le concedió a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en la isla en caso de que peligraran la vida, la propiedad o las libertades individuales y convalidó todos los actos realizados por el gobierno militar norteamericano hasta ese momento. Dicha cláusula -conocida como “Enmienda Platt”- fue considerada como un tratado de carácter permanente entre ambos países, ratificada con peso de ley por el Congreso de los Estados Unidos y establecida como condición obligatoria para el retiro de sus tropas, algo que provocó que Cuba quedase reducida a casi un protectorado de los Estados Unidos. Para el por entonces presidente estadounidense Theodore Roosevelt (1858-1919), esta medida funcionó como herramienta clave de su política del “Big stick” (Gran garrote) para asegurar el control estratégico de esa “republiqueta infernal” -tal como la particularizó- a la que había que “borrar de la faz de la Tierra”, pues se seguían rebelando sin reconocer que el gobierno estadounidense la había “liberado”.


El 20 de mayo de 1902 asumió la presidencia un gobernante elegido democráticamente en las primeras elecciones de la república, las que fueron consideradas fraudulentas por la oposición. De todas maneras, la injerencia estadounidense fue tal que al país se lo llamó “colonia virtual” y “república tutelada” ya que el presidente designado Tomás Estrada Palma (1835-1908) afirmó que iba a entablar “relaciones de reciprocidad” con Estados Unidos, mientras incrementó la relación de intercambio desigual entre el mercado industrial-financiero estadounidense y el modelo latifundista agroexportador cubano, algo que no hizo más que propiciar un mayor grado de dependencia cubana con respecto a los capitales norteamericanos.
En ese sentido firmó el “Trade Reciprocity Treaty” (Tratado de Reciprocidad Comercial) propiciado por el general Tasker Howard Bliss (1853-1930) quien se había desempeñado como Recaudador de Aduanas en Cuba entre 1898 y 1899. Mediante ese tratado se subordinó la producción cubana a las élites económicamente poderosas estadounidenses, las cuales adquirieron rápidamente su condición monopólica dentro del mercado desplazando a competidores de otras naciones y frenaron el desarrollo de una industria nacional diversificada pues el acceso privilegiado, con el cual contaban los productos estadounidenses, creó un escenario poco estimulante para la inversión productiva del capital cubano.
También se encargó de otorgar un arrendamiento perpetuo de la Bahía de Guantánamo donde Estados Unidos había instalado una base naval en 1898, cuando ocupó militarmente la isla tras la derrota de España en la guerra hispano-estadounidense. Esto generó un alzamiento del Partido Liberal en septiembre de 1906, por lo que el presidente renunció y se produjo la segunda ocupación estadounidense en la isla. Es que, según la nota aparecida en el periódico “The Manufacturer” de Filadelfia, los cubanos eran “inútiles, haraganes, con defectos morales y privados por la naturaleza y la experiencia de las capacidades para cumplir las obligaciones de la ciudadanía en una república libre y grande. Incluso sus intentos de rebelión han sido de una ineficacia tan lamentable que poco distan de parecer una farsa”.
Durante los años siguientes Cuba fue gobernada por generales elegidos “constitucionalmente” por la elite cubana, entre ellos José Miguel Gómez (1858-1921), Mario García Menocal (1866-1941) y Gerardo Machado (1871-1939). Todos ellos fueron gobernantes títeres del verdadero poder que, tras bambalinas, era ejercido desde Washington. En esa época, la Gran Depresión de 1929 produjo el desplome de las exportaciones y del precio del azúcar, lo que generó un paro forzoso de los trabajadores y el recorte de hasta el 75% de los salarios agrícolas y del 50% de los urbanos, una severa situación que conllevó un aumento de la protesta social. Sin embargo, poco después la economía cubana logró recuperarse estimulada por las relaciones mercantiles con Estados Unidos ya que las grandes corporaciones de ese país controlaban los sectores más importantes de la economía de la isla y reforzaron el sistema de dominación y dependencia.
No obstante, en 1933 se produjo una gran huelga general iniciada por los conductores de autobuses de La Habana y apoyada por los obreros, las clases medias urbanas y los sectores estudiantiles, lo que implicó el resquebrajamiento del bloque dominante y el retiro del apoyo a Machado por parte del nuevo presidente estadounidense Franklin Roosevelt (1882-1945), primo lejano de quien había gobernado el país entre 1901 y 1909. Fue así que el 12 de agosto de ese año, fue depuesto por un golpe del ejército con apoyo del embajador estadounidense Sumner Welles (1892-1961). Tras un día de gestión interina del general Alberto Herrera (1874-1954), veintitrés días del coronel Carlos Manuel de Céspedes (1871-1939) y cinco días de una pentarquía cívico-militar conformada por Porfirio Franca (1878-1950), Ramón Grau San Martín (1881-1969), Guillermo Portela (1886-1958), Sergio Carbó (1891-1971) y José Irisarri (1895-1968), se sucedieron tres efímeras presidencias provisionales: la del citado Grau San Martín durante cuatro meses y cinco días, la de Carlos Hevia (1900-1964) durante tres días y la Manuel Márquez Sterling (1872-1934) durante seis horas.
Luego, el 18 de enero de 1934, asumió Carlos Mendieta (1873-1960) quien, tal como narran los docentes e historiadores argentinos Fernando Esteche (1967), Guillermo Martín Caviasca (1967) y David Acuña (1977) en su ensayo publicado en 2023 “Destinados por la providencia. Una historia de la relación del Imperio con Nuestramérica”, no pudo consolidarse en el gobierno debido a las continuas manifestaciones de repudio popular y huelgas obreras. La falta de legitimidad política se trató de compensar con la represión, proclamando la ley marcial, realizando detenciones y fusilamientos a los líderes opositores”.
Más adelante detallan que Mendieta llevó adelante la firma de un Tratado de Relaciones entre Cuba y Estados Unidos, el cual “profundizaría la dependencia de la isla con la burguesía estadounidense. El tratado, aunque se formulase en la esfera comercial, tiene alcances que involucran al entramado de las relaciones sociales de producción cubanas. En sí mismo, el tratado versa sobre los aranceles de artículos comerciados entre ambos países, pero si se lo analiza en relación a las cuotas de importación que Estados Unidos va a establecer entre 1934 y 1959, es claro que el objetivo es proteger la producción local estadounidense en detrimento de los productores cubanos. Si bien hay un aumento de la participación cubana en el mercado de Estados Unidos, es mucho menor al que la isla tuvo en la década de 1910 a 1920. Al mismo tiempo, esto supuso un golpe a los intentos de diversificación económica de Cuba, con la consiguiente reprimarización de su aparato productivo”.


Los constantes conflictos vividos por entonces desgastaron el poder de Mendieta y su gobierno fue considerado como débil por los políticos liberales y conservadores, razón por la que se vio forzado a renunciar a la presidencia el 11 de diciembre de 1935. Fue sustituido por José Barnet (1864-1945), quien gobernó durante cinco meses y nueve días; luego por Miguel Mariano Gómez (1889-1950), quien lo hizo durante siete meses y cuatro días, y finalmente por Federico Laredo Brú (1875-1946), quien ocupó el cargo a lo largo de tres años, nueve meses y diecisiete días. La particularidad de todos estos gobiernos no fue sólo la brevedad de sus mandatos sino también el control que sobre todos ellos ejerció quien, en 1933, respaldado por el embajador estadounidense Jefferson Caffery (1886-1974), se había autoproclamado jefe de las Fuerzas Armadas: Fulgencio Batista (1901-1973).
En 1940, tras visitar al presidente Franklin Roosevelt, de quien recibió el apoyo, Batista fue elegido presidente con una plataforma populista respaldado por las fuerzas armadas. En 1944 fue derrotado en las elecciones por su viejo rival en cuestiones políticas e ideológicas, el mencionado Ramón Grau San Martín, quien gobernó los siguientes cuatro años. Luego, en medio de una profunda crisis política y una férrea oposición, éste fue vencido en las elecciones por Carlos Prío Socarrás (1903-1977) quien las ganó declarando que su gobierno se iba a caracterizar por “la cordialidad”. Sin embargo, más allá de algunos avances en cuanto a la libertad de opiniones y de prensa, su mandato estuvo marcado por problemas estructurales que terminaron debilitando la institucionalidad ya que se agudizaron todos los males del país, en especial la corrupción administrativa, el gansterismo, la represión a opositores y el sometimiento al imperialismo estadounidense, cuestiones todas ellas que afectaron la percepción pública de su gobierno y erosionaron su legitimidad. Finalmente, tres meses antes de que se convocaran a nuevas elecciones, el 10 de marzo de 1952 fue derrocado por un golpe militar encabezado por Batista.
A partir de entonces, quien se había desempeñado como presidente constitucional entre 1940 y 1944, instaló un régimen dictatorial que se caracterizó por la corrupción, la represión política y la estrecha relación con Estados Unidos, quien veía en Batista un aliado estratégico en la región.