16 de octubre de 2026

Alicia Moreau de Justo, la emblemática luchadora por los derechos de la mujer (3/4)

Desde su paso por la Secretaría de Trabajo y Previsión, Perón había elaborado los decretos que pusieron en marcha una nueva política social, otorgando importantes conquistas que formaron parte de las reivindicaciones del movimiento obrero desde finales del siglo XIX. Combinando la contención y el disciplinamiento de los trabajadores, impulsó la sindicalización y el reconocimiento de los sindicatos por rama, la creación de los Tribunales de Trabajo para el control de las condiciones laborales, la promulgación de una ley de jubilaciones, el Estatuto para el peón del campo, las vacaciones pagas, el aguinaldo y una nueva normativa de estabilidad laboral, medidas todas ellas que naturalmente fueron festejadas por los trabajadores. Fue entonces cuando, presionado por sectores opositores de las Fuerzas Armadas comandados por el general Eduardo Ávalos (1892-1971), fue obligado a renunciar el 8 de octubre de 1945 y cuatro días después fue arrestado y trasladado a la isla Martín García y luego al Hospital Militar por orden del presidente Farrell.
Esto motivó que el 17 de octubre se produjera un paro general y una gran movilización obrera y sindical. Ese día una gran cantidad de manifestantes provenientes de los barrios obreros de la periferia de Buenos Aires ocuparon el centro de la ciudad, especialmente la Plaza de Mayo. Ante esa situación y en medio de la crisis que atravesaba su gobierno, Farrell convocó mediante un decreto a elecciones generales para el año siguiente y mandó a llamar a Perón y le pidió que hablara desde la Casa de Gobierno para aplacar a la multitud que pedía su libertad. Fue así que, desde un balcón de la Casa Rosada Perón, entre otras cosas, declaró que el Poder Ejecutivo había aceptado su solicitud de retiro del servicio activo del ejército. “Dejo, pues, el sagrado y honroso uniforme que me entregó la patria para vestir la casaca del civil y mezclarme con esa masa sufriente y sudorosa que elabora el trabajo y la grandeza del país”. Y agregó: “Ahora llega la hora, como siempre, para vuestro secretario de trabajo y previsión que fue y que seguirá luchando al lado vuestro por ver coronada esa que es la ambición de mi vida: que todos los trabajadores sean un poquito más felices”. De esa forma, comunicaba su decisión de dejar el gobierno y presentarse a las elecciones. Poco después, evidentemente con fines electoralistas, prometió que los trabajadores dejarían de ser “moneda de cambio” de los partidos tradicionales y se convertirían en protagonistas activos de la vida pública y del Estado.
A escasos días de aquellos convulsionados acontecimientos, Alicia Moreau publicó “La mujer en la democracia”, un ensayo en el cual retomó sus argumentaciones sobre el papel de la educación como punta de lanza para la construcción de un estilo de vida democrático que lograra superar el “síntoma de inmadurez democrática”, y consideró a la pedagogía como una herramienta fundamental para emancipar a las mujeres. También enfatizó en la necesidad de defender los principios de la democracia y atacar toda forma de autoritarismo, destacando que el compromiso ciudadano real era la clave para sostener un sistema libre. Además ligó la lucha por los derechos civiles y políticos de las mujeres con una transformación social más amplia, defendiendo que la política no era un asunto exclusivo de los varones sino un proceso humano de interés compartido. La paridad entre hombres y mujeres no debía darse sólo en el ámbito político, sino también en los claustros universitarios que definió como una herramienta fundamental de emancipación intelectual y económica.
El 24 de febrero de 1946 Perón ganó las elecciones presidenciales derrotando al candidato de la Unión Cívica Radical José Tamborini (1886-1955). Una vez en la presidencia, en su primer mensaje al Congreso volvió sobre la cuestión del sufragio femenino. En simultáneo su esposa María Eva Duarte (1919-1952), con quien se había casado el 22 de octubre de 1945 en la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires, pronunció su primer discurso oficial en el que expresó: “La mujer argentina ha superado el período de las tutorías civiles. Aquella que se volcó en la Plaza de Mayo el 17 de octubre; aquella que hizo oír su voz en la fábrica, en la oficina y en la escuela; aquella que, día a día, trabaja junto al hombre en toda gama de actividades de una comunidad dinámica, no puede ser solamente la espectadora de los movimientos políticos. La mujer debe afirmar su acción, la mujer debe votar. La mujer, resorte moral de un hogar, debe ocupar su sitio en el complejo engranaje social de un pueblo. El voto femenino será el arma que hará de nuestros hogares el recaudo supremo e inviolable de una conducta pública. Su voto será el escudo de su fe. Su voto será el testimonio vivo de una esperanza, de un futuro mejor”.
Tras estas palabras, muchas mujeres pasaron a desempeñar un papel activo: se realizaron mítines, se publicaron manifiestos y grupos de obreras salieron a las calles a pegar carteles en reclamo por la ley. En conclusión, en septiembre de 1947 se promulgó en el Congreso la ley del voto femenino, algo por lo que Alicia Moreau tanto había luchado. Esa sanción la llevó a declarar: “Qué bueno, aunque venga del gobierno peronista”, pero advirtió que había sido “una maniobra política y no una conquista social”. En ese sentido, varios historiadores opinaron que la aprobación del sufragio femenino había tenido una evidente intención electoralista de cara a las siguientes elecciones ya que, según las cifras del censo nacional de 1947, otorgarles el voto a las mujeres significaba incorporar al mundo electoral a tres millones y medio de votantes, es decir doblar el padrón existente, lo cual implicaría asegurarse que buena parte de ellas apoyaran al gobierno al momento de elegir a sus representantes. Por esa razón, en la Conferencia Nacional de Mujeres Socialistas de ese año, Alicia Moreau invitó a las mujeres a “crear a la sufragante con conciencia” para que el voto no sirviera “de pedestal a los ‘salvadores de la patria’ con alma fascista”. Estas declaraciones provocaron una persecución del gobierno que la obligó a aminorar sus charlas públicas y sólo publicó “El socialismo según Juan B. Justo”, ensayo en el que apuntó fundamentalmente a la consolidación del Partido que, en esos tiempos, estaba afrontando una crisis debido a que muchos de sus militantes sostenían que el peronismo era ampliamente popular y que, por lo tanto, no había que enfrentarlo sino que se debía realizar una apertura hacia él y darle un apoyo crítico.


El 11 de noviembre de 1951, tras un fallido intento de golpe de Estado encabezado por el general Benjamín Menéndez (1884-1975), se realizaron las elecciones para renovar la presidencia para el período 1952-1958. Fueron las primeras en que las mujeres pudieron ejercer su derecho al voto y, tal como se esperaba, Perón volvió a triunfar derrotando nuevamente a la Unión Cívica Radical, esta vez representada por Ricardo Balbín (1904-1981). Poco antes de esas elecciones Alicia Moreau dictó una conferencia en la que se preguntó qué era un partido político, marcando las diferencias entre un partido democrático y uno autocrático. A este último lo caracterizó no como un verdadero partido sino como el instrumento personal de un tirano, haciendo alusión al peronismo. Señaló que ningún político, por más grande que fuese su influencia, podía hacer abstracción de una tradición democrática cimentada a lo largo de la historia. E insistió en la necesidad de rescatar para la Argentina un ideal democrático que fuera la salvaguarda del futuro.
Fue entonces cuando nuevamente fue hostigada, no sólo ella sino también varios dirigentes opositores. Ya había tenido que ocultarse cuando apoyó la huelga de los obreros ferroviarios de fines de 1950 y principios de 1951, pero en esta ocasión, cuando se presentó como candidata a diputada, fue proscripta por el peronismo acuda de conspiradora y detenida de una manera completamente ilegítima e ilegal en la Comisaría 21ª del barrio de Palermo, por lo cual no pudo ejercer el derecho a votar por el que había luchado durante décadas. También fueron apresados, entre otros, los antes mencionados Alfredo Palacios y Nicolás Repetto, el socialista Ramón Muñiz (1906-1965) y el radical Santiago Nudelman (1904-1961), todos ellos acusados de conspiración. Es más, personas “no identificadas”, con la complicidad encubierta de la Policía Federal, cometieron numerosos atentados contra las bibliotecas y los comités socialistas llegando incluso a incendiar la Casa del Pueblo que ella había fundado junto a su esposo en 1927.
Por entonces el Partido Justicialista -así lo nominó Perón en noviembre de 1946- fundó el Movimiento de la Juventud Peronista (MJP) integrado por los jóvenes que ya participaban en las unidades básicas y los sindicatos, algo que la preocupó al ver la gran influencia que tenía el peronismo sobre esa franja etaria. En ese contexto, en 1953 publicó “La juventud argentina y el Partido Socialista”, una obra en la que propuso captar a los jóvenes y orientarlos por una senda que los alejara de la fascinación por el peronismo, abriendo así un camino en relación con las nuevas generaciones. Esto la colocó nuevamente a la vanguardia de las estrategias políticas del Partido Socialista, una agrupación que en ese tiempo estaba atravesando una seria crisis que la llevaría a dividirse en varias fracciones en los años siguientes. Durante ese período, enfocó sus esfuerzos en lograr la subsistencia del Partido por sobre las posturas feministas que había priorizado durante los años anteriores.
Tras el golpe militar que derrocó a Perón el 16 de septiembre de 1955, la autoproclamada “Revolución Libertadora” que gobernó el país hasta mayo de 1958 primero por el general Eduardo Lonardi (1896-1956) durante poco más de un mes y luego por el general Pedro Aramburu (1903-1970), el vicepresidente de facto almirante Isaac F. Rojas (1906-1993) creó un organismo político asesor llamado Junta Consultiva Nacional conformado por representantes de distintos partidos (excepto el peronista y el comunista) con el fin de que opinasen sobre ciertos temas sobre los que el presidente de facto se expediría luego. Alicia Moreau fue designada por la dirección del Partido Socialista para representarlo y mostró enseguida sus diferencias respecto a los sectores que apoyaban la represión a los militantes peronistas e instó a una recuperación democrática.


Por esa razón dictó varias conferencias tituladas “Los deberes de esta hora” orientadas a evitar que toda forma de autoritarismo pudiera instalarse en el país y, entre otras cosas, propició la creación de escuelas y la ilustración del pueblo, para luchar contra la ignorancia. Poco después afirmó en una entrevista que le hizo el diario santafecino “El Litoral” que lo único en lo que se podía pensar era en “desmantelar la máquina construida por la tiranía, educar al pueblo en la sana doctrina de las convivencias, elevar su estándar de vida y sustraerlo de la posibilidad de que cualquier especulador, por inteligente que sea, lo aproveche, lo explote y lo convierta en instrumento ciego de sus ambiciones”.
Si bien el Partido Socialista había apoyado el golpe militar de septiembre de 1955, por entonces ya se entreveían dos líneas internas en las filas partidarias: la de aquellos que, como Américo Ghioldi (1899-1984), otro de los líderes del Partido, adherían sin reservas al gobierno militar y a su política de represión antiperonista, y la de aquellos otros que, como Alicia Moreau, buscaban tomar una mayor distancia reclamando tolerancia frente a la oposición y una apertura democrática. Entonces la histórica luchadora por los derechos femeninos además de reemplazar a Ghioldi en la dirección de “La Vanguardia” lanzó la revista “Ciudadana”, una publicación mensual editada por la Unión de Mujeres Socialistas mediante la cual intentó avanzar en la formación de las mujeres en el compromiso de la ciudadanía y de disipar la impronta que había significado el peronismo sobre ellas. Desde allí, además de fomentar la formación cívica de las mujeres impugnó algunas medidas tomadas por el gobierno de facto entre ellas la suspensión de la ley de divorcio, una disposición que consideró un atropello a la laicidad del Estado y un retroceso desde la mirada de género; una medida que “por su rigidez” tenía “visos de crueldad”. En ese sentido escribió: “¿Urgía que el gobierno provisional tomara tal medida que perturba a millares de hogares? Si hemos de llegar, dentro de poco tiempo, a un parlamento surgido del pueblo, ¿no se podía esperar que los distintos partidos políticos -incluyendo en sus respectivas plataformas electorales la ley de divorcio o su negación- consultaran libremente la opinión pública?”.
Un par de años más tarde el Partido se quebró. Nacieron así el Partido Socialista Democrático (PSD) liderado por Ghioldi y el Partido Socialista Argentino (PSA) del que Moreau fue elegida como su primera Secretaria General. Desde “La Vanguardia” fomentó la necesidad urgente de una reforma agraria y apoyó la Revolución Cubana. Debido a la oposición interna dentro del PSA, decidió renunciar a la dirección del periódico y, en 1972, cuando el PSA se fusionó con otros grupos socialistas para conformar el Partido Socialista Popular (PSP), ella se alejó del mismo y constituyó junto a Alfredo Bravo (1925-2003), Elena Tchalidy (1928-2022) y Héctor Polino (1933-2022) la Confederación Socialista Argentina con la clara intención de superar las divisiones. Sin embargo la unidad no se pudo lograr. Recordaría años después: “Siempre creí que este país merecía ser distinto. Que un día íbamos a unirnos todos y el destino cambiaría. Recuerdo los barrios obreros de esta ciudad cuando llegábamos con las banderas rojas y la gente se iba reuniendo y se iban logrando cosas. Cuando el Partido Socialista era una parte linda de la vida. Cuando las mujeres nos juntamos por primera vez y empezamos a pelear por nosotras”. El golpe militar de 1976 encontró a los socialistas divididos en varios partidos mientras ella, con un poco más de noventa años, jugó un rol destacado en la defensa de los derechos humanos y la oposición al terrorismo de Estado.
Durante los años previos a este golpe de Estado, Alicia Moreau -quien a sus ochenta y dos años había electa Secretaria General del Partido Socialista Argentino- se ocupó con altruismo desde ese lugar de temas importantes para los ciudadanos de entonces: el abastecimiento de productos esenciales y la carestía de la vida, la reforma agraria y su incidencia sobre las industrias, la electricidad y su aprovechamiento, el reparto y desvío de las aguas, los transportes, etc. mientras siempre tenía en cuenta y temía el retorno de las dictaduras en sus declaraciones caracterizadas -como siempre- por la claridad y por un gran poder de síntesis.