En 1921 se afilió al
Partido Socialista Argentino, el partido político fundado en 1896 por Juan
Bautista Justo (1865-1928) junto a los militantes socialistas exiliados españoles
Isidoro Salomó (1843-1900) y Esteban Jiménez (1869-1929), y el alemán Augusto
Kühn (1862-1941). Tiempo después declararía que “el conocimiento de lo que es
la vida obrera y de lo desguarnecido que estaba entonces el hombre, fue lo que
me impulsó a ingresar al Partido. No existía legislación obrera y su verdadero
creador fue Alfredo Palacios, elegido diputado en 1904. Es necesario reconocer,
por otra parte, que es el primer partido político que admitió a la mujer en
absoluta igualdad de derechos y obligaciones”. Efectivamente Alfredo Palacios
(1878-1965) fue el primer legislador socialista en América. Alicia lo admiraba
porque fue el primero en luchar contra la trata de blancas. Por su parte
Palacios en más de una oportunidad elogió de ella “su energía, su talento y su
tacto admirables. Es un timonel de mano firme, a la vez que una centinela
avanzada en la lucha contra los tiranos, el privilegio y la corrupción”.
Al año siguiente contrajo matrimonio con el fundador del partido, el citado Juan B. Justo, quien había enviudado diez años antes de Mariana Chertkoff (1876-1912) con quien había tenido seis hijos. El dirigente socialista que había nacido en el barrio de San Telmo en Buenos Aires, también había fundado en 1905 la cooperativa de crédito y edificación “El Hogar Obrero” junto al médico argentino Nicolás Repetto (1871-1965) con la intención de facilitar el acceso a la vivienda digna y económica para los trabajadores. Justo era un médico que, tras recibirse en 1888 en la de la Universidad de Buenos Aires (UBA) con diploma de honor y ser premiado con un viaje de estudios a Austria, Francia y Suiza para perfeccionarse, a su regreso ingresó en el Hospital de Crónicos -un antiguo establecimiento médico de la ciudad de Buenos Aires del siglo XIX- donde se desempeñó como cirujano. Allí introdujo las prácticas antisépticas en las operaciones quirúrgicas y el uso de la cocaína como anestésico. Para que en abril de 1894 pudiera salir el primer número de “La Vanguardia”, el diario partidario, necesitó vender el coche con el que hacía sus visitas médicas y empeñar la medalla de oro con que lo habían distinguido en la Facultad de Medicina. Con esta renombrada figura que con el tiempo fue considerado como uno de los mayores exponentes del socialismo argentino, Alicia tuvo tres hijos.
Dentro del Partido desarrolló tareas claves a la hora de discutir temas centrales en términos legislativos. En 1925 fue promotora de la sanción de la ley que limitó la jornada laboral de las mujeres a ocho horas diarias, no más de cuarenta y ocho horas semanales, que prohibió el despido de mujeres embarazadas y que habilitó la licencia para amamantar. Y al año siguiente impulsó la sanción de la Ley de Derechos Civiles de la Mujer, una ley que equiparó los derechos de hombres y mujeres en cuanto al estado conyugal. Luego, en 1927, fundó junto a su marido la Casa del Pueblo en el barrio de Balvanera. En ese edificio, comprado gracias a donaciones de los militantes, instalaron la imprenta del diario “La Vanguardia” y la “Biblioteca Obrera”, una de las bibliotecas con mayor cantidad de volúmenes en el país dedicada a la enseñanza de los obreros.
Poco después, Alicia sufrió un duro golpe personal. Su marido, que era senador desde 1924, murió de un ataque al corazón el 8 de enero de 1928. A partir de entonces se vio en la necesidad de disminuir el ejercicio de la medicina para intensificar su activismo político en el Partido Socialista. Para poder sobrellevar las vicisitudes económicas propias de una viuda con tres hijos pequeños, pasó a vivir con su padre en una casa de la localidad bonaerense de Ramos Mejía.
En 1930 pasó a formar parte del Comité Ejecutivo del Partido, convirtiéndose
en la primera mujer en ocupar un cargo oficial en un partido político. Desde su puesto directivo fundó el Comité Femenino de Higiene Social para combatir la trata de personas y coordinó exitosamente a todas las agrupaciones feministas socialistas de la Argentina, algunas de las cuales crearon centros de contención para niños y también para acrecentar la actividad política femenina. Además integró la Asociación Argentina por el Sufragio Femenino fundada por la dirigente social Carmela Horne (1881-1966), que no solamente reclamaba el voto para las mujeres sino también igual salario por igual trabajo, planes de viviendas obreras, maternidades y guarderías para los hijos de las trabajadoras. En esa línea colaboró activamente en la revista “Vida femenina. La revista de la mujer inteligente”, una publicación mensual ilustrada fundada por la maestra y periodista María Luisa Berrondo (1897-1961). En ese emprendimiento político cultural del Partido Socialista, Alicia publicó artículos desde su condición de educadora, médica, feminista y socialista. En todos los casos, su mirada fue crítica respecto de la coyuntura y los procesos socio-estructurales de aquella época.
En ese entonces había comenzado lo que popularmente se conoció como “década infame”, un período de trece años que comenzó tras el golpe de Estado contra el citado presidente constitucional Yrigoyen a quien sucedió el también mencionado general Uriburu. Luego, gracias al fraude electoral, presidieron el país el general Agustín P. Justo (1876-1943), el radical antipersonalista Roberto M. Ortiz (1886-1942) y el conservador Ramón Castillo (1873-1944). Esta etapa histórica se caracterizó por la ausencia de la participación popular, la persecución a la oposición, la tortura a los detenidos políticos y la proliferación de la corrupción. El rostro siniestro de la crisis social asomaba en todas partes. Los desocupados de ropas raídas hacían cola en las ollas populares organizadas por sociedades de socorros mutuos y algunos sindicatos obreros, las madres revolvían la basura para alimentar a sus hijos, los padres oscilaban entre la abulia y la búsqueda de empleo, los rufianes controlaban la avenida Corrientes mientras sus pupilas vendían sus servicios sexuales por monedas, la tuberculosis mordía los pulmones de los argentinos mal alimentados, las calles se inundaban de pordioseros y vendedores ambulantes de los más increíbles objetos y el índice de suicidios alcanzaba cifras estremecedoras: casi dos casos por día.
Al año siguiente contrajo matrimonio con el fundador del partido, el citado Juan B. Justo, quien había enviudado diez años antes de Mariana Chertkoff (1876-1912) con quien había tenido seis hijos. El dirigente socialista que había nacido en el barrio de San Telmo en Buenos Aires, también había fundado en 1905 la cooperativa de crédito y edificación “El Hogar Obrero” junto al médico argentino Nicolás Repetto (1871-1965) con la intención de facilitar el acceso a la vivienda digna y económica para los trabajadores. Justo era un médico que, tras recibirse en 1888 en la de la Universidad de Buenos Aires (UBA) con diploma de honor y ser premiado con un viaje de estudios a Austria, Francia y Suiza para perfeccionarse, a su regreso ingresó en el Hospital de Crónicos -un antiguo establecimiento médico de la ciudad de Buenos Aires del siglo XIX- donde se desempeñó como cirujano. Allí introdujo las prácticas antisépticas en las operaciones quirúrgicas y el uso de la cocaína como anestésico. Para que en abril de 1894 pudiera salir el primer número de “La Vanguardia”, el diario partidario, necesitó vender el coche con el que hacía sus visitas médicas y empeñar la medalla de oro con que lo habían distinguido en la Facultad de Medicina. Con esta renombrada figura que con el tiempo fue considerado como uno de los mayores exponentes del socialismo argentino, Alicia tuvo tres hijos.
Dentro del Partido desarrolló tareas claves a la hora de discutir temas centrales en términos legislativos. En 1925 fue promotora de la sanción de la ley que limitó la jornada laboral de las mujeres a ocho horas diarias, no más de cuarenta y ocho horas semanales, que prohibió el despido de mujeres embarazadas y que habilitó la licencia para amamantar. Y al año siguiente impulsó la sanción de la Ley de Derechos Civiles de la Mujer, una ley que equiparó los derechos de hombres y mujeres en cuanto al estado conyugal. Luego, en 1927, fundó junto a su marido la Casa del Pueblo en el barrio de Balvanera. En ese edificio, comprado gracias a donaciones de los militantes, instalaron la imprenta del diario “La Vanguardia” y la “Biblioteca Obrera”, una de las bibliotecas con mayor cantidad de volúmenes en el país dedicada a la enseñanza de los obreros.
Poco después, Alicia sufrió un duro golpe personal. Su marido, que era senador desde 1924, murió de un ataque al corazón el 8 de enero de 1928. A partir de entonces se vio en la necesidad de disminuir el ejercicio de la medicina para intensificar su activismo político en el Partido Socialista. Para poder sobrellevar las vicisitudes económicas propias de una viuda con tres hijos pequeños, pasó a vivir con su padre en una casa de la localidad bonaerense de Ramos Mejía.
En 1930 pasó a formar parte del Comité Ejecutivo del Partido, convirtiéndose
en la primera mujer en ocupar un cargo oficial en un partido político. Desde su puesto directivo fundó el Comité Femenino de Higiene Social para combatir la trata de personas y coordinó exitosamente a todas las agrupaciones feministas socialistas de la Argentina, algunas de las cuales crearon centros de contención para niños y también para acrecentar la actividad política femenina. Además integró la Asociación Argentina por el Sufragio Femenino fundada por la dirigente social Carmela Horne (1881-1966), que no solamente reclamaba el voto para las mujeres sino también igual salario por igual trabajo, planes de viviendas obreras, maternidades y guarderías para los hijos de las trabajadoras. En esa línea colaboró activamente en la revista “Vida femenina. La revista de la mujer inteligente”, una publicación mensual ilustrada fundada por la maestra y periodista María Luisa Berrondo (1897-1961). En ese emprendimiento político cultural del Partido Socialista, Alicia publicó artículos desde su condición de educadora, médica, feminista y socialista. En todos los casos, su mirada fue crítica respecto de la coyuntura y los procesos socio-estructurales de aquella época.
En ese entonces había comenzado lo que popularmente se conoció como “década infame”, un período de trece años que comenzó tras el golpe de Estado contra el citado presidente constitucional Yrigoyen a quien sucedió el también mencionado general Uriburu. Luego, gracias al fraude electoral, presidieron el país el general Agustín P. Justo (1876-1943), el radical antipersonalista Roberto M. Ortiz (1886-1942) y el conservador Ramón Castillo (1873-1944). Esta etapa histórica se caracterizó por la ausencia de la participación popular, la persecución a la oposición, la tortura a los detenidos políticos y la proliferación de la corrupción. El rostro siniestro de la crisis social asomaba en todas partes. Los desocupados de ropas raídas hacían cola en las ollas populares organizadas por sociedades de socorros mutuos y algunos sindicatos obreros, las madres revolvían la basura para alimentar a sus hijos, los padres oscilaban entre la abulia y la búsqueda de empleo, los rufianes controlaban la avenida Corrientes mientras sus pupilas vendían sus servicios sexuales por monedas, la tuberculosis mordía los pulmones de los argentinos mal alimentados, las calles se inundaban de pordioseros y vendedores ambulantes de los más increíbles objetos y el índice de suicidios alcanzaba cifras estremecedoras: casi dos casos por día.
No obstante, en medio de
ese ominoso ambiente, en 1931 los socialistas ganaron terreno en el Congreso
tras su victoria en las elecciones a diputados nacionales y consiguieron que se
aprobasen leyes que establecían vacaciones anuales para los trabajadores e
indemnizaciones por despidos. Esto favoreció en alguna medida a los
trabajadores urbanos, pero los trabajadores del campo y la masa de población
indígena relegada de los supuestos beneficios del histórico progreso proclamado
por los sectores dominantes quedaban al margen y a disposición de la represión
en cuanto manifestaban expresiones de reclamo. Por entonces Alicia Moreau
siguió con su plática diligente por conseguir la participación de las mujeres
en las funciones comunales porque, según declaró en una oportunidad, “ello les
permitirá enfrentar los problemas que más directamente las afectan y acceder a
los mercados modernos, a los centros de atención médica, a la higiene comunal,
a los lugares de esparcimiento infantil. Las mujeres deben capacitarse cada día
para tener acceso a estos menesteres”. En 1932 elaboró un proyecto de ley de
sufragio femenino que fue presentado por el diputado socialista Mario Bravo (1882-1944),
el cual obtuvo la aprobación en la Cámara de Diputados, pero el Senado, con una
amplia mayoría conservadora, lo rechazó.
Como fiel defensora de la democracia, en aquellos años abrazó con fuerza y convicción la causa socialista como herramienta fundamental orientada a enfrentar las flagrantes desigualdades sociales y abogó por una educación antibelicista de los jóvenes, muchos de los cuales se involucraban con los grupos de civiles y militares que conformaban facciones armadas para sostener los gobiernos fraudulentos de esa década. Fue la época en la que en Europa ascendían los regímenes totalitarios de la mano de Benito Mussolini (1883-1945) en Italia, Adolf Hitler (1889-1945) en Alemania y Francisco Franco (1892-1975) en España, dictaduras todas ellas que tuvieron un fuerte crecimiento de la simpatía y la propaganda a su favor impulsadas por sectores nacionalistas locales, conservadores y una nutrida comunidad de inmigrantes. “El fascismo es la regresión confesada y descarada hacia esas épocas más bárbaras de la humanidad”, declararía Alicia Moreau por entonces.
En septiembre de 1939, cuando
estalló la Segunda Guerra Mundial, publicó un artículo en “La Vanguardia” en el
que sostuvo: “No basta combatir la guerra, es necesario combatir las causas
permanentes de la guerra: el aislamiento económico que hambrea, el nacionalismo
que intoxica mentalmente a los pueblos, la diplomacia secreta que los envuelve,
el armamentismo que los empobrece y los arrastra al conflicto, el endiosamiento
de los conductores que los convierte en dóciles rebaños. No basta combatir la
guerra, es necesario unirse a todas las fuerzas que acercan y funden a los
hombres, que mezclan las naciones y las lenguas, que aceleran la cooperación,
que barren las fronteras; es necesario crear las formas políticas, que hagan
imposibles el predominio individual o de clase; es necesario llegar, por fin, a
hacer del pueblo el verdadero y único soberano. Esa será la conquista de la
paz”.
Como fiel defensora de la democracia, en aquellos años abrazó con fuerza y convicción la causa socialista como herramienta fundamental orientada a enfrentar las flagrantes desigualdades sociales y abogó por una educación antibelicista de los jóvenes, muchos de los cuales se involucraban con los grupos de civiles y militares que conformaban facciones armadas para sostener los gobiernos fraudulentos de esa década. Fue la época en la que en Europa ascendían los regímenes totalitarios de la mano de Benito Mussolini (1883-1945) en Italia, Adolf Hitler (1889-1945) en Alemania y Francisco Franco (1892-1975) en España, dictaduras todas ellas que tuvieron un fuerte crecimiento de la simpatía y la propaganda a su favor impulsadas por sectores nacionalistas locales, conservadores y una nutrida comunidad de inmigrantes. “El fascismo es la regresión confesada y descarada hacia esas épocas más bárbaras de la humanidad”, declararía Alicia Moreau por entonces.
En aquel tiempo el ideario
de la población argentina en medio del conflicto bélico que enfrentó a los
“Aliados” (el Reino Unido, la Unión Soviética, los Estados Unidos, China y
Francia, principalmente) contra el “Eje” (Alemania, Japón e Italia), oscilaba
mayoritariamente entre una postura aliadófila y otra neutralista, pero también
había una minoritaria postura germanófila. Los primeros proponían que Argentina
ingresase a la guerra en el bando aliado, los segundos sostenían que el país
debía mantenerse neutral, y los terceros -algunos ministros, muchos oficiales
de las Fuerzas Armadas y jóvenes militantes nacionalistas- apoyaban
abiertamente a la Alemania nazi.
Con la Segunda Guerra
Mundial como telón de fondo y con el notorio desgaste del sistema político tras
un poco más de una década de elecciones fraudulentas y de corrupción
sistemática, el 4 de junio de 1943 se produjo un nuevo golpe de Estado (el
segundo de los seis que hubo durante el siglo XX en la Argentina). Esta vez fue
encabezado por el general Arturo Rawson (1885-1952) quien, dada la considerable
división del Ejército entre nacionalistas y liberales, sólo se mantuvo en el
poder durante tres días. Luego fue sucedido por el general Pedro Pablo Ramírez
(1884-1962), quien gobernó durante nueve meses hasta que el país abandonó la
neutralidad. Fue entonces cuando asumió la presidencia el general Edelmiro Farrell
(1887-1980). Durante esta última dictadura militar, el por entonces coronel
Juan D. Perón (1895‑1974) se hizo cargo de la Secretaría
de Trabajo y Previsión, desde donde desplegó una actividad incesante para transformar
la legislación laboral en busca de ganarse la confianza de los trabajadores.
Luego también fue nombrado Ministro de Guerra y Vicepresidente.
En “1943. El fin de la Argentina liberal. El surgimiento del peronismo”, la historiadora argentina María Sáenz Quesada (1940) afirmó que “Perón estaba convencido de que el fascismo era el mejor sistema de gobierno para equilibrar las relaciones entre capital y trabajo”, que “le tenía fe al Führer y estaba convencido de que mientras ‘los grandes valores materiales están del lado de los aliados, los grandes valores morales están del lado de los alemanes’”. Y añadió: “En cuanto a los ‘grandes valores morales del nazismo’, la guerra iría desnudando la tragedia que se escondía tras los discursos patrióticos”. Conociendo estas afirmaciones de Perón, Alicia Moreau sostuvo una fuerte oposición frente a la figura y al ascenso político de Perón, al que consideraba de carácter autoritario y antidemocrático. Desde su puesto en el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Socialista, rechazó las medidas del gobierno de facto del general Farrell por considerarlas una amenaza a las libertades públicas, y criticó abiertamente el apoyo que recibía desde algunos sectores de la Iglesia católica.
A todo esto, en un acto celebrado en el Congreso en julio de 1945, Perón expuso su apoyo a la iniciativa del voto femenino y creó desde la Secretaría de Trabajo y Previsión la Comisión Pro Sufragio Femenino, la cual fue encabezada por la escritora y activista por los derechos de las mujeres Rosa Bazán de Cámara (1881-1972), quien propuso que dicho proyecto fuera habilitado por decreto. Dos meses después, la Asamblea Nacional de Mujeres, una convención presidida por la escritora Victoria Ocampo (1890-1979) -fundadora de la histórica revista cultural “Sur”- rechazó que el voto femenino fuera concedido por un gobierno de facto y declaró que dicho sufragio debía ser sancionado por un Congreso elegido en comicios honestos. Si bien un grupo de las feministas sufragistas apoyó la iniciativa de Perón, otro grupo numéricamente no minoritario en el que estaba Alicia Moreau, detractó lo que llamó “sufragio desde arriba” y finalmente el proyecto fracasó.


