Por entonces la Argentina
tuvo que soportar varios gobiernos de facto: el del teniente general Juan
Carlos Onganía (1914-1995) que derrocó al presidente constitucional Arturo Illia
(1900-1983) el 29 de junio de 1966, y los de sus sucesores, el general de
brigada Roberto M. Levingston (1920-2015) entre el 8 de junio de 1970 y el 22
de marzo de 1971, y el teniente general Alejandro A. Lanusse (1918-1996) entre
el 26 de marzo de 1971 y el 25 de mayo de 1973, miembros todos ellos de un
proceso autodenominado “Revolución Argentina” que gobernó al país hasta el
llamado a elecciones libres y sin proscripciones el 11 de marzo de 1973. A partir
de entonces comenzó una etapa conocida como el “tercer peronismo” que comenzó
con los breves gobiernos de Héctor Cámpora (1909-1980) y Raúl Lastiri
(1915-1978) a quienes siguió el propio Perón tras triunfar en las elecciones
del 23 de septiembre de 1973 con un altísimo porcentaje de votos.
Un año antes de la instalación del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, la dictadura cívico-militar que estableció un plan sistemático de terrorismo de Estado que incluyó asesinatos, secuestros, torturas, desapariciones forzadas y robo de bebés, fue cofundadora junto al fundador del Partido Intransigente Oscar Alende (1909-1996), al obispo católico Jaime de Nevares (1915-1995, al dirigente de la Unión Cívica Radical Raúl Alfonsín (1927-2009), al rabino del judaísmo Marshall Meyer (1930-1993) y al artista plástico Adolfo Pérez Esquivel (1931) de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), un organismo desde el que se denunciaron las primeras desapariciones, torturas y violaciones a los derechos humanos llevadas adelante por el peronismo de la mano de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), la organización terrorista parapolicial de ultraderecha gestada por José López Rega (1916-1989), quien se desempeñó como Ministro de Bienestar Social durante el último gobierno de Perón y el de su esposa y sucesora María Estela Martínez (1931). La “Triple A”, como coloquialmente se la conocía, se ocupó de amenazar, perseguir o asesinar no sólo a los integrantes de las organizaciones guerrilleras revolucionarias, sino también a militantes de partidos de izquierda, socialdemócratas o radicales, a los sindicalistas combativos, a los sacerdotes adeptos a la Teología de la Liberación, a los periodistas, escritores, artistas y estudiantes considerados opositores al gobierno y, como si fuera poco, a las feministas.
Según narró el historiador Miguel Bonasso (1940) en su libro “El presidente que no fue. Los archivos ocultos de peronismo”, esa fuerza irregular tuvo su origen a principios de 1973 cuando Perón en una de las frecuentes tertulias que hacía en Madrid -donde estaba exiliado- habló de su intención de contar con un cuerpo armado de carácter parapolicial para luchar contra los “infiltrados”. Esta afirmación tuvo, obviamente, muchas reprobaciones y desmentidas de parte de miembros del Partido Justicialista (PJ) que había fundado Perón. Ante estas impugnaciones, el escritor y periodista Sergio Bufano (1943-2026) dijo en su ensayo “Perón y la Triple A”: “No es una herejía mostrar el lado oscuro del líder. En el contexto de una época compleja, Perón recurrió a métodos terroristas ajenos al mandato que la sociedad, ansiosa de paz y democracia, le había otorgado”, y aclaró que la cronología sobre la violencia paraestatal que incluyó en su obra había sido elaborada en base a un estudio de la Latin American Studies Association (Asociación de Estudios Latinoamericanos -LASA), una asociación que reúne a académicos, investigadores e instituciones que se dedican al estudio de los temas socio-económicos de Latinoamérica y el Caribe.
Tras el golpe de Estado de 1976 muchos de los integrantes de la ignominiosa “Triple A” pasaron a formar parte de los llamados Grupos de Tareas (GT) junto a miembros de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas de Seguridad que se dedicaron durante la dictadura al secuestro, tortura, violación, asesinato y desaparición de personas y a la apropiación tanto de sus bienes muebles como inmuebles en calidad de “botín de guerra”.
El Proceso de Reorganización Nacional, que duraría un poco más de siete años y medio, comenzó el 24 de marzo de 1976 bajo el mando del Teniente General Jorge Rafael Videla (1925-2013), quien gobernó hasta marzo de 1981. Este siniestro personaje, en una entrevista que le hizo el periodista José Ignacio López (1936) de la agencia “Noticias Argentinas”, declaró desvergonzada y cínicamente que “los desaparecidos son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”. Lo sucedió el General Roberto Eduardo Viola (1924-1994), quien continuó con el terrorismo de Estado y fue removido debido a internas dentro de la Junta Militar -el órgano supremo de la dictadura- en diciembre de 1981 y reemplazado por el Teniente General Leopoldo Fortunato Galtieri (1926-2003). Éste, además de conformar un “escuadrón de la muerte” para continuar con la represión y la desaparición de personas, el 2 de abril de 1982 comenzó una guerra contra el Reino Unido con el propósito de recuperar las Islas Malvinas, un conflicto armado que duró diez semanas y terminó con la rendición argentina el 14 de junio ante la disparidad de recursos y la superioridad logística y de entrenamiento militar de las fuerzas armadas británicas.
La victoria británica precipitó en buena medida el fin de la dictadura. La Junta Militar nombró provisoriamente al Teniente General Cristino Nicolaides (1925-2011) el 18 de junio, y doce días después designó al General Reynaldo Bignone
(1928-2018) quien declaró el “estado de emergencia” del país que soportaba una inflación anual que superaba el 200 % y, en medio de la inestabilidad socio-económica que se vivía, anunció en un discurso público que su intención era convocar a elecciones el 30 de enero de 1984. Sin embargo, tras ordenar por decreto la destrucción de la documentación existente sobre la detención, tortura y asesinato de los desaparecidos, fijó la fecha para las elecciones presidenciales, legislativas y provinciales para el 30 de octubre de ese año.
Durante los años de la dictadura, Alicia Moreau -quien sufrió persecución y proscripción política pero afortunadamente sobrevivió- participó activamente en una asamblea realizada en Avellaneda con el propósito de reunir a través de una federación a los partidos socialistas inmersos en una contraproducente diáspora, algo que no se consiguió. También brindó un gran apoyo a la lucha de las Madres de Plaza de Mayo, la agrupación formada por madres a quienes la dictadura había secuestrado a sus hijos (los “desaparecidos”), acompañándolas todos los jueves a las rondas que hacían desde abril de 1977 alrededor de la Pirámide de Mayo frente a la Casa Rosada llevando en sus cabezas un pañuelo blanco confeccionado con la tela de los pañales de sus hijos y exigiendo respuestas al gobierno dictatorial sobre el paradero de sus hijos detenidos-desaparecidos. Además presentó a la Junta militar y a los jueces numerosos pedidos de libertad de los presos políticos y detenidos, y participó de solicitadas públicas en los periódicos para exigir la liberación de figuras como el mencionado dirigente socialista Alfredo Bravo.
Un año antes de la instalación del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, la dictadura cívico-militar que estableció un plan sistemático de terrorismo de Estado que incluyó asesinatos, secuestros, torturas, desapariciones forzadas y robo de bebés, fue cofundadora junto al fundador del Partido Intransigente Oscar Alende (1909-1996), al obispo católico Jaime de Nevares (1915-1995, al dirigente de la Unión Cívica Radical Raúl Alfonsín (1927-2009), al rabino del judaísmo Marshall Meyer (1930-1993) y al artista plástico Adolfo Pérez Esquivel (1931) de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), un organismo desde el que se denunciaron las primeras desapariciones, torturas y violaciones a los derechos humanos llevadas adelante por el peronismo de la mano de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), la organización terrorista parapolicial de ultraderecha gestada por José López Rega (1916-1989), quien se desempeñó como Ministro de Bienestar Social durante el último gobierno de Perón y el de su esposa y sucesora María Estela Martínez (1931). La “Triple A”, como coloquialmente se la conocía, se ocupó de amenazar, perseguir o asesinar no sólo a los integrantes de las organizaciones guerrilleras revolucionarias, sino también a militantes de partidos de izquierda, socialdemócratas o radicales, a los sindicalistas combativos, a los sacerdotes adeptos a la Teología de la Liberación, a los periodistas, escritores, artistas y estudiantes considerados opositores al gobierno y, como si fuera poco, a las feministas.
Según narró el historiador Miguel Bonasso (1940) en su libro “El presidente que no fue. Los archivos ocultos de peronismo”, esa fuerza irregular tuvo su origen a principios de 1973 cuando Perón en una de las frecuentes tertulias que hacía en Madrid -donde estaba exiliado- habló de su intención de contar con un cuerpo armado de carácter parapolicial para luchar contra los “infiltrados”. Esta afirmación tuvo, obviamente, muchas reprobaciones y desmentidas de parte de miembros del Partido Justicialista (PJ) que había fundado Perón. Ante estas impugnaciones, el escritor y periodista Sergio Bufano (1943-2026) dijo en su ensayo “Perón y la Triple A”: “No es una herejía mostrar el lado oscuro del líder. En el contexto de una época compleja, Perón recurrió a métodos terroristas ajenos al mandato que la sociedad, ansiosa de paz y democracia, le había otorgado”, y aclaró que la cronología sobre la violencia paraestatal que incluyó en su obra había sido elaborada en base a un estudio de la Latin American Studies Association (Asociación de Estudios Latinoamericanos -LASA), una asociación que reúne a académicos, investigadores e instituciones que se dedican al estudio de los temas socio-económicos de Latinoamérica y el Caribe.
Tras el golpe de Estado de 1976 muchos de los integrantes de la ignominiosa “Triple A” pasaron a formar parte de los llamados Grupos de Tareas (GT) junto a miembros de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas de Seguridad que se dedicaron durante la dictadura al secuestro, tortura, violación, asesinato y desaparición de personas y a la apropiación tanto de sus bienes muebles como inmuebles en calidad de “botín de guerra”.
El Proceso de Reorganización Nacional, que duraría un poco más de siete años y medio, comenzó el 24 de marzo de 1976 bajo el mando del Teniente General Jorge Rafael Videla (1925-2013), quien gobernó hasta marzo de 1981. Este siniestro personaje, en una entrevista que le hizo el periodista José Ignacio López (1936) de la agencia “Noticias Argentinas”, declaró desvergonzada y cínicamente que “los desaparecidos son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”. Lo sucedió el General Roberto Eduardo Viola (1924-1994), quien continuó con el terrorismo de Estado y fue removido debido a internas dentro de la Junta Militar -el órgano supremo de la dictadura- en diciembre de 1981 y reemplazado por el Teniente General Leopoldo Fortunato Galtieri (1926-2003). Éste, además de conformar un “escuadrón de la muerte” para continuar con la represión y la desaparición de personas, el 2 de abril de 1982 comenzó una guerra contra el Reino Unido con el propósito de recuperar las Islas Malvinas, un conflicto armado que duró diez semanas y terminó con la rendición argentina el 14 de junio ante la disparidad de recursos y la superioridad logística y de entrenamiento militar de las fuerzas armadas británicas.
La victoria británica precipitó en buena medida el fin de la dictadura. La Junta Militar nombró provisoriamente al Teniente General Cristino Nicolaides (1925-2011) el 18 de junio, y doce días después designó al General Reynaldo Bignone
(1928-2018) quien declaró el “estado de emergencia” del país que soportaba una inflación anual que superaba el 200 % y, en medio de la inestabilidad socio-económica que se vivía, anunció en un discurso público que su intención era convocar a elecciones el 30 de enero de 1984. Sin embargo, tras ordenar por decreto la destrucción de la documentación existente sobre la detención, tortura y asesinato de los desaparecidos, fijó la fecha para las elecciones presidenciales, legislativas y provinciales para el 30 de octubre de ese año.
Durante los años de la dictadura, Alicia Moreau -quien sufrió persecución y proscripción política pero afortunadamente sobrevivió- participó activamente en una asamblea realizada en Avellaneda con el propósito de reunir a través de una federación a los partidos socialistas inmersos en una contraproducente diáspora, algo que no se consiguió. También brindó un gran apoyo a la lucha de las Madres de Plaza de Mayo, la agrupación formada por madres a quienes la dictadura había secuestrado a sus hijos (los “desaparecidos”), acompañándolas todos los jueves a las rondas que hacían desde abril de 1977 alrededor de la Pirámide de Mayo frente a la Casa Rosada llevando en sus cabezas un pañuelo blanco confeccionado con la tela de los pañales de sus hijos y exigiendo respuestas al gobierno dictatorial sobre el paradero de sus hijos detenidos-desaparecidos. Además presentó a la Junta militar y a los jueces numerosos pedidos de libertad de los presos políticos y detenidos, y participó de solicitadas públicas en los periódicos para exigir la liberación de figuras como el mencionado dirigente socialista Alfredo Bravo.
En 1981 volvió a impulsar
la reunificación del Partido Socialista que seguía dividido en varias
corrientes de las cuales algunas comenzaron a articular espacios de unidad. En
1982, consecuente con sus principios antimilitaristas, fue una de las pocas
dirigentes políticas que se opuso fervientemente a la Guerra de las Malvinas. Sobre
sus actividades en aquellos años escribió el Doctor Benito M. Guerstein
(1928-2006) un artículo en la “Revista de Psicogerontología” en el que expresó:
“Durante el llamado ‘Proceso’, del 76 al 83, incluidos treinta mil
desaparecidos y la Guerra de Malvinas, el ojo avizor de Alicia Moreau siguió
todos los acontecimientos como un faro gigantesco que trataba de alumbrar para
evitar el naufragio total al país, entre el escepticismo y la esperanza de
cambio. No faltaba a las reuniones, conferencias y encuentros. Su lucidez se
mantuvo siempre aguda y brillante”.
Alicia Moreau, que desde 1958 había votado en todas las escasas elecciones que hubo en los años siguientes, en 1983 alcanzó a votar a sus noventa y ocho años de vida. Luego de la restauración de la democracia en diciembre de ese año con el triunfo del citado Raúl Alfonsín, por su inmensa labor social fue elegida “La Mujer del Año” por la Cámara de Diputados de la Nación, mientras que la Universidad de Buenos Aires (UBA) la distinguió con el título de “Médica del Siglo”. En 1985 fue declarada presidenta honoraria de las Primeras Jornadas de Mujeres Socialistas y designada Ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por la Legislatura porteña en un acto realizado en el histórico y tradicional Teatro Coliseo, cuyas salas fueron colmadas por un público proveniente de todos los sectores políticos y sociales. Allí, luego de agradecer el nombramiento declaró: “Yo no fui nada. Fui una luchadora contra molinos de viento. Por eso no quiero homenajes. Lo único que me interesa es que quienes me conocieron me recuerden como me vieron o se imaginen como fui”.
Ese año, conmemorando su centenario, también se le rindió un homenaje en Unione e Benevolenza, en el que participó todo el arco político y social de la Argentina. En este acto dio su último discurso público, especialmente dirigido a los jóvenes y a las mujeres. “Bueno -declaró-, todo el mundo desea ser más capaz de lo que es, encontrar circunstancias que le permitan desarrollar esa capacidad, pero las circunstancias dependen de los de afuera, no de uno; y entonces se puede o no se puede, y yo he hecho lo que he podido. Soy muy analítica y a veces despiadada conmigo misma, por eso todas estas manifestaciones de afecto por mis años no hacen más que agudizar mis dudas: ¿qué merezco yo de todo esto? Apenas miro para atrás advierto la gran distancia que existe entre lo que yo hubiera deseado hacer y lo poco que llegué a concretar”. Y agregó: “Espero que la humanidad deje de estar dominada por el deseo de alcanzar ganancias inútiles. Que se renueve entre los pueblos el sentimiento internacional de la solidaridad. Me hubiera gustado ver que en este siglo que he vivido no existieran niños ni ancianos desvalidos. Pero el destino no está cerrado. Tenemos que acompañarlo al ritmo de los más jóvenes. Nada es imposible”.
Alicia Moreau, que desde 1958 había votado en todas las escasas elecciones que hubo en los años siguientes, en 1983 alcanzó a votar a sus noventa y ocho años de vida. Luego de la restauración de la democracia en diciembre de ese año con el triunfo del citado Raúl Alfonsín, por su inmensa labor social fue elegida “La Mujer del Año” por la Cámara de Diputados de la Nación, mientras que la Universidad de Buenos Aires (UBA) la distinguió con el título de “Médica del Siglo”. En 1985 fue declarada presidenta honoraria de las Primeras Jornadas de Mujeres Socialistas y designada Ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por la Legislatura porteña en un acto realizado en el histórico y tradicional Teatro Coliseo, cuyas salas fueron colmadas por un público proveniente de todos los sectores políticos y sociales. Allí, luego de agradecer el nombramiento declaró: “Yo no fui nada. Fui una luchadora contra molinos de viento. Por eso no quiero homenajes. Lo único que me interesa es que quienes me conocieron me recuerden como me vieron o se imaginen como fui”.
Ese año, conmemorando su centenario, también se le rindió un homenaje en Unione e Benevolenza, en el que participó todo el arco político y social de la Argentina. En este acto dio su último discurso público, especialmente dirigido a los jóvenes y a las mujeres. “Bueno -declaró-, todo el mundo desea ser más capaz de lo que es, encontrar circunstancias que le permitan desarrollar esa capacidad, pero las circunstancias dependen de los de afuera, no de uno; y entonces se puede o no se puede, y yo he hecho lo que he podido. Soy muy analítica y a veces despiadada conmigo misma, por eso todas estas manifestaciones de afecto por mis años no hacen más que agudizar mis dudas: ¿qué merezco yo de todo esto? Apenas miro para atrás advierto la gran distancia que existe entre lo que yo hubiera deseado hacer y lo poco que llegué a concretar”. Y agregó: “Espero que la humanidad deje de estar dominada por el deseo de alcanzar ganancias inútiles. Que se renueve entre los pueblos el sentimiento internacional de la solidaridad. Me hubiera gustado ver que en este siglo que he vivido no existieran niños ni ancianos desvalidos. Pero el destino no está cerrado. Tenemos que acompañarlo al ritmo de los más jóvenes. Nada es imposible”.
En esa ocasión, la doctora
Adela Buzeki (1934-2024) publicó un artículo en el diario “El Tiempo” de la
ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, en el que escribió: “Hoy, no sólo el
país sino el mundo entero, asume la realidad de la desaparición física de esta
dama extraordinaria como fue la Dra. Alicia Moreau de Justo. Sin duda, muerte
sólo física, ya que nuestra solidaridad con su pasado nos seguirá enriqueciendo
el presente y futuro, porque el país y más quienes le hemos conocido y tratado,
nos sentimos comprometidos con ese pedazo de historia. Fue la anciana joven que
veía siempre el presente proyectado con optimismo hacia el futuro; su palabra
era vida, dándole a cada una de ellas una dimensión de esperanza. Había luchado
y seguía luchando por la emancipación de la mujer argentina. Su humildad (la
humildad de los grandes), su sabiduría, su ideal de no violencia y de amor,
estará más allá de su muerte, porque rebasa su tiempo de vida. Su trayectoria
dentro de la medicina y de la política, estuvo signada por un impulso ético por
encima de todo interés material, dejándonos como consigna de vida que la
lealtad, la sinceridad, el respeto por el hombre y el amor, son valores que
están por encima de cualquier otra cosa”.
Y concluyó: “El sincero pesar de todo el mundo acompaña la realidad de su muerte; la Dra. Alicia Moreau siempre será presente a pesar de su partida física. Como dijera Jean Paul Sartre: ‘La muerte es la clausura definitiva como el nacimiento fue la apertura, pero considero que ese momento de la clausura va acompañado de un ensanchamiento constante hacia lo universal’. En esta triste circunstancia, va mi homenaje para quien tuve el privilegio de tratar: la Dra. Alicia Moreau de Justo, ilustre ciudadana, paradigma de la ciencia, luchadora infatigable en el campo político, en quien su firmeza fue la lanza de todos sus éxitos y cuyos valores morales sirvieron de escudo a su personalidad perfectamente definida y controlada. Su espíritu baldío de rencor, hijo de su comprensión inteligente, la destacaron desde hace muchísimo tiempo como la más alta personalidad del siglo. Si la bandera es patria que flamea, si la Constitución es patria que habla y el himno es patria que canta, su nombre, Dra. Alicia Moreau de Justo, es un pedazo grande de patria que escribió en la historia del país su ejemplo de nobleza y altruismo. La veneraremos como el numen tutelar de la patria”.
En su homenaje, numerosos jardines de Infantes, escuelas primarias, escuelas secundarias y plazas y plazoletas en varios lugares de la Argentina llevan su nombre. Y también lleva su nombre la avenida principal del barrio de Puerto Madero en la ciudad de Buenos Aires, en el que también hay un busto y mural en la pared de la plaza Mujeres Argentinas. El 11 de octubre de 1986 su amiga Elena Tchalidy (1928-2022), una ingeniera agrónoma, doctora y gran personalidad del feminismo argentino que se desempeñó como secretaria y chofer de su correligionaria especialmente durante sus últimos diez años de vida, creó en su honor la Fundación Alicia Moreau de Justo, institución pionera en asistir a mujeres en situación de violencia familiar y de género. A partir de 1987, dicha fundación creó el premio Alicia Moreau de Justo para la Mujer del Año, uno de los premios más prestigiosos del país que galardona a las mujeres destacadas por su labor social, defensa de los derechos humanos, cultura, política o trayectoria en la comunidad.
Y concluyó: “El sincero pesar de todo el mundo acompaña la realidad de su muerte; la Dra. Alicia Moreau siempre será presente a pesar de su partida física. Como dijera Jean Paul Sartre: ‘La muerte es la clausura definitiva como el nacimiento fue la apertura, pero considero que ese momento de la clausura va acompañado de un ensanchamiento constante hacia lo universal’. En esta triste circunstancia, va mi homenaje para quien tuve el privilegio de tratar: la Dra. Alicia Moreau de Justo, ilustre ciudadana, paradigma de la ciencia, luchadora infatigable en el campo político, en quien su firmeza fue la lanza de todos sus éxitos y cuyos valores morales sirvieron de escudo a su personalidad perfectamente definida y controlada. Su espíritu baldío de rencor, hijo de su comprensión inteligente, la destacaron desde hace muchísimo tiempo como la más alta personalidad del siglo. Si la bandera es patria que flamea, si la Constitución es patria que habla y el himno es patria que canta, su nombre, Dra. Alicia Moreau de Justo, es un pedazo grande de patria que escribió en la historia del país su ejemplo de nobleza y altruismo. La veneraremos como el numen tutelar de la patria”.
En su homenaje, numerosos jardines de Infantes, escuelas primarias, escuelas secundarias y plazas y plazoletas en varios lugares de la Argentina llevan su nombre. Y también lleva su nombre la avenida principal del barrio de Puerto Madero en la ciudad de Buenos Aires, en el que también hay un busto y mural en la pared de la plaza Mujeres Argentinas. El 11 de octubre de 1986 su amiga Elena Tchalidy (1928-2022), una ingeniera agrónoma, doctora y gran personalidad del feminismo argentino que se desempeñó como secretaria y chofer de su correligionaria especialmente durante sus últimos diez años de vida, creó en su honor la Fundación Alicia Moreau de Justo, institución pionera en asistir a mujeres en situación de violencia familiar y de género. A partir de 1987, dicha fundación creó el premio Alicia Moreau de Justo para la Mujer del Año, uno de los premios más prestigiosos del país que galardona a las mujeres destacadas por su labor social, defensa de los derechos humanos, cultura, política o trayectoria en la comunidad.


