18 de noviembre de 2021

Entremeses literarios (CCVIII)

NAUFRAGIO
Francisco Rodríguez Criado
España (1967)
 
Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción –el objetivo estaba cada vez más cerca–, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.
Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aun si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo un raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas. El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena.


DES/IGUALDADES
Luisa Valenzuela
Argentina (1938)
 
En cuanto el matrimonio igualitario fue aprobado por ley en el país, mi amigo el magnate maduro se casó con su nuevo novio, estibador del puerto. Joven y fornido el novio, razón por la cual los más graciosos del grupo opinaron que nuestro magnate debía de tener el sueño muy pesado para verse en la necesidad de dormir con un estibador. No les presté atención, en absoluto, no hay duda de que los encantos del novio son bastante menos alusivos y más contundentes. Además parece recatado, buen tipo, y eso me tranquiliza. Porque cuando mate a mi amigo lo hará de la manera más discreta e indolora posible. Porque de la muerte me temo que mi amigo no se salva: está muy bien que sea igualitario el matrimonio, el problema acá es el patrimonio.


EL PASTOR ALEMÁN
Sir Helder Amos
Venezuela (1990)
 
Cuando escuchó la rejilla del jardín abrirse, la mujer salió rápidamente de la casa para ver quién era.
- ¿Amor? ¿Qué haces tan temprano de vuelta? - preguntó al ver a su esposo.
- Me despidieron.
- ¡¿Otra vez?! ¿Qué pasó esta vez?
- Lo mismo de siempre, mi vida, me quedé dormido en el trabajo.
- ¡¿De nuevo?!
- Sí.
- ¿Y todo el café que te tomaste antes de ir a trabajar? ¿No funcionó?
- No.
- ¿Y no hablaste con el dueño del rebaño? ¿no intentaste explicarles?
- Si, mi vida, yo les expliqué que es común que los pastores nos quedemos dormidos en nuestro trabajo, porque contar ovejas da sueño y no podemos evitar quedarnos dormidos al hacerlo: pero ellos no entienden, pareciera que nunca hubieran tenido problemas de insomnio.
- Ay qué mal, amor, ahora te tocará buscar otro trabajo.
- Sí. ¡Qué ironía! ¿No? Porque ahora voy a pasar largas noches sin poder dormir por la ansiedad de estar desempleado otra vez, cuando quedarme dormido en el trabajo siempre ha sido la causa de mi despido.


SANGUIJUELAS
Miguel Bravo Vadillo
España (1971)
 
Anabel y Luis llevan diez años casados, viven en un piso hipotecado y son donantes de sangre. Luis era reacio a hacerse donante, pero su mujer lo convenció. Anabel es una buena persona a la que nada le parece más importante que salvar vidas humanas, y eso que se considera a sí misma una mujer moderna y laica. Su lema siempre ha sido Haz el bien y no mires a quien. Anabel no lee la Biblia, claro, y por eso no ha podido leer aquel versículo del Eclesiástico que reza “Si haces el bien, mira a quién lo haces, y por tus beneficios recibirás favor” (Si 12, 1; palabra de Dios).
Anabel, por cierto, es amiga de Ana. Ana es cuñada de Enrique. Enrique es primo de Juan. Juan es el mejor amigo de Asunción. Asunción es hermana de Beatriz. Beatriz es la esposa de David O. Segovia, un importante financiero (aunque la “O” no signifique nada) y socio mayoritario de uno de los bancos más influyentes del país. Segovia es también el tercer vértice del triángulo de personajes que sostiene esta historia, ya que hace tan solo un mes sufrió un accidente de tráfico en el que estuvo a punto de perder la vida. Finalmente se salvó, aunque para ello necesitaron varias transfusiones de sangre (todas del grupo O). Parte de esa sangre -yo lo sé de buena tinta- era de Luis, el marido de Anabel.
Ni Luis ni Anabel lo saben todavía, pero dentro de tres semanas los directivos de la empresa para la que trabajan -y cuyo presidente ejecutivo es el propio Segovia-harán un gran reajuste de plantilla y los dos serán despedidos. Poco tiempo después serán desahuciados por mediación del banco cuyo socio mayoritario es (¿adivinen?), pues sí, el mismísimo David O. Segovia; un hombre importante al fin y al cabo, un hombre que vale tanto como tiene.


SERVICIO DE CORREOS
Orlando Van Bredam
Argentina (1952)
 
Mi natural desconfianza del servicio de correos me llevó a probar la eficacia del sistema. Me envié cartas a mí mismo para saber si llegaban a tiempo. Nada más particular que la cara del cartero cuando descubría que el destinatario y el remitente eran la misma persona. En una oportunidad, el texto me resultaba extraño. Supuse que se trataba de una broma de los empleados o de mi vieja costumbre de pensar una cosa y escribir absolutamente lo contrario. Lo cierto es que nada me proporcionaba más placer que recibir mis propias cartas. Eso tenía sus ventajas; en primer lugar, nunca había sorpresas desagradables; en segundo lugar, eran líneas sinceras, nunca trataba de engañarme con adulaciones hipócritas, y tercero: en caso de que la carta se extraviara del correo a mi casa, no importaba, ya sabía de qué se trataba.

 
Y SUCEDIÓ LO INESPERADO
Rafael Midence Ávila
Honduras (1984)
 
Después de que centenares de lágrimas le laceraran las mejillas, tomó un objeto de debajo de su cama. Lentamente acercó la pequeña pistola calibre 22 a su sien. Se situó frente a la ventana que daba a la calle Los poetas muertos. El pianista al que un dictador fascista (de apellido italiano) le mandó a cortar las manos vendía globos en el parque de Los Truenos, donde, un viejo y desdentado perro callejero luchaba por devorar un hueso putrefacto. Se detuvo un instante y pensó: Ellos aún le buscan un sentido a la vida, se aferran a ella y yo solo por el engaño de mi novia quiero suicidarm…
Accidentalmente, la pistola se disparó y el poeta cayó al piso, mientras se le dibujaba una sincera sonrisa en su ensangrentado rostro.


MI PIERNA DERECHA
Juan José Millás
España (1946)
 
Mi padre estaba en el borde de la carretera, junto a su automóvil. Esperaba, con un bidón de plástico en la mano, que alguien lo recogiera. Yo iba en moto, con un casco que me ocultaba la cara. Me detuve junto a él sin identificarme.
- ¿Te has quedado sin gasolina? -pregunté.
- Sí -respondió.
- Sube.
Mi padre subió a la moto sin haberme reconocido. Hacía cinco años que no nos veíamos, ni nos hablábamos. La última vez que nos habíamos dado un abrazo fue en el entierro de mi madre. Después, sin que hubiera sucedido nada entre nosotros, habíamos ido espaciando las llamadas telefónicas hasta que se cortó la comunicación.
Noté cómo agachaba la cabeza para protegerse del aire. Sin duda, reparó en el alza de mi zapato derecho, pues tengo esa pierna un poco más corta que la izquierda. Mi padre me había hablado muchas veces del disgusto que se habían llevado cuando, tras mi nacimiento, el médico les dio la noticia. Yo nunca lo he vivido como un drama, pero siempre me pareció que ellos se sentían culpables por aquellos centímetros de menos, o de más, según se mire: jamás conseguí averiguar cuál de las dos piernas consideraban defectuosa.
Conduzco con mucha agilidad, colándome entre los coches con movimientos que desde algún punto de vista podrían parecer imprudentes. Noté que mi padre, pese al pudor que le daba el contacto con otro hombre, se cogía a mi hombro con la mano izquierda mientras intentaba pegar a su muslo el bidón de plástico que llevaba en la derecha. Supe que no dejaba de mirar el alza del zapato. Sin duda, se habría preguntado por la posibilidad de que yo fuera su hijo. Quizá recordara la sucesión de médicos por los que había pasado, la cadena de radiografías, el rosario de soluciones, para llegar al fin a ese remedio sencillo, mecánico, de colocar un pequeño suplemento en el zapato de la pierna más corta. Entonces, ejerció sobre mi hombro una presión que podría interpretarse como una muestra de afecto a la que no respondí. Al poco llegamos a la gasolinera, donde se bajó de la moto con el bidón de plástico en la mano. Le dije que no podía llevarlo de regreso hasta su coche y él respondió que no me preocupara, que ya encontraría a alguien. Noté que intentaba ver mi rostro a través de la visera ahumada de mi casco. Esa noche sonó el teléfono un par de veces en mi casa, pero colgaron cuando lo cogí.


LA INTRUSA
Pedro Orgambide
Argentina (1929-2003)
 
Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día en que llegó, nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico. El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto a ésa, me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor Juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas que colman la medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo de ayer. “González -me dijo el Gerente- lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de sus servicios”. Veinte años, Señor Juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. Le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera, la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.


LA EJECUCIÓN
Herman Hesse
Alemania (1877-1962)
 
En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.
- ¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado -se preguntaban unos a otros los discípulos- para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.
- Supongo que será un hereje -dijo el maestro con tristeza.
Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.
- Es un hereje -decía la gente muy indignada-. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!
Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
- ¿Cómo lo adivinaste, maestro?
Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:
- No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.


NO HAY PRISA EN ABRIR LOS OJOS     
Medardo Fraile
España (1925-2013)
 
Tras las cortinas se adivinaba ya la luz aún manchada de sombras, pero serían –pensó- las ocho, la hora de levantarse, como todos los días de su vida. ¿Por qué? Se removió en la cama y sintió el cuerpo magullado por la batalla de cada noche, la colcha caída, sábanas arrugadas, las cenizas de tanta gente soñada y muerta doliéndole en la almohada endurecida, pero las siete de la mañana le habían parecido siempre temprano y las nueve demasiado tarde. Sólo por eso. No había otra razón. ¿Qué prisa tienes? No abras los ojos, no hay prisa. ¿Quién le hablaba? ¿Oía otra voz o se hablaba a sí mismo? Sigue ahí, descansa. No abras los ojos. La noche ha sido terrible y te ha vencido. Sigue durmiendo, abre los ojos hacia ti mismo, mira dentro de ti, donde aún te late el corazón, donde están las cenizas de los que habitan tus sueños en las sombras. Pero eran ya las ocho, ¡las ocho! Y abrió los párpados y no halló cosa en que poner los ojos que no fuera recuerdo del olvido.
 

14 de noviembre de 2021

Robert Louis Stevenson, el contador de historias

Robert Louis Balfour Stevenson nació en Edimburgo, Escocia, el 13 de noviembre de 1850. Tuvo una vida agitada y corta. A raíz de la tuberculosis que padeció desde su niñez, pasó la infancia recluido en su alcoba bajo el cuidado de una niñera, Alison Cunnigham (1822-1913), una calvinista estricta que le leía la Biblia y lo entretenía con una pequeña sala teatral de juguete con la que imaginaba aventuras de piratas y duelos de caballeros. Como él mismo reconocería tiempo después, su obsesión por las peripecias y los descubrimientos nació sobre aquel escenario de cartón. Un reino de fantasía que no encajaba con los planes que su padre, un constructor de faros, que quería que su hijo fuese ingeniero náutico.
Debido a esa presión empezó los estudios de ingeniero en la Universidad de su ciudad natal. Sin embargo, su precaria salud y el gusto por la literatura lo llevaron a oponerse a la voluntad paterna y a matricularse, como contrapartida, en la Facultad de Derecho, en donde se licenció en 1875 aunque nunca ejercería la abogacía. Como reacción al puritanismo victoriano del ambiente familiar y social, del que por otra parte quedó profundamente marcado, llevó una juventud rebelde. En los años ‘70 de aquel siglo XIX mostró un interés desmesurado por el ocultismo, los fenómenos paranormales y los casos de desdoblamiento de la personalidad.
Debido a las dificultades respiratorias que le provocaban su enfermedad se vio obligado a viajar continuamente en busca de climas apropiados a su delicado estado de salud. Así, sus primeros libros son descripciones de algunos de estos viajes: “An inland voyage” (Viaje tierra adentro, 1878), “Travels with a donkey in the Cévennes” (Viajes en burro por las Cevennes, 1879) y “Across the plains” (A través de las llanuras, 1880) entre otros.
En 1879 se encontró en Estados Unidos con la mujer de la que se había enamorado unos años antes en Francia, Fanny Osbourne (1840-1914), una norteamericana divorciada y madre de un hijo, diez años mayor que él, con la que se casó un año más tarde. A su regreso a Escocia, escribió las dos obras en las que se basó fundamentalmente su popularidad: “Treasure island” (La isla del tesoro, 1883), una historia acerca de la búsqueda de un tesoro enterrado que presenta el bien bajo la forma evidente de un chico, Jim, y el mal aparentemente personificado en los piratas Pew y Long John Silver, y “Strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde” (El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, 1886), una historia de misterio en la que los dos extremos, el bien y el mal, se unen en una sola persona, el médico Henry Jeckyll, que descubre una sustancia química capaz de transformarlo, primero a voluntad y después incontrolablemente, en el monstruo Hyde.


Stevenson también escribió ensayos, poemas y cuentos. Entre los primeros cabe mencionar “An apology for idlers” (Apología del ocio), “Familiar studies of men and books” (Estudios familiares del hombre y los libros) y “On the choice of a profession” (Sobre la elección de una profesión). Entre los segundos los reunidos en “A child's garden of verses” (Jardín de versos para niños), “Ballads” (Baladas) y “Songs of travel and other verses” (Cantos de viaje y otros versos). Y entre los últimos se destacan “The bottle imp” (El diablo de la botella), “The waif woman” (La mujer errante) y “The suicide club” (El club de los suicidas), por citar sólo algunos de los más conocidos.
Su prosa precisa, lúcida, ordenada, cargada de sugerencias y el contenido de sus obras, reflejan su tensión interior entre el racionalismo y la atracción por lo prodigioso, el rechazo del moralismo, una sincera pasión ética y una clara conciencia de las contradicciones de la naturaleza humana. Para el egregio escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) Robert Louis Stevenson era uno de sus autores predilectos, una de las figuras a quien le dedicó varios párrafos en “Introducción a la literatura inglesa”, el ensayo que escribiera en 1965 con la colaboración de María Esther Vázquez (1937-2017). Allí escribió: “Stevenson es una de las figuras más queribles y más heroicas de la literatura inglesa”, y más adelante: “La teoría y la práctica del estilo lo preocuparon siempre; escribió que el verso consiste en satisfacer una expectativa en forma directa y la prosa en resolverla de un modo inesperado y grato”. Es notable que uno de los principales objetivos de Borges al escribir este ensayo es destacar la versatilidad y la brillantez del escocés en todos sus géneros; Stevenson es su modelo a seguir, uno de sus espejos.
Una de las historias más conocidas del escritor escocés es “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, obra de la cual no es posible leer el primer original. Se sabe, por el testimonio de su hijastro, que el autor tiró enfadado el manuscrito al fuego después de que se lo leyera a su mujer y a ella no le gustase. Se sabe también que en tres días reescribió la historia que estaría destinada a ser uno de los mayores sucesos que el lector universal ha podido encontrar en materia de novelas cortas. Todos los lectores pueden intuir que la historia narrada en la “nouvelle” no es más que una precisa apología de la condición humana. La atracción de este pequeño libro está en esa conciencia dubitativa y vacilante del lector. Cada uno de ellos es el doctor Jekyll, y también, cada uno de ellos es el señor Hyde.


El doctor Jekyll encuentra a través de la ciencia, la forma de concretar en un personaje determinado e independiente, las partes abominables de su alma protegida por la seductora respetabilidad burguesa y por la estima pública que se le tiene como científico relevante y benéfico. El señor Hyde es la explicitación de lo escondido, de lo que se alberga en el fondo oscuro de cada hombre que se cree honesto. En este sentido es una verdad mantenida secreta, es lo que se debe suponer siempre de las personas y que, sin embargo, no se percibe, ocultado por los estereotipos culturales a los que están inconscientemente sujetos y de los que están ambiguamente protegidos. Se vive en la mentira y a la verdad no le queda más remedio que esconderse, hasta que, cuando sale a la luz, lo hace de forma explosiva con consecuencias de una tragedia difícil de contener.
Los experimentos que realiza el doctor Jekyll se pueden reducir a dos: la polarización de la personalidad entre dos contrarios que se excluyen mutuamente y el intercambio entre esos dos opuestos. Con la primera, el doctor Jekyll legitima a su parte negativa y rechazable, y con la segunda la autoriza a vagar en busca de excesos y crueldades. Esta alegoría es muy lúcida y está muy bien articulada en la compleja narración de tipo policíaco: el hombre que le crea una vida autónoma a su propia parte negativa se expone al peligro de convertirse en víctima. Al principio el juego parece estar controlado y dirigido por la voluntad de quien lo conduce, pero pronto Hyde escapa al control del que lo ha construido.
La desventura que recae sobre Jekyll es el riesgo que acarrea toda infracción a las leyes de la naturaleza y, para mitigarla, le ha permitido a su otro yo que se autonomice y lo ha separado completamente de sí. Jekyll y Hyde no pueden estar en contacto ni estar enfrentados, lo que no impide que Hyde pueda absorber completamente en sí a Jekyll y hacerlo su sirviente. En el clima trágico del relato victoriano no queda más que una solución: la muerte redentora, tanto del monstruo como del científico que se ha hecho responsable de la autonomía de aquél. Siempre, según el testimonio de su hijastro, parece que Stevenson, antes de tirar al fuego el primer manuscrito, reconoció que había perdido de vista “el auténtico corazón de la historia, la verdadera justificación”, y por eso la reescribió.
Para Borges, como dijera en el curso de literatura inglesa que dictó en 1966 en la Universidad de Buenos Aires, a diferencia de “The picture of Dorian Gray” (El retrato de Dorian Gray) que el escritor irlandés Oscar Wilde (1854-1900) publicara en 1890, “cuando Stevenson publicó ‘El extraño caso del Doctor Jekyll y el Señor Hyde’ en el año 1880 -es decir mucho antes de ‘El retrato de Dorian Gray’, que está inspirado en la novela de Stevenson´-, lo publicó como si fuera una novela policial: sólo al final sabemos que esos dos personajes son dos caras de un mismo personaje”. Y agregó: “Stevenson procede con suma habilidad. Ya en el título tenemos una dualidad sugerida, se presentan dos personajes. Luego, aunque esos dos personajes nunca aparecen simultáneamente, ya que Hyde es la proyección de la maldad de Jekyll, el autor hace todo lo posible para que no pensemos que son el mismo. Empieza distinguiéndolos por la edad. Hyde, el malvado, es más joven que Jekyll. Uno es un hombre oscuro, el otro no: es rubio y más alto. De Hyde se dice que no era deforme. Si uno miraba su rostro no había ninguna deformidad, porque estaba hecho puramente de mal”.


El fervor de Borges por Stevenson tuvo un precursor ilustre: G. K. Chesterton (1874-1936), quien en la biografía de Stevenson que publicó en 1927 dijo: “Si el ambiguo público victoriano no supo apreciar la ética profunda e incluso trágica de Stevenson, todavía era menos apto para apreciar la perfección y la meticulosidad -al modo francés- de su estilo; en el cual parecía que ensartase en la punta de su pluma la palabra precisa, como si fuera un hombre ocupado en un juego de paciencia”. El autor de “The innocence of Father Brown” (El candor del Padre Brown) y “The man who was thursday” (El hombre que fue jueves), entre muchas otras obras, precisó que en la obra de Stevenson, “donde un científico intenta anular mediante una pócima el bien y el mal, alternativamente, en un mismo individuo, el impactante final de la novela transforma un relato policial en otro de horror”.
La historia de la doble personalidad ideada por Robert L. Stevenson fue llevada al cine en numerosas oportunidades, destacándose entre ellas la realizada en 1941 por Victor Fleming (1889-1949), con Spencer Tracy (1900-1967), Ingrid Bergman (1915-1982) y Lana Turner (1921-1995). También otras obras fueron adaptadas a la pantalla grande; las más notables son: “The suicide club” (El club de los suicidas) dirigida por David W. Griffith (1875-1948) en 1909, “The body snatcher” (El ladrón de cadáveres) dirigida por Robert Wise (1914-2005) en 1948, “Le testament du docteur Cordelier” (El testamento del doctor Cordelier) dirigida por Jean Renoir (1894-1979) en 1959, “The wrong box” (La caja de sorpresas) dirigida por Bryan Forbes (1926-2013) en 1966 y “Treasure island” (La isla del tesoro) dirigida por Fraser C. Heston (1955) en 1990.
Stevenson fue un escritor vivaz y soñador, tenía sus propias ideas sobre lo que era el oficio literario y las expuso numerosas veces. “Darwin dijo que nadie podría observar sin una teoría… Me atrevo a jurar que tampoco nadie escribe sin una teoría”, le comentó alguna vez a su amigo Henry James (1843-1916). En un artículo publicado en 1883 en la revista mensual “The Magazine of Art” bajo el título “A note on Realism” (Una nota sobre el Realismo), expresó: “El estilo es la invariable marca de un maestro, y para el aprendiz que no aspira a ser contado entre los gigantes es, a pesar de todo, la cualidad en la que puede adiestrarse a voluntad. La pasión, la sabiduría, la fuerza creativa, el talento para el misterio y el colorido nos son otorgados a la hora de nacer, y no pueden ser ni aprendidos ni estimulados. Pero el uso justo y diestro de las cualidades que sí tenemos, la proporción de una con respecto a la otra y con respecto al todo, la eliminación de lo inútil, el énfasis en lo importante, y el mantenimiento de un carácter uniforme de principio a fin: éstas, que juntas constituyen la perfección técnica, pueden ser alcanzadas hasta cierto punto a fuerza de trabajo y de coraje intelectual”.


En 1887, Stevenson abandonó definitivamente Europa y volvió a Estados Unidos. Pero un año después, habiendo alcanzado una notable tranquilidad económica, se embarcó en un viaje que lo llevó a establecerse en Upolu, en la isla de Samoa, donde él y su esposa permanecieron hasta 1894, en un último esfuerzo por recuperar la salud del escritor. Allí murió de un ataque cerebral a finales de ese mismo año, el 3 de diciembre, y fue enterrado en la cima del monte Vaea, un cerro cerca de Vailima, la ciudad situada a cuatro kilómetros de Apia, la capital samoana. Los nativos lo llamaban “Tusitala” (el que cuenta historias) y le concedieron unas honras fúnebres excepcionales.