16 de diciembre de 2007

David Ricardo: de especulador en la Bolsa a teórico del libre mercado

David Ricardo fue un economista inglés de ascendencia judía sefardí que se movió en la tradición de pensamiento anglosajón habitualmente llamada utilitarista. Dueño de una considerable fortuna -fue corredor de bolsa, hombre de negocios y exitoso especulador- nació el 18 de abril de 1772 y falleció el 11 de septiembre de 1823 en Londres.
Si su afición a la teoría económica le vino de la lectura de "An inquiry into the nature and causes of the wealth of nations" (La riqueza de las naciones), el li­bro de Adam Smith (1723-1790) y si es innegable la influencia del pesimismo malthusiano, sus ideas políticas coinciden con las de James Mill (1773-1836) y Jeremy Bentham (1748-1832) por los cuales sintió gran admiración tanto en sus métodos empiristas como en su programa social utilitario.
La preocupación de Ricardo era la habitual de cualquier economista clásico: explicar las leyes de distribución del producto social entre las cla­ses y cómo esas leyes reglan los procesos econó­micos del mercado y, en general, los movimientos sociales. Ahora bien, cada economista adoptó una posición ideológica diferente que se refleja­ba en su teoría económica. Asi, mientras John Stuart Mill (1806-1873) postulaba una distribución del pro­ducto social con carácter socializante, Ricardo defendía la más dura competencia capitalista, desde la ley de hierro de los salarios de Thomas Malthus (1766-1834) a la tesis del terrateniente parasitario. Es decir, Ri­cardo defendió nítidamente los intereses de la burguesía empresarial, productiva y progresista de la época.
Su pensamiento económico abordaba problemas concretos de su país y de su tiempo. Su punto de arranque es el famoso pro­blema del trigo, en el que habían intervenido durante el siglo XVIII filósofos como Étienne Bonnot, abate de Condillac (1715-1780) y Francois Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694-1778).
Tras las guerras napoleónicas y las malas cosechas, Europa padecía una fuerte e in­cesante subida del precio de los cereales y Ricar­do consideraba que tal situación beneficiaba a los terratenientes -a los que calificó de ociosos- pero no a la burguesía productiva, e intentó demostrarlo teóricamente.
Lo que se destaca de Ricardo es su capacidad de abstracción, que le permi­tió elevar la ciencia económica al nivel de un modelo teórico fuertemente racional y fácilmente manejable, ya que es justamente la simplicidad de su modelo teórico el principal valor de su reflexión económica.
Además, buena parte del éxito tuvo en su tiempo estriba en que demostró racio­nalmente el supuesto malthusiano de que el des­fase entre el crecimiento geométrico de la pobla­ción y el crecimiento aritmético de la producción conducía necesariamente al hambre, la miseria y la guerra. En concreto, demostró no sólo que el crecimiento de la producción es relativa­mente más lento, sino que tiene un límite. De este modo confirmaba el pesimismo de la econo­mía aunque con su obra intentó ofrecer una alternativa para la esperanza.
En su libro "Essay on the influence of a low price of corn on the profits of stock" (1815), conocido generalmente con el título de "Ensayo acerca del beneficio", ofreció un mo­delo simplificado, considerando aisladamente el sector agrario. Posteriormente, en su obra más prestigiosa, "On the principies of political economy and taxation" (Principios de economía políti­ca y tributación, 1817), el modelo ya es más complejo, abarcando los tres sectores de la pro­ducción.
En este ensayo, Ricardo presentó la econo­mía de un país como una granja gigante, en la que todo lo invertido en ella y lo que en ella se produce puede ser calculado en términos de cereal o trigo. En la granja concu­rren tres clases sociales, la de los propietarios de la tierra, la de los arrendatarios y la de los obre­ros. La participación de los obreros le parece fácil de calcular desde el supuesto malthusiano del crecimiento geométrico de la pobla­ción, lo cual permitía suponer el salario real cons­tante, según la famosa "iron law of wages" (ley de hierro de los salarios). O sea, el salario real de los obreros, calculado en cereales, tendería siempre al mínimo necesario para su reproducción, lo que le pareció un criterio impecable, puesto que, dado el su­puesto del incesante aumento de la población, constantemente sería necesario cultivar nuevas tierras, que serían cada vez menos fértiles, tenien­do como límite el de que produjesen lo que en ellas se gastase; esto es, como mínimo, la reproducción de la fuerza de trabajo.
Por esta misma regla, y dado que las distintas tierras tenían diferente rentabilidad, esas diferencias representaban los beneficios del capital. Es lo que le correspondía a la burguesía productiva, ya que, para Ricardo el terrateniente era una clase parasitaria.
En esto, básicamente consistía el reparto. En cuanto al movimiento, al tener que ir cultivando tierras cada vez menos fértiles, o bien al tener que incrementar la inver­sión de capital y la fuerza de trabajo en intensifi­car la producción de una tierra, cada vez decrecería más la rentabilidad por trabajador y sería menor la tasa de ganancias del capital. Además el valor del cereal subiría, porque costaría más producirlo, por lo que la inversión de capital y los salarios, en términos de cereal, subirían también de valor; por lo tanto, la tasa de ga­nancia bajaría. En resumen, había un límite a la acumulación del capital, y si el crecimiento se detenía, las consecuencias ante el incremento de la población eran obvias.
El dramatismo de esta conclusión lo llevó a buscar una solución más esperanzadora en un modelo más complejo, en el que, si el problema era debido al descenso de la productividad del ce­real por hectárea, o sea, por la elevación del valor del cereal, ésto podría solucionarse importando cereal barato de paí­ses con tierras más fértiles a cambio de productos manufacturados. Tampoco descartó otras posi­bles medidas como el control de la población, los cambios en las demandas del consumo o las in­novaciones tecnológicas. Pero éstas le parecieron medidas a largo plazo, y él estaba preocupado por la inmediatez del problema.
A partir de allí se abrió un programa de polí­tica económica basado en dos principios: uno de ellos, el de la absoluta libertad de comercio; el otro, la división internacional del trabajo. El primero tuvo repercusiones políticas inme­diatas debido a que en esa época, el gobierno había promulgado leyes protectoras de la agricultura británica que difi­cultaban la importación y regulaban el comercio. Así, la teoría ricardiana -directamente enfrentada al proteccionismo oficial- se convirtió en la bandera del libre mercado.
El segundo de los principios, el de la división internacional del trabajo, se apoyaba en su teoría de los "costos comparativos", en la que mostraba no sólo el interés para todos los países de especiali­zarse en la producción de aquellas mercancías que pudiesen fabricar más baratas que los demás países -evitando así el riesgo del incremento del valor que era la amenaza del sistema-, sino también las ventajas específicas que tendría para Gran Bretaña la especialización en la producción de productos manufacturados, con lo que se beneficiaría con lo que hoy es llamado "intercambio desigual".
En resumen, si entre los teóricos de la econo­mía Ricardo es especialmente conocido por la simplicidad y la eficacia de su modelo de análisis y por su teoría del valor-trabajo, entre los políticos ingleses del siglo XIX, David Ricardo fue reconocido como el inspirador de las bases económicas de la expansión británica, tanto en lo referente a la producción y al intercambio como en las políticas monetaria y fiscal que derivaron de su teo­ría.