22 de diciembre de 2007

El fusilamiento de Severino Di Giovanni

A las 5 de la madrugada del domingo 1° de febrero de 1931, en un patio de la penitencia­ria nacional de la avenida Las Heras resonaba un grito: ¡Eviva l'anarchía!, y luego una descarga cerrada. Acababa de ser fusilado Severino Di Giovanni y se cumplía así la condena del tribunal militar.
Buenos Aires había vivido 48 horas verdaderamente expectantes y tensas. Las sextas ediciones de los diarios del 30 de enero de 1931 habían traído a grandes titulares una noticia sensacional: la policia había capturado al temible agitador anarquista Severino Di Giovanni. El hombre que durante cinco años había brindado todos los días mate­rial para la crónica policial. Todos los asaltos importan­tes, todos los atentados con bombas, todos -sin excepción- eran achacados al rubio italiano nacido el 17 de marzo de 1901 en Chieti, en la región de los Abruzos, a 180 kilómetros al este de Roma. Pero era inhallable. La policía sospechaba que estaba en Buenos Aires a pesar de que el general José F. Uriburu (1868-1932) -a la sazón presidente de facto- había establecido la pena de muerte tras el golpe militar que lo llevó al poder el 6 de septiembre de 1930, declarando "he venido a limpiar este país de gringos y gallegos anarquistas".
Ese constante machacar de la prensa escrita haciendo aparecer su nombre día tras día en la crónica roja, había hecho de Di Giovanni la imagen del mal, del pistolero sanguina­rio, sin escrúpulos, del lujoso gángster que usaba camisas de seda y los dedos cargados de anillos. Eran, en realidad, armas psicológicas que usaba la policía porque ya no tenía otras. La prensa todos los días ridiculizaba a la organi­zación policial que no lograba dar con el anarquista. Hasta en las historietas, los dibujantes se mofaban de ella por su impotencia.
La historia de Severino Di Giovanni cuenta que era un joven maestro italiano de ideas libertarias, a quien el dictador Benito Mussolini (1883-1945) dejó cesante primero, encarceló después y finalmente expulsó de Italia. Como tantos otros antifascistas italia­nos, Di Giovanni y su familia -esposa y cuatro hijos- encontraron refugio en la Argentina. Pero él no se integró a nuestro medio sino que siguió siendo, ante todo, un italiano que quería volver a su patria por cualquier medio para derrotar al régimen fascista. Como buen anarquista que era, no aceptó formar parte del comité antifas­cista italiano en la Argentina -formado por liberales, socialistas y comunistas- porque pensaba que cualquie­ra de esas tres tendencias eran iguales al fascismo.
Aquí, en la Argentina, trabajó de tipógrafo y linotipista y comenzó a editar en italiano el diario "Culmine" a partir de agosto de 1925. Su primera entrada policial se originó cuando organizó un tremendo escándalo en el Teatro Colón, en oportunidad de la fun­ción de gala en homenaje al rey Vittorio Emanuele III (1869-1947), a la que asistían también el presidente Marcelo T. de Alvear (1868-1942) y el embajador italiano. En medio de la función se oyó el estridente grito de ¡muera el fascismo! seguido de una lluvia de volantes sobre el distinguido público de la platea. Se originó entonces una batalla campal contra Di Giovanni y el grupo anarquista que lo acompañaba. Los revoltosos recibieron un severo castigo y fueron detenidos. Allí quedó registrado Severino Di Giovanni, quien, al preguntársele por su ideología, contestó a la policía sin problemas: "soy anarquista".

Desde ese día comenzó un ciclo increíble de violencia. Di Giovanni participó en primera linea en los actos en solidaridad por el arresto y homicidio de Nicola Sacco (1891-1927) y Bartolomeo Vanzetti (1888-1927), los dos anarquistas italianos condena­dos a muerte en Estados Unidos. Los atentados con bombas contra empresas y oficinas nor­teamericanas se sucedieron día tras día. En las asambleas anarquistas, Di Giovanni proponía una y otra vez desa­tar una verdadera guerra en la ciudad. Además, para contar con los medios suficientes, comenzó con los asaltos a bancos, los que resultaron ser espectaculares, típicos de la década del veinte, con automóviles corriendo a toda velocidad y persecuciones a los balazos. También recurrió a la falsifica­ción de dinero "para terminar con el Estado", ya que la lucha de los anarquistas no era para apoderarse del poder sino para eliminarlo, pretendiendo así que no hubiera nunca más alguien que mande y otro que obedez­ca.
Al mismo tiempo que editaba periódicos e intervenía en los grupos de agitación huelguística, comenzó a publicar las obras completas de Elisée Reclus (1830-1905), el geógrafo y pensador anarquista francés miembro de la Primera Internacional. Por supuesto, sus actividades chocaban con el sector moderado del anarquismo argenti­no que editaba "La Protesta", por lo que se produjo una lucha intestina que costó la vida al director del perió­dico, el español Emilio López Arango (1894-1929). Los partidarios de "La Protesta" acusaron siempre a Di Giovanni de ser el autor de esa muerte.
En la tarde del 30 de enero de 1931, Di Giovanni -vestido con traje negro y sombrero de anchas alas- fue sorprendido a la salida de una imprenta, en la esquina de Callao y Sarmiento. Luego de una cinematográfica huida por las calles y los techos del centro porteño en la que la policía realizó unos cien disparos, asesinó una niña e hirió a varios transeúntes, fue atrapado herido en un garaje después de haber alcanzado a disparar cinco veces, para luego ser juzgado por un tribunal del Ejército y condenado a muerte.La alta sociedad se regocijó: al fin había caído ese insolente revolucionario. Para el juicio, el ejército designó al teniente primero Franco como su defensor. Cuando se entrevistó con Di Giovanni, éste le aclaró que como buen cristiano no pensaba mentir: "Jugué y perdí, como buen perdedor pago con la vida" le dijo. El teniente, impresionado por su valor, en su alegato planteó la incompetencia del tribunal militar para juzgar a un civil detenido, apeló al principio cristiano contra la pena de muerte, estableció que Di Giovanni había actuado en defensa propia y que había sido emboscado sin una declaración judicial. El tribunal enrojeció de furia contra el teniente Franco, quien más tarde fue envenenado en una cena de camaradería. Severino Di Giovanni y Paulino Scarfó-que había sido detenido junto a aquél-, fueron salvajemente torturados: con tenazas les aplastaron los testículos, les retorcieron la lengua y los quemaron con cigarrillos.
El fusilamiento fue todo un espectáculo al que concurrieron generales, funcionarios y los más encumbrados personajes del Buenos Aires de entonces, mientras una muchedumbre se agolpaba en las puertas de la prisión para escuchar las descargas del fusilamiento, como si fuera una función teatral. Severino Di Giovanni supo morir como había vivido. Sentado contra un paredón en el sector de la cárcel que daba a la esquina de Coronel Díaz y Las Heras (Chavango en aquella época), no quiso que le vendaran los ojos ni que lo ayudaran a caminar, a pesar de estar casi imposibilitado de hacerlo por las cadenas que le habían atado a los pies. Luego de lanzar su grito ideológico, recibió una descarga de ocho disparos. Un poco de humo que salía de su pecho marcó el sitio de los impactos. Su cara se contrajo en una mueca violenta de dolor. Una reacción muscular lo hizo levantarse un poco del banquillo para caer luego pesadamente hacia el costado izquierdo. El respaldo del banquillo saltó hecho astillas. Un gran charco de sangre inundó el asiento cayendo al suelo. Finalmente, un oficial le pegó el clásico tiro de gracia en la cabeza. Un día después, moría fusilado en el mismo lugar el joven anarquista Paulino Scarfó, quien lanzó el mismo grito de Severino, pero en castellano: ¡Viva la anarquía!
Los restos de Severino Di Giovanni reposan actualmente en el Cementerio de la Chacarita.