Es más que evidente que las
agresiones de Washington contra Cuba tienen una larga historia. Y desde hace unos
veinte años, no ha sido sólo a través de la organización, entrenamiento y apoyo
a mercenarios por parte de la CIA, también lo ha sido a través de los modernos
medios de comunicación utilizados por agentes de inteligencia estatal y periodistas
supuestamente independientes mediante los cuales se busca manipular a la
opinión pública y debilitar a las instituciones. Según un informe de “EFE”, la agencia
de noticias española con sede en Madrid, el propósito de estas redes sociales es
“inspirar a los jóvenes a organizar marchas y concentraciones contra el
gobierno cubano. Provocar incidentes e instalar la idea de una ‘primavera de colores’,
que fuera reprimida por el gobierno y, así, justificar una intervención militar
extranjera”. También la organización no gubernamental global “Amnesty
International” (Amnistía Internacional), que trabaja por la promoción y defensa
de los derechos humanos, ha señalado las presiones que ejercen las redes
sociales moldeando la salud mental, la privacidad y la autoestima de sus
usuarios.
Por su parte, con un cinismo descarado Madeleine K. Albright (1937-2022), quien fuera Secretaria de Estado durante la presidencia de Bill Clinton, publicó el ensayo “The war on democracy” (La guerra contra la democracia) en el que manifestó que “los regímenes autoritarios del siglo XXI han explotado los temores de los ciudadanos en democracias nuevas y antiguas, lo que representa una grave amenaza para los sistemas democráticos. Desde la década de 2010, el mundo ha presenciado un auge del ‘autoritarismo digital’, es decir, el uso de la tecnología de la información por parte de un régimen autoritario para mantener o aumentar su poder mediante el engaño, la confusión y la distracción de la población, así como bloqueando el acceso a información procedente de fuentes que el régimen no puede controlar”.
Lo que esta diplomática omitió decir es que el bloqueo económico ya no es suficiente para Washington. Ahora el gobierno estadounidense, con el regreso de Donald Trump, ha iniciado el camino hacia lo que ella llamó “autoritarismo digital” utilizando las redes sociales como “X”, “TikTok” “Facebook” e “Instagram”, impulsando de esa manera una “guerra cognitiva” mediante la cual siembra en los ciudadanos campañas de desinformación diseñadas para sembrar el caos. La administración Trump ha adoptado una amplia gama de tácticas, políticas y acciones autoritarias que socavan la protección de los derechos humanos, así como muchos pilares claves de la democracia estadounidense, algo que vienen denunciando varios reconocidos politólogos y académicos de ese país como James Campbell (1952) en “Race, nation and empire in american history” (Raza, nación e imperio en la historia estadounidense), Lucan A. Way (1968) en “The price of american authoritarianism” (El precio del autoritarismo estadounidense) o Steven Levitsky (1968) y Daniel Ziblatt (1972) en “How democracies die” (Cómo mueren las democracias).
En enero del corriente año,
Amnistía Internacional publicó un informe titulado “Ringing the alarm bells: rising
authoritarian practices and erosion of human rights in the United States” (Suenan
las alarmas: aumento de las prácticas autoritarias y erosión de los derechos
humanos en Estados Unidos) en el que advirtió que dicho país atraviesa una
peligrosa deriva autoritaria con consecuencias que se extienden más allá de sus
fronteras. En dicho informe analiza cómo las políticas y prácticas impulsadas
están socavando libertades fundamentales como la libertad de expresión, de
prensa y de reunión pacífica, y está “resquebrajando los pilares de una
sociedad libre: el espacio cívico, la separación de poderes y las garantías
básicas del Estado de derecho”. Y agrega que, lejos de ser decisiones aisladas
o coyunturales, es un patrón sistemático de prácticas autoritarias que se
refuerzan entre sí y amenazan con normalizar la represión, la discriminación y
la impunidad, algo que no sólo redefine el rumbo interno de Estados Unidos,
sino que también debilita los estándares internacionales de derechos humanos y
alienta retrocesos similares en otros países.
Por su parte, con un cinismo descarado Madeleine K. Albright (1937-2022), quien fuera Secretaria de Estado durante la presidencia de Bill Clinton, publicó el ensayo “The war on democracy” (La guerra contra la democracia) en el que manifestó que “los regímenes autoritarios del siglo XXI han explotado los temores de los ciudadanos en democracias nuevas y antiguas, lo que representa una grave amenaza para los sistemas democráticos. Desde la década de 2010, el mundo ha presenciado un auge del ‘autoritarismo digital’, es decir, el uso de la tecnología de la información por parte de un régimen autoritario para mantener o aumentar su poder mediante el engaño, la confusión y la distracción de la población, así como bloqueando el acceso a información procedente de fuentes que el régimen no puede controlar”.
Lo que esta diplomática omitió decir es que el bloqueo económico ya no es suficiente para Washington. Ahora el gobierno estadounidense, con el regreso de Donald Trump, ha iniciado el camino hacia lo que ella llamó “autoritarismo digital” utilizando las redes sociales como “X”, “TikTok” “Facebook” e “Instagram”, impulsando de esa manera una “guerra cognitiva” mediante la cual siembra en los ciudadanos campañas de desinformación diseñadas para sembrar el caos. La administración Trump ha adoptado una amplia gama de tácticas, políticas y acciones autoritarias que socavan la protección de los derechos humanos, así como muchos pilares claves de la democracia estadounidense, algo que vienen denunciando varios reconocidos politólogos y académicos de ese país como James Campbell (1952) en “Race, nation and empire in american history” (Raza, nación e imperio en la historia estadounidense), Lucan A. Way (1968) en “The price of american authoritarianism” (El precio del autoritarismo estadounidense) o Steven Levitsky (1968) y Daniel Ziblatt (1972) en “How democracies die” (Cómo mueren las democracias).
Basta recordar que, al presente, países latinoamericanos como Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú y República Dominicana están siendo conducidos por gobiernos de derecha o centroderecha. Todos ellos consiguen el apoyo de buena parte de la población gracias al bombardeo a través de las redes sociales con comentarios plagados de falsedades, argumentaciones hipócritas, burlas cínicas y estigmatizaciones culturales que tienen por principal objetivo generar miedo y confusión. Así, cuando la gente que piensa distinto deja de poder opinar libremente, cuando protestar se vuelve peligroso y cuando los tribunales y los mecanismos de supervisión son atacados o cooptados, resulta cada vez más difícil frenar los abusos y revertir el retroceso en derechos humanos. Es entonces cuando las violaciones a esos derechos dejan de ser excepciones y pasan a ser parte del funcionamiento ordinario del Estado.
Ante esa situación, cabe preguntarse si los ciudadanos que aceptan esas condiciones dirán algo con respecto a la foto que mostró recientemente el presidente Trump en la cual se muestra a Canadá, Groenlandia, Haití, Islandia, México, Puerto Rico, Venezuela y, por supuesto, Cuba, como parte de los Estados Unidos, una imagen que claramente representa los intereses políticos y económicos de la principal superpotencia occidental.
Las razones específicas de sus críticas y tensiones con cada uno de estos países varían según el contexto geopolítico y comercial. A algunos los acusa de permitir la entrada de inversiones o productos procedentes de China, su gran competidor a nivel global, a otros por poner en riesgo la seguridad nacional, la competencia geopolítica y el acceso a recursos estratégicos, a otros por impulsar grandes oleadas de emigración, etc. En el caso específico de Cuba, la acusa de ser “la mayor amenaza para nuestro país y para la libertad americana”, y de ser un “Estado fallido” gobernado por un sólo partido político desde 1959. Desde la perspectiva de los Estados Unidos, el sistema unipartidista es considerado una contradicción directa a los principios de la libertad y la democracia liberal, sosteniendo que la concentración del poder en un sólo partido político destruye el orden democrático ya que elimina la capacidad de los ciudadanos de elegir entre otras opciones políticas.
Hasta la reforma
constitucional de 1976, también mediante el voto directo y secreto en
elecciones nacionales, en las asambleas municipales se elegían los miembros del
órgano legislativo nacional. Tras esa reforma y las que se hicieron en 1992 y
en 2019, el Estado de Cuba pasó a organizarse a partir de cuatro órganos
superiores: la Asamblea Nacional, el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros
y el Consejo de Defensa. La Asamblea Nacional, unicameral, es la encargada de
aprobar la legislación y se renueva cada cinco años. Los candidatos a diputados
de la misma que se presentan en las elecciones no son elegidos por el Partido
Comunista de Cuba ni es un requisito estar afiliado al partido oficial para
participar, sino que los proponen agrupaciones sociales del país y sus
candidaturas se votan en asambleas que se realizan en cada circunscripción
electoral. Esta Asamblea elige entre sus diputados a quienes conforman el
Consejo de Estado, el organismo encargado de definir leyes y decretos, de
supervisar la actividad de los organismos del Estado y de representarlo a nivel
nacional e internacional.
En cuanto al Consejo de Ministros, el máximo órgano ejecutivo y administrativo, está conformado por un secretario, un primer ministro, cuatro vice primeros ministros y veintiséis ministros de diferentes áreas, quienes son elegidos por la Asamblea Nacional a propuesta del Presidente de la República. Por su parte, el Consejo de Defensa es el encargado de dirigir el país en situaciones de guerra o estados de emergencia. Está integrado por el presidente, que elige a un vicepresidente y a otros miembros definidos por ley. El presidente es el jefe de Estado. Lo elige la Asamblea Nacional de entre sus diputados y rinde cuentas a ese organismo. Su mandato dura cinco años y se puede extender por cinco adicionales. Para ser presidente se debe ser ciudadano cubano por nacimiento, no tener otra ciudadanía, tener al menos treinta y cinco años y como máximo sesenta al momento de la elección. Existe en el país el cargo de vicepresidente que debe cumplir con requisitos similares y también lo designa la Asamblea Nacional. Ambos Carlos son ocupados hoy en día por el citado Díaz Canel y por Salvador Valdés Mesa (1945) respectivamente.
En cuanto al Consejo de Ministros, el máximo órgano ejecutivo y administrativo, está conformado por un secretario, un primer ministro, cuatro vice primeros ministros y veintiséis ministros de diferentes áreas, quienes son elegidos por la Asamblea Nacional a propuesta del Presidente de la República. Por su parte, el Consejo de Defensa es el encargado de dirigir el país en situaciones de guerra o estados de emergencia. Está integrado por el presidente, que elige a un vicepresidente y a otros miembros definidos por ley. El presidente es el jefe de Estado. Lo elige la Asamblea Nacional de entre sus diputados y rinde cuentas a ese organismo. Su mandato dura cinco años y se puede extender por cinco adicionales. Para ser presidente se debe ser ciudadano cubano por nacimiento, no tener otra ciudadanía, tener al menos treinta y cinco años y como máximo sesenta al momento de la elección. Existe en el país el cargo de vicepresidente que debe cumplir con requisitos similares y también lo designa la Asamblea Nacional. Ambos Carlos son ocupados hoy en día por el citado Díaz Canel y por Salvador Valdés Mesa (1945) respectivamente.
Vale recordar que Estados
Unidos, desde unos años después de lograr su independencia de Gran Bretaña, ha
sido gobernada alternativamente por un sistema bipartidista conformado por los
partidos Demócrata y Republicano. Bajo la retórica de ser “progresista” y “socialdemócrata”
uno, y de “populista” y “nacionalista” el otro, lo cierto es que desde la época
de George Washington, su primer presidente como nación independiente, Cuba ha
estado siempre bajo el interés colonizador de ese país cualquiera que fuera alguno
de esos dos partidos que lo gobernara. Será por esa razón que no son pocos los analistas
y los organismos estadounidenses dedicados al estudio de la ciencia política que
advierten sobre la “unipartidización” encubierta en su propio territorio. Sobre
todo hoy en día, cuando dentro del capitalismo tardío, una fase marcada por la
globalización financiera, el dominio de las grandes corporaciones y la
mercantilización de casi todos los aspectos de la vida, se está debilitando al sistema
democrático representativo.
Tal vez por ese motivo el historiador belga David Van Reybrouck (1971) argumentó en su libro “Against elections: the case for democracy” (Contra las elecciones: el caso de la democracia) argumenta que “La democracia no es el gobierno de los mejores de nuestra sociedad, porque eso se llama aristocracia, sea elegida o no. La democracia, por el contrario, florece precisamente al permitir que se escuche una diversidad de voces. Se trata de tener voz y voto en igualdad de condiciones, el mismo derecho a determinar qué acciones políticas se toman”. Y más categórica es la economista francesa Julia Cagé (1984) quien en su ensayo “Le prix de la démocratie” (El precio de la democracia) afirmó que “los pobres pagan por una democracia que beneficia a los ricos. El sistema no sólo beneficia a quienes donan a los partidos políticos y candidatos, sino que además exime de impuestos a estas élites que supuestamente financian la democracia”. En fin, así están las cosas hoy en día.
Tal vez por ese motivo el historiador belga David Van Reybrouck (1971) argumentó en su libro “Against elections: the case for democracy” (Contra las elecciones: el caso de la democracia) argumenta que “La democracia no es el gobierno de los mejores de nuestra sociedad, porque eso se llama aristocracia, sea elegida o no. La democracia, por el contrario, florece precisamente al permitir que se escuche una diversidad de voces. Se trata de tener voz y voto en igualdad de condiciones, el mismo derecho a determinar qué acciones políticas se toman”. Y más categórica es la economista francesa Julia Cagé (1984) quien en su ensayo “Le prix de la démocratie” (El precio de la democracia) afirmó que “los pobres pagan por una democracia que beneficia a los ricos. El sistema no sólo beneficia a quienes donan a los partidos políticos y candidatos, sino que además exime de impuestos a estas élites que supuestamente financian la democracia”. En fin, así están las cosas hoy en día.


