7 de septiembre de 2026

Estados Unidos y Cuba. Crónica de una relación depravada y fatídica (4/6)

Aquí vale la pena hacer un paréntesis sobre la historia de la conflictiva vecindad de Cuba con la principal potencia imperialista del mundo. Fueron varias de esas notorias personalidades que concurrían a “La Bodeguita del Medio” las que, en algún momento, se expresaron sobre la revolución y su líder. En febrero de 1960, por ejemplo, a poco más de un año de la entrada en La Habana de los guerrilleros del Movimiento 26 de Julio que había sido creado en 1955 para combatir la dictadura de Fulgencio Batista, Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre llegaron a la isla caribeña y permanecieron allí hasta mediados del mes de marzo. Poco después de su estadía, el autor de sonadas obras como “La nausée” (La náusea) y “L'être et le néant” (El ser y la nada) comenzó a publicar en el periódico “France Soir” una serie de artículos en torno a la visita efectuada, los cuales fueron reunidos a fin de ese año en el libro “Ouragan sur le sucre” (Huracán sobre el azúcar). En ellos examinó la relación del proceso revolucionario con los trabajadores, los campesinos, los funcionarios y los intelectuales, destacó la férrea contracción al trabajo de los revolucionarios, admiró la austeridad irreprochable de esos luchadores que cuidaban al dinero público con mucho más celo que al suyo propio, planteó la necesidad de la superación del cultivo excluyente de la caña de azúcar, resaltó la indispensable necesidad de terminar con la escasez de la producción alimenticia ya que por lo menos la mitad de los alimentos que se consumían provenían del extranjero, y destacó la energía y la capacidad de trabajo del Che Guevara por su acompañamiento a los propósitos de los funcionarios-militantes que trabajaban para poner término a la miseria y al analfabetismo.
Otro ejemplo es el del escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien comenzó su relación con Castro unos años antes del triunfo de la Revolución. Fue cuando conoció a Nicolás Guillén (1902-1989) en París donde el poeta cubano le habló de un joven estudiante de Derecho, Fidel Castro, que podía ser la persona capaz de derrocar el régimen de Fulgencio Batista. El autor de las novelas “El coronel no tiene quien le escriba”, “Cien años de soledad” y “El otoño del patriarca” lo conoció personalmente en 1959, tras el triunfo de la revolución, cuando el líder cubano invitó a periodistas de todo el mundo a cubrir la “Operación Verdad”, su plan para procesar a los antiguos colaboradores de Batista. En esa oportunidad, el encuentro entre ambos fue muy breve y recién en 1977, después de leer varios artículos escritos por García Márquez sobre Cuba, Castro decidió acercarse personalmente al escritor colombiano. 
En aquellos años García Márquez hacía visitas regulares a La Habana y se alojaba en el Hotel Nacional de Cuba. Allí se presentó Castro y mantuvieron una extensa conversación, un encuentro que con el paso de los años se convirtió en una verdadera amistad. Fue un apego basado, según el escritor colombiano, en el interés común que tenían por la literatura. Una vez contó que mientras comentaban su libro “Relato de un náufrago”, Castro le señaló un error de cálculo en la velocidad de un barco. Esa meticulosidad lo llevó a pedirle que leyera sus manuscritos antes de publicarlos, y hubo varias ocasiones en que esas observaciones dieron lugar a correcciones de datos en sus libros. Incluso declaró que no volvería a publicar un libro sin que Fidel lo hubiera revisado. Cuando falleció en la ciudad de México, Castro envió una corona de flores con la dedicatoria “a mi entrañable amigo Gabo”.


Unos años antes, el 28 de julio de 1981, García Márquez había publicado un artículo en el diario español “El País” en el cual contó que una vez “en el automóvil de Fidel Castro -que es un empecinado lector de literatura- vi en el asiento un pequeño libro empastado en cuero rojo. Cuando le pregunté de quién era, me respondió: ‘Es del maestro Hemingway’”. Se refería, claro está, al escritor estadounidense Ernest Hemingway, otro asiduo concurrente a “La Bodeguita del Medio”. El autor de grandes novelas como “A farewell to arms” (Adiós a las armas), “To have and have not” (Tener y no tener) y “The old man and the sea” (El viejo y el mar) a fines de 1940 había comprado una propiedad en una colina del barrio de San Francisco de Paula, al sureste de La Habana, llamada Finca Vigía. Antes de establecerse definitivamente en la isla frecuentaba La Habana y se hospedaba en el hotel Ambos Mundos, lugar en donde escribió la novela “For whom the bell tolls” (Por quién doblan las campanas).
El 4 de noviembre de 1959, al regresar de un viaje desde Ketchum en el estado de Idaho (ciudad en la había comprado una casa), fue entrevistado por el periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh (1927-1977), por entonces corresponsal de “Prensa Latina”. Al día siguiente se publicó la entrevista en el periódico “Revolución” en la que Hemingway dijo: “Me siento muy feliz de estar nuevamente aquí porque me considero un cubano más. No he creído ninguna de las informaciones que se publican contra Cuba en el exterior. Simpatizo con el gobierno cubano y con todas nuestras dificultades, y digo nuestras porque no quiero que me consideren un yanki, vamos a ganar, nosotros los cubanos vamos a ganar”.
El 15 de mayo de 1960 conoció a Castro durante el torneo de pesca llamado “Concurso Internacional de la Pesca de la Aguja”, el cual fue ganado por el líder cubano. Hemingway presidió la ceremonia de premiación y le entregó el trofeo de vencedor. Luego intercambiaron opiniones a lo largo de varias horas. En otra charla que mantuvieron, Hemingway le comentó que había conocido los crímenes y desmanes de las tiranías de Gerardo Machado y Fulgencio Batista lo que, de algún modo, fueron experiencias que plasmó en sus novelas. Por su parte Castro le aseguró que había leído “Por quién doblan las campanas” más de tres veces y que le había servido de inspiración para comandar la Revolución Cubana. También le confesó que sentía fascinación por “El viejo y el mar” a la que consideraba una obra maestra que, cuanto más la leía, más la admiraba.
Hemingway expresó su apoyo a la revolución cubana en declaraciones a la prensa estadounidense en 1959 y al diario soviético “Pravda” en 1960, en las cuales manifestó que el proceso cubano era “fabuloso e indestructible”, aseveraciones que le cayeron muy mal al Gobierno de Estados Unidos. En ese contexto, presionado por el embajador Philip W. Bonsal (1903-1995) bajo la amenaza de declararlo traidor por su simpatía con el régimen cubano, Hemingway tuvo que abandonar la isla el 25 de julio de 1960. Menos de un año después, el 2 de julio de 1961, se suicidó disparándose con una escopeta en su casa de Ketchum en Estados Unidos.
En cuanto al sociólogo estadounidense Charles W. Mills puede decirse que visitó Cuba en el verano de 1960 con la intención de conocer de primera mano la Revolución Cubana. No sólo recorrió los campos de la isla junto a Fidel Castro, sino que también se sumergió en la vida cultural y bohemia de La Habana cuando visitó “La Bodeguita del Medio”, un lugar que para él no era un mero lugar para el ocio sino un espacio fundamental para la cultura. Allí conversó con cubanos de a pie, periodistas y comandantes de la revolución, charlas que dieron origen a su polémico libro “Listen yankee: the revolution in Cuba (Escucha yanqui: la revolución en Cuba), una obra que escribió para intentar explicarle al público estadounidense las verdaderas razones del nacionalismo revolucionario del Caribe.
En su prólogo expresó: “Mi objetivo central en este libro es presentar la voz del revolucionario cubano con la mayor claridad y fuerza posibles. Me he fijado este objetivo porque esa voz está absurdamente ausente en las noticias de Cuba que se difunden en Estados Unidos. No encontrarán ustedes aquí ‘toda la verdad sobre Cuba’ ni tampoco ‘una apreciación objetiva de la Revolución Cubana’. No creo que nadie pueda hacer en este momento semejante apreciación. Esta revolución que tiene lugar en Cuba es un enorme impulso popular. La voz de Cuba es hoy la voz de la euforia revolucionaria. Mi intención es expresar un poco de todo esto al mismo tiempo que las razones que explican por qué se sienten así los cubanos. Porque sus razones no son sólo suyas: son las razones de todo el mundo hambriento”.


Por último, se puede citar al escritor, historiador y crítico literario estadounidense Waldo Frank, conocido principalmente por sus estudios sobre la literatura y la cultura española y latinoamericana. Autor de notables ensayos como “South of us” (Al sur de nosotros), “Birth of a world. Bolivar in terms of his peoples” (El nacimiento de un mundo. Bolívar dentro del marco de sus pueblos) y “The rediscovery of man” (El redescubrimiento del hombre) sufrió fuertes críticas por parte de los sectores más conservadores de Estados Unidos tras la publicación en 1961 de “Cuba: prophetic island” (Cuba: isla profética) en el que defendió con entusiasmo el proceso revolucionario inicial. Retrató vívidamente el reparto de la tierra, las campañas de alfabetización, el combate a las enfermedades y la mortandad infantil, la desecación de pantanos, la introducción de nuevos plantíos, la apertura de playas al pueblo, la construcción de hoteles, granjas, industrias y viviendas, y resaltó el vínculo carismático de Fidel Castro con la población de la isla, aunque también criticó algunos aspectos de su actuación. Para Frank, “el renacimiento de Cuba, impulsado por el proceso revolucionario, debe inscribirse en una maduración cultural dentro de la tradición proveniente de Simón Bolívar y José Martí”.
Obviamente no todas las figuras relacionadas con la literatura loaron el proceso que se vivía en Cuba. En algunos casos sin ser concurrentes a “La Bodeguita del Medio” pero habiendo visitado en alguna oportunidad la isla, varios de ellos se irritaron a raíz de la encarcelación en abril de 1971 del poeta Heberto Padilla (1932-2000) tras la publicación de su libro de poemas “Fuera del juego” en el que incluyó “El abedul de hierro” e “Instrucciones para ingresar en una nueva sociedad”, a los que se consideraron como un ataque a la Revolución Cubana. Además, junto a diversos críticos, calificó a la revolución como una “supraburocracia militarizada”. Pero no fue sólo ese el motivo de su encarcelación. Unos meses antes, el poeta le había comentado al escritor chileno Jorge Edwards (1931-2023), quien se había instalado en La Habana a fines del año anterior como encargado del gobierno chileno para restablecer las relaciones diplomáticas entre Cuba y Chile, que la situación por la que atravesaba la isla en esos momentos era “la más crítica que había conocido la Revolución Cubana”.
A pesar de ello, el citado poeta Nicolás Guillén, por entonces presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), lo invitó el 20 de marzo a leer sus poemas en la sede de la institución. Allí Padilla no sólo leyó los del polémico libro sino también otros de su nuevo poemario “Provocaciones” en el que asumió el rol de “provocador” defendiendo que el arte era una provocación y un cuestionamiento de la realidad, y defendió la libertad creadora frente a la censura del régimen cubano. Tras considerar que sus poemas eran “actividades subversivas” e “ideológicamente contrarios” a la Revolución Cubana, fue encarcelado durante poco más de un mes no sin antes entregar una declaración de autocrítica, al parecer forzada y acordada previamente con los carceleros, en una reunión de la UNEAC. En ella declaró haber “conspirado contra la Revolución” y acusó a otros escritores cubanos comprometiendo inclusive su esposa la poetisa Belkis Cuza Malé (1942). Fue una autocrítica que llevó al propio García Márquez, un fiel y férreo defensor de la Revolución Cubana, a declarar que “el tono de su autocrítica es tan exagerado, tan abyecto, que parece obtenido por métodos ignominiosos”. Y también el escritor argentino Julio Cortázar, entusiasmado por la revolución desde sus comienzos, la consideró una “penosa mascarada propia de los métodos estalinistas”. Recién en 1980 el gobierno cubano le permitió a Padilla salir del país y entonces se radicó en Alabama, Estados Unidos, donde fallecería en el año 2000.
Efectivamente, este proceso puso fin al idilio de muchos escritores y artistas con los ideales revolucionarios. Ocurrió por ejemplo con Jean Paul Sartre quien, en 1971, rompió con el gobierno cubano a raíz de la censura y el arresto de Padilla por sus críticas a la interferencia del gobierno en los asuntos culturales. Esto motivó que, junto a la autora de obras consagradas como “Le deuxième sexe” (El segundo sexo), “La femme rompue” (La mujer rota) y “Tous les hommes sont mortels” (Todos los hombres son mortales), firmara dos cartas de protesta en las que se valoró el suceso como “una amenaza al desarrollo del arte y la literatura cubanas”. Lo hicieron acompañados por muchos otros escritores entre los que se pueden mencionar Marguerite Duras (1914-1996), Juan Rulfo (1917-1986), Italo Calvino (1923-1985) y la citada Susan Sontag, y por los directores cinematográficos Pier Paolo Pasolini (1922-1975) y Alain Resnais (1922-2014). Este episodio implicó un serio cimbronazo para el consenso tanto latinoamericano como europeo en torno a la revolución.


Un caso similar ocurrió con el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz quien en una carta que le envió el 21 de diciembre de 1967 desde Nueva Delhi, capital de la India, al escritor cubano Roberto Fernández Retamar (1930-2019) que por entonces dirigía Casa de las Américas, la institución cultural fundada en La Habana en abril de 1959, había manifestado su apoyo a la revolución expresando: “Esta revuelta no se ajusta a las nociones clásicas que teníamos sobre lo que es una revolución pero, apenas es necesario decirlo, mis discrepancias no son ni tan profundas ni decisivas como para impedir repetir que, para mí, la independencia de Cuba es una causa sagrada. Creo que la mayoría de los escritores y artistas latinoamericanos piensan y sienten como yo. No sé, nadie lo sabe, cuál será la forma que adoptará la revuelta latinoamericana. Nadie tiene las llaves de la historia. Ningún partido, ninguna filosofía, ningún Estado (ni siquiera los que tienen el monopolio del arma atómica) es dueño del porvenir. En cambio, sé con una certidumbre que es a un tiempo racional y pasional, que Cuba es un comienzo: el principio de algo que cambiará decisivamente a nuestros pueblos. Por esto, defender a Cuba no es tanto defender la ideología política que ustedes representan, con admirable honradez y lealtad, como defender el derecho de nuestros pueblos a vivir libres al fin de la opresión interior y del imperialismo”.
Pero el caso Padilla también influyó en él. En 1979 publicó un libro de artículos y ensayos bajo el título “El ogro filantrópico” en el cual comparó las acusaciones contra Padilla con las acusaciones de crímenes que hacía Stalin a sus antiguos compañeros y se preguntó si las charlas en cafés podían dañar a la Revolución cubana. Agregó que el régimen cubano, para limpiar su reputación al parecer manchada, obligó a Padilla a declararse culpable de enredos político-literarios, por lo que la Revolución cubana se estaba volviendo una casta burocrática.
A los citados casos de Jean P. Sartre y Octavio Paz, puede agregarse al escritor español Juan Goytosolo (1931-2017), quien pasó del fervor inicial a una profunda desilusión crítica ante el giro autoritario del régimen cubano. En 1961 viajó a Cuba invitado por el director del diario “Revolución”, el escritor Carlos Franqui (1921-2010) y al año siguiente publicó “Pueblo en marcha. Tierras de Manzanillo. Instantáneas de un viaje a Cuba”, obra en la que elogió las reformas iniciales y la vida rural, y vio a la Revolución como un modelo esperanzador. Años después, en 1986, en su ensayo “En los reinos de taifa”, relató varios acontecimientos relacionados con Cuba y habló de su creciente distanciamiento al remarcar que “la radicalización de la revolución cubana y el recrudecimiento de los conflictos sociales y políticos” habían tendido a instaurar “una atmósfera de guerra fría en el campo de las letras hispánicas y a recluir a los escritores de la isla en una mentalidad de fortaleza asediada”.
Otro ejemplo es el de Alberto Moravia (1907-1990), quien visitó Cuba en la segunda mitad de la década del ’60. El escritor italiano mantuvo una postura de inicial simpatía hacia la revolución cubana en la que vio, en sus inicios, un proyecto emancipador alejado del rígido dogmatismo de la Unión Soviética. Para él Cuba representaba un “sueño de socialismo humanista”, valorando fuertemente los avances en educación y salud gratuita implementados en la isla. Sin embargo, a medida que el gobierno cubano comenzó a institucionalizar el control estatal sobre la creación artística y, sobre todo, tras el “Caso Padilla”, se transformó en un abierto crítico a raíz de la censura del autor de “Fuera del juego”, un tema sobre el que publicó varias notas en medios italianos como “Corriere della Sera” y “L'Espresso”. Fue así que, en contraposición a la explosión creativa de los años ’60 conocida como “década prodigiosa”, la década de los años ‘70 pasó a conocerse como los “años grises”.