Tres meses antes de la
“Proclamación 3447”, Kennedy había autorizado a la CIA a realizar operaciones
encubiertas en contra del gobierno de Castro, un proyecto conocido como “Operación
Mangosta” que planeó una guerra económica en forma más estructurada que incluyó
acciones para encarecer y dificultar el transporte marítimo desde y hacia Cuba.
La operación incluyó cientos de sabotajes de envergadura contra objetivos
económicos y la planificación junto a organizaciones clandestinas
anticastristas de un operativo para tomar La Habana y otros puntos de la isla y
derrocar al castrismo. Pero las fuerzas de seguridad del Estado cubano, alertados
por los servicios de inteligencia de la Unión Soviética, lograron detener a
varios de los dirigentes cubanos del movimiento insurreccional y consiguieron desarticularlo.
El descubrimiento del plan llevó a la detención, enjuiciamiento y fusilamiento de centenares de implicados, mientras que los sobrevivientes de la conspiración negaron que había sido una operación planificada por la CIA. Tras estos hechos, el gobierno de Castro accedió a la sugerencia del líder soviético Nikita Jrushchov (1894-1971) de emplazar cohetes atómicos en su territorio, lo que condujo a la llamada Crisis de los Misiles en octubre de 1962, una confrontación que duró trece días y fue el momento de mayor tensión durante la Guerra Fría, el período de rivalidad geopolítica que se inició tras el fin de la Segunda Guerra Mundial que dividió al mundo en el bloque occidental liderado por Estados Unidos y el oriental encabezado por la Unión Soviética. Para los soviéticos, la instalación de misiles en el Caribe que alcanzarían ciudades como Houston, Atlanta, Washington y Nueva York era la respuesta a los que los estadounidenses habían instalado en Italia y Turquía apuntando a Moscú y San Petersburgo entre otras ciudades soviéticas.
Según narró el citado filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky en la presentación del libro “Objetivo: voltear a Cuba. Una historia del terrorismo contra el gobierno de Fidel Castro”, ese episodio fue una “obsesión absurda” del gobierno estadounidense ya que fue “irracional a la vista de las supuestas amenazas provenientes de Cuba, con la excepción de la ocurrida en octubre de 1962, que en gran medida fue consecuencia de la guerra terrorista, planificada para culminar ese mismo mes con ‘una rebelión manifiesta y el derrocamiento del régimen comunista’ que sólo podrían alcanzar la ‘victoria definitiva’ con una ‘intervención militar decisiva por parte de Estados Unidos’. Y, según concluyó el historiador estadounidense Thomas Paterson (1941) en su ensayo “Contesting Castro. The United States and the triumph of the Cuban Revolution” (Contestando a Castro. Estados Unidos y el triunfo de la Revolución Cubana), era muy probable que “de no haber existido el desembarco de exiliados en Bahía de los Cochinos, las actividades destructivas encubiertas, las conspiraciones de asesinato, las maniobras y estrategias militares ni las medidas económicas y diplomáticas para acosar, aislar y derribar al gobierno de Castro en La Habana, no habría existido tampoco la crisis de los misiles. Los orígenes de la crisis de octubre de 1962 se remontan en gran medida a la campaña orquestada por Estados Unidos para aplastar la revolución cubana”.
El conflicto que puso a ambos países al borde de una guerra nuclear terminó tras un acuerdo para desmantelarlo al que llegaron Kennedy y Jrushchov el 28 de octubre de 1962, lo que llevó también al presidente norteamericano a suspender formalmente la “Operación Mangosta”. Pero de todas maneras, las actividades destructivas encubiertas, las conspiraciones de asesinato, las maniobras y estrategias militares y las medidas económicas y diplomáticas para acosar, aislar y derribar al gobierno cubano continuaron durante los gobiernos posteriores. Lyndon B. Johnson (1908-1973), quien asumió como presidente tras el asesinato de Kennedy, continuó con las hostilidades, el mantenimiento del embargo y fomentó el aislamiento diplomático de Cuba en la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero también abrió formalmente las puertas de Estados Unidos a los emigrantes de la isla, a los que les permitió solicitar la residencia permanente tras un año de estancia. Durante su gobierno y el de sus dos predecesores, la CIA realizó ocho intentos de asesinato del líder cubano.
El descubrimiento del plan llevó a la detención, enjuiciamiento y fusilamiento de centenares de implicados, mientras que los sobrevivientes de la conspiración negaron que había sido una operación planificada por la CIA. Tras estos hechos, el gobierno de Castro accedió a la sugerencia del líder soviético Nikita Jrushchov (1894-1971) de emplazar cohetes atómicos en su territorio, lo que condujo a la llamada Crisis de los Misiles en octubre de 1962, una confrontación que duró trece días y fue el momento de mayor tensión durante la Guerra Fría, el período de rivalidad geopolítica que se inició tras el fin de la Segunda Guerra Mundial que dividió al mundo en el bloque occidental liderado por Estados Unidos y el oriental encabezado por la Unión Soviética. Para los soviéticos, la instalación de misiles en el Caribe que alcanzarían ciudades como Houston, Atlanta, Washington y Nueva York era la respuesta a los que los estadounidenses habían instalado en Italia y Turquía apuntando a Moscú y San Petersburgo entre otras ciudades soviéticas.
Según narró el citado filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky en la presentación del libro “Objetivo: voltear a Cuba. Una historia del terrorismo contra el gobierno de Fidel Castro”, ese episodio fue una “obsesión absurda” del gobierno estadounidense ya que fue “irracional a la vista de las supuestas amenazas provenientes de Cuba, con la excepción de la ocurrida en octubre de 1962, que en gran medida fue consecuencia de la guerra terrorista, planificada para culminar ese mismo mes con ‘una rebelión manifiesta y el derrocamiento del régimen comunista’ que sólo podrían alcanzar la ‘victoria definitiva’ con una ‘intervención militar decisiva por parte de Estados Unidos’. Y, según concluyó el historiador estadounidense Thomas Paterson (1941) en su ensayo “Contesting Castro. The United States and the triumph of the Cuban Revolution” (Contestando a Castro. Estados Unidos y el triunfo de la Revolución Cubana), era muy probable que “de no haber existido el desembarco de exiliados en Bahía de los Cochinos, las actividades destructivas encubiertas, las conspiraciones de asesinato, las maniobras y estrategias militares ni las medidas económicas y diplomáticas para acosar, aislar y derribar al gobierno de Castro en La Habana, no habría existido tampoco la crisis de los misiles. Los orígenes de la crisis de octubre de 1962 se remontan en gran medida a la campaña orquestada por Estados Unidos para aplastar la revolución cubana”.
El conflicto que puso a ambos países al borde de una guerra nuclear terminó tras un acuerdo para desmantelarlo al que llegaron Kennedy y Jrushchov el 28 de octubre de 1962, lo que llevó también al presidente norteamericano a suspender formalmente la “Operación Mangosta”. Pero de todas maneras, las actividades destructivas encubiertas, las conspiraciones de asesinato, las maniobras y estrategias militares y las medidas económicas y diplomáticas para acosar, aislar y derribar al gobierno cubano continuaron durante los gobiernos posteriores. Lyndon B. Johnson (1908-1973), quien asumió como presidente tras el asesinato de Kennedy, continuó con las hostilidades, el mantenimiento del embargo y fomentó el aislamiento diplomático de Cuba en la Organización de los Estados Americanos (OEA), pero también abrió formalmente las puertas de Estados Unidos a los emigrantes de la isla, a los que les permitió solicitar la residencia permanente tras un año de estancia. Durante su gobierno y el de sus dos predecesores, la CIA realizó ocho intentos de asesinato del líder cubano.
Por entonces, en el simposio organizado en 1966 en Nueva York por la revista “Partisan Review”, la escritora y filósofa estadounidense Susan Sontag (1933-2004) presentó el ensayo “What's happening in North America?” (¿Qué está pasando en Norteamérica?). Allí, entre otras cosas expresó: “Norteamérica se fundó sobre un genocidio, sobre la creencia indiscutida del derecho de los europeos blancos de exterminar a la población original, atrasada en lo tecnológico, para adueñarse del continente. Norteamérica dispuso no sólo del sistema de esclavitud más brutal de los tiempos modernos, sino también de un sistema jurídico único (comparado con otras instituciones esclavistas como las de Latinoamérica y las colonias británicas) de jamás reconocer a los esclavos como personas. Hay algo fundamentalmente erróneo con un sistema de facto que le permite al presidente Johnson una capacidad virtualmente ilimitada para imponer una política exterior imprudente e inmoral. Este es un país apasionadamente racista, y seguirá siéndolo en el futuro previsible”.
Pero a mediados de 1972, Nixon se vio involucrado en el “Caso Watergate”, un escándalo que estalló cuando cinco hombres fueron sorprendidos y detenidos en el Comité Nacional del Partido Demócrata, ubicado en el complejo Watergate de Washington. Se supo después que los detenidos no eran simples ladrones sino agentes al servicio del Partido Republicano que tenían como misión robar documentos, colocar micrófonos e intervenir los teléfonos de sus rivales demócratas. Con el tiempo se supo ese grupo, que fue conocido como “The plumbers” (Los plomeros), estaba conformado por ex miembros de la CIA, entre ellos James McCord (1924-2017), quien manejaba la campaña para la reelección de Nixon en las elecciones que se iban a celebrar el 7 de noviembre de ese año, y por un par de cubanos vinculados a esa misma agencia. Todos ellos habían participado en operativos contrarrevolucionarios en Cuba como la invasión de Bahía de Cochinos en 1961.
La noticia de este episodio apenas se difundió en los medios de prensa y fue vista como un delito menor por la opinión pública. Ante esa indiferencia Nixon ganó las elecciones. Sin embargo, las audiencias del Senado en 1973 mostraron sus abusos de poder en la trama de espionaje. En marzo de 1974, tras una larga investigación, el Gran Jurado federal consideró al presidente copartícipe del escándalo Watergate, y en la tarde del 8 de agosto de ese año, tras reconocer su participación en el encubrimiento de los hechos relacionados con la entrada en la oficina demócrata, presentó su renuncia y al día siguiente Gerald Ford (1913-2006) prestó juramento al cargo.
El nuevo presidente prosiguió con una política exterior de fuerte
hostilidad y junto al Secretario de Estado, el citado Henry
Kissinger, calificó públicamente de forma agresiva a Cuba de “bandido
internacional”. Fue la CIA junto a un grupo de cubanos disidentes capitaneados
por Luis Posada Carriles (1928-2018) quien se encargó de materializar esa
agresividad en el campo de los sabotajes y las actividades terroristas como la
voladura en pleno vuelo, en octubre de 1976, de un avión de la aerolínea Cubana
de Aviación frente a las costas de Barbados, un atentado que provocó la muerte
de las setenta y tres personas que iban a bordo. El citado Posada Carriles ya
había participado en 1971 en un operativo para asesinar a Castro cuando este se
encontraba en Santiago de Chile invitado por el presidente Salvador Allende (1908-1973). En esa oportunidad,
acompañado por dos venezolanos -también pertenecientes a la CIA- que se habían acreditado
como periodistas como
miembros de la cadena televisiva Venevisión, armó un plan que consistía en ocultar
un revolver en una cámara y dispararle a Castro cuando estuviese dando una
conferencia de prensa. Pero ese día, ante el fuerte operativo de seguridad que
había en la sala, los terroristas se acobardaron, no se atrevieron a accionar
el arma oculta y abortaron el plan por su cuenta.
El nuevo presidente endureció la política hacia Cuba designándola como “patrocinadora del terrorismo” por brindar apoyo a grupos revolucionarios como el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) en Angola, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador, el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre (MR-13) en Guatemala y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua. También prohibió la mayoría de los viajes turísticos de ciudadanos estadounidenses a la isla mediante regulaciones estrictas sobre el uso de divisas, limitando el flujo de dinero hacia el gobierno cubano, y creó la Radio Martí en la cual se transmitían programas de noticias y propagandas anticubanas. Como respuesta, Castro suspendió un acuerdo migratorio que habría permitido la inmigración de hasta veinte mil cubanos al año a Estados Unidos y preveía la repatriación de unos tres mil cubanos con antecedentes penales o que padecían enfermedades mentales, y también suspendió las visitas de cubanos residentes en Estados Unidos.
En las elecciones presidenciales de 1988 George Herbert Bush (1924-2018), quien había sido director de la CIA durante la presidencia de Ford y vicepresidente de Reagan, obtuvo la presidencia. Durante su gobierno las relaciones con Cuba fueron de máxima tensión y se caracterizaron por el endurecimiento del bloqueo económico tras la caída de la Unión Soviética en 1991. Con el fin de la ayuda brindada por el último presidente de la URSS Mijaíl Gorbachov (1931-2022), Washington apostó por asfixiar la economía cubana bajo la premisa de que el régimen colapsaría rápidamente. Fue entonces cuando los senadores Robert Torricelli (1951) y Bob Graham (1936-2024) presentaron una propuesta legislativa llamada “Cuban Democracy Act” (Ley de Democracia Cubana), un proyecto de ley que tenía como objetivo endurecer el embargo estadounidense contra Cuba. Bush, aduciendo que “el gobierno de Fidel Castro ha demostrado un desprecio constante por las normas internacionalmente aceptadas de derechos humanos y por los valores democráticos”, aprobó la ley que dificultó la capacidad de los buques atracados en puertos cubanos para viajar a puertos estadounidenses y reimplantó la prohibición a las subsidiarias de empresas estadounidenses en terceros países a comerciar con la isla, afectando principalmente la provisión de alimentos y medicinas. El propio Torricelli sin reparos declaró que la ley tenía como objetivo “causar estragos en esa isla”, algo que efectivamente sucedió.
Luego, Bill Clinton (1946), sucesor de Bush, el 12 de marzo de 1996 firmó y puso en vigor la llamada “Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act” (Ley de Libertad Cubana y Solidaridad Democrática), una ley promovida por los senadores conservadores Jesse Helms (1921-2008) y Dan Burton (1938) que propuso la internacionalización del bloqueo, reforzó las sanciones económicas intimidando a los empresarios extranjeros a evitar las inversiones y el comercio internacional con Cuba, y estableció que el embargo se mantendría vigente hasta que Cuba instaurase un gobierno “democráticamente electo” que garantizase las libertades fundamentales. Cinco meses después de la entrada en vigencia de esta ley, como resultado de las protestas y críticas hechas por los principales aliados de Estados Unidos en el mundo, entre ellos la Organización Mundial del Comercio (OMC), Clinton se vio obligado a suspender temporalmente algunos artículos de la ley y, el 28 de enero del 1997, publicó con un gran despliegue publicitario el documento “Support for a Democratic Transition in Cuba” (Apoyo para una Transición Democrática en Cuba) en el que, cargado de una fuerte retórica anticubana, prometió no sancionar a las compañías europeas que invertían en Cuba.
Durante la década de los años ’90, tras el derrumbe de la URSS muchos funcionarios y asesores del gobierno de Estados Unidos que defendían la política exterior intervencionista y de mano dura, los llamados “halcones”, pensaron que era el momento de darle un golpe letal a la economía cubana para provocar la caída del gobierno. Para ello, acompañados por la CIA decidieron atacar una de las principales fuentes de ingresos de ese país: el turismo. Con ese propósito contrataron mercenarios que realizaron numerosos atentados en distintos lugares de la isla entre los que se pueden mencionar el ataque armado contra el Hotel Meliá de Varadero en octubre de 1992, los tiroteos contra el Hotel Guitart de Cayo Coco en marzo y octubre de 1994 y en mayo de 1995, y la detonación de bombas en los hoteles Cohíba, Capri, Nacional, Tritón, Chateau Miramar y Copacabana de La Habana en mayo y agosto de 1995 y julio de 1997.
También lo hicieron en el restaurante “La Bodeguita del Medio” en septiembre de 1997, un emblemático lugar turístico de la capital cubana que había sido visitado por escritores y poetas como Gabriela Mistral (1889-1957), Waldo Frank (1889-1967), Ernest Hemingway (1899-1961), Nicolás Guillén (1902-1989), Pablo Neruda (1904-1973), Alejo Carpentier (1904-1980), Julio Cortázar (1914-1984), Octavio Paz (1914-1998), Mario Benedetti (1920-2009) y Gabriel García Márquez (1927-2014); por filósofos y sociólogos como Charles Wright Mills (1916-1962), Jean Paul Sartre (1905-1980) y Simone de Beauvoir (1908-1986); y por estrellas del cine y de la música como Errol Flynn (1909-1959), Mario Moreno ‘Cantinflas’ (1911-1993), Nat King Cole (1919-1965) y Brigitte Bardot (1934-2025), por mencionar sólo algunas de las figuras famosas que pasaron por allí y dejaron sus firmas, frases y dedicatorias en sus paredes.


