Desde su inicio, la
dictadura de Batista se volcó a favorecer el desarrollo del capital privado y
promover el aumento de las inversiones estadounidenses en la industria, en los
bancos y en el sector de servicios. Pero el país entró en una situación
económica complicada al afrontar la caída de los precios del azúcar a nivel
mundial y la consiguiente disminución de divisas por exportaciones. Entre 1954
y 1958 el proceso de concentración del sector financiero en manos
estadounidenses implicó primero la extranjerización de ese sector y luego un
vuelco especulativo de las inversiones estadounidenses que pasaron del azúcar
al sistema bancario. Hacia 1956, los principales bancos que intervinieron en
ese proceso fueron los estadounidenses First National Bank, Chase Manhattan
Bank y First National Bank of Boston, el canadiense Royal Bank of Canada y el
escocés Bank of Nova Scotia, instituciones todas ellas que no tuvieron
inconvenientes en cortarles la línea de crédito a instituciones bancarias
cubanas como el Banco Agrícola Industrial, el Banco de los Colonos o el Banco
de Fomento Comercial cuando intentaron invertir en el sector azucarero. Durante
ese año, el 90% de la producción de electricidad y de redes telefónicas, el 30%
de las refinerías de petróleo, el 100% de la minería del níquel y el 25% de los
hoteles, casas comerciales e industrias alimenticias eran de propiedad
estadounidense.
Durante esa década, la de los años ‘50, varios países latinoamericanos también fueron gobernados por dictaduras militares. Sucedió en República Dominicana, Nicaragua, Venezuela, Colombia, Paraguay, Guatemala y Argentina presididos por los dictadores Rafael Trujillo (1891-1961), Anastasio Somoza (1896-1956), Marcos Pérez (1914-2001), Gustavo Rojas Pinilla (1900-1975), Alfredo Stroessner (1912-2006), Carlos Castillo Armas (1914-1957) y Pedro E. Aramburu (1903-1970) respectivamente. Por supuesto, la intervención de Estados Unidos fue un factor determinante en el establecimiento de esas dictaduras. A través de la CIA y otras agencias gubernamentales, promovió y respaldó la instalación de esos regímenes autoritarios mediante la asistencia militar y financiera para garantizar la alineación con sus intereses económicos y estratégicos.
En el año 2011 se publicó “Objetivo: voltear a Cuba. Una historia del terrorismo contra el gobierno de Fidel Castro”, un libro del periodista y escritor canadiense Keith Bolender (1963). En el prólogo de dicho ensayo, el filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky (1928) señala que “el desenfreno tal vez sea el rasgo más destacado de la guerra que ha librado Washington contra Cuba desde que, por fin, este país se atrevió a liberarse en 1959”. Agrega más adelante: “El terrorismo no es el arma de los pobres. Es, en primer lugar y por lejos, el arma de los ricos”, y luego hace una descripción pormenorizada de las numerosas intervenciones violentas de los sucesivos presidentes estadounidenses desde aquel año en adelante en contra de Fidel Castro (1926-2016), el líder de la Revolución Cubana que implantó en el país un sistema unipartidista donde la única fuerza política legal era el Partido Comunista.
Durante esa década, la de los años ‘50, varios países latinoamericanos también fueron gobernados por dictaduras militares. Sucedió en República Dominicana, Nicaragua, Venezuela, Colombia, Paraguay, Guatemala y Argentina presididos por los dictadores Rafael Trujillo (1891-1961), Anastasio Somoza (1896-1956), Marcos Pérez (1914-2001), Gustavo Rojas Pinilla (1900-1975), Alfredo Stroessner (1912-2006), Carlos Castillo Armas (1914-1957) y Pedro E. Aramburu (1903-1970) respectivamente. Por supuesto, la intervención de Estados Unidos fue un factor determinante en el establecimiento de esas dictaduras. A través de la CIA y otras agencias gubernamentales, promovió y respaldó la instalación de esos regímenes autoritarios mediante la asistencia militar y financiera para garantizar la alineación con sus intereses económicos y estratégicos.
En el año 2011 se publicó “Objetivo: voltear a Cuba. Una historia del terrorismo contra el gobierno de Fidel Castro”, un libro del periodista y escritor canadiense Keith Bolender (1963). En el prólogo de dicho ensayo, el filósofo y politólogo estadounidense Noam Chomsky (1928) señala que “el desenfreno tal vez sea el rasgo más destacado de la guerra que ha librado Washington contra Cuba desde que, por fin, este país se atrevió a liberarse en 1959”. Agrega más adelante: “El terrorismo no es el arma de los pobres. Es, en primer lugar y por lejos, el arma de los ricos”, y luego hace una descripción pormenorizada de las numerosas intervenciones violentas de los sucesivos presidentes estadounidenses desde aquel año en adelante en contra de Fidel Castro (1926-2016), el líder de la Revolución Cubana que implantó en el país un sistema unipartidista donde la única fuerza política legal era el Partido Comunista.
Según se publicó en el suplemento “Cultura & Espectáculos” del diario “Página/12” el 30 de julio de 2011 en ocasión de la aparición de esta obra, la misma fue el resultado de años de investigación y cientos de entrevistas a sobrevivientes y familiares de las víctimas de los atentados. “Apoyado en datos y fuentes -dice el artículo-, el libro es una crónica apasionada de la estrategia de Washington y un contundente alegato contra la idea de que, en materia de política internacional, todas las herramientas son válidas para destruir al enemigo. Bolender reconoce que el gobierno cubano, por razones de defensa nacional, ha restringido libertades. Pero agrega que, sin una mirada dialéctica que desenmascara el papel de opositor mortal jugado por Estados Unidos, el complejo y contradictorio presente cubano se torna incomprensible”.
En su ensayo, Bolender afirma que “el contexto histórico que permitió a Estados Unidos desatar toda su furia militar, política y económica contra Cuba, sin impedir que se lanzaran miles de atentados terroristas desde su propio territorio, se remonta a una época muy anterior a la aparición de Fidel Castro. Hace casi 200 años que el gobierno estadounidense concibe a Cuba como parte de su esfera natural de influencia y ejecuta implacablemente medidas destinadas a mantener esta percepción. Las elites políticas y mediáticas presentaron esta perspectiva y la transformaron en un dato histórico aceptado, que así se arraigó en el consciente colectivo de esa nación. En consecuencia, el diálogo de Estados Unidos con Cuba se limita de modo inexorable a ciertas convicciones restringidas. La idea que más ha penetrado la psiquis de los estadounidenses en este sentido tiene que ver con el derecho de posesión. Estados Unidos se ha autoconvencido de que la posesión de Cuba es un derecho natural, predestinado y fundamental para cumplir las expectativas nacionales”.
Según cuenta el historiador argentino Felipe Pigna (1959) en uno de los artículos publicados en su página web “elhistoriador.com.ar”, “Cuba, protectorado de los Estados Unidos desde su independencia en 1898, fue gobernada por distintos regímenes dictatoriales y su economía manejada por los intereses azucareros estadounidenses. Desde entonces, como siempre se ha recordado, Cuba se transformó en el ‘patio de juegos y placeres’ para los ricos norteamericanos, al mismo tiempo que los grandes monopolios, como la United Fruit, devastaban el trabajo y riqueza que generaban los ‘guajiros’. La mafia controlaba el juego, la prostitución y las drogas en la isla. La corrupción alcanzaba límites escandalosos durante la dictadura del ex sargento Fulgencio Batista, quién en 1952 accedió a la presidencia luego de un golpe de Estado realizado a cuatro meses de que los cubanos votasen. Durante su mandato fueron violentamente reprimidos movimientos de oposición encabezados por grupos de estudiantes y partidos democráticos. El organizado por el abogado Fidel Castro, su hermano Raúl y el médico argentino Ernesto Guevara de la Serna, conocido como el Che, logró en 1959, tras tres largos años de lucha, el objetivo buscado”.
En otro artículo expresó: “A fines de los años ‘50, Latinoamérica continuó siendo un continente marcado por altas desigualdades sociales. Los procesos populistas, en muchos casos interrumpidos por golpes de Estado, no alcanzaron a superar los problemas de analfabetismo, desnutrición, vivienda y trabajo. El 1º de enero de 1959 triunfaba en Cuba la revolución liderada por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista. Desde su independencia en 1898, Cuba había sido un protectorado de los Estados Unidos, gobernada por distintos regímenes dictatoriales y su economía manejada por los intereses azucareros estadounidenses. Tras largos años de lucha contra el gobierno de Fulgencio Batista, el 1º de enero de 1959 la revolución se haría realidad. El nuevo gobierno realizará transformaciones radicales: expropiación de monopolios locales y norteamericanos, reforma agraria, extensión de servicios sanitarios y campañas de alfabetización masiva”.
Efectivamente, la política económica aplicada por el gobierno revolucionario durante 1959 y 1960 introdujo importantes cambios en las relaciones de propiedad mediante la nacionalización de los principales medios de producción del país. A fines de 1960 el Estado ya tenía una elevada participación en el 37% de la agricultura, en el 85% de la industria, en el 80% de la construcción, en el 92% del transporte y en el 50% del comercio minorista. Además, asimiló la totalidad de los servicios bancarios y del comercio exterior, asestando un severo golpe a las especulaciones financieras extranjerizadas. Estas medidas, sumadas a la Ley de Reforma Urbana mediante la cual se reconoció el derecho de todas las personas a poseer su vivienda para lo que se crearon planes de pago de entre cinco y veinte años según la capacidad económica que tuvieran, se eliminaron las viviendas precarias y se comenzó la construcción estatal de viviendas para quienes no pudieran pagarlas, más la reducción de las tarifas eléctricas y telefónicas, de los precios de los medicamentos y los alquileres, el aumento de salarios y pensiones y la confiscación de los bienes privados de Batista y sus aliados, aceleraron los cambios económicos y sociales.
Luego, entre 1960 y 1961, el gobierno nacionalizó los principales bancos del país y las refinerías de petróleo, las compañías de gas, electricidad y telefonía pertenecientes a empresas extranjeras y encaminó la estrategia de desarrollo económico hacia la industrialización por sustitución de importaciones y el acercamiento económico-político con los países del bloque socialista. Todas estas medidas, al mismo tiempo que ampliaron la base del apoyo popular al gobierno, lo volvieron un enemigo declarado de la Casa Blanca y de la prensa estadounidense.
La Revolución Cubana había comenzado encabezada por el Movimiento 26 de Julio, una organización política y militar liderada por el citado Fidel Castro acompañado por, entre otros, su hermano Raúl Castro (1931), la y los combatientes Celia Sánchez (1920-1980), Juan Almeida Bosque (1927-2009) y Camilo Cienfuegos (1932-1959), el dirigente estudiantil Frank País (1934-1957) y el médico argentino Ernesto “Che” Guevara (1928‑1967). Desde su primer intento insurreccional, cuando asaltaron el Cuartel Militar Moncada en 1953, hasta el ingreso triunfante en La Habana y Santiago de Cuba el 1º de enero de 1959, pasaron más de seis años, a través de los cuales los diferentes sectores del pueblo cubano fueron aceptando la idea de que sólo por la fuerza se terminaría con el “régimen colonial”. Durante esos años estuvieron en la Sierra Maestra tratando no sólo de hacerse conocer, sobrevivir, ganar territorios y sumar combatientes, sino también de desarrollar una estrategia de unidad con otros sectores, urbanos principalmente, algo que no resultó nada sencillo. Hacia fines de diciembre de 1958, las columnas guerrilleras se habían desplegado alrededor de vastos sectores del país y encabezaban duras batallas, entre ellas la que comandó el “Che” Guevara en la ciudad de Santa Clara en la provincia de Las Villas, cuyo éxito selló la caída de Batista, el dictador que tras la derrota huyó hacia Santo Domingo en un tren blindado.
No fue necesario que pasase mucho tiempo para que Eisenhower firmara un decreto para la creación de una operación secreta a cargo de la CIA llamada “Operation 40” (Operación 40) con el objetivo de organizar, entrenar y equipar refugiados cubanos junto a oficiales de la Agencia Central de Inteligencia para derrocar al gobierno cubano. En abril de 1960, el Subsecretario Adjunto del Departamento de Estado Lester Mallory (1904-1994) sugirió que para derribar ese “régimen insolente” era necesario que la vida económica de Cuba debía ser debilitada a la brevedad “por todos los medios posibles para que surjan el hambre, la desesperación y la destitución del gobierno gracias a la decepción y la hostilidad generadas por la insatisfacción y las penurias económicas”. Fue así que, junto con las operaciones encubiertas, Estados Unidos también comenzó su embargo contra Cuba, lo cual llevó a Castro a establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, quien le proporcionó una ayuda económica y militar sustancial para mantener su gobierno.
En simultáneo, Washington lanzó una campaña de mentiras y desinformación sobre las acciones del gobierno revolucionario y, con la complicidad de la Iglesia Católica, organizó lo que se conoció como “Operation Peter Pan” (Operación Peter Pan). En diciembre de 1960 hizo circular un documento que planteaba que el gobierno cubano les quitaría a todos los padres la patria potestad sobre sus hijos y le permitió al director de Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Miami, Monseñor Bryan Walsh (1930-2001), facilitar mediante contactos privados en La Habana miles de salvoconductos diplomáticos para que niños cubanos de todas las edades fueran enviados, sin sus familias, en los vuelos comerciales que todavía operaban hacia Estados Unidos. Fue así que, a lo largo de casi dos años, recibió a alrededor de catorce mil niños en Miami y los tuvo a su cargo hasta que pudieron reunirse con sus familias. Sin embargo, la mayoría de esos niños nunca volvieron a reencontrarse con sus padres.
El evento de mayor importancia en el que participó la “Operación 40” fue la invasión a la Bahía de Cochinos ubicada en la costa suroeste de la isla en la cual participó junto a bombarderos, tanques y armas de artillería de las fuerzas armadas estadounidenses. La misma fue propulsada por el presidente John F. Kennedy (1917-1963) tres meses después de asumir el cargo cuando el director de la CIA Allen W. Dulles (1893-1969) le informó que derrocar el régimen castrista era una medida “clave para toda América Latina; si Cuba triunfa se puede esperar que caiga casi toda América Latina”. En tan sólo tres días la fuerza invasora fue derrotada en la Playa Girón por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. En la primera reunión de gabinete tras el fracaso de la invasión, la atmósfera en el gobierno era “casi salvaje”, como señaló el Subsecretario de Estado Chester Bowles (1901-1986), quien describió una “reacción casi frenética para un simple plan de acción”. Hasta el propio presidente reconoció que, para sus aliados, “estamos un tanto dementes” en cuanto al tema de Cuba. Esto no impidió que su hermano Robert Kennedy (1925-1968), por entonces Fiscal General de la Nación, coordinase una campaña de terrorismo de Estado ya que, según manifestó, derrocar al gobierno cubano era “la prioridad número uno del gobierno estadounidense más importante que todo lo demás, sin reparar en gastos de tiempo, dinero, esfuerzos o recursos humanos”.
Muchos años después, en declaraciones ante el Senado en 1978, el ex director de la CIA Richard Helms (1913-2002) -quien había organizado el golpe militar llevado a cabo en Chile por Augusto Pinochet (1915-2006) el 11 de septiembre de 1973- confirmó la estrategia estadounidense al revelar que “teníamos grupos de tareas que atacaban a Cuba constantemente. Intentábamos volar las centrales eléctricas, intentábamos arruinar los ingenios azucareros, intentábamos hacer todo tipo de cosas en esa época. Era una cuestión de política gubernamental a nivel nacional”. Pero al mes siguiente de la fallida invasión, el oficial de la CIA William Harvey (1915-1976) intentó mitigar la derrota en un documento en el cual expresó que “la meta es planificar, implementar y sostener un programa de acciones encubiertas diseñadas para explotar las vulnerabilidades económicas, políticas y psicológicas de su régimen”. Y reconoció que “no se espera ni se afirma que la ejecución exitosa de este programa confidencial vaya a derivar directamente en el derrocamiento de Castro. Lo que se pretende es acelerar el desgaste moral y físico de su gobierno”.


