Este modo de producción, denominado también despotismo oriental o tributario, aparece sobre todo en la China, India, Egipto, la Mesopotamia y también en América (por ejemplo en los imperios Inca, Maya y Azteca).
Surgió con una gran revolución en las fuerzas productivas: el descubrimiento del riego, lo que permitió un crecimiento de la producción y la creación de excedentes. En este modo de producción, el florecimiento de la agricultura dependía del uso del agua. Por eso este sistema económico se desarrolló cerca de ríos y lagos.

La irrigación y la distribución del agua exigía canales y obras hidráulicas, que solo una administración central como el Estado podía lograr, acopiando tributos y trabajos de las comunidades. Así, por primera vez se produjo una diferenciación entre los que trabajaban y producían, y los que administraban el trabajo y la producción ajena. No existían las clases sociales, ya que la propiedad seguía siendo comunal, pero se originó una casta privilegiada (sacerdotal o militar) que administraba el Estado.
Apareció hace unos 5000 años en los valles del río Nilo en Egipto, en el de los ríos Tigris y Eufrates de la antigua Sumeria y en el del río Indo en la India, provocando la mayor revolución en las fuerzas productivas previa al capitalismo.

Fue un despotismo económico surgido en pueblos que -para enfrentar a la naturaleza, por ejemplo, las inundaciones-, estuvieron forzados a una gran cooperación y disciplina regidas por el Estado. Surgió una protoclase dominante que controlaba al Estado pero no poseía la propiedad privada de los medios de producción y de cambio. Por un lado, explotaba el trabajo de las comunidades, en el seno de las cuales no había mayores desigualdades porque la propiedad privada apenas existía; y por otro lado, aseguraba la coordinación y la dirección de los trabajos públicos (como los canales de irrigación) y otros aspectos necesarios al funcionamiento de la economía agrícola (el calendario, por ejemplo).
Con la separación del trabajo físico o manual y el intelectual, se originaron las castas sacerdotales y las militares que actuaron como explotadoras. El producto excedente quedaba en manos del Faraón o del Inca y del templo del dios, vale decir, de los sacerdotes y los altos funcionarios.
Se trató de una formación de tránsito entre la fase patriarcal dominante hacia finales del neolítico y las sociedades de clases posteriores, aunque todavía existió durante parte del siglo XX en la Unión Soviética bajo el régimen estalinista.

Para Marx, la comunidad misma representó la primera gran fuerza productiva. Las condiciones objetivas impusieron la unidad de las comunidades para empresas comunes como las canalizaciones de agua, las vías de comunicación e intercambio o la guerra para asegurar un territorio para la subsistencia. Esta unidad, en la medida que se perpetuó y se hizo indispensable, apareció distinta y por encima de las muchas comunidades, convirtiéndose como tal en la verdadera propietaria de todo. La unidad suprema terminó encarnada en el déspota (faraón, emperador, zar, inca, rey) como gran padre de numerosas comunidades, al que se lo ligaba de una u otra manera a la divinidad. De este modo, esa unidad suprema sistematizó la apropiación del pluspruducto, que tomó la forma de tributo o de trabajos colectivos para el déspota y la élite.
Este sistema llegó a su perfección y expansión instaurado por centros soberanos tras sucesivas guerras y conquistas, tanto en Asia, como en el antiguo Egipto, en México y en Perú.

El antropólogo ucraniano John V. Murra (1916-2006) en su obra "The economic organization of the Inca State" (La organización económica del Estado Inca, 1956) estudió la organización económica de los incas, como un caso desarrollado y eficiente de despotismo comunal, anotando no solamente la relación con las formas asiáticas, sino con las economías y estructuras de poder africanas ashanti, ruanda, dahomey, yoruba y aun con las hawaianas.
Para referirse a este modo de producción, el teórico alemán Karl A. Wittfogel (1896-1988) en su obra "Oriental despotism: a comparative study of total power" (Despotismo oriental: un estudio del totalitarismo, 1957), habló de despotismo hidráulico, definiéndolo como un sistema mantenido a través del control de un recurso único y necesario: el agua. Lo ubicó, naturalmente, en el antiguo Egipto y en Babilonia, y por extensión Wittfogel agregó a la Unión Soviética y a la República Popular China, en donde los gobiernos controlaban los canales de irrigación.

Los antropólogos franceses Maurice Godelier ("Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas", 1974) y Jean Chesneaux ("El modo de producción asiático", 1975) y el mexicano Roger Bartra ("El modo de producción asiático : problemas de la historia de los países coloniales", 1978), se han encargado de sistematizar la teoría al respecto, dentro del concepto de modo de producción asiático, que para universalizar algunos han llamado despotismo comunal. También el profesor colombiano Hermes Tovar en "Notas sobre el modo de producción precolombino"
(1974), a partir del estudio de la sociedad muisca desarrolló para determinadas formaciones sociales indígenas americanas el concepto de modo de producción precolombino.

Sistematizadamente, este sistema económico, contemporáneo del esclavismo europeo, consistía en que un pueblo tenía que entregar un pago o tributo a su soberano o a un pueblo conquistador, tributo que consistía comúnmente en bienes agrícolas, y en algunos casos, materiales de construcción.


El conocimiento era exclusivamente reservado para la nobleza, los sacerdotes y los escribas. Apareció la Filosofía como madre de todas las ciencias (Confucio, Platón, Aristóteles, defendieron el esclavismo) y se desarrollaron las ciudades-estado. Por otra parte, se afianzó la monogamia y el monoteísmo, y los sistemas religiosos se entrecruzaron con las funciones estatales.Existía la propiedad privada de los medios de producción y la fuerza de trabajo. El esclavista era dueño del esclavo, el que constituía una mercancía más para ser comprada o vendida en el mercado: "La fuerza de trabajo no ha sido siempre una mercancía -dice Karl Marx (1818-1883) en 'Lohnarbeit und kapital' (Trabajo asalariado y capital, 1849)-. El trabajo no ha sido siempre trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no vende su trabajo al labrador. El esclavo es vendido de una vez y para siempre, con su fuerza de trabajo, a su dueño. Es una mercancía que puede pasar de manos de un dueño a manos de otro. El es una mercancía, pero su fuerza de trabajo no es una mercancía suya".
Pero el desarrollo tenía sus límites. La alimentación mínima mermaba en mucho las fuerzas de los esclavos y su reproducción natural era lenta y costosa para el esclavista.El trabajo esclavo en las tierras de sus amos permitía producir trigo y otras mercancías a menor costo que los trabajadores libres, los que finalmente perdían sus tierras y pasaban a la esclavitud o la indigencia urbana. Esto originó a la vez el lumpen-proletariado y los latifundios. El uso de trabajo esclavo en los oficios alentó la formación de talleres, con lo que creció la producción de mercancías y el comercio. Las clases sociales claramente diferenciadas, entre trabajadores directos y administradores, sentaron las bases para la oposición entre el trabajo físico y el intelectual, impulsando el desarrollo del arte y la ciencia. La Grecia antigua es un gran ejemplo de ello.
"Para que en tiempos de las Guerras Médicas el número de esclavos fuera en Corinto de 460.000, en Egina llegara a los 470.000, con lo que había diez esclavos para cada miembro de la población libre, hizo falta algo más que poder y violencia; a saber, una industria artesanal y suntuaria muy desarrollada y un amplísimo comercio. La esclavitud en los Estados Unidos se ha basado menos en la violencia que en la industria inglesa del algodón; en las regiones en que no crecía el algodón, o en las que no había Estados limítrofes que practicaran la cría de esclavos para los Estados algodoneros, la esclavitud se extinguió por sí misma sin aplicación de la violencia, simplemente porque no era rentable", concluye Engels en la obra citada.
Los últimos siglos del esclavismo fueron de decadencia, las tierras se empobrecieron, la ciencia y el arte se estancaron. El Imperio Romano utilizó sus recursos en la defensa contra las invasiones. Los grandes terratenientes se vieron así en la necesidad de deshacerse de los esclavos. Dividieron sus haciendas en parcelas y las entregaron a los colonos para que las trabajaran a cambio de productos. Los colonos se transaban junto con la tierra. Surgieron entonces nuevas relaciones de producción que darían origen a un nuevo modo de producción: el feudalismo.