16 de febrero de 2015

Luisa Valenzuela: "En la Argentina el libro sobrevive, muchas veces gracias a los pequeños editores, y los jóvenes escritores tienen la posibilidad de publicar"

La gran narradora argentina Luisa Valenzuela (1938) se sintió atraída por la escritura desde muy joven y empezó a publicar textos en la adolescencia en diversas revistas como "Atlántida", "El Hogar", "Esto Es" y "Ficción". Los avatares de su vida personal la llevaron a vivir en diversas ciudades del mundo (París, México, Barcelona, Nueva York), hasta que, en 1989, volvió definitivamente a Buenos Aires, donde suele ejercer el periodismo en calidad de columnista. Su extensa obra literaria comprende, entre otros títulos, "Cola de lagartija", "Realidad nacional desde la cama", "Novela negra con argentinos", "Cuidado con el tigre" y "La máscara sarda, el profundo secreto de Perón" (novelas); "Los heréticos", "Aquí pasan cosas raras", "Simetrías" y "Tres por cinco" (cuentos); "Juego de villanos", "ABC de las microfábulas" y "Brevs. Microrrelatos completos hasta hoy" (microrrelatos); y "Peligrosas palabras. Reflexiones de una escritora", "Escritura y secreto", "Los deseos oscuros y los otros (cuadernos de New York)", "Acerca de Dios (o aleja)" y "Taller de escritura breve" (ensayos). Su obra ha sido extensamente traducida y estudiada; ensayos al respecto y cuentos suyos figuran en innumerables antologías y libros de texto del mundo entero. A mediados del año pasado, Valenzuela fue nombrada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires y, por esos mismos días, ofició de anfitriona activa de las reuniones de la Asociación Mundial de Escritores, PEN, entidad que la nombró su presidenta en Buenos Aires. Su última obra publicada es "Entrecruzamientos", un ensayo en el que la autora establece sincronías, convergencias, motivaciones, intereses y obsesiones en las trayectorias literarias y de vida de dos grandes de la literatura iberoamericana: Julio Cortázar (1914-1984) y Carlos Fuentes (1928-2012). Concebida como un homenaje y al mismo tiempo una muestra de cariño y admiración, esta obra es producto de una seria indagatoria sobre la obra literaria y parte de la vida personal de estos escritores, a partir de explorar veredas ignotas para la crítica y la historiografía. Más que un trabajo de análisis del discurso o de textos literarios, Valenzuela define este ensayo como un fisgoneo por las cavernas de la imaginación de esos dos grandes escritores, tan dispares y a la vez con tantos puntos de encuentro. Lo que sigue es un compendio de las entrevistas realizadas por Ángel Vargas para la edición del 27 de octubre de 2014 del periódico "La Jornada", y por Silvana Boschi para el nº 556 de la revista "Ñ" aparecida el 24 de mayo de 2014. En ellas, la escritora habla, entre otros temas, sobre las actividades del Pen Club Internacional, la vitalidad del mundo editorial argentino y los entrelazamientos entre el mexicano Fuentes y el argentino Cortázar, dos grandes referentes del "boom" de la literatura latinoamericana.


¿Para qué fueron las reuniones del PEN en Buenos Aires?

Lo que quiere hacer este centro acá es revivir. Porque hay un importante reconocimiento de los argentinos en el ámbito de la literatura. No se trata de un sindicato para apoyar a los escritores individualmente, sino que una de las grandes misiones del PEN es defender la libertad de prensa, la libertad de escribir, la libertad de la palabra, los derechos humanos en los escritores. El presidente actual, John Ralston Saul, es sumamente activo. Es un politólogo canadiense que también es novelista, muy buen novelista. Entonces aúna las dos cosas y trabaja en la defensa los derechos humanos de los escritores, en países donde hay escritores y periodistas muertos, perseguidos. Es una herramienta global para defenderlos, porque aisladamente no podés hacer nada.

¿Cree que la literatura está en crisis?

Justamente en estos días, con la gente del PEN, reconocíamos que acá anda mucho mejor el libro publicado en papel que en otras partes del mundo. Porque acá hay un respeto a las pequeñas editoriales, que tienen el mismo nivel que las grandes, en la difusión, en la librería. En los Estados Unidos no reseñan un libro en "paper". Acá hay algo mucho más democrático y el libro sobrevive, muchas veces gracias a los pequeños editores. Y los jóvenes escritores tienen la posibilidad de publicar.

¿Cómo era la relación literaria con su mamá, la escritora Luisa Mercedes Levinson?

Era unilateral. Yo estaba muy entusiasmada con las cosas de ella, ella era más reservada con las mías. Pero a mí me encantó cuando empezó a publicar, le hice un álbum enorme de recortes. Mi madre decía que éramos Alejandro Dumas padre e hijo, y a mí me ofendía porque yo quería ser Alejandro Dumas padre.

Su hija también es artista, la pintora Ana Lisa Marjak. ¿O sea que ustedes el ADN artístico lo transmiten de madres a hijas?

Hay una línea matrilineal muy fuerte. Mi abuela, creo que mi bisabuela también, era hija única. A mí me interesaba mucho el ambiente que se vivía en mi casa, a mi hija no le interesó tanto. Yo espiaba eso y después me iba de aventuras. Me casé a los veinte años, muy joven, creo que para escaparme de mi casa. Yo no quería ser escritora, me parecía interesante lo que decían pero eran muy pasivos. Había tenido mucho contacto con Borges, quien escribió un cuento en colaboración con mi madre, y conocí a otros grandes escritores de la época: Sabato, Bioy Casares, Mallea.

¿Cómo se fue dando en sus textos la narración de los temas políticos?

Son cosas que se te cuelan, que no podés evitar. Estás viviendo aquí todos esos años tan violentos, y el tema se te impone. Porque aunque yo crecí al lado de estos escritores que creían que era un anatema hablar de política en la literatura, uno también es un animal político, y no podés vivir en la torre de marfil. Entonces me invadió de a poco y escribí algunas cosas. Sobre todo ese libro que se llama "Cuidado con el tigre". Pero cuando aprendí realmente fue cuando volví al país, después de haber estado viajando un tiempo, en el '73-'74. Me encontré con la Argentina de la Triple A que no era la que yo había dejado. Entonces ahí entendí que escribía o no podía pertenecer. Y para mí, el entender, el escribir, hace que pueda integrarme a lo que está sucediendo, aunque sea pésimo.

¿Qué está escribiendo ahora?

Ah, nunca lo había hecho, pero ahora me metí en libros por encargo. Yo escribía novelas tranquila, alguna vez me dijeron, "bueno, la queremos rápido". Con "La máscara sarda", por ejemplo, me apuré muchísimo, porque pensé que el tema iba a saltar y me lo iban a robar, pero nadie se interesó tanto, nadie quiso enterarse de esta leyenda de que Perón había nacido en Cerdeña. Pero me apuré y en cinco meses el libro estaba impreso. Ahí aprendí a escribir muy rápido. Entonces se me ocurrió decirle a la gente de Alfaguara que tenía un libro sobre Cortázar y Fuentes, y me lo pidieron. Mientras tanto tengo en la hornalla de atrás, como dicen los ingleses, un libro sobre máscaras que es lo que más me apasiona en la tierra.

¿De qué trata el libro de Fuentes y Cortázar?

Se llama "Entrecruzamientos". Yo ya había presentado muchos libros de Fuentes, y también trabajé con textos de Cortázar, a quien conocí, y pensé que iba a encontrar tres o cuatro entrecruzamientos, entre otros que Fuentes hizo la Cátedra Cortázar en Guadalajara. Entonces propuse eso, Fuentes de un lado, Cortázar del otro. Y cuando empecé a escribir, encontré millones de momentos en los que se cruzan, de una manera u otra. Se convirtió en una cosa exploratoria de la relación entre ellos y de los temas que tocaron separadamente, y de sus encuentros, que eran muchos más de lo que yo pensaba.

¿Por qué considera necesaria una reflexión de esta naturaleza, la de confrontar o entrecruzar a estos dos escritores?

Entre otras cosas, por la unión entre el norte y el sur que ellos representan. Ambos son los dos extremos de la América hispánica que se abrazan de manera muy particular. Eso me parece muy interesante: tener una mirada del sur, así un poco más fría, aunque Cortázar no lo fuera; la mirada del norte más barroca, desde la parte más tropical de ese mundo de Fuentes en el que las abuelas le contaban historias. Son muchos los puntos de coincidencia en su vida. Los dos son profundamente latinoamericanos y nacidos fuera de sus respectivos países: Cortázar, en Bruselas, mientras Fuentes, en Panamá. Ambos pasaron su adolescencia en Buenos Aires, buscaron como sitio de descanso Londres, hicieron su último viaje a la capital argentina antes de morir y se encuentran enterrados en el cementerio de Montparnesse.

El acercamiento que usted hace a Fuentes y Cortázar y la relación entre ellos, ¿es más afectivo que académico?

No me interesó hacer algo muy formal, porque no es algo que tenga que ver conmigo. No soy académica, no tengo el rigor universitario, soy una escritora de ficción de mucha experiencia, y lo que entró en juego también es mi experiencia periodística, algo que agradezco mucho. Esto me permitió manejar un material diverso, encontrar las conjunciones, armar la historia brevemente, no expandirme en explicaciones tediosas. Además, en última instancia, uno escribe el libro que le gustaría leer. Entonces este es un libro con el tipo de tono de voz que yo disfrutaría. No sabría hacerlo de otra manera aunque quisiera. Por eso no soy crítica literaria, tampoco estoy dando una opinión. Me gusta indagar, la exploración, la aventura del conocimiento. Son temas que a ellos dos también les interesaba, esa aventura del conocimiento, esa sed y curiosidad de saber, que lleva a grandes escritores a profundizar en muchos campos.

¿Hay mucho trabajo detrás de este ensayo?

Tuve que adentrarme profundamente tanto a su literatura como lo que se ha escrito sobre ellos. Por suerte tenía material, muchos libros marcados, porque yo también leo y hago anotaciones. Además, he presentado muchos libros sobre Fuentes y escribí cosas sobre Cortázar. Entonces, eso me permitió tener material trabajado, aunque debí volver a profundizar y encontrarme con asombros. No habría podido hacer este libro, ni ningún otro, si eso no implicaba aventurarme en un terreno para mí desconocido, donde he ido haciendo descubrimientos a cada paso. Estuve atenta, a la caza de la información, viendo cómo Cortázar y Fuentes trabajan y tienen tan profundamente arraigados temas como, por ejemplo, el tiempo, de maneras diferentes pero equivalentes. Cortázar piensa en el tiempo tipo la cinta de Moebius, que se repliega sobre sí misma, mientras Fuentes tiene tiempos simultáneos, a partir de una frase de Platón que dice que cuando la eternidad se mueve es el tiempo. Y él va buscando esas referencias. Ambos tienen obsesiones parecidas, aunque las ven cada uno desde miradas muy distintas. Pero la indagatoria es similar, así como la obsesión por la escritura. Son grafómanos los dos. Escribieron siempre.

¿Qué fue lo que más le sorprendió y le conmovió al hacer este trabajo?

Me conmovía mucho, por el lado de Cortázar, todo lo que él trata de decir, lo inefable, porque él trata de decir aquello que no puede ser dicho; de Fuentes, cuando sigue esas fantásticas recomendaciones nietszcheanas de crear las nuevas ceremonias porque Dios ha muerto. Eso me resultó muy estimulante. Me sorprendí a cada paso. No sabía, por ejemplo, de la hermana de Fuentes, Berta, y que tuviera un par de libros publicados. La hermana de Julio también queda muy relegada al olvido; la niega un poco, porque tenía la idea de incesto, cosa que él va confesando. Muy raro que este hombre vaya confesando estos sueños que tiene. Fue una especie de juego, también, irme encontrado con esas asociaciones del deseo como un caballo, que aparece tanto en Fuentes como en Cortázar en distintos momentos de su literatura. Sin embargo, lo que más me encantó fue releer y encontrarme con esos dos autores tan prodigiosos y humanos, tan brillantes, lúdicos y excepcionales. Fue muy lindo, como conversar con ellos otra vez, al lado.

¿Cómo influyeron en su carrera los diez años que vivió en Estados Unidos, cuando muchos escritores argentinos se iban a Europa? ¿Tuvo que ver con que su obra se conociera menos acá?

Sí, posiblemente. A mí me invitaron a Estados Unidos como escritora residente, a Nueva York. Pero yo ya tenía un grado de amor, de fascinación con ese país cuando escribí "El gato eficaz", y conocí por primera vez Nueva York, una ciudad a la que le tenía mucho miedo. Yo no quería ir, extrañaba Europa, pero Nueva York me fascinó, en su violencia, en su locura, en los aspectos más oscuros, que son tan literarios. También creo que soy una escritora un poco incómoda. No toco los temas de las mujeres, en general, y el ir y venir al país también incomodó. Igual siento que hay un reconocimiento inesperado al ser nombrada Ciudadana Ilustre de la Ciudad.

¿Cómo ve el mundo literario argentino?

Lo que me da lástima es que esté atomizado, porque es riquísimo, pero tenemos poco contacto los unos con los otros. Y después empiezan estas grescas de si alguien es K o no es K, y eso me parece atroz y muy poco conducente. Pero la riqueza es fantástica. Hay un fervor literario extraordinario en este país, por eso me interesa también lo de rearmar el PEN, porque podríamos reagruparnos, hacer un poco una cierta hermandad, apolítica, donde no haya intereses personales.

15 de febrero de 2015

José Emilio Burucúa: "El mito de Ulises está presente desde la antigüedad. Hoy, la odisea real es cada día nuestro"

El investigador argentino José Emilio Burucúa (1946) estudió historia del arte y de la ciencia y se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Ha sido profesor de Historia Moderna en dicha universidad y profesor visitante en las universidades de Oviedo y de Cagliari, y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Actualmente es profesor titular de Problemas de Historia Cultural en la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de General San Martín, en la que también dirige el Centro de Producción e Investigación en Conservación y Restauración Artística y Bibliográfica. Ha publicado libros y artículos sobre la historia de la perspectiva, las relaciones históricas entre imágenes e ideas y las técnicas y los materiales de la pintura colonial sudamericana, entre otros campos de estudio. Entre sus obras pueden mencionarse "Corderos y elefantes. La sacralidad y la risa en la Europa de la modernidad clásica (siglos XV al XVII)", "Historia, arte, cultura. De Aby Warburg a Carlo Ginzburg" e "Historia y ambivalencia. Ensayos sobre arte". Ha publicado también varios libros en coautoría con otros prestigiosos investigadores: "El Renacimiento italiano. Una nueva incursión en sus fuentes e ideas", "Cuadernos de arte, literatura y ciencia de Leonardo da Vinci", "Iconografía de la imaginación científica" y "La Revolución Francesa". Su libro más reciente es "El mito de Ulises en el mundo moderno", obra en la que realiza un exhaustivo análisis sobre la historia de este mito devenido universal y sus diversas apropiaciones en las artes. Recorre desde la literatura, el teatro, las artes plásticas, la música y el cine hasta la vida política y religiosa, analizando todas las aristas del magnífico mito considerado por filósofos de la talla de Max Horkheimer (1895-1973) y Theodor Adorno (1903-1969) el mito burgués e ilustrado por excelencia. Como se sabe, el mito de Ulises es un conglomerado de relatos que la cultura greco-romana elaboró sobre la figura del rey de Ítaca: partícipe en la guerra de Troya, inventor del artilugio del caballo de madera gracias al cual los aqueos tomaron esa ciudad después de diez años de asedio, vagabundo tanto en el mar como en países extranjeros y comarcas desconocidas, reconquistador violento de su trono, su heredad y su familia, y, finalmente, muerto en circunstancias extrañas y confusas. El interés de Burucúa por abordar el mito de Ulises (u Odiseo) comenzó en enero de 2002 cuando, según él mismo lo cuenta, "hubo un operativo de algunos países de la Comunidad Económica Europea en el Atlántico. Un operativo de seguridad militar que integraban España, Francia, Italia e Inglaterra. Consistía en detener en altamar las barcazas de migrantes de Africa y devolverlos al puerto de origen. Esta práctica se sigue haciendo pero ahí hubo un plan estratégico con apoyo de Inglaterra que, a pesar de no ser una potencia mediterránea, se interesó en el asunto. Además del hecho en sí condenable desde tantas perspectivas, a ese operativo lo llamaron 'Ulises'. Si hay un ejemplo de migrante, que pasa por una serie de avatares, a veces es bien recibido otras mal recibido pero es el prototipo del migrante, es Ulises. Siempre anhela volver a su casa, y regresa convertido en otra persona por los infortunios que atravesó. Me pareció que era escandaloso que le pusieran 'Ulises' porque no tenía nada que ver con ese personaje, más bien lo contrario. Escribí una carta que publicaron en varios diarios, y recibí mensajes de respuesta de todo el mundo: la mayoría a favor, adhiriendo a lo que yo decía, y algunos no, francamente insultantes. Ahí empecé a estudiar el tema para tratar de demostrar hasta qué punto ese recorte sobre la figura del héroe no era un invento mío, sino que era un recorte que estaba presente ya desde la Antigüedad". Marina Oybin conversó con Burucúa sobre este fascinante mito devenido universal, que ya no reconoce fronteras. En la entrevista, publicada el 15 de febrero de 2014 en el nº 542 de la revista "Ñ", el investigador argentino analiza los usos universales de la figura fundamental de la mitología griega, su lugar en la literatura, en el arte y hasta en el marxismo.


¿Cómo transformó o adaptó el cristianismo el mito de Ulises?

El cristianismo usó varias veces al mito de Ulises desde perspectivas contradictorias. Para San Agustín, por ejemplo, Ulises era un personaje despreciable por su capacidad de fabular, mentir y engañar: lo condenaba. Por el contrario, a San Jerónimo Ulises le resultaba bastante más simpático y, ya en el siglo V, San Máximo consideraba que algunas aventuras de Ulises eran prefiguraciones de la vida de Cristo: Ulises atado al mástil de la nave para resistirse al canto de las sirenas aparece como una alegoría de Cristo en la cruz, y también del alma cristiana que puede, sujetando la voluntad, hacer frente a las tentaciones del mundo. Es muy ambivalente esta apropiación de Ulises. En el Renacimiento prevalece la del hombre de coraje, que cultiva la prudencia y la templanza: en ese sentido es un modelo a seguir. Por eso para tantos reyes va a ser interesante una aproximación a la figura de Ulises como modelo: los reyes de Francia, en el siglo XVI, consideran a Ulises el héroe protector, como Hércules lo es para la monarquía española. Hércules es un héroe que despliega su fuerza, pero no repara en los efectos: es responsable de la muerte de su mujer, Deyanira, a quien ama. Su cólera contra el centauro que la rapta provoca paradójicamente la muerte de su propia mujer. Eso es algo que jamás podría suceder en personajes como Ulises: él es capaz de calcular y ver cuáles van a ser los efectos de las distintas posibilidades de la acción. Examina, modifica, improvisa.

¿Por qué tantos escritores cayeron presos del hechizo de Ulises? ¿Qué cree que fue lo que más cautivó de la historia a escritores como Shakespeare, Joyce, Kazantzakis, Kafka, Borges, Claudel y Dante?

Creo que lo fundamental en Ulises es su polimorfismo y que, a pesar de todo ese polimorfismo, no se disperse el personaje, tenga consistencia. Para un escritor, creador de ficciones, eso es extraordinario. El relato es absolutamente magistral: hasta que se unifica hay cuatro o cinco relatos paralelos que ocurren en tiempos completamente distintos. Pensar que se puede resolver eso en un texto del siglo VI a.C. cautiva a los escritores. La cuestión de los relatos paralelos y de las mutaciones psicológicas de Ulises es fascinante. Creo que a pesar de toda la complejidad, tanto de la historia con muchísimos registros y horizontes como del personaje que es tan mutable, todo eso finalmente se sostiene en una narración asombrosa y hasta cierto punto creíble. Además, la figura del viajero, el migrante, el hombre sujeto a todas estas desventuras del que no está en su tierra, siempre extranjero, que pierde sus compañeros en la aventura, hace que muchos escritores identifiquen ciertos personajes con sus propias vidas: los exiliados, los desterrados, ven en Ulises una especie de álter ego. Es el caso de Borges: ese amor por la Argentina y a su vez el extrañamiento que tiene respecto de ella, hace que Ulises sea para él una especie de arquetipo. Creo que Borges se identifica tanto con Homero como con Odiseo.

A pesar de todo, Ulises rechaza la juventud eterna y la inmortalidad.

Sí, es extraordinario. Hay una radical humanidad: es un hombre que decide seguir siendo hombre. En el mundo de los muertos, él ha escuchado a Aquiles que le ha dicho: "No te equivoques, esto es un horror. Yo preferiría no morir y ser siervo entre los siervos antes que estar aquí. Todo lo que uno haya podido ser, aquí no vale nada". El ha pasado por esa experiencia, ha visto cómo es el mundo de los muertos y, sin embargo, rechaza la inmortalidad por ese deseo de recuperar lo que lo identifica como hombre y ha perdido.

¿Por qué usted sostiene que, más que en la literatura, el mayor acercamiento de la ideología real francesa al modelo odiseico se produjo en la pintura?

El rey Francisco I encarga un ciclo de frescos que se va a hacer en una galería que va a llevar el nombre de "Galería de Ulises". Enrique II, su hijo, es el que lleva el proyecto a cabo, lo financia y logra que se pinte: era una galería inmensa derribada por Luis XV. Ese ciclo son más de cincuenta escenas al fresco pintadas allí. Se han conservado grabados del siglo XVI, copias de las escenas, pero las pinturas originales desaparecieron por completo.

Desde el Renacimiento tardío hasta las últimas representaciones, ¿cómo fueron modificándose las pinturas que representaban la Odisea?

Las historias de Ulises siempre generaban divertimento, están ligadas a lo cómico. Como no sabemos en qué terreno están claramente, si es en la imaginación y en la fantasía del personaje o si en realidad ocurrieron esos hechos, siempre existe la posibilidad de hacer un análisis desde el punto de vista de lo inverosímil: lo inverosímil es una de las fuentes de lo cómico. Acá hay un tema que yo he tratado de indagar: lo sublime que es tan fuerte para la estética moderna, sobre todo a partir de Berkley y Kant, y que sostiene que los dos principios de la estética son lo bello y lo sublime. Lo bello consiste en presentar lo sensible como un compendio de armonías, de relaciones proporcionales. El mundo es bello, pero también el mundo es terrible, aplastante, infunde temor y veneración: eso es lo sublime. La idea de lo sublime como tal viene de la Antigüedad. Hay un tratado de lo sublime atribuido a un tal Longino, que termina siendo pseudo Longino, traducido a fines del siglo XVI. Pero la idea, la categoría estética de lo sublime, realmente se afianza en el momento en que Boileau, a fines del siglo XVII, traduce al francés el tratado de lo sublime. De ahí va ir a Kant, donde va a adquirir una sanción prácticamente indiscutida. Mi teoría es que la aparición, la consolidación de lo sublime es producto de una disgregación de lo cómico. Se produce cuando lo monstruoso deja de ser cómico: lo monstruoso es cómico hasta bien entrado el siglo XVII. La deformación provocaba risa: hoy a nosotros eso nos parece espantoso, sin embargo hasta 1650 era moneda corriente. El que jugaba mucho con que lo anómalo puede ser motivo de risa era Fellini: por eso amaba tanto el mundo del circo. Lo transforma precisamente en lo sublime: alcanzó así una comprensión del ser humano que antes no tenía. En el caso de Fellini se ve muy bien cómo lo cómico tradicional se puede convertir en sublime, y para mí eso ocurre a fines del siglo XVII: esta dispersión de lo cómico y su disociación respecto de lo monstruoso es lo que va a llevar a la consagración de lo sublime como una nueva categoría.

¿Cómo fueron cambiando las apropiaciones que se hicieron de Ulises?

Es muy complicado si usted no tiene la apoyatura explícita de un texto. Nosotros sabemos cuáles eran las imágenes que hacían reír en el siglo XVI porque existe una cantidad apabullante de grabados en donde ciertas imágenes van acompañadas de comentarios cómicos, de comentarios graciosos. Por ejemplo, todo lo que se relacionaba con el mundo de los gatos hacía reír. La presencia de un gato es siempre un elemento cómico, pero eso lo sabemos gracias a los grabados. En cada pintura hay que bucear y ver si aparecen esos elementos cómicos, tratando de no forzar, de no sobreinterpretar. Yo creo que ese abordaje cómico es siempre una posibilidad respecto de Ulises y la "Odisea". En el "Ulises" de Joyce hay pasajes que son verdaderamente cómicos, destinados a provocar la risa.

Marx toma mucho de la literatura y también toma de la "nekya" (el descenso al mundo de los muertos) de Odiseo para describir el capitalismo…

Sí, por ejemplo, el proletariado aparece como esas sombras que Ulises encuentra en su "nekya", en su viaje al país de los muertos. Hay un pasaje de la "Odisea" citado en "El Capital": "De la muchedumbre abigarrada de trabajadores de toda denominación, edad, sexo, que nos acosan peor que las almas de los muertos lo hacían con Ulises, sobre quienes basta una mirada para ver en ellos la marca de la sobrecarga del trabajo (…)".

¿Qué fue lo que más se le criticó al paisaje mitológico de la "Odisea" que creó Joseph Turner?

Las críticas fueron sobre todo estilísticas. Se dijo que era una pintura confusa. Porque Turner presenta el nuevo camino: el de la prevalencia del color sobre la línea, es decir el color como determinante fundamental de la forma. Lo interesante es que esta representación asociada con una escena clave de la historia de Ulises es la que va a provocar este debate estético.

¿Y el "Ulises" de Joyce?

Leopold Bloom, ese personaje tan pobre de espíritu en muchos aspectos, tan desgraciado, encuentra una reivindicación de una fuerza desconocida. Ulises es este personaje, que de heroico tiene poco, pero resulta que, dentro de lo que podríamos llamar los marcos de la vida cotidiana, también él tiene algo heroico al final de esa jornada. Creo que la grandeza del "Ulises" de Joyce está en esa reducción o esa condensación de lo temporal. Lo que se desenvuelve en veinte años él lo convierte en un día. La odisea real es cada día nuestro. Es un viaje, una vuelta a casa: aunque nosotros no nos demos cuenta, pueden pasar cosas extraordinarias en ese viaje.