4 de marzo de 2015

El cerebro, ese obscuro objeto de las neurociencias (3). Morfología

Desde el punto de vista histórico, 1664 es considerado habitualmente el año del nacimiento de la neurociencia moderna. Fue cuando Thomas Willis (1621-1675), médico inglés y profesor en la Universidad de Oxford, publicó un tratado sobre la anatomía cerebral, “Cerebri anatome” (Anatomía del cerebro), el primer gran intento por conocer a fondo el sistema nervioso y, muy especialmente, su porción encefálica. Muy influido por la obra del filósofo francés René Descartes (1596-1650) -para quien la comprensión de los trastornos mentales pasaba por separar cuerpo y espíritu ya que éste, como realidad simple, no podía ser la sede de enfermedades mentales-, y deslumbrado por los descubrimientos del médico y fisiólogo inglés William Harvey (1578-1657) sobre la circulación sanguínea -hallazgos que volcó en “Exercitatio anatomica de motu cordis et sanguinis in animalibus” (Ejercicio anatómico concerniente al movimiento del corazón y la sangre en los animales)-, Willis se adentró en una prodigiosa búsqueda causal en el cerebro del hombre y de distintos tipos de animales. Junto a un equipo de científicos que colaboraron con él, entre ellos los prestigiosos físicos Ralph Bathurst (1620-1704) y Richard Lower (1631-1691), Willis mostró cómo las estructuras del cerebro podrían formar memorias, dar lugar a imaginaciones, experimentar sueños. Concibió los pensamientos y las pasiones como una tormenta química de átomos, constituyendo así la primera investigación moderna del sistema nervioso a la que llamó Neurología y lo llevó a merecer el título de fundador de la neuroanatomía, la neurofisiología y la neurología experimental.
Otro hito en la historia de las neurociencias es el año 1848, el año de las revoluciones en buena parte de Europa que acabaron con el predominio del absolutismo. En Estados Unidos, mientras Edgar Allan Poe (1809-1849), genial maestro del romanticismo oscuro, publicaba en Nueva York su ensayo filosófico “Eureka” con el propósito de “hablar del universo físico, metafísico y matemático; material y espiritual; de su esencia, origen, creación; de su condición presente y de su destino”, en Vermont, un capataz que trabajaba en la construcción de los ferrocarriles sufrió un accidente cuando una barra de hierro le atravesó parte de la cara y las porciones anteriores de la cavidad craneal. El obrero perdió una gran cantidad de corteza cerebral prefrontal y, aunque sobrevivió al percance y no sufrió ningún trastorno sensorial ni motor, ni se le detectaron alteraciones en el lenguaje o la memoria, su personalidad experimentó un notable cambio. John Harlow (1819-1907), el médico que lo atendió en un hospital de la ciudad natal de Poe, Boston, dejaría constancia de ello en un artículo que publicó la revista “Boston Medical and Surgical Journal”: “Su salud física es buena, y me inclino a decir que se ha recuperado. El balance o el saldo, por decirlo así, entre sus facultades intelectuales y sus predisposiciones animales, parece haberse destruido. Antes de su lesión, aunque sin entrenamiento en la escuela, poseía una mente bien balanceada y era visto por aquellos que le conocían como un hombre inteligente, enérgico y persistente en la ejecución de todos sus planes. Ahora es impulsivo, irreverente; manifiesta una escasa deferencia hacia sus compañeros. Es intolerante con sus limitaciones o con los consejos que se le ofrecen cuando no coinciden con sus deseos; es a veces muy obstinado, caprichoso y vacilante; idea muchos planes de actuación para el futuro, los que abandona nada más organizarlos. A este respecto, su mente ha cambiado por completo”. Este episodio sirvió para comenzar a evaluar que las lesiones en el lóbulo frontal podían alterar aspectos de la personalidad, las emociones y la interacción social, ya que, hasta ese momento, sólo se lo consideraba como una estructura sin función y sin relación alguna con el comportamiento humano.


Hacia comienzos del siglo XX se produjeron grandes avances en el estudio de las neurociencias. El médico y citólogo italiano Camillo Golgi (1843-1926) logró importantes resultados con sus estudios de los tejidos nerviosos en laboratorio. Utilizando el método de la tintura mediante cromato de plata, identificó una clase de célula nerviosa dotada de extensiones (dendritas) mediante las cuales se conectan entre sí otras células nerviosas. Este descubrimiento permitió al patólogo alemán Wilhelm von Waldeyer Hartz (1836-1921) formular la hipótesis de que las células nerviosas eran las unidades estructurales básicas del sistema nervioso. Unos años antes había acuñado el término “cromosoma” para describir los cuerpos en el núcleo de las células y bautizado como "neurona" a la célula nerviosa basándose en los descubrimientos de Ramón y Cajal en su teoría neuronal. Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), médico español especializado en histología y anátomo-patología, había descubierto los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas de la materia gris del sistema nervioso cerebro-espinal. Sus conclusiones las volcó en “Histología del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados”, una nueva y revolucionaria teoría basada en que el tejido cerebral estaba compuesto por células individuales. Este conocimiento microscópico de las estructuras nerviosas también aportó correlatos funcionales de gran valor. No en vano Ramón y Cajal es considerado el iniciador de la etapa más moderna de las neurociencias.
Naturalmente hubo otros investigadores que durante los siglos XVI, XVII y XVIII lograron notables avances en la ciencia médica que sirvieron como cimiento para el estudio posterior de las neurociencias. Es el caso, por sólo citar a algunos, de Costanzo Varolio (1543-1575), anatomista italiano que creó un nuevo método de disección del cerebro mediante el cual separó el cerebro del cráneo y comenzó la disección de la base, un procedimiento que le permitió describir muchas de las estructuras del cerebro por primera vez, incluyendo la protuberancia anular que comunica la médula espinal y el cerebro; Franciscus Sylvius (1614-1672), médico anatomista alemán que investigó la estructura del cerebro humano y descubrió la cisura cerebral; o François Magendie (1783-1855), médico francés que estudió la función de los nervios, las modificaciones de la tensión arterial, el líquido cefalorraquídeo y los pares craneales entre muchos otros fenómenos fisiológicos, patológicos, anatómicos y toxicológicos.
Ya en el siglo XIX, hubo notables científicos que impulsarían con sus investigaciones el desarrollo exponencial de las neurociencias. Louis Pierre Gratiolet (1815-1865), anatomista francés recordado por su trabajo en la neuroanatomía y la antropología física, por ejemplo, efectuó una amplia investigación en el campo de la anatomía comparada y realizó importantes estudios sobre las diferencias y similitudes entre los cerebros de los diversos primates, cuyos resultados volcó en “Mémoire sur les plis cérébraux de l'homme et des primates” (Informe sobre los pliegues cerebrales del hombre y de los primates). También introdujo en su “Anatomie comparée du système nerveux considéré dans ses rapports avec l’intelligence” (Anatomía comparada del sistema nervioso considerado en sus relaciones con la inteligencia) la demarcación de la superficie cortical del cerebro en cinco lóbulos: frontal, temporal, parietal, occipital e insular. Su compatriota Paul Broca (1824-1880), médico, anatomista y antropólogo, hizo a su vez importantes contribuciones al entendimiento del sistema límbico, aquel conjunto de estructuras cuya función está relacionada con las respuestas emocionales, el aprendizaje y la memoria. Sin embargo, el trabajo que resultaría una piedra angular en la historia de las neurociencias fue su hallazgo del centro del habla en la tercera circunvolución del lóbulo frontal, un descubrimiento al que llegó estudiando los cerebros de pacientes afásicos. Las conclusiones de sus observaciones las publicó en dos obras fundamentales: “Sur le principe des localisations cérébrales” (Sobre el principio de las localizaciones cerebrales) y “Localisations des fonctions cérébrales” (Localización de las funciones cerebrales).


En Francia, el neurólogo Guillaume Duchenne (1806-1875), pionero en el empleo de la electricidad como instrumento de experimentos psicológicos, desvelaría en base a tratamientos realizados a sus pacientes, cómo se comportan los hemisferios del cerebro humano, descubrimientos que volcó en su obra Mécanisme de la physionomie humaine” (Mecanismo de la fisonomía humana). Otro francés, el médico, histólogo y anatomista Louis Antoine Ranvier (1835-1922) descubrió la mielina, esto es, la capa que recubre el tallo de las células nerviosas; mientras en Suiza, el anatomista, fisiólogo y embriólogo Wilhelm His  (1831-1904) avanzaba en las investigaciones sobre los vasos y glándulas linfáticas y revelaba los distintos grados en la formación encefálica de los vertebrados. Vladimir Betz (1834-1894), anatomista e histólogo ucraniano, descubría a su vez las neuronas piramidales gigantes de corteza motora primaria, entretanto el anatomista alemán Hubert von Luschka (1820-1875) detallaba aspectos específicos de los vasos sanguíneos del cerebro, y su coterráneo Franz  Nissl (1860-1919), explorador de las conexiones entre la corteza cerebral y el tálamo, popularizaba el uso de la punción lumbar y ponía en evidencia la existencia de un gran número de estructuras intracelulares desconocidas hasta entonces, hechos que supusieron una nueva era en la neuropatología.
En Alemania, el neurólogo y psiquiatra Karl Wernicke (1848-1905) también lograba importantes avances en el estudio de la afasia. En “Der aphasische symptomenkomplex” (El síndrome afásico), describió lo que más tarde se denominaría afasia sensorial (imposibilidad para comprender el significado del lenguaje hablado o escrito), distinguiéndola de la afasia motora (dificultad para recordar los movimientos articulatorios del habla y de la escritura). Aunque ambos tipos de afasia son resultado de un daño cerebral, Wernicke descubrió que la localización del mismo era distinta: la afasia sensorial es producida por una lesión en el lóbulo temporal; la afasia motora, en cambio, por una lesión en el lóbulo frontal. También describió, en colaboración con el neuropsiquiatra ruso Sergei  Korsakoff (1854-1900), un tipo de enfermedad cerebral llamada encefalopatía hemorrágica superior cuyas características son el movimiento involuntario de los ojos, una profunda conmoción mental y trastornos en el andar. Otro alemán, mientras tanto, delimitaba la corteza cerebral en cincuenta y dos regiones distintas de acuerdo a sus características histológicas. Se trata de Korbinian Brodmann (1868-1918), quien con su "Vergleichende lokalisationslehre der grosshirnrinde" (Estudios de localización comparativa en la corteza cerebral), realizó una labor pionera en la descripción de la corteza cerebral sorprendida en pleno funcionamiento.
Durante las primeras décadas del siglo XX se destacaron los trabajos orientados a analizar con detalle la comunicación entre las células nerviosas. Dichas investigaciones favorecieron enormemente el desarrollo de la fisiología del sistema nervioso y lograron un mayor entendimiento de los fenómenos celulares que rigen el traspaso efectivo de la información nerviosa. En ese sentido debe mencionarse al médico británico Charles Scott Sherrington (1857-1952) por sus trabajos en el campo de la neurofisiología, estudiando las funciones de la corteza cerebral y clasificando los órganos sensoriales según el origen del estímulo, una labor que tendría una gran influencia en los tratamientos y el desarrollo de la neurocirugía. Del mismo modo, fue trascendental la labor de Aleksandr Lúriya (1902-1977), neuropsicólogo y médico ruso, fundador de la neurociencia cognitiva quien, en sus investigaciones basadas en casos de heridas cerebrales durante la Segunda Guerra Mundial, se puso a la cabeza de la neuropsicología mundial. Es a partir de ese momento y gracias a las diferentes pruebas y datos científicos y discusiones sobre las localizaciones cerebrales y las teorías del funcionamiento unitario del cerebro y de las conductas superiores cognitivas cuando puede darse por hecho que se inicia la neuropsicología como ciencia.
Significativamente, todos estos descubrimientos de las neurociencias vendrían a confirmar la hipótesis de que el cerebro, lejos de ser un órgano estático, evoluciona durante el transcurso de la vida guardando las huellas de las experiencias vividas. Y allí es donde vuelve a aparecer Freud, una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX, quien venía postulando dicha suposición desde “Entwurf einer psychologie” (Proyecto de psicología), un texto de 1895. Esto, que comúnmente se conoce como plasticidad, es decir, la huella que deja la experiencia en la red neuronal, fue confrontado con numerosos trabajos recientes del campo de las neurociencias. Ciertas huellas emergen en la conciencia, pero muchas otras quedan ocultas en los meandros del inconsciente. Para actuar sobre ellas, las mismas que van dejando las experiencias transitadas por un individuo, el psicoanálisis freudiano proponía una terapia por la palabra. Hoy, para las neurociencias no existen dudas de que la palabra puede recomponer la red neuronal, aunque admitiendo que farmacológicamente puede hacerse más eficaz el impacto de la palabra. Si bien el encuentro entre las neurociencias y el psicoanálisis no tiene el propósito de inscribirse en una lógica de comprobación, ambas ciencias confluyen en una pregunta común, la de la singularidad de cada individuo que se constituye en su devenir como un ser único cada vez, diferente e impredecible. Las neurociencias, evidentemente, tienen mucho que ganar si exploran las vías abiertas por el modelo freudiano.


Pero, si se trata de hacer justicia a la historia de la ciencia se debería retroceder aún más en el tiempo, más puntualmente hasta la época de Baruch Spinoza (1632-1677), el filósofo racionalista holandés que, en el siglo XVII, vislumbró que la experiencia de vida deja marcas en el cuerpo humano. Freud fue, a su vez, un lector de Spinoza tan atento como ingrato. Sólo lo consideraba “un hermano en la falta de fe” al coincidir con él en aquello de que las leyes científicas son las que gobiernan el pensamiento humano. Spinoza había dicho en su “Tractatus theologico-politicus”  (Tratado teológico-político) de 1670 que “el gran secreto del régimen dominante y su interés profundo consiste en engañar a los hombres, disfrazando bajo el nombre de religión el temor con que los esclavizan, de tal modo que combaten por su servidumbre cuando creen que luchan por su salvación”. Freud, por su parte, en “Zwangshandlungen un religionsübungen” (Actos obsesivos y prácticas religiosas) de 1907 señaló la similitud entre los actos obsesivos y las ceremonias religiosas. La diferencia era que “la neurosis obsesiva es la religiosidad individual y la religión es una neurosis obsesiva universal”. De todas maneras, anticipando íntegramente la hipótesis freudiana-neurobiológica de la plasticidad, Spinoza observó que, idénticamente a como se conservan las impresiones sensoriales en el cerebro, se conservan también las asociaciones mentales que se han formado en ocasión de encuentros pasados del propio cuerpo con otros cuerpos. Y dada esta persistencia, una vez que las impresiones originales se han tornado huellas inscriptas por las cosas que cierta vez afectaron el cuerpo, la mente es capaz de reactivar dichas huellas, aun cuando estas no indiquen el verdadero ser de las cosas sino las condiciones vividas imaginaria y subjetivamente en las cuales el cuerpo propio ha estado en relación con ellas. Esta capacidad salva a la conciencia de perderse en el flujo donde todo se olvida: en cada encuentro, el yo, valiéndose de esas huellas, puede reproducir una y otra vez las mismas asociaciones mentales. Así pues, de alguna manera las neurociencias se consagran a confirmar aquellas intuiciones que Spinoza planteara unos cuatro siglos antes que Freud.

3 de marzo de 2015

El cerebro, ese obscuro objeto de las neurociencias (2). Itinerario

Antoine Laurent de Lavoisier (1743-1794) realizó una revolu­ción en la química, disciplina a la que estableció como parte de las ciencias naturales y la diferenció de su antecesora la alquimia. Fue uno de los creadores de la nomenclatura química que clasificó a los elementos en metales, no metales y metaloides, un sistema que sirvió de base a la moderna tabla periódica de los elementos. También investigó la composición del agua y denominó a sus componentes oxígeno e hidrógeno. Autor del “Traité élémentaire de chimie” (Tratado elemental de química) y ciudadano de ideas liberales, Lavoisier desempeñó numerosos cargos públicos en la Administración del Estado, entre ellos el de recaudador de impuestos del rey antes de la revolución. Esto le supuso la enemistad con Jean Paul Marat (1743-1793), el revolucionario que ayudó a consolidar el reinado del Terror y encargado de elaborar listas negras en las que incluyó al famoso químico poco antes de ser él mismo apuñalado en su bañera. Arrestado a fines de 1793 por orden de la Convención Nacional, fue juzgado y condenado a la guillotina en mayo del año siguiente por un tribunal presidido por el jurista y revolucionario Jean Baptiste Coffinhal (1762-1794) quien, cuando pronunció la frase “la República no necesita sabios” para justificar la sentencia, no sabía que seis meses después la Revolución tampoco lo necesitaría a él y correría la misma suerte que la persona a la que acababa de condenar. Así fue que el 8 de mayo de 1794, junto a otros vein­tisiete condenados a muerte, Lavoisier fue transportado en un carromato hasta la Place de la Concorde. Allí, silencioso y digno, puso su cue­llo desnudo bajo la cuchilla. Esa misma noche, el físico, matemático y astrónomo italiano Giuseppe Lodovico Lagrangia (1736-1813), comentaría en rueda de amigos: "Su cabeza cayó en un instante, pero cien años no bastarán para que aparezca otra semejante".
La cabeza, valga la obviedad, fue y es una parte vital no sólo para Lavoisier sino para todos los seres humanos. En ella se aloja el cerebro, un órgano de consistencia gelatinosa que, protegido por un fluido y el cráneo, se conecta con el resto del cuerpo a través de nervios que, en su conjunto, hacen que todos los otros órganos funcionen. El cerebro humano es una estructura sumamente compleja. Es el mayor órgano del sistema nervioso central, en él se aloja la capacidad de raciocinio y es en él donde se generan los pensamientos y los procesos de la conciencia, entre otras muchas cosas. Hoy, esto se sabe con certeza gracias a que, afortunadamente, aparecieron muchas más cabezas como la de Lavoisier; pero no siempre fue así. Hacia el siglo X a.C., los babilonios y los asirios suponían que el origen de los pensamientos estaba en el hígado. Esa masa inmóvil en la cavidad abdominal era considerada la fuente de la vida, el órgano que originaba la sangre, tejido líquido al que vinculaban con la vitalidad y el alma. Mientras tanto, los egipcios consideraban al corazón como el órgano central de la vida y asiento del alma atribuyéndole la cualidad de ser el órgano central del sistema vascular y la sede del pensamiento, la voluntad y los afectos. No lejos de allí, para los israelitas era el pulmón donde radicaba la vida ya que, basándose en el mito de la creación, no eran las palpitaciones sino la respiración lo importante puesto que un dios había creado al primer hombre soplándole su aliento en la nariz. En la China preimperial de los siglos III y IV a.C., la cabeza era el lugar en el que se originaban los flujos celestes, fluidos energéticos armoniosos que mantenían en buen estado la salud. No obstante ello, en el siglo II a.C., definieron al cuerpo humano en el “Huainanzi” -una recopilación de ensayos sobre astronomía, filosofía, ciencia, metafísica y naturaleza- como un sistema cosmogónico: "La cabeza es la bóveda celeste, sus pies están hechos a imagen de la tierra, sus cabellos son las estrellas, sus ojos el sol y la luna, sus cejas la osa mayor, la nariz se asemeja a una montaña, sus cuatro miembros son las cuatro estaciones, sus cinco vísceras (corazón, riñón, bazo, hígado y pulmón) son los cinco elementos (fuego, agua, tierra, madera y metal respectivamente)".


Como en estos lugares, también en la India se intentaba poner orden y precisión en la nomenclatura de los órganos y las regiones del cuerpo humano. Los textos compilados en el “Súsruta Samjitá” alrededor del siglo III d.C. que provenían de los antiguos “Rigveda” y “Altharvaveda” escritos hacia el siglo XII a.C., contienen una denominación seriada y descendente de las regiones y los órganos principales del cuerpo: cabeza, tórax, cintura escapular, vísceras abdominales, región pudenda y piernas. El corazón era comparado a una flor de loto, que se abría durante la vigilia y se cerraba durante el sueño; del hígado se menciona su color oscuro, producto de una transformación de la sangre que provendría de un jugo alimenticio similar a un fuego; de los riñones se decía que eran dos bolas de carne, como dos frutos de mango, junto a la columna vertebral. La unidad funcional de estos distintos órganos quedaba garantizada por un sistema de conexiones que aparentemente se refería tanto a los bronquios como a los vasos sanguíneos. Entretanto, no hubo entre los filósofos presocráticos griegos una teoría científica del cuerpo humano unánimemente aceptada. Desde Tales de Mileto (624-548 a.C.) hasta Demócrito de Abdera (460-370 a.C.), el rasgo común de todos ellos fue su condición de sabios acerca de la naturaleza. Tales, frente a las explicaciones de la realidad de carácter mítico y religioso, ofreció por primera vez una explicación basada en la razón sin apelar a entidades sobrenaturales para explicar lo real. Demócrito, a su vez, planteó que el alma estaba compuesta de partículas extremadamente finas y ligeras que se movían a velocidad extraordinaria, atravesando todo el cuerpo. Más lejos llegaron Heráclito de Éfeso (550-480 a.C.) y Parménides de Elea (530-470 a.C.), quienes analizaron la naturaleza desde un punto de vista metafísico, ontológico, al considerar que el hombre por sí mismo podía explicar todo cuanto acontecía a su alrededor.
Además, los griegos estaban sumergidos en una larga controversia entre el hígado y el corazón, y creían que el cerebro era incapaz de generar pensamientos. Una somera lectura de la “Iliás” (Ilíada) y la “Odýsseia” (Odisea), poemas épicos atribuidos a la pluma de Homero de Esmirna (siglo VIII a.C.), muestra la soberana eminencia de los antiguos helenos en la observación de la realidad cósmica y, por consiguiente, en la percepción y la denominación de las partes del cuerpo y los detalles anatómicos que luego serían técnicamente empleados por los médicos y los naturalistas. Homero nombró y describió varios órganos y regiones del cuerpo humano. El corazón, por ejemplo, tenía que ver con la valentía y el miedo, y era claramente el asiento de las sensaciones y de la voluntad, así como de las excitaciones y de las facultades mentales, del entendimiento e incluso de la memoria. Sin embargo posteriormente, en el siglo VI a.C. bajo el mandato del legislador Solón de Atenas (638-558 a.C.) y, en especial en el siglo siguiente, el hígado y las predicciones a través de la hepatoscopía, esto es, la inspección con fines proféticos del hígado, adquirieron nuevamente preeminencia sobre el corazón. Por esa misma época se inició en Grecia una disputa sobre la localización del alma. El motivo lo había expuesto con anterioridad Anaxágoras de Clazomene (500-428 a.C.), quien afirmaba que en la estructura del mundo también existía, junto a una base material, un principio espiritual al que llamó “nous” (intelecto). Como los griegos no imaginaban nada espiritual que no tuviera un asiento en algún lugar del cuerpo, la localización del intelecto constituyó una cuestión relevante. Fue Alcmeón de Crotona (500-450 a.C.) quien expuso por primera vez la idea de que el entendimiento, que él vinculaba al intelecto, no se encontraba en el corazón ni en el hígado, sino en la cabeza, en la masa blanda y gris que todos los hombres tienen dentro del cráneo. Junto a Empédocles de Agrigento (484-424 a.C.), que meditó acerca de la respiración y sobre la fisiología de los sentidos, puede decirse que sentó los fundamentos de las primeras especulaciones biológicas.


Simultáneamente, Pitágoras de Samos (569-475 a.C.), gran matemático también interesado en la medicina y la filosofía, y sus discípulos de la fraternidad por él fundada en Crotona, consideraban que el cerebro no era un órgano sino un relleno o una derivación de otro órgano. No obstante ello, la afirmación de Alcmeón sobre que el cerebro regía todo el cuerpo, que era el órgano central de toda la actividad humana, marcó un hito en la historia de la ciencia. Sería Platón de Atenas (427-347 a.C.), el discípulo más distinguido de Sócrates de Atenas (470-399 a.C.), el que daría al cerebro un lugar central en el cosmos. En su diálogo “Timaeus” (Timeo) escrito en torno al año 360 a.C., decía que los seres humanos habían sido creados con un alma inmortal cubierta por un cuerpo mortal hecho a partir de los cuatro elementos. Los dioses comenzaron su trabajo creando la cabeza, la que hicieron esférica como el cosmos. La semilla divina se plantó en el cerebro, desde donde podía percibir el mundo a través de los ojos, los oídos y después razonar acerca de él, una idea que influiría sobre el pensamiento occidental a través del tiempo y hasta el Renacimiento. Sin embargo, la misma no tuvo la fuerza suficiente para cambiar la visión dominante de su época que consideraba al corazón como el órgano más importante. De hecho uno de sus prosélitos, ni más ni menos que Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.), puso al corazón en el centro de su filosofía. Para el autor de “Parva naturalia” (Breves tratados de filosofía natural), al igual que el universo, también el hombre tenía un punto central, y éste era el corazón. El cerebro era sólo una masa caliente, blancuzca, incapaz de generar pensamientos y, por lo tanto, de ser el asiento del alma. El corazón, al contrario, le parecía un lugar mucho más lógico para las facultades del alma racional. Aristóteles, que veía una conexión entre el calor y la inteligencia, consideraba que a través de los vasos sanguíneos el corazón podía gobernar todas las sensaciones, movimientos y emociones. En definitiva, el corazón lo era todo: entendimiento, sentimiento, voluntad, cualidades elevadas y apetitos sensuales, valor y vacilación, amor y odio, alegría y dolor.
Recién después de la muerte de Aristóteles, Herófilo de Calcedonia (335-280 a.C.) y Erasístrato de Ioulida (304-255 a.C.), fundadores de la Escuela de Alejandría de medicina, hicieron importantes descubrimientos sobre las características del sistema nervioso y pusieron en duda sus ideas. No obstante, debieron pasar cinco siglos hasta que hiciese su aparición Galeno de Pérgamo (129-216), el médico que estudiaría con gran detalle el cerebro humano y afirmaría que todas las facultades superiores de las personas residían en él. Galeno pensaba que la inteligencia estaba alojada en los espacios huecos del cerebro, los ventrículos, y consideraba que dicha inteligencia no era patrimonio exclusivo de los seres humanos: la compartían el sol, la luna y las estrellas, e influían sobre sus asuntos. Tras su muerte, su medicina fue absorbida por la doctrina del cristianismo. El alma, una sustancia espiritual que sobrevivía a la muerte, no tenía una dimensión física, pero el teólogo católico Tomás de Aquino (1225-1274) la instaló en los ventrículos citados por Galeno, ya que allí, decía, no podía ser corrompida por la carne débil y mortal. El filósofo aquinate no dudaba en considerar a la mente como una parte del plan organizacional del cuerpo que, si bien era mortal, no era hostil a la idea de inmortalidad. El cuerpo humano era la materia proporcionada al alma humana y no era necesario que sea igual a ella en la virtud de la esencia, porque el alma humana no era una forma contenida totalmente en la materia. Basándose en la fe, sostenía que el cuerpo humano al principio había sido constituido incorruptible de algún modo, y que por el pecado incurrió en la necesidad de morir, de la cual se liberaría en la resurrección. De todas maneras, en “Summa theologiae” (Suma teológica), su obra principal, pueden detectarse algunas ambigüedades ya que por un lado sostenía que el alma humana, entendida como “principio intelectual”, e incluso la mente misma, eran “forma del cuerpo”; pero, más adelante, sostenía que la mente no necesitaba de ningún órgano corporal para ejercer su actividad.


Durante los tres siglos siguientes la medicina propiamente dicha siguió apoyándose básicamente en los postulados de Galeno. Para ese entonces la disección de cadáveres se había convertido en una práctica regular, dándole un nuevo impulso a la anatomía. A comienzos del siglo XV se destacaron en esta disciplina los médicos italianos Gabriele Zerbi (1445-1505), Jacopo Berengario da Carpi (1460-1530) y Alessandro Achillini (1463-1512), y el español Andrés Laguna (1499-1559), quienes introdujeron juicios y descripciones novedosas basadas en sus observaciones personales realizadas en disecciones de cadáveres. Fue en 1543 cuando un anatomista nacido en Bruselas y profesor en la Universidad de Padua, Andreas Vesalius (1514-1565), publicó su monumental “De humani corporis fabrica” (Sobre la estructura del cuerpo humano), obra que marcaría un antes y un después en la historia de la anatomía humana. Los siete libros que componen el tratado contaban con ilustraciones del cuerpo humano realizadas por el pintor alemán Jan Stephan van Calcar (1500-1546), láminas que mostraban el esqueleto en todo tipo de posturas, los músculos, los vasos sanguíneos y los nervios, las vísceras, los órganos de los sentidos y hasta mujeres embarazadas y sus fetos, con detalles como nunca se habían representado con anterioridad. Con todo, Vesalius se cuidó muy bien de buscar los poderes del alma en los tejidos cerebrales: “Me abstendré de considerar las divisiones del alma y su localización, ya que hoy en día se pueden encontrar muchos censores de nuestra muy sagrada y verdadera religión”. Así se llegó al siglo XVII -y aún a buena parte del XVIII- bajo el imperio del oscurantismo religioso.