13 de febrero de 2015

Alberto Manguel: "Desde el momento en que se inventó la escritura, el lector es el protagonista principal"

Alberto Manguel (1948) es escritor, traductor, editor, crítico literario y colaborador habitual de importantes diarios y revistas. De nacionalidad argentino-canadiense, escribe generalmente en inglés aunque también lo hace en francés y español. Ha publicado, entre otras, las novelas "Stevenson under the palm tres" (Stevenson bajo las palmeras), "Un amant très vétilleux" (El amante extremadamente puntilloso), "El regreso" y "Todos los hombres son mentirosos"; y los ensayos "Into the looking glass wood" (En el bosque del espejo), "Nuevo elogio de la locura" y "Vicios solitarios. Lecturas, relecturas y otras cuestiones éticas". Además, durante algo más de veinte años, ha editado una gran cantidad de antologías literarias de una extensa variedad de temas. Pero quizá sea más conocido por su actividad como escritor de no-ficción gracias a "The dictionary of imaginary places" (El diccionario de lugares imaginarios) -que escribió en coautoría con el escritor e historiador italiano Gianni Guadalupi (1943)- y, sobre todo, por "A history of reading" (Una historia de la lectura), una obra casi enciclopédica que cuenta cómo ha sido la lectura a lo largo de la Historia, desde las tablillas de arcilla hasta los tomos impresos y las licencias de lectura electrónica. Editado originalmente en inglés en 1996 y traducido al español dos años después, fue reeditada el año pasado, hecho que motivó la charla que mantuvo con Héctor Pavón para el nº 553 de la revista "Ñ" aparecida el 3 de mayo de 2014. En ella el gran ensayista analiza el crítico momento del ritual de los libros y cuenta también detalles de la embolia que sufriera un par de semanas antes del fin del año 2013, episodio que lo llevó a reflexionar sobre la relación entre el pensamiento y el lenguaje.


Borges -en una muy conocida declaración de principios- decía que se enorgullecía más de lo que había leído que de lo que había escrito. ¿Cómo se calificaría usted como lector?

Si la práctica sirve para algo, creo ser un buen lector, ya que van a ser más de sesenta años que practico este ejercicio.

¿Cuándo se concibió el Manguel lector? ¿Qué pasaba en su vida en ese momento?

Tenía tres o cuatro años cuando aprendí a leer. Antes, no había pasado nada, o al menos nada que pudiera poner en palabras. Después de ese momento, todo.

Uno de sus trabajos clave en su vida intelectual ha sido el de lector para Denoél, Gallimard y Les Lettres Nouvelles en París, y para Calder & Boyars en Londres. ¿Qué características tiene ese trabajo de lector para las editoriales en la actualidad?

Hoy casi no existe el trabajo de lector en una editorial. En las buenas que logran sobrevivir, el lector es ahora -casi siempre- el editor, que justifica el sacrificio que su oficio implica diciendo que al menos se da el gusto de publicar lo que quiere. Pero en los grandes grupos editoriales, los que deciden son la contaduría y el departamento de ventas, y basan su juicio no en la calidad literaria de un texto si no en el vaticinio de buenas ventas. No son lectores, son ineficaces adivinos que deciden publicar un libro porque el autor ha tenido la valentía de imitar a Dan Brown. Ciertamente no es el prestigio intelectual el que los lleva a elegir un título.

Usted participó del ritual de leerle a Borges cuando estaba ciego ¿Qué aprendió leyéndole?

Borges se hacía leer textos no para descubrirlos por primera vez sino para analizarlos. Cuando quedó ciego, decidió no escribir más prosa porque decía que para escribir prosa necesitaba "ver la mano escribir". Pero, después de un tiempo, se le ocurrieron varios cuentos (que constituirían "El informe de Brodie") y antes de empezar a redactarlos, como buen artesano, quiso estudiar cómo los grandes cuentistas que él admiraba habían construido sus relatos. El elegía un cuento (de Kipling, por ejemplo) y yo empezaba a leérselo, pero al cabo de unas pocas líneas me interrumpía para hacer un comentario sobre el estilo, la estructura, el ritmo. Hacía los comentarios para sí mismo, pero claro, yo aprendía escuchándolo.

Esa actividad pareciera haber sido de sesiones infinitas. ¿Tenía algo de Scheherezade en las "Mil y una noches"?

Sólo en el sentido que me salvó la vida. De otra manera, hubiera podido acabar siendo dentista o abogado.

Usted escribió: "Aprendí pronto que la lectura es acumulativa y que avanza por progresión geométrica; cada lectura se construye sobre lo que el lector ha leído antes". Es una idea que comparto pero no podría constatar. Me da la impresión de que la lectura hoy es fragmentaria y apurada y que no relaciona, precisamente, con posibles lecturas previas. ¿Cree que el contexto ha cambiado y que la lectura hoy se concibe de otro modo?

No. Cada lectura que hacemos (de un texto electrónico, por ejemplo) es una lectura que ya ha pasado por muchas manos. Un texto electrónico no es nunca enteramente nuestro: alguien lo ha elegido, alguien lo ha copiado, alguien lo ha subido a la red, alguien ha decidido en qué contexto es presentado ("Cuerpo de mujer" de Pablo Neruda, presentado en un sitio dedicado a la literatura chilena no es el mismo texto, aunque las palabras no cambien, presentado en un sitio porno). A través de esa multitud de lectores que nos preceden tenemos que abrirnos nuestro propio camino, leyendo un tomito de Austral (colección de literatura de la década del '60) o una novela "on-line".

Ha vivido en culturas, lugares y lenguas diferentes. ¿Qué es lo que más valora de esa diversidad a veces elegida, a veces no?

No tener que juzgar una lengua superior a otra o una cultura más importante que otra, no sentirme obligado a someterme a ninguna nacionalidad, no tener que jurar lealtad a ninguna bandera y a ningún equipo de fútbol, no tener que reconocer a ningún político como una autoridad absoluta. Mi héroe es el Capitán Nemo.

La pregunta sobre qué es la lectura, ¿es válida hoy? ¿Tenemos respuestas distintas de acuerdo a cada época?

Cada época responde a su manera, con el vocabulario que tiene a mano. La pregunta no tiene una respuesta definitiva. Los neurocirujanos dicen que si supiésemos qué es la lectura, sabríamos qué es pensar.

Ha escrito que el actor más importante en el hecho libresco -el lector- no tiene su historia. ¿Eso ha cambiado? ¿El lector manda, es protagonista? Como pregunta Denis Diderot y que usted cita en el epígrafe de su libro: ¿el lector es el amo?

Eso no ha cambiado. Desde el momento en que se inventó la escritura, el lector es el protagonista principal. La escritura no pudo inventarse sin inventar la lectura primero, ya que no puede establecerse un código de escritura sin antes establecer cómo será descifrado. Y el lector sigue decidiendo qué es un texto: el autor no puede hacer más que resignarse. Aunque imagino que muchos autores quisieran poder susurrar al oído de sus lectores: "¡Qué bueno! ¡Esto es un clásico!".

¿Sus libros favoritos se mantienen en el tiempo o los va cambiando con el paso de los años? ¿Cómo se vuelven favoritos?

Son como los enamoramientos: algunos duran toda la vida, como los libros de "Alicia...", otros se descubren tarde, como Dante, otros nos apasionaron un día pero ya no nos hacen sentir más que un poco de vergüenza por haberlos querido tanto.

¿Confiesa que no leería a un autor en particular?

No. Pero me bastan dos párrafos para saber si quiero seguir.

¿Qué libro importante, conocido, recomendado no soportó o no terminó de leer?

Son muchos. Entre los contemporáneos, "Metafísica de los tubos" de Amelie Nothomb, "Plataforma" de Michel Houellebecq, "2666" de Roberto Bolaño, la interminable trilogía de Stieg Larsson...

Y respecto de los libros que usted escribió, ¿qué clase de lector es en relación a ellos?

Inexistente. Mis libros no están alojados en mi biblioteca.

¿El traductor puede ser un lector de calidad, ideal?

Un traductor es un lector ideal porque tiene que leer mucho más allá de lo que el autor sabe que puso en el texto. Un traductor es alguien capaz de anatomizar un texto y volver a reconstruirlo sin las cicatrices visibles del monstruo de Frankenstein.

¿Lee en tablets, iPad, kindles…? ¿Qué tipo de experiencias le aporta la lectura en soportes digitales?

No. No he tenido la necesidad de hacerlo.

¿Cree que estos soportes ayudarán a difundir y a multiplicar la lectura?

Pueden hacerlo, pero ningún soporte, por sí mismo, puede volvernos más inteligentes, más curiosos, menos crédulos.

¿La lectura sana y salva?

Puede. Salvó por un tiempo a Haroldo Conti en la prisión de sus torturadores militares, salvó a Dostoievsky en su campo de detención en Siberia, salvó a Robinson Crusoe en su isla. También puede perdernos. La lectura condujo a Madame Bovary a su suicidio y al asesino de John Lennon a cometer su crimen.

Hace pocos días publicó en "The New York Times" un artículo donde contó en primera persona su internación por una embolia cerebral que sufrió. ¿Cuánto lo ha cambiado el trance que padeció?

Me he vuelto más cauteloso, más consciente de esa criatura frágilmente milagrosa que es nuestro cerebro, más cansado, más contento de poder seguir leyendo.

¿Ahora siente que ha cambiado la relación entre pensamientos y lenguaje en su interior?

Bueno, cambiado no, soy más consciente del proceso.

¿Qué leyó durante el tiempo de la internación?

"Don Quijote". Pienso que para el hospital necesitamos un libro cuyo recorrido ya conocemos, cuyas sorpresas son consoladoras y cuyo autor es un viejo amigo.

¿Alguien ofició de lector durante su internación?

No. Afortunadamente no perdí nunca la capacidad de leer. Y cuando no podía leer por estar enredado en tubos y alambres, me recitaba cosas que sé de memoria, cosas buenas y cosas muy malas, porque la biblioteca que llevamos en la cabeza es una de las más generosas que conozco.

7 de febrero de 2015

Entremeses literarios (CLXXX)

PUNTUALIDAD AL MINUTO
Walter Benjamin
Alemania (1892-1940)

Tras postularme durante meses, recibí de la dirección de la emisora de D... el encargo de entretener a la au­diencia durante veinte minutos con un informe de mi especialidad, la ciencia bibliográfica. En el caso de que mi charla hallara eco, me prometieron repetir encargos similares con regularidad. El jefe de la sección fue lo suficientemente amable como para indicarme que lo decisivo, además de la estructuración de las reflexiones, era el modo de exponerlas.
- Los principiantes -dijo- cometen el error de creer que deben sostener una ponencia ante un público más o menos grande, pero que casualmente no se encuentra visible. Nada más equivocado. El oyente de radio es ca­si siempre uno solo, y aun asumiendo que usted llegue a miles, siempre llega a miles por separado. Por eso de­be hacer como si le hablara a uno solo, o a muchos por separado si prefiere, pero en ningún caso a muchos re­unidos. Eso en primer lugar. Y en segundo: aténgase al tiempo. Si usted no lo hace, tendremos que hacerlo nosotros por usted, sacándolo del aire sin miramientos. Cualquier retraso, aun el más nimio, tiende luego a mul­tiplicarse en el desarrollo del programa, como sabemos por experiencia. Si no tomamos medidas en ese mo­mento, nuestro programa se desorganiza por completo. Así que no se olvide: ¡Exposición desenvuelta! ¡Y no pasarse ni un minuto!
Me tomé muy en serio estas indicaciones, en parte también porque la recepción de mi primera exposi­ción significaba mucho para mí. A la hora convenida me presenté en la emisora con el manuscrito que había recitado en casa en voz alta y controlando el reloj. El locutor me atendió cortésmente e interpreté como signo especial de confianza que desistiera de controlar mi debut desde la cabina contigua. Entre la apertura y el cierre fui mi propio amo. Por primera vez estaba en una emisora moderna, donde todo estaba al servicio de la absoluta comodidad del hablante, del libre despliegue de sus capacidades. Podía uno pararse en un púlpito o arre­llanarse en uno de los amplios sillones, podía elegir entre distintos tipos de luces, incluso podía caminar de un lado a otro y llevar el micrófono consigo. Por último, un reloj de pie, cuyo cuadrante no marcaba las horas sino sólo los minutos, le recordaba cuánto valía un ins­tante en este estudio insonorizado. Con la aguja en cuarenta debía terminar.
Había leído bien la mitad de mi manuscrito cuando volví a mirar el reloj en el que la aguja de los segundos recorre la misma órbita trazada para el minutero, aunque sesenta veces más rápido. ¿Había cometido en casa un error? ¿Había equivocado ahora la velocidad? Claro estaba, como fuera, que habían transcurrido dos tercios de mi tiempo. Mientras seguía leyendo palabra por palabra con tono amable, en silencio buscaba febrilmente una solución. Sólo podía ayudarme una decisión audaz: había que sacrificar párrafos enteros e improvisar en su lugar las reflexiones que introdujeran la conclusión. Salirme de mi texto tenía sus peligros, pero no me quedaba otra opción. Junté todas mis fuerzas, salté varias páginas mientras dilataba una larga oración y aterricé felizmen­te, como un avión en su pista, en el ámbito de ideas del párrafo final. Respirando hondo junté luego mis papeles y, entusiasmado por mi proeza, me alejé del púlpito a fin de ponerme tranquilamente mi sobretodo.
Ahora debía entrar el locutor, pero se hacía esperar. Giré hacia la puerta. Mis ojos cayeron otra vez en el re­loj. ¡El minutero marcaba treinta y seis! ¡Cuatro minu­tos enteros para cuarenta! Lo que debía haber visto al vuelo hacía un instante debió haber sido el segundero. Ahora entendí la ausencia del locutor. El silencio, agradable hasta hacía un momento, me envolvió como una red. En ese estudio, destinado a la técnica y a los hom­bres que basan su dominio en ella, me sobrevino un estremecimiento nuevo, emparentado de alguna manera con el más antiguo que conocemos. Me presté oí­do a mi mismo, en el que sólo retumbaba mi propio silencio. Reconocí en él al de la muerte, que en ese momento me diezmaba simultáneamente en mil orejas y mil habitaciones. Me invadió un miedo indescriptible, seguido de una feroz determinación. A salvar lo que se pueda salvar, me dije. Extraje el manuscrito del bolsillo, tomé una hoja cualquiera, de entre las que había salteado, y seguí leyendo con una voz que parecía cubrir los latidos de mi corazón. Ya no podía permitirme tener ocurrencias. Como el fragmento de texto que había tomado era cor­to, fui alargando las sílabas, dejé vibrar las vocales, enfaticé las erres e introduje pausas meditativas entre las oraciones. Llegué nuevamente al final, ahora el correc­to. Entró el locutor y me despidió con la misma amabilidad con que antes me había recibido. Pero la inquietud persistió. Al otro día me encontré con un amigo del que sabía que me había escuchado y le pregunté al pasar sobre su impresión.
- Estuvo muy simpático -dijo-. Sólo que los recepto­res de radio siempre fallan. El mío volvió a estar completamen­te interrumpido por un minuto.


ESPEJOS IV
Juan Romagnoli
Argentina (1962)

Creo que el espejo del baño me refleja tal como soy más por costumbre que por lealtad hacia la ley de refracción. Yo mismo no soy más que una costumbre. Cuando me acerco al lavabo para higienizarme, el espejo está ahí y doy por sentado lo que reflejará: mi cara, mis gestos, mis señas particulares. Pero a veces, en esas mañanas en las que me siento raro, ajeno y no me reconozco, me doy cuenta de que el espejo se toma su tiempo, unas fracciones de segundo, para reacomodar la imagen. Como si, para estar seguro, tuviera que ponerse los lentes; mis lentes.


NOCHE EN EL MUSEO
Francesc Barberá Pascual
España (1979)

El grito de Munch alerta al vigilante del museo: el bodegón de Cézanne ha desaparecido. La Mona Lisa sonríe de forma enigmática, centrando las primeras sospechas. La maja desnuda, en cambio, parece no ocultar nada. Vulcano, despechado, acusa a la Venus de Botticelli, que a su vez señala al caballero, que, con la mano en el pecho, jura y perjura que es inocente. El pensador, taciturno, contempla la noche estrellada en busca de alguna pista. Ajenas a lo sucedido, las hilanderas continúan tejiendo al compás del tictac de los relojes blandos. Entretanto, Saturno disimula mientras sigue devorando a su hijo.


SUBRAYE LAS PALABRAS ADECUADAS
Luis Britto García
Venezuela (1940)

Una mañana tarde noche el niño joven anciano que estaba moribundo enamorado prófugo confundido sintió las primeras punzadas notas detonaciones reminiscencias sacudidas precursoras seguidoras creadoras multiplicadoras trasformadoras extinguidoras de la helada la vacación la transfiguración la acción la inundación la cosecha. Pensó recordó imaginó inventó miró oyó talló cardó concluyó corrigió anudó pulió desnudó volteó rajó barnizó fundió la piedra la esclusa la falleba la red la antena la espita la mirilla la artesa la jarra la podadora la aguja la aceitera la máscara la lezna la ampolla la ganzúa la reja y con ellas atacó erigió consagró bautizó pulverizó unificó roció aplastó creó dispersó cimbró lustró repartió lijó el reloj el banco el submarino el arco el patíbulo el cinturón el yunque el velamen el remo el yelmo el torno el roble el caracol el gato el fusil el tiempo el naipe el torno el vino el bote el pulpo el labio el peplo el yunque, para luego antes ahora después nunca siempre a veces con el pie codo dedo cribarlos fecundarlos omitirlos encresparlos podarlos en el bosque río arenal ventisquero volcán dédalo sifón cueva coral luna mundo viaje día trompo jaula vuelta pez ojo malla turno flecha clavo seno brillo tumba ceja manto flor ruta aliento raya, y así se volvió tierra.


NOTICIA
Carmen Norma Bruno
Argentina (1959)

Un llamado anónimo alertó a los guardianes, quienes, a pesar de concurrir con la urgencia que el caso requería, nada pudieron hacer. El difunto Matías Bonín había dejado su tumba y abandonado el cementerio con rumbo desconocido. Se halló una carta que obra en poder del juez interviniente. Por el momento, se desconoce el motivo por el cual el cadáver decidió quitarse la muerte.


LOS ANTÍPODAS
Henry Ficher
Estados Unidos (1960)

Por fin, el estreno de "Los antípodas". El teatro lleno a reventar. Lentamente, se abre el telón escarlata. Al principio, silencio, tal vez sorpresa; luego un murmullo de comentarios que paulatinamente aumenta de volumen hasta convertirse en una sonora protesta: no hay pantalla, sino un espejo. Un exasperado espectador comienza la lluvia de botellas que finalmente destroza el vidrio, pero la imagen persiste. El público, del otro lado, comprende y calla; el de este lado también.


NUDOS
Ángel Olgoso
España (1961)

Mostró desde niña una inaudita y alarmante habili­dad para anudar cuerdas de múltiples modos:
Salvó mi vida en aquella aciaga excursión campestre con un nudo de cirujano. Selló nuestro compromiso con un complicado nudo de marinero entre mi corbata y sus medias. Subía muy temprano las persianas de la casa y las sujetaba arriba con nudos de alpinista. Me obligaba a amarla entrelazando nuestros cuerpos como en un nudo de acróbata. Nuestra hija iba siempre al colegio con nudos de ces­tero adornándole el cabello. Llevaba la cuenta de mis faltas al trabajo con nudos de ensartadura de collares. Cuando nuestro pequinés la mordió mientras jugaba lo despachó con nudos de embalador. Me amenazó con un nudo de afinador de pianos si no ascendía pronto en la empresa. Y todo el mundo sabe que, al descubrir mi infidelidad, me aplicó con su destreza natural un inmisericorde nudo de verdugo.


UN ESPEJO AL ENTRAR
Javier Tafur
Colombia (1945)

Le fascinaban las casas que al entrar tenían un espejo; le parecía que alguien venía a su encuentro y le recibía afectuosamente, mucho mejor que si se tratase de un familiar.


LA SERVILLETA
Carlos Enrique Blanco
Argentina (1965)

"Do you know who is Akira?"
- ¿Qué es eso?
- Una servilleta. Con una nota.
- ¿De dónde la sacaste?
- Estaba en la mesa. La encontré mientras ibas al baño.
Miraron el papel. Lo dieron vuelta. Volvieron a leerlo. Llegó el mozo.
- ¿Qué tomás?
- Cerveza. ¿Compartimos?
- Bueno, dale.
Pidieron una 3/4. Racco extendió la servilleta sobre la mesa. Chizo se quedó mirando.
"Do you know who is Akira?"
- ¿Será un mensaje secreto?
Racco no contestó.
- ¿Qué decís Racco?
- Mmse… Qué se yo. Tanto problema por un papelito que encontramos.
- Sí, sí, la verdad. ¡Qué tarados!
Racco abolló el papel y lo puso en el cenicero. El mozo trajo la botella, los vasos y una picada. Chizo sirvió la cerveza. Brindaron como hacían siempre. Entonces la vieron: la servilleta estaba extendida sobre la mesa, sin ninguna arruga.
"Do you know who is Akira?"
Se miraron pasmados.
- ¿Yo no la había dejado en el ce...ni...cero? -balbuceó Racco.
- Sí, sí, seguro.
- ¿Y cómo está ahí de vuelta?
Chizo siguió tomando cerveza. Racco se re­volvió el pelo de la nuca. Era lo que hacía cuan­do no entendía algo. Agarró unos palitos y se los echó en la boca. Los masticó haciendo mucho ruido. Volvió a hacer un bollito con el papel mien­tras Chizo servía la cerveza que quedaba.
- Se terminó -dijo Chizo alzando la botella vacía-. Pido otra.
Racco vigilaba el papel. Llegó el mozo y les dejó otra 3/4. Esta vez sirvió Racco. Cuando terminó de llenar los va­sos, la servilleta estaba de nuevo sobre la mesa, como recién planchada.
- ¡Mierda! -dijo Chizo casi gritando, mien­tras se tapaba la boca avergonzado.
Racco se rascaba la frente. Siempre hacía lo mismo cuando algo lo ponía nervioso.
- Debe ser una joda -se rió inquieto.
- ¡Pero claro! ¡Una cámara oculta!
- Sí, sí, seguro -dijo Racco.
Sonrieron temerosos.
- ¿Le preguntamos al mozo?
Racco negó con la cabeza.
- Dejá, dejá. Ahora les cagamos la joda.
Agarró el papel; lo destrozó en decenas de pedacitos, que puso en uno de los platitos de la picada.
- Cámara oculta. ¡A papá! -se burló en tono canchero.
Recorrieron el bar con la mirada, buscando la cámara oculta. No la encontraron. Al volver la vista a la mesa el papel estaba sano, sin una sola marca, ni siquiera un doblez.
"Do you know who is Akira?"
Racco se levantó de un salto, apartándose de la mesa.
- ¡Jesús y María! -murmuró Chizo mientras se hacía la señal de la cruz sobre el pecho.
Racco fue derecho al baño, abrió la puerta de un golpe, tiró la servilleta en uno de los inodoros, apretó el botón y se quedó hasta estar segu­ro de que el agua se la había llevado. Al regresar a la mesa, vio el rostro lívido de Chizo. El papel estaba ahí otra vez, pero ahora chorreaba gotitas de agua. Chizo no reaccionaba. Racco no podía creerlo. Tuvo que sacudir a su amigo varias veces hasta que logró despertarlo.
- ¡Lo parió! -fue todo lo que dijo Chizo. Los dos salieron corriendo del bar, gritando despavoridos.
Cuando el mozo se dio cuenta, ya era tarde.
-¡Me cago en Dios! -insultó por lo bajo. Ya es la tercera vez hoy. ¿Será posible tanta mala leche?
Fue hasta la mesa. Levantó los vasos medio vacíos, los platos de la picada, los posavasos y una servilleta mojada. La puso en la bandeja y volvió a la barra.
"Do you know who is Akira?"
- ¿Qué lees? -le preguntó la señora gorda a su hija.


UNA MAÑANA CUALQUIERA
Paz Monserrat Revillo
España (1962)

Tras el cristal esmerilado, una figura borrosa. Una atmósfera coagulada lo cubre todo, como en un páramo de la campiña inglesa o en la sauna de una cabaña en Finlandia. Por un  momento esa colección de píxeles difuminados pueden pertenecer a cualquier cosa: un asesino, una tormenta en la distancia, mi bisabuela llevando un camisón muy antiguo y las joyas que se trajo de Cuba, un viajero victoriano en busca de territorios vírgenes o el mismísimo Gregorio Samsa mendigando un poco de atención. Cierro el grifo y, de repente, las posibilidades se reducen: tal vez un periodista interesado en mi biografía, la vecina que necesita un poco de leche y de conversación, un antiguo amante o mi jefe recordándome un importante logro. Cuando abro con curiosidad la mampara, el mundo se reconfigura para adoptar una forma más doméstica y contemporánea. Todos los visitantes se desvanecen con discreción en la niebla dejando espacio para que mi hija abra el armarito de Ikea, balbucee una disculpa, coja el secador de pelo y salga del baño. El sonoro portazo me confirma que ya todo ocupa su lugar y el día se despliega, terso y contundente, ante mí. Me zambullo en el frío que ha entrado por la puerta y para cuando me envuelvo en la toalla ya me sé dispuesta a transitarlo, a dejarme sorprender.