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(Veneno mortal, 1930), "The five red herrings" (Los cinco arenques rojos, 1931), "The nine tailors" (Los nueve sastres, 1934) y "Busman's honeymoon" (La luna de miel de Busman, 1937).
En la introducción de su antología "Great short stories of detection, mistery and horror" (Grandes relatos de detectives, misterio y horror) de 1928, reveló las estrategias para mantener el suspenso en sus historias:
"Al lector se le deben ofrecer todas las claves, pero ciertamente no se le deben comunicar todas las deducciones del detective, a menos que uno se arriesgue a que la solución sea desentrañada con excesiva anticipación. Y lo que es peor, si suponemos que ese lector llega a interpretar adecuadamente las claves, ¿en qué queda el ingrediente de sorpresa? ¿De qué modo es lícito mostrar todas las evidencias y, al mismo tiempo, despistar de manera legítima acerca de su significado? Varios recursos se han empleado para superar esta dificultad. A menudo, aunque manifiestamente exhibe sin ocultamientos sus claves, el detective se reserva en la manga alguna pieza cuya interpretación especializada escapa al lector. Así, el doctor Thorndyke, en los libros de Richard Austin Freeman (1862-1943), está dispuesto a mostrarnos cuanto descubre. No por ello estamos mejor enterados, a no ser que disfrutemos de una íntima familiaridad con la fauna de los estanques de una región determinada, con los efectos que tiene la belladona en los conejos, con las propiedades fisicoquímicas de la sangre, con la óptica, las enfermedades tropicales, la metalurgia, los jeroglíficos y otras minucias semejantes. Otro método para desorientar es referirle al lector lo que el detective ha observado y deducido, pero demostrar que tales observaciones y deducciones son incorrectas, de modo que conducen a una sorpresa cuidadosamente elaborada que nos reserva el último capítulo de la narración, según el modelo de 'Trent's last case' (El último caso Trent, 1913) de Edmund C. Bentley (1875-1956)".
Otro notable escritor del género policíaco fue el norteamericano S. S. Van Dine (pseudónimo de Willard Huntington Wright, 1888-1939), creador del famosísimo detective Philo Vance que protagonizó, entre otras, "The Benson murder case" (El misterioso caso Benson, 1926) y "The Bishop murder case" (El crimen del Obispo, 1930). En el breve ensayo "The rules of the mystery novel" (Las reglas de la novela de misterio, 1928), Van Dine resumió las claves de su escritura en diez y nueve puntos:
"1) el lector y el detective deben tener las mismas posibilidades de resolver el problema; 2) el autor no tiene derecho de emplear ante el lector trucos y tretas distintos de los que el propio culpable emplea ante el detective; 3) la verdadera novela policíaca debe estar exenta de toda intriga amorosa. Introducir en ella el amor sería, en efecto, perturbar el mecanismo del problema puramente intelectual; 4) el culpable nunca se debe descubrir bajo los rasgos del propio detective nide ningún miembro de la policía; 5) el culpable debe encontrarse mediante una serie de deducciones y no por accidente, por azar, ni por confesión espontánea; 6) por definición, en toda novela policíaca es necesario un policía. Ahora bien, ese policía debe hacer su trabajo y debe hacerlo bien.
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Por su parte, el sacerdote -anglicano primero y católico después- Ronald Knox (1888-1957), académico del St. Edmund’s College de la Universidad de Oxford y escritor de novelas policíacas como "The viaduct murder" (El crimen del viaducto, 1925), "The footsteps at the lock" (Las huellas en la cerradura, 1928) y "Still dead" (Todavía muerto, 1934), también tenía su decálogo:
"1) el criminal debe ser mencionado tempranamente en el relato; 2) las soluciones sobrenaturales deben excluirse; 3) sólo se admite un cuarto o pasillo secreto; 4) no está permitido el uso de venenos desconocidos; 5) ningún chino debe aparecer en la historia; 6) el detective no debe ser favorecido por accidentes afortunados o intuiciones; 7) el detective no debe ser el autor del crimen; 8) el detective no debe ocultar al lector las claves del misterio; 9) no se deben ocultar los pensamientos del respectivo "Watson" de la novela; y 10) se debe hacer una advertencia muy especial con respecto al empleo de hermanos mellizos o dobles".
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Alguien que de ésto sabía mucho, la británica Agatha Christie (1890-1976), creadora del inefable e infalible Hercule Poirot, a quien su propia creadora tachó de "detestable, ampuloso, pesado y egocéntrico", aplicó casi al pie de la letra las recomendaciones de sus colegas en su numerosa producción. "Murder on the Orient Express" (Asesinato en el Orient Express, 1934), "Death on the Nile" (Muerte en el Nilo, 1937) y "Five little pigs" (Cinco cerditos, 1942) son sólo algunas de las más famosas historias de la "Reina del crimen" que pasa por ser la escritoria más popular y más prolífica del género. A pesar de su enorme fama, Agatha Christie reconoció en "The clocks" (Los relojes, 1963), quienes eran los verdaderos maestros del género, y lo hizo por boca de su mayor creación:
"Opté por escuchar a Poirot con toda atención.
—Ocupémonos ahora de las 'Aventuras de Arsenio Lupin'. ¡Qué fantástica, qué irreal resulta esta obra! Y, sin embargo, ¡cuánta vitalidad, qué vigor encierra! Hay en ella también su carga de humor, bien dosificado.
Dejando a un lado este volumen, Poirot tomó otro libro.
—Aquí tiene usted 'El misterio del cuarto amarillo'. ¡Ah, este sí que es un verdadero clásico! No tengo más remedio que confesar mi plena conformidad con él, del principio al fin. En su época suscitó muchas críticas: muchos consideraron que su asunto era falso. Grave error; en todo caso, estaba muy cerca de la falsedad, lo separaba de ella el espesor de un pelo. Pero no; todo lo que este libro contiene es verdadero, una verdad que se oculta tras el astuto juego de las palabras. Todo se aclara en el momento culminante, cuando los hombres se encuentran en la confluencia de tres pasillos -Poirot hizo una leve reverencia-. Definitivamente, una obra maestra, aunque en mi opinión casi olvidada en la actualidad.
Poirot suspiró. Echó hacia atrás su cabeza y bebió lo que quedaba en la taza de su tisana.
—Y además... están los favoritos de todos los tiempos.
Mi amigo buscó un nuevo libro.
—Las 'Aventuras de Sherlock Holmes' —murmuró con admiración, para agregar de inmediato, devotamente, una sola palabra: Maestro!
—¿Sherlock Holmes? —inquirí.
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—¡Oh, no! ¡Sherlock Holmes no! Mi exclamación iba destinada a su creador, sir Arthur Conan Doyle. Estas historias de Holmes que todos conocemos se integran con elementos un tanto traídos de los pelos, en verdad. No pocas son falaces y se desarrollan de manera artificiosa. Pero quiero referirme al arte con que fueron escritas... ¡Esa es otra cuestión! En las páginas de Conan Doyle se paladea un lenguaje de buena ley. Y, sobre todo, hay que mencionar la magnífica composición del doctor Watson, una verdadera creación. Es uno de los indiscutidos logros de su autor".
Se refería, claro está, a Maurice Leblanc (1864-1941), creador del embustero ladrón de "guante blanco" Arsenio Lupin; a Gastón Leroux (1868-1927), famosísimo en la época en que publicó "Mystère de la chambre jaune" (El misterio del cuarto amarillo, 1907) y "Le fantóme de l'opéra" (El fantasma de la ópera, 1910); y, naturalmente, al doctor Arthur Conan Doyle (1859-1930), padre del personaje cuya fama superó ampliamente a la de su propio creador: Sherlock Holmes.